viernes, 11 de septiembre de 2026

MARK RYDELL: PERMISO PARA RODAR EN LA ETERNIDAD

 

Echando un vistazo rápido a la filmografía de Mark Rydell, uno se puede dar cuenta de que era un director instalado en la serenidad. Graduado en Música por Julliard y en interpretación por la Escuela de Nueva York, Rydell sabía desde el principio que quería dedicarse al arte. Lo intentó con un cuarteto de jazz e, incluso, opositó para el puesto de director sinfónico en alguna pequeña orquesta de allí y de allá. Por formación y época, se le podría encuadrar en lo que se denominó como Segunda generación de la televisión al lado de nombres tan ilustres como Stuart Rosenberg, Alan Pakula o Sidney Pollack, porque allí dirigió sus primeros pasos hasta que quiso dar su salto al cine. Primero, alquiló sus servicios como actor y, más tarde, dio el paso definitivo para situarse tras las cámaras.

Su primer trabajo para el cine fue, precisamente, como actor juvenil. Se paseó al lado de John Cassavettes, James Whitmore o Sal Mineo para Crimen en las calles, de Don Siegel, una indagación sobre la delincuencia juvenil de finales de los años cincuenta. Ni mucho menos era el protagonista, pero sí que se puede apreciar que era uno de esos actores de fondo de escenario que proporcionan textura a una película. La interpretación de la que siempre se sintió más orgulloso fue la del mafioso Marty Agostino para Un largo adiós, de Robert Altman, poniéndole las cosas difíciles al Philip Marlowe interpretado por Elliott Gould. Ese mafioso que parecía amable y que escondía una crueldad sin piedad ninguna, capaz de destrozar el rostro de una chica preciosa sólo para demostrar lo que era capaz de hacer, se queda ahí, presente en la retina y dando vueltas al cerebro. Le gustó tanto ese papel que, cuando tuvo que interpretar un pequeño papel en su propia película, Permiso para amar hasta medianoche, lo hizo con el nombre artístico de Marty Agostino.

Habría que destacar un par de papeles más en su faceta interpretativa. Uno fue el del gángster Meyer Lansky de Habana, de Sidney Pollack, versión caribeña de Casablanca, con Robert Redford y Lena Olin en los principales papeles. El otro fue en la piel del sufrido agente Al de ese director ciego al que interpreta magistralmente Woody Allen en Un final made in Hollywood, un papel en las antípodas de sus mafiosos y que se acercaba mucho más a cómo era él realmente.

En el campo de la dirección, Rydell debuta tarde, casi con cuarenta años, en una historia de lesbianismo y trabajo titulada La zorra, con Sandy Dennis, Anne Heywood y Keir Dullea como elemento disruptivo. La película no tuvo un gran impacto comercial, pero sí que ya se le ven maneras a Rydell, manejando un tema difícil en una época turbulenta como finales de los sesenta.

La buena acogida de la crítica le ofrece la oportunidad de trabajar al lado de Steve McQueen en la adaptación de William Faulkner de Los rateros, desenfadada y, al mismo tiempo, algo melancólica puesta en escena de una road movie atípica, con unos héores desencantados y sin rumbo que roban el coche de su jefe para un largo viaje que se convierte en toda una iniciación.

Existe una reciente reivindicación de un western como Los cowboys, que Rydell rodó con John Wayne en un papel casi anecdótico porque su personaje desaparece a las primeras de cambio. Ese cuento de unos niños que deben madurar con rapidez para llevar un numeroso transporte de ganado ellos solos destaca por su falta de verosimilitud y por alguna espantosa interpretación que otra, pero lo que verdaderamente destaca es la extraordinaria banda sonora de John Williams que hace que todo suba un grado en calidad y en importancia.

La siguiente película de Rydell ya empieza a descubrir al director sensible, que comienza a tocar fibras delicadas de la emoción en una historia de amor con caducidad como es Permiso para amar hasta medianoche, con dos fantásticos protagonistas como James Caan y Marsha Mason. La aventura que corren ese marinero y esa prostituta, se queda a vivir en el corazón de cualquiera que se atreva a acercarse y, a pesar de que es una película de la que nadie se acuerda, todos aquellos que han tenido el privilegio de verla saben que es algo especial, algo natural, algo sentimental.

