martes, 30 de noviembre de 2010

SEVEN TIMES LUCKY (2004), de G.B. Yates

El sombrero parece empapado de humo cansado. Son demasiados engaños, demasiados timos perpetrados para sólo tener un golpe de suerte de vez en cuando. A la familia, ni tocarla. Y cuidado con los afectos. Un beso puede significar que te roben el reloj. Una caricia, la desaparición de la cartera. Una cama es ya la comisaría. Nada es lo que parece y lo que parece es nada. Sin embargo, debajo de ese sombrero que, bajo sus alas, esconden una mirada decepcionada, hay un tipo que no deja de pensar. Un fulano que se sienta tranquilamente en el sillón de un hotel de cuarta categoría, enciende un cigarrillo y deja que las volutas se conviertan en formas de pensamiento. Los advenedizos no le preocupan por mucho que se las quieran dar de listos. Doce relojes de oro en juego y una buena cantidad de pasta por un violín que vale menos que un martillo de ferretería. La vida al revés. Siete veces engañado. Siete golpes de suerte.
En las calles, el frío se dispara. Puede que corra un poco de sangre. Qué más da. Eso es un precio muy bajo para un golpe alto. El tipo de la melena larga pone la pasta. La mujer que siempre me salva el pellejo estará ahí, pagando mis deudas. Hacerse rico, tal vez, no sea una cuestión de suerte, sino de inteligencia. El juego a tres bandas es la seña de identidad de un intercambio que sale mal, un violín robado, un traje hecho a medida, un par de personajes de baja estofa y, en el centro de todo el entramado, ese fulano al que parece que no le afecta nada, Kevin Pollak, uno de esos secundarios estupendos que aquí se convierte en un protagonista de altura. Hiere con su mirada. Y, no obstante, algo esconde debajo de sus ojos. Todo parece que encaja pero, en realidad, una mano en la sombra hace que ninguna pieza encuentre su sitio.
Ésta es una de esas películas pequeñas, hecha con un billete de cuatro dólares (ya sé que no existen), pero que destila bastantes dosis de inteligencia. En todo momento, sabemos que hay un engaño flotando pero no tenemos ni idea de a quién beneficia. Un puñado de personajes están merodeando con gabardina larga e ideas retorcidas. La clase es algo que se lleva consigo. No se puede adquirir. Quien es un raterillo de tres al cuarto, lo será siempre porque, además, creerá que tiene razón. Y lo increíble de todo, amigo, es que no importa lo que hagas, a la vuelta de la esquina habrá alguien más listo que tu dispuesto a robarte lo poco que puedas tener.
Viendo Seven times lucky parece que dan ganas de lanzarse a la noche y encontrar a algún incauto que no sepa dónde está su mano izquierda. Demostrar lo que se vale sólo se puede hacer contadas veces porque si no se descubre el juego demasiado pronto. Y el secreto del buen timador está en aguantar hasta el momento justo. Así que súbanse el cuello del abrigo, dejen que el sombrero les guarde el anonimato, enciendan un cigarrillo e ideen un golpe que sea más que suerte. Seguro que, al final, se apiadarán de los pobres que picaron el anzuelo. Sobre todo si uno de ellos fue alguien especial que no supo anteponer el cariño a la rapiña.

