viernes, 27 de marzo de 2026

UN HOMBRE DE HOY (1970), de Stuart Rosenberg

 

Con este artículo, vamos a cerrar el blog debido a las vacaciones de Semana Santa, hasta el martes día 7 de abril. Espero que todos descanséis y que vayáis mucho al cine. No nos queda mucho más.

Las casualidades rumbo al destino también existen. Un periodista se dirige al que va a ser su puesto de trabajo habitual. No es gran cosa porque se va a hacer cargo de la sección de deportes de una radio estatal allí donde da la vuelta el aire. Por el camino, asiste a un incidente entre una mujer de mala vida y su chulo. Entra en liza, le quita el cuchillo al facineroso y decide invitarla a cenar. La mujer no tiene dónde ir, no tiene nada que perder y, a lo mejor, gana un filete, así que acepta. Se van juntos. Ella le acompaña hasta ese destino que parece más lejos de lo que, en un principio, podría ser. Él asume el trabajo, viven juntos…no, no se preocupen, no es una historia de amor. La radio en la que va a trabajar el periodista no es muy recomendable. Bajo su aparente normalidad, esconde las maquinaciones de la ultra derecha, decidida a retirar todas las ayudas sociales a los pobres y a los marginados. Esos, fuera. Sólo tienen cabida en la sociedad estadounidense los ciudadanos formales y honrados que, sin pensar demasiado, salen de su casa cada mañana dispuestos a ganarse el pan de la forma más honesta posible. Todos los demás, sobran. Es una guerra sin armas. Es pura propaganda.

Lo peor de todo es que el individuo en cuestión, no se va a conformar. Quiere hablar con el jefazo y hacerle ver que le han engañado y que aquello no era lo que él suponía. Que sí. Que no. Vete de aquí. Esto no quedará así. El periodista va a urdir una conspiración para acabar de una vez por todas con este rico empresario que sólo quiere empeorarlo todo. Un rifle, una bala, listo. La sombra de Kennedy, en esta ocasión, va a servir para hacer algo bueno. La respuesta estará en lo alto de un escenario.

Esta es una película que ha pasado prácticamente desapercibida dentro de la filmografía de Paul Newman. Es cierto que tiene elementos muy notables, pero la historia está arrastrada con una languidez que la hace aburrida en bastantes momentos. La presencia de Joanne Woodward es un activo más a su favor y en el banquillo de los secundarios hay nombres que dan mucho empaque como Anthony Perkins y Pat Hingle, pero no acaba de funcionar esta historia del hombre enfrentado a poderes que le sobrepasan y a los que decide declararles la guerra. Newman, como siempre, ofrece un buen trabajo aunque, quizá, en algún instante, no se cree demasiado lo que está haciendo y la dirección de Stuart Rosenberg resulta sorprendente porque siempre fue un director de vigor y cierto ritmo y, en esta ocasión, parece como que se olvida de todo lo que sabe y cuenta una historia que deja un regusto muy amargo, muy para perdedores que no tienen posibilidad de redención. Quizá es una lección sobre la capacidad de juicio para aprovechar los medios y la oportunidad de cambiar las cosas. Puede que, en ocasiones, el camino más largo sea mucho más beneficioso que el golpe en la mesa. Y estamos viviendo unos tiempos en los que cada vez se pone más de manifiesto que todo debe cambiar despacio para que nada siga igual.

jueves, 26 de marzo de 2026

AMARGA NAVIDAD (2026), de Pedro Almodóvar

 

No todo lo que escribe alguien que ha llegado muy alto en los terrenos de la creación tiene que ser necesariamente genial. En esos caminos inescrutables del escritor o cineasta, a veces se empieza hiriendo el papel con unas cuantas palabras y se acaba armando una gran historia. En ocasiones, ocurre lo contrario. El mismo autor cree que está haciendo algo que merece realmente la pena y realmente da pena. Las posibilidades de un argumento son infinitas y se piensa que es apasionante cuando resulta que es desilusionante. Perdonen tanto juego de palabras, pero es que cuando se pone en marcha una película con un reflejo entre realidad y ficción siempre parece que la realidad pierde y se empieza a jugar con la mediocridad.

Por un lado, tenemos a un director de prestigio que lleva unos cuantos años que no hace nada que aumente su prestigio salvo ir a recoger un premio allí, acudir a un homenaje allá y dar unas cuantas charlas sobre lo que hizo, lo que dejó de hacer y lo que pretende hacer. Al otro lado del papel, asistimos a la degradación por la culpabilidad de una mujer que también ha dirigido un par de películas y que está sucumbiendo a repentinos ataques de ansiedad que, por supuesto, sólo puede calmar a través de pastillas de potencia consumada. En este lado de la escena, podemos intuir a un director como Pedro Almodóvar que quiere sondear en los abismos de la creación y pone en juego un tablero de engaño hurtando la historia que quiere contar. Todo en orden.

Por mucho que Almodóvar quiera hurgar en ese inacabable orden desordenado que es la acumulación de ideas, no se puede evitar una cierta sensación de que el espectador ha sido víctima de una tomadura de pelo. ¿Por qué? Porque el manchego nos cuenta dos historias que no terminan de tener interés, precisamente porque nos quiere describir la mediocridad y, cuando por fin llega una idea, algo luminoso, brillante, que desea ser contado, aparece uno de los finales más inoportunos del cine. Y eso es así. El espectador, ese ente insaciable que está esperando los pormenores de algo, se tiene que conformar con los detalles de algo, sí, pero inane, sin demasiada gracia, sin destino, que, a todas luces, tiene que ser reescrito porque no describe nada. Es como si cualquiera de ustedes se pusiera a narrar cualquier evento de su azarosa existencia a una serie de atentos y expectantes oyentes y van cayendo en la cuenta de que lo que están diciendo no tiene gracia en ningún sentido. En definitiva, carece de interés más allá de lo que es un mero retrato de unos cuantos personajes.

Así que ándense con cuidado a la hora de ponerse delante de un teclado de un ordenador. La hoja en blanco es un loco desafiante que quiere ser rellenado con planteamientos, nudos, desenlaces, amores, rupturas, reconciliaciones, sentimientos, acciones y reacciones. No se queden sólo en un hecho puntual para que tengamos simpatía por unos personajes que ni siquiera existen. Alguien puede tener ataques de ansiedad, de acuerdo. Y los puede tener por una razón concreta, de acuerdo. Pero ¿saben qué es lo que interesante? Que esa mujer lo tiene todo mientras las amistades que la rodean se hallan heridas casi de muerte. Y no cae en ello, a pesar de que, sin duda, anida cierta bondad en su corazón que, por aquello de que el Pisuerga pasa por Valladolid, también le sirve para escribir a su vez un guion en el que blablabla… Ficción y realidad. Ficción y no realidad. No ficción y realidad. Eso es lo que baraja continuamente la película. Eso sí, Bárbara Lennie, como siempre, ofrece una interpretación maravillosa, al igual que Aitana Sánchez-Gijón, que deja entrever en su personaje los nervios de una vida que se ha visto alterada de forma imprevista. No está mal el trabajo actoral en esta película, hay que reconocerlo. Lo que puede tener más inconvenientes es que no todo lo que se escribe es genial, pero eso ya lo he dicho. Tal vez, el reflejo entre ficción y realidad en mi ordenador es más débil de lo que pensaba.

miércoles, 25 de marzo de 2026

LA MUJER ZURDA (1977), de Peter Handke

 

Todo parecía ir bien dentro de la rutina. Una mujer, un hijo, un trabajo de cierta solidez y sobradamente pagado…De repente, un hombre vuelve de un viaje de negocios en Finlandia y se encuentra con que su mujer quiere abandonarle. Quiere vivir sola con su hijo. Quiere desterrarle de su vida. Y ahí mismo, aparece con letras de neón una palabra que se enciende y se apaga continuamente en la conciencia de él. “Soledad”….”Soledad”…”Soledad”. Todo cambia y se sumerge en una nube de inconsciencia, de sueños líquidos que se antojan a algo muy parecido como a contener la respiración debajo del agua. Quizá lo más doloroso es que no hay ninguna explicación. Ella se niega a decir una palabra sobre los motivos. Se cierran todas las puertas de una sola vez y no hay posibilidad de encontrar ni un leve resquicio. Es entonces cuando empieza un diabólico juego en el espectador que trata de encontrar los motivos en la mente de esa mujer que se niega a hablar, pero que, de alguna manera, comienza una lenta y segura reconstrucción de su vida. Es como construir un edificio, pero empezando por la azotea. Con esa obra y reforma en su interior, trata de encontrar un equilibrio interior que le va a ser siempre esquivo, pero desea intentarlo. Incluso se puede llegar a pensar que es muda, pero no lo es. Por eso se construye un misterio alrededor de ella. ¿Cómo es? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Hacia dónde va? Tal vez hacer que la vida se ajuste a sus términos y no a los que le impone la vida, o su marido, o su propia existencia, o la misma sociedad. No todo van a ser aciertos. Sus pasos son inseguros y el error también existe, por mucha decisión que haya tomado. En algún momento de esta película, parece que la pantalla es una ventana por la que miramos, indiscretos, a esta mujer reconstruida, difícil, parca en comunicación, incapaz de expresarse, voluntariosa al máximo.