La comedia picaresca también es un terreno que Rydell domina con particular sentido en una película tan divertida como Harry y Walter van a Nueva York, con unos James Caan y Elliott Gould espectaculares y secundados por Michael Caine, Diane Keaton y Lesley Ann Warren. Cuidada hasta el máximo en la recreación del Nueva York de principios del siglo XX, la historia de dos estafadores de poca monta que, cansados de robar para seguir tirando, planean un atraco a lo grande acaba por ser una comedia de altura que no fue muy apreciada en su momento y de la que ya nadie se acuerda tampoco.

Sus cuatro siguientes películas, muy distanciadas en el tiempo entre unas y otras, marcan el punto más álgido de la carrera como director de Mark Rydell. La primera de ellas es la excelente La Rosa, biografía disimulada de la cantante de rock Janis Joplin que descubrió para el cine a una actriz que lo hacía todo bien como Bette Midler. Casi siendo un pionero, Rydell descubre el escenario de intereses que se mueve detrás de una estrella de la canción que se ve incapaz de parar su propia caída. Una estupenda película con una actriz de muchos, muchos quilates.

La siguiente fue la maravillosa En el estanque dorado, única vez que coincidieron en el cine Henry Fonda y Katharine Hepburn, extraordinarios como esa pareja de ancianos que vive un verano en una cabaña retirada al borde de un lago y que reciben el encargo de hacerse cargo del hijo de la nueva pareja de su hija. Un encargo difícil, sin duda, que se resuelve con grandes dosis de humor y aún más de humanidad, de verdad en esos personajes que están llegando al final y ya no pueden hacer lo que solían, retrato perfecto de una ancianidad que sólo es soportable si estás rodeado de los que realmente te quieren.

Una más fue Cuando el río crece, drama rural con unos acertados Mel Gibson y Sissy Spacek en los principales papeles, acosados por una crecida de un río y paliados por un instinto de superación que acaba por ser una de las marcas de fábrica del propio Rydell. Una película notable que obtuvo una mejor consideración por parte del público que de la crítica.

Una auténtica maravilla fue Ayer, hoy y por siempre, con dos de sus actores favoritos en los papeles principales, James Caan y Bette Midler, encarnando a dos cómicos que se juntan, crecen, se enamoran, pierden y siempre están a través de los años, desde los cuarenta hasta el final de sus vidas. Si bien el encargado de maquillaje que debía diseñar el envejecimiento de los dos actores a través de los años debería ser despedido y no dejar que se acercase nunca más a un plató cinematográfico, la película es una historia de tono tragicómico que hacen sentir bien, a pesar de su melancolía implícita. Midler consiguió su segunda nominación al Oscar por una película de Rydell tras La Rosa y siempre se queda en algún lugar de nuestro interior el esfuerzo de esos cómicos que no dejan de intentar entretenernos por muchos años que pasen.

Estas cuatro películas en un intervalo de diez años marcan el mejor estilo de Rydell. Considerado un valor lento, pero seguro, se le encarga un producto comercial que se estrella estrepitosamente en taquilla con Richard Gere, Sharon Stone y Lolita Davidovich como Entre dos mujeres y eso marca el ostracismo al que se ve condenado Rydell, que vuelve a la televisión y tan sólo es capaz de sacar un proyecto más como La apuesta perfecta, con Kim Basinger, Forest Whitaker, Ray Liotta, Tim Roth y Danny de Vito en un drama sobre la adicción al juego que no fue a ver nadie.

