viernes, 29 de mayo de 2009

PERROS DE PAJA (1971), de Sam Peckinpah

Entre los muros de piedra vista de una casa rural se halla una fiera encerrada y dormida en el plácido sueño de la mansedumbre. No parece importarle la crueldad ajena o el desaforado intento de su pareja para llamar su atención. Tan sólo pestañea, se revuelve un poco como dando por normal la villanía contra el forastero y prosigue en el cómodo refugio que se ha construido a prueba de risas y maldades y a base de fórmulas matemáticas. Una partida de caza, la variable que rompe la ecuación, servirá de excusa para profanar su santuario. Sólo la ira contra el débil hará que desaparezca el letargo y las fauces se conviertan en una cueva sedienta de sangre y brutalidad.
La violencia implícita dentro del ser humano es uno de los temas centrales de la obra de Sam Peckinpah. Es parte de nosotros, igual que nuestras manos, nuestras piernas o nuestra mirada y es un músculo temible que sólo dejamos salir cuando lo necesitamos, cuando nos sentimos acosados o cuando la sangrienta realidad nos lleva a no poder vivir sin ella. Pero está ahí, latente. Incluso en la torpe nada de quien no quiere implicarse salvo cuando la injusticia salpica a las laderas del alma. Provocar es medir el grado de la respuesta. Y en ocasiones, la respuesta puede ser tan despiadada que llega a ser monstruosa.
La fortaleza de la defensa puede convertirse, en el transcurso del combate, en el encarnizamiento cruel del ataque. La violencia brutal es consecuencia de una venganza largamente reprimida por la lógica matemática. Nada es casual en esta historia. Todo es un disparo a bocajarro que nos vuela las entrañas para destrozar lo que creemos ser. Y es que mirarse en el espejo deformante que delata la vileza de nuestra condición humana siempre es doloroso, porque llegamos al convencimiento de que matar es fácil y que sólo basta con proponérselo.
Así, y sólo así, se deshacen los perros que están hechos de paja, que basan su superioridad en el juego de una humillación que es pura fachada, simple apariencia. Y es que prenderles fuego y dejar que todo se queme no deja de ser un acto de justicia muy poco poética…
"Perros de paja", de Sam Peckinpah, preludio de una era que disolvió la inocencia del esfuerzo de pensar en ríos de sangre y, por eso, fueron augurios de maestría en medio de un público que no quiso creer, en aquella época, que todo eso algún día fuera a pasar…

jueves, 28 de mayo de 2009

GOOD (2008). de Vicente Amorim

Alguien me dijo una vez que “la cultura protegía de la manipulación”, algo que es absolutamente cierto en los tiempos que corren pero que se convierte en una frase premonitoria del peligro cuando la propia cultura forma parte de la manipulación. En esta ocasión, un hombre apenas responde con un silencio cuando se le obliga a suprimir a Marcel Proust de su clase de Literatura Francesa y acaba recogiendo las lágrimas que nunca derramó cuando escucha la música de Mahler para apagar los gritos de los perseguidos.
Y es que los intelectuales sirven de soporte del poder cuando hay prosperidad en sus carreras. Tal vez eso sea algo muy evidente en la Alemania nazi pero también puede ocurrir en las democracias de nuestros días. Primero, el silencio. Después, un débil asentimiento. Más tarde, un sí tímido. Luego, una obligación impuesta para lo innombrable. El descenso a los infiernos se va completando al igual que se van esbozando con aviesa precisión las puntas de la svástica, símbolo del movimiento, del estar siempre en marcha con un rumbo determinado. Y el hombre que empezó con un silencio se convierte en un Comisario de Propaganda del Reich que esconde las intenciones del horror bajo el protector manto del razonamiento filosófico.
Así, lo que él cree que es bueno simplemente porque proviene del poder establecido, no es más que una cámara de torturas de la que él está formando parte y que destruye a amigos, a vecinos, a hombres que combatieron a su lado en la Primera Guerra Mundial. Y no cae, dentro de su intensa intelectualidad, en que el bienestar de las minorías nunca puede superar al bienestar de las mayorías y en que la libertad individual puede que esté por encima de los derechos de los pueblos. Tal vez porque la libertad es algo inherente al ser humano y los derechos son preceptos impuestos, coartadas triviales revestidas de importancia,
Vicente Amorim, austriaco de nacimiento, brasileño de adopción, dirige esta película con una deliberada sobriedad para sorprender con un complicadísimo y virtuoso plano-secuencia final donde nos damos cuenta de que esa conciencia que, muy a menudo, nos avisa con una melodía o con cualquier disfraz de arte del peligro de integrarse en un sistema injusto, puede convertirse en una dolorosa realidad. Ya no hay rutas, ni caminos empedrados de mentiras y traiciones. Sólo resta la pena. Sólo queda el dolor.
Centro y dirección de la película, Viggo Mortensen encarna a este profesor que va haciéndose parte de un sistema que teme y consigue transmitir momentos de verdadera indecisión, de no saber qué hacer cuando se presiente que es el acento del origen del miedo y salda con sobresaliente una actuación de no-héroe apagado, alguien con el que nos resulta imposible identificarnos pero que nos hace preguntar de una manera muy turbadora si nosotros nos comportaríamos como él en una situación donde no le queda más remedio que subir o tocar fondo.
No es una película fácil. Carece de acción y muchos de sus pasajes tienden a la morosidad pero los efectos especiales tienen que producirse allí donde se tejen nuestros pensamientos. En ocasiones, incluso resulta un poco árida pero el vértigo donde deseamos una reacción del protagonista tiene que introducirse en nuestras entrañas, ésas donde anida la certeza que nos repite una y otra vez que los intelectuales, los hombres que se niegan a someter su inteligencia a los dictados de la ambición, tienen el poder de decir que no, de negar lo injusto, de protegerse a sí mismos y a los demás de la manipulación que sólo sirve a unos cuantos intereses. Al fin y al cabo, pecar con el silencio cuando se debería protestar, convierte a los hombres en cobardes.

miércoles, 27 de mayo de 2009

EN EL CALOR DE LA NOCHE (1967), de Norman Jewison

Eres negro. Estás de paso. En tu maleta no olvidaste nada, aunque no te está permitido llevar derechos. En la cara, tienes grabada tu condición de sospechoso. No puedes hablar porque el despotismo racista te amordaza. Tu valía ni siquiera se sabe. Sólo se supone. Y lo que se supone es que mereces ver la vida cuarteada por los barrotes de una celda…de una jaula. Cuando el hombre blanco te pide ayuda, te obligan a colaborar. Y hazlo bien, Virgil, porque si no la sospecha será de negligencia o, incluso, de venganza. De ansiedad, o de revancha. Cuando tu mente sobrepasa la suposición por el color de tu piel entonces sólo puedes ir hacia delante porque lo único que te queda es la comparación de la inteligencia. Y así y sólo así puedes demostrar que estar en el lado correcto de la ley no es una cuestión de pigmentación. Es cuestión de pobreza, sí. Es cuestión de marginalidad, también. Pero, sobre todo, es cuestión de maldad y en eso…en eso, al menos, los blancos y los negros somos iguales.
Eres blanco. Vives allí, en Sparta, Mississipi. Te han colocado en tu puesto porque nadie te considera demasiado inteligente. Eres cómodo para los poderes fácticos de un pueblo orgulloso de su propio provincianismo y ambicioso de su propio orgullo. Cuando ocurre algo, lo que esperan de ti es un caso cerrado. Coge al primero que veas. Ve lo que quieras ver. Pero déjanos en paz. Cuando te pusimos ahí, nos ahorramos un buen puñado de problemas. No te necesitamos. No te queremos. Sé gris. Sé vacío. Pero tu perseverancia es peligrosa. No deseamos que tengas amistades, te pueden meter ideas raras en la cabeza. Como buscar justicia. Como hacer la vista gorda con un maldito negro. No dejes de mascar tu chicle y tragar tu coca-cola. Preocúpate del aire acondicionado porque, aunque no lo sepas, estás en el infierno. Y estás muy acostumbrado a vivir en él porque las bestias pasan junto a ti y tu reacción es la de alguien que sabe perfectamente cómo tratarlas. Ese eres tu, Gillespie.
Tal vez merece la pena pararse un momento y pensar que el día, cuando llega la noche, también se vuelve negro y que el crimen o la inteligencia no es una cuestión de raza. Verdades de cajón que, en demasiadas ocasiones, son olvidos de locura. Yo dejaré, una vez más, la toalla a mano porque en la oscuridad se suda mucho para atrapar a un asesino que anda bajo el color del día…

martes, 26 de mayo de 2009

AMÉRICA, AMÉRICA (1963), de Elia Kazan

A primera vista podría parecer que esta película parte de la propia biografía del director de origen turco Elia Kazan, pero no. Esta vez, el director que fue capaz de llevar al cine el método de actuación en el que se basan los más grandes actores de la segunda mitad del siglo XX, se decidió por contar la historia de su tío y las enormes penalidades que tuvo que pasar para poder embarcarse a esa tierra de sueños incumplidos, pero de esperanzas sin nombre que hizo que, al final, toda la familia Kazanjoglous se pudiera trasladar a América…América…
Película de gran duración que nos habla de una odisea no sólo personal, sino también íntima a través de un actor de muy limitados recursos como Stathis Giallelis, “América, América” es un gran fresco, de aridez secante, sobre la inmigración, sobre las condiciones penosas de una vida que no se quiere vivir, sobre la persecución de la felicidad, sobre un viaje que se nos antoja, en ocasiones, cósmico pero en la que se nos revela, de manera realista, lo grande que puede llegar a ser el alma de un hombre cuando persigue sin descanso aquello que desea con todas sus fuerzas. Ya no es una cuestión de supervivencia, es una cuestión de orgullo, de intentar ser más cuando el mundo empuja a ser menos. No importa el sufrimiento, no importa la espalda doblada, la penuria de un primer periplo totalmente desafortunado, no importa tener a una familia mirando a muchos kilómetros de distancia. Importa ser, importa llegar…
Con estilo deliberadamente neorrealista, Kazan hizo la que es, posiblemente, su película más personal colocándonos en medio de la sonrisa de Anatolia que sólo busca ser acompañada por unos ojos que se iluminen con la vista de la Estatua de la Libertad…Libertad…América…América…eso es el viaje para Stavros, el personaje protagonista.
Hay que destacar la música que tan bien sabe imprimir nuestro viejo conocido Manos Hadjidakis y la fotografía sin énfasis de Haskell Wexler, uno de esos grandes trabajadores de la profesión que aún sigue en activo. Lo cierto es que “América, América” es una muestra de un calvario, algo en lo que se cree y si no se cree, mejor abandonar. Una película en la que, además de narrarnos los intentos por intentar huir de lo prohibido en una tierra olvidada, también se nos cuenta la construcción de un hombre que tiene que esforzarse por alcanzar su meta, sin rendirse, sin sentirse vencido aunque se hinque de rodillas en el más duro de los suelos. Una historia de superación personal a través de unos años que se nos revelan en el marco de cómo se hizo un héroe para una familia que sólo buscaba pan y trabajo.
Elia Kazan tuvo serios detractores por culpa de su delación ante el Comité de Actividades Antiamericanas del tristemente célebre Senador McCarthy, pero no hay que dejar nunca de reconocer el talento para quien lo tiene en sus manos. Y Kazan rara vez dejó de tenerlo. Por eso, no hay que dejar de amar…ni dejar de perseguir lo que más se ansía...Muchos de aquellos que le hemos acusado quizá actuaríamos de la misma manera por no dejar de poseer todo lo que hemos soñado...¿o no?

viernes, 22 de mayo de 2009

CIEN AÑOS DE MANKIEWICZ


Durante el rodaje de La huella, el operador de fotografía Oswald Morris recibió un Oscar por su trabajo en El violinista en el tejado, de Norman Jewison. Al día siguiente, apareció con la estatuilla en el plató y Mankiewicz ordenó que se colocara la cámara en determinado lugar. Morris le contradijo diciéndole que estaría mejor en otro sitio y el director le espetó señalado el Oscar: “Mira, yo tengo cuatro como ése y la cámara se pondrá donde yo diga”.
A pesar de inspirarse directamente del teatro, es un director que tocó todos los géneros con el arribismo como tema común a todos ellos, pues pasó de la comedia al western; del drama al espionaje pasando por el musical con una naturalidad casi pasmosa pero siempre con un tono irónico que favorecía sus películas. Ahí está la crítica social y enormemente divertida de El mundo de George Apley; o su reverso dramático con acompañamiento racista y aleccionador de la maravillosa Un rayo de luz; o esa soberbia comedia de intriga de título The honey pot y que aquí en España se llamó desafortunadamente Mujeres en Venecia; o el atípico Oeste de bondad abiertamente corruptible como es El día de los tramposos; o, por supuesto, la magnífica adaptación teatral del texto de Anthony Shaffer, La huella, película con todo su reparto nominado al Oscar, como él orgullosamente proclamaba.
Sorprende ver dentro de los títulos de su filmografía una película como Cleopatra, de la que él nunca quiso hablar como queriendo olvidar los terribles problemas que tuvo durante su rodaje incluido un infarto del que salió a duras y penas y que, sin embargo, se revela como una película de una sensibilidad excepcional, con un atrevimiento erótico elegante y seductor, una delicada dirección de actores con el acento puesto sobre un formidable Rex Harrison y una asombrosa y exquisita técnica en la composición de planos de masas. Fue su gran fracaso y un gran error el desprecio de la crítica.
Como seña de identidad de sus películas, introdujo la narración desde el punto de vista de varios personajes y lo hizo con un magnifico ensamblaje en la historia dando como resultado obras maestras del calibre de Carta a tres esposas, o la maravillosamente desequilibrada La condesa descalza que constituyó uno de los mayores éxitos en la carrera de Ava Gardner y un recital interpretativo bajo los rostros nostálgicos de Humphrey Bogart y Edmond O´Brien.
Otra obra maestra de su carrera sería la casi desconocida Odio entre hermanos traslación acertadísima de El rey Lear, de Shakespeare o también su Julio César haciendo gala de una enorme valentía al otorgar el papel de Marco Antonio a Marlon Brando que, en versión original, gana muchos enteres y en la que Mankiewicz dirigió férreamente a Brando en ese discurso en las escaleras del Senado en el que le indicó exactamente cómo pronunciar y acentuar las palabras en el momento más culminante de la película.
Ahí está el arribismo feroz en ese retrato psicológico de un despiadado agente secreto en la excepcional Operación Cicerón, o el romance de un fantasma con una mujer de evidente atractivo en El fantasma y la señora Muir, o los abismos de la locura que intenta hacerse un sitio entre el olvido de la brutalidad en De repente, el último verano; o el retrato de un médico lleno de humanismo y ética en Murmullos en la ciudad...Pero Mankiewicz quizá haya pasado a la historia como el hombre que dirigió Eva al desnudo, la mejor película jamás realizada sobre el mundo del teatro, con un perfilado de personajes tan preciso como la subida de un telón y una dirección de actores que rebañaba todos los recursos posibles. Y además de Bette Davis y Anne Baxter, uno se queda siempre con ese Addison de Witt, el cínico crítico teatral que nunca dejará de tener el rostro de George Sanders.
Como él dijo en cierta ocasión:
“Todavía hay muchas cosas que me quedan por leer. Podría morir desgraciado por no haber leído más, ni haber conocido o comprendido mejor lo que me interesa y más me gusta del mundo, es decir, el teatro. El teatro que interpretamos en el escenario, el teatro que proyectamos en la pantalla y el teatro de la vida cotidiana, que encarna los conflictos y las relaciones entre hombres y mujeres que emiten ruidos inteligibles y no gruñidos. Aparte de eso...no tengo gran cosa que ofrecer”.

Y la sala, con el telón cerrándose, se puso en pie para hacer sonar una gran ovación.

jueves, 21 de mayo de 2009

ÁNGELES Y DEMONIOS (2009), de Ron Howard

“La Biblia es un libro, y un buen libro, pero no el único libro”, decía Spencer Tracy en la absolutamente maravillosa La herencia del viento y en estas palabras se podría resumir todo el centro del argumento de Ángeles y demonios, adaptación literal de la novela de Dan Brown (que, dicho sea de paso, es bastante mejor que El código Da Vinci) y que nos hace visitar Roma siguiendo el sendero luminoso de Dios creyendo que la ciencia es el mejor camino para explicar las oscuridades de la fe.
Y es que, según San Agustín, “la fe no necesita pero acepta ser explicada por la razón” y esta máxima, tan aplicable a nuestros tiempos de tecnología y descreimiento es demasiado despreciada por la Iglesia. Al fin y al cabo, la Iglesia está formada por los hombres y no deja de ser algo tan falible como una multinacional que comercia con las creencias. Como no podía ser menos, dentro de tal empresa, hay ambiciones, traiciones, intentos de remover las entrañas de la existencia de Dios con trucos de ateísmo exacerbado y disfrazado de ciencia y el resultado es un engaño, una serie de cartelería espectacular en la que el protagonista nunca aparece, hay que creer que está ahí.
Dentro de una simpleza de tal calibre, Ron Howard dirige con oficio, traslada con eficacia el libro a la pantalla (aquí no se puede decir aquello de “me gusta más el libro” porque es exactamente igual salvo por el hecho de que el original es una precuela y la película se confiesa directamente como secuela) e imprime dinamismo a raudales, tanto que los personajes no importan, las motivaciones llegan a ser secundarias y nos quedamos en el desnudo cuadrilátero del Vaticano asistiendo al combate singular y un tanto absurdo de la ciencia contra la fe.
Tom Hanks, que comienza a ser perro viejo, intenta conferir una cierta intensidad al personaje en los primeros compases pero cuando apenas se ha ido al desarrollo no es más que un niño que va de un lado a otro corriendo como un descosido jugando desaforadamente a la gymkhana, descifrando enigmas y sin dar puntada sin hilo y, por supuesto, acompañado de la chica de turno con la que se evita el romance, no vaya a ser que se pierda el ritmo.
Eso sí, pasan muchas cosas muy deprisa, la “Ciudad Eterna” es pateada hasta que los adoquines dicen basta, la Iglesia es presentada como una institución donde predomina el oscurantismo y en la que los hombres de bien apenas son escuchados mientras que los científicos son probetas en continuo movimiento, voz de la razón, ateísmo tolerante, Galileos modernos que no dudan en hacer actos de fe desde las posiciones de sus propias creencias...Y los que tienen el lío, claro, son aquellos que se empeñan en imponer la ciencia a Dios para que, luego, la vuelta de tuerca queme más que un hierro al rojo. La maldad también habita en la púrpura...
En esencia, Ángeles y demonios no es ni mejor, ni peor que muchas otras películas que hablan de una Iglesia interesada y fundamentalmente corrompida Tal vez, los hombres de Dios son los que intentan por todos los medios encontrarnos alguna razón explicable por la que el Altísimo puede llegar a existir...pero esa es una de las grandes dudas que han azotado al ser humano desde mucho antes de que el cine fuera una realidad imaginada. Y a Ron Howard le interesa mucho más la aventura que el motivo.

miércoles, 20 de mayo de 2009

LAS NORMAS DE LA CASA DE LA SIDRA (1999), de Lasse Hallstrom

Sentir que se es rey cuando no se tiene nada. El regocijo de la risa ahogada en la almohada. El vacío llenado con el dolor de unos puños mordidos. La alegría de unos ojos posados sobre ti. El regalo de un corazón enfermo fotografiado en blanco sobre negro. El descubrimiento homérico de un mundo más cruel que un buen montón de fetos abortados. La seguridad de que se hace el bien por encima de la más infecta de las chapuzas sanitarias. Engancharse al éter para olvidar que nacer es morir y que morir es no nacer y que la muerte suele ser una esencia de cristales rotos. Aprender, no dejar nunca de aprender, que las normas no suelen estar escritas, que lo correcto no suele ser ley y que actuar contra ti mismo no es sinónimo de derrota. El amor, a menudo, es una puta caprichosa que te hace subir a una nube para hacerte caer de golpe. Dickens. “Si mi vida es digna o no de ser contada, es algo que sólo estás páginas podrán aclarar…”. Nada muere si no muere la ilusión. Por eso, esa despedida principesca en el preludio de la oscuridad, allí donde los pensamientos comienzan a ser certezas y los reyes se dan cuenta de que el cariño no se hizo para ellos en un mundo que prefirió abandonarlos. Niños abandonados. Almas que vagan por la nieve a la espera de un bolazo en plena cara. Ojos que buscan por qués y cuándos pero nunca quiénes. La paz es el dominio de los párpados cerrados mientras un día más se escapa. La sidra de la vida se escancia en la experiencia, se bebe, se degusta, se enfurece, se tranquiliza…viaja por el paladar del descubrimiento y se introduce en el camino para llegar a la encrucijada de lo que hay que hacer aunque ello no sea legal. La norma. Las normas. Lo normal.
John Irving escribió esta novela sobre la ética de la verdad y de la norma que no siempre sirve. Años después, Lasse Hallstrom la llevó al cine con el título de “Las normas de la casa de la sidra” y allí donde sólo los actores inmortales pueden llegar, Michael Caine fue niñera y orfanato de nuestro corazón siempre abandonado…y lo hizo para tranquilizarnos con ese “Good night…you, Princes of Maine…you, Kings of New England” que hizo que la lágrima tirara de nuestros labios hacia arriba para dibujar la sonrisa de quien se siente grande tan sólo por unos instantes. Y así fue cómo yo me sentí cuando comprobé que siempre hay un relevo para quien construyó los cimientos de unos cuantos corazones eternos.