Esta es la principal razón del cine de Peter Handke en una de sus escasas incursiones detrás de las cámaras. Para ello, cuenta con una actriz que es una auténtica delicia como es Edith Clever, que interpreta a esta mujer zurda, Marianne, que decide dar un giro de ciento ochenta grados a su vida y que tampoco es capaz de explicar cómo ha llegado a tomar esa decisión. Al lado de ella, un espléndido plantel de secundarios, empezando por Bruno Ganz interpretando al marido, perplejo y abandonado, y siguiendo con varias sorpresas en papeles pequeños como el director de El puente, Benrhard Wicki, el actor Michael Lonsdale y, en una pequeña aparición, Gerard Depardieu. El resultado, por supuesto y sabiendo que viene de la óptica tan particular de Handke, es una película en la que resulta extremadamente difícil transitar porque todo gira en torno a entender a esta mujer que rompe con todo y, tal vez, no sabe cómo construir nada aunque lo intenta y lo hace de un modo evidentemente torpe. Puede que Handke, en el fondo, trate de decirnos que no todas nuestras decisiones son totalmente racionales, que los cambios son necesarios para seguir adelante, aunque ello signifique hacer trizas muchas cosas que son habituales. Todo estaba en la mente de ese escritor tan enigmático como contradictorio que siempre amó el cine como su segundo lenguaje.

martes, 24 de marzo de 2026

ESTADO DE SITIO (1998), de Edward Zwick

 

Toda acción tiene sus consecuencias. En esta ocasión, un líder terrorista es secretamente secuestrado y eso hace que sus cédulas destacadas en una gran ciudad como Nueva York se pongan en marcha. ¿Alguna vez se han planteado lo indefensos que estamos ante el terrorismo? Cualquiera que justifique sus acciones, es un bellaco que no merece ser ni nombrado. Al límite de sus advertencias, en esta película, el FBI y la CIA se ponen en marcha y ya se sabe lo que pasa cuando dos agencias gubernamentales ocupan el mismo terreno. Uno de los dos estorba bastante. En cualquier caso, de algún modo basado en la soledad, en las horas interminables de trabajo al pie del cañón, en la experiencia en la dirección de grupos numerosos de personas empeñados en el mismo objetivo, los encargados del caso de ambas agencias llegan a apreciarse. Comprenden cuán demoledora es la soledad que experimentan. Eso, quizá, tampoco ayuda. Hay que actuar con independencia, sabiendo lo que se hace. Puede que uno bucee demasiado en el pasado del otro y no gusten determinadas actitudes. Puede que haya órdenes, pero siempre hay un modo de ejecución que termina archivado en el cajón del reproche. Por otro lado, los terroristas han dispuesto una estructura piramidal por actuación. Es decir, actúa la primera cédula. Si cae, automáticamente la segunda cédula se pone en marcha. Y así sucesivamente. No se sabe cuál es el próximo golpe porque no se posee información al respecto. Incluso ellos llevan algo de ventaja porque es posible que alguien se haya introducido en posición horizontal.

En cualquier caso, y más allá de un puñado de escenas muy bien rodadas, no cabe duda de que la película acaba por ser un serio aviso sobre el papel de los militares en situaciones de caos. Cuando el orden se desmanda, no importa la consideración humana. Cualquier cosa vale para obtener la información de quién, cuándo y cómo. Algunos, conservarán la cabeza sobre sus hombros. Otros, preferirán imponer el orden que más les gusta amparados por la sempiterna excusa del cumplimiento de las órdenes. No acaba de ser creíble la parte final de esta película, pero no cabe duda de que la traición anida en las calles y se convierte en el peor enemigo de todos aquellos que quieren detener la barbarie.

Denzel Washington y Annette Bening se encuentran muy lejos de cualquier otro miembro del reparto. Incluso en una película de suspense activo, ofrecen interpretaciones creíbles, cercanas, verdaderas, sin dejar de regalar un lado profesional que se ajusta perfectamente a sus personajes. No así Bruce Willis, que parece incómodo en la piel de ese general de alto rango que, parapetado tras las palabras “Constitución” y “democracia”, quiere hacerse con el control del país, sin paliativos, de forma implacable. Ese retrato se desmorona en esa parte final que viene a ser el pasaje más débil de toda la película. Algo que se antoja bastante lógico habida cuenta de que el director es Edward Zwick, alguien que ya había dirigido mediocridades como Leyendas de pasión o En honor a la verdad y que siempre se ha destacado Tiempos de gloria como la cumbre de su supuesto arte. Aquí, nuevamente, demuestra que una historia que atrapa, que interesa y que engancha queda algo diluida porque no se atreve a una valentía que exige a todos sus personajes.

viernes, 20 de marzo de 2026

DE RATONES Y HOMBRES (1992), de Gary Sinise

 

Apenas hay dinero para sobrevivir y George y Lennie vagan por los vastos campos de labranza tratando de conseguir trabajo como temporeros. Siembran, recogen, apilan, almacenan, lo que haga falta. Por eso, Lennie es especialmente útil. Es un gigante con una fuerza casi sobrehumana. George es el que pone la inteligencia porque Lennie apenas puede juntar dos ideas. Sin embargo, George se ha propuesto cuidar del gigantón porque es una época en la que, si le deja solo, no podría sobrevivir. Lennie tiene un retraso, pero es maravillosamente ingenuo. Sueña con apartar la nata de la leche de una granja que George siempre le dice que van a comprar. Y cada vez que lo recuerda, se le iluminan los ojos. Sin embargo, la tierra es dura y cicatera. Los hombres son duros y cicateros. Las mujeres…no, eso es otro terreno. Y más aún llevando a cuestas a Lennie. La vida no es fácil con la depresión económica. Hay que trabajar de sol a sol, bajo temperaturas asfixiantes o gélidas. El tiempo atmosférico no tiene piedad. La desgracia cada vez está más cerca. El lamento no quiere salir, pero cuando no se puede más, cualquier atisbo de esperanza suena a sueño y gloria. Es época de ratones. Son días de hombres.

Cuando la miseria no puede golpear a los que resisten contra viento y marea, se ceba con los más débiles. Lo impensable, ocurre. La verdad es tan horrorosamente impía que nadie es capaz de afrontarla. Sólo George. Tendrá que vagar por los campos, sobreviviendo con aún menos de lo que tiene. Nadie llorará a los que deja atrás. Sólo un recuerdo y una sonrisa entre lágrimas correrán por su pensamiento. Lo más difícil tendrá que ser hecho. Y el remordimiento será un compañero más.

Excelente versión de Gary Sinise sobre el inmortal relato de John Steinbeck, siempre del lado de los más pobres y de los más desfavorecidos. En este caso, como en Las uvas de la ira, Steinbeck se fija en dos personajes que no tienen futuro y que el pasado se les diluye como la inteligencia de Lennie. Esos pasos cortos que sólo siguen a George son tan tiernos que dan ganas de acompañarlos, vayan donde vayas. El propio Sinise hace un gran trabajo en la piel de George y cuenta con un inmenso John Malkovich para dar peso a cada gramo de Lennie. Todo cobra un sentido maravillosamente triste en la historia y comprendemos todo lo que hace George. Y también sabemos, muy a nuestro pesar, que no seríamos capaces de hacer lo que él hace.

