viernes, 12 de noviembre de 2010

EL CAMINO DE LA GLORIA (1936), de Howard Hawks

Coger una pala y cavar una trinchera exige una fuerza de espíritu que sólo los grandes narradores están dispuestos a contar. Los hombres mueren y son reemplazados y quien sostiene los galones se oscurece un poco más, se apaga un poco más. Vivir la crueldad de una guerra que se libra entre cuerpos y alambradas, entre sacos terreros y bayonetas puede acabar con ese espíritu de batalla, con ese ánimo de ataque, con esa pizca de heroísmo que, creamos o no, todos llevamos dentro. Y encima, por si el fuego graneado y los disparos perdidos fueran poco, una mujer se dedica a minar corazones que se pelean desde el sombrío escondite del desconocimiento.
Es muy difícil encontrar alguna película mala en toda la filmografía de un director tan sumamente extraordinario como Howard Hawks. Aquí, con el barro en los ojos, nos describe con tinta de barbarie cómo es la vida en esas trincheras donde parece que caminan el amor, la muerte, la nostalgia, la fatalidad y el desatino. Los soldados deberían ser sólo números porque en el momento en que tienen cara y nombre, son heridas abiertas en las entrañas de los que aún quedan vivos. El miedo está sólo en la imaginación, es cierto. Pero desterrarlo es tener la certeza del por qué se tiene que morir. Para sostener todo ese laberinto de pasillos hundidos en el suelo, Hawks cuenta con nombres de mirada intensa y trabajo en tiniebla como Fredric March; o con tornados interpretativos rellenos de carne sin posibilidad de bala como Lionel Barrymore; o con tipos duros con demasiado tiempo en el frente y demasiado desgaste en la espalda, como Warner Baxter. El resultado es una película con poso, que no se va de la cabeza con levedad sino que hace pensar, que desgarra algo por dentro y lo devora, que hace que nos preguntemos con insistencia por la naturaleza inherente de la guerra en el hombre.
Con excepcionales escenas de acción y dando alguna vuelta de tuerca al éxito que supuso algunos años antes Sin novedad en el frente, de Lewis Milestone, la dirección de Hawks es impecable, con un aprovechamiento de guión tan maravilloso que nada sobra, ni siquiera la historia de amor triangular que sirve de contrapunto al fuego incesante de las trincheras. Escondido en el reparto, como el soldado fumador de pipa y aportando alguna que otra pólvora de humor, está Gregory Ratoff, futuro director de probada solvencia y, escribiendo parte del guión, está un Premio Nobel de la altura y categoría de William Faulkner, amigo personal de Hawks, que aporta grandes frases al conjunto, consiguiendo que desfilemos, con una anticipación de más de veinte años, por los decepcionantes senderos de gloria.
También habría que destacar la fotografía de uno de los más increíbles operadores de toda la historia como fue Gregg Toland pero ¿saben qué? Eso sería quedarse más con la imagen que con el relato que tan duramente se cuenta y no sería justo con esta película de corte extraordinario. Así que protéjanse del frío y no asomen la cabeza. Puede que, al otro lado de la alambrada, haya un enemigo que les tenga en el punto de mira.

