El sombrero parece empapado de humo cansado. Son demasiados engaños, demasiados timos perpetrados para sólo tener un golpe de suerte de vez en cuando. A la familia, ni tocarla. Y cuidado con los afectos. Un beso puede significar que te roben el reloj. Una caricia, la desaparición de la cartera. Una cama es ya la comisaría. Nada es lo que parece y lo que parece es nada. Sin embargo, debajo de ese sombrero que, bajo sus alas, esconden una mirada decepcionada, hay un tipo que no deja de pensar. Un fulano que se sienta tranquilamente en el sillón de un hotel de cuarta categoría, enciende un cigarrillo y deja que las volutas se conviertan en formas de pensamiento. Los advenedizos no le preocupan por mucho que se las quieran dar de listos. Doce relojes de oro en juego y una buena cantidad de pasta por un violín que vale menos que un martillo de ferretería. La vida al revés. Siete veces engañado. Siete golpes de suerte.
En las calles, el frío se dispara. Puede que corra un poco de sangre. Qué más da. Eso es un precio muy bajo para un golpe alto. El tipo de la melena larga pone la pasta. La mujer que siempre me salva el pellejo estará ahí, pagando mis deudas. Hacerse rico, tal vez, no sea una cuestión de suerte, sino de inteligencia. El juego a tres bandas es la seña de identidad de un intercambio que sale mal, un violín robado, un traje hecho a medida, un par de personajes de baja estofa y, en el centro de todo el entramado, ese fulano al que parece que no le afecta nada, Kevin Pollak, uno de esos secundarios estupendos que aquí se convierte en un protagonista de altura. Hiere con su mirada. Y, no obstante, algo esconde debajo de sus ojos. Todo parece que encaja pero, en realidad, una mano en la sombra hace que ninguna pieza encuentre su sitio.
Ésta es una de esas películas pequeñas, hecha con un billete de cuatro dólares (ya sé que no existen), pero que destila bastantes dosis de inteligencia. En todo momento, sabemos que hay un engaño flotando pero no tenemos ni idea de a quién beneficia. Un puñado de personajes están merodeando con gabardina larga e ideas retorcidas. La clase es algo que se lleva consigo. No se puede adquirir. Quien es un raterillo de tres al cuarto, lo será siempre porque, además, creerá que tiene razón. Y lo increíble de todo, amigo, es que no importa lo que hagas, a la vuelta de la esquina habrá alguien más listo que tu dispuesto a robarte lo poco que puedas tener.
Viendo Seven times lucky parece que dan ganas de lanzarse a la noche y encontrar a algún incauto que no sepa dónde está su mano izquierda. Demostrar lo que se vale sólo se puede hacer contadas veces porque si no se descubre el juego demasiado pronto. Y el secreto del buen timador está en aguantar hasta el momento justo. Así que súbanse el cuello del abrigo, dejen que el sombrero les guarde el anonimato, enciendan un cigarrillo e ideen un golpe que sea más que suerte. Seguro que, al final, se apiadarán de los pobres que picaron el anzuelo. Sobre todo si uno de ellos fue alguien especial que no supo anteponer el cariño a la rapiña.