A veces, el cariño se presenta con la peor de sus caras. Y es algo que no se puede dejar atrás a no ser que una horda de perros salvajes esté ladrando a la espera de salir de caza. La suciedad llega al rostro y la moral se pierde cuando no hay nada que echarse a la boca. Ni siquiera el inocente sueño de un niño grande imaginando el sabor de la nata separada de la leche recién ordeñada.

jueves, 19 de marzo de 2026

EL TESTAMENTO DE ANN LEE (2025), de Mona Fastvold

 

Dios no habla a través de las desgracias. Si tienes cuatro hijos y los cuatro fallecen antes de cumplir un año, no quiere decir que Dios manda que se eliminen las relaciones sexuales para alcanzar la pureza y la santidad. Dios tampoco se dedica a exigir liturgias en las que los fieles cantan al unísono como si fueran un coro de cantantes profesionales o un cuerpo de baile perfectamente sincronizado. El teatro puede sustituir a la fe y, sin embargo, mantener esa apariencia de que el aliento divino se ha hecho presente  con la oración y el golpe de pecho como elementos preferentes del culto. Todo esto no es más que una tontería.

Y es que, ya de momento, sorprende que en el guion se halle Brady Corbet, que el año pasado estaba en boca de todos al ser el máximo responsable de una película como El brutalista. Por lo que se ve, a Corbet le va el tema del sexo por activa y por pasiva y el rechazo a los que piensan diferente. Con la colaboración de Mona Fastvold como directora del engendro, se nos pone en juego el nacimiento de una secta y su desarrollo posterior, pero todo está mostrado como una disculpa, como si toda esta gente abducida por una supuesta santa que, ni más ni menos, se proclama como la heredera directa de Jesucristo, no hicieran daño a nadie con su continua alabanza personal en la tal mesías y divina con los más diversos ritos. El resultado es una película que dura dos horas y cuarto con un buen puñado de canciones que, prácticamente, la convierten en un musical con más canciones de misa que un cantoral de la catedral. Y eso sí, que no falten los golpes de pecho.

En el fondo, se supone que subyace una crítica a una sociedad estadounidense que no acepta lo que parece extranjero aunque sea algo que ha arraigado con fuerza en sus creencias. Ya se sabe, quien nombra mucho a Dios es que tiene mucho que esconder como persona. En cualquier caso, aquí no hay mácula que ensombrezca la labor evangelizadora e, incluso, se describen un par de secuencias que son bastante risibles, como la del dedo loco que va señalando el lugar en el que debe asentarse la tribu de fieles, con el fulanito iluminado cambiando de brazo cuando le viene en gana, aunque me imagino que por cansancio. Al final, lo que queda es una historia que no guarda demasiado interés porque, durante las dos horas y cuarto de marras, están hablando de lo mismo. Dios, cómo debe creerse en Dios, cómo se debe evangelizar la palabra de Dios, cómo se ha de buscar a otros fieles para que se unan a la fiesta y es inevitable pensar en Dios, cuándo va a acabar esto.

Decían los supuestos expertos que la interpretación de Amanda Seyfried como la madre Ann, agitadora y principal impulsora del método de oración y culto, era digna de mención. Y sí, no lo hace mal la chica, pero tampoco es la interpretación del año. Canta, se marca unos pasos de baile que si me los hace el cura de mi barrio le propongo para el Bolshoi, y se prodiga en las consabidas miradas de ternura ante todos aquellos que no entienden la inconfundible llamada del Altísimo. Y es una época en la que el optimismo no era precisamente el pan nuestro de cada día, así que cualquier asidero que permitiera un poco de consuelo, era bienvenido. Todo ello añadido a la falta de cultura, caldo de cultivo ideal para hacer prosperar las ideas locas, las canciones angelicales y las visiones que resulta que van teniendo todos y cada uno de los personajes que van desfilando por la trama.

Así que yo, personalmente, si quiero ver un musical, prefiero decantarme por Cantando bajo la lluvia o West Side Story, que, al menos, no me dan la brasa con el asunto religioso. Si quiero ver una película sobre los engaños de la creencia y los charlatanes que se creen sus propias palabras, me pongo El fuego y la palabra, que me dice mucho más y tiene unas interpretaciones que hacen creer en la existencia de Dios. Y si el tema es verse cómo vivían las comunidades emigrantes durante la guerra de la independencia de los Estados Unidos, lo mismo me pongo El crisol para que no me arrebaten el nombre. Y dejo ya de perder el tiempo porque cada vez que oigo “Amén” me entran los siete males.

miércoles, 18 de marzo de 2026

EL VIRTUOSO (2021), de Nick Stagliano

 

Una película extraña con un resultado también bastante asonante. Me explico. La idea es excelente. Un asesino profesional que ha prescindido de cualquier escrúpulo a la hora de realizar su trabajo comienza a darse cuenta de que se está desprendiendo de todo lo que le convierte en humano. En uno de sus encargos, hay una víctima colateral que muere de un modo terrible y eso le hace replantearse todo. Sin embargo, se mira al espejo y es incapaz de sonreír. No queda ni el menor indicio de ternura en su corazón. Todo lo ha ocupado la eficiencia de un trabajo que sabe que analiza y realiza como nadie. Sólo un papel con un nombre y se pone en marcha. Eso es todo.

Por otro lado, su jefe. Un misterioso personaje que, para consolarle de esa víctima colateral de su último trabajo, le cuenta cómo él mismo perdió toda la conciencia al lado del padre del asesino. Los tortuosos caminos de su mente le llevan a exigir, sin ninguna excusa, que los trabajos estén perfectamente hechos y cerrados. No hay nada que discutir. No hay nada que alegar.

Y allá que va el asesino, a un villorrio perdido para encontrar a alguien con un nombre algo intrigante. Llega, analiza, acierta, huye, lo repiensa, vuelve, encuentra a alguien y, de algún modo, también se encuentra a sí mismo sentado en un rincón esperando una última oportunidad para recordarse que tiene algo de humano en su alma. Al final, lo previsto. Algo menos que la desolación. Algo más que el aislamiento.

Aunque hay momentos de indudable tensión bien llevada, la dirección de Nick Stagliano es pausada, muy europea, sin prisas, con una voz en off que nos descubre los insondables pensamientos del protagonista y, al mismo tiempo, nos hace ver el tormento de su interior sin una palabra de más, sin una queja de menos. Sólo frases sueltas. Hay que destacar dos apartados interpretativos muy notables. Por un lado, Anson Mount, tremendamente atractivo a pesar de esa impasibilidad que no dice nada y, al mismo tiempo, dice todo en la piel del asesino profesional. Por el otro…casi se levantan los pelos como escarpias al recordarlo, Anthony Hopkins que, sin duda, ostenta un papel secundario en todo ese teatro en apariencias impostadas, pero que protagoniza una escena con un monólogo tan extraordinariamente interpretado que contiene más cine y más arte que películas enteras. Su rostro se vuelve  un mapa de sentimientos encontrados, de nostalgia hacia sensaciones que un día se tuvieron y que ya se perdieron en la memoria de las obligaciones, de intuición del abismo que se abre ante él porque su conciencia se ha vuelto implacable y la profesionalidad está por encima de todo. Sólo por ese monólogo de cinco minutos, la película merece ser vista.