viernes, 26 de noviembre de 2010

NEVADA EXPRESS (1975), de Tom Gries

Con las hechuras propias de western sobre ruedas de hierro nos encontramos por sorpresa con un thriller de asesinos y policías al uso y basado en una historia del escritor Alistair MacLean (al que también debemos otros títulos excepcionales del cine como son Los cañones de Navarone, de Jack Lee Thompson; Estación Polar Cebra, de John Sturges o El desafío de las águilas, de Brian G. Hutton). Nada es lo que parece entre golpes de juntura de raíles y el que observa, decide; el que actúa, pierde; el que desenfunda, muere y el tren sigue, imparable y arrogante, hacia un destino al que parece que no quiere llegar.
A primera vista, podría echar para atrás que el nombre estelar de esta película fuera Charles Bronson, justo a las puertas de aquella época terrible en la que le dio por encarnar a justicieros de ciudad, vengativos padres de familia que se convertían en jueces, jurados y ejecutores. Pero en esta ocasión, hay una trama sorprendente, de envidiable buen gusto, fotografiada con acierto con telas de elegancia y juego, con algún momento realmente brillante y con una dirección justa y medida de un hombre habitualmente mediocre como Tom Gries, de corta carrera y autor de una película tan errónea y falsamente afamada como El más valiente entre mil compensada por el acierto que tuvo años después con la adaptación del relato de Truman Capote La casa de cristal. El caso es que las traviesas parece que llevan a un entretenimiento muy bien engarzado, con un misterio interesante y jugando una partida de ajedrez sobre las vías del tren donde las blancas se muestran y las negras parece que están escondidas detrás de alguna biela sudada por el vapor.
Lo cierto es que en ningún momento se sabe a ciencia exacta quién es el héroe, quién es el que va a salvar el valioso cargamento que transporta el tren y todo ello está punteado por una excelente banda sonora del genial Jerry Goldsmith que pone música de altura para puentes elevados. Indudablemente, tampoco es una película que vaya a cambiar nuestras vidas, pero no es ése su propósito. Es un entretenimiento policíaco admirablemente desarrollado, con justas explosiones de violencia, con disparos para aportar algo de acción al misterio, con caracteres bien delineados para otorgar cierta profundidad al argumento y sin posibilidad de aburrimiento en ninguna estación del viaje.
Así que prepárense para algo de movimiento descontrolado mientras una locomotora coge diferentes raíles. Las formas de la película delatan su vocación de clásico más que apreciable, el invierno también aparece para hacer que la muerte sea un poco más fría y el miedo un poco más metálico. Sin trucos, sin efectos especiales. Tan sólo haciendo que nada sea lo que parece. Súbanse en el apeadero pero no olviden tener lleno el tambor del revólver. Nadie les garantiza que, por el precio del billete, no terminen con un balazo por la espalda. Las traiciones son verdades y las búsquedas son enfrentamientos que se dirimen por una justicia que intenta cazar a los culpables en el estrecho pasillo de un vagón. Agobio y aventura. Razón e intriga. Procuren no descarrilar.

jueves, 25 de noviembre de 2010

THE WAY (2010), de Emilio Estévez

Todos los que hemos sido padres, no dejamos de preguntarnos alguna vez qué es lo que guardan nuestros hijos en el corazón. No desvelamos con certeza cómo nos ven, cómo nos sienten y qué es lo que les inquieta. Sabemos que ellos tienen que volar pero creemos que nunca tendrán las alas bien hechas para hacerlo. Y sin darnos cuenta comenzamos a ser extraños que, empujados por la vida, ni siquiera se preguntan cuál es el significado de sus actitudes o el secreto de sus alegrías.
En este caso, para conseguir descifrar el por qué de una voluntad, es necesario un viaje a pie por el corazón del hijo. Hay que sufrir físicamente en un camino que, al principio, se antoja absurdo y solitario pero que es un esfuerzo constante al mismo nivel que los demás compañeros de sendero. Poco a poco, el cansancio comienza a cobrar un sentido inesperado, a ser un elemento que, lejos de separar, une con lazos de piedra a otros viajeros que tienen sus propios motivos para llegar. El reto no es religioso. El verdadero desafío es la fe en uno mismo.
No importa que se hayan hecho determinadas promesas o propósitos porque el objeto de la caminata no es el fin, sino el mismo hecho del andar. Mirar hacia delante cuando hay fuerzas casi vitales que obligan a hacerlo hacia atrás. Seguir aunque el desfallecimiento aparezca en vapores de vino que abruman la moral. Unos van porque quieren volver a crear, otros porque quieren sentir libertad, otros porque pierden y desean aprender que eso no les afecte. Las piedras, con ladina intención, van clavándose cada vez más en las suelas que no dejan de pisar con vigor el suelo. El respeto es la norma. Y así aparece, como caída del cielo, algo que cada vez escasea con mayor frecuencia como es la comprensión. Y eso es un Camino de Santiago que traza sus curvas por una ilusión que parecía extraviada.
Ya hace algunos años que Emilio Estévez sorprendió muy gratamente con una película coral que concentraba a todos sus personajes en torno al asesinato del Senador Bobby Kennedy. En esta ocasión, no cabe duda de que se mueve en niveles inferiores, en culpa por algunas ingenuidades de guión, por algún que otro fallo de rigor e, incluso, por apreciaciones un tanto fuera de lugar pero ahí dentro late el corazón de un director que quiere contar algo con movimientos de cámara elegantes y sencillos, proponiendo ratos de humor y drama, momentos de paisaje y contemplación, instantes de música al ritmo que se hace con el camino al andar. Para ello, cuenta con su padre, Martín Sheen, que hace que el papel le siente como un traje de chaqueta mal cortado y, según avanza el metraje, consigue domarlo hasta ajustarlo como un guante sobre la piel rugosa y decepcionada de un padre que se arrepiente de no haber estado más cerca de su hijo, de la prolongación de sí mismo, de una parte fundamental de su vida que fue empujada por la rutina hasta una cierta indiferencia.
Del resto del reparto cabe destacar, sobre todos los demás, a James Nesbitt, como ese irlandés loco que perdió la pasión por escribir y que encuentra la historia que necesita al saber cómo se deletrea la amistad. A su alrededor, no hay callos incómodos, ni lastimosas rozaduras, ni abandonos repentinos. Hacemos paradas en albergues de un tipismo cultural ya bastante trasnochado pero eso es bastante normal si tenemos en cuenta que la visión proviene de un americano. De ahí parten todos los defectos y todas las virtudes de esta película. Sobre todo con ese acento puesto en el auténtico significado de un viaje por el corazón de alguien que debió estar allí para compartir la pasión por el descubrimiento, por el placer de andar por una calle extraña y encontrar una diferencia que haga sentirse más peregrino en un lugar donde no hubiera límites para el ánimo.                                                                                   

miércoles, 24 de noviembre de 2010

LA ESTRELLA DEL VARIEDADES (1943), de William Wellman

A pesar del desafortunado título en español de esta película, no se asusten. No es una de esas típicas historias sobre la ascensión y caída de una chica que tiene que sufrir los acosos del productor, los fracasos de la escena o las dificultades de un amor entre los peldaños que conducen hacia el firmamento de las estrellas. Es una película de asesinatos entre bambalinas razonablemente iluminada por sonrisas. O, mejor aún, es una película de sonrisas que utiliza el misterio como vehículo para el chiste. En cualquier caso, en el centro del vestido de lentejuelas, con cuerpo y curvas, está Barbara Stanwyck, esa mujer tan difícil de retratar en el cine pero que asumía con categoría cualquier papel que le tocara interpretar. Detrás de las cámaras, todo un veterano que sabía inyectar estilo a la escena como William Wellman y el resultado no es que sea una obra maestra. No lo es ni aún vista con el mejor de los focos pero es una buena película, que bucea con habilidad en los entresijos del vodevil y de cómo se representaba.
Como curiosidad añadida, podríamos apuntar que está basada en una novela de Gipsy Rose Lee, un nombre que, con toda seguridad, no les sonará de nada. Pero ella fue la primera mujer que trabajó como stripper sobre las tablas de un teatro, enseñando lo que hasta entonces era pura fruta prohibida. Poco después, quiso demostrar que, detrás de un gran cuerpo, también podía haber un gran cerebro y lo demostró publicando varias novelas de éxito, una de las cuales fue La estrella del variedades donde supo describir con singular acierto los secretos entre decorados, las redadas policiales, los celos profesionales, los amigos gángsters encontrándonos ante una de esas películas que da mucho más de lo que promete, que regala a manos llenas ciertos puntos de interés y que, además, está espléndidamente dirigida e interpretada.
Lo que es realmente maravilloso a la hora de ver esta película es el detallado retrato del mundo del teatro burlesco, con esas compañías estables que eran consideradas poco menos que delincuentes irremediables y que, en realidad, eran grandes familias que empujaban hacia una única dirección que no era otra que la estabilidad de su trabajo. Wellman, por supuesto, va un poco más allá, y decide desplazar la cámara hacia el vestuario femenino, interviniendo en esas conversaciones de las que los hombres nunca hemos tenido ni idea, hurgando en las medias de seda falsamente sonrientes de unas chicas que un día soñaron con el éxito y se quedaron en las taquillas de la representación más barata.
Eso sí, no obstante, no es precisamente una película complaciente. Tiene mucho humor lleno de jirones, tiene un misterio que, en una vida real, no importaría a nadie. Al fin y al cabo, no traten de buscar demasiado al autor de tanto crimen, en realidad, se esconde detrás del telón. Es donde suelen estar los viejos trucos y las nuevas miradas. Y esta película merece otra. Algo desenfadada y algo cruel, pero no puede pasar desapercibida. El suspense es lo único que puede ser real en un mundo en donde todo es ficción. Incluso la más bonita y descarada de las sonrisas.

lunes, 22 de noviembre de 2010

EL VERDUGO (1963), de Luis García Berlanga

Nos reímos pero no es divertido. Creemos que todo eso no ha podido pasar aquí. No, no. Esto no es más que una fábula del tipo ése, de Berlanga, que sacaba punta a todo y luego quitaba la mina. ¿A quién se le va a ocurrir, hombre? Un tipo se hace verdugo porque así tiene casa y vida asegurada mientras se la arrebata a otros. Un asesino nace, no se hace. Claro que si pensamos un poco, es que somos así. Somos capaces de lo que sea con tal de ir a lo nuestro. Nos importa bien poco que el vecino de al lado esté con los hierros al cuello. El caso es que nos salga la cuenta. Trabajar poco, cobrar bien y tener un ataúd por cerebro. Es fácil. Todos, al fin y al cabo, somos verdugos de nuestra propia cultura. La cercenamos creyendo que la muerte es justa. El autoengaño funciona a ritmo de marcha fúnebre. Bah, sólo es apretar bien unos cuantos tornillos, tomarse un coñac bien cargado y adelante con los faroles. Y encima, viajas. ¿Qué más quieres?
El obstáculo principal es la dignidad, dejarla a un lado como si fuera un maletín ajeno y seguir adelante por Carmen, por el niño, por el abuelo y por la madre que los parió a todos. Total, es tan sólo pasar de ser el tipo que lleva la caja a ser el tipo que mete a los tipos en la caja. Tampoco hay tanta diferencia. Nooo, si no se quiere hacer daño a nadie. Con irse a Alemania, todo listo. Allí no hay pena de muerte. Eso para el abuelo, que lleva cuarenta años de experiencia. Cuarenta años. Vaya, en la República también había pena de muerte, a lo mejor es que no eran tan demócratas como piensan algunos. Para algo el protagonista de esta película, como una admonición de la indolencia, se llama José Luís Rodríguez.
Todos somos verdugos, sí. Cortamos cabezas para conservar y avanzar. Si a eso se le puede llamar avanzar. Avanzar apoyado en los guardias y en la iglesia, eso sí, pero avanzar. Berlanga, coño, que me estás haciendo reír con Isbert calculando la talla del cuello del yerno con un simple vistazo. Si es que somos paletos hasta decir basta. La cuñada metijona e irritante. El hermano indiferente y diletante. La boda por tres cuartos porque no se paga nada. Una cervecita en la futura terraza. Eso, eso. Somos los de la cervecita. ¿La silla? No, no, estoy mejor de pie. Un arroz de turista y unas extranjeras más ricas que unas gambas. Al final, el mundo sigue. No pasa nada por haber apretado unos tornillos y haber partido una vida. La gente baila, disfruta. Son verdugos del pensamiento. Más vale no pensar porque si lo piensas… ¿Qué vas a hacer? Nada. Somos ese pueblo al que no le importa nada salvo lo que le ocurre a uno mismo. En ningún otro país hubiera convivido con tanta naturalidad el horror con el sainete. Y lo que es aún peor es que no nos avergonzamos de ello. Tiramos hacia delante a ritmo de castañuelas. Nos ponemos sotanas y ensayamos la bendición pero lo de ayudar, no sabemos conjugarlo bien. No, no, este país es un pozo de indignación que nunca se escribe. Este país entero es un verdugo para la libertad, para la verdad, para lo que importa. Coge tus cosas, verdugo, y vete. Vuélvete a Madrid, al Polígono Sur y disfruta de tu casa. ¿Qué más da quien mande? Dedícate a lo tuyo. Lo tuyo es matar y vivir.