jueves, 11 de noviembre de 2010

CAZA A LA ESPÍA (2010), de Doug Liman

¿En cuántos trabajos se nos ha llegado a pedir que, en base a un supuesto código de ética profesional y personal, fuéramos un poco más allá? Unas cuantas horas, unos cuantos papeles más, unas horas de descanso menos, un favor para un influyente personaje de la cadena de mando, un silencio pactado cuando se debería gritar o, incluso, unas palabras de más cuando se debería callar. Seguro que usted es uno de los que ha pasado por ello. Y usted. Y usted.
Y ahora vayamos un poco más allá y supongamos que ese trabajo que usted está realizando influye directamente en esas dos palabras que los americanos utilizan como justificación para todo lo que hacen: seguridad nacional. Se trata de lo siguiente: usted es un mando intermedio de unos servicios secretos, uno de esos que no es que se encargue directamente de espiar, sino que maneja los hilos para que otros reaccionen como se desea y hagan el trabajo. Y da la casualidad de que ha podido comprobar sobre el terreno y por medio de algunos indicios que un régimen enemigo no tenía armas de destrucción masiva porque no poseía siquiera medios para fabricarlas. Pero no es eso lo que sus jefes quieren oír. Ellos quieren que haya un respaldo, más o menos fiable, tras una razón para poder empezar una guerra. Y todo el mundo sabe que la primera víctima de la guerra, es la verdad.
Y la verdad, escondida y miedosa, suelta perlas en los periódicos revelando cosas que incluso llegan a afectar a su familia. Y usted, querido mando intermedio, debe callar porque eso es lo que exige la seguridad nacional. Su matrimonio está a punto de romperse porque, erróneamente, se cree que el deber de un ciudadano democrático es acatar las decisiones de los elegidos. Eso es un engaño, un señuelo para incautos. El deber de un ciudadano democrático es cuestionar continuamente si esas decisiones son las correctas porque sólo así se puede preservar el ideal de este sistema que tantos países han adoptado y que siempre se ha definido como el mejor de los peores sistemas posibles.
Para narrar esta historia, hay que tener dos intérpretes de poderío como son Naomi Watts y Sean Penn. Son fuertes, convincentes y hacen que toda la coral les acompañe sin perder el compás y con cierta precisión. La película, por otra parte, está dirigida con los pies por Doug Liman, que ya demostró sobradamente en El caso Bourne que lo de manejar la cámara era algo tan extraño para él como un mensaje en arameo sandunguero y que aquí ya parece que directamente está inmerso en el infierno reservado para los beodos.
Por lo demás, la película se deja ver y se resiente de un pulso más pujante porque, siendo una historia de promesas y mentiras, llega a ser cortante pero no incisiva. Tiene aciertos como su falta de maniqueísmo y completos errores de planificación que llegan a ser preludios de biodramina para una narración que requiere sobriedad y algo más de nitidez. Más que nada porque, a pesar de que nos empeñamos en lo contrario, las guerras suelen ser productos de unos malos que quieren quitar de en medio a otros malos y que, por mucha justificación que se busque, no hay razones suficientes para mandar a muchos al matadero sin sentir ni padecer porque la lucha por la supervivencia se dirime a miles de kilómetros de distancia. Y si hay que sacrificar peones por medio de la mentira y de provocar un mortal desgarro a la ética, pues se hace y punto. Total, a los señores que manejan el poder todo eso les importa lo mismo que el hecho democrático. Absolutamente nada. Ah, y gracias por sus servicios, querido mando intermedio. Lo tendremos en cuenta para que usted no pueda rehacer su vida más que mostrando su furia a los que quieran escuchar. 

miércoles, 10 de noviembre de 2010

EL PRÍNCIPE VALIENTE (1954), de Henry Hathaway

Es hora de desenfundar las pesadas espadas de la justicia y consumar venganzas para recuperar reinos. Si la aventura tuvo un nombre en el cine, bien pudo ser el de El príncipe valiente, donde se conjuga la protección, el heroísmo, la belleza, la revancha, la oscuridad, el doble juego y la traición. Lecciones de nobleza en un mundo de bárbaros donde el acero es más elocuente que cualquier palabra. Caballeros negros para oscuras conspiraciones. Jóvenes impetuosos para heroísmos impensables. Chicas de corazones tan vulnerables como férreos. Un magnífico duelo a espada a dos manos que, con el ruido del metal, nos transporta a la pétrea frialdad de castillos henchidos de poder. Reyes depuestos en aras de la felonía. Hijos que juran restituir el honor. Aliados que no son sutiles pero que se dejan abrir la piel por quien demuestra tener el empuje y el coraje para hacer frente a todos los que se empeñan en hundir el filo en la tierra para dejar a la tierra sin rey. Es tiempo de dejarse llevar por la épica de cuento para saber que los malvados están en todas partes, incluso sentados en nuestra mesa.
El trepidante pulso narrativo de Henry Hathaway convierte a esta película en uno de los clásicos más maestros del cine juvenil de los años cincuenta. Y eso no es una afirmación gratuita teniendo en cuenta que dentro del impresionante reparto podemos ver nombres que, entonces, eran novedad como los de Robert Wagner, Janet Leigh y Debra Paget combinados con auténticos actores de prestigio y carácter, concienzudos como James Mason, primarios y genuinos como Sterling Hayden, brutalmente entrañables como Victor McLaglen, duramente paternales como Donald Crisp o estremecedoramente justos como Brian Aherne. A partir de ahí, se articula una historia que no evita los tópicos pero que los narra con un pulso firme y decidido, dejando de lado la faceta legendaria y afilando con piedra la aventura. Cine entretenido como el que más y rozando la obra de arte por mucho decorado de cartón que se pueda intuir.
Y es que no sólo delante de la cámara se puede quedar uno maravillado de lo que ocurre. Por detrás, hay un operador de la talla y el fuste de Lucien Ballard, uno de los más grandes del cine que hizo sus mejores trabajos para el gran Sam Peckinpah, y sosteniendo la pluma de todo el entramado y de todo lo que no se nos cuenta, está Dudley Nichols, uno de los mejores guionistas, habitual de John Ford y genio reconocido por cientos de páginas escritas con tinta indeleble en la historia del séptimo arte.
Y con ésta pléyade de guerreros es como se fabrica una gran película partiendo de apenas un cuento de espadas y estandartes. Vikingos feroces contra civilizados británicos en un duelo imposible de honores y mentiras. Tengan cuidado. Si alguien de su familia ve esta muestra de cine excepcional, quizá llegue un momento en que se encierre tras la puerta y se ponga a escenificar algún duelo estirando con esfuerzo el tronco para tocar al contrario. El escudo en posición de defensa, si hacen el favor.