Probablemente, Rydell esté ahora sentado en una cómoda silla, al borde de un lago, al lado de su admirado Henry Fonda y tratando de discernir si lo que hizo valió la pena o no. Lo que es seguro es que, en la oficina correspondiente, habrá obtenido el permiso para rodar hasta la eternidad. No muchos son capaces de eso. De momento, nos quedamos con un puñado de sus estupendas películas para abrirnos paso.

jueves, 10 de septiembre de 2026

CRONOS (2026), de Fernando González Molina

 

Cuando el fanatismo se abre paso suele dejar un reguero de sangre que resulta muy difícil de olvidar. El 17 de agosto de 2017 es una fecha que debería perdurar en nuestra memoria. No sólo porque ese fanatismo fue asesino, traidor y brutal, sino porque un puñado de profesionales cumplieron fielmente con su obligación y cortaron de raíz cualquier posible consecuencia posterior con los autores materiales amenazando la seguridad de miles de ciudadanos. Barcelona, durante unas largas horas, fue una ciudad sin paz, salvaguardada únicamente por unos hombres y mujeres que lo dieron todo para que no volviera a ocurrir.

Por supuesto, de fondo, también hubo un ruido político molesto, con conflictos de competencias y deseos de apuntarse tantos y evadirse de fracasos. El día se hizo interminable, siguiendo multitud de pistas falsas, de pánico colectivo, de fallos propios de una emoción herida. La psicosis formó parte del imaginario público. Y la ingenuidad de creer que unos supuestos conciudadanos no podían formar parte de ese asesinato múltiple porque llevaban vidas normales e integradas también acabó malherida.

Con la excelente Día de patriotas, de Peter Berg viniendo a la cabeza constantemente, el director Fernando González Molina alterna aciertos y errores en esta descripción de los atentados de aquellas horas de agosto. Hay diálogos que resultan irremediablemente poco creíbles por evidentes y la inclusión de un helicóptero insertado en una toma aérea hace pensar en una chapuza que busca un aire de heroicidad que no necesita ser subrayado. Por otro lado, hay que destacar que Enric Auquer sigue siendo un actor intenso y cercano, fácilmente reconocible en la profesionalidad de un policía que coordina todo el dispositivo con una conveniente combinación de ira y motivación. El personaje de Mónica López es el que más sufre en esa acción paralela que, realmente, importa poco y que no la deja en buen lugar. Pablo Derqui le aporta trascendencia al Mayor Trapero y esa jefe del gabinete de prensa de los Mossos d´Esquadra, interpretada por Diana Gómez también debe cargar con unos diálogos mediocres, coronados por esa frase de “¡esto lo hemos hecho nosotros!” que deshumaniza los objetivos de servicio público para rozar peligrosamente el mensaje político.

En cualquier caso, entre los aciertos, cabría destacar que la película contiene un ritmo considerable, muy adecuado y, a ratos, brillante, en su primera mitad, cayendo un poco en la segunda parte, casualmente en el mismo momento en que el personaje de Auquer sale de servicio. Muchas reacciones buenas, muchos instante escalofriantes, un especial énfasis en la entrega total de todas esas personas que lo dieron todo y que confiaron en atrapar a los asesinos. Y un acierto total por parte de González Molina como es la decisión de no mostrar el atentado en sí mismo, sino describir un paisaje dantesco en sus consecuencias más inmediatas. Sólo así se puede acercar al público lo que es sentir verdadero terror. Puede que, en el fondo, sea una película necesaria.

Al fin y al cabo, es posible que la gran mayoría de servidores públicos sean personas cuyo estilo de vida consiste, sobre todo, en una palabra como es ayudar. Ellos no sólo intentan cuidad y minimizar las consecuencias de hechos tan deleznables, sino que también guían a una ciudadanía confusa y desorientada, harta de ser el muñeco de feria de los desaprensivos que pueblan este amargo mundo y, no obstante, resistente como sólo puede ser la buena gente. El sentimiento de culpabilidad es algo que acompaña a esos trabajadores de la seguridad, de la sanidad, de la coordinación, de la limpieza, de cualquier profesión que trata de aportar una pizca de sentido a una vida que, en demasiadas ocasiones, resulta ingrata, bestial e impía. La respuesta suele estar en esos seres anónimos que siempre se emplean a fondo, por muchos garbanzos negros que pueda haber en la olla. Y, a veces, incluso ganan.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

MANOLO SOLO: EL ACTOR QUE CONTENÍA TODAS LAS MIRADAS

 

Algo muy extraño ocurría cuando veías actuar a Manolo Solo.  Parecía que, de alguna manera, en todos y cada uno de sus personajes, se guardaban todas las miradas posibles. Miradas de decepción, de sorpresa, de descontento, de sabiduría, de ingenuidad, de verdad, de mentira, de búsqueda, de rifles y ponys, de broma, de conquista, de derrota, mucha derrota. Sólo con ese poder que atesoraba, era capaz de trazar cada una de las características de sus encarnaciones a las que acompañaba con una voz que modulaba con autenticidad. No en vano había sido un excelente actor de doblaje. El destino, siempre burlón y esquivo, no ha dudado en llevarse a un intérprete de su categoría justo cuando ya estaba dominando las películas en las que intervenía. Injusticia nada divina.

Manolo rezumaba autenticidad en todo lo que hacía y no es insensato pensar que comprendía, por su experiencia y su capacidad, todas las motivaciones de los personajes a los que interpretaba. Sabía perfectamente que Santi “El Triana”, de Tarde para la ira tenía que modelarse a través de su voz, tan quebrada que apenas era un silbido, con esa forma de hablar tan taleguera, tan de trullo y patio. Lo demás era construirlo a partir de esa voz. Y con siete minutos dio vida a un personaje que ya se ha quedado en el imaginario de todo el público. Sin embargo, no fue el único que merece la pena ser recordado porque, si algo caracterizaba a Manolo, era su increíble entendimiento de cualquier papel que caía en sus manos, como el de ese cineasta en busca de respuestas, aislado en un rincón perdido de una playa que huele a pescado y madera seca por el salitre y el agua en Cerrar los ojos, esa maravilla de Víctor Erice que también supo guiar a Manolo por los cauces del homenaje, del verdadero sentido de contar historias que, en el fondo, tienen mucho de realidad.

Y así podría ir siguiendo al enumerar sus extraordinarios trabajos, como ese profesor universitario de Una quinta portuguesa, que elige el escondite detrás de otra entidad para dejar atrás su enorme fracaso en la vida privada, en medio de plantas silenciosas y agradecidas en un lugar que lo acoge con tanta ternura como lo hacía el propio Manolo con sus personajes. O, incluso, ese periodista de El Caso que también se pierde en las marismas del Guadalquivir alrededor de La isla mínima porque olvidar es muy fuerte, pero permanecer en la memoria lo es aún más. O como el moderado Juez Ruz de B, la película que hablaba de la corrupción de traje, corbata y chulería de Luis Bárcenas, o el desenroscado Miralles de El buen patrón que ya no encaja en la empresa perfecta de básculas y que, queriendo dar guantazos, encaja los golpes a pares. Da igual, podríamos seguir por la lista interminable de secundarios memorables que nos ha regalado y seguiríamos viendo a un hombre, a un actor, que trataba con enorme cariño a todos s los que le ha tocado interpretar y eso define a todos aquellos que deben fingir la verdad para hacernos creer la mentira. Manolo era uno de ellos. Siempre lo era, por pequeño que fuera su papel.

Además, tenía otra característica que era muy notable. Y era su naturalidad. Parecía que no hubiera tenido que aprenderse su papel, sino que lo decía en ese momento porque era lo que realmente pegaba. Pertenecía a una estirpe de actores españoles que eran capaces de sobrecoger con apenas un gesto y conmover con un leve entornar de ojos. Él iba justo detrás de Rodero, de Bódalo, de Puente, de Lemos, de Merlo, de Delgado, de Pellicena, de Rellán, de Alonso, porque sabía decir las cosas, poner el énfasis en el acento justo, dejarlo sobre la mesa y recoger la réplica para utilizarla en su siguiente frase. Es una enorme pérdida que nos haya dejado tan pronto, porque él pertenecía a esa raza de actores que no necesitaban más que su intuición, su razón y su experiencia. Y nos quedan muy pocos actores como él. Un par de ellos, como mucho.

