viernes, 11 de septiembre de 2026

MARK RYDELL: PERMISO PARA RODAR EN LA ETERNIDAD

 

Echando un vistazo rápido a la filmografía de Mark Rydell, uno se puede dar cuenta de que era un director instalado en la serenidad. Graduado en Música por Julliard y en interpretación por la Escuela de Nueva York, Rydell sabía desde el principio que quería dedicarse al arte. Lo intentó con un cuarteto de jazz e, incluso, opositó para el puesto de director sinfónico en alguna pequeña orquesta de allí y de allá. Por formación y época, se le podría encuadrar en lo que se denominó como Segunda generación de la televisión al lado de nombres tan ilustres como Stuart Rosenberg, Alan Pakula o Sidney Pollack, porque allí dirigió sus primeros pasos hasta que quiso dar su salto al cine. Primero, alquiló sus servicios como actor y, más tarde, dio el paso definitivo para situarse tras las cámaras.

Su primer trabajo para el cine fue, precisamente, como actor juvenil. Se paseó al lado de John Cassavettes, James Whitmore o Sal Mineo para Crimen en las calles, de Don Siegel, una indagación sobre la delincuencia juvenil de finales de los años cincuenta. Ni mucho menos era el protagonista, pero sí que se puede apreciar que era uno de esos actores de fondo de escenario que proporcionan textura a una película. La interpretación de la que siempre se sintió más orgulloso fue la del mafioso Marty Agostino para Un largo adiós, de Robert Altman, poniéndole las cosas difíciles al Philip Marlowe interpretado por Elliott Gould. Ese mafioso que parecía amable y que escondía una crueldad sin piedad ninguna, capaz de destrozar el rostro de una chica preciosa sólo para demostrar lo que era capaz de hacer, se queda ahí, presente en la retina y dando vueltas al cerebro. Le gustó tanto ese papel que, cuando tuvo que interpretar un pequeño papel en su propia película, Permiso para amar hasta medianoche, lo hizo con el nombre artístico de Marty Agostino.

Habría que destacar un par de papeles más en su faceta interpretativa. Uno fue el del gángster Meyer Lansky de Habana, de Sidney Pollack, versión caribeña de Casablanca, con Robert Redford y Lena Olin en los principales papeles. El otro fue en la piel del sufrido agente Al de ese director ciego al que interpreta magistralmente Woody Allen en Un final made in Hollywood, un papel en las antípodas de sus mafiosos y que se acercaba mucho más a cómo era él realmente.

En el campo de la dirección, Rydell debuta tarde, casi con cuarenta años, en una historia de lesbianismo y trabajo titulada La zorra, con Sandy Dennis, Anne Heywood y Keir Dullea como elemento disruptivo. La película no tuvo un gran impacto comercial, pero sí que ya se le ven maneras a Rydell, manejando un tema difícil en una época turbulenta como finales de los sesenta.

La buena acogida de la crítica le ofrece la oportunidad de trabajar al lado de Steve McQueen en la adaptación de William Faulkner de Los rateros, desenfadada y, al mismo tiempo, algo melancólica puesta en escena de una road movie atípica, con unos héores desencantados y sin rumbo que roban el coche de su jefe para un largo viaje que se convierte en toda una iniciación.

Existe una reciente reivindicación de un western como Los cowboys, que Rydell rodó con John Wayne en un papel casi anecdótico porque su personaje desaparece a las primeras de cambio. Ese cuento de unos niños que deben madurar con rapidez para llevar un numeroso transporte de ganado ellos solos destaca por su falta de verosimilitud y por alguna espantosa interpretación que otra, pero lo que verdaderamente destaca es la extraordinaria banda sonora de John Williams que hace que todo suba un grado en calidad y en importancia.

La siguiente película de Rydell ya empieza a descubrir al director sensible, que comienza a tocar fibras delicadas de la emoción en una historia de amor con caducidad como es Permiso para amar hasta medianoche, con dos fantásticos protagonistas como James Caan y Marsha Mason. La aventura que corren ese marinero y esa prostituta, se queda a vivir en el corazón de cualquiera que se atreva a acercarse y, a pesar de que es una película de la que nadie se acuerda, todos aquellos que han tenido el privilegio de verla saben que es algo especial, algo natural, algo sentimental.

La comedia picaresca también es un terreno que Rydell domina con particular sentido en una película tan divertida como Harry y Walter van a Nueva York, con unos James Caan y Elliott Gould espectaculares y secundados por Michael Caine, Diane Keaton y Lesley Ann Warren. Cuidada hasta el máximo en la recreación del Nueva York de principios del siglo XX, la historia de dos estafadores de poca monta que, cansados de robar para seguir tirando, planean un atraco a lo grande acaba por ser una comedia de altura que no fue muy apreciada en su momento y de la que ya nadie se acuerda tampoco.

Sus cuatro siguientes películas, muy distanciadas en el tiempo entre unas y otras, marcan el punto más álgido de la carrera como director de Mark Rydell. La primera de ellas es la excelente La Rosa, biografía disimulada de la cantante de rock Janis Joplin que descubrió para el cine a una actriz que lo hacía todo bien como Bette Midler. Casi siendo un pionero, Rydell descubre el escenario de intereses que se mueve detrás de una estrella de la canción que se ve incapaz de parar su propia caída. Una estupenda película con una actriz de muchos, muchos quilates.

La siguiente fue la maravillosa En el estanque dorado, única vez que coincidieron en el cine Henry Fonda y Katharine Hepburn, extraordinarios como esa pareja de ancianos que vive un verano en una cabaña retirada al borde de un lago y que reciben el encargo de hacerse cargo del hijo de la nueva pareja de su hija. Un encargo difícil, sin duda, que se resuelve con grandes dosis de humor y aún más de humanidad, de verdad en esos personajes que están llegando al final y ya no pueden hacer lo que solían, retrato perfecto de una ancianidad que sólo es soportable si estás rodeado de los que realmente te quieren.

Una más fue Cuando el río crece, drama rural con unos acertados Mel Gibson y Sissy Spacek en los principales papeles, acosados por una crecida de un río y paliados por un instinto de superación que acaba por ser una de las marcas de fábrica del propio Rydell. Una película notable que obtuvo una mejor consideración por parte del público que de la crítica.

Una auténtica maravilla fue Ayer, hoy y por siempre, con dos de sus actores favoritos en los papeles principales, James Caan y Bette Midler, encarnando a dos cómicos que se juntan, crecen, se enamoran, pierden y siempre están a través de los años, desde los cuarenta hasta el final de sus vidas. Si bien el encargado de maquillaje que debía diseñar el envejecimiento de los dos actores a través de los años debería ser despedido y no dejar que se acercase nunca más a un plató cinematográfico, la película es una historia de tono tragicómico que hacen sentir bien, a pesar de su melancolía implícita. Midler consiguió su segunda nominación al Oscar por una película de Rydell tras La Rosa y siempre se queda en algún lugar de nuestro interior el esfuerzo de esos cómicos que no dejan de intentar entretenernos por muchos años que pasen.

Estas cuatro películas en un intervalo de diez años marcan el mejor estilo de Rydell. Considerado un valor lento, pero seguro, se le encarga un producto comercial que se estrella estrepitosamente en taquilla con Richard Gere, Sharon Stone y Lolita Davidovich como Entre dos mujeres y eso marca el ostracismo al que se ve condenado Rydell, que vuelve a la televisión y tan sólo es capaz de sacar un proyecto más como La apuesta perfecta, con Kim Basinger, Forest Whitaker, Ray Liotta, Tim Roth y Danny de Vito en un drama sobre la adicción al juego que no fue a ver nadie.

Probablemente, Rydell esté ahora sentado en una cómoda silla, al borde de un lago, al lado de su admirado Henry Fonda y tratando de discernir si lo que hizo valió la pena o no. Lo que es seguro es que, en la oficina correspondiente, habrá obtenido el permiso para rodar hasta la eternidad. No muchos son capaces de eso. De momento, nos quedamos con un puñado de sus estupendas películas para abrirnos paso.

jueves, 10 de septiembre de 2026

CRONOS (2026), de Fernando González Molina

 

Cuando el fanatismo se abre paso suele dejar un reguero de sangre que resulta muy difícil de olvidar. El 17 de agosto de 2017 es una fecha que debería perdurar en nuestra memoria. No sólo porque ese fanatismo fue asesino, traidor y brutal, sino porque un puñado de profesionales cumplieron fielmente con su obligación y cortaron de raíz cualquier posible consecuencia posterior con los autores materiales amenazando la seguridad de miles de ciudadanos. Barcelona, durante unas largas horas, fue una ciudad sin paz, salvaguardada únicamente por unos hombres y mujeres que lo dieron todo para que no volviera a ocurrir.