Por lo demás, no olviden lo que sienten, por muy equivocados que estén. Si lo hacen, serán seres sin más destino que el encuentro con otros seres de igual incapacidad y, entonces, nadie estará a salvo. Sólo el corazón es lo que nos diferencia de las pistolas. Ellas no piensan que una bala puede causar más de una muerte.

martes, 17 de marzo de 2026

EL OJO MENTIROSO (1981), de Peter Yates

Quizás todos, en alguna ocasión, hemos querido llamar la atención de un amor que hemos convertido en platónico a pesar de ser inalcanzable. Eso es lo que pasa a un conserje de edificio que vive un tanto obsesionado por una reportera de televisión que le tiene bastante embelesado. Más que nada porque se le presenta una oportunidad sorprendente cuando ocurre un asesinato en sus dominios. Para resultar algo más interesante, el porterillo de tres al cuarto, presume de ver, oír y saber y, para añadirle algo de sal al cocido, miente. Eso, sin duda, casi resulta un plan perfecto para comenzar a hablar con esa periodista que posee un atractivo indudable y una inteligencia notoria. El plan del portero parece no tener fisuras, pero sí tiene.

El caso es que los asesinos también ven la televisión y todo lo que va revelando la reportera como resultas de lo que le cuenta el fantasioso portero se lo creen a pie juntillas y deciden hacer lo posible para eliminarlo del mapa. Ya se sabe. Un muerto vale lo mismo que dos, así que habrá que trazar un plan para que el conserje sea un fiambre y la reportera se calle. Es algo sencillo para ellos, pero no será tan fácil.

En manos de cualquier otro, esto parecería el argumento de una comedia, pero no es así. Es una película de misterio que, si tiene algún defecto, es que Peter Yates, un director británico que ya llevaba varios años asentado en los Estados Unidos, concretamente desde su monumental éxito en Bullitt, dirige la historia al mejor estilo inglés y eso va en detrimento de la agilidad de la trama. Las escenas son más lentas, más austeras, más secas. Los encuentros no tienen diálogos de réplica rápida. Cada personaje se piensa mucho lo que va a decir y cómo lo va a decir. Es cierto que, a favor de El ojo mentiroso, está en su reparto que incluye a William Hurt en el papel de ese encargado del condominio, a Sigourney Weaver como esa atractiva reportera que destaca con su mirada inteligente y, detrás de ellos, figuran nombres tan ilustres como los de James Woods, Christopher Plummer o aún un desconocido Morgan Freeman. El resultado, con sus defectos incorporados, es el de una película con un guion brillante y una dirección no tan acertada, con momentos muy logrados y algún que otro instante en el que se debería haber puesto más énfasis e impresiona de forma demasiado ligera para elevar este producto a la categoría de heredero directo del estilo Hitchcock, aunque su argumento cumple con todos los requisitos.

Y es que sentirnos más importantes de lo que realmente somos es un pecado tan viejo como la misma Humanidad y, más aún, cuando se trata de conseguir una mirada de una mujer que te ha secuestrado los sueños, se ha adueñado de tus pensamientos y está a sólo un paso de acunar tu corazón. Una mentira, al fin y al cabo,  no va a ninguna parte. Dos, tampoco. Mentir un poco no está mal. Es inherente al ser humano. Es propio de una vanidad que siempre acaba por ser el pecado favorito del diablo. ¿No lo han hecho ustedes nunca?

 

viernes, 13 de marzo de 2026

EL PECADO DEL OSCAR

 


Son unos pecadores irredentos por el nivel de las películas que optan a los premios. Creíamos, ingenuos nosotros, que aquello de darle siete estatuillas doradas a Todo a la vez en todas partes iba a ser algo aislado, pero no. La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood se empeña en nominar auténticas mediocridades que, para agravar aún más el enredo, parten como favoritas para convertirse en la Academia de Partes y Carencias Cinematográficas. Lo dicho. El día de la ceremonia hay que tomárselo como “San Cine” y punto y pecado.



Para la mejor película, en esas diez candidatas no hay nivel suficiente para proclamar una ganadora indiscutible. Quizá Valor sentimental, de Joachim Trier y, quizá, Hamnet, de Chloe Zhao, sean las que están un poco por encima de las demás. ¿A quién van a premiar? Yo apostaría que van a dárselo a Los pecadores, pero por una sencilla razón que excede la exclusivamente cinematográfica. Siempre que ha habido una película de preferencia por la minoría afroamericana en los últimos años, ha ganado. Ahí están Moonlight o Doce años de esclavitud, dos mediocridades enormes de las que, además, nadie se acuerda. Y Los pecadores parte con dieciséis nominaciones, récord absoluto de los premios. Ahí es nada. Pequemos, pues, pequemos.



Para el mejor actor, parece que Timothée Chalamet con su desquiciado Marty Supreme es el mejor colocado, a pesar de sus recientes y desafortunadas declaraciones que revelan que el chico no posee demasiadas células grises. Las votaciones ya estaban prácticamente cerradas cuando se le fue la lengua y se le debe algún que otro premio con su Bob Dylan del año pasado y tal. Parece seguro. Y si no, se lo van a dar a Michael B. Jordan, maravilloso actor que merece el Oscar, el Nobel y el summun, en detrimento de Ethan Hawke que realiza una maravillosa creación del letrista Lorenz Hart en Blue Moon.



Para la mejor actriz se perfila con claridad Jesse Buckley por Hamnet. Su desgarradora esposa de William Shakespeare es una interpretación compleja y muy dramática. No va a tener demasiadas rivales esa noche porque está arrasando en toda la temporada de premios. Y, las cosas como son, merece el premio además de ser una excelente actriz.







Para el mejor actor secundario la cosa se complica. Lo merece Stellan Skarsgard porque es veterano, porque da una lección de interpretación en Valor sentimental sin acudir al histrionismo, al maquillaje, a la tortura mental y al retorcimiento conductual, aunque un poco de esto último sí que hay. Es muy posible que se lo den a Jacob Elordi por Frankenstein porque el chico es joven y se desenvuelve bastante bien en la piel de maquillaje y super-héroe que le ha puesto Guillermo del Toro. Y como se lo den a Sean Penn por Una batalla tras otra es para que los académicos se lo hagan mirar. ¿De verdad le van a dar un tercer Oscar a Penn por hacer de un tío con permanente cara de estreñido?



Para la mejor actriz secundaria, se lo van a dar a Winmi Mosaku por Los pecadores, cuando quien lo merece es Inga Ibsdotter Lilleaas, por Valor sentimental, pero, claro, con ese nombre cómo le van a dar ni las buenas noches.








Como mejor dirección, está muy claro el premio para Paul Thomas Anderson por Una batalla tras otra, uno de los directores más sobrevalorados del cine contemporáneo, pero qué sabré yo. Quien lo merece es Chloe Zhao por Hamnet aunque, probablemente, no se lo tenían que haber dado hace unos años por Nomadland, pero no van a estar para dramas y sí para recalcarnos con mucha supuesta gracia que los de derechas son unos bastardos y los de izquierdas unos chapuzas.





Para la mejor película internacional, me encanta el eufemismo, se sospecha el premio para El agente secreto, de Kleber Mendonça, aunque, por supuesto, quien lo merece es Valor sentimental, esa película tan criticada por todos aquellos que no han visto a Bergman salvo para creer que es una actriz. Y así estamos, pecando por doquier.

No acertaré ninguno, pero es que la alternativa tampoco invita al optimismo, así que hagan sus apuestas, jueguen fuerte y, cuando terminen, no se olviden de pecar. Por ejemplo, váyanse a un club nocturno como buenos blancos y chúpenle la sangre a los negros, metáfora que a nadie se nos habría podido ocurrir ni en los peores sueños.

jueves, 12 de marzo de 2026

EL ÚLTIMO VIKINGO (2025), de Anders Thomas Jensen

 

No deja de ser un problema dejar que un tipo que no está demasiado bien de la cabeza sea el depositario del secreto de un botín. Más aún si entre el momento del encargo y el del rescate se demora durante más de quince años. Ya se sabe, las neurosis van agravándose y lo mismo el fulano ya no quiere ni ser conocido por su nombre, sino por el de John en referencia a John Lennon. Esa bolsa llena de dinero y de locura va a ser muy difícil de encontrar. Poco se va a solucionar a través del método de ir haciendo agujeros por intuición y no por razón, porque razón apenas queda. A todo esto, el tema se complica porque un antiguo compinche, bastante pintoresco, quiere llevárselo todo por la vía rápida.