lunes, 8 de noviembre de 2010

ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA (1984), de Sergio Leone

Una enigmática sonrisa lanzada a través de un velo de encaje y envuelta en brumas de adormidera es el cierre del interrogante sobre el por qué de una traición. La amistad es el valor supremo y nada puede romper un vínculo que parece hecho con traviesas de metal de un puente que lo domina todo. América violenta es la cuna de caracteres que se enfrentan con la ferocidad propia de lobos en busca de presas. Érase una vez una tierra de ensueño que se tornó en siembra de pesadilla.
Un hombre desaparece. Se convierte en el hombre sin nombre pero se nos hurtan treinta y cinco años de huida, de escondite y de acostarse pronto. En el fondo, esa sonrisa enigmática puede que nos esté lanzando el mensaje en clave de que alguien sabe que los muertos renacen y que, tarde o temprano, la muerte aullará en una triste llamada de nostalgia  y de desencanto. Los viejos tiempos nunca vuelven. Sólo quedan los sentimientos y la permanencia de una ética que nunca fue quebrantada aunque fuera la seña de identidad de un sinvergüenza.
A su paso, todo pareció un intercambio de destinos. El inteligente fue adelantado por el jugador de ventaja pero conservó un cierto sentido de la moral. La amistad por encima de todo. Por encima de aquel niño que resbaló y que pagó con su vida. Por encima de tratos con gángsters de metralletas avejentadas de tanto escupir por los labios de fuego. Por encima de mujeres que sólo fueron aves que endulzaron una playa llena de cielo. Los errores se pagan, Noodles. Y tu precio fue la soledad errante. Te convertiste en un navegante de la tierra que nunca llegó a tocar puerto. Te convertiste en apenas un recuerdo y en un recurso para quien consiguió arrebatarte el destino. No mires atrás. No dejes que el pasado te pueda. Esos días no volverán. Ni siquiera tú volverás. Deja la copa y el revólver y dirige tu mirada hacia los tristes días que te quedan. Tan tristes como los que dejaste atrás.
Asomarse al ventanuco de la memoria trae lágrimas en los ojos, golpes resentidos que se quedan bajo la piel a pesar de que desaparece el moratón, viajes por canalladas en las que te dejas vencer por la tentación, días de furia y lujo que entraron por el túnel del tiempo para transformarse en repeticiones incesantes del mismo día. La ascensión cambiada por la rutina. El brillo de las copas y de los diamantes enranciado por el polvo sobre el abrigo, la mirada gris y la certeza de que es mejor no ser nadie que ser alguien con el nombre escrito en letras de engaño.
Sergio Leone firmó su última película sabiendo que muy cerca andaba el sabor de la muerte. Quiso retratar los ladrillos con los que se construyó América, rojos de sangre, marrones de odio y puso a un impresionante Robert de Niro y a un incisivo James Woods como protagonistas de un fresco sobre la historia de un gran país con cimientos de corrupción. Es el mito entrando a saco en la fábula. Es Morricone poniendo pentagramas de una época diluida en el humo que sale de las calles. Es Tonino Delli Colli cazando con la cámara el instante de magia de unos tipos que sólo conocían el camino de la cumbre y uno de ellos quiso saber cuál fue el sendero del abajo. Esto no es cuento. Es la ópera de una realidad que siempre fue drogada por el dinero fácil que supuso una muerte en vida y una vida de muerte.