Por supuesto, de fondo, también hubo un ruido político molesto, con conflictos de competencias y deseos de apuntarse tantos y evadirse de fracasos. El día se hizo interminable, siguiendo multitud de pistas falsas, de pánico colectivo, de fallos propios de una emoción herida. La psicosis formó parte del imaginario público. Y la ingenuidad de creer que unos supuestos conciudadanos no podían formar parte de ese asesinato múltiple porque llevaban vidas normales e integradas también acabó malherida.

Con la excelente Día de patriotas, de Peter Berg viniendo a la cabeza constantemente, el director Fernando González Molina alterna aciertos y errores en esta descripción de los atentados de aquellas horas de agosto. Hay diálogos que resultan irremediablemente poco creíbles por evidentes y la inclusión de un helicóptero insertado en una toma aérea hace pensar en una chapuza que busca un aire de heroicidad que no necesita ser subrayado. Por otro lado, hay que destacar que Enric Auquer sigue siendo un actor intenso y cercano, fácilmente reconocible en la profesionalidad de un policía que coordina todo el dispositivo con una conveniente combinación de ira y motivación. El personaje de Mónica López es el que más sufre en esa acción paralela que, realmente, importa poco y que no la deja en buen lugar. Pablo Derqui le aporta trascendencia al Mayor Trapero y esa jefe del gabinete de prensa de los Mossos d´Esquadra, interpretada por Diana Gómez también debe cargar con unos diálogos mediocres, coronados por esa frase de “¡esto lo hemos hecho nosotros!” que deshumaniza los objetivos de servicio público para rozar peligrosamente el mensaje político.

En cualquier caso, entre los aciertos, cabría destacar que la película contiene un ritmo considerable, muy adecuado y, a ratos, brillante, en su primera mitad, cayendo un poco en la segunda parte, casualmente en el mismo momento en que el personaje de Auquer sale de servicio. Muchas reacciones buenas, muchos instante escalofriantes, un especial énfasis en la entrega total de todas esas personas que lo dieron todo y que confiaron en atrapar a los asesinos. Y un acierto total por parte de González Molina como es la decisión de no mostrar el atentado en sí mismo, sino describir un paisaje dantesco en sus consecuencias más inmediatas. Sólo así se puede acercar al público lo que es sentir verdadero terror. Puede que, en el fondo, sea una película necesaria.

Al fin y al cabo, es posible que la gran mayoría de servidores públicos sean personas cuyo estilo de vida consiste, sobre todo, en una palabra como es ayudar. Ellos no sólo intentan cuidad y minimizar las consecuencias de hechos tan deleznables, sino que también guían a una ciudadanía confusa y desorientada, harta de ser el muñeco de feria de los desaprensivos que pueblan este amargo mundo y, no obstante, resistente como sólo puede ser la buena gente. El sentimiento de culpabilidad es algo que acompaña a esos trabajadores de la seguridad, de la sanidad, de la coordinación, de la limpieza, de cualquier profesión que trata de aportar una pizca de sentido a una vida que, en demasiadas ocasiones, resulta ingrata, bestial e impía. La respuesta suele estar en esos seres anónimos que siempre se emplean a fondo, por muchos garbanzos negros que pueda haber en la olla. Y, a veces, incluso ganan.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

MANOLO SOLO: EL ACTOR QUE CONTENÍA TODAS LAS MIRADAS

 

Algo muy extraño ocurría cuando veías actuar a Manolo Solo.  Parecía que, de alguna manera, en todos y cada uno de sus personajes, se guardaban todas las miradas posibles. Miradas de decepción, de sorpresa, de descontento, de sabiduría, de ingenuidad, de verdad, de mentira, de búsqueda, de rifles y ponys, de broma, de conquista, de derrota, mucha derrota. Sólo con ese poder que atesoraba, era capaz de trazar cada una de las características de sus encarnaciones a las que acompañaba con una voz que modulaba con autenticidad. No en vano había sido un excelente actor de doblaje. El destino, siempre burlón y esquivo, no ha dudado en llevarse a un intérprete de su categoría justo cuando ya estaba dominando las películas en las que intervenía. Injusticia nada divina.

Manolo rezumaba autenticidad en todo lo que hacía y no es insensato pensar que comprendía, por su experiencia y su capacidad, todas las motivaciones de los personajes a los que interpretaba. Sabía perfectamente que Santi “El Triana”, de Tarde para la ira tenía que modelarse a través de su voz, tan quebrada que apenas era un silbido, con esa forma de hablar tan taleguera, tan de trullo y patio. Lo demás era construirlo a partir de esa voz. Y con siete minutos dio vida a un personaje que ya se ha quedado en el imaginario de todo el público. Sin embargo, no fue el único que merece la pena ser recordado porque, si algo caracterizaba a Manolo, era su increíble entendimiento de cualquier papel que caía en sus manos, como el de ese cineasta en busca de respuestas, aislado en un rincón perdido de una playa que huele a pescado y madera seca por el salitre y el agua en Cerrar los ojos, esa maravilla de Víctor Erice que también supo guiar a Manolo por los cauces del homenaje, del verdadero sentido de contar historias que, en el fondo, tienen mucho de realidad.

Y así podría ir siguiendo al enumerar sus extraordinarios trabajos, como ese profesor universitario de Una quinta portuguesa, que elige el escondite detrás de otra entidad para dejar atrás su enorme fracaso en la vida privada, en medio de plantas silenciosas y agradecidas en un lugar que lo acoge con tanta ternura como lo hacía el propio Manolo con sus personajes. O, incluso, ese periodista de El Caso que también se pierde en las marismas del Guadalquivir alrededor de La isla mínima porque olvidar es muy fuerte, pero permanecer en la memoria lo es aún más. O como el moderado Juez Ruz de B, la película que hablaba de la corrupción de traje, corbata y chulería de Luis Bárcenas, o el desenroscado Miralles de El buen patrón que ya no encaja en la empresa perfecta de básculas y que, queriendo dar guantazos, encaja los golpes a pares. Da igual, podríamos seguir por la lista interminable de secundarios memorables que nos ha regalado y seguiríamos viendo a un hombre, a un actor, que trataba con enorme cariño a todos s los que le ha tocado interpretar y eso define a todos aquellos que deben fingir la verdad para hacernos creer la mentira. Manolo era uno de ellos. Siempre lo era, por pequeño que fuera su papel.

Además, tenía otra característica que era muy notable. Y era su naturalidad. Parecía que no hubiera tenido que aprenderse su papel, sino que lo decía en ese momento porque era lo que realmente pegaba. Pertenecía a una estirpe de actores españoles que eran capaces de sobrecoger con apenas un gesto y conmover con un leve entornar de ojos. Él iba justo detrás de Rodero, de Bódalo, de Puente, de Lemos, de Merlo, de Delgado, de Pellicena, de Rellán, de Alonso, porque sabía decir las cosas, poner el énfasis en el acento justo, dejarlo sobre la mesa y recoger la réplica para utilizarla en su siguiente frase. Es una enorme pérdida que nos haya dejado tan pronto, porque él pertenecía a esa raza de actores que no necesitaban más que su intuición, su razón y su experiencia. Y nos quedan muy pocos actores como él. Un par de ellos, como mucho.

Manolo, quiero dejarte estas líneas como agradecimiento por tus miradas, por tu trabajo previo antes de abordar cada uno de los papeles en los que he tenido la fortuna de verte, por continuo rebosar de calma, o de ira, o de bajeza, o de altura, según tocaba. Quiero decirte que siento no poderte disfrutar más, aunque ten por seguro que te volveré a ver muchas, muchas veces en todo lo que nos has dejado. Quiero asegurarte que pude acercarme a todas y cada una de tus miradas. Y que me llegaste allí mismo, en esa parte en la que el olvido no es una palabra de mi vocabulario y que, a pesar de no haberte conocido personalmente, estoy seguro de que, en algún lugar, hay una cañita para compartir entre nosotros para que me cuentes un par de secretos de tu trabajo. Lo espero con impaciencia. Mientras tanto, nunca estarás solo, Manolo.

martes, 8 de septiembre de 2026

SPIDERMAN: BRAND NEW DAY (2026), de Destin Daniel Cretton

 

¡Qué necesario es que alguien te diga, de vez en cuando, que estás haciendo un buen trabajo! Si eso falta, no tarda en aparecer una ansiedad muy parecida a la soledad. Sientes que nadie más que tú te importa, que no afecta a los demás nada de que lo que puedas hacer, que, al fin y al cabo, podrías desaparecer y ni un alma te echaría en falta. Es como sentir que, más allá de ti mismo, hay un insondable abismo que produce vértigo con el más mínimo asomo. Todos necesitamos de alguien. Todos necesitamos a alguien. Todos somos alguien.

