viernes, 27 de septiembre de 2019

FORAJIDOS (1947), de Robert Siodmak



Unos tipos llegaron a una cafetería y preguntaron por él. Decían que no tenían nada contra ese tipo, pero yo les vi mala cara. El sombrero muy ladeado, como queriendo pasar desapercibidos. Las respuestas, parcas, como si no quisieran dar demasiadas explicaciones. Y también un bulto sospechoso en el costado. Lo cierto es que me dijeron que eran amigos suyos. Y ahí le tienen. El pobre “Sueco” está con más agujeros que un queso de gruyére. Y según parece, le avisaron de que venían a por él. El fulano se quedó leyendo, tranquilamente, como si esperase la muerte. Dijo que una vez había hecho algo malo. Sí, se ligó a la chica equivocada. Y, claro, le dejó plantado. Tal vez fue eso lo que le impulsó a quedarse quieto y esperar las balas. Una mujer. Pobre desgraciado.
Es verdad que éste es un caso interesante porque el “Sueco” no huyó. Parece que aceptó su destino sin rechistar. Todo un hombre, aunque incomprensible. Si nos ponemos a investigar, lo más seguro es que encontremos que su corazón ya se había parado hace tiempo. Se lo llevó aquella chica. Misteriosa. Seductora. Enigmática. Única. Es una de esas mujeres que saben revolver las entrañas y hacer que la traición aparezca como por arte de humo. El dinero, un atraco, una pandilla demasiado ambiciosa. El “Sueco” hizo algo malo, sí. Y no fue precisamente llevarse un buen montón de pasta ajeno. Fue juntarse con una serie de individuos de los que no te fiarías ni para ir a la vuelta de la esquina. Unos matones de tres al cuarto que, en cuanto diera la espalda, le traicionarían llevándose el dinero, la chica y hasta la ropa. Mala suerte, “Sueco”. Te fijaste en una chica que no te merecía. En realidad, ella no merecía ni vivir.
Una luz mortecina ilumina tus últimos minutos, “Sueco”. Es como si el tiempo te estuviera avisando de sus instantes postreros. Y, sin embargo, aceptase lo que te iba a ocurrir sin pelear, sin revolverte, sin dar con la puerta en las narices a esos dos tipos misteriosos que han preguntado por ti en la cafetería enfrente de la gasolinera donde trabajabas. Lo malo es que sólo un investigador de una compañía de seguros será capaz de descifrar tus actitudes y nadie más podrá entenderlo. Morirás de la misma forma en la que has vivido. Inútilmente.
Robert Siodmak dirigió esta adaptación del relato de Ernest Hemingway The killers, con Burt Lancaster y Ava Gardner en los principales papeles. La atmósfera de la película parece presagiar un asesinato y el humo de los cigarrillos es tan denso que casi se puede agarrar un puñado de aire. Todo para decir que en el relato negro de nuestras vidas siempre hay una mujer que acabó con todo y nos asesinó mientras esperábamos, indolentes, el golpe final. No siempre es el cuerpo el que marca la existencia. El “Sueco” ya estaba muerto cuando dispararon. Y todo el mundo sabe que los muertos no huyen.

jueves, 26 de septiembre de 2019

AD ASTRA (2019), de James Gray



Puede que llegue un momento en que el hombre necesite poseer la certeza de que no está solo en el universo para permitirse el lujo de seguir adelante. Y, sin embargo, las respuestas no están allí, en el espacio exterior, sino en el mismo interior del ser humano. La frialdad, la impasibilidad y la calma absoluta, no son sino máscaras con las que disfrazar las emociones, viejos trucos para mantener al corazón quieto. Y, tal vez, haya que ir a buscar el principio de todo al confín más apartado del sistema solar para comenzar a sentir que es necesaria la convivencia, la paz y la vida misma.
Y, para ello, es posible que haya que mirar hacia donde no hay nada y ver lo que se tiene delante. Somos todo lo que tenemos y las soluciones deben venir de nuestra condición de seres falibles, volubles y necesitados. Tratar de hallar vida más allá del corazón de las estrellas también puede ser una fábula que lleve demasiado tiempo, algo de lo que no andamos muy sobrados. El terror está ahí, al otro lado de cualquier compuerta, porque el ser humano camina peligrosamente hacia la distopía, hacia la propia conciencia de que se está llegando al límite y al fatal dibujo de nuestra tristeza en los rostros.
A medias entre Ray Bradbury y Joseph Conrad, habrá que encaminarse allí donde no hay fronteras, donde no podremos manchar con nuestras actitudes el noble deseo de ir más allá, sin necesidad de tontas ambiciones, sin parálisis provocadas por el miedo, sin trampas para acudir a la presencia de la perfección. El espacio, como el océano, es un medio hostil, abrumadoramente silencioso, terroríficamente tentador, tremendamente poderoso y, a la vez, escalofriantemente vulnerable. Sólo hay que comprobar que permite que minúsculas motas de polvo viajen por sus rincones estelares, hasta llegar a la locura, a la búsqueda sin recompensa, al deseo de sonreír mientras formulamos el convencimiento de que no estamos solos en este inmenso desierto de cielo y luz.
James Gray dirige con cierto pulso, alejado de la acción, a un Brad Pitt que, de nuevo, se halla en estado de arte. Por su rostro caminan nuestros pensamientos y sabemos y probamos su sangre fría, su dolor encerrado, su descubrimiento decepcionante, su terror de asimilación. Él es la razón principal por la que hay que ver esta película, añadiendo una espléndida música adicional de Lorne Balfe que pone el clima a escenas en las que arqueamos las cejas intentando navegar por el espacio de nuestro raciocinio sin llegar al acoplamiento total. El inteligente guión sabe colocar las escenas más interesantes a lo largo de la historia para no caer en lo contemplativo y, de vez en cuando, hay que pasar una evaluación psicológica para no perder el rumbo en medio del manto oscuro del cosmos. Sí, es hora de soltarnos y tener conciencia de todo lo bueno que podemos aportar.
Es el momento de alunizar con toallitas gratis mientras se paga una fortuna por una almohada y una manta, de comprender que no importa cuán lejos llegue la colonización porque será un fracaso, de llorar cuando nos encontramos cara a cara con el principio, de flotar sin control cuando ya se ha perdido todo y de volver a levantarse para encontrar todos los sentidos, todas las luchas y todas las esperanzas.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

MI TÍO (1958), de Jacques Tati

Dedicado con profundo respeto y admiración a Gerardo Sánchez, director de "Días de cine".