Y es que no hay nada para un loco darse cuenta de que no es tan diferente si se rodea de locos. Es como un vikingo que ordenó que todos se cortaran un brazo para hacer que su hijo no fuera rechazado por el resto de la tribu porque había perdido el suyo después de un ataque feroz de los enemigos. La sombra de los Coen cambiando a la nacionalidad danesa planea sobre toda la historia y hay sobradas muestras de perplejidad cómica, de sorpresas inesperadas, de traumas que vienen de muy lejos y de violencia desbocada.

Poseer una bolsa con tanto dinero es una tentación para ser perseverante en su búsqueda. Incluso allí, en el último rincón de un bosque que parece encantado, hay que tomar las debidas precauciones. El loco no es malo. Sólo ha sido diferente desde muy pequeño porque, en el fondo, creyó que era un vikingo, con una situación que siempre se ha movido en el extremo. Los Beatles, la marginación, el cuento, el dinero, la hermana, el hermano, el granero, las runas…es como para tirarse por la ventana con la esperanza de que el mundo, al fin y de una vez por todas, proclame que el problema no es tanto y que todos, en mayor o menor medida, echamos en falta algún tornillo en nuestra azarosa existencia.

Anders Thomas Jensen dirige con un buen dominio de la dosificación en las constantes sorpresas que tiene reservada la película y que, casi todas, residen en la muy particular idiosincrasia de todos los personajes. Sin embargo, no cabe duda de que el principal atractivo se halla en esos dos protagonistas, el loco y su hermano ladrón, interpretados con absoluta garantía por Mads Mikkelsen y Nikolaj Lie Kaas. Ambos sobrellevan el peso de la función y son los responsables de que aparezcan algunas carcajadas que no son más que el desahogo de lo que parece imposible por parte de Mikkelsen y las sucesivas expresiones de no creerse lo que está oyendo por parte de Lie Kaas. Tanto es así, que el ladrón duda si es algo esperable dada la particular situación psiquiátrica de su hermano o si es que el mundo ha enloquecido del todo en esos quince años en los que ha permanecido en prisión. En cualquier caso, el resultado es bueno, con ciertas dosis de comedia inteligente y muy negra, casi azabache. Se pasa un rato mientras nos preguntamos en todo momento dónde está esa bolsa repleta de pasta y rebosante de insania.

Así que mucho cuidado al pensar en quién dejan la llave de su fortuna. Los bandazos de la sinrazón pueden llevar por caminos muy inesperados y, al final, incluso, puede que haya unas gotas muy leves de emoción. Mikkelsen se encarga de todo con ese personaje que, más que compasión, levanta sensaciones incontrolables de ternura. Quieres amar a ese tipo que no sabe dónde tiene el dedo y que ha elegido el sendero de la majadería para escapar de las presiones terribles de una vida que no ha sido nada amable. En el fondo, es algo que hacemos todos y que no dejamos de poner en práctica varias veces al día. Él mira, pregunta lo impensable, extrae todo el cariño del espectador y nos coloca al otro lado del cañón que nos apunta amenazador y que pregunta insistentemente dónde está el dinero. No olviden dejar los marcos de las puertas debidamente arreglados y comprar una sartén nueva para que el próximo sartenazo sea lo más limpio posible. Mientras tanto, yo me sumergiré un poco en mi locura particular de la que nadie quiere ser partícipe.

miércoles, 11 de marzo de 2026

LOS PECADORES (2025), de Ryan Coogler

 

Vale. Dos hermanos que han estado mezclados en negocios sucios vuelven a su ciudad natal para intentar olvidar el pasado que, probablemente, ha estado repleto de muertos y de giros violentos. Vale. Tratan de abrir un club en un granero. La idea es buena en ese estado del Sur, con la música negra como protagonista y rodeados de amigos que les han visto crecer y han compartido unas cuantas correrías de olor a campo y ganado suelto. Vale. Por supuesto, también hay algún reencuentro con antiguos amores blancos, algunas lujurias negras y un tipo que toca la guitarra como si hubiera hecho un pacto con el diablo. No, no se llama Robert Johnson. Vale.

A partir de aquí, en un supuesto giro de guion, se sacan los colmillos y se empieza a chupar sangre. Si dejas que esos malditos blancos se acerquen, te harán unas preciosas marcas en el cuello y serás prisionero de la noche hasta que ellos quieran. Eso sí, esos vampiros blancos y todos los reclutas que irán jurando sangre a su paso, quieren acabar con el local que han puesto los hermanos de raya diplomática. Y si es con todos los negros que se resisten dentro, mejor. Vale.

Diversos reparos se pueden poner a esta película teniendo en cuenta que lleva un envoltorio lujoso alrededor. La fotografía es excelente y la música, por supuesto, es lo mejor de largo. Sin embargo, en muy discutibles decisiones de dirección podemos apuntar los cambios de formato de pantalla a la buena de Satán. A ratos es panorámico, a ratos, no…se supone que el director Ryan Coogler quiere enfatizar algo y darle mayor énfasis a lo hermoso de este mundo, mientras que lo infernal se mueve en los márgenes estrechos de un objetivo pequeño. Vale. Por otro lado, Coogler se las da de novedoso y, lo que es aún peor y que resulta lo peor que le puede pasar a un director de cine, de autor. No duda en poner ese plano circular, supuestamente vanguardista, que resulta un homenaje atemporal a la música negra con manifestaciones artísticas que van del jazz al rock e intenta que sean los fantasmas del pasado y del futuro que se dan cita en el local donde la sangre se va a pegar a los colmillos cual hoja de lechuga seca a los incisivos.

Aún hay más. Coogler apuesta por una inevitable mezcla de géneros sin saber que tienes que ser muy, muy bueno para que eso funcione. ¿Es Los pecadores un drama? No, aunque quizá sus mejores momentos se hallen en ese terreno. ¿Es Los pecadores un musical? No, aunque su banda sonora sea, posiblemente, lo mejor de la película. ¿Es Los pecadores una película de cine negro? No, porque está claro que las posibles implicaciones turbias terrenales le importan tanto como el cambio de objetivo a capricho. ¿Es Los pecadores una película de terror? No, o al menos, yo no he pasado ni un poquito de miedo. Puede ser muy grindhouse y puede ser genial la metáfora que propone, aunque también sea más evidente que un fuera de juego de la defensa adelantada de Flick, pero miedo, lo que se dice miedo, no da. ¿Qué es Los pecadores? Pues no lo sé. Lo es todo, no es nada, levanta pasiones allí donde va y yo sigo preguntándome por qué. Puede que esa mezcla de géneros no busque la originalidad (por cierto, lo de mezclar pasado, presente y futuro en medio de una fiesta ya lo hizo Alan Rudolph en Los modernos) sino que, en realidad, sea una película complaciente que trate de contentar a todos. Bien por ella, entonces. Mal para los que somos algo picajosos y nos gusta que nos cuenten algo.

Así que ya saben, si quieren empezar de cero, lo mejor que pueden hacer es abarrotar la puerta de ajos, poner espejos allá por donde pisen y preparar unas cuantas estaquitas puntiagudas de madera para que no falte la ración gore del asunto. No se olviden de un poquito de incoherencia y de deslizar un mensaje que se suba al carro de la moda del pensamiento impuesto por el artículo treinta y tres del código infernal. Seguro que tienen el éxito asegurado. 

martes, 10 de marzo de 2026

UN GOLPE DE ALTURA (2011), de Brett Ratner

 

Josh es un profesional en lo suyo. Sabe exactamente cuáles son las necesidades de sus empleados y las costumbres de los inquilinos del edificio en el que trabaja. Maneja con soltura un ejército de trabajadores cuya única finalidad es hacer que todos los que vivan en La Torre tengan lo que demandan, prácticamente, sin pedirlo. No es fácil llegar a un dominio así. Incluso el gran jefazo lo trata con deferencia, con un punto de simpatía. Josh sabe quién vale y quién no. Y, hay que reconocerlo, está muy satisfecho con su trabajo. Hasta que ocurre lo que nadie preveía.