viernes, 5 de noviembre de 2010

LA CIUDAD DE ORO DEL CAPITÁN NEMO (1969), de James Hill

No cabe duda de que el principal atractivo de esta película está inmerso en esas arrugas profundas que se dibujan en la cara de un actor como Robert Ryan. Después de las amargas experiencias del Capitán Nemo en películas como 20.000 leguas de viaje submarino, de Richard Fleischer; o La isla misteriosa, de Cy Endfield en las que el capitán asumió los rasgos de James Mason y Herbert Lom, respectivamente, el rostro de Robert Ryan parece expresar a la perfección ese rechazo casi monstruoso que ejerce el biólogo y explorador hacia la Humanidad, defensor extremista de los recursos naturales que ejerce el mar y que pudre su corazón con el odio fermentado con sal por una raza humana imperfecta, voluble, histérica y expoliadora de los tesoros de la Naturaleza.
Aunque, evidentemente, aquí no existe el soporte literario de las letras de Julio Verne, sí que planea su espíritu a través del trazado de un personaje fascinante que intenta ser comprendido y que es sistemáticamente rechazado por los humanistas que suelen rodear sus pensamientos. Como consecuencia de ello, el entretenimiento familiar está servido, con unas extraordinarias secuencias rodadas bajo el agua que superan con mucho la escritura de un guión que no llega a ser sublime pero que resuelve con eficacia la fantasía que impera en toda la aventura.
Y es que el director James Hill, especialista en rodar con animales como demostró en la taquillera y muy conocida Nacida libre, rueda con maestría todas las escenas en las que la Naturaleza es la protagonista, hábilmente secundada por animales de muchas y muy variadas especies marinas y en las que destaca el temible ataque de un tiburón, espléndidamente montado, y que se convierte en una razón más para disfrutar de una película que, además de ser una aventura, también es un documental sobre la vida en el fondo del mar.
Lo cierto es que el rostro de Robert Ryan, muy criticado en su momento por asumir el equívoco papel de Nemo, es casi la expresión en piel de la arena removida por el agua, mucho menos sofisticado que sus predecesores en el papel, Ryan otorga una autoridad creíble al personaje, amargado en el fondo de su sueño, faz de coral que hunde sus arrecifes en los pliegues de su gesto, de su forma, de su férrea voluntad. Y eso se hace aún más evidente si comparamos su profesionalidad y destreza al lado del resto de sus compañeros de reparto.
Así que, navegando a toda máquina, tendremos una película que tendrá la espuma imprescindible de la ciencia-ficción, la estela rauda y veloz de la fantasía, el balanceo de unas olas que otorgan un poquito de acción al conjunto y algún que otro salto de pez inquieto en forma de chiste aquí y de broma allá. No es una obra maestra. No es inolvidable en el espejo de nuestras retinas pero es una de esas historias que hacen sentir bien, cómodo, relajado, sin trascendencias irritantes que no nos dejan descansar del ajetreo diario. Es una miniatura recubierta de cristal, con algún que otro reflejo de valor.

jueves, 4 de noviembre de 2010

LOS OJOS DE JULIA (2010), de Guillem Morales

Hay hombres que son invisibles aunque se les pueda ver. Son aquellos en los que no reparamos porque tienen escrito en la piel que su vida es gris. Su entorno natural son los sótanos del alma. No se les ve nunca a pesar de que pueden pasar a nuestro lado. No se les nota a pesar de que su respiración no es normal. No se les mira porque sus ojos están inyectados en odio de maleza, aversión de camuflaje, nada es su entorno, ninguno es su nombre.
El combate entre quien no puede ver y quien no quiere ser visto se dirime en los entresijos del deseo de ser amado, de convertirse en lo único que pueden ver unos ojos, de rozar la felicidad por presentir la presencia de una simple mirada. Hay veces que algunos quieren tornarse en relieve en un fondo de gris y optan por transformar la negra oscuridad en rojo resentimiento. Mientras, unos cristales se tintan y, poco a poco, la falta de visión es la soledad, terrible y acusadora, rencorosa y hacedora de perversiones, de horribles actos de destaque, de la nada disfrazada de juez.
Guillem Morales articula esta película con cierta inteligencia, con detalles que delatan una certera dirección en algunos momentos y con reminiscencias muy claras de La ventana indiscreta y Psicosis, de Alfred Hitchcock; de Sola en la oscuridad, de Terence Young; de Un perro andaluz, de Luis Buñuel; de Alien, de Ridley Scott e, incluso, de la estupenda A 23 pasos de Baker Street, de Henry Hathaway. Por el contrario, yerra con algún estrépito con situaciones mal resueltas y con los dos toques gore que incluye con deleite. Hay escenas de un milimétrico sentido del tiempo mientras que alterna otras que se alargan en demasía intentando buscar el producto de terror de calidad. Y eso no se consigue con sangre gratuita ni con salidas absurdas. En ocasiones, hay que tirar de una bolsa en la cabeza para que el asesino no pueda ser visto.
Por otro lado, habría que destacar el excelente trabajo de Belén Rueda, convenientemente recauchutada para la ocasión en contraste con el retrato del barrio de pirados como motos que se juntan en una densidad que puede llegar a ser bastante peligrosa para la salud humana. No quiero ni pensar que tengamos un vecindario con tal galería de zumbados a pocos metros de nuestras puertas. Claro que es posible que, a veces, incluso en un ascensor, ellos también lleguen a ser invisibles.
El caso es que el rato se pasa entretenido, con recursos de buen cine y torpezas devenidas que empañan parcialmente una película que se deja ver. Que se deja ver. La angustia parece que se sienta en la butaca de al lado y nos pega un par de codazos para que saltemos por culpa del pellizco del susto. La culpable es la oscuridad. Es esa dama que se adueña de la noche y de los apagones, que puede ser acogedoramente cruel, que puede conquistar mientras se deja sonar con cierta ironía la melodía de The look of love, de Burt Bacharach. No hay miradas de amor cuando la oscuridad es la mujer deseada. Sólo hay movimientos, olor, ruido ensordecedor cuando cae algo al suelo. Es la intuición de la vida que también pasa a nuestro lado y muchas veces no la vemos. Una cuerda nos sirve de guía. Un llavero con un ruido irritante es la pista que el oído necesita. Nuestro universo está hecho de tacto. Todo tenemos que tocarlo para reconocerlo y resulta que concentramos nuestros sentidos en la visión porque sin ella nos sentimos perdidos, abandonados, huecos, indefensos. Igual que algunos a los que no se pueden ver porque están mimetizados con el ambiente. Son semillas de crueldad que vamos sembrando y apenas nos damos cuenta. La luz se apaga pero sabemos que el cielo sigue allá arriba y tiene ojos con sus estrellas que brillan tanto que no necesitamos velas. Hay que volverse a quien amas y decir unas palabras mágicas. Sólo así la noche se hará día y la luna pasará a llamarse sol.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