Manolo, quiero dejarte estas líneas como agradecimiento por tus miradas, por tu trabajo previo antes de abordar cada uno de los papeles en los que he tenido la fortuna de verte, por continuo rebosar de calma, o de ira, o de bajeza, o de altura, según tocaba. Quiero decirte que siento no poderte disfrutar más, aunque ten por seguro que te volveré a ver muchas, muchas veces en todo lo que nos has dejado. Quiero asegurarte que pude acercarme a todas y cada una de tus miradas. Y que me llegaste allí mismo, en esa parte en la que el olvido no es una palabra de mi vocabulario y que, a pesar de no haberte conocido personalmente, estoy seguro de que, en algún lugar, hay una cañita para compartir entre nosotros para que me cuentes un par de secretos de tu trabajo. Lo espero con impaciencia. Mientras tanto, nunca estarás solo, Manolo.

martes, 8 de septiembre de 2026

SPIDERMAN: BRAND NEW DAY (2026), de Destin Daniel Cretton

 

¡Qué necesario es que alguien te diga, de vez en cuando, que estás haciendo un buen trabajo! Si eso falta, no tarda en aparecer una ansiedad muy parecida a la soledad. Sientes que nadie más que tú te importa, que no afecta a los demás nada de que lo que puedas hacer, que, al fin y al cabo, podrías desaparecer y ni un alma te echaría en falta. Es como sentir que, más allá de ti mismo, hay un insondable abismo que produce vértigo con el más mínimo asomo. Todos necesitamos de alguien. Todos necesitamos a alguien. Todos somos alguien.

Y eso no podía ser menos en un super héroe. Ya se sabe, un tipo, más o menos simpático que no abandona su humor en medio de cualquier refriega, que se juega la cara por todos los demás con tal de poner un poco de orden en su ciudad. No es tarea fácil. Y, si se me apura, hasta es posible que, si miramos un poco a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que los super héroes existen. No son ubicuos, ni siquiera son infalibles y, por supuesto, no destruyen la urbe cada vez que a algún pirado se le ocurre hacer un ejercicio de dominación y ruina, pero sí, existen. Por eso, hay que recordar eso de que cuando ayudas a alguien, en realidad, estás ayudando a todos. Primero, porque, aunque no lo veamos, tus acciones afectan a unas cuantas personas que giran en su propia constelación alrededor de ti. Segundo, porque es lo que nos hace humanos. Tercero, porque todos poseemos un gran poder y, por tanto, también cargamos con una gran responsabilidad. Cuarto, porque es lo que hay que hacer. Son razones de peso. No llevamos máscaras para proteger nuestro anonimato, ni somos tan inteligentes como para fabricar artilugios que nos ayuden a luchar contra el mal y sus derivados, pero sí que ponemos en juego muchas de nuestras habilidades más escondidas si, de verdad, queremos ayudar a alguien. Hagan la prueba. Se quedarán sorprendidos.

Después de esta optimista introducción, hay que reconocer que la última entrega del héroe arácnido no está mal. Es muy entretenida y, desde luego, hay secuencias admirablemente diseñadas. Por si eso fuera poco, hay unas cuantas apariciones especiales que le dan algo de textura a la historia que, quizá, se antoja algo alargada hacia el final, pero que eso no empaña la sensación de pasar un buen rato lanzando telas de araña, recuperando el pasado, enfrentándose a la terrible soledad, con un par de chistes que no están mal y con el bien sobreponiéndose a las trampas de un mal que habita mucho más cerca de lo que pensamos. Al igual que, con toda seguridad, hay super héroes a nuestro alrededor, hay que pensar que los super villanos están igual de cerca. Y esos suelen llevar traje de malvado adornado con una corbata.

Vale, vale, que me pongo aleccionador para una película que no lo pretende, pero hay que reconocer que el artículo tiene tanta originalidad como un impacto en la espalda. No se preocupen, vuelvo al tema. La dirección no es mala, aunque tampoco es de una brillantez inusual, y la interpretación de Tom Holland comienza a tener algún que otro atisbo de profundidad. Zendaya pone belleza e inteligencia y Jon Bernthal pasa por ahí para castigar, que es lo suyo. El resto, lo iremos descubriendo poco a poco con este paulatino regreso de los héroes de Marvel, que ya anuncian a bombo y platillo la última entrega de los Vengadores con el título de Doomsday, con resurrecciones incluidas.