Mi tío es un señor que es muy simpático. Vas a su casa y tienes que subir y bajar un buen montón de escaleras para poder llegar. Es divertido ir con él a pasar la tarde. Lo mismo, de vez en cuando, se apunta conmigo y con mis amigos a tomar unos bollos de azúcar y a hacer que la gente se pegue un trompazo con las farolas. Jó, qué risa. Para él, un perro es un perro; una manguera de plástico es una ristra de salchichas y el fingimiento es una lata. Me lo paso muy bien con él. Cuando me va a buscar al cole se me pone una sonrisa de oreja a oreja porque no voy a pasar todo el rato en la casa supermoderna de mi padre, con su célula fotoeléctrica para el garaje, ni con la jarra que bota, con todo el jardín cuidadito y la cursi de la vecina haciéndose la interesante. Seguro que voy a su casa, me lleva al mercado, me monta en un carro y me hace reír. Al fin y al cabo, eso es algo que los adultos no acaban de entender muy bien. Lo único que pedimos los niños como yo es algo tan sencillo como tiempo. Ése mismo que mi padre no tiene nunca para mí. Para él es más importante la calidad de sus conglomerados de plástico, el coche de color insoportable y mantener la seriedad en todo momento. Un día, de tan serio como es, se va a convertir en piedra.
Claro, y a veces, miro a mi padre y miro a mi tío, y me doy cuenta de que son dos mundos completamente diferentes. Mi padre es moderno, ocupado, trascendente y malhumorado. Mi tío es antiguo, libre, bromista y divertido. A lo mejor, son parecidos a los lugares donde viven, porque mi tío vive en una casa que es más antigua que la tana y mi padre hace que todos vivamos en una casa que parece que tiene vida propia, con unos muebles que a mí me parecen más tontos que una peonza, y con chorritos en el jardín. ¿Podéis imaginar algo más horrible que un chorrito en el jardín? Mi tío sí que sabe de chorritos. Un día fueron a tomar el té unos amigos de papá y mamá y mi tío hizo chorritos allá por donde pisaba. Yo me partía de la risa. No podía ni moverse porque los chorritos se le metían por todas partes.
Mi historia y la de mi tío la hizo un señor que se llamaba Jacques Tati. Tal vez quiso enseñar a todos que la felicidad no está en el lujo que nos rodea, o en las tonterías supuestamente educadas de unos señores que sólo quieren aparentar. Trabajar en una fábrica es aburrido, por mucho que se quiera disfrazar de lo contrario y el mundo moderno se va comiendo poco a poco al antiguo. Es como si hubieran puesto a trabajar las taladradoras y todos los muros siguieran cayendo. Pronto no quedará nada…pero yo, mientras tanto, intentaré pasarlo lo mejor posible con mi tío y, de paso, a ver si consigo que mi padre me dedique algo de tiempo y sea un poco más gamberro. Porque yo sí lo soy y me gusta gastar bromas. Algo así como estas líneas que escribo en el cuaderno de clase. Si no fuera así, tendría que escribir cien veces “prometo no hablar de cine nunca más”.

martes, 24 de septiembre de 2019

PLAN OCULTO (2006), de Spike Lee



“Me llamo Dalton Russell. Presten atención a lo que digo pues escojo mis palabras con cuidado y nunca me repito. Les he dicho mi nombre, ya tienen el quién. El dónde podríamos describirlo como una cárcel, pero hay una enorme diferencia entre estar en una celda diminuta y estar en una cárcel. El qué es fácil. Hace poco he puesto en marcha y he llevado a cabo los planes para ejecutar el atraco perfecto a un banco. Eso incluye el cuándo. Y el por qué, aparte de la motivación económica es así de simple: porque puedo. Lo cual nos deja el cómo y, señores, he ahí la cuestión, como diría Shekespeare”.
Aparte la motivación económica, Dalton Russell no atraca un banco simplemente para demostrar que puede hacerlo. Si no fuera así, nadie le hubiera dicho que lo hiciera. Lo hace porque sabe que, en el fondo, es una cuestión de justicia. Y es que Dalton es uno de esos ladrones que siempre dice la verdad. Otra cosa es que parezca que la está diciendo. Y eso, señores, incluye también el hecho diferenciador que separa a los inteligentes de los tontos. No, Dalton Russell no desprecia a nadie. Tampoco quiere hacer daño a nadie porque, en el único momento en que tiene que emplear la violencia, tiene que ir a un despacho y decirse a sí mismo que debe hacerlo si quiere seguir con el plan. Y, para terminarlo de rematar, ahí fuera hay un policía muy listo, un tal Frazier, al que hay que pasar el río de la única manera en la que no lo espera. De paso, también habrá que improvisar un encontronazo repleto de justicia poética.
Mientras tanto, todo son maniobras de distracción. Por ahí, todos van vestidos igual. Por aquí, la descripción de los sujetos son demasiado parecidas a varios rehenes y todos no pueden haber atracado el banco. En el margen, un individuo parece muy preocupado por lo que contienen las cajas de seguridad de la oficina y se ayuda de una experta en negociaciones del más alto nivel. Un poquito de albanés, unas pizzas, una pared desplazada un par de metros y ya tenemos realizados los más recónditos designios de Dalton Russell.
Por supuesto, no debe faltar alguna alusión al racismo inherente de la policía, que considera a cualquiera de raza distinta como sospechoso; o a la corrupción que intenta salpicar a quien no tiene nada que ver mientras el más corrupto de todos goza de una posición envidiable financiera y socialmente. Por otro lado, Frazier parece bastante consciente de que él no lleva la iniciativa. La lleva ese tipo, Dalton Russell. Alguien que parece bastante seguro de sí mismo y que no se pone nervioso bajo ningún concepto. Ni siquiera ante la provocación más que evidente de un inspector de policía que no puede entender que haya alguien con tanta sangre fría.
Spike Lee dirigió aquí su mejor película, por mucho que sus proyectos más personales pasaran por la visibilización del conflicto racial latente en la sociedad norteamericana y ésta fuera un encargo. Y supo rodear de fascinación a la trama cuando le dio importancia a un villano de la categoría de Dalton Russell. Elegante, frío, tajante, seductor, cínico y, ante todo, sincero. Sí, porque, a pesar de la situación, ese ladrón previsor y astuto, no dice ni una sola mentira. Y Frazier es un fingidor compulsivo. Papeles cambiados. Esvásticas en la cartera. Un diamante deslizado y la seguridad de que esos ladrones, en realidad, estaban con la razón de su parte.

viernes, 20 de septiembre de 2019

EL QUINTETO DE LA MUERTE (1955), de Alexander MacKendrick



No hay nada mejor que ensayar un tranquilo quinteto de cuerda con unos amigos. Y más aún si se hace en la casa de una venerable anciana que disfruta con la música como nadie. Todo tiene que permanecer en esa especie de tranquilidad inglesa que nadie más puede proporcionar. El té, las atenciones, la educación, las reuniones, Boccherini… ¿qué más podría desear un melómano? Y, desde luego, el profesor Marcus emana una especie de perfeccionismo obsesivo que tiene que ser, a la fuerza, el signo inequívoco del talento. Aunque hay algo en su mirada que parece desafinar con el resto de sus intenciones…pero eso son chaladuras de anciana. Si unos individuos desean fabricar algo de belleza… ¿quién es una pobre vieja para decirles que no deben hacerlo?
Sin embargo, el profesor Marcus guarda unas oscuras intenciones bajo las cuerdas de su instrumento y es, naturalmente, que esos cinco individuos que van todas las tardes a ensayar a Boccherini, en realidad, van a planear y a ejecutar un atraco del que la pobre ancianita es la tapadera perfecta. ¡Si hasta tiene unas relaciones cordiales con el guardia del barrio! Más respetabilidad, imposible. Los problemas se suceden para estos malvados facinerosos que se quieren llevar el dinero en un estuche de contrabajo y, poco a poco, uno va creando adicción a estos personajes que están descritos con una cámara inocente, innovadora y, a la vez, hilarante. Permítanme utilizar este adjetivo que parece, a primera vista, tan sumamente británico. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que aquí no sobra nada, ni falta nada, es la película perfecta en una historia encajada. Y ahora, si me dan su permiso, voy a coger una pastita.
Alec Guinness demuestra lo enorme que era cuando decide caracterizar a un personaje y mostrar todo su talento creativo y versátil al servicio de lo que se está contando. Sin olvidar a la inolvidable señora Wilberforce, admirablemente bien interpretada por Katie Johnson y, por supuesto, a esos gañanes adorablemente torpes interpretados por Cecil Parker, Peter Sellers, Herbert Lom y Danny Greene, que, protegidos por el maravilloso guión de William Rose y la ejemplar dirección de Alexander MacKendrick, consiguen que ese quinteto que es incapaz de hilvanar dos notas con algún sentido en un pentagrama ofrezcan toda una obra maestra de la comedia más negra.
Así que no olviden mantener la farsa hasta el final, pongan en su sitio los cuadros, no dejen que se tuerzan, denle cuerda al gramófono y vayamos a hacer un atraco perfecto que no tiene parangón. Los Hermanos Coen cayeron en la tentación de repetir la hazaña, pero cayeron en la cuenta de que todo esfuerzo era inútil. La verdadera representación está aquí, con sus impecables papeles pintados, su casita de muñecas, su coartada y su huida precipitada. Todo lo demás es puro fingimiento y, eso sí, estos individuos, si se hubiesen dedicado a la música, hubieran perpetrado un atraco en el oído que aún resonaría en la cueva de nuestros sufridos tímpanos.

jueves, 19 de septiembre de 2019

SORDO (2019), de Alfonso Cortés-Cavanillas



Una bala en el silencio es una serpiente en el aire que no avisa de su llegada. Y eso produce casi más temor que escuchar el estampido de una ametralladora o de un fusil. Todo es cruel cuando se está en el bando de los perdedores. Los amigos caen, los amores pasan, la desesperación aparece y la caza comienza. No hay sitios a los que acudir cuando los planes se deshacen y ya no hay posibilidad de volver a recuperar el espejismo de la libertad. Hay poco que escuchar salvo la propia respiración. Es mejor no mirar.
Un accidente, el humo, la persecución, la rabia contenida, el paisaje que, a veces, engulle, y otras se exhibe. La certeza de que el dolor se va a quedar y que sólo resta la muerte para llegar al fin de las escaramuzas. Los lobos acechan. Y lo hacen para matar. Con sus balas silenciosas, con su odio acumulado. Sin embargo, las personas existen y también hay algunos que no quieren perder el alma por la sangre. El fuego ya no calienta y el refugio se antoja cada vez más lejano, más difícil, más peligroso. El cerco se cierra y también es el momento de utilizar la inteligencia para salir del callejón sin salida del acoso. La crueldad existe en todas partes. En los vencedores, desde luego, pero también en los que perdieron. Y ya no queda más remedio que luchar por la propia vida.
No cabe duda de que el director Alfonso Cortés-Cavanillas ha apostado por hacer un western con claras y sutiles referencias a Sergio Leone en medio de esta historia de maquis, militares y gente. La película resulta espléndida en su primera mitad, con un trabajo más que aceptable de Asier Etxeandía y, desde luego, de Marian Álvarez, con una fotografía espectacular de Adolpho Cañadas, una banda sonora sorprendente de Carlos Jara y una producción que destaca por su cuidado. Sin embargo, en la segunda mitad de la historia, comienzan a aparecer algunos personajes que acaban por resultar grotescos, hay giros de guión que no están suficientemente explicados y todo el conjunto comienza a deshilacharse en aras del viraje hacia el drama de postguerra. Al final, todo parece que se queda a medio camino, con algún detalle que no acaba de ser creíble, como el hecho de que una mercenaria y oficial del ejército ruso colabore con las tropas españolas. En cualquier caso, Cortés-Cavanillas acierta con la huida del maniqueísmo porque, ahí sí, se acerca mucho más a la verdad aunque la película esté basada en un cómic de ficción de David Muñoz y Rayco Pulido y en mostrar el pánico de no oír nada en medio de un entorno violento, tal y como hace la novela gráfica de la que parte. Errores y aciertos que no acaban de encajar en un conjunto que podría haber alzado un vuelo, si se quiere, mucho más convincente.
Así que ahí está la agreste España de los montes, escondiendo la frustración de la derrota y enseñando la arrogancia de la victoria. Y, ante todo, el odio que tanto daño nos hizo, con el hambre a cuestas y la represión en marcha. Días que mejor tendrían que haberse ido sin escucharlos, sin prestarles atención porque nunca hubo una seria resistencia contra la injusticia y el dictador siempre supo jugar con dos barajas. Mientras tanto, los españoles sufrían y seguían muriendo porque eso es lo que mejor sabían hacer. El resto fue sólo la inquietud y la sensación de impotencia que hizo que los que esperaban algo más sólo pudieran apretar los dientes y aguantar el dolor de un tiempo que no pasaba nunca. 

martes, 17 de septiembre de 2019

LILITH (1964), de Robert Rossen



Los caminos de la locura son tan tortuosos que, a menudo, cuesta reconocerlos. Puede ser el destino de un puente de lujuria. O, tal vez, la corriente subterránea de una falsa normalidad. Y el hecho de no querer mirar en la dirección correcta hace que el problema se agrave aún más. Cuando la obligación es cuidar de unos cuantos enfermos mentales es posible caer en la paranoia sin darte apenas cuenta. Sólo, quizá, porque deseas a alguien y no permites que nadie se interponga en tus propósitos, por mucho que eso signifique un paso hacia la sanación de un tercero. Vincent Bruce, uno de los celadores, tiene un problema. Un problema de dominación sutil, un problema de superioridad, un problema de inteligencia y un problema de desprecio.
Vincent, después de asistir a lo inevitable en su servicio en Vietnam, tiene que enfrentarse a la amoralidad en un mundo que, de alguna manera, no parece demasiado real. La luz y el agua parece subrayar el blanco que ciega la razón y Vincent cae en las redes de una chica fascinante que encarna la utopía de la inocencia y la depravación de los sueños. En la clínica, todo parece aislarse de forma fascinante y parece como si el tiempo deletrease sus minutos, dejando pasar la normalidad como la mejor medicina para curar las diferentes neurosis. La psique humana se ofrece para ser explorada en lugares de paz y tranquilidad mientras, por debajo, hierven las viejas pasiones que son la raíz de toda obsesión convertida en locura. Sí, el amor, maldito amor, dulce amor. Él es el culpable de que muchos enfermos estén allí, esperando que las cicatrices se cierren y puedan volver a mirar al mundo de una forma estable, objetiva, razonable, sin venganzas, sin rencores, sin lados oscuros. Y resulta muy fácil caer en la tentación de la compasión cuando, en realidad, lo que se está tendiendo es una trampa de consecuencias imprevisibles. Más aún cuando se intenta adaptarse a la vida después de una experiencia traumática y es tan sencillo adaptarse a la locura.
El estilo visual que Robert Rossen despliega en esta película acaba por ser extrañamente hipnótico e inquietante, casi, desde un punto de vista subconsciente. Para llevarla a cabo, cuenta con excelentes trabajos de Warren Beatty, Jean Seberg, Peter Fonda y Kim Hunter, todos ellos envueltos en un halo insano y, al mismo tiempo, irremediablemente honesto. A ello contribuye el hecho de que es una de esas historias que cuenta mucho más con lo que no se ve que con lo evidente, haciendo trabajar la imaginación del espectador, buscando respuestas que no siempre son cómodas, creando un ambiente claustrofóbico a pesar de que todo rezuma la calma propia de una institutución mental. Y en algún momento, con el milagro que sólo la magia del cine puede crear, podemos observar el mundo tal y como lo ven los personajes. Angulado, obtuso, difícil, lleno de aristas, con obstáculos imposibles, con barreras definitivas. Y terriblemente inclinado a resbalarse por las pistas distorsionadas del deseo y de lo prohibido. A lo mejor, después de leer estas líneas, es el momento de reconocer que tenemos un problema.

lunes, 16 de septiembre de 2019

FUEGO EN EL CUERPO (1981), de Lawrence Kasdan



Yo sólo sé que, cuando ella me mira, un escalofrío recorre mi cuerpo. Todos los paisajes empiezan y terminan en ella y mi inteligencia se escapa entre las montañas que me prometen el paraíso. Ser el explorador de su piel es abrirse camino entre la selva, atravesar las más extensas llanuras, escalar las hermosas montañas que permiten avistar el panorama de su rostro, con la sima de sus labios, los riscos de su nariz, los lagos de sus ojos y las zanjas de su frente. Ella es la única capaz de encender el fuego de mi cuerpo y hacer que, sencillamente, yo pierda la cabeza.
Y es que por mucho que uno se crea inteligente, siempre se encuentra con esa mujer que encarna todos los sueños y todos los misterios, como si cada día hubiese que desvelar uno mientras el sudor cae atravesando la espalda agotada. Su sonrisa son esposas en la mente e, inevitablemente, se puede caer rendido ante sus deseos, igual que uno se arrodilla ante la intriga de su cuerpo. Siempre un paso más allá, tratando de cometer el crimen perfecto con el culpable perfecto. Primero, entre las sábanas, haciendo realidad las fantasías más delirantes. Luego, en su ambición, haciendo realidad sus fantasías más delirantes. El fuego quema. Ella abrasa.
Las noches parecen caldo oscuro que envuelve sus movimientos. Y el amor es una palabra tan lejana que puede ser una de las estrellas que brillan en el cielo. Aquí, en la Tierra, la carne está al alcance de la mano y los cuerpos claman por un enredo propiciado por los dedos, por la boca, por las piernas inquietas, por el sexo suplicante. No es fácil mantener la cordura ante tanto deseo. Y apenas queda tiempo como para echarse atrás. La suerte está escrita y el equívoco está listo. Más vale entregarse al bailarín para tapar con discreción que un día perdí la cabeza y me tiré de lleno en la piscina de sus cuevas más húmedas.
Lawrence Kasdan dirigió con sabor clásico esta película que recuerda a Perdición, de Billy Wilder, con Kathleen Turner y William Hurt devorando la lujuria a cada paso, perdiendo cada paso en la noche, atacando con nocturnidad a la razón, razonando el ataque en el deseo, deseando acabar una pesadilla, soñando de nuevo con poseer entre sus brazos todo aquello que, en realidad, está prohibido.
Es tiempo de dejarse abandonar y arrastrarse por los bordes más escondidos de la imaginación. Allí arriba, en la escena, asesinar es tan fácil que puede ser una sensación parecida a la de estar con ella en la cama, con el torso desnudo, esperando que sus manos y su agua vuelvan a obrar el milagro de la energía derramada. La codicia grabará todos los movimientos y dejará todo preparado para que nada pueda fallar. El día cae y el sudor no puede contenerse. Déjate quemar, cariño…te llevaré a la cima más alta para que sepas qué es lo que se siente cuando nada, ni siquiera tú, importas. Mezcla tu sudor con el mío y el veneno estará a tu disposición.

