viernes, 27 de febrero de 2026

UN SIMPLE ACCIDENTE (2025), de Jafar Panahi

 

Defender los propios derechos en un país que no entiende de eso, acaba por ser una herida que nunca se puede cerrar. Puede que, por una huelga, hayas ido a la cárcel y que, allí, te hayan torturado hasta que tu espalda ya no sea capaz de erguirse igual. Sigues en el país cuando te liberan, pero, por las noches, aquel torturador que hacía sonar el temible chirrido de su pierna ortopédica se te presenta cada vez que cierras los ojos. Los años pasan y las heridas no cicatrizan. Perdiste la inocencia, parte de tu vida, una porción de tu propia dignidad, todos los sueños… Eso no tiene ningún remedio.

Sin embargo, el destino te ofrece una oportunidad para poner unos puntos en la brecha. Por un accidente en una carretera oscura, te topas con un fulano que, casualmente, tiene una pierna ortopédica y suena exactamente igual a como lo recuerdas. No puedes asociarlo a la cara de tu torturador porque nunca se la viste. Te llevaban a una sala con los ojos vendados y allí te sometían a barbaridades. Sólo ese chirrido, esa biela gastada, ese ruido entre metálico y gomoso se te ha quedado en la memoria. Coges al tipo y te lo llevas y lo entierras o le proporcionas una muerte cruel, igual que los terribles padecimientos que te hizo pasar. Punto redondo. Fin del pasado. Los tormentos son lavados.

No puedes estar seguro de que es él. Por supuesto, él lo niega todo. Su pierna cercenada es reciente, es imposible que fuera el verdugo de todas tus esperanzas. Necesitas más testigos que compartieron contigo celdas y torturas para que aquello no sea un crimen sin sentido. Seguro que él, en caso contrario, no se lo pensaría. A ti, aún te queda un pequeño resquicio de moral. Al fin y al cabo, puede que sea lo único que te mantiene vivo.

Sin permisos para rodar y con una economía de medios evidente, Jafar Panahi ha rodado una interesante parábola sobre la dictadura iraní, sobre el derecho a meterse en la espiral de violencia que siempre significa la venganza y sobre nuestros límites como seres humanos. Panahi, por ejemplo, llega a impresionar con ese plano fijo final de larguísima duración en el que los protagonistas se sinceran y precisan cuáles son sus inquietudes, sus miedos, sus rutinas y sus anhelos. El hombre está ahí, atado, indefenso y Panahi se detiene en él porque es el centro de todas las motivaciones y se ha convertido en el objeto de todas las frustraciones. Durante el resto de la película, el director iraní nos lleva por las calles de Teherán, en un eterno vagar divagando sobre si el individuo en cuestión es la persona o no lo es. Los testigos que acompañan al protagonista dudan, o no, pero quieren tener una certeza y esa no es otra que poseer la oportunidad de la humillación, sea en forma de muerte, o sea con los contornos de la dignidad. Da igual. Sus sentimientos y sus heridas han estado demasiado tiempo encerradas en un baúl del interior y ahora es el momento en el que la nada puede estar rellena de algo.

Todos tenemos personas que nos han torturado de una u otra manera y siempre, siempre, deseamos que a esos seres les llegue un buen merecido. Tal vez, tendríamos que plantearnos si eso puede llevar a una espiral que nos condene a la ausencia de bondad, o la corrupción del alma. A veces, lo mejor es olvidar. A veces, no queda más remedio que darle un gusto a la rabia. Es lo que trae la violencia, sea del tipo que sea, que se queda a vivir en nuestro interior y es muy difícil que se vaya. Por mucho que tengamos rasgos de buenas personas, o momentos en los que nuestra auténtica personalidad sale a relucir y hagamos todo lo que se espera de nosotros en el lado más positivo de nuestro ánimo. Puede que no deseemos tanto mal. Puede que sí y que seamos sólo bestias que queremos devolver las dentelladas que se han quedado grabadas en la piel y en el pensamiento. Un simple accidente es capaz de conducirnos a una elección que es realmente complicada y que nadie más puede tomar por nosotros.

4 comentarios:

  1. Sin pretender dármelas de nada, diré que siempre he sido yo muy de Panahi, mucho antes de que estallase su desgraciado caso que he seguido con interés. Me siento más próximo a él que por ejemplo a su maestro Kiarostami cuyo estilo me pareció siempre más críptico (¿y más peñazo?), si bien el punto de partida, un poco por devoción, otro poco por obligación, es el mismo, cercano a las técnicas neorrealistas y al documental. Me llega más su forma de retratar a la sociedad iraní, con ironía a veces, sin renunciar al cine de género, y eso aunque a veces el resultado sea tan crudo como el que nos ofrece en "El círculo". Sus películas posteriores tienen algo de metacinematográfico, son metáforas con las que trata de explicar su situación, su imposibilidad y a su vez su necesidad de seguir haciendo cine. Hay películas de una enorme lucidez como "Taxi Teherán", pero también, ejem, algún truño considerable.