El gran jefe es acusado de corrupción. Y en ese delito también se hallan las pensiones de todos los trabajadores que están a las órdenes de Josh. El gran hombre, como es habitual, ha fallado, pero Josh no va a fallar a los suyos. Y si hace falta dar un par de golpes en lo mesa, lo hará, porque ese tipo que le ha tratado con deferencia y con simpatía es un cínico sobrado al que le importan un par de ceros todos los que se han dejado la piel por él.

El plan es sencillo. En algún lugar de su maravilloso e inmaculado ático, ese jefe debe tener un colchón para seguir viviendo a cuerpo de rey. Eso lo hacen todos los financieros y los que, desgraciadamente para los ciudadanos de a pie, los que se codean con el poder. Se trata de reclutar a unos cuantos descontentos y robar ese colchón de millones para restituir las pensiones a toda esa buena gente que ha sabido ver en Josh su profesionalidad y su buen hacer.

Ni corto, ni perezoso, Josh habla con un ascensorista resabiado porque antes ha trabajado en McDonald´s, a un contable que se halla en la más absoluta ruina después de haber probado las mieles del éxito, a un recepcionista necesitado porque tiene niño en camino y a una doncella metida en carnes que sabe tratar las ruedas de una caja fuerte con el mimo necesario. Falta un elemento y es, naturalmente, alguien que sepa de qué va la vaina. Lo encuentra en un vecino, uno de esos compañeros con los que coincidió en la escuela y que no dejaba de reírse de él. Ya está el equipo completo. El golpe no va a ser exactamente para robar lo que habían pensado, pero, amigos, la altura está asegurada.

Excelente película, entretenida, divertida, con un guión ingenioso y una música excelente, dirigida por Brett Ratner y que tiene en Eddie Murphy a su alma creadora. El actor se hizo con los derechos de la historia y, en un principio, quiso interpretar él a  Josh y que Chris Rock se hiciera con el papel del ratero que enseña a robar a ciudadanos normales. No pudo ser y Murphy abandonó el proyecto. Solamente cuando surgió la oportunidad de tener a Ben Stiller en el papel de Josh es cuando Murphy se animó a producir todo el complot bajo la dirección de Ratner, un director que, cuando menos, le gustaba. El resultado es ágil, con situaciones realmente buenas, con diálogos punzantes y con un atraco que acaba por sacarte una sonrisa en una película que huye de los atracos típicos y se adentra en una comedia de altura. Al fin y al cabo, quien roba a un ladrón…pues eso, altura.

viernes, 6 de marzo de 2026

BLUE MOON (2025), de Richard Linklater

 

Lorenz Hart fue uno de los más brillantes letristas del teatro musical americano. Con una prolija obra a sus espaldas, su asociación con Richard Rodgers fue extraordinariamente fecunda e, incluso, algunas de sus canciones han pasado al acervo popular por derecho propio. Entre ellas, posiblemente, la que más destacó fue Pal Joey, interpretada sobre las tablas por Gene Kelly y en el cine, por Frank Sinatra, un musical que contiene clásicos imperecederos como Bewitched, My funny Valentine y, sobre todo, esa maravillosa tonada, llena de burla y agudeza, que es The lady is a tramp.

Lorenz Hart va, ebrio de abandono, a un bar de Nueva York donde se va a celebrar el ágape posterior al estreno de Oklahoma, el primer musical que Richard Rodgers, compañero de siempre, estrenó sin su colaboración, con Oscar Hammerstein en su lugar. Hart trata de superar la irreparable sensación de que ya no sirve para nada y, lo que es peor, para nadie. Su amigo y paño de lágrimas, ya no quiere trabajar con él. Sabe que está a las mismas puertas del olvido y se hunde en un infierno de tabaco, de alcohol y de autocompasión que hace que no le quede mucho tiempo en esta tierra. Hace gala de buen humor y, sin duda, derrama brillantez en sus diálogos con el camarero, con el escritor que busca un rincón de silencio, con el pianista aficionado a punto de ser destinado en alguna base perdida de la Coste Este… Su lamento es original, es nostálgico, es, también, un grito de socorro porque está perdiendo sitio a pasos agigantados en un mar de adulaciones que no le llevan a ninguna parte. Lorenz Hart tiene un pie dentro del ataúd y se resiste a ser uno más entre la multitud. Incluso aboga por un musical más dramático y menos almibarado. Y eso, quizá, en tiempo de guerra no es precisamente lo que la gente está demandando en el teatro.

Richard Linklater mueve la cámara con gusto y elegancia a través del amplio escenario de ese bar que destaca por su elegancia y comodidad. Prácticamente, es una obra de teatro filmada, pero hay una razón muy poderosa para ver esta película y se llama Ethan Hawke. La interpretación matizada y extraordinaria que ofrece el actor destaca más por lo que no dice que por lo que pronuncia, consiguiendo así una atractiva metáfora para un momento en concreto de la vida de un letrista irrepetible. Y no sé si utilizar este adjetivo porque estoy seguro de que Lorenz Hart no me lo hubiese permitido. El caso es que Hawke realiza una de las interpretaciones del año, pasando por los todos los estados de ánimo posibles, escondiéndose detrás de su caracterización para sacar al gran actor que demuestra ser. Actúa con el cuerpo, acentuando la baja talla del letrista, se expresa con la mirada y con el gesto y habla con absoluta autoridad, dominando al personaje y haciéndolo suyo a la vez que es él. Una interpretación que, casi, casi, podríamos decir que entra en la leyenda.

Así que no olviden nunca que el éxito es efímero. Hoy puedes ser el mejor letrista del mundo y, a la mañana siguiente, eres un apestado porque el mejor compositor posible te ha dejado de lado. Por mucho que en tu vida privada seas un degustador de la vida, un hombre que prueba todas las esquinas posibles y que has dejado suficientes muestras de bondad, que has tratado de vivir sin molestar dejando un rastro de arte en tus poemas cantados, el olvido siempre merodea sin piedad, tratando de cazar su siguiente presa. Y nadie mejor para ello que un tipo que ha visto cómo sus propias obras  han sido anunciadas en enormes carteles de neón en pleno Broadway, Nada podrá hacer que tu nombre no sea borrado aunque, eventualmente, el destino se burle haciendo que alguien, en algún lugar, mientras pasea por la calle, silbe una melodía conocida y, después, acompañe su silbido con una letra que podría empezar, por ejemplo con “She gets too hungry…for dinner at eight. She loves the theater and never comes late…”

jueves, 5 de marzo de 2026

LA RESIDENCIA (2025), de Yann Gozlan

 

Un futuro distópico no muy lejano. La civilización, presa ya de un irreparable cambio climático y de la dependencia tecnológica, busca acomodo en la desaparición de su propia personalidad. La inteligencia artificial está ahí para ayudar en las necesidades más básicas y una residencia, dotada con el más moderno sistema cibernético, pasa por ser el refugio de artistas y creadores, consagrados al desarrollo de sus obras en un entorno absolutamente controlado y ciertamente aséptico. Sólo hay un problema. Son estudiados al milímetro porque la misión es el principio del fin. Se trata de absorber la sensibilidad humana para que no sea necesaria la intervención humana en ninguna manifestación artística.

Y la sensibilidad puede que sea lo más íntimo que posee cualquiera que se dedique a una profesión que rinda culto al arte. Se pueden escribir muchas líneas, pero muchas de ellas no tienen alma. Se pueden componer multitud de melodías, pero la mayoría de las notas son sólo repeticiones mecánicas de esquemas ya ensayados con anterioridad. Si se anula el elemento de la sensibilidad del artista, el proceso ya sólo puede ser involutivo. Si se entrega a las máquinas, es el apocalipsis porque el ser humano ya no podrá mirar nunca más hacia adelante. Sólo será un ente inútil, un pedazo de carne con ojos, que ha renunciado a la inteligencia, que se antoja innecesario para dotar de alma a cualquier obra que se ponga en circulación.