viernes, 13 de septiembre de 2019

TIEMPO DE MATAR (1996), de Joel Schumacher



Un hombre se toma la justicia por su mano ante el crimen horrible y execrable que se ha cometido contra su propia hija. Quizá nadie le podría culpar si no fuera por el hecho de que ese hombre es negro. Y eso, en el sur de Estados Unidos, es peor que un asesinato. Todos quieren sacar partido del proceso a un negro que ha matado a dos blancos y, sin querer, ha herido a un policía. El fiscal ve una oportunidad para ascender en sus aspiraciones políticas. El reverendo prueba la miel de un aumento en la recaudación de su iglesia. La Asociación Nacional para la Ayuda a la Gente de Color cree que puede ser un caso relevante que aporte una proyección de alcance nacional. Y todos, de alguna manera, saben que, allí, donde el color de la piel es más importante que la evidencia de los hechos, ese negro no podrá tener un juicio justo.
Sin embargo, hay un joven abogado. Es atractivo, es luchador, no es un idealista, pero sí cree que la justicia hay que respetarla. Y es blanco. Tal vez, esa sea el arma secreta del acusado. Si ven que un blanco les muestra que es un crimen igualmente condenable si la niña hubiera sido blanca, entonces, tal vez, haya una posibilidad.
Las presiones se suceden. Los caballeros blancos con capucha del Ku Klux Klan comienzan a jugar las bazas del miedo, acosando a todos aquellos que se atreven a levantar la voz a favor del reo. Los enfrentamientos se suceden, hay infiltrados por todas partes, la justicia comienza a ponerse en fuga…no, no, la justicia se va a quedar. De eso ya se encargará el abogado que, tal vez, no sea muy brillante, pero es perseverante. Y sabe que tiene razón.
Interferencias, zancadillas, testigos impropios, interrogatorios dolorosos, el perdón, el odio, la incapacidad, la impotencia, el color. Todo ello son elementos que colisionan unos con otros, al igual que una manifestación de blancos contra negros. Es el tiempo de que las cosas comiencen a normalizarse en un país que se precia de democrático y los mejores son siempre aquellos que trabajan duro, sin descanso, buscando en los sitios más precisos y más escondidos para sacar a la luz algo tan simple como es la verdad. Nadie duda de que ese hombre haya asesinado a dos blancos. La cuestión es lo que le motivó a hacerlo. Y es muy posible que el color no tenga nada que ver con la decisión que tomó.
Excelente película de Joel Schumacher tomando como modelo la primera novela publicada de John Grisham y con un reparto muy solvente encabezado por Matthew McConaughey, Sandra Bullock, Kevin Spacey, Oliver Platt, Donald y Kiefer Sutherland, Brenda Fricker, Patrick McGoohan, Samuel L. Jackson, Ashley Judd y Chris Cooper. Todo un lujo para decidir si queremos seguir viviendo en un tiempo de matar, de odio y de ira, de racismo y de incomprensión o si, por el contrario, aceptamos que la ley debe existir y debe actuar sin importar cualquier causa de discriminación. Ustedes deciden.

jueves, 12 de septiembre de 2019

IT (Capítulo Dos) (2019), de Andy Muschietti



Con significativas variaciones con respecto al texto original de Stephen King, el director Andy Muschietti vuelve al universo del payaso Pennywise para resaltar la importancia de los recuerdos, subrayar el sentimiento de culpabilidad y ajustar cuentas con un pasado que repitió, una y otra vez, que los perdedores sólo pueden vencer cuando aceptan sus derrotas personales.
Sin embargo, la película se afloja con peligrosidad porque desaprovecha las oportunidades o situaciones que podrían ser núcleos de pánico para demostrar que la falta de ritmo, el larguísimo desenlace y la sensación de que la aplicación de la máxima “más es más” está totalmente equivocada en la adaptación. Muschietti huye de la sugerencia, se refugia en la facilidad de los gráficos, deja caer la trama en absurdos puntos muertos y la historia no puede remontar el vuelo, quedándose en un mero espectáculo que podrá gustar a los amantes del exceso, pero que se olvida del miedo en algún rincón de las alcantarillas.
Y es que no cabe duda de que el Capítulo 1 de esta historia estaba más contenido, rezumaba más tensión y agarraba con vigor en algunas secuencias. Aquí, incluso, se puede intuir hasta cierta desgana en algunas escenas, como si las modificaciones introducidas estuvieran dirigidas sola y exclusivamente a servir un fuego de artificio con muy poca encarnadura dentro. La película acaba pagando tanta libertad y tanto truco con uno o dos picos de mérito que no son nunca suficientes.
No es fácil llevar la pesadumbre de unos adultos que vivieron una auténtica pesadilla en sus infancias intentando acabar con sus miedos. Y menos aún si esos adultos lo único que hicieron fue dejar esos miedos en estado latente, hibernado, sin dejar de vivir nunca en la inquietud de unas experiencias que les impulsaron a buscar otros horizontes que no siempre fueron afortunados. Hay que trazar bien a los personajes, jugar con lo que fue de ellos, situarlos y remarcar un arco argumental lógico que sí tiene la novela aunque, hay que reconocerlo, su resolución era un poco decepcionante.
Al fin y al cabo, el pasado siempre sale al encuentro y es algo que la gente conoce muy bien. Los miedos hay que vencerlos porque, en caso contrario, habrá que regresar a la derrota que los originó y siempre habrá algún que otro payaso que intente leer los sentimientos y aprovecharse de ellos. Y una película que trata de aterrorizar tiene que jugar con esos miedos que todos los espectadores anidan en su interior, tratar de despertarlos y ponerlos en movimiento con la tensión y la inquietud como armas. En algún momento, esa película dará en el blanco y entonces es cuando el payaso comienza a sentirse más cercano que su mutación arácnida, o que ese convencimiento de hacer que las cosas se vuelvan pequeñas a base de sentirlas ínfimas. El corazón se resiente de tantos minutos que tratan de ser cimas de pánico y se cansa de esperar el susto y la mediocridad se asienta en el ánimo. Tal vez, incluso, se puede llegar a pensar que este Capítulo 2 se lo podrían haber ahorrado dejando la historia en un juramento que puede que se cumpliese o puede que no, porque los miedos de cada uno son pura intimidad personal y la imaginación puede volar en la dirección que se quiera. En esta ocasión, todo se queda parado a la espera de algo que merezca realmente la pena y sólo queda el consuelo de prometerse olvidar lo antes posible que, un día, nos hicimos adultos y dejamos de ser niños y eso ya hizo que todos y cada uno de nosotros escribiéramos nuestro propio Capítulo 2. 

