martes, 18 de noviembre de 2008

EL HÉROE ANDA SUELTO (1968), de Peter Bogdanovich


El verdadero terror no está ahí, en la pantalla de cine. El cúmulo de abyecciones, bestialidades y mentes cóncavas que el cine nos ha mostrado no es más que pura fantasía, medios para describirnos una historia que un creador nos quiere hacer llegar simplemente porque cree que tiene algo que contar. Lo demás es todo puro efectismo visual, pensamiento gótico en planos atemporales de ficción, un juego de focos allí, un exceso de víscera de juguete bien condimentada con una salsa de tomate que no siempre adquiere colores de realidad por aquí. El terror, el auténtico terror está aquí mismo, a nuestro lado. Es ese tipo que nos saluda todas las mañanas con la amabilidad del vecino. Es aquel cliente que entra en nuestra tienda con una sonrisa abierta de par en par dispuesto a adquirir legalmente lo que vendamos. Es el típico fulano que, todos los días de su vida, hace exactamente lo que se espera que haga, bien vestido, bien trabajado, bien adolecido, bien amaestrado.
Pero debajo de la blanca laxitud de la falsa calma, ruge la furia, la sed de la sangre de verdad, el deseo de disparar a todo lo que se mueve por el simple placer de alterar su movimiento o, incluso, dejarlo muerto. Su sociopatía es enfermiza y salvaje. Su odio a todo lo establecido late bajo su piel y quiere volarlo todo mientras finge una situación que ni quiere, ni le interesa mantener. La vida carece de importancia porque lo importante de la vida es acabar con ella.
Mientras tanto, un veterano actor de películas de miedo se da cuenta de que los monstruos no necesitan máscara. ¿Para qué va a inspirar miedo a nadie cuando los héroes andan sueltos? Su trabajo ya carece de sentido, incluso de sentido del entretenimiento. Los monstruos no son los que salen en la pantalla…son los que miran a la pantalla y él se siente blanco fácil de un destino predeterminado como en aquella historia en que un criado huye espantado de un mercado persa porque se ha encontrado a la muerte haciéndole un gesto amenazante y le pide a su amo un caballo para huir a Samara. El amo, intrigado, le presta el caballo y va al mercado para encontrarse con la muerte y allí, ante ella, le pregunta por qué amenazó a su criado. La muerte sólo responde:
-. Yo no le amenacé. Tan sólo hice un gesto de sorpresa porque tengo una cita con él mañana…en Samara…
Y el actor, fiel a una cita ineludible con un destino que tantas veces ha fabricado en la ficción irá al encuentro del monstruo para acabar con el miedo que condiciona las vidas de los que tantas horas han pasado mirándole.
“El héroe anda suelto”, de Peter Bogdanovich es una espléndida película, terriblemente premonitoria de todo aquello en lo que nos hemos convertido cuando nuestros sueños se hunden en el infierno y en la penumbra. El rostro de Boris Karloff, magnífico en su papel de vieja estrella del pánico, pone la oscuridad de sus arrugas para trazarnos un preciso plano de lo que es el miedo, el verdadero miedo.