viernes, 19 de noviembre de 2010

CARTA A TRES ESPOSAS (1949), de Joseph L. Mankiewicz

Mi marido es ese hombre alto y apuesto, que parece hecho a la medida de un traje de etiqueta y no a la inversa. Es simpático, tiene clase, sabe lo que hay que pedir en el momento justo. Y a mí me conquistó  porque apareció en ese instante en el que yo tenía la certeza de que nunca tendría pareja. Sólo mis estupideces pueblerinas, mi falta de gusto, mis vestidos mal cosidos y hechos de retales pasados de moda. Supo hacerme creer que yo era el centro de su vida y decirme con su mirada de galán de teatro que no podría haber nadie más importante que yo. ¿Cómo se va a fugar con una mujer como Addie Ross? Es imposible. Addie tiene clase, más que yo, pero habría demasiada elegancia reunida en una sola pareja. Siempre las palabras adecuadas, siempre los gestos más indicados, siempre la ropa más perfecta. Serían dos seres acompañados de demasiadas burbujas de champagne. No, no es posible. Mi marido no será capaz de abandonarme por Addie.
Mi marido es un hombre basto, con modales un tanto toscos y con dinero un tanto excesivo. Me conquistó por su insistencia. Él se sabía feo, poco atractivo y que lo que hacía que tuviera tantas mujeres a su alrededor era el grosor de su cartera. Es uno de esos tipos incapaces de levantarse cuando una mujer se acerca a la mesa pero, en cambio, es un lince en los negocios, alguien que sabe cómo emplear el dinero para generar más. Supo ver en mí a una chica de procedencia humilde, al borde de lo marginal y con un empleo de asco pero que no quería ascender en posición de billetera abierta. Sabía que, en algún lugar de mí misma, yo brillaba en la oscuridad de mi pelo, tan acogedor como la noche que le ensombrecía esa cara que él ha arrastrado por la vida. ¿Cómo se va a fugar con una mujer como Addie Ross? Es imposible. Addie tiene más clase que él de aquí a Indianápolis. Sería como juntar la seda con el papel de lija. Siempre habría una fricción inesperada, un detalle de basteza que descolocaría limpiamente la delicada copa llenada a medias. No, no es posible. Mi marido no será capaz de abandonarme por Addie.
Mi marido es un hombre culto, con un modesto trabajo de profesor que le hace sentir feliz a pesar de lo ingrato que resulta. Me conquistó porque supo explicarme quién era Brahms, cómo escribía Shakespeare y de dónde procedían las cosas más bellas de la vida. Al final, acabó contagiándome y yo hago mis pinitos como escritora radiofónica para sacarnos un dinerillo extra. Pero él supo ver en mí a alguien con ansia de aprender, a una alumna aventajada, de bolígrafo inquieto y mirada agradecida. Él sabe cómo impresionarme, cómo hacerme ver que una cosa merece la pena porque es buena y tiene calidad. ¿Cómo se va a fugar con Addie Ross? Es imposible. Los dos son igual de cultos, sí, pero no me imagino una conversación entre ellos eligiendo, entre brillos de diamante y minas de lápiz desgastado. Sería como juntar a una chica de la alta sociedad con un sesudo ratón de biblioteca. No, no es posible. Mi marido no será capaz de abandonarme por Addie Ross.
Es lo que tienen las obras maestras, que nunca sabes cuál es el rostro de la tentación…