miércoles, 11 de septiembre de 2019

FUNNY GIRL (1968), de William Wyler



Gente…
Gente que necesita a gente,
Es la gente con más suerte del mundo.
Somos niños, necesitando a otros niños,
Y todavía dejamos que nuestro orgullo crezca,
Escondiendo dentro de nosotros todas nuestras necesidades,
Actuando como niños más que los niños.
El camino de la comedia siempre está pavimentado con el drama. Una chica que es incapaz de actuar en serio, que canta como los ángeles y que, sin embargo, puede arrancar una carcajada a ese público que actúa como los niños, tratando de encontrar un rincón donde recordarse a sí mismos que la vida merece la pena. Fuera etiquetas. Fuera estúpidas convenciones sociales. Hay que reír porque la vida necesita, ante todo, el humor de todos para seguir adelante. Fanny Brice, la chica que convertía lo más serio en divertido, lo sabía muy bien.
Amantes, una gente muy especial,
Es la gente con más suerte del mundo,
Con una persona, una persona,
Una persona muy especial, una persona muy especial.
Y ahí, en la cresta de la ola, Fanny encuentra a esa persona tan especial. Elegante, distinguido, atractivo, único. Es ese hombre que hace que ella se sienta, a la vez, muy especial. Él obra el milagro de no dejar ninguna duda sobre la auténtica valía de Fanny. Él hace que el mundo tenga sabor, tenga color, tenga música aún fuera del escenario. Sus ojos hablan de amor. Su boca atrae hacia el beso. Sus palabras y sus gestos hacen que el mundo sea un lugar con clase. Fanny, por fin, ha convertido lo divertido en serio y ahí es donde comienza la vida.
Un profundo sentimiento en el alma,
Que dice que eres la mitad pero que estás completo,
sin más hambre ni sed,
para ser la primera persona que necesita gente,
gente que necesita gente,
la gente con más suerte del mundo.
Y todo, comienza a ser poco. Él no tiene más remedio que vivir de ella porque, siendo un jugador de ventaja, tiene sus rachas. Puede ganar millones y perderlos la noche siguiente. El orgullo crece y, quizá, quiere sentirse hombre cuando sabe que, comparado con ella, no es ni la mitad. Sí, ella le necesita, pero no lo tiene. Sólo tiene sus tablas, sus números musicales, sus partituras, sus letras de neón en lo más alto del cartel. Quizá, para ella, también comienza a ser poco hasta que tiene plena conciencia de que nadie hace reír con elegancia como lo hace la gran Fanny Brice.
Y así, con esta biografía más o menos novelada de una gran actriz cómica, Barbra Streisand consiguió su único Oscar a la mejor interpretación femenina del año. William Wyler dirigió con su habitual precisión, con unos escenarios excepcionales, con algunos momentos de alta comedia incluso integrados en algunos de los números musicales. Omar Sharif paseó su distinción en un personaje que no estaba demasiado alejado de sí mismo. Y así, de alguna manera un tanto misteriosa, comenzamos a ser esa gente que necesita gente para pasar un rato de buen cine…

martes, 10 de septiembre de 2019

UN CUBO DE SANGRE (1959), de Roger Corman



Walter Paisley es un muchacho acomplejado que trata de sobrevivir sirviendo mesas en el Café Bohemio. Sí, hombre, es uno de esos lugares en los que los artistas pueden exponer sus estúpidas y pretenciosas obras de arte mientras tomas una copa hablando con un lenguaje aún más estúpido. Sin embargo, Walter tiene envidia de esos pretendidos artistas que se codean entre las mesas con posturas bien fingidas y dichos indescifrables. Walter es tan limitado que no se da cuenta de todo ello y cree que eso es la felicidad. Sí, le gustaría ser uno de ellos, pero hay un pequeño problema. Walter carece de talento. No sabe ni servir bien una copa así que es imposible que agarre un martillo y un cincel y se ponga a esculpir una figura que “represente el caos del universo en un punto de orden cósmico”. Hay quien tiene y hay quien, sencillamente, no tiene.
Sin embargo, un desgraciado accidente va a darle la oportunidad a Walter para pasear su palmito por tugurios de pose y frase. Sin querer, mata al gato de la vecina y, para esconder la falta, recubre el cadáver de escayola y cemento. Alguien lo ve y, de repente, dice las palabras indicadas: “Tiene talento. Me gustaría ver algo más suyo”. Y a Walter le entran los siete males. Él no tiene talento. No sabe muy bien ni en qué consiste eso. Así empieza la carrera de un criminal en serie que termina por ser un afamado escultor de figuras que van más allá del hiperrealismo.
Walter es un pobre tonto que sólo desea ser reconocido. Pero la sociedad es un buen puñado de tontos que enaltecen al desgraciado de turno haciéndole creer que es capaz de crear algo que merece realmente la pena. El halago, dicen, es una de las peores drogas que ha inventado el hombre y uno se engancha fácilmente a esa adicción. Sobre todo cuando forma parte de un ambiente falso, pretendidamente trascendente, arrogantemente transgresor e insultantemente elitista. Roger Corman, el apóstol de la serie B, lo entendió muy bien y quiso hacer un cuento de miedo y ambición dentro de su presupuesto irrisorio con un rodaje de cinco días. Quizá, lo que quiso, fue ver cómo algún crítico se devanaba los sesos en unas cuantas líneas para escribir que la película es divertida, pasajera, liviana y con un punto, no muy grande, de genialidad.
Con tres escenarios, actores desconocidos, aunque el protagonista Dick Miller, lo hemos visto en infinidad de papeles secundarios, y un argumento que no deja de tener algo apreciable, Corman nos avisa sobre la soberbia que todos llevamos dentro, esperando a saltar en cuanto se nos dice que hicimos algo que no está al alcance de la mayoría. A partir de aquí, las pasiones humanas se desatan, derrapan y colisionan hasta llegar al punto de que, es muy posible, que algunos queramos llegar a ser una de nuestras propias obras. Y eso, en muchas ocasiones, acaba con uno o dos cubos llenos de sangre. La sangre de nuestra creación.