Si ustedes están llamado a la ayuda, hay que ser plenamente consciente de que, en la mayoría de las ocasiones, la ingratitud es lo que espera al día siguiente. Nadie va a dar una palmadita en la espalda. Nadie va premiarte con una sonrisa. Nadie. Hay que tener un aguante propio de super héroe. Y eso no lo tiene todo el mundo. Ténganlo por seguro. Hay que alimentarse de esas cosas buenas que hacemos que, aunque no lo notemos, hacen que el mundo sea un poco mejor, por mucho que pesen nuestros actos anteriores o el olvido esté acechando cuál escorpión en busca de su presa. Cuando ayudas a alguien, ayudas a todos. Eso es una gran verdad que conviene no archivar en el cajón de objetos perdidos de la memoria. 

viernes, 4 de septiembre de 2026

LA CONSTELACIÓN DEL PERRO (2026), de Ridley Scott

 

Se hace muy difícil encontrar razones para seguir viviendo en medio de un final. Quizá un hombre haya seguido por inercia porque, al fin y al cabo, ha conseguido la compañía de otro y ha conservado a su perro, obediente y único. De vez en cuando, pilota su avioneta para coger gasolina, alimentos y medicinas en ciudades fantasma ocupadas por otros seres humanos que se han convertido en aves carroñeras que buscan su supervivencia a través de la violencia y el canibalismo. Vuelve, se fortifica, vive en un permanente estado de alerta y está siempre acompañado por un animal que no le falla y que le recuerda que una vez tuvo un pasado que mereció la pena vivir.

Así han ido pasando los años. Así ha conseguido seguir. Sin embargo, se le van agotando las razones cuando su mejor compañero desaparece. Quiere encontrar a otros seres humanos, que también luchan, que también siguen y, tal vez de ese modo, puede hallar alguna razón para desear ver un nuevo día. El apocalipsis no invita a nadie, coge lo que es suyo, lo agarra por la fuerza y lo desgarra sin piedad. Un oasis se puede vislumbrar en la sonrisa de unos niños, en la seguridad de que el contacto con otras personas de bien tiene la posibilidad de convertirse en un nuevo principio. Y si fracasa en el intento, entonces es más que probable que se transforme en un definitivo final.

No es un secreto para nadie que haya visto dos o tres películas que Ridley Scott hace tiempo que renunció a hacer cine para sólo mantenerse en los números de taquilla. Su cine, tiempo atrás, tuvo un valor incalculable, pero degeneró en productos facilones, vendidos con pericia, disfrazados por el aura de una comercialidad descarada y un descuido evidente. En esta ocasión, no realiza una obra maestra, ni muchísimo menos, pero no es su peor película. Scott articula una película en la que, por una vez, se preocupa de mirar en el interior de sus personajes con aire sugeridor, con cariño hacia ellos, desarrollando con cuidado sus motivaciones y sus errores. Jacob Elordi y Margaret Qualley cumplen con su función, y no pasan de ahí, de pareja de corte clásico, con sus traumas de principio y su búsqueda de final y el acierto de que el personaje de Elordi, en el fondo, es un tipo perdido lleno de esperanza. Josh Brolin acaba por ser el más interesante y el mejor de todos ellos. Y Guy Pearce, importante en algunos tramos, desaparece incomprensiblemente del todo en la parte final. Sólo está allí, sin aportar nada. La película tiene una irregularidad latente, pero no es desgraciada, incluido esa secuencia bizarra sumergida en el universo VIP que destila crueldad por naturaleza. El resultado es una cinta que consigue un aprobado más o menos holgado, sin llegar en ningún instante al notable. Cosas de Ridley.

Alejado de los ambientes brumosos que tanto ha sabido explotar, la estructura de western parece salpicar un argumento flojo, que, en el fondo, se antoja muy parecido al de Furia en la carretera, de George Miller, con mucha menos parafernalia y con los personajes vestidos. Mientras tanto, se sufre con un mundo apagado, con ligeras reminiscencias a El último hombre vivo, de Boris Sagal, con alguna que otra secuencia de cierta altura mientras se mira embelesado a las estrellas.

