jueves, 3 de septiembre de 2026

EL SER QUERIDO (2026), de Rodrigo Sorogoyen

 

Con frecuencia, el abismo que se abre entre un fotograma y otro en la vida llega a ser tan profundo que sólo puede haber un insalvable rencor de película. Los errores se cometen y se dejan ahí, en un rincón de las sensaciones y de la memoria, y queda en un estado letárgico, latente y, a la vez, ausente. De repente, llega otra historia y no se puede evitar el grito de dolor que ha quedado sordo con el tiempo, dejando que la ira y la frustración salgan para arruinar la toma, para repetirla hasta la saciedad, para otra película que ni siquiera sirve para que dos caminos vuelvan a ser paralelos.

Y comienzan las excusas y las esquivas presencias. Con la naturalidad propia de un rodaje en el que todos se comprometen y, de alguna manera, también mueren. La historia sigue adelante, queriendo decir todo lo que quiere decir. Sólo con la panorámica completa, con el plano arropado por la música, con la mirada sabia, pero irremediablemente huérfana, se puede seguir con un destino que no debería haber sido así y que ha sido demasiado generoso para unas maneras cercanas al despotismo y cicatero con una búsqueda que se ha convertido en una quimera que no termina más que cuando se apagan las luces de neón y de los focos. El rencor sigue ahí porque aún hay dolor. Y el dolor no se borra, no admite segundas y terceras tomas, no se puede trucar con un montaje tramposo o precipitado.

Rodrigo Sorogoyen articula una película absorbente en su descripción de las relaciones y de las reacciones humanas a través de dos personajes que buscan la redención y la satisfacción. Javier Bardem, que demuestra una vez más el espléndido actor que puede ser cuando no se aleja tanto de sí mismo, y Vicky Luengo ofrecen un recital de interpretación, siendo precisos en sus reacciones, comprensibles en sus motivaciones, grises en sus humanidades. Mientras tanto, la película avanza y, si bien, palidece en cierto modo después de la impresionante escena de tensión máxima haciendo que el espectador ruegue por un final menos alargado, el conflicto ha sido recibido con el respeto del silencio, con la admiración del ensimismamiento y con la seguridad de que las personas existen ahí, en ese trozo de ficción que, por momento, gana un Oscar a la vida más cercana.

A medio camino entre el Ocho y medio, de Federico Fellini, y La noche americana, de François Truffaut, el director Sorogoyen nos habla de personajes que traspasan la película y de personas que se filtran por la vida. El resultado es que se llega al convencimiento de que todos queremos ser queridos y que, cuando el amor se ha negado a presentarse, sólo puede quedar rencor, sólo puede quedar dolor, sólo puede quedar decepción, por mucho que se haga lo posible para compensar de alguna manera todo lo que se ha hecho mal. El tiempo se ha encargado de que ese abismo entre dos fotogramas sea insalvable. El objetivo ya está desenfocado, el director de fotografía ha dimitido, el vestuario ya está ajado y los recuerdos ni siquiera son los mismos, entre otras cosas, porque la justificación también aparece de una forma casi esperpéntica, negada, abrumada y poco creíble. Así es el cine. Así es la vida.

No sirven de nada antiguas amistades y, menos aún, las nuevas que se hacen derivadas de la convivencia obligatoria de un largo rodaje en el que el paisaje resulta árido, salpicado de cráteres, con las sombras del sol a través de cumbres que, por mucho que se quieran escalar, sólo llevan al cansancio y a algo muy semejante a la nada. El tiempo ya se ha ido y los rencores se quedan ahí, grabados por la cámara y fijados por el corazón, como esos momentos en que la magia del cine permanece en el recuerdo. El cine evade, pero, por supuesto, también clava sus garras cuando quiere que pensemos. Y es entonces cuando nos podemos dar cuenta de que alguien nos quiere, o quizá, no.

2 comentarios:

dexterzgz dijo...

A mí Sorogoyen es un tipo que siempre suele dejarme a medias; en esta me sucede un poco lo mismo. No digo yo que "El reino"; "Que Dios nos perdone" o "As bestas" estén bien hechas y rodadas ni muchísimo, muchísimo menos, pero siempre me falta un no sé qué. Como si en algún tramo se sacrificase la parte emocional por una especie de virtuosismo técnico. El caso es que a mí siempre me falta algo en todo lo que me cuenta este chico.
Y eso que a mí las películas de cine sobre el cine, y en concreto las que contienen los entresijos de un rodaje, me tienen ganado de antemano. O sea, que por ese lado bien, me tiene ganado desde el minuto uno.