viernes, 6 de septiembre de 2019

UN DIAMANTE AL ROJO VIVO (1972), de Peter Yates



No cabe duda de que un diamante tiene un cierto poder hipnótico porque todas esas piedras preciosas tienen una historia detrás. Ésta en concreto es el símbolo de una nación africana. Eso quizá haga aún mayor su atractivo. Así que es cuestión de entrar, robarlo y vivir. Tan sencillo como eso. El primer problema radica en elegir a los compinches para un plan que, a buen seguro, no va a ser fácil. Y luego ya sólo es cuestión de tomar las decisiones correctas tras un exhaustivo estudio de una situación que hay que romper. El que no se rompe es el diamante, eso seguro.
El enganche está servido. Y no hace falta que estos granujas se esfuercen mucho para que todos queden colgados. Robert Redford y George Segal son una garantía y, desde luego, saben más por perros que por viejos. Además, tienen sentido del humor. Si es que son guapos, jóvenes y lo tienen todo. Incluso un diamante que se les va a perder. El problema es muy simple. No, aquí no hay tanto suspense, ni tanta tensión, ni tanta profundidad, ni tanta seriedad. Unos ladrones entran a un museo y roban un diamante con el guante blanco puesto. Todo perfecto, genial, rápido y limpio. Pero el diamante brilla más de la cuenta y los ladrones, cuando ya han hecho lo más difícil, lo pierden. Así que emprenden una búsqueda desquiciada por todos los rincones de Nueva York para recuperarlo de nuevo. Sí, es una comedia de rateros. Bien hecha, algo floja por los bordes, pero, sin duda, con algún que otro punto que hace que el destino sea un ladrón más.
Se trata de saber cómo hay que robar un diamante. Y robarlo otra vez. Y robarlo otra vez. Ya se sabe, quien ha hecho un cesto, hace un ciento. Y, por supuesto, no faltará el abogado de ventaja que es más granuja que los granujas bajo el rostro maravillosamente expresivo de Zero Mostel. Es como el cuento de una roca viajera que, cual Ulises cristalizado, vaga de aquí para allá intentando encontrar un bolsillo donde quedarse. La historia, repartida en varios géneros, salta de la intriga a la comedia con la facilidad con la que una golondrina pasa de una rama a otra. Y a pesar del tiempo transcurrido, la película aguanta bien, fresca, con una saludable química entre Segal y Redford, con una estupenda banda sonora de Quincy Jones y una ágil dirección de Peter Yates. Es para disfrutar bien cómodo en un sofá, tratando de adivinar cómo se las van a ingeniar para robar el mismo diamante por enésima vez mientras parece que hay unas siniestras fuerzas espirituales que conspiran para que los protagonistas no consigan su objetivo. Y es que ya se sabe, África es oscura y misteriosa y está llena de secretos. Como el salón de la casa de cualquiera en una noche de silencio.

jueves, 5 de septiembre de 2019

QUIEN A HIERRO MATA (2019), de Paco Plaza



Un sentimiento tan complejo como es el deseo de venganza puede estar hibernando en el interior de una persona durante mucho, mucho tiempo. Sin embargo, en un determinado momento, sale a la superficie y resulta aún más implacable, más cruel, más definitivo. Tal vez porque, si se deja dormir, se manifiesta con nitidez, como si fuera un plan que se tenía guardado en algún lugar del corazón esperando el instante ideal. Y es entonces cuando se entra en una espiral de violencia y de rencor que sólo terminará con los sueños rotos y el sufrimiento aún latente.
Y como el tiempo ha sido el aliado más fuerte para esconder esa rabia, su realización también se tomará el suyo. Poco a poco, como saboreando las vidas que se van a arrebatar. Es cierto que también el destino echará una mano, pero ésa es una compañía demasiado peligrosa porque todo el mundo sabe que es traicionero. A veces, puede favorecer y, en cambio otras, parece que lo hace sólo para que llegue a cumplirse. Tanto dolor contenido no deja adivinar que el enemigo tiene pensado una jugada aún más vil, más despreciable y, desde luego, más definitiva.
Uno de los aciertos de Paco Plaza a la hora de pasarse al thriller después de haber probado sobradamente su valía en el género de terror es dirigir la película como si también fuera una historia de terror moral. No deja de invadir al espectador con una cierta sensación de incomodidad continua, como si, en el fondo, todos quisiéramos que ese enfermero de una residencia de ancianos que incorpora Luis Tosar consiguiera sus objetivos para que, al mismo tiempo, tuviéramos la certeza de que lo que está haciendo está mal y que la venganza rara vez compensa. Para ello, Plaza sabe retratar esos personajes de mafia gallega, muy alejados de lo que estamos acostumbrados, como auténticos delincuentes de calle que manejan negocios que sobrepasan todo lo imaginable. Y coloca el rostro de su actor protagonista como un mosaico de sufrimientos que nunca podrán cesar por mucho que la vida pueda advertir que lo que se posee, en muchas ocasiones, es un auténtico tesoro. Y pocos, muy pocos, se dan cuenta de ello.
Y, quizá, esto es lo que ocurre cuando la venganza se lleva en las venas y se intenta traspasar a otro sistema circulatorio, con situaciones en las que el filo de la tensión se puede cortar con una jeringuilla, con un admirable manejo del tiempo y de la premura, con ocasionales respiros porque, de repente, parece que todo encaja para, seguidamente, volver a revolverlo todo sin piedad. La sangre corre. El rencor, también. La rabia crece. El dolor, también. La incomodidad se cierne. La pena inunda. El desenlace apremia. Las lágrimas esperan.
No hay ninguna duda de que en una tierra tan hermosa como Galicia, la droga ha corrido como el agua de sus rías y el crepúsculo llegó a anunciar una larga noche de intercambios, ajustes de cuentas y tratos mal cerrados. Mientras tanto, la gente ha llorado a sus muertos que cayeron sin piedad por el maldito polvo blanco que siega vidas y coarta voluntades. Por eso mismo, esa venganza adormilada aún está esperando su momento, tratando de dar descanso a la ansiedad de una justicia que nunca ha sido suficiente. Y el chantaje, la presión, la muerte y la desesperación se integraron en un entorno que debería ser parte del paraíso. 