Y eso no podía ser menos en un super héroe. Ya se sabe, un tipo, más o menos simpático que no abandona su humor en medio de cualquier refriega, que se juega la cara por todos los demás con tal de poner un poco de orden en su ciudad. No es tarea fácil. Y, si se me apura, hasta es posible que, si miramos un poco a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que los super héroes existen. No son ubicuos, ni siquiera son infalibles y, por supuesto, no destruyen la urbe cada vez que a algún pirado se le ocurre hacer un ejercicio de dominación y ruina, pero sí, existen. Por eso, hay que recordar eso de que cuando ayudas a alguien, en realidad, estás ayudando a todos. Primero, porque, aunque no lo veamos, tus acciones afectan a unas cuantas personas que giran en su propia constelación alrededor de ti. Segundo, porque es lo que nos hace humanos. Tercero, porque todos poseemos un gran poder y, por tanto, también cargamos con una gran responsabilidad. Cuarto, porque es lo que hay que hacer. Son razones de peso. No llevamos máscaras para proteger nuestro anonimato, ni somos tan inteligentes como para fabricar artilugios que nos ayuden a luchar contra el mal y sus derivados, pero sí que ponemos en juego muchas de nuestras habilidades más escondidas si, de verdad, queremos ayudar a alguien. Hagan la prueba. Se quedarán sorprendidos.

Después de esta optimista introducción, hay que reconocer que la última entrega del héroe arácnido no está mal. Es muy entretenida y, desde luego, hay secuencias admirablemente diseñadas. Por si eso fuera poco, hay unas cuantas apariciones especiales que le dan algo de textura a la historia que, quizá, se antoja algo alargada hacia el final, pero que eso no empaña la sensación de pasar un buen rato lanzando telas de araña, recuperando el pasado, enfrentándose a la terrible soledad, con un par de chistes que no están mal y con el bien sobreponiéndose a las trampas de un mal que habita mucho más cerca de lo que pensamos. Al igual que, con toda seguridad, hay super héroes a nuestro alrededor, hay que pensar que los super villanos están igual de cerca. Y esos suelen llevar traje de malvado adornado con una corbata.

Vale, vale, que me pongo aleccionador para una película que no lo pretende, pero hay que reconocer que el artículo tiene tanta originalidad como un impacto en la espalda. No se preocupen, vuelvo al tema. La dirección no es mala, aunque tampoco es de una brillantez inusual, y la interpretación de Tom Holland comienza a tener algún que otro atisbo de profundidad. Zendaya pone belleza e inteligencia y Jon Bernthal pasa por ahí para castigar, que es lo suyo. El resto, lo iremos descubriendo poco a poco con este paulatino regreso de los héroes de Marvel, que ya anuncian a bombo y platillo la última entrega de los Vengadores con el título de Doomsday, con resurrecciones incluidas.

Si ustedes están llamado a la ayuda, hay que ser plenamente consciente de que, en la mayoría de las ocasiones, la ingratitud es lo que espera al día siguiente. Nadie va a dar una palmadita en la espalda. Nadie va premiarte con una sonrisa. Nadie. Hay que tener un aguante propio de super héroe. Y eso no lo tiene todo el mundo. Ténganlo por seguro. Hay que alimentarse de esas cosas buenas que hacemos que, aunque no lo notemos, hacen que el mundo sea un poco mejor, por mucho que pesen nuestros actos anteriores o el olvido esté acechando cuál escorpión en busca de su presa. Cuando ayudas a alguien, ayudas a todos. Eso es una gran verdad que conviene no archivar en el cajón de objetos perdidos de la memoria. 

viernes, 4 de septiembre de 2026

LA CONSTELACIÓN DEL PERRO (2026), de Ridley Scott

 

Se hace muy difícil encontrar razones para seguir viviendo en medio de un final. Quizá un hombre haya seguido por inercia porque, al fin y al cabo, ha conseguido la compañía de otro y ha conservado a su perro, obediente y único. De vez en cuando, pilota su avioneta para coger gasolina, alimentos y medicinas en ciudades fantasma ocupadas por otros seres humanos que se han convertido en aves carroñeras que buscan su supervivencia a través de la violencia y el canibalismo. Vuelve, se fortifica, vive en un permanente estado de alerta y está siempre acompañado por un animal que no le falla y que le recuerda que una vez tuvo un pasado que mereció la pena vivir.

Así han ido pasando los años. Así ha conseguido seguir. Sin embargo, se le van agotando las razones cuando su mejor compañero desaparece. Quiere encontrar a otros seres humanos, que también luchan, que también siguen y, tal vez de ese modo, puede hallar alguna razón para desear ver un nuevo día. El apocalipsis no invita a nadie, coge lo que es suyo, lo agarra por la fuerza y lo desgarra sin piedad. Un oasis se puede vislumbrar en la sonrisa de unos niños, en la seguridad de que el contacto con otras personas de bien tiene la posibilidad de convertirse en un nuevo principio. Y si fracasa en el intento, entonces es más que probable que se transforme en un definitivo final.

No es un secreto para nadie que haya visto dos o tres películas que Ridley Scott hace tiempo que renunció a hacer cine para sólo mantenerse en los números de taquilla. Su cine, tiempo atrás, tuvo un valor incalculable, pero degeneró en productos facilones, vendidos con pericia, disfrazados por el aura de una comercialidad descarada y un descuido evidente. En esta ocasión, no realiza una obra maestra, ni muchísimo menos, pero no es su peor película. Scott articula una película en la que, por una vez, se preocupa de mirar en el interior de sus personajes con aire sugeridor, con cariño hacia ellos, desarrollando con cuidado sus motivaciones y sus errores. Jacob Elordi y Margaret Qualley cumplen con su función, y no pasan de ahí, de pareja de corte clásico, con sus traumas de principio y su búsqueda de final y el acierto de que el personaje de Elordi, en el fondo, es un tipo perdido lleno de esperanza. Josh Brolin acaba por ser el más interesante y el mejor de todos ellos. Y Guy Pearce, importante en algunos tramos, desaparece incomprensiblemente del todo en la parte final. Sólo está allí, sin aportar nada. La película tiene una irregularidad latente, pero no es desgraciada, incluido esa secuencia bizarra sumergida en el universo VIP que destila crueldad por naturaleza. El resultado es una cinta que consigue un aprobado más o menos holgado, sin llegar en ningún instante al notable. Cosas de Ridley.

Alejado de los ambientes brumosos que tanto ha sabido explotar, la estructura de western parece salpicar un argumento flojo, que, en el fondo, se antoja muy parecido al de Furia en la carretera, de George Miller, con mucha menos parafernalia y con los personajes vestidos. Mientras tanto, se sufre con un mundo apagado, con ligeras reminiscencias a El último hombre vivo, de Boris Sagal, con alguna que otra secuencia de cierta altura mientras se mira embelesado a las estrellas.

No dejen nunca de recordar qué es lo que hacían antes del fin del mundo. La película fecha la acción en mayo de 2035, así que nos queda bien poco. Salven al perro, porque en su mirada llena de amor y lealtad puede se encuentre toda la memoria que se pierde a velocidad de disparo entre tanto caos. No se dejen seducir por el lujo y el plástico que tanto facilita las cosas. El mundo es el que es y el secreto está en no perder la esperanza, en tener la seguridad de que comenzar de nuevo es posible y que, tal vez, encontrarse con el amor bajo las estrellas sea tan romántico como lo era antes de que todo terminara sin aire. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

EL SER QUERIDO (2026), de Rodrigo Sorogoyen

 

Con frecuencia, el abismo que se abre entre un fotograma y otro en la vida llega a ser tan profundo que sólo puede haber un insalvable rencor de película. Los errores se cometen y se dejan ahí, en un rincón de las sensaciones y de la memoria, y queda en un estado letárgico, latente y, a la vez, ausente. De repente, llega otra historia y no se puede evitar el grito de dolor que ha quedado sordo con el tiempo, dejando que la ira y la frustración salgan para arruinar la toma, para repetirla hasta la saciedad, para otra película que ni siquiera sirve para que dos caminos vuelvan a ser paralelos.

Y comienzan las excusas y las esquivas presencias. Con la naturalidad propia de un rodaje en el que todos se comprometen y, de alguna manera, también mueren. La historia sigue adelante, queriendo decir todo lo que quiere decir. Sólo con la panorámica completa, con el plano arropado por la música, con la mirada sabia, pero irremediablemente huérfana, se puede seguir con un destino que no debería haber sido así y que ha sido demasiado generoso para unas maneras cercanas al despotismo y cicatero con una búsqueda que se ha convertido en una quimera que no termina más que cuando se apagan las luces de neón y de los focos. El rencor sigue ahí porque aún hay dolor. Y el dolor no se borra, no admite segundas y terceras tomas, no se puede trucar con un montaje tramposo o precipitado.

