Un policía suizo es
asesinado en extrañas circunstancias y se asigna el caso a un inspector
encallecido que no lleva una vida fácil. Su conciencia no se halla muy limpia,
su salud no está para abusar, ni siquiera, de la noche y, por si fuera poco, le
han puesto al lado a un novato que no sabe ni sorberse los mocos. Estupendo.
Además, según va avanzando el caso, el inspector se encuentra con que su
superior no es todo lo expeditivo y trabajador que debería ser y que empieza a
moverse con subterfugios poco recomendables el cariz político de un asesinato
que sólo debería ser un caso más. La inteligencia parece ser un arma que todos
rechazan. La oscuridad se cierne. Todo el mundo es culpable.
Esta pequeña y sucinta
descripción de los hechos podría dar lugar a que creamos que ésta es una
película más con su misterio, su búsqueda criminal y su serie de tópicos más o
menos manidos en cualquier policiaco que se precie, pero hay algo más. La
historia parte de un escritor tan extraordinario y atípico como Friedrich
Dürrenmatt y la narración está llena de vacíos imposibles que acaban por tener
su sentido siempre y cuando se tenga cierta paciencia. Las confusiones se suceden
porque el crimen tiene un elemento muy importante de caos y de malvada
truculencia. El ambiente en el que se desarrollan los hechos es permanentemente
frío, hostil, como si quisiera rechazar cualquier investigación sobre un crimen
que no tiene demasiada lógica en su planteamiento. Además de todo ello,
sorprende ver en el papel del inspector resabiado a un hombre como Martin Ritt,
director de la generación de la televisión y responsable de títulos como Hud, o Cartas a Iris, acompañado de Jon Voight como el novato y de Robert
Shaw como el villano sin redención. El toque femenino, muy adecuado, muy
motivador y muy bien interpretado, corresponde a Jacqueline Bisset. Y detrás de
las cámaras, Maximillian Schell tratando de hacer que, entre tanto sin sentido,
el espectador se quede enganchado intentando averiguar qué diablos está
pasando.
El resultado final es
una película apreciable, sin llegar al sobresaliente, con una realización
apropiadamente centroeuropea, con motivaciones muy oscuras detrás de cada uno
de los protagonistas y con una cierta morosidad en el avance de la trama.
Schell no acierta con el ritmo, pero sí con las historia que acaba por ser
realmente sorprendente e inesperada en su desenlace final.
Así que tengan mucho cuidado en esas ciudades en las que todo parece estar en orden y en las que el tiempo parece detenerse en sus limpias y húmedas aceras. Son esas urbes de aire silencioso, en las que nada parece estar fuera de lugar y todo guarda una escrupulosa tranquilidad. Por debajo de esas piedras geométricamente dispuestas, de esos paveses o de esos puentes inmaculados, transcurren corrientes de diabólica invención, que abominan de todo ello y tratan de desestabilizar lo más posible cualquier consideración moral, profesional o de convivencia. Berna es el escenario. El resto lo pone la sangre de los que van a caer. Uno a uno, en silencio, como las hojas que se depositan suavemente mecidas por el viento en el suelo impoluto de un parque suizo.

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