    Lo que me parece asombroso de "Un simple accidente" es la sutileza que emplea Panahi para exponernos una vez más su caso. Y universalizarlo, y decir que todos estamos expuestos a sufrir un simple accidente que se lleve por delante nuestra vida. Ahora que parece que todo el mundo parece que tiene que posicionarse, los artistas hablan a través de su arte, y, mira, en eso sí le doy la razón a PTA cuando dijo que el habla a través de sus películas. Lo que pasa es que la metáfora de Panahi es más brillante, más directa y menos pueril que la suya. Si alguien sabe de ganar batallas, una detrás de otra, es Panahi.

    Y llámame loco, pero cinematográficamente la cabeza se me fue al motocarro de "Plácido", esa furgoneta, ese peregrinaje, esa justicia que nunca ha habido en el mundo ni nunca la habrá. ¿Habrá visto Panahi a Berlanga?

    Abrazos cojitrancos

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  2. Haces un excelente análisis de lo que es el cine de Jafar Panahi y, desde luego, estoy absolutamente de acuerdo en que es un cineasta mucho más dotado que Kiarostami que resulta ridículo y, en muchísimas ocasiones, lánguido en esa búsqueda de simbolismo cargante. Panahi llega mucho más, es un cineasta con los pies mucho más en la tierra y aparte de eso hay que valorar su enorme carga crítica que siempre expone con valentía.
    También muy de acuerdo con lo que apuntas sobre Paul Thomas Anderson (chico si hablas a través de tus películas, realmente, dices muy poco, por mucho que haya toda una ola de defensores a ultranza de su cine). Panahi, efectivamente, es más brillante, más directo, menos pueril y, lo que es muy importante, con una décima parte de una décima parte de medios pone en juego un muestrario imaginativo mucho más rico.
    Entiendo lo de que se te venga a la cabeza "Plácido". Me hace sonreír y tener algo de nostalgia. No descartes que Panahi sepa quién era Berlanga, por mucho que la poligénesis pueda existir.
    Abrazos de boda.

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  3. Pues animado por vuestras críticas, me decidí a ver la película a la que me resistía porque pensé que sufriría innecesariamente pensando en el dolor...

    Y no, no sufrí, al contrario me maravillé de una historia que se me hacía tan real, tan palpable, tan cercana como si la estuviéramos viviendo aquí (afortunadamente no es así). Porque yo creo que uno de los méritos del director es precisamente universalizar una situación tan particular. Creo que solo al final se habla de la guardia revolucionaria y del líder supremo, hasta ese momento podría haber sido la historia de cualquier parte, de cualquier tiempo.
    La notas, la entiendes, pero no te angustia, es una exposición de hechos, de posibles hechos, con los que empatizas pero no te involucran con el dolor.

    Y siendo una historia con gran dosis de dramatismo, incluye algunos momentos de comicidad (las fotos de boda en un parking elevado, el regalo a escote por el recién nacido,...) Y ahí, efectivamente, hay algo de berlanguiano y de comedia coral.

    Está contando cosas profundamente humanas, con naturalidad y sin efectismo, pero también sin metáforas, todo cotidiano, todo a pie de calle.
    Por cierto, me encantó la actriz, Mariam Afshari, toda naturalidad.

    Una gran película.

    Abrazos con la cámara al cuello

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  4. Pues sí, todo es natural y también asombra la capacidad de Panahi para contar una historia tan sencilla, con dos o tres euros de presupuesto, y acabar impresionándote de la manera en que lo hace. Como bien dices, es una historia que podría pasar en cualquier parte del mundo (la rodó en los alrededores de París y parece que es pleno Teherán), con una dirección de actores modélica, con una austeridad digna de elogio en la planificación, con sus toques de humor berlanguiano pasado por el tamiz persa y siendo muy objetivo en lo que te quiere contar, con un misterio que no sabes aunque intuyes que efectivamente el individuo es quienes los protagonistas quieren que sea. Una estupenda película que merecería más nominaciones de las que tiene y que supera a otras con chopocientas nominaciones que no van a ninguna parte.
    Abrazos con la furgoneta.

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