Rodrigo Sorogoyen articula una película absorbente en su descripción de las relaciones y de las reacciones humanas a través de dos personajes que buscan la redención y la satisfacción. Javier Bardem, que demuestra una vez más el espléndido actor que puede ser cuando no se aleja tanto de sí mismo, y Vicky Luengo ofrecen un recital de interpretación, siendo precisos en sus reacciones, comprensibles en sus motivaciones, grises en sus humanidades. Mientras tanto, la película avanza y, si bien, palidece en cierto modo después de la impresionante escena de tensión máxima haciendo que el espectador ruegue por un final menos alargado, el conflicto ha sido recibido con el respeto del silencio, con la admiración del ensimismamiento y con la seguridad de que las personas existen ahí, en ese trozo de ficción que, por momento, gana un Oscar a la vida más cercana.

A medio camino entre el Ocho y medio, de Federico Fellini, y La noche americana, de François Truffaut, el director Sorogoyen nos habla de personajes que traspasan la película y de personas que se filtran por la vida. El resultado es que se llega al convencimiento de que todos queremos ser queridos y que, cuando el amor se ha negado a presentarse, sólo puede quedar rencor, sólo puede quedar dolor, sólo puede quedar decepción, por mucho que se haga lo posible para compensar de alguna manera todo lo que se ha hecho mal. El tiempo se ha encargado de que ese abismo entre dos fotogramas sea insalvable. El objetivo ya está desenfocado, el director de fotografía ha dimitido, el vestuario ya está ajado y los recuerdos ni siquiera son los mismos, entre otras cosas, porque la justificación también aparece de una forma casi esperpéntica, negada, abrumada y poco creíble. Así es el cine. Así es la vida.

No sirven de nada antiguas amistades y, menos aún, las nuevas que se hacen derivadas de la convivencia obligatoria de un largo rodaje en el que el paisaje resulta árido, salpicado de cráteres, con las sombras del sol a través de cumbres que, por mucho que se quieran escalar, sólo llevan al cansancio y a algo muy semejante a la nada. El tiempo ya se ha ido y los rencores se quedan ahí, grabados por la cámara y fijados por el corazón, como esos momentos en que la magia del cine permanece en el recuerdo. El cine evade, pero, por supuesto, también clava sus garras cuando quiere que pensemos. Y es entonces cuando nos podemos dar cuenta de que alguien nos quiere, o quizá, no.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

HACIENDO AMIGOS (2026), de David Marqués

 

A veces, es necesario camuflarse con el entorno para darse cuenta de que el mundo no es exactamente como nos lo habíamos imaginado. Puede que una pareja de atracadores de medio pelo vean el resquicio para la huida en un autobús que está esperando a una serie de personas con discapacidad y, por supuesto, uno finja ser y el otro finja acompañar. Eso da pie a una serie de situaciones cómicas que nos remiten, como no podía ser menos, a Campeones, de Javier Fesser, sólo que, en esta ocasión, se opta por una comedia algo más desatada con desarrollo menos refinado. Sin embargo, hay que reconocerlo, hay momentos desopilantes, otros menos afortunados y un desenlace que podría haberse trabajado con esmero y cariño, como hacen los personajes caprianos de esta película.

Así que ahí tenemos a Antonio Resines y a Quin Gutiérrez, dominador del tono uno, y de las miradas con significado el otro, movidos por el provecho y por el chantaje a que son sometidos por una serie de personas maravillosas que se juntan durante una semana para hacer una obra de teatro en uno de esos lugares a los que a uno le encantaría irse de vacaciones con relax. En el apartado femenino tenemos a Megan Montaner, que debería de aplicarse el famoso “menos es más”,  y la propia guionista de la historia, Marta González de Vega, que asume con oficio y sin carne su personaje de psicóloga. El resultado es una película veraniega, sin ninguna pretensión, que sólo quiere hacer reír poniendo a los protagonistas en situaciones incómodas, sin demasiado matiz argumental. Ya se sabe, eso hace que cualquier idea que se le ocurra a la guionista pueda tener cabida aunque sea con una lógica de canto. No importa. La película cumple su misión. La gente sale encantada, con la sonrisa puesta y el aire acondicionado en la piel y en los labios.

Así que ahí estamos, manejando unos cuantos estereotipos con cierta gracia, haciendo que los actores no se corten ni una guirnalda en la composición de unos personajes que tienen que pasar por el rosa, el amarillo, el blanco y el negro para llegar al convencimiento de que la vida es algo más que unas joyas robadas. Y el viaje es agradable porque, en algún pasaje, los chistes se suceden con cierta sensación de amontonamiento y son efectivos. Sin olvidar la apelación a la bondad ingenua, a los valores que nos definen como seres humanos, a la apreciación de quien no debería ser diferente, a la verdad interior de las personas, que es la que realmente cuenta. La vida debería ser un regalo para todos. Incluso para aquellos con los que nos esforzamos. Paciencia, sí, a raudales. Cariño, también. Música de moda, que no falte. Discobuses, algo que sorprende en su concepción, como tramas paralelas. Y la seguridad de que lo que conforma verdaderamente al ser humano es nuestro sentimiento de buenas personas y no los malos impulsos. Tal vez porque, si hay más de los segundo que de lo primero, entonces es que hemos perdido la partida.

Bailen, rían, gocen, actúen, amen, canten, que todo en la vida es sueño y los sueños, sueños son, como diría don Pedro. Un regalo puede ser una simple patata de bolsa. Un gesto puede cambiar el día. Un cariño es el movimiento que hace que el gris se convierta en azul. Una sonrisa es el foco que ilumina la escena. Una mirada es la razón de todo. Pensar en el que está al lado, que seguro que libra sus propias batallas, es una anomalía. Ceder en la ilusión del otro, es una joya intercambiada. Y así todo. Basta con percibir que las cosas tienen muchos lados con los que considerar su finalidad. Y, ante todo y sobre todo, está el amor, que es el auténtico motor de todos nuestros actos. Desde el amor a una canción infantil hasta la pasión más desatada. Desde el aprecio a los más pequeños detalles que son los que proporcionan mucha felicidad, hasta la seguridad de que la vida merece la pena porque los buenos momentos, por pocos que sean, superan siempre a los malos. Sólo por pasar un buen rato perdemos la cabeza y, a menudo, pasamos de largo frente a ellos sin darnos cuenta de la oportunidad que perdemos.

martes, 1 de septiembre de 2026

LA ODISEA (2026), de Christopher Nolan

 

El punto más fuerte de esta versión homérica de Christopher Nolan del viaje de regreso de Ulises a Ítaca está en el interior del héroe. Es un hombre perdido, que ha quebrantado todo en lo que creía para lograr una victoria que consistió en una traición, en arrasar una ciudad, en acabar con todo lo que se ponía por delante. Y no sólo eso, sino que carga en su conciencia con la imposibilidad de enterrar y rendir honores a todos los que murieron luchando a su lado. Eso hace que su eterno peregrinaje para volver a su hogar sea una quimera, porque no es dueño de su destino, el cual pertenece únicamente a los dioses, sino que, en el fondo de su corazón, tampoco desee el regreso, lo cual le lleva al olvido, a la nada en una playa con alguien que cuida de él, al miedo de recordar que, en algún lugar del Mediterráneo, una amante esposa y un devoto vástago le esperan con impaciencia.

Luego pueden llegar las objeciones sobre la verosimilitud histórica, que se puede justificar con la idea de que el relato, en realidad, es un recuerdo confuso, probablemente en parte inventado por el propio Odiseo, o en el discutible reparto que, en efecto, choca en algunas de sus elecciones, pero eso no oscurece el hecho de que Nolan rueda escenas magníficas, con sentido de grandeza impresionante, con símbolos continuos que no hacen más que romperse a través de la voluntad. Por el contrario, también, de forma un tanto incomprensible, hay otras secuencias rodadas con una torpeza sorprendente, como la lucha final en el palacio de Ítaca, con cámara al hombro y montaje rápido, sin ese sentido de grandeza, con una elección reprochable en el encuadre, algo más propio de un principiante que de un cineasta experimentado como él.

En el apartado interpretativo, alguien destaca por encima de todos y no es otra que Anne Hathaway, que compone una Penélope creíble, tremendamente embravecida por la inexplicable tardanza de su marido, que utiliza la lógica ante todo y la furia de mujer como razón. Charlize Theron también resuelve con calma su parte en el papel de Calypso, refugio tranquilo para ese héroe perdido que interpreta Matt Damon con cierta vacilación y que no es capaz de dotar de mucha profundidad a un personaje que lo requiere. Sorprende Robert Pattinson como un villano que es un auténtico inútil, un cobarde, esquivo e interesado. Se potencia a Telémaco en la piel de Tom Holland para que tenga un mayor protagonismo que el que guarda en el relato original de Homero, pero tampoco llega a cotas inolvidables. El resultado es una película desequilibrada, con episodios muy bien resueltos, como el del descenso al Hades, aunque la voz de Agamenón se antoje inadecuada, y otros que destacan por su ausencia de explicación como el de los gigantes con armadura, que tampoco se halla en el relato original.