LOS MALVADOS DE FIRECREEK (1968), de Vincent McEveety

Una ciudad es tomada por unos salvajes sin alma. Lo peor de todo es que en ese villorrio de rezos y buenas vecindades no hay un héroe que sostenga un revólver que pueda contestar a esos malvados. Sólo hay gente normal, que intenta hacer una vida normal y que ven cómo sus vidas son brutalmente interrumpidas por unos individuos totalmente anormales. No hay puntos débiles que atacar. No hay un flanco que abatir. La única arma que queda es la inteligencia desafiando continuamente a la psicología de unos tipos que se dedican a saquear y a matar sin pensar en un mañana sin armas.
Estamos ante un western que quizá no lo es tanto, que puede que sea ligeramente predecible, que está lejos de ser perfecto pero que en las sombrías imágenes que muestra hay dos actores como James Stewart y Henry Fonda que deben salir a la calle principal para poner a prueba los rifles de sus mentes. Hay un enorme negativismo en el retrato de esas personas que ven perturbada su rutina y su paz. Pero, con un poco de paciencia, podremos ver algunas imágenes muy poderosas y que se acerca con cierta precisión al realismo. También notaremos algunos posos polvorientos de suspense, de no saber a ciencia cierta qué es lo que pretenden algunos de los personajes y que desprende un cálido roce en el corazón. Fue muy criticada en su día, precisamente porque el héroe no es tal y es difícil identificarse con alguno de los protagonistas, pero hay cosas que ganan efectividad con el paso del tiempo, e incluso, a veces, consiguen dar en la diana que en su día fue errada.
Todo esto no quiere decir que no haya disparos o alguna que otra escena de acción más que notable. Tan sólo se trata de destacar cuál es el centro de los ojos al que apunta la película, con un notable acierto en el estudio de personalidades sin caer en ningún estereotipo conocido. Es un western que no se queda en el ruido sordo de los percutores golpeando balas intentando encontrar a la víctima ideal sino que intenta hacer llegar un mensaje y, tal vez, una lección.
Y es que también puede que la incómoda sensación de haber pasado la vida entera construyéndose una reputación y un futuro acabe en una mirada a nuestro alrededor y nos pruebe que somos unos don nadie, unos seres tan aburridos como prescindibles. El objetivo de esta película es intentar hacer mejores personajes a aquellos que la vean con la ventaja añadida de ofrecer un buen entretenimiento. El dominio de la madurez es evidente en todo el largometraje, con todos sus inconvenientes. El cine negro, por momentos, reemplaza el repicar de los cascos de los caballos. No todos saben saborear esta historia. No todos saben dejar el revólver en la funda a la espera de la mejor oportunidad para dar el golpe definitivo. Al fondo, piénsenlo, puede que se yerga la figura de un hombre con una estrella que se enfrentó a tres tipos bajo un sol abrasador estando absolutamente solo ante el peligro.