viernes, 14 de noviembre de 2008

LUNA NUEVA (1940), de Howard Hawks


Realmente, yo no debería escribir sobre esta película. Es como tirar piedras contra el propio tejado. De todas las historias que giran en torno al mundo de la prensa, probablemente esta sea la sátira más feroz y demoledora. Y qué diablos…es una película condenadamente buena. Sus armas para que los periodistas queden retratados como aves de rapiña en busca del sensacionalismo en letras de imprenta son los extraordinarios diálogos vertiginosos, la acción continua provocada por unos personajes ávidos de carroña, las trampas sin descanso que hay que sortear con la máquina de escribir marcando el ritmo de las rotativas y el desbroce de la ética que transita sin vergüenza entre lo amoral y lo canallesco. Y lo mejor de todo…La sonrisa y la carcajada no se descuelgan de la boca. Afilamos los colmillos con la tinta de periódico resbalando por la comisura de los labios y los ojos se nos encienden al olfato de humor de mala idea, con un Cary Grant en estado de titular en negrita, soberbiamente replicado por Rosalind Russell, que despliega las alas de buitre en pos de una noticia, de una malicia y de recuperar, en la misma jugada, a la mujer que ama. Tampoco podemos olvidar en el papel del guapo que tiene menos cerebro que una pelota de tenis al galán Ralph Bellamy, aquí riéndose asumidamente de sí mismo y del que Cary Grant, en un maravilloso ejercicio de improvisación, llega a decir: “Es muy guapo…Se parece a ese chico…ese chico de las películas…¿cómo se llama?...aaaa…Ralph Bellamy…”
En esta película, de ritmo galopante, no podemos olvidar al genio tras la cámara. Howard Hawks dirigió la historia con pulso acelerado agarrando al espectador por el cuello y meneándolo nerviosamente. No en vano era un maestro en el arte de lo que se dio en llamar “screwball comedy”, comedias locas de latido frenético que atropellaban al menos avezado y obligaban a correr con desazón a quien quería acompasar su pensamiento con películas como “La fiera de mi niña” o “Bola de fuego”. En cualquier caso, es difícil encontrar una mala película en toda la filmografía de Hawks y “Luna nueva” es una de las mejores. Así que, después de cenar, pónganse a verla y sacúdanse la modorra. El maestro exige ojos brillantes, cerebros despiertos, agudos y prestos en la salida y hay que poner al perezoso pensamiento al límite de velocidad. Pónganse el cinturón de seguridad, las curvas a 24 fotogramas por segundo en esta película son de aúpa…Que se lo digan a Archie Leach, que en un viraje de vértigo, se convirtió en Cary Grant…si hasta lo dice en la película


jueves, 13 de noviembre de 2008

RED DE MENTIRAS (2008), de Ridley Scott


Yo fui de aquellos que quedaron deslumbrados con el arte del primer Ridley Scott cuando, con asombro, comprobé que obras como Alien, Blade Runner o el maravilloso policíaco La sombra del testigo estaban muy cercanas a lo que podríamos llamar obras de arte. El tiempo pasa, el público castiga la mediocridad y Scott supo adaptarse a la nueva época en la que el público exigente decreció y sólo pidió todo aquello que Scott da sin el menor esfuerzo y además sin ninguna intención de cambiar.
Una historia, un par de actores con tirón, unas cuantas escenas rodadas con oficio y la sana impresión de haber visto algo importante aunque no lo sea tanto. Ahí está la sapiencia de Ridley Scott. Sus películas no es que sean buenas, tan sólo lo parecen, lo cual para los tiempos que corren está muy bien porque entre tanta mediocridad no hay duda de que lo que hace este hombre también tiene sus virtudes.
Y es que después de ver Red de mentiras, uno se retrotrae un tanto hacia el universo del espía gris y desengañado, muy alejado del glamour de James Bond y muy cercano al mundo de decepción que tan bien sabía describirnos John Le Carré. El espionaje es un oficio cuajado de mentiras, de jefes que no dudan en abortar lo preparado, de presiones procedentes de no sabes quién, de desiertos que sólo guardan oasis de fuego y destrucción mientras en una guerra interminable, el enemigo se acomoda, se asienta y se adapta a las dificultades y entonces es cuando se deja de utilizar el correo electrónico, los móviles y cualquier otro cacharrito del progreso y, claro, es ahí donde los países hiperdesarrollados encuentran apuros. Las guerras largas no son soluciones. Son problemas.
El problema en esta ocasión es Oriente Medio y la solución, desde luego, no son los americanos. Hacia esa dirección apunta una película que tiene una de sus principales bazas en Leonardo di Caprio, un actor que, entrando en la madurez, está dando muestras de que sabe muy bien lo que hace (y que, por esta vez, se merienda con patatas fritas a Russell Crowe) y que aporta un rostro, un gesto y una expresión al típico agente de campo que suele tener las manos atadas porque arriba, en las oficinas de Langley, Virginia, no suele haber mucha confianza en los árabes. En ningún árabe, sin excepciones.
Cabe destacar también, el excelente trabajo desarrollado por Mark Strong en el papel del jefe de la inteligencia jordana, un hombre que, sin abandonar su elegancia, sabe esconder sus cartas y actuar por encima de prejuicios, con profesionalidad y que tan sólo exige a cambio sinceridad. Aún así, es un veterano en el oficio y sabe que el culpable no es el que soporta la pirámide del poder, sino que, algunos peldaños más arriba es donde está el verdadero peligro personificado en cualquier chupatintas que se parapeta detrás de un despacho, lleva a sus niños al colegio y cree que sus dotes son superiores a cualquier otro que no piense como él. Un hombre odioso con el que compartir pasillo aunque haya puertas de oficina de por medio.
La dirección de Ridley Scott se caracteriza siempre por unos cuantos planos brillantes, unas ciertas dosis de trucaje argumental que no terminan de funcionar, un uso certero de la cámara documental (sí, cuando la cámara al hombro está justificada por la narración incluso me parece un acierto), una ambientación siempre perfecta, el presentimiento de que dos días después de ver la película sólo quedará un vago recuerdo en la memoria (lo mejor que ha rodado Scott en los últimos años ha sido Los impostores y, por favor, si tienen algo que decir a favor de Gladiator mándenme un correo a la Vía Apia, allí me encontrarán) y un continuo intento por llevar más arriba una historia que nos viene tirando un poco de la sisa.
En cualquier caso, aceptable intento que nos sumerge con aires de verosimilitud en el mundo destrozado en el que hemos convertido el objetivo de nuestros desvelos. Los musulmanes fundamentalistas odian y odiarán siempre a los infieles. Los cristianos y los judíos fundamentalistas odiamos y odiaremos siempre a los infieles...Y las víctimas del mal reaccionarán siempre con el mal, intentando que todo quede arrasado mientras todo es destruido. Quizá la solución no sea sólo alejarse de quien trabaja para nosotros, sino tener la certeza de que el amor no es algo que esté hecho para los espías que vinieron del calor. Incluso este artículo puede que sea un mensaje cifrado...¿o no?.


miércoles, 12 de noviembre de 2008

ÁNGELES SIN BRILLO (1958), de Douglas Sirk


Basada en la novela de William Faulkner "Pylon", Douglas Sirk llega con esta película a uno de los puntos más altos de su inspiración. En esta ocasión, el director alemán aparca la lágrima para rozar la columna de unas vidas encontradas y que se entrelazan en la pasión. Las palabras hermosas de un periodista dichas cuando las hélices callan se convierten en puras flechas envenenadas contra aquello que no puede alcanzar. Una mujer, una de esas que no importa cómo sean porque acaban devorándote las entrañas, será el pivote sobre el que giran las vidas de los que sólo deberían preocuparse por volar. Y allí, en el cielo, con el sol quemando las alas es donde nos daremos cuenta de que hay ángeles que no tienen brillo porque ha sido gastado por querer siempre y no dar nunca.
La película es excepcional, con unas interpretaciones maravillosas (uno de los fuertes de la dirección de Sirk) entre las que destaca ese pecado de mujer que fue Dorothy Malone y que se apoya en espléndidos trabajos de un atormentado Robert Stack y un atribulado Rock Hudson, ambos actores de cierta limitación que, en manos de Sirk, se convierten en firmes pilares interpretativos, capaces de llenar la escena con un guión excepcional de George Zuckerman, que ya había trabajado con Sirk en otra de sus cumbres, "Escrito sobre el viento", y con una serie de expresiones que van mucho más allá de lo que intentan decir con un texto que, por momentos, es puro ejemplo de brillantez.
Aunque está rodada en blanco y negro, en sus imágenes se deja traslucir una mirada cristalina sobre los atardeceres recortados por las siluetas de los aviones y, por unos instantes, es una historia de tal fuerza que hace que nos preguntemos si hay brillo en nuestras almas, si en algún momento podemos soñar con ser ángeles, si en el camino de la felicidad hay tantas paradas en ningún sitio que nos señalan que es el final. El poder de una película, a veces, nos transporta a una serie de signos de interrogación que rozamos al dar la vuelta para poder dar contestación a todo aquello que nos hace correr temerariamente, desear sin esperanza, amar sin saber lo que es volar de verdad alrededor del corazón de alguien que no te deja entrar. Son unas imágenes que te hunden en el melodrama del blanco y te dan un asidero en la desesperación del negro.
Quizá a nadie le guste asistir a una historia sobre seres devastados por una vida que se empeña en estrellarles. No importa que sea a través de un avión o del vértigo que, en muchas ocasiones, acompaña a una máquina de escribir. Pero hay películas que nos enseñan, que nos dejan el sabor de haber probado un trocito de cielo, de haber acompañado a unos hombres que quisieron hacer una buena película y que, a pesar de la difícil historia, consiguieron elevar nuestras sombras hasta auparnos en las alas de los ángeles. Con toda su neurosis, con toda la decepción que desprende, con toda la desilusión que emana…hay algo que hace que pensemos que todo eso está muy bien hecho, muy bien contado y que puede que, entre el público de unas imposibles exhibiciones aéreas estemos nosotros mismos, con la mano cegando el atardecer.

martes, 11 de noviembre de 2008

A QUEMARROPA (1967), de John Boorman


Los pasos de Walker resuenan con el eco de la rabia, son reverberaciones de impotencia que pretende superar. Ha sido traicionado, disparado, abandonado, saqueado y ha muerto, pero Walker es el primero que sabe que los muertos vuelven siempre para llevarse lo que es suyo. Y él regresa para disparar a quemarropa, para dejar un rastro que nadie olvide con la única meta de llevarse lo que le pertenece. Le sobra inteligencia. Le sobran arrestos. Y si hay que humillarse para conseguirlo, no hay ningún problema. Cuando se mata a un hombre, no sólo le quitas todo lo que tiene, sino también todo lo que puede llegar a tener. Y él no tiene dudas. Dispara con saña al lecho que le convirtió en un ciego. Utiliza sin escrúpulos a quien sea con tal de conseguir lo que se ha propuesto. Y también sabe que le están utilizando para rematar una jugada sucia pero a la hora de entrar duro, él lo hace más duro que nadie porque así tiene que ser si, por una vez, quiere vencer.
La línea de la vida de un hombre va hacia adelante y hacia atrás, intentando encontrar amarras en la que atar cierta coherencia con todo lo que hace de él un ser humano, aunque en su camino de venganza haya justicia; aunque en su sendero repleto de ajustes de cuentas haya un casi imperceptible de ética profesional. En el mientras tanto perderá parte del corazón que ya tiene roto pero encontrará consuelo en destrozar todo un mundo que había acabado con él. La misteriosa red de organizaciones, corporaciones, cabecillas de maldad y colas de león dormido sucumbirá ante el empujo de un entorno que Walker maneja con la facilidad con la que aprieta un gatillo implacable. En realidad, es como si supiera exactamente cómo moverse en medio de espacios en blanco, de unos puntos suspensivos que hay que rellenar con el fogonazo de la sangre a bocajarro. Y él sigue caminando, imparable por un largo pasillo que, a cada zancada, le recuerda el enfado, el desprecio, la desesperanza que siente en medio del vacío, la terrible inutilidad de la descarnada furia que siente y que, sin embargo, no dudará en soltar cuantas veces haga falta. Él es esa bala que entra a quemarropa y que, además de matar, chamusca la ropa que atraviesa, dejando la negrura de un agujero por donde escapa la vida en un pozo de sangre seca y rencores sustraídos.
“A quemarropa”, de John Boorman, basada en la magistral novela de Donald Westlake y en su creación en serie del personaje Parker (rebautizado Walker), película clave en el género negro, marca un punto de partida en el cine que, algunos años después, Martin Scorsese pondría en práctica con la desestructuración de un relato que mantiene una asombrosa unidad convirtiéndose en una obra indispensable del cine contemporáneo. Más allá de eso, Quentin Tarantino aprendió a quebrar en cristal las líneas narrativas de lo cruel, escritas con sangre interrumpida y fragmentada, rompecabezas de coherencia pertrechada que hurga en las razones de la ilógica, condena de trizas finiquitadas en lo que puede ser la última alucinación de un hombre que agoniza, acribillado, entre las paredes de una celda abandonada.



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viernes, 7 de noviembre de 2008

DUELO DE TITANES (1957), de John Sturges


La amistad puede ser una buena razón para morir. Sobre todo cuando eres alguien que realiza un viaje de ida sin vuelta con escala en muchos vasos de whisky. El juego es sólo una válvula de escape para reírse de una vida que ha sido ingrata. Al mismo tiempo, puede que la honradez tenga que ser demostrada a golpe de bala. El amor es un fantasma al que hay que perseguir hasta que se atrapa y te abraza. Y son sólo tiempos en los que vale quién desenfunda más rápido.
El mítico duelo del O.K Corral, ya llevado doce años antes a la pantalla por John Ford en Pasión de los fuertes, se recrea otra vez aquí, en medio de un agradecimiento en un interminable caminar hacia la muerte. Mientras Ford nos ponía en el corazón una gota de poesía, un poco más allá del sentimiento y una mirada rápida sobre la inquebrantable gratitud, John Sturges nos describe aquí una amistad surgida de la nada y que a la nada se destina pues un duelo es solamente una forma de jugarse la vida en la apuesta más alta posible. Aún nueve años después, Sturges realizaría una versión mucho más cercana a lo que pasó en realidad en La hora de las pistolas, una muy estimable película con James Garner en el papel que aquí realiza Burt Lancaster y con Jason Robards en lugar del que aquí encarna Kirk Douglas. Bien es cierto que La hora de las pistolas arranca con el duelo del O.K Corral mientras que aquí es el colofón de una historia que nos deja, a pesar de las buenas intenciones, con un amargo sabor de boca, como si tosiéramos una gota de sangre que rebosa el respirar de unos pulmones enfermos. En cualquier caso, la visión de Sturges es siempre ambiental, recreada por un entorno que lleva a los personajes a un desenlace inevitable. Difiere mucho de Ford, entre otras cosas porque ambas versiones son pura fantasía que tergiversan la historia de lo que en realidad ocurrió, pero, diablos, uno ve esta película y es como si un buen trago arrasara la piel de nuestra garganta y abrasara nuestro pecho en un insospechado brindis por algunos hombres buenos.
Así pues, dejemos de lado la historia y quedémonos con el espíritu de indomables, con el alma de esa música que no deja de repetirse en la cabeza bajo la voz de Frankie Laine, con la intención de esa fotografía tan particular que se deja ver en prácticamente todas las películas de Sturges, con la magia tan particular, impregnada de la amistad en la vida real, que desprende una pareja tan sugerente y tan adecuada como Lancaster y Douglas; sólido, fiable y de cierto agrado el primero; impresionante, brillante y creíblemente enfermo el segundo. También hay que fijarse en que, a pesar de lo prototípico de algunas situaciones, es un western que se construye con una cierta lentitud depresiva y que deja un leve poso de estridencia cuando las balas comienzan a sonar. De todas formas, después de ver Duelo de titanes uno no deja de tener una cierta sensación de que ha visto algo grande con pólvoras de enorme calidad. Y para mí eso es suficiente como para calificar una película de O.K.

jueves, 6 de noviembre de 2008

LOS NIÑOS DE HUANG-SHI (2007), de Roger Spottiswoode


Bajo la sombra demasiado alargada de El albergue de la sexta felicidad, de Mark Robson, con una inolvidable Ingrid Bergman, asistimos a otra larga marcha de penalidades y esperanzas rotas que se tratan de reconstruir a través del ejercicio desinteresado del amor. Lástima que el lienzo en el que se dibujan todas estas sensaciones sea tan plano y carente de emoción como el rostro de Jonathan Rhys Meyers, un actor que, lo que es actuar, actúa bien poco.
Y es que el susodicho no es Ingrid Bergman ni por intuición. Y lo peor es que es una pena mientras se mueve dentro de una historia que, de haber sido bien trabajada en el guión, estaríamos al menos ante un amago de lágrima y un suspiro de aire fresco en medio de una aventura de gigantes protagonizada por pequeños en un inmenso país debatido entre la guerra, el hambre y las turbulencias propias de un océano de amargura.
Caminando entre montañas, nos podemos encontrar con simas tales como la historia de un corresponsal de guerra que, en ningún momento, consigue hacer algún trabajo para un medio de prensa. O que sea capaz de ganarse a los hostiles niños simplemente arreglando el generador de la luz (nada de maestros ejemplares, oiga, hágase usted electricista y se ganará el aprecio de toda la infancia). O que, como nota de dramatismo cruel uno de los niños decida poner fin a todo ante la perspectiva de un traslado de larga distancia. Claro, tantas simas hacen de la cordillera un campo de golf y, con tanto agujero, el conjunto se resiente. Sobre todo si el hilo conductor de toda la odisea son unos diálogos banales y muy pillados al vuelo que hacen que, al terminar la película, una cruz negra en el cielo anuncie que el intento haya sido fallido.
Por otro lado, sí, cabe destacar el trabajo de Radha Mitchell, muchísimo más intensa que su compañero Rhys Meyers, o de Chow Yun Fat, seguro en su papel (¿qué diablos hace un graduado de West Point metido a comunista? ¿Alguien me lo puede explicar? ¿O es mejor no explicar por darle misterio a un personaje que puede ser fascinante pero que no está desarrollado?) y vacilante en una trama que le zarandea en plan comodín. Y, sobre todo, hay un acierto indiscutible en la excepcional banda sonora de David Hirschfelder (que ya destacó en películas como Shine, de Scott Hicks, o Elizabeth, de Shekhar Kapur), un trabajo brillante, climático y en el que, en otras circunstancias, la historia encontraría un apoyo que juega con el mundo de la infancia, el exotismo oriental y la tremenda aventura que pudo ser y que no es. También hay que fijarse muy detenidamente en ese espléndido muestrario de fotografías que acompañan a los títulos de crédito finales, obra del cinematógrafo Xiaoding Zhao, que ya había realizado anteriormente espléndidos trabajos para Zhang Yimou en La casa de las dagas voladoras y La maldición de la flor dorada.
No cabe duda de que la historia se parece demasiado a la que Ingrid Bergman realizó 42 años atrás pero mientras allí se esbozaba el esfuerzo titánico de una mujer que, desde el principio, sabía cuál era su misión en la vida y fue despreciada por todos hasta que llevó a unos cientos de pequeños hacia la libertad, aquí parece que el tal corresponsal de guerra no tiene mucha idea de qué es lo que quiere, acepta hacerse cargo de los niños a regañadientes y su evolución personal es tan nula como su trabajo para la prensa, cosa que realmente no ocurrió si nos atenemos a su verdadera historia y que resulta verdaderamente chocante si nos fijamos en el nombre del director, Roger Spottiswoode, un hombre de trayectoria ciertamente irregular pero que realizó una de las mejores disecciones sobre la corresponsalía de guerra en esa pequeña y singular joya que fue Bajo el fuego, con Nick Nolte y Gene Hackman.
Así pues tendremos unos paisajes bonitos bañados en un pentagrama irreprochable, una historia ya vista y a un actor más panoli que jugar con cerillas al lado de un montón de leña. No. No llegamos con esta película a la séptima felicidad atravesando el mar amargo que siempre ha sido China, tierra en la que la libertad huyó porque hubo muchos hombres que, armados sin armas, no libraron las batallas que pudieron ganar.