Y es que la culpa puede ser una energía tan potente como la ira de Poseidón en el desierto de agua y olas. El dolor se puede hacer inaguantable y haber vivido en el lado opuesto de todo lo que se ha creído y por lo que se ha vivido es una prueba de espada y fuego para cualquier ser humano. Odiseo sabe que prescindir de los seres humanos es uno de los actos más viles que se pueden achacar incluso a los héroes y eso, mal que nos pese, sigue siendo algo que hoy en día tiene una absoluta vigencia. La sangre propia no lava los pecados cometidos. La venganza, necesaria en este caso, sólo es el último tramo de un regreso que no se ha deseado por parte de ese héroe extraviado, que manipula a sus hombres y abandona sus cuerpos. El egoísmo puede ser muy poderoso e, incluso, se erige en un arma devastadora contra la desesperación. Tal vez porque el cielo no está poblado de dioses, sino de las miradas de amor de quien realmente ha amado con todas sus fuerzas. O de todos aquellos que vertieron su cariño en la espera sólo para poder asistir al derramamiento de las entrañas de todos aquellos que quisieron escalar al punto más alto del dominio sin merecerlo. El sacrificio, cuanto más grande es, más recompensa conlleva. Y eso es algo que sólo los héroes que han perdido su conciencia saben apreciar.

viernes, 17 de julio de 2026

VERANO Y HUMO (1961), de Peter Glenville

 

Con este artículo ya cerramos el blog por vacaciones. Ha sido un año durísimo y es necesario que descanse y me olvide de todo, o que piense en ello, o que llore, o que vuelva a sonreír. En cualquier caso, no me olvidaré del cine, que ha sido mi escuela y mi consuelo. No dejo de ir. Vosotros, tampoco. Un gran abrazo y hasta el martes 1 de septiembre.

La represión ha hecho nido en el interior de Alma. Desde muy joven cayó enamorada perdidamente de John. Él era guapo, era alto y, de alguna manera, representaba esa vida que parecía quedar tan lejos que podía ser hasta producto de su propia fantasía. Alma se conformó con la indiferencia del joven y, como con el resto de las cosas de su vida, dejó pasar todo por delante de la fachada de su casa. Vio pasar el tiempo, vio pasar la juventud, vio pasar al chico, vio pasar a los vecinos que iban, venían y morían. Dejó que todo atravesara su borde sin llegar a tocar ninguna de las cosas que el resto de los mortales acariciaban. John, por su parte, era todo lo contrario. Se entregó a la vida disoluta mientras acababa sus estudios de medicina. Encima era listo. Para lo que quería. Para lo que no, era un pasajero de la noche, que entregaba todas sus fuerzas a atravesarla para llegar a un día siguiente que siempre era el mismo porque también tenía su noche. Una vampiresa del pueblo, una latina algo desenfrenada, le atrae porque, para él, es otra nueva aventura que experimentar. La chica es explosiva. Es todo lo contrario de Alma que destaca, precisamente, por todo lo contrario. John se sumergerá en la noche. Alma se perderá en el día.

Se pensó que Peter Glenville sería un buen director para esta adaptación de la obra de Tennessee Williams que saltó, en un éxito sorprendente, del off-Broadway a alcanzar las luces de neón del teatro de estreno en la ciudad de Nueva York. Él mismo había dirigido la obra en el West End y podía ser una opción más que respetable. Es verdad que, lejos de estilos anteriores en parecidos dramas de Williams, Glenville se muestra un poco acartonado, como temiendo que la obra se le desboque por algún lado, pero no es así. Realiza un buen trabajo apoyándose, sobre todo, en la soberbia interpretación de Geraldine Page como Alma. Si hay que poner algún defecto al intento, se acentúa sobre la cabeza de Laurence Harvey que no acaba de poner toda la carne en el asador para su John, a pesar de haber sido siempre un actor muy competente. Eso desequilibra ligeramente toda la historia, pero el resultado es bueno, típicamente Williams, con esas pasiones reprimidas que acaban por explotar en el cielo de la frustración, con esos ambientes sudorosos que coquetean con la lujuria y la homosexualidad y, por supuesto, con el añadido de una excelente Rita Moreno en la piel de esa vampiresa, deseosa de chupar la sangre a cualquier hombre que se atreva a acercarse.

El verano pasa y el humo tarda en irse porque siempre deja un rastro de olor y día velado. Los sentimientos luchan por salir por se hallan traumáticamente taponados en el límite de la sensatez. El amor es siempre esa liebre que se escapa y que se desea atrapar por encima de todo y que, no obstante, se empeña en ser libre. El amor te besa una vez en la mejilla, sonríe y huye, porque es de naturaleza cobarde, por mucho que, a veces, nos haga ser valientes. El verano pasa y el humo se va.

jueves, 16 de julio de 2026

LA MUERTE DE ROBIN HOOD (2026), de Michael Sarnoski

 

Puede que las leyendas no sean exactamente como se nos han contado. Tal vez Robin Hood no fuera ese héroe que ha pasado a la posteridad como el adalid del justiciero que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y que no tenía ningún aprecio por la corona de Ricardo Corazón de León. O puede que sí. El tiempo es un gran ejecutor y, pasados los años de gloria, es posible que todas aquellas hazañas que se contaron desde las entrañas del bosque de Sherwood no merezcan más que el olvido porque la edad, los valores, el cansancio, la decepción, el frío, la intemperie de la Historia ya no sean los mismos que los que imperaban en aquellos días de espada afilada y flecha silbante. Cuando eso ocurre, es el momento en que las leyendas deben morir. Y deben hacerlo sin mirar atrás.

Y es que el medioevo no era una época de amabilidades. Pasa por la imaginación la idea de que Robin Hood fuera ese hombre enamorado de Lady Marian, ese as con el filo y con el arco…pero la época lo arrasaba todo. Es más plausible creer que sí, que algunas de esas heroicidades ocurrieron, pero que no era tiempo de delicadezas y que también pagaran muchos inocentes, muchas víctimas que, simplemente, estaban en el lugar menos indicado en el momento más inoportuno. La mirada se vuelve vieja, sin vida y ya sólo resta esperar que alguien, en la noche del futuro, aseste el golpe oportuno o la puñalada más traicionera y ya se acabe todo, porque todo se ha acabado hace ya muchos años. Mientras llega ese instante postrero, Robin trata de hacer algo bueno porque no quiere despedirse con mal sabor de boca. Nunca se acordará de sus enemigos, pero jamás podrá olvidar a aquellos que realmente fueron sus amigos. Incluso habrá algún reencuentro inesperado escondido bajo la máscara, pero sólo será para asegurar que las almas eran gemelas y que, de algún modo, los códigos de los que se batieron de ley deben seguir en pie, pase lo que pase.

Así que ese mito que nació de viejas canciones glosadas por múltiples trovadores hasta llegar a la literatura de nuestro tiempo puede que no fuera tan puro, ni tan perfecto. Es el momento de entonar un último poema que exhale un lastimero aliento de sinceridad y de protección. La sangre sigue corriendo y quizá sea eso lo que más pese al héroe insigne. No fue capaz de cortar esas corrientes de agua roja que dejaban escapar la vida con tanta facilidad como los años en los que luchó al lado de los mejores. Siempre habrá un hijo de alguien que desee su muerte, o un padre de otro más que quisiera abrirle en canal. Son trampas de cazador que hay que esquivar y ya no quedan demasiadas fuerzas. Sólo un pequeño rastro de amor que, al fin y al cabo, es lo que merece la pena en este mundo helado, impío y desagradecido.

Hay que reconocer que La muerte de Robin Hood es una película tristemente hermosa. Se asiste al último fulgor del mito y se llora con esa flecha lanzada al aire infinito igual que hace muchos años lo asistimos de la mano de Richard Lester en la desesperanzada Robin y Marian. Aquí hay menos romanticismo, pero mucho cuidado en la recreación de una época que era durísima e implacable. En las secuencias de lucha, el director Michael Sarnoski no se anda con tonterías, pero, no obstante, resulta abrumadoramente poético a la hora de despedir al ladrón más famoso de la Historia. La emoción resulta casi incontenible en una película que no es de aventuras, aunque haya alguna que otra, sino que se convierte, prácticamente, en una elegía de redención que sólo puede terminar con la muerte. Hugh Jackman hace un espléndido trabajo metiéndose en la piel ajada de Robin Hood, alejado del mito, cercano a la ruina física, perdedor a pesar de todo y deseoso de abrazar a la muerte para dejar de sufrir y de hacer sufrir. El resultado es una película que se instala en el corazón de forma notable, aunque con lentitud. Es imposible que este poema pueda gustar al público, porque ya no se hacen películas que hablen de este modo del dolor, de la derrota, de la nada que sigue a la gloria. Dejemos que la flecha salga del arco y que una lágrima, solitaria y exploradora, surque la mejilla de quien nunca se dejó embargar por la pena.

miércoles, 15 de julio de 2026

NO SUDDEN MOVE (2021), de Steven Soderbergh

 

Sin movimientos bruscos. Suave, suave. Tres tipos de armas tomar son reclutados de un modo algo misterioso para hacer un trabajo que, en un principio, parece fácil. Se trata de entrar en una casa, retener a una familia mientras el padre se desplaza a su trabajo y coge unos documentos de vital importancia que nadie sabe en qué consisten. Sin embargo, cuando algo huele mal entre obreros que están acostumbrados a faenar en la basura, es que algo va realmente fatal. No se sabe, parece que uno de ellos tiene unas órdenes concretas y en ellas no se incluye a los otros dos individuos. No obstante, hay algo con lo que nadie cuenta y es que esos dos otros fulanos son de cuidado. Son peligrosos, de cabeza bastante fría y gatillo extremadamente caliente y comienzan a caer los cadáveres uno tras otro y, curiosamente, dentro de su ética personal no entra el hacer daño a esa familia que parece normal. Con un padre y su amante secretaria, con una madre que también tiene un lío, con un hijo en edad adolescente y rebeldía natural y una niña que aún no ha salido del cascarón. Esto es de locos, aunque las balas no atienden de razones, sólo de obras y hay que tener en cuenta que hay fuerzas muy poderosas detrás de esos documentos. Incluso el FBI, que está más despistado que una bala hincada en el hígado buscando el corazón.