No dejen nunca de recordar qué es lo que hacían antes del fin del mundo. La película fecha la acción en mayo de 2035, así que nos queda bien poco. Salven al perro, porque en su mirada llena de amor y lealtad puede se encuentre toda la memoria que se pierde a velocidad de disparo entre tanto caos. No se dejen seducir por el lujo y el plástico que tanto facilita las cosas. El mundo es el que es y el secreto está en no perder la esperanza, en tener la seguridad de que comenzar de nuevo es posible y que, tal vez, encontrarse con el amor bajo las estrellas sea tan romántico como lo era antes de que todo terminara sin aire. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

EL SER QUERIDO (2026), de Rodrigo Sorogoyen

 

Con frecuencia, el abismo que se abre entre un fotograma y otro en la vida llega a ser tan profundo que sólo puede haber un insalvable rencor de película. Los errores se cometen y se dejan ahí, en un rincón de las sensaciones y de la memoria, y queda en un estado letárgico, latente y, a la vez, ausente. De repente, llega otra historia y no se puede evitar el grito de dolor que ha quedado sordo con el tiempo, dejando que la ira y la frustración salgan para arruinar la toma, para repetirla hasta la saciedad, para otra película que ni siquiera sirve para que dos caminos vuelvan a ser paralelos.

Y comienzan las excusas y las esquivas presencias. Con la naturalidad propia de un rodaje en el que todos se comprometen y, de alguna manera, también mueren. La historia sigue adelante, queriendo decir todo lo que quiere decir. Sólo con la panorámica completa, con el plano arropado por la música, con la mirada sabia, pero irremediablemente huérfana, se puede seguir con un destino que no debería haber sido así y que ha sido demasiado generoso para unas maneras cercanas al despotismo y cicatero con una búsqueda que se ha convertido en una quimera que no termina más que cuando se apagan las luces de neón y de los focos. El rencor sigue ahí porque aún hay dolor. Y el dolor no se borra, no admite segundas y terceras tomas, no se puede trucar con un montaje tramposo o precipitado.

Rodrigo Sorogoyen articula una película absorbente en su descripción de las relaciones y de las reacciones humanas a través de dos personajes que buscan la redención y la satisfacción. Javier Bardem, que demuestra una vez más el espléndido actor que puede ser cuando no se aleja tanto de sí mismo, y Vicky Luengo ofrecen un recital de interpretación, siendo precisos en sus reacciones, comprensibles en sus motivaciones, grises en sus humanidades. Mientras tanto, la película avanza y, si bien, palidece en cierto modo después de la impresionante escena de tensión máxima haciendo que el espectador ruegue por un final menos alargado, el conflicto ha sido recibido con el respeto del silencio, con la admiración del ensimismamiento y con la seguridad de que las personas existen ahí, en ese trozo de ficción que, por momento, gana un Oscar a la vida más cercana.

A medio camino entre el Ocho y medio, de Federico Fellini, y La noche americana, de François Truffaut, el director Sorogoyen nos habla de personajes que traspasan la película y de personas que se filtran por la vida. El resultado es que se llega al convencimiento de que todos queremos ser queridos y que, cuando el amor se ha negado a presentarse, sólo puede quedar rencor, sólo puede quedar dolor, sólo puede quedar decepción, por mucho que se haga lo posible para compensar de alguna manera todo lo que se ha hecho mal. El tiempo se ha encargado de que ese abismo entre dos fotogramas sea insalvable. El objetivo ya está desenfocado, el director de fotografía ha dimitido, el vestuario ya está ajado y los recuerdos ni siquiera son los mismos, entre otras cosas, porque la justificación también aparece de una forma casi esperpéntica, negada, abrumada y poco creíble. Así es el cine. Así es la vida.