jueves, 18 de noviembre de 2010

IMPARABLE (2010), de Tony Scott

Un hombre que ha consumido su vida entre máquinas de hierro y vagones está llegando ya al final de la vía. Ha tenido que echar el freno porque siempre mandan los mismos y, cuando ya no se es rentable, la única salida es por la puerta de emergencia. Así que conduce y espera acabar después de veintiocho años de servicios nunca reconocidos. Nadie le dijo que él marcaba la diferencia. Nadie se preocupó de motivar un trabajo que siempre estuvo bien hecho.
Al mismo tiempo, un joven que no termina de encontrar el rumbo se halla en un cambio de agujas vital porque se olvidó la prudencia y la discreción en algún lugar del camino. No hay muchas salidas para él y cree que, tal vez, si zarandea al destino yendo de un sitio a otro sin parar, no puede haber apeaderos para su desolación. Un error puede marcar. Incluso puede marcar el número que no quiere olvidar. Sólo que no hay nadie al otro lado de la línea.
Son dos traviesas en vía muerta, esperando que pase algún convoy echando chispas y arrojando sobre ellos gotas de grasa que tapen sus vidas ya chirriadas. Cuando ya parece que se acerca la imparable consecuencia surge una oportunidad para la admiración y se lanzan hacia ella porque no tienen mucho que perder. Sólo el rítmico traqueteo del tren que marca el compás ineludible al que marchan sus existencias de acero recalentado.
Y así, con dos caracteres bien dibujados, el director Tony Scott consigue una película de acción estupenda, con momentos de tensión casi maestros, incoherencias que se asumen sin problemas, planos de mérito y, sobre todo, un manejo del tiempo que delata que, de vez en cuando, se convierte en el hermano más listo de Ridley.
No cabe duda de que hay una clara descompensación en el reparto porque Denzel Washington, como es habitual, es un actor solvente, capaz de aportar ironía y humor a lo que ya no tiene remedio, mientras el joven Chris Pine pone cara, ojos azules, juventud e ímpetu pero sigue estando corto de interpretación. Además, Tony Scott no elude acudir a trucos ya conocidos y vistos en películas como El Emperador del Norte, de Robert Aldrich; El diablo sobre ruedas, de Steven Spielberg; Grupo salvaje, de Sam Peckinpah y, sobre todo, a aquel maravilloso guión de Akira Kurosawa que fue rodado de forma bastante desmerecida por Andrei Konchalovsky bajo el título de El tren del infierno. Lo cierto es que, lejos de ser un lastre todos esos ingredientes bien mezclados con fuerza y ganas dan como resultado una película que, sin querer, pone los dedos en guardia y te agarran crispados al brazo de la butaca, consiguiendo poner un par de puntos de interés sobre el final y jugando con la trampa de hacer que todo sea cada vez más difícil para que todo tenga su sentido.
Cierto es que Scott está mucho más afinado que en esa reprochable versión que hizo del Asalto al tren Pelham 1,2,3 y que, en esta ocasión, está un paso por detrás del tipo que dirigió con apuntes de sobriedad Marea roja y sorprendió dando un giro original a algo tan trillado como El último boy scout pero merece la pena permanecer en el andén y dejarse sobrecoger por un sonido que se mete por los huesos del cuerpo como válido elemento narrativo. Ésta vez, el tren va por vías trepidantes que no tienen ni una sola vía muerta. Todo es una lucha contra el tiempo, ese enemigo temible que traicioneramente se alía con el ingrato destino. Hay habilidad en esa cámara que sabe mirar al más puro cine de acción con alguna que otra ingenuidad que se combina con una crítica feroz a la ausencia de responsabilidades que recaen sobre los que mandan y se dedican a jugar al golf mientras un montón de vidas están en peligro o apuestan por el parche para tapar la catástrofe. Ellos sí que son traviesas en vía muerta y lo peor de todo es que se creen que son imparables.