El atractivo de esta película reside en su espectacular reparto. Dentro de una ambientación muy convincente y con un diseño de personajes que no se para en tonterías, hay que destacar el estupendo trabajo que realizan Don Cheadle y Benicio del Toro en los papeles principales, espléndidamente secundados por un repertorio de actores de altura como Jon Hamm, Brendan Fraser, espectacular en el papel de intermediario con unos aparentes modales delatores de que todo le da igual, Ray Liotta, David Harbour, Kieran Culkin y un apropiado Matt Damon en la parte final. Detrás de las cámaras, un tipo que suele saber lo que se hace, aunque, a veces, no, como Steven Soderbergh. Todos estos nombres conforman un bosque tupido dentro de una trama que se va enrevesando como una reunión de vecinos, sólo que los vecinos son matones de primera. Soderbergh no sólo juega con una sensación latente de violencia, sino que también pone sobre el tablero una casi permanente tendencia a la perplejidad de los personajes y del propio público. Es cierto que, tal vez, la película se resienta de haber sido rodada en plena época de pandemia y, en algún momento, es notable la idea de que los actores y actrices tienen que guardar una distancia mientras dicen sus diálogos o amartillan sus pistolas, pero el argumento es muy bueno, a un solo paso de la brillantez. Y la garantía interpretativa está asegurada, eso es irrebatible.

Así que mucho cuidado si les reclaman para algo, les juntan con otros de igual valía y fama y no les dan muchas explicaciones. Seguro que hay alguna bala en la recámara para usted. Hay que asegurarse de que el asunto es limpio y rápido y que no hay que dejar correr la sangre innecesariamente. Al fin y al cabo, hasta en el negocio del asesinato es obligatorio poseer una cierta ética. 

martes, 14 de julio de 2026

EL MALVADO ZAROFF (1932), de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack

 

Todo parece ir bien en un crucero de placer. Unos cuantos amigos y amigas, charlan relajadamente en el salón del yate. El día ha sido placentero y ahora parece que la mar se pone un poco impertinente, pero nada preocupante. La conversación discurre por senderos de inanidad y de pasar el rato. De pronto, el barco zozobra, empieza a entrar agua, todo se va al fondo. Hay que nadar, ganar la salida, luchar por la vida. Del todo al cero en apenas unos minutos.

Una isla en medio del desierto de agua. Parece la salvación para sólo un superviviente. Hay una mansión. Es mejor ir hasta allí y pedir ayuda. Esto va a ser un trauma que no será fácil de superar para el hombre. Llegan a la casa. Es recibido por un tipo enorme que parece tártaro o mogul, o ninguna de las dos cosas. Sólo escruta con unos ojos que llegan a ser agresivos, pero no dice una palabra. ¿Dónde estamos? ¿Quién es el señor de la casa? ¿Nos pueden ayudar?

Una voz desde lo alto de la escalera se deshace en amabilidades. Posee un delicado acento centroeuropeo y sus ademanes están llenos de finura y cortesía. Se presenta como el conde Zaroff y, sí, es una pena lo del naufragio, pero es algo habitual en los alrededores de esta isla. Todos vienen a pedir ayuda y el conde Zaroff trata de hospedar a todos. Ahora mismo hay otros dos huéspedes, víctima de un naufragio anterior, que están esperando alguna clase de transporte para volver a la civilización. Es realmente mala suerte. Ropa, comida, conversación siempre desde los límites de las buenas maneras…incluso parece un buen lugar para quedarse y disfrutar de unas cortas vacaciones.

Eso sí, el conde no deja pasar la oportunidad de cantar las gestas de sus cacerías. Es algo que le encanta. Perseguir a la presa hasta que cae en sus manos. Quizá más tarde pueda enseñar su sala de trofeos. Ahora, descanse. Todo llegará. Zaroff lo tiene todo planeado…pero hay un elemento disruptivo en su plan. Ese recién llegado, no es un cualquiera. Es un aventurero que se las ha visto con todo tipo de fieras, en toda clase de situaciones, se conoce los secretos de la selva, las angustias de las arenas del desierto, las trampas de la sabana africana. Es un ejemplar único. En todos los sentidos.

No cabe duda. El tiempo pasa implacablemente sobre esta película del año 1932. Lo que entonces podía ser el mejor escenario para una película de terror y huida, ahora se nos antoja como algo tan ingenuo que casi causa sonrojo…y, sin embargo, algo tiene esta película. Quizá sea su esfuerzo por crear un ambiente fronterizo con la muerte, o la siempre apasionante historia que se destila a través de las cacerías de todo tipo de presas, pero exhala un hechizo del que otras películas modernas carecen. Es corta, es precipitada, es bisoña y es algo embriagadora. Esto hay que verlo con los ojos de un joven de la década de los treinta y pensar que lo más cercano a Indiana Jones que tenían en la época, era esto. Y que los gritos y el disfrute se sucedían en el cine a través de una historia de infinita crueldad y que ha sido reproducida con eficacia en otras películas como la excelente La presa desnuda, de Cornel Wilde, o Caza humana, de Joseph Losey, con otros motivos y otras excusas. Es hora de ser más puros y empezar a correr. Zaroff es un enemigo a tener en cuenta, por mucho que ya haya sido superado.

viernes, 10 de julio de 2026

EL CARNICERO (1970), de Claude Chabrol

 

Todo parece tranquilo en un pueblo de la campiña francesa. Por un lado, una maestra que, prácticamente, vive recluida. Tuvo un par de desengaños amorosos tiempo atrás y prefiere disfrutar de la soledad y de sus niños en la escuela. Es buena en eso. Es atractiva, aunque con una belleza muy particular. No quiere al mundo y espera que el mundo no la requiera. Por otro, un carnicero con mucha historia a las espaldas. Fue soldado en Argelia y vivió los peores horrores, las mayores matanzas. Es algo que, cada noche, vuelve a revivir con angustia. El desahogo viene cuando va a trabajar a su tienda y tiene que despiezar la mercancía. Allí da unos cuantos hachazos con su cuchillo de matarife y, parece que no, pero la angustia se va, ayudado por un charloteo con una clienta, por un pedido que hay que preparar o por controlar la llegada del género. La vida transcurre con placidez en ese pueblo del que nadie se acuerda.

En una boda, estos personajes que parecen muy perdidos en la vorágine de sus propias existencias, se encuentran y, de alguna manera, simpatizan. Ella es atractiva y aún joven, con unos ojos arrebatadores. Él parece un buen hombre, muy dispuesto, muy voluntarioso y aún más amable. Puede que surja algo entre ellos, pero es algo inasible, que los dos no se atreven a cazar, como un colibrí en la montaña. Sin embargo, hasta en el mejor de los paraísos existen los nubarrones que impiden la felicidad. Un asesino en serie merodea por los alrededores. Sus crímenes son terribles, execrables, totalmente inhumanos. Los pueblos de la cercanía se han visto manchados con la sangre que ha derramado y que aparezca por la villa de los protagonistas es cuestión de tiempo. La policía hace averiguaciones y, quizá, el mejor detective es siempre el silencio.

En este contexto de amargura, sin rumbo y crueldad, el carnicero acabará demostrando a la maestra hasta dónde puede llegar el amor. Ese mismo que ella ha visto cómo huía de su presencia y dejaba sólo el agrio sabor de la derrota.