No sirven de nada antiguas amistades y, menos aún, las nuevas que se hacen derivadas de la convivencia obligatoria de un largo rodaje en el que el paisaje resulta árido, salpicado de cráteres, con las sombras del sol a través de cumbres que, por mucho que se quieran escalar, sólo llevan al cansancio y a algo muy semejante a la nada. El tiempo ya se ha ido y los rencores se quedan ahí, grabados por la cámara y fijados por el corazón, como esos momentos en que la magia del cine permanece en el recuerdo. El cine evade, pero, por supuesto, también clava sus garras cuando quiere que pensemos. Y es entonces cuando nos podemos dar cuenta de que alguien nos quiere, o quizá, no.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

HACIENDO AMIGOS (2026), de David Marqués

 

A veces, es necesario camuflarse con el entorno para darse cuenta de que el mundo no es exactamente como nos lo habíamos imaginado. Puede que una pareja de atracadores de medio pelo vean el resquicio para la huida en un autobús que está esperando a una serie de personas con discapacidad y, por supuesto, uno finja ser y el otro finja acompañar. Eso da pie a una serie de situaciones cómicas que nos remiten, como no podía ser menos, a Campeones, de Javier Fesser, sólo que, en esta ocasión, se opta por una comedia algo más desatada con desarrollo menos refinado. Sin embargo, hay que reconocerlo, hay momentos desopilantes, otros menos afortunados y un desenlace que podría haberse trabajado con esmero y cariño, como hacen los personajes caprianos de esta película.

Así que ahí tenemos a Antonio Resines y a Quin Gutiérrez, dominador del tono uno, y de las miradas con significado el otro, movidos por el provecho y por el chantaje a que son sometidos por una serie de personas maravillosas que se juntan durante una semana para hacer una obra de teatro en uno de esos lugares a los que a uno le encantaría irse de vacaciones con relax. En el apartado femenino tenemos a Megan Montaner, que debería de aplicarse el famoso “menos es más”,  y la propia guionista de la historia, Marta González de Vega, que asume con oficio y sin carne su personaje de psicóloga. El resultado es una película veraniega, sin ninguna pretensión, que sólo quiere hacer reír poniendo a los protagonistas en situaciones incómodas, sin demasiado matiz argumental. Ya se sabe, eso hace que cualquier idea que se le ocurra a la guionista pueda tener cabida aunque sea con una lógica de canto. No importa. La película cumple su misión. La gente sale encantada, con la sonrisa puesta y el aire acondicionado en la piel y en los labios.

Así que ahí estamos, manejando unos cuantos estereotipos con cierta gracia, haciendo que los actores no se corten ni una guirnalda en la composición de unos personajes que tienen que pasar por el rosa, el amarillo, el blanco y el negro para llegar al convencimiento de que la vida es algo más que unas joyas robadas. Y el viaje es agradable porque, en algún pasaje, los chistes se suceden con cierta sensación de amontonamiento y son efectivos. Sin olvidar la apelación a la bondad ingenua, a los valores que nos definen como seres humanos, a la apreciación de quien no debería ser diferente, a la verdad interior de las personas, que es la que realmente cuenta. La vida debería ser un regalo para todos. Incluso para aquellos con los que nos esforzamos. Paciencia, sí, a raudales. Cariño, también. Música de moda, que no falte. Discobuses, algo que sorprende en su concepción, como tramas paralelas. Y la seguridad de que lo que conforma verdaderamente al ser humano es nuestro sentimiento de buenas personas y no los malos impulsos. Tal vez porque, si hay más de los segundo que de lo primero, entonces es que hemos perdido la partida.

Bailen, rían, gocen, actúen, amen, canten, que todo en la vida es sueño y los sueños, sueños son, como diría don Pedro. Un regalo puede ser una simple patata de bolsa. Un gesto puede cambiar el día. Un cariño es el movimiento que hace que el gris se convierta en azul. Una sonrisa es el foco que ilumina la escena. Una mirada es la razón de todo. Pensar en el que está al lado, que seguro que libra sus propias batallas, es una anomalía. Ceder en la ilusión del otro, es una joya intercambiada. Y así todo. Basta con percibir que las cosas tienen muchos lados con los que considerar su finalidad. Y, ante todo y sobre todo, está el amor, que es el auténtico motor de todos nuestros actos. Desde el amor a una canción infantil hasta la pasión más desatada. Desde el aprecio a los más pequeños detalles que son los que proporcionan mucha felicidad, hasta la seguridad de que la vida merece la pena porque los buenos momentos, por pocos que sean, superan siempre a los malos. Sólo por pasar un buen rato perdemos la cabeza y, a menudo, pasamos de largo frente a ellos sin darnos cuenta de la oportunidad que perdemos.