En medio de un buen puñado de artistas que se han recogido voluntariamente en esa residencia, hay una mujer. Posee una extraña mirada serena a pesar de que está claramente resquebrajada por el dolor. Trata de racionalizarlo todo, pero cada vez le cuesta más. Tiene una inteligencia artificial que controla su salud en un entorno en el que un virus resulta ya un inconveniente mortal y permanente, que supervisa su trabajo obligándola a escribir un número de páginas al día, que, además, es capaz de urdir trampas muy creíbles para reconducir la dirección de la creatividad. Es difícil escapar a esa comodidad, pero ella se resiste porque lo ha perdido todo y si pierde su sensibilidad, incluido su dolor, ya no quedará nada de ella misma. Sólo será una pieza colaboradora más de un fin que se antoja cercano ya en nuestros días.

Interesante película que contiene una acertada reflexión sobre el uso y el abuso de la inteligencia artificial que, inevitablemente, acabará por sustituir todo lo que merezca la pena de la condición humana. Las letras serán otras, pero tendrán una semejanza inquietante con algo escrito con anterioridad. La música será distinta, pero sonará a algo parecido que nuestro oído ya ha guardado. La plasticidad será novedosa, pero el estilo seguro que recuerda a alguien que también estuvo en el mismo grupo de artistas al que perteneció Virginia Woolf. No cabe duda de que Cecile de France realiza una interpretación meritoria, siempre desde esa serenidad que sabe transmitir, en la que parece que no ocurre nada, pero que, en realidad, es una máscara que cubre toda la tormenta interior que padece su personaje. El resultado es una película turbadora, que mueve hacia el escepticismo de un futuro que no parece nada prometedor, por mucho que sea el depositario de avances impensables. Incluso resulta sintomático que el nombre de esa inteligencia artificial absolutista sea Dalloway, personaje principal de una de las novelas de mayor renombre de la propia Virginia Woolf.

Por supuesto, no se engañen con estas líneas. Están redactadas por una inteligencia artificial que ha hecho un refrito de muchos otros artículos escritos sobre esta película. Así que relájense. Tienen un vaso de agua preparado en la cocina y yo estoy aquí para hacer su vida más fácil. ¿Puedo ayudarles en algo? 

miércoles, 4 de marzo de 2026

RÍO SALVAJE (1994), de Curtis Hanson

 

El río nos lleva por meandros del destino con la fuerza de una corriente que puede ser mansa, pero también violenta. Nos empeñamos en descender por su cauce porque queremos amar las aguas tranquilas y, al mismo tiempo, estamos deseosos de soltar la adrenalina necesaria cuando la espuma se vuelve furia y menea la embarcación en la que vamos subidos con las personas que más queremos. Sus orillas siempre son descansos, pequeños intermedios que nos ofrece la existencia de vez en cuando. Es el momento en que nos paramos para conocer a otros, para mirarnos a los ojos y decir la verdad de un mundo que se empeña en llevarnos río abajo sin paradas por el camino. Es ese instante que puede ser eterno porque lo compartimos con una mirada llena de ilusión o con una sonrisa que nadie, nunca, jamás, podrá repetir. Mientras tanto, el río llama, el río suena, el río arrastra y tenemos que hacer frente a aquellos problemas que van saliendo, igual que rocas que, desafiantes y orgullosas, se plantan en medio del curso y nos retan a la cara planteando un duelo de resistencia.

En ese devenir de la corriente, una familia intenta reconstruir algo que tiene débiles soluciones hasta que el mismo río se convierte en un camino que conduce directamente hacia el infierno. La travesía, comandada por una mujer que ha tenido que hacer frente a demasiado rápidos en su vida, transitará del placer a la tortura, dejando cadáveres por el camino e, incluso, obligando a un hombre que había olvidado sus principales obligaciones a comportarse como tal. Algunas veces, hay que hacer algo así para recordar que ese hombre del cual se enamoró la mujer de tu vida, sigue estando en cualquier sitio de la convivencia. El río, al igual que la vida, se llena de villanos que quieren coger un atajo hacia la impunidad. Al fin y al cabo, en ese cauce, no hay controles de carretera, ni otro tipo de jaula de centinela. Sólo agua, riscos, montañas, vegetación y, quizá, otros despistados que también bajan por unos rápidos que, cada vez, son más abruptos.

Río salvaje es una buena película, de claro origen ecológico, en el que destaca por derecho propio Meryl Streep como el de esa mujer que ha conocido días de gloria en el deporte de aventura y quiere arreglar las cosas dentro de una familia que, poco a poco, se va deshaciendo por los bordes. Ella está tremenda, realizando ella misma la mayor parte de las escenas arriesgadas con un descenso en rafting que no debió ser nada fácil. Está, eso sí, espléndidamente secundada con un reparto muy solvente que incluye a David Strathairn, Kevin Bacon y John J. Reilly. La fotografía es hermosa. La dirección es sencilla, pero muy elegante. Quizá, eso sí, hay un par o tres de cosas que no cuadran demasiado con la lógica y que se detienen en aras de un montaje algo tramposo en lo que a tiempos se refiere, pero es una historia con tensión, con sus momentos difíciles, con alguna que otra visita a la inquietud (la sonrisa de Kevin Bacon ayuda bastante en esas lides) y con la seguridad de que un par de horas se convierten con facilidad en un placentero discurrir de las aguas en la capacidad de volver a plantearnos ciertas cosas que sólo aparecen en el pensamiento cuando la tensión se presenta con ganas de quedarse.

martes, 3 de marzo de 2026

EL TERCER SECRETO (1964), de Charles Crichton

 

Un suicidio que deja muchos cabos sueltos. Una niña de quince años que quiere averiguar cueste lo que cueste qué es lo que paso, porque no puede creer que su padre, un hombre de éxito en el campo de la psiquiatría, quisiera quitarse la vida. Un reportero que ha sido paciente del médico y comienza a investigar qué es lo que pasó. La lista se reduce a cuatro pacientes. Son los que atendía el médico de modo habitual porque el resto del tiempo lo ocupaba con su dedicación al campo académico e investigador. El periodista pregunta, inquiere y, siempre, tras cada una de sus palabras, parece que hay una especie de temor a descubrir que él mismo ha sido el asesino o, al menos, el instigador del suicidio. La tensión se pone en guardia cada vez que él aparece y, de alguna manera, la hija del muerto tiene una cierta tendencia a la manipulación. Mundos mentales muy oscuros, citas de Shakespeare en un muro al borde de un río que es mitad paz, mitad infierno, cuadros inopinados, una casa como centro neurálgico de todo. La turbiedad de la psique acaba por contaminar toda idea e, incluso, la sombra de la pederastia acaba por coger forma en las sospechas de los que se hallan fuera de la teoría de la conspiración.

No cabe duda de que Charles Crichton articula un misterio de interés, arropado por un reparto de primer orden que incluye nombres tan ilustres como los de Richard Attenborough, Diane Cilento o Jack Hawkins. Es cierto que un actor de renombre como Stephen Boyd asume el papel protagonista, pero, de alguna manera, se antoja falto de recursos como para abordar con garantías un personaje de cierta complejidad mental. Aborda las transiciones confusas de su personaje con demasiada urgencia, no da tiempo a comprender del todo a su personaje que, en un principio, se hunde en la violencia para ir evolucionando hacia una especie de enamoramiento de esa niña que guía sus pasos para terminar en un sacrificio para curarse a sí mismo. También es cierto que la niña, Pamela Franklin, con un año más de los que tenía cuando interpretó a la turbadora y ladina alumna y protegida de Deborah Kerr en Suspense, de Jack Clayton, realiza un buen trabajo porque oscila con maestría entre la ingenuidad, la inquietud, la belleza adolescente y el temor por ese tercer secreto que acaba por ser la verdad.