Claude Chabrol realizó esta película con la habitual falta de énfasis que los miembros de la Nouvelle Vague imprimían a sus historias. Nada tiene importancia porque la vida es veloz y, a menudo, leve, por mucho que los acontecimientos puedan ser más graves de lo que podamos imaginar. Articula un drama de amor y crimen desde una perspectiva de espectador levemente implicado, pero en absoluto concernido. El resultado es que, sin duda, hay interés en lo que cuenta, por mucho que, en algunos momentos, parezca alejarse de los postulados del movimiento que le repudió por desertar con premeditación y alevosía. Y su mirada es la de alguien curioso, pero pasivo. Leal, pero proclive a la distracción. Agresivo, pero sólo en privado. Si deciden ver esta película, entenderán a qué me refiero.

Así que, en el fondo, hay que elegir muy bien a quién queremos para que nos saque del hoyo al que nuestro ánimo nos ha condenado. Esas pequeñas elecciones, que no tienen casi importancia en nuestro día a día, muchas veces determinan nuestro devenir. Y, a veces, guardan la sorpresa del sacrificio, de la honestidad y de la sinceridad dentro de un envoltorio que no tocaríamos ni de lejos.

jueves, 9 de julio de 2026

NORMAL (2026), de Ben Wheatley

 

Si te apuntas a miembro numerario del correturnos del cargo de sheriff y te destinan a una localidad que ostenta el nombre de Normal, desconfía. Es bastante probable que en ese oasis adormilado por el hielo y la nieve todo va a pasar y nada será normal. Empecemos por el principio. El tipo que llega para mantener el orden en el pueblo es alguien con bastante sangre fría, con un cierto toque de delicadeza en la resolución de conflictos y, por supuesto, con un hecho que marcó su devenir vital porque fue un momento de decisión que le obligó a tomarse la justicia por su mano. No quiero desvelar más, no sea que me manden a la policía del pensamiento.

El caso es que en Normal los días se suceden con una aparente tranquilidad cuando, en realidad, la villa tiene más secretos que la central de inteligencia, aunque nombrar aquí la palabra inteligencia resulte, cuando menos, chocante. Ese secreto acabará por ser patente y eso dará lugar a una serie de alianzas, de violencias desbocadas y de degustaciones masivas de pasteles de carne con salsa sangrienta. Vale. ¿Qué sacamos en limpio de una historia como esta?

Lo primero es que resulta una película implacablemente original, de eso no cabe duda. Con muchísimos defectos, eso sí. En el debe, ese argumento que va sorprendiendo a cada paso después de un planteamiento algo moroso, que parece que va preparando todo lo que va a venir después. Bob Odenkirk, sin duda, da el tipo como ese sheriff competente, pero algo retraído, que sólo quiere olvidar y superar su separación matrimonial. La dirección de Ben Wheatley es algo plana, tampoco es para tirar dinamita. En el haber, tenemos esa violencia tan sumamente exagerada que busca escandalizar y hacer murmurar al público palabras que empiezan por be. Bestial, brutal, bastarda, barullo, venga ya…sí, sí, ya sé que es con uve.

El resultado es una película peligrosamente desequilibrada, que navega entre un argumento que tenía muchísimas posibilidades, con giros bastante creíbles y ajustados y que va derivando en un festival de sangre para que tengamos claro que en Normal nada es normal. El sheriff va a tener que moverse rápido y comenzar a tomar decisiones muy drásticas porque la yakuza, la temible mafia japonesa, también tiene algo que decir. Al final, el fulano va a acabar pidiendo a gritos que acabe su suplencia y que le destinen a algún sitio algo más tranquilo y más caluroso. No sé…algún rincón perdido en Texas, por ejemplo.

La calificación final que merece la historia es de puro entretenimiento. A veces, impacta, a veces se escapa el exabrupto. Es divertida, sí, pero es horrible. A los que esperan una reformulación del éxito que obtuvo el propio Odenkirk con Nadie, que se olviden. Esto es otra cosa. No es que sea más seria, no lo es. Es más todo y Odenkirk, que también colabora en el guion, trata de causar la misma sorpresa, y lo hace, sólo que de un modo radicalmente diferente.

No se fíen de la amabilidad de los lugareños allí donde estén. Al igual que todo hombre está librando su propia batalla interior, todo pueblo tiene secretos escondidos bajo su tranquilidad. A menudo, empujados con escoba. Así que hagan su trabajo, no se metan en líos, no intenten descubrir lo que no deben porque se puede liar una de padre y muy señor nuestro. El extraño, por muy bien recibido que sea, siempre es un extraño. Suele poner muy nervioso a todo el mundo porque no se sabe cómo piensa, no se sabe qué va a hacer, no se sabe hasta dónde quiere llegar y, por encima de cualquier otra consideración, no se tiene ni idea de hasta qué punto puede llegar a ser corruptible. Todos tienen un precio y, tal vez, ése sea algo tan impagable como la tranquilidad. Por eso, las calles se llenan de sonrisas, de saludos breves, de detalles de buena vecindad…y no hay nada más falso que un vecino. No es normal.

martes, 7 de julio de 2026

INVITACIÓN A LA DANZA (1956), de Gene Kelly

 

Todo se puede expresar a través del baile. No es sólo el movimiento de los cuerpos acompasados a través del espacio, sino que en esa curva, en esa mano, en esos brazos y en esas prodigiosas piernas se puede hablar de amor, de desamor, de risa y de seriedad. Tomemos por ejemplo la historia de ese payaso que está perdidamente enamorado de una compañera. Él es sólo un payaso que hace reír y nada más. Está siempre escondido tras una máscara de pintura y una nariz roja y, en realidad, no cuenta para nadie salvo para los niños que se acercan hasta el circo para pasar un rato de risas desbocadas y admiración por ajenos equilibrios imposibles. Tal vez al payaso se le ha pasado algo por alto. La risa no es sólo su función…también es un arma para la conquista. Quizá nada le gusta más a una mujer que reír. Y ése puede ser el principio de un baile en pareja para el resto de la vida.

Otro ejemplo puede ser el significado de las cosas. Puede que una pulsera sea el símbolo de la unión o del odio, de pasiones pasadas y de enamoramientos futuros. Esa pulsera irá pasando de mano en mano hasta que encuentre dos corazones en los que descansar. Su andadura comienza cuando un marido enamorado se lo regala a su mujer. El destino no es muy aliado para dejar que los objetos vayan hablando por ahí y esa pulsera irá pasando de mujer a hombre y de hombre a mujer hasta que, por aquellas casualidades nunca buscadas, vuelve a ese marido que lo dio lleno de ilusión y que ha seguido un camino errante para encontrar de nuevo el sentido de su vida. Pulseras, mujeres, hombres, calles, rincones, jazz…todo se confabula para que los pies no paren quietos y la historia quede grabada como un maravilloso ballet de confusión y belleza.

El tercero es cuando el baile se alía inmisericorde con la fantasía. Sinbad, el marino, se encuentra una lámpara que, como no puede ser de otra manera, contiene a un genio en su interior. Sinbad no es ambicioso, ni está más deseoso de correr otras aventuras que las que habitualmente vive en su eterno peregrinar por los mares, pero el genio es un buen tipo y comienza a enseñarle las bondades de su propiedad. No, Sinbad no se arrepiente, porque estas aventuras sí que están llenas de fantasías. El baile se junta con los dibujos animados y tenemos otras razones para creer que la magia existe bajo el hechizo de la música.

Gene Kelly quiso llevar adelante este proyecto de una película íntegramente bailada, pero sin palabras. Quiso invitar a todos a un baile difícil, porque puede que no sea para todos los gustos, pero irremediablemente hermoso a través de unas coreografías que oscilan entre lo clásico y lo más moderno para traer tres historias de amor y pasión con los pies como alas e ilusión en el corazón. El resultado es una obra única, en la que no falta la ficción, pero tampoco la fantasía. Al fin y al cabo, una buena parte de nuestros sueños han nacido mientras hemos bailado con alguien….¿A usted también le ha pasado eso?

lunes, 6 de julio de 2026

EL TANQUE (Der Tiger) (2025), de Dennis Gansel

 

En la Segunda Guerra Mundial, un tanque era lo más parecido a un ataúd lleno de gasolina, con ruedas estruendosas y un permanente aroma a grasa y sudor en su interior. En ese ambiente, la obsesión y el miedo son plantaciones seguras para el ánimo. Ya no era sólo el mero instinto de supervivencia, sino el deseo irresistible de salir de allí, de respirar, de dejar de escuchar el atronador sonido de una maquinaria de guerra y muerte. Tal vez, por eso, a un tanque se le encomienda una misión detrás de las líneas enemigas. En principio, con la dificultad propia de tener que moverse en un terreno tan resbaladizo como la tierra de nadie, no es demasiado difícil. Se trata simplemente de recoger a un oficial que, por aquellas casualidades de la vida, es íntimo amigo del comandante al mando de ese monstruo de hierro y obuses. Es el camino, más que el objetivo. Y ese sendero, algo misterioso y emboscado, va a poner a prueba todas las capacidades de la tripulación. Por supuesto, los recuerdos y los deseos incontenibles de poner pies en polvorosa se entremezclarán entre combates, camuflajes e, incluso, una escaramuza anfibia que, por extraño que parezca, era perfectamente posible en ese tipo de tanques.