miércoles, 4 de septiembre de 2019

ÉRASE UNA VEZ EN HOLLYWOOD (2019), de Quentin Tarantino



Siempre supimos que los reflejos eran mucho más felices. Quizá aquel actor no era tan ideal y tenía que haber sido su doble. Tal vez, aquella actriz, a punto de ser estrella, no debió morir a manos de unos desalmados. Es posible que el destino conspire para que la realidad se imponga, pero para eso tenemos el cine. Y, por eso también, Quentin Tarantino ha decidido llevar a cabo la última venganza de un cinéfilo que jamás perdonó a quienes se llevaron a una chica que pudo ser maravillosa.
Así que es tiempo de sumergirse en un buen puñado de frustraciones que se agolpaban a finales de los años sesenta. El actor al borde del pánico que no puede hacer nada para impedir que su carrera vaya cuesta abajo cuando, en realidad, nunca fue demasiado cuesta arriba. El especialista que vale para un roto, para un descosido y para abrir latas de comida de perro. La chica, encantadora, que se divierte porque sabe hacer reír y disfrutar al público. El productor que, con una sonrisa y cierto encanto, tiene la dudosa virtud de decir la verdad más dolorosa. La pandilla de descerebrados que terminan por ir contracorriente a merced de ese monstruo que se introdujo en las casas como una caja cuadrada llamada televisión. Las luces de neón que brillan una vez más para refulgir en la memoria de Tarantino. Todo se agazapa en esta película que resulta mucho más deudora del ritmo y del estilo de Jackie Brown que de cualquier otra locura del director. Al fin y al cabo, así es cómo debieron ser las cosas y no como fueron. La vida no es tan justa como el cine.
Y también es tiempo de disfrutar del trabajo de Brad Pitt y de Leonardo di Caprio, caras opuestas de un espejo que no deja de poner a prueba su amistad, su personalidad, su ética, su comportamiento y su frustración. Quizá ese especialista que interpreta Pitt no ha hecho su última acrobacia. Tal vez ese actor que encarna di Caprio aún tiene una oportunidad para alcanzar la gloria definitivamente. Da lo mismo. Unos ascienden hacia el cielo de la imaginación tras la verja de la realidad y otros desaparecen tras el olvido, sin nombre, ni destino, ni verdad, ni fantasía. Hollywood se ha cobrado ya demasiadas víctimas y lo que interesa es el título de la próxima película.
Puede que ésta sea una historia que decepcione a algunos y encante a otros. Lo cierto es que Quentin Tarantino, como siempre de incógnito, nos desliza el mensaje de esa justicia poética que, tan a menudo, se niega y que también favoreció a aquella chica de color que se la jugó al FBI y a un traficante de armas. Al fin y al cabo, el cine nació para hacernos soñar, para hacernos olvidar, para hacernos entornar los ojos sabiendo que las cosas no ocurrieron así, pero que, muy bien, podrían haber acabado como nos cuenta el director. Por el camino, rinde homenaje a toda la serie B del mundo, hace un uso extraordinario de la banda sonora, exhibe una elegancia admirable en la planificación, nos enseña cómo fue su mundo a finales de los sesenta y nos relata un cuento de la fábrica de sueños, con secuencias brillantes, descubriendo el cartón de los escenarios y el irremediable encanto que desprendían. Y sin ningún reparo, emprendemos ese desvío al reflejo que propone, en un juego de espejos que nunca acaba, en el que no se ahorran críticas, ni humor, ni saltos hacia atrás, ni miradas hacia adelante, ni, tampoco, casi tres horas de buen cine.

martes, 3 de septiembre de 2019

VENGANZA BAJO CERO (2019), de Hanns Peter Moland



Parece que el frío intenso es capaz de congelar hasta los pensamientos. Por eso, en las montañas de Colorado la respuesta no es rápida, el razonamiento es pesado y la reacción, pintoresca. Y todo empieza porque un hombre normal, uno cualquiera, que sólo ha trabajado durante toda su vida adecentando las carreteras enterradas en la nieve, comienza un ajuste de cuentas por un dolor que apenas demuestra. El silencio parece su mejor compañero y va a tener que ir de casilla en casilla jugando a ser un justiciero que nunca imaginó ser.
Ya tenemos al hombre normal, pero eso no es todo. Resulta que hay una serie de malvados personajes que tienen el raciocinio anquilosado. El más malo de todos cree que en el río de sangre que se está formando hay una guerra de bandas y ya está el cirio montado. Se cargan a uno, luego se cargan a otro, luego les devuelven el golpe que, más o menos debe ser de la misma magnitud y el mismo dolor. Y, en medio de todo ello, se nos va descubriendo más y más acerca de los personajes y ninguno tiene el coeficiente intelectual medio que se supone a unas personas que conviven con el mal, que se mueven entre malas compañías y que les importa un bledo el daño que pueden causar. Eso sí, la buena vida está siempre al fondo, esperando para ser agarrada por esta pandilla de coyotes que sólo saben bailar alrededor de la tontería.
Con todo esto, la película no está nada mal. Bien es verdad que Hans Petter Moland, que ya dirigió uno de los episodios de Los casos del Departamento Q, ha querido hacer una versión de su propia película de nacionalidad noruega Uno tras otro que protagonizaron en el 2014 Stellan Skarsgard y Bruno Ganz y que hay planos calcados entre una y otra, pero ha potenciado el sentido del humor que, sin duda, planea sobre la historia y ha cambiado a unos personajes por otros. El resultado es una película que sorprende, que consigue hacer reír con las salidas impensables de unos y de otros, que mantiene el interés y pivota sobre varias tramas que confluyen con cierta sabiduría. Cercana al estilo de los Hermanos Coen o, si se quiere, con algunos rasgos de un Tarantino pasado por el hielo, Moland extrae buenas interpretaciones de Liam Neeson y de Emmy Rossum, a pesar del poco tiempo que aparece. Con buena fotografía, paciencia y una media sonrisa de complicidad, el espectador no tarda en padecer un galopante síndrome de Estocolmo con esta cinta. Así que es mejor que, por una vez, se dejen congelar.
Sí, porque lo impensable se hace demoledoramente posible, la Naturaleza sirve de colega, y, escena tras escena, se llega a la conclusión de que la lógica es bastante imposible o que la imposibilidad es una cuestión de pura lógica. Las máquinas quitanieves son auténticos monstruos arrasadores, el disparo puede provenir del sitio menos pensado, el villano de turno tiene la ética de una cucaracha, pero no deja de exigir una cierta honestidad a los que le rodean, el policía es tan buena persona que se queda colgado de los detalles morales, el asesino profesional es más bien una víctima profesional, los guardaespaldas tienen su historia, los sicarios juegan a tirarse bolas de nieve y los taxistas ponen una música en el vehículo que les hace merecedores de no dejar ni un céntimo de propina. Es el mundo bajo cero, ése mismo que consigue que el esquí parezca un arte nacido para la libertad del alma. Y eso es una pequeña sorpresa.