Entre oscuridades personales y reflejos de comportamiento, Londres acaba por ser el escenario de un misterio que casi se revela como un asesinato del cariño y una celebración por la sanidad mental. Todos los personajes revelan rincones muy escondidos de su personalidad y eso añade un velo de misterio a la intriga de qué es lo que pasó para que un psiquiatra modélico decidiera acabar con su vida. Tal vez, no soportaba el tercer secreto. Tal vez, no quería que nadie supiera hasta qué punto llegó a equivocarse en un diagnóstico que nunca quiso ver. Túmbense en el diván y siéntanse dispuestos a contar sus más escondidas inquietudes. Puede que tengan que pasar antes por el secreto de la mentira, de la mentira que nos contamos a nosotros mismos y de la verdad.

viernes, 27 de febrero de 2026

UN SIMPLE ACCIDENTE (2025), de Jafar Panahi

 

Defender los propios derechos en un país que no entiende de eso, acaba por ser una herida que nunca se puede cerrar. Puede que, por una huelga, hayas ido a la cárcel y que, allí, te hayan torturado hasta que tu espalda ya no sea capaz de erguirse igual. Sigues en el país cuando te liberan, pero, por las noches, aquel torturador que hacía sonar el temible chirrido de su pierna ortopédica se te presenta cada vez que cierras los ojos. Los años pasan y las heridas no cicatrizan. Perdiste la inocencia, parte de tu vida, una porción de tu propia dignidad, todos los sueños… Eso no tiene ningún remedio.

Sin embargo, el destino te ofrece una oportunidad para poner unos puntos en la brecha. Por un accidente en una carretera oscura, te topas con un fulano que, casualmente, tiene una pierna ortopédica y suena exactamente igual a como lo recuerdas. No puedes asociarlo a la cara de tu torturador porque nunca se la viste. Te llevaban a una sala con los ojos vendados y allí te sometían a barbaridades. Sólo ese chirrido, esa biela gastada, ese ruido entre metálico y gomoso se te ha quedado en la memoria. Coges al tipo y te lo llevas y lo entierras o le proporcionas una muerte cruel, igual que los terribles padecimientos que te hizo pasar. Punto redondo. Fin del pasado. Los tormentos son lavados.

No puedes estar seguro de que es él. Por supuesto, él lo niega todo. Su pierna cercenada es reciente, es imposible que fuera el verdugo de todas tus esperanzas. Necesitas más testigos que compartieron contigo celdas y torturas para que aquello no sea un crimen sin sentido. Seguro que él, en caso contrario, no se lo pensaría. A ti, aún te queda un pequeño resquicio de moral. Al fin y al cabo, puede que sea lo único que te mantiene vivo.

Sin permisos para rodar y con una economía de medios evidente, Jafar Panahi ha rodado una interesante parábola sobre la dictadura iraní, sobre el derecho a meterse en la espiral de violencia que siempre significa la venganza y sobre nuestros límites como seres humanos. Panahi, por ejemplo, llega a impresionar con ese plano fijo final de larguísima duración en el que los protagonistas se sinceran y precisan cuáles son sus inquietudes, sus miedos, sus rutinas y sus anhelos. El hombre está ahí, atado, indefenso y Panahi se detiene en él porque es el centro de todas las motivaciones y se ha convertido en el objeto de todas las frustraciones. Durante el resto de la película, el director iraní nos lleva por las calles de Teherán, en un eterno vagar divagando sobre si el individuo en cuestión es la persona o no lo es. Los testigos que acompañan al protagonista dudan, o no, pero quieren tener una certeza y esa no es otra que poseer la oportunidad de la humillación, sea en forma de muerte, o sea con los contornos de la dignidad. Da igual. Sus sentimientos y sus heridas han estado demasiado tiempo encerradas en un baúl del interior y ahora es el momento en el que la nada puede estar rellena de algo.

Todos tenemos personas que nos han torturado de una u otra manera y siempre, siempre, deseamos que a esos seres les llegue un buen merecido. Tal vez, tendríamos que plantearnos si eso puede llevar a una espiral que nos condene a la ausencia de bondad, o la corrupción del alma. A veces, lo mejor es olvidar. A veces, no queda más remedio que darle un gusto a la rabia. Es lo que trae la violencia, sea del tipo que sea, que se queda a vivir en nuestro interior y es muy difícil que se vaya. Por mucho que tengamos rasgos de buenas personas, o momentos en los que nuestra auténtica personalidad sale a relucir y hagamos todo lo que se espera de nosotros en el lado más positivo de nuestro ánimo. Puede que no deseemos tanto mal. Puede que sí y que seamos sólo bestias que queremos devolver las dentelladas que se han quedado grabadas en la piel y en el pensamiento. Un simple accidente es capaz de conducirnos a una elección que es realmente complicada y que nadie más puede tomar por nosotros.

jueves, 26 de febrero de 2026

EL AGENTE SECRETO (2025), de Kleber Mendonça Filho

 

En los años setenta se decía que a los brasileños les bastaba el samba, el fútbol y el sexo para ser felices. Era como dar una idea de libertad en un país que estaba asolado por la pobreza, la represión política y la prostitución. Dentro de aquel ambiente sudoroso y enrarecido, había disidentes que luchaban a su manera contra un régimen en el que la corrupción era lo habitual y más aún si se echaba una mirada a los estamentos universitarios. En esta ocasión, un profesor jefe de un departamento de investigación resulta ser un agente secreto sin amo que, en realidad, trabajaba por la libertad, siempre tan escurridiza y, a veces, elemento en fuga de una sociedad que luchaba por encontrar un sitio en el que sobrevivir.

Bajo la mirada reprobatoria de un presidente como Ernesto Geisel, hacía falta mucho valor para sobreponerse a los continuos abusos policiales, encabezados por una serie de agentes que, en realidad, creían con firmeza en la certeza de que eran los dueños de la voluntad popular. No se andaban con tonterías y hacían gala de su fanfarronería que, en muchas ocasiones, lindaba con una actitud circense que no podía ser censurada porque eran de gatillo fácil y justicia volátil. Brasil estuvo muy cerca del caos porque, en su condición de grandeza por la extensión de su territorio, no se podía controlar esa disidencia que, en su mayoría, destacaba por su silenciosa resistencia.

No cabe duda de que, después de la excelente Aún estoy aquí, se vuelve sobre esos mismos apuros que, esta vez, también tiene una mirada de optimismo. Las nuevas generaciones son capaces de hablar de aquella época sin el trauma como guía a pesar de que había razones más que suficientes como para que hubiera desánimos insalvables. Kleber Mendonça dirige esta historia con aires neorrealistas, apelando a la naturalidad y con una ambientación muy fiel a aquellos años de tristeza maquillados por los bailes callejeros y una falsa libertad sexual que no hacía más que emponzoñar cualquier intención democrática. Era caer en la trampa en la que se quería que todo el mundo estuviera preso.

Una de las razones principales para ver esta película es la interpretación de Wagner Moura que, siempre desde la serenidad y sin un gesto de más, incorpora a ese profesor universitario que lo único que desea es salir de allí con su hijo, por mucho que su verdadera intención sea oponerse al régimen injusto y brutal que atenazaba a todo el país. Desde la naturalidad, Moura compone un personaje creíble, atravesado por el dolor, pero muy patriota porque, al fin y al cabo, se puede amar a un país sin necesidad de adorar su sistema político. Más allá de eso, se suceden las conspiraciones, la tela de araña que propone Mendonça, que no huye del planeamiento chapucero, resulta creíble y, desde luego, resulta efectivo y fiel.

Y es que la libertad, en el fondo, también puede ser disfrazada con la creación de una leyenda que acaba por ser popular con una pierna peluda, cercenada y devorada por un tiburón, que se dedica a coser a patadas todo lo que ensucia a un país. Y la gente no lo cree, pero se divierte con las sucesivas noticias de una prensa al servicio de la dictadura. La gente lo cree todo y es fácil atribuir teorías conspirativas al terrible hallazgo de esa pierna que la policía se apresura a hacer desaparecer porque las piernas, no nos engañemos, también son los instrumentos necesarios para salir corriendo por delante de las balas, de los golpes y de la injusticia.

Hay que destacar que, en su duración excesiva, hay algún que otro error que, por otra parte, no empaña en absoluto la valoración final de la película. Ese mismo argumento, con múltiples homenajes al cine, ese instrumento de evasión que proporciona la oportunidad de entretenerse y, al mismo tiempo, pensar, es la demostración preclara de que ningún gobierno que quiera perpetuarse está demasiado a favor de que sus ciudadanos tengan criterio propio. Es de primero de dictadura.