En esta ocasión, nos encontramos con un trabajo actoral potente. A Bardém no lo vamos a descubrir a estas alturas, pero a mí Luengo no me había logrado convencer en las pocas cosas en las que la había visto hasta ahora (como chica Almodóvar sin ir más lejos), pero aquí me parece que está excelente. No obstante, echo de menos una mayor presencia tanto de actores secundarios como de tramas secundarias.

Y ahí tenemos a un Raúl Arévalo, desaprovechado, aunque en LA escena demuestre lo buenísimo que es. Hay también un desaprovechamiento en el personaje de la madre interpretado por la nunca bien ponderada Nuria Prims, cuyo personaje quizá merecía un mayor desarrollo. No sé, a lo mejor a Sorogoyen le interesa jugar más el misterio, pero en mi opinión tampoco hubiese estado de más saber de dónde vienen los personajes. Lo mismo pasa con el tema del Sahara, que al principio va a ser uno de los temas (más estando Bardém de por medio) y hasta veía cierto paralelismo entre el abandono del padre hacia la hija y el de España hacia el territorio norteafricano. Pero no, Sorogoyen se olvida hasta de la película de la que nos muestra el rodaje de la que sabemos más bien poquito. Supongo que sus razones tendrá.

Dicho esto, lo que se echa de más es tanta intensidad, mucho espacio para Bardém y Luengo y poco para todo lo demás, lo que hace que en un momento la película se haga redundante y, como dices, un pelín larga. Me gusta ese comienzo tan "cinema verité", tan cassavetiano, tan, yo qué sé... tan de cogerte por la pechera y decirte las próximas dos horas y pico te tengo prisionero y no te me escapas. Y lo del comentado cambio de formatos no me chirría (no me chirría la Lupita de Nolan y me va a chirriar esto), pero creo también que es una decisión que merecería una explicación más extensa de la que Sorogoyen nos ha dado hasta ahora.

Abrazos a cucharadas

César Bardés dijo...

Estoy de acuerdo en varias cosas de las que dices. Vayamos por partes.
Es cierto que Sorogoyen plantea muy bien las películas. Los temas son siempre tensos, muy bien ambientados en un clima de que las chispas pueden saltar por cualquier lado y no esperas muy bien por dónde. Sigo creyendo que una de sus mejores películas es "Que Dios nos perdone", porque ahí sí se nota que lo ha trabajado bien y cierra las líneas argumentales. Con "As bestas" me pasa algo muy curioso. Todo lo que ocurre en su primera parte, hasta el momento de la tragedia, va muy bien. Se corta el aire con la tensión, es fantástico. Cuando llega la segunda parte, incomprensiblemente, hace desaparecer el personaje de Luis Zahera, que es el gran dominador de la función y siempre pienso que la película hubiera ganado muchos, muchos enteros si Zahera hubiera estado ahí añadiendo gotitas de tensión a lo que viene a ser la investigación de lo que pasó.
En cuanto a esta película, creo que el conflicto moral y sentimental está muy bien planteado, aunque deje ese final que, para mí, aunque sea abierto, me parece que no es feliz. Y que está tremendamente ayudado por Bardem, que sigo pensando que es un gran actor cuando se aleja de esas caracterizaciones excesivas que nos regala tan a menudo, y poir Luengo, que a mí sí me parece que es una chica que ha prometido mucho desde que vi la serie de "Antidisturbios". Lo de que apareciese en el último Almodóvar, me parece simplemente anecdótico porque a Luengo le va la intensidad y ese papel es de todo menos intenso.
La película se hace un pelín larga, la conclusión da a entender un poco que Sorogoyen no sabe muy bien cómo acabar. Los cambios de formato me parecen bien, sobre todo, si tienen una explicación narrativa. No entendí mucho los cambios al blanco y negro. Es cierto que me parece que el personaje de Raúl Arévalo está puesto ahí simplemente para desencadenar LA escena y que está enormemente desaprovechado. Lo de Nuria Prims sí que es meramente anecdótico y más aún cuando Sorogoyen pone el rostro de Luengo para hacer de su propia madre en la supuesta ópera prima.
Me parece bien que lo del Sahara se toque tangencialmente, por la sencilla razón de que la película no va de eso. Dos pinceladas para dejar ahí el problema (del cual hay un enorme desconocimiento, por otra parte) y ya está. Más que nada porque Sorogoyen, hábilmente, sortea el peligro del postureo. La película que se rueda, en sí misma, parece sólo un retal tras otro, eso es verdad. En eso, desde luego, se aleja mucho de Truffaut, que era capaz de contarnos la película que te está mostrando y la que te está rodando con dos historias al precio de una. De todas formas, me parece una película valiosa, interesante y que merece la pena.
Abrazos en la arena.