Hay una querencia popular, bastante incomprensible, hacia una película tan mediocre e, incluso, algo ingenua, como Corazones de acero y se tiende a comparar cualquier película de tanques con ella y, claro, suele servir como argumento irrefutable para echar abajo otros intentos como éste, de procedencia alemana, pero de producción muy seria. Es un error. Aparte de los muchos gazapos técnicos que colaba aquella película con Brad Pitt al mando, resultaba ciertamente increíble en su resolución con soldados haciendo la vista gorda hacia el enemigo, etcétera, etcétera. Aquí, lo que se puede discutir con algo de razón, es el final que, por supuesto, no desvelaré, porque el resto de la película resulta realizada con una factura técnica impecable, con unos actores muy creíbles, que hacen suyo el rostro de la angustia dentro de ese ataúd con ruedas. Los combates están bien rodados y se da alguna que otra pista, especialmente en esa transmisión por radio en el que se entona sin descanso el Agnus Dei y que los tanquistas dan por hecho que es una interferencia de alguna misa que se celebra con algún aparato cerca.

Lo único cierto es que, quizá, en el momento final, la imaginación cabalga a lomos del cerebro y se pueden presentar fantasías que pueden parecer delirantes. Sobre todo si se trata de hombres que están encerrados en una ratonera de acero y aceite, con las llamas tratando de traspasar los muros de lo aceptable. Hay que fijar el objetivo, saber lo que se va a hacer y disparar en el instante más oportuno. El resto sólo son debilidades que se cuelan en la vida que se escapa a cada kilómetro, cegándonos de lo verdaderamente importante, sin más consuelo que el hogar, o los sueños, o llegar al siguiente recoveco para que el impacto sea inmediato y certero. Así es la vida. Así es la muerte.

viernes, 3 de julio de 2026

RELAY (2024), de David MacKenzie

 

Es un mundo de silencio y ese individuo anónimo que pasa desapercibido entre la multitud se mueve como pez en el agua. Ha elegido esa vida porque sabe que las presiones a las que se ven sometidas las personas normales que sólo hacen su trabajo y descubren algo incómodo, merecen algo de ayuda. Él es un simple intermediario, no un guardaespaldas, pero incluso para ser eso se necesita mucha astucia y una discreción y seguridad a prueba de bombas. Ha ayudado a mucha gente que trabajaba en grandes compañías y que, movidos por la conciencia, se piensan detenidamente la posibilidad de denunciar secretos de empresa que dañarían irreparablemente la imagen de esas firmas. Su trabajo consiste en negociar entre el propietario legítimo de esa documentación y los que quieren mantener su seguridad personal a cambio de devolverla. Es así de sencillo y, a la vez, de enorme conplejidad. No es un trabajo fácil. Y más aún si el pasado de este individuo está salpicado de ambición, de alcohol y de violencia.

Una chica tiene algo que puede perjudicar mucho a una empresa en pleno proceso de fusión. A través del servicio de traducción para personas con dificultades de audición, él decide ayudarla. Ese servicio es ideal. Le provee de anonimato y le otorga la facilidad de cortar la comunicación sin más. Será su nexo de unión. Sin embargo, esta vez será algo más peligroso de lo normal. Esa compañía tiene un servicio de seguridad que también se mueve con los mejores medios y los cuidados deberán ser redoblados. Y la chica…la chica…tiene miedo, está desamparado, parece absolutamente sola. De alguna manera, recuerda la vida pasada, las dificultades que parecían insalvables. Cuidado, la identidad es lo más importante. Debe permanecer oculta. En el momento en el que se queda al descubierto, nada valdrá demasiado. Y Ash, como así parece que se llama el individuo, tendrá que poner a prueba su inteligencia y su resistencia.

Ya habíamos comprobado el buen hacer de un director como David MacKenzie en la estupenda Comanchería y, en esta ocasión, vuelve a dar en el clavo. Sirviéndose de un rostro que transmite inteligencia como el de Riz Ahmed en el papel principal, MacKenzie articula una película con elaborados momentos de suspense que siempre giran en torno a ese personaje condenado a la soledad, que se mueve con pasos etéreos y que sabe camuflarse para eludir las trampas de las grandes compañías. A su lado, Lily James también da un par de lecciones de versatilidad como la chica acosada y, en la otra acera, Sam Worthington se ocupa de dar más alma que cuerpo al villano de la función. El resultado es una película muy atractiva, basada, ante todo y sobre todo, en el uso de ese servicio para personas con problemas de audición que se convierte en el vehículo perfecto para la comunicación, para la escucha, para la discreción y que, en su ausencia, también se transforma en el refugio que nunca se debió abandonar. Al fin y al cabo, comunicarse a través de una serie de voces impersonales es una garantía que no se debe dejar de lado cuando lo que persigues es el total anonimato en una ciudad fría que no se para en consideraciones inútiles sobre las personas. Sólo las compañías importan. El dinero. La próxima operación. El siguiente escalón del poder. Personajes como Ash son un peligro para el poder en la sombra…porque él es quien mejor se mueve en ella.

jueves, 2 de julio de 2026

OBSESSION (2026), de Curry Barker

 

“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Esta frase, original de Santa Teresa de Jesús y resucitada muchos años después por Truman Capote, puede resumir a la perfección esta película. Se parte de un hechizo muy parecido al que podemos encontrar en la ya prehistórica Big, de Penny Marshall y las consecuencias de ese deseo surgido desde la frustración y la timidez son tan graves que se pasa por el pensamiento, para quedarse, la idea de que es mejor estar callado que formular lo que se quiere con tanto ímpetu. El resultado es una supuesta película de terror que parece muy aplaudida por algunos, pero que, con un poco de frialdad en el razonamiento, se sostiene menos que la palabra de un político.

Parece que, de algún modo, se busca desesperadamente la aparición de nuevos cineastas nacidos, cómo no, del universo de internet y éste es el caso de Curry Barker que consiguió más de diez millones de visionados en Youtube con uno de sus cortos de terror. Con esta película da el salto al cine y, si bien es verdad que muestra algunos momentos interesantes, se pueden encontrar bastantes incoherencias en este relato sobre un chaval que quiere conquistar a la chica de la que está platónicamente enamorado a pesar de que es más cortito que una colilla. El deseo se le concede a través de una rama de sauce comercializada en una tienda de no se sabe muy bien qué y la chica de sus sueños cae rendida en sus brazos, pero sacando los peores demonios de su alma, como el acoso, la dominación, la posesión y, finalmente, el crimen más sangriento.

Uno de los problemas de la película es que ese chico, retratado como una buena persona, como un tipo trabajador, ordenado y capaz con algo de talento para la música y para el gusto gastronómico, aguanta lo que le eche la chica, a pesar de que ella acumula comportamientos psicopáticos que harían huir a cualquiera con dos deditos de frente. No, él se queda, se autoengaña un poco, pero permanece fiel aunque, entre otras lindezas, la chica le cocina carne de gato muerto, le sella la puerta de su casa con cinta de carrocero para que se quede y no pierda el tiempo en el trabajo y sea una pesadilla con la que, verdaderamente, da miedo compartir lecho. Por otro lado, los protagonistas son extremadamente jóvenes, casi recién salidos de la adolescencia, y ya viven solos, son autosuficientes, tienen casa propia y no pasan apuros de nada. De ese modo, Barker se quita el problema de los adultos más maduros, no sea que alguno ponga un pizca de sentido común en el enredo.

A su favor, sí, hay alguna secuencia que no está mal planificada, uno o dos chistes bien colocados y la interpretación de la chica, Inde Navarrette, que se revela como una experta en transiciones de carácter opuesto con una facilidad que pasa convincentemente del candor juvenil y enamorado a la siniestralidad de un monstruo que sólo quiere amordazar a su supuesta pareja.

Y a mí, tonto que soy, se me ocurre una pregunta estúpida al ver todo esto. ¿Qué diría todo el mundo que no duda en elogiar esta película de forma perifrástica si en lugar de ser la chica la acosadora fuera el chico? Sin duda, estaríamos hablando de un rumor continuo de obra maestra a pesar de que está lejos, muy lejos de serlo.

Es cierto que la película conecta con muchas sensaciones que pueden llegar a ser familiares, como es el hecho de que te guste alguien y jamás te atrevas a decirle una palabra porque tienes miedo al ridículo, a que se vaya y cierre la puerta (aunque no con cinta de carrocero), a que, si tiene algo de mala idea, comente ese paso adelante en su círculo de amigos y todos ellos te miren como si fueras un pobre desgraciado que ha jugado sus cartas de la forma más torpe posible. Y todo, como no podía ser menos en el terror más fácil, termina con profusión bastante cruel de hemoglobina, con una violencia algo exacerbada y con la seguridad de que miedo, lo que se dice miedo, se pasa bastante poco. Llámenme soso, si les place.