jueves, 30 de abril de 2009

THE INTERNATIONAL (2009), de Tom Twyker

En contra de muchas de las creencias del ciudadano común, la banca nunca ha sido una institución nacida para ayudar. La usura, la manipulación, la creación de conflictos, el mantenimiento de líderes, la venta de material exento de moralidad y la corrupción del sistema en beneficio propio son funciones que son gran parte de su razón de ser. Sin todo ello, quizá las instituciones financieras no desempeñarían sus obligaciones que, siempre y sin excepción, son meras coartadas para ejercer un poder que sólo inspira temor.
Y es que el mundo de las finanzas no es más que un ejercicio de negociación continua con abultadas comisiones de ambición. Como dice uno de los personajes “el único objetivo de la banca es convertir a todos, desde naciones enteras a simples particulares, en esclavos de la deuda” y un hombre solo, que decide saltarse todos los convencionalismos no es enemigo para el vicio del dinero. Tal vez conseguirá alguna victoria ínfima que satisfaga su ansia de castigo pero nada puede parar un entramado que hemos dejado crecer de tal forma que se ha convertido en una bestia sedienta de ceros.
Es gratificante comprobar, una vez más, cómo un actor como Clive Owen es capaz de otorgar suficiente densidad a un personaje que cualquier otro despacharía con dos carreras, un par de tomatazos en la cara y unos tiros bien dados. En su expresión desaliñada se esconde un fondo de amargura provocada por demasiadas derrotas a lo largo de su carrera de cazador de corrupciones. Sus miradas son intensas, de una profundidad severa, dejando aparcado esa sensación de ser el más listo de la clase que hemos comprobado en películas como las excelentes Plan oculto y Duplicity y aquí se aplica con seriedad, llevando él solo todo el peso de una película que no deja de ser un mero entretenimiento realizado con cierto rigor. El caso de Naomi Watts es diferente puesto que es incapaz de otorgar a su personaje más carne al no tener un papel de importancia decisiva, hasta tal punto que es apartada bruscamente del desenlace porque tiene por delante a un tipo que es un verdadero tifón.
La película está sobriamente dirigida por el alemán Tom Twyker y crea varias escenas que merecen ser recordadas. Se esfuerza en que se desprenda algo de ácido corrosivo en la escena del ascensor entre Owen y Watts y, sobre todo, dirige de manera soberbia el tiroteo en el Museo Guggenheim de Nueva York, una secuencia que se erige en centro de la película, con un manejo excepcional de la cámara y una claridad de ideas que merecería la pena poner de ejemplo a un par o tres de directores que se empeñan en trucar la acción meneando cámara a granel y sin piedad.
En cuanto a la trama en sí, hay que reconocer que es apasionante seguir el desarrollo de los acontecimientos, la intriga está servida y hay un ritmo trepidante que consigue atrapar al espectador. El defecto simplemente radica en que es una de esas películas en las que uno se lo pasa tan bien que el tiempo apenas cuenta pero que se olvida de ella tan sólo cinco minutos después de salir de la sala.
Sin embargo, hay que valorar que una película sin muchas pretensiones pero que maneja estupendamente los espectaculares escenarios en los que transcurre la acción, sea lo suficientemente valiente como para describirnos que finanzas, banca, dinero, préstamos, deuda, débitos, cobros, negociaciones, números, beneficios, pérdidas razonables, activos, créditos, intereses, comisiones, informes, cajas, efectivos, amortizaciones y balances positivos sean sólo eufemísticos sinónimos de una maldad que parece nacida directamente del diablo. Y es que el infierno está hecho de pagos pendientes.

miércoles, 29 de abril de 2009

AMANECER ZULÚ (1979), de Douglas Hickox


Caminar hacia el desastre con el sendero empedrado de casacas rojas hace que la tierra tiemble por el amanecer de un pueblo que se sintió invadido y agredido y menospreciado por esos arrogantes ingleses que creyeron que con sus tácticas y sus saberes bélicos iban a arrasar allí por donde pasaran. Pero muchas veces, la construcción de una derrota es culpa de los mismos vencidos y eso es lo que nos muestra esta película que parte de un guión de Cy Endfield (un perseguido por el Comité de Actividades Antiamericanas exiliado en Gran Bretaña) que ya narró con singular perspicacia una de las resistencias más heroicas jamás vistas en las guerras coloniales dieciocho años antes en Zulú, con Michael Caine y Stanley Baker en los papeles protagonistas.
En esta ocasión, Endfield cede los mandos de la batería de fuego a Douglas Hickox, poseedor de una corta filmografía como director, pero que sin duda hace la mejor película de toda su carrera apoyándose en un reparto de ensueño encabezado por los ilustres nombres de Burt Lancaster, Peter O´Toole y John Mills que otorgan una rígida apostura a los inflexibles oficiales que, de tanto querer organizarlo todo, fueron los principales responsables de una desolada derrota, de una arrasada nada, de un heroísmo que pasó de largo para instalarse en los primitivos escudos de una nación zulú que sabía morir y sabía luchar.
Y la vocación de Amanecer zulú, en contra de lo que pueda parecer, no es describirnos una batalla cruel que se prolonga hasta la muerte. Pretende ser un drama de unos hombres que fueron rodeados por los mejores guerreros imaginables y perdieron por los peores jefes que podían tener. No hay simpatía, al contrario que en Zulú, en esta ocasión ni por los británicos, ni por los indígenas. La cámara nos barre el campo de batalla con suma objetividad y nos muestra hechos de la manera más fría posible y, tal vez, en algún momento lleguemos a la irritación por ver cómo unos hombres se dirigen irremediablemente hacia un lago de sangre en medio de un desierto de incompetencias concatenadas.
El desdén, en muchas ocasiones, es el peor enemigo de quien se apresta a combatir. Por eso, tal vez, en nuestros ojos de espectadores habrá una ligera curva de extrañeza al ver una película que nos narra un fracaso en rojo y amarillo para describir un día que se tornó negro. Así que hay que ponerse a cubierto e imaginar lo que sentirían mil ochocientos hombres que se vieron rodeados por más de seis mil guerreros zulúes. Y hacer que la nuez de nuestra garganta se convierta en el ascensor del miedo y dejar que nuestro gaznate sea la arena caliente que salpica los ojos con la furia de unas lanzas que surcarán el aire buscando, a buen seguro, un corazón al que partir. Y cuidado con el juicio, tanto brillo en las casacas y tanta aristocracia entre los galones son los mejores obstáculos para perder y los valientes comenzarán a gritar su alarido de victoria.

martes, 28 de abril de 2009

CARMEN JONES (1954), de Otto Preminger


Quizá ha llegado el momento de cambiar la muleta por los guantes, y el traje de luces por el calzón corto, y el color blanco…vamos a ponerlo negro, y arrojemos la montera aunque caiga boca arriba para calarnos bien los sombreros de ala ancha, y también limpiaremos la arena del coso para convertir ese espacio en un piso de lona con forma de cuadrilátero. Quizá Bizet nunca soñó que su ópera transmutara en un musical negro pero esas cosas pueden ocurrir. En ocasiones el latir de un corazón clásico se convierte en el ritmo cadencioso de una batería sincopada en jazz. Lo que nunca cambia…es el humo que sale de la mirada de una mujer capaz de volver loca a dos hombres para hacer correr arroyos de sangre por culpa de los celos y de la provocación. Eso será igual en una ciudad española que en un villorrio del sur de los Estados Unidos.
Ya desde los títulos de crédito debidos al gran genio que fue Saul Bass, sabemos que nos encontramos ante una película que hecha fuego, que nos hace sudar al ritmo de unas canciones que nos suenan muy conocidas, que mantiene una antorcha eterna por el rugido de un amor que roza peligrosamente lo salvaje. Las imágenes de Otto Preminger, un teutón dirigiendo un musical negro es un signo de lo valiente que podría ser este tipo mal encarado y de peor genio, nos cautivan al salpicar de color un pentagrama de inspiración entre las cuerdas de la lejanía que siempre nos invade al ver un musical. A la cabeza de todo el reparto está una mujer hermosa y potente como es Dorothy Dandridge, verdadera estrella de la función, que nos viste de rojo la mirada en pleno asalto del deseo. Al fin y al cabo, este es un melodrama cantado, un retrato en corcheas de una escala de pasiones, un buen puñado de voces en clave de amor, con dinámica impuesta por un tipo que sabía dirigir muy bien y una solista que cautiva desde su aparición hasta su mutis.
La rutina del delirio se hace imagen en una película que recorre todas las paradas que van desde el exceso hasta la discreción. En todo caso, Carmen Jones es una muestra de lo que se puede hacer con un montón de talento americano negro transformando la letra, aunque no el espíritu, de la historia original de Próspero Merimée y de la música, que no pierde un ápice de su capacidad de hechizo, de Georges Bizet.
Así pues, hay que abrir bien los oídos y escuchar unas melodías que hacen saltar nuestra alma española tamizadas por el espíritu afroamericano. Y luego, al terminar, tienen que preguntarse qué es lo que hace que un hombre pierda la cabeza por una mujer que parece la misma tentación con piernas. La respuesta no está en la película...

viernes, 24 de abril de 2009

INCIDENTE EN OX-BOW (1943), de William Wellman


El áspero nudo de la horca se cierra en torno a las gargantas de unos hombres cuyo único delito ha sido estar en el lugar inadecuado acompañados de unas explicaciones que no convencen a la noche. La ira y la sed de sangre acudirán bajo el disfraz de la justicia para fustigar a los caballos que les dejen colgando en el extremo de una soga. El frío se convertirá en testigo de un crimen tan terrible como el que quieren creer que han cometido y el cónclave de ciudadanos vestidos de violencia se convertirá en un incidente provocado por una miserable partida de asesinos.
De entre todos ellos, siete hombres creen que eso no debería de ocurrir; que establecer una condena irrevocable es labor de quien está legitimado para guardar el orden en un territorio arisco de soledad y aburrimiento. Por eso los revólveres están deseando escupir odio. Por eso los rostros de los perseguidores están repletos de desprecio, de burla y de un falso deseo de hacer parecer que todo es legal. Por eso, la verdadera decisión de uno de esos siete hombres es llevar las últimas líneas escritas por una de las víctimas a un lugar donde habitó el cariño, eligiendo cuidar a quien tendrá que soportar la tragedia del linchamiento y de la pobreza. Ahí es donde radica la auténtica justicia que los mismos hombres se empeñan en cegar. En el entretanto habrá tiempo para observar al viejo loco que muere sin llegar a darse cuenta muy bien de todo lo que ocurre; de ser parte de la angustia de la muerte dejando atrás una vida de callos en las manos y de esfuerzo inútil; de acompañar los cánticos de un hombre de Dios que sabe con certeza lo que es el dolor; de sorprenderse con una mujer de rifle en el costado y de firme determinación; de compadecerse del muchacho aplastado por la autoridad de un padre que cree que los hombres se hacen a base de sangre y fuego; de asombrarse con la ridícula apostura de un ex – militar confederado parapetado en la excusa de una autoridad que nadie le ha dado y que se perdió en el fragor de una guerra; de observar la crueldad ansiosa de alguien que se empecina en igualar la amistad con la muerte...
Western atípico que reflexiona sobre las laderas abruptas de lo injusto, “Incidente en Ox-Bow” es una película dirigida con mano sabia por William Wellman e interpretada desde la neutralidad obligada a tomar partido de un Henry Fonda que en su rostro de héroe infeliz nos expresa todo un cúmulo de contradicciones forjadas bajo el cielo de noches estrelladas y arropadas por las pieles del ganado. Lo más terrible es que, al final, quedamos sumidos en el silencio de la culpabilidad porque, de alguna manera, sabemos que podríamos haber sido uno de los mensajeros de la muerte imperturbable.

jueves, 23 de abril de 2009

LA SOMBRA DEL PODER (2008), de Kevin McDonald


Dejando aparte el hecho de que la palabra “trípode” debe de ser algo malsonante en el vocabulario del director Kevin MacDonald, de que el hecho de que Russell Crowe y Ben Affleck hayan sido compañeros de universidad no se lo cree ni George W. Bush atragantándose con una galleta viendo un partido de fútbol americano y que el argumento se parece peligrosamente a la novela de Raymond Chandler El largo adiós puede que, incluso, alguien piense que La sombra del poder es una película más que aceptable.
Y es que la búsqueda de los renglones de la verdad muy a menudo están manchados con la tinta roja de la sangre de otros, la honestidad en los días de ira y prensa es un concepto tan anticuado como un Saab del 91 y la verdad en la esfera política es sólo un baile de disfraces en el que la mentira se erige como invitado de honor. En todas esas aspas gira el helicóptero de esta historia basada en una miniserie de 6 capítulos de la BBC británica que Tim Bevan, a la sazón productor de varias de las películas de los Coen, se apresuró a adquirir para utilizar esos derechos en una película americana que tiene todo el estilo de una producción británica.
El caso es que lo que sale es una película de cine negro disfrazada de thriller policiaco (no es lo mismo) que peca de alguna información que, de repente, aparece por arte de magia, como los salvadores y siempre irritantes teléfonos móviles sin los cuales los protagonistas no se podrían mover. Y ahí el que mejor habla, se mueve y actúa es Russell Crowe que incorpora a todo un Philip Marlowe moderno, impulsado por la honradez del periodista al que interpreta y que, además, tiene los mejores diálogos de toda la enrevesada trama. La que mejor mira, profundiza e interpreta es ese talento de actriz que es Robin Wright Penn y que es uno de los mayores desperdicios del cine contemporáneo mientras se pierde en papeles secundarios como éste al que, sin embargo, sabe sacar un jugo no exento de belleza que ya se está poniendo amarilla por los bordes. La que mejor grita, se enfada, se vela y se rebela es Helen Mirren que aporta dos o tres escenas de veteranía y autoridad femenina que nos dejan ver brevemente lo gran actriz que ha sido siempre. Lo de Ben Affleck es de traca de feria y, ni de lejos, se acerca a su mejor papel que está en esa pequeñez que fue Al límite de la verdad. Por cierto, como sigamos asistiendo al retrato de congresistas de los Estados Unidos de tal juventud travestida de falacia vamos a tener que echarnos a temblar y refugiarnos en las trincheras de la nostalgia; y la pobre Rachel MacAdams tampoco da la talla en un rol que ofrece una cierta oportunidad de lucimiento pero que ella arroja por la ventana dando un recital de sosería disfrazada de flema.
No cabe duda de que en la estructura de un guión llevado con un cierto vigor tiene algo que ver Tony Gilroy, llamado a última hora porque estaban obligados a condensar en muy poco tiempo seis episodios de enorme éxito y consigue que se pase un rato entretenido, intentando vislumbrar lo que se teje tras la tupida oposición contra la privatización de la guerra (ya se sabe, la guerra es el mayor negocio del mundo, con miles de millones de dólares al año) y uno disfruta con las réplicas de Crowe y, de vez en cuando, hasta se dibuja una sonrisa bañada en ironía mientras uno se dice a sí mismo que le gustaría ser tan agudo en algunas ocasiones. Pero cuando pasa el rodillo de los títulos de crédito, yo no pude evitar tener la sensación de que lo que había visto ya lo pude leer en otra parte quitando ciertos ropajes de lujo y de altas esferas. Y es que intenté decir adiós, excepto a los políticos. No se ha inventado la manera de decirles adiós definitivamente...



miércoles, 22 de abril de 2009

CON ÉL LLEGÓ EL ESCÁNDALO (1960), de Vincente Minnelli


En la excelente biografía de Robert Mitchum escrita por Lee Server Olvídame, cariño, se detalla con minuciosidad la aportación que el actor hizo a esta película. Contribuyó a desarrollar uno de esos personajes que parecen más grandes que la vida e hizo que los demás actores, y en especial George Peppard, estuvieran entonados en la misma intensidad en la que él actuaba. Minnelli aprobó todo lo que estaba haciendo sencillamente porque “nunca había trabajado con un profesional tan serio y tan bueno”. El resultado es una de esas películas que nos hablan de la imposibilidad del cariño en un entorno de poder, un cruce de sentimientos que son sometidos por toda una serie de intereses y una película que, sin dejar de llevar el sello Minnelli, lleva también la firma de un actor que nunca ha sido suficientemente apreciado.
Siendo un estudio del inaceptable comportamiento de un patriarca adinerado, la historia nos lleva por colores que se alejan de maniqueísmos. Un hombre puede ser bueno y, sin embargo, hacer cosas malas. No hay personajes cortados por un patrón preestablecido. Lo que hay es una serie de corrientes que chocan en una tortuosa encrucijada en la que el sentimiento se convierte en enemigo del pensamiento, en la que lo que se debe hacer no es lo que se puede hacer y en la que el amor por los más cercanos nunca es un obstáculo para la ambición. Y por el sendero de la decepción nos encontraremos con sorprendentes giros argumentales, con cartas boca arriba que creíamos escondidas al final del mazo y ante unas cuantas imágenes de esas que supuran sudor, símbolo agotado del cariño buscado en brazos de un padre proteccionista que no es más que una alienación de tu propia personalidad. Viendo la película no es difícil emparentarla con películas como Dulce pájaro de juventud o La gata sobre el tejado de zinc, ambas de Richard Brooks o, incluso, con El largo y cálido verano, de Martin Ritt. Es lo que tiene dejarse la piel bajo la sombra alargada de un personaje que domina todo, hasta el escándalo.
Tampoco hay ninguna duda de que, además de recorrer los exactos grados, minutos y segundos de la sombra de un hombre que personifica el poder y la gloria, Minnelli no duda en hacer un retrato social de la época, en el siempre difícil Sur de los Estados Unidos. Un aviso sobre la cerrazón recaída sobre unas sensaciones a las que se ha echado la llave para no abrir cuando hay otros intereses en juego.
Es tiempo de ponerse algo fuerte para beber si vamos a hacer frente a un hombre que es más salvaje que nosotros. Cada vez que la bebida nos arañe la garganta estaremos un poco más cerca de sus zapatos y tendremos más ganas de coger una de esas armas que cuelgan de sus paredes para hacerle ver que la cabeza suele ser un cazador de corazones. La aparente solidez del poder es sólo ese cubito de hielo que se niega a sumergirse en el lago donde sorbemos toda la frustración que nos persigue.

martes, 21 de abril de 2009

EL TERCER HOMBRE (1949), de Carol Reed

Una media sonrisa iluminada por la luz de una ventana traidora, un gato con querencia a unos zapatos con cordones y la certeza de que, en medio de la cloaca de una vida, es mejor que el disparo que acabe contigo provenga de la mano de un amigo...En medio de toda esta fascinante premisa, tu mejor amigo cae rendido ante una mujer que, de puro negro, pasa de largo. Al fin y al cabo, encontrar al tercer hombre puede ser tan difícil como hacer que una noria gire con la amenaza en el aire.Los dedos como gusanos respiran el aire exterior a través de una rejilla, la sombra que corre es la que permanece y esfumarse en medio de los adoquines empapados puede ser tan sencillo como dejarse una puerta abierta.El dilema de la traición tiene el precio de amar, la justicia en contra del sentimiento adulterado. El mismo que hace que se olvide a una mujer con la facilidad con la que se golpea rítmicamente una melodía en el cristal mientras la cítara desgrana las juguetonas corcheas. Una media sonrisa...una media sonrisa al ver de nuevo al amigo que lo hubiera dado todo por ti...excepto la integridad de ser un hombre al borde de la ruina y que aún confía en cosas trasnochadas como el amor, la pasión, la justicia, la amistad...Harry...la amistad...Y por debajo de la ciudad ocupada, las alcantarillas sitiadas. Túneles sin fin, ecos acuciantes, el agua en virtuosa cascada cuando lo que hay es la pura nada. Catacumbas de la turbiedad, corredores de entradas en obturador, ladrillos desnudos y testigos de la caza que, por momentos, son almohadillas donde se incrustan las balas perdidas de quien corre hacia la prisión de los sentimientos custodiados por la ambición. La tiniebla donde las voces, ladridos de jauría, acosan a la presa, se convierten en una espera a plena luz donde el premio, el único premio, es la soledad.Contar los hombres que transportaron un cadáver es la muerte para el que habla en una calle donde hasta un niño puede acusarte de asesinato. Mundo inseguro. Sensaciones inciertas. Trémulas decisiones...Pero...¿quién mató a Harry?...Dímelo tú, Holly...