viernes, 27 de abril de 2012

SALOMÓN Y LA REINA DE SABA (1959), de King Vidor

Debido a la festividad madrileña de los días 1 y 2 de mayo, retomaremos el blog con el consabido estreno de la semana para el jueves día 3. Mientras tanto, id al cine. Es barato, entretiene y no posee efectos secundarios. Un abrazo a todos.

No cabe duda de que allá por finales de los cincuenta y gracias a producciones como Orgullo y pasión, de Stanley Kramer; o las intenciones nada escondidas de Samuel Bronston de instalar unos gigantescos estudios en Las Rozas de Madrid cuyo campo de pruebas fue la muy olvidada El capitán Jones, de John Farrow, no cabe duda, decía, de que en Hollywood se debió de pasar rápidamente la voz de que los rodajes en España eran mucho más baratos. Los técnicos de los que disponía nuestro cine eran tan buenos como allí y cobraban bastante menos así que los americanos no vacilaron en intentar competir con la traidora televisión a través de películas de formato espectacular, épicas, lujosas, brillantes y de producción más que generosa. El resultado no siempre fue bueno aunque hay siempre excepciones que llegaron a la categoría de excelentes muestras de cine de género realizado con todo el despliegue que necesitan ciertas historias que, en cualquier otro país, no hubieran sido posibles.
Salomón y la Reina de Saba, de King Vidor, fue una de esas películas. También fue una de las que peor suerte tuvieron pues su éxito en taquilla se debió a las trágicas circunstancias del fallecimiento de Tyrone Power de un fulminante ataque al corazón después de rodar un convincente duelo a espada al pie de unas escalinatas. Se buscó sustituto con rapidez y se llamó a Yul Brynner. La producción acució a Vidor pues Power ya había rodado más de un tercio de película y no había más remedio que rehacerlo todo de nuevo. El director, viejo resabiado con más oficio que autoría (aunque los entendidos en cine me tiren alguna que otra piedra por esta afirmación) realizó una película estimable reduciendo plazos, acortando tomas, planificando al máximo los movimientos de cámara…Cuando la película se estrenó, el propio Vidor llegó a declarar: “Con Power la película hubiera sido una obra maestra. Sin él, se ha quedado en una simple buena película”.
Más allá de todo eso, hay que prestar atención a esta historia de amor que arrasa con las épocas y devora los escrúpulos a través de esa visión, muy cercana a lo perfecto, de la cintura de Gina Lollobrigida (posiblemente, una de las más hermosas cinturas que ha dado el cine) y del siempre áspero y difícil trabajo que realiza ese maravilloso actor que era George Sanders (fallecido también en España).
En cualquier caso, en aras de la síntesis, también resulta obvio que desde el punto de vista histórico se han resumido hechos, se han juntado otros (la Reina de Saba nunca presenció el famoso juicio de Salomón) y la fachada de la película quedó salvada por culpa de un director que sabía hacer muy bien su trabajo.
Mientras ven esta película, dejen relajar sus ojos en la belleza del trabajo de fotografía de Freddie Young (uno de los más grandes) o de la espléndida dirección artística que destila la hermosura de la composición técnica de veteranos como Richard Day y Alfred Sweeney acompañados del español Luis Pérez Espinosa. Y recuerden que esas mujeres que se quedan incrustadas en el pensamiento como garras de la obsesión suelen ser el camino asfaltado de carne por el que iniciamos nuestra propia perdición…nosotros no somos héroes bíblicos.

jueves, 26 de abril de 2012

LOS JUEGOS DEL HAMBRE (2012), de Gary Ross

Grotesco futuro, funestas costumbres. Una guerