viernes, 29 de octubre de 2010

BUENOS DÍAS, TRISTEZA (1958), de Otto Preminger

Hay un paraíso en algún lugar entre las rocas. Un sitio donde una hija que ya florece en los albores de la juventud y en el ocaso de la adolescencia, puede expresar plenamente el amor que siente por un padre. Allí están solos, sin nadie que les pueda molestar. Sólo la casa, el cielo, el mar y ellos. Todo es sugerido, nada es evidente. Es como permanecer justo en esa línea del horizonte donde parece que la tierra se junta con el infinito. Estar en la frontera. En la franja de nadie. En el limbo que prolongue un cariño que va más allá de lo permitido.
De pronto, aparece un elemento que lo desequilibra todo. Es una mujer con clase, de cierta elegancia, de belleza contrastada. Parece que es la hija con treinta años más. El padre comienza a mirar hacia otro lado. Ya no hay horizonte. Ya no hay la fresca brisa que se estrella en el rostro y limpia el pensamiento. Dos son compañía y tres son multitud y alguien comienza a sobrar. La tristeza comienza a aparecer cada mañana porque nadie quiere ser cruel. Nadie quiere herir a otro, pero la naturaleza humana es depredadora, es una fiera que, a veces, salva los barrotes y araña mortalmente al que está al otro lado. La falta de madurez puede ser un atractivo. La falta de madurez puede ser el principio del error.
Otto Preminger quiso insistir en temas espinosos durante una buena parte de su carrera. Con Buenos días, tristeza saltó las limitaciones impuestas por la censura a partir de la novela de Françoise Sagan y lo hizo con su inteligencia habitual. Sólo hay que sugerir para que el espectador piense. Sólo hay que pensar para que el espectador suponga. Algo tiñe de oscuro el rosa de cada amanecer y lo que es una historia de amor mostrada sin maldad se convierte en la oscuridad de unos celos que no dejan vivir pero que tampoco son tan nítidos bajo la luz del sol.
Y es que en el fondo, más allá de lo prohibido, el amor siempre es el centro de las emociones por las que respira el mundo. Una ventana hacia la inmensidad se puede cerrar para convertirse en un límite para el corazón. Y el pobre David Niven, lleno de esa elegancia natural en él, tiene que elegir entre la inmadurez de Jean Seberg o la serenidad avasalladora de Deborah Kerr. La tristeza dice buenos días. La libertad con que se sueña, tarde o temprano, siempre dice buenas noches.
Así pues, con la objetividad de unos espectadores que sienten peligrosamente cerca el filo de la incomodidad sentimental, es hora de juzgar los conceptos, de encerrar prejuicios y sacar brillo a la mirada. Las dos nos conquistan y la elección no tiene interés porque se sabe de antemano. El destino es el que construye los caminos y se convierte en el inapelable juez de los comportamientos de cada cual. Es la trayectoria propia hacia la madurez la que hace que conozcamos los castigos a los que nos somete la existencia. No hay muchas más leyes para seguir. Sólo estirarse, sentir el frescor de las sábanas en una suave mañana al borde del mar y susurrar un deseo para la tristeza.

jueves, 28 de octubre de 2010

STONE (2010), de John Curran

Tomando como premisa argumental el mismo punto de partida que se planteaba en La huida, de Sam Peckinpah, nos encontramos ante un retrato grisáceo de la vida de un funcionario que no sabe si es feliz, no porque no lo sea, sino porque ni siquiera se ha hecho la pregunta. Alrededor de él, se ha construido un muro insalvable de silencio e introversión y, durante toda su vida, cree que ha estado dentro de los límites de la rectitud por la sencilla razón de que nunca ha quebrantado la ley.
Y así, en un argumento que va con nitidez hacia la deriva, se nos cuentan cosas como el rechazo al radicalismo de una iglesia cada vez más delirante y absorbente, el encuentro con un preso que descubre la manipulación como arma contra la inteligencia y la certeza final de que, aunque se haya vivido con la creencia de que se ha actuado de forma irreprochable, la rectitud no es más que un fugitivo que se viste con mugrientos harapos para no parecer que mendiga algo a la existencia.
Es entonces cuando nos encontramos con la paradoja de que el tipo que decide si recomendar la libertad condicional a un individuo, es un delincuente moral de cadena y bola; y el tipo al que tiene que soltar resulta que, a pesar de que ha hecho auténticas barbaridades, piensa que ha hecho lo correcto, lo único posible y que, a través del horror, ha encontrado el genuino sendero de la purificación.
Con todo este entramado, llega un momento en que nos da exactamente igual lo que le pase a uno y a otro y algo en nuestro interior, nos invita a saltarnos la ley del cine y salirnos antes de los créditos. No cabe duda de que un actor como Robert de Niro siempre es eficaz aunque en esta ocasión esté lejos de lo magistral y sabemos que domina el arte de la mirada como muy pocos en la historia del cine; que Edward Norton cumple sin más y que no acaba de encontrar el tono adecuado al personaje y que Milla Jovovich nos presenta uno de los personajes femeninos más irritantes de los últimos años caminando por el borde de la bobada y tropezando peligrosamente en el abismo de sus labios rojos como el pecado. Y no hay más. Lo que empieza de una forma prometedora, se trunca porque la película se estanca sin salidas pues John Curran, el director, se ha encargado cuidadosamente de tapar todos los agujeros de desenlace posible y la película carece de él, igual que podría haber carecido, para nuestro solaz, de iniciativa para hacerla.
Y es que es muy difícil saber encontrar el matiz adecuado para inundar al público de tanta vida gris y sin sentido, de tanta mazmorra comunicativa y de tanta frustración acumulada en unos vasos de whisky que, de tanto usar, ya comienzan a tener el cristal amarillento. Más allá del porche, sólo hay una oscuridad que ni siquiera se tiene interés en penetrar y lo prohibido comienza a ser la propia conciencia que, a pesar de tener muchas razones para estar presa, se ha movido en libertad porque la injusticia es una condición inherente al hombre. El bárbaro debería estar preso. El torturador moral, también y, sin embargo, no hay delito en ningún código contra el que reprime voluntades ajenas y esclaviza sentimientos con la violencia del chantaje más fácil. No se puede centrar el núcleo de una historia en unas cuantas conversaciones con el diablo para darnos cuenta de que una mesa puede ser el mejor de los refugios. Que suenen los barrotes. Un preso abandona la prisión. Que se cierren las puertas. Un hombre que ha creído siempre cumplir con su obligación, no puede abandonarla. Y mientras tanto, el bostezo ya es la mejor compañía para quien ha tenido la paciencia de esperar hacia dónde va tanto desatino narrativo y tanta piedra en el corazón. Piedras huecas. Piedras de nada. 

miércoles, 27 de octubre de 2010

LA MUJER PANTERA (1942), de Jacques Tourneur

¿A qué se tiene miedo? Se tiene miedo a la oscuridad, a lo que no se ve. Así de sencillo y así de genial. Ésa fue la fórmula de Jacques Tourneur para hacer una película como La mujer pantera, de clara serie B, cuando vio los ridículos disfraces que le proponía la sección de vestuario. Decidió no mostrar nada pero sugerir todo. El público tenía que poner el resto con su imaginación. El resultado fue el nacimiento de una obra maestra del cine fantástico que aprovecha su originalidad para dar un repaso al felino carácter de una mujer que se convierte en pantera cuando se excita sexualmente, lo cual la hace tremendamente peligrosa en casos de celos y llantos. Extraordinaria es esa secuencia en que ella llora amargamente y le alcanzan un pañuelo para devolverlo hecho jirones. No se puede decir más con menos. No se puede sacar más partido a la limitación presupuestaria. Tourneur era un maestro, un hombre que sabía sacar oro de debajo de las piedras y nos dejó un puñado de obras de arte que merecieron perdurar en la historia como sombras apenas vistas y reflejadas en la pared de nuestras memorias.
Una pantera, una mujer, marca claramente su territorio para que no se acerque nadie al hombre que ama. Si alguien traspasa las fronteras de sus dominios, entonces se enfrentará a la ira de una fiera indomable. Será difícil de cazar, será imposible de atraer, incluso se revolverá contra quien quiere forzarla torpemente. Sus uñas están afiladas hasta el arañazo mortal. Sus dientes delatan la búsqueda de la carne que estorba sus propósitos. Y aún así, debajo de la sombra de su piel, de la negrura de su pelo, late el corazón de una mujer que ama, llora, siente y pelea por lo que cree que es suyo. Parábola inteligente sobre el carácter femenino, Tourneur rinde homenaje así a todas aquellas panteras que no se rinden nunca, condición implícita en cualquier mujer. Así, los hombres son vistos como débiles y manipulables, movidos por la obsesión sexual, hábilmente sugerida, sin más cerebro que el de un comparsa de selva que sigue a la hembra dominante en sus pasos haciendo creer que, realmente, quien marca el liderazgo es él, incautos que caen bajo las zarpas mortales de las auténticas bestias salvajes, plenas de inteligencia y fuerza, de belleza y oscuridad, de mucha oscuridad.
Así pues, señores, tengan cuidado. Al lado puede que tengan a su pareja cogiéndoles del brazo mientras ven esta película. Si en algún momento llegan a notar cómo se van clavando las uñas en sus venas, desconfíen. Están marcando el territorio. Están dando un aviso de amor pero también de temor. Están afilando sus garras de mirada transparente con ustedes así que yo no osaría llevarles mucho la contraria. Mímenlas. Se lo merecen. Saben desenvolverse en la selva y sobrevivir. ¿Creen que con ustedes no lo harán? Están muy equivocados. Son valientes y osadas. Son perseverantes. Son inquietud adornada de hermosura. Son pura excitación que no debe ser rechazada. Son mujeres. Son panteras. Llevan el peligro en sus ojos. Mírenlas.

martes, 26 de octubre de 2010

NUEVE VIDAS (2005), de Rodrigo García

Con admiración para las mujeres que esta noche van a intervenir en el programa "Conversacines" de Radiópolis Sevilla.

Cautivas de las relaciones que las definen y las sostienen, nueve mujeres afrontan, con el silencio instalado, las trabas y decepciones que les depara la vida. En una serie de viñetas encerradas en el tebeo de la existencia que delatan emociones muy intensas en estrechos espacios de la mente, no hay trama real sino diálogos de vida. Es difícil de ver, pero es muy profundo el retrato femenino que Rodrigo García se atreve a hacer poniendo a la mujer como un ser hecho de fuerza y que desemboca en unas cuantas historias de atajos cruzados, de conectividad casual y de aislamiento de decepción. No pierde en ningún momento su toque de cariño hacia todas ellas, incluso cuando revela sus debilidades. Hay compasión por sus angustias y eso hace que todas nos resulten extrañamente familiares, como si ya nos las hubiésemos encontrado antes. No sé, quizá en un lugar de copas, en una charla intrascendente que deriva hacia la confidencia más privada, en un segmento de nuestros años que, tal vez, haya sido abandonado en una isla desierta por la siempre traicionera memoria.
La exploración del alma femenina se queda un poco a medio camino porque, con unos pocos trazos, el hombre avezado ya debería tener una idea completa de las opresiones del corazón de una mujer. Y así, García nos cuenta lo suficiente como para empatizar con sus personajes, pero no como para juzgarles. Es como si se abriera una ventana que diera a la calle en una mañana de domingo y se cogieran fragmentos de conversación de la gente que pasa. Los espacios vacíos tendrá que rellenarlos la mente del que escucha y no la del que cuenta.
Saltar los muros que nosotros mismos construimos a veces no es tarea fácil. Son muros recios, hechos de material duro e impenetrable. Al otro lado, intuimos que hay tristezas y felicidades y, sin cortes, nos damos cuenta de que las rendijas de nuestros miedos son las cárceles de nuestras morales. No hay convenciones que seguir, tan sólo elecciones. Es un ligero toque en el corazón. Casi imperceptible. El suficiente para que la diástole pierda el ritmo durante unos segundos y la sístole luche por restablecer el motor. La muerte anda por ahí, intentando una reconciliación. Y todo es posible en un universo en el que el sentimiento carga sobre los hombros de nueve mujeres las razones de todo el valor que guardan en ellas.
Así, viendo esta película, nos damos cuenta de cómo se puede conjugar en una película con forma de nueve la delicadeza y la fortaleza, la infinidad de la ternura, la verdad, la cólera y la aceptación. Hay que saborear todo lo que se quiere decir en tan poco tiempo porque, al fin y al cabo, la película es un viaje de posibilidades que invita a mirar el paisaje. Un paisaje hecho de carne, ojos, alma, corazón, pensamiento, sensaciones. La tersura del comportamiento. Es la levedad, amiga, que te estremece con intensidad en tu interior.

viernes, 22 de octubre de 2010

TULSA, CIUDAD DE LUCHA (1947), de Stuart Heisler

Cuando el progreso ataca, la tierra se seca. Todo se envenena y aparece el enemigo invasor de la riqueza. Y cuando todo acabe, sólo nos quedará el yermo solar de la avaricia y del poder. Mientras tanto, un narrador artesano como Stuart Heisler, especializado en llevar a la pantalla historias sobre la falta de entendimiento, nos coloca en medio de una ciudad de lucha que cambiará para siempre. En el camino de la ambición, para llenarlo de un color fuera de serie estará un director de fotografía muy experimentado como Winton Hoch (famosas fueron sus discusiones con John Ford en algunas de las películas del tuerto genial) y nos coloca un estupendo triángulo coronado en el vértice por una actriz de la categoría y la fuerza de Susan Hayward, objeto de deseo que se convierte en metáfora de la raíz del conflicto que se plantea entre los hombres de petróleo y los granjeros, hombres fuertes, recios y duros que pugnan por una tierra generosa que acabará oliendo a fuego. En los lados opuestos, estarán Lloyd Gough y ese maravilloso y algo infravalorado actor que era Robert Preston acompañados de un estupendo plantel de secundarios de entre los que hay que destacar al gran Pedro Armendáriz y al siempre eficaz y correoso Ed Begley.
La lucha que emprende una mujer que busca justicia (¿o quizá es venganza?) queda encerrada en el cuadrado de una pantalla que nos remarca el contraste entre la belleza de las praderas de Oklahoma frente a la horripilante fealdad de los callejones sin salida de la fiera industria del petróleo. Por detrás, los fantasmas de la avaricia desmedida tentarán sus actitudes mientras ella se debate, como centro de la historia, entre un buen puñado de intereses creados en pos de la peor de las víctimas como es la tierra.
No cabe duda de que “Tulsa, ciudad de lucha” no es una de las grandes películas de la historia, pero es una muestra de lo bien que se podía hacer cine a finales de los años cuarenta cuando se tenía un argumento atractivo (no en vano en el guión participa uno de esos guionistas legendarios como Frank Nugent) y la solidez de unos cuantos profesionales que siempre sabían lo que se hacían. Porque, seamos sinceros, en aquella época, el reparto no llamaba la atención de casi nadie. Ninguno de sus componentes era una estrella, incluso Susan Hayward estaba luchando por hacerse un hueco en el Olimpo porque aún no había dado con un papel consagrado que la hiciera estar en boca de todos. Pero viendo este film…quién se atreve a decir que está mal interpretado, mal dirigido, mal escrito, mal fotografiado, mal llevado…No lo puede decir nadie y menos aún si, atendiendo al departamento de efectos especiales, podemos disfrutar de esa escena final que llega a impresionar con el fuego que se convierte en un personaje más, poderoso e implacable, que hace que pensemos con seriedad que si no puedes con el enemigo, no siempre debes unirte a él.  Por mucho que los tiempos cambien…por mucho que el cine cambie…

jueves, 21 de octubre de 2010

LA RED SOCIAL (2010), de David Fincher

Vale, lo confieso, no pertenezco a ninguna red social. Y es más: he rechazado cuanta invitación me ha llegado en ese sentido. Tal vez es que soy un sociópata consumado, o un tipo más raro que un cerdo a cuadros. Tengo mujer, hijo, amigos de carne y hueso, no busco plan y me llena mucho más ponerme una buena película o escuchar a Mozart que estar delante de un ordenador. Por eso siempre he creído que soy capaz de saber valorar los sentimientos de los demás y no trato a todo el mundo como si fuera un nombre en una pantalla.
Lo curioso es que viendo esta película, sabemos que la invención de la red social es lo de menos y que lo que Aarón Sorkin, el guionista, nos quiere relatar es el terrible deseo de todos los internautas de ser conocidos por una u otra causa. Aquél porque hace críticas on-line, éste porque se inventa unas oraciones que elevan el misticismo hasta el arte, el de más allá porque se liga a todas las chicas que encuentra, aquel otro porque le hace mucha ilusión conectarse a la red y comprobar que tiene ochenta y cuatro mensajes dirigidos a él, y así hasta el infinito. Y creemos que los que inventaron el asunto están al margen de las debilidades inevitables que surgen en ese universo de bits mareados, de posturas forzadas para parecer más fascinantes y de cotilleos malsanos para perjudicar gratuitamente a quien se haya puesto por delante. Pues no, señores. El que ideó todo esto era un tipo altamente asocial, consciente de su genialidad y, lo que es peor aún, deseoso de ser reconocido. La soledad era su meta y la consiguió rodeado de billetes verdes con los que debe entablar unas charlas agudas, brillantes y llenas de sarcasmo.
Por el camino, se dejó a su único amigo de verdad, cambió ambiciones por estrategias, no supo nunca el significado del cortejo y le traía sin cuidado utilizar a la gente para satisfacer sus necesidades y ser, sencillamente, el mejor en su campo. Y así estamos en una paradoja cibernética en la que buscamos desesperadamente compañía que no nos hable, pero que nos escriba; que no exista, pero que ponga en común sus sentimientos; que signifique conversación, pero que sea dirigida hacia donde nosotros queremos. De este modo, creamos expertos lingüistas de la mentira y consumados autistas en las relaciones personales. Por supuesto, todo ello es un negocio redondo, que enriquece a unos cuantos y proporciona un bonito chute de droga tecnológica a todos los demás.
Hay que reconocer que el guión de Sorkin es ágil y que Fincher, ese director cuyo primer nombre es embuste, vuelve a esa obsesión suya por la dualidad del individuo. Además, el trabajo de los actores es bueno, sobre todo el de Jesse Eisenberg y el de Andrew Garfield, siendo muy errático el de Justin Timberlake y terrible el de Max Minghella. Pero el caso es que no deja de ser otra historia de arribismos cruzados, de soberbias inducidas y de un monomaníaco con un ego del tamaño de la cúpula de San Pedro. Además de todo ello, frente a notables aciertos, Fincher se equivoca en algunas escenas hasta la saciedad (baste recordar el largo y pesado encuentro entre Eisenberg y Timberlake en la discoteca para sellar un pacto a gritos) consiguiendo, eso sí, que los fanáticos de las redes sociales se queden embelesados y exclamando con entusiasmo que han visto poco menos que la mejor película de la historia.
Más vale cuidar de esos tipos que protegen tu intimidad como si fuera suya, que te cogen de las solapas si te encuentran bebido y te llevan a casa. Alcoholizarse con una computadora puede ser una fiesta hormonal que alimenta la presunción hasta la obesidad pero en ningún caso es un consuelo para el solitario claqué de los dedos sobre un teclado. Uno de mis pecados desde pequeño fue que me sentía diferente y, perdónenme, no quiero compartir esa diferencia a través de un anuncio que dice lo que me gusta, lo que no y si abro las chapas de las botellas con los dientes.

martes, 19 de octubre de 2010

CUANDO RUGE LA MARABUNTA (1954), de Byron Haskin

El rechazo en forma de amor en pelirrojo es un preludio de la catástrofe de lo diáfano. A veces, cuando una mujer soñada te llueve del cielo y rehúsas todo lo que procede de ella es cuando la naturaleza se encarga de recordarte que debes luchar contra la adversidad de tu propio corazón. No importa que el enemigo sea tu moral o cientos de millones de hormigas hambrientas que arrasan todo aquello por lo que siempre te has batido. A partir de ahí, tienes que demostrar si eres hombre para merecer a una mujer; si eres hombre para merecer la victoria; si eres hombre para que la jungla no te trague como si te engullera en el verdor atrayente de su impenetrabilidad.
Por encima de un Charlton Heston siempre afectado y de una plaga que destruye todo a su paso, sobresale, como una llama la pasión enfebrecida de una Eleanor Parker a la que no conocemos pero que desearíamos amar. Con ese argumento, una mujer desconocida que se casa por poderes con el dueño de una enorme plantación, François Truffaut hizo una maravillosa película con el título de La sirena del Mississipi. Aquí, Byron Haskin se sirvió de la excusa melodramática para poner en pie una unión destinada a entenderse por fuerzas incontrolables que hacen que los corazones se llamen para pertenecer a una tierra que se convierte en territorio de conquista. La moral y lo imposible se convierten en pareja para no separarse nunca más, para bregar, hombro con hombro, para hacer que lo que no estaba destinado a encontrarse se convierta en una historia de inmortalidad amada, de enseñanza insensata, de caminar con un rumbo en el que lo extraviado no sea nunca más un terrible rincón de soledad.
Y mientras se nos va contando esta historia de amor y aventura, de valentía y pasión, los ojos se nos inundan de un color que sólo recordamos de antiguas sesiones de tarde de algunos sábados de nuestra infancia, como si alrededor de nuestra niñez de salón aún crecieran las plantas tropicales, como si el calor todavía nos asfixiara con las manos de un amor que estábamos deseando dejar salir pero que éramos incapaces de formular, de crear, de dar vida. Allí, en medio de la selva, está nuestra mirada de niños y, tal vez incluso, nuestro primer mirar de adultos y, entre medias, un ataque, una feroz ofensiva contra una humanidad que se empeña en domar todo aquello que escapa de sus enormes manos y de sus incomprensibles comportamientos que hacen de nosotros todo lo que nos define como hombres.
Así que es el momento en que podemos sentarnos con una mirada que tenga algo de salvaje, pero también algo de esperanza. Que posea una mitad de ternura pero que no pierda su buena porción de dureza. Es lo que agarra el corazón en un puño cuando ruge una marabunta que no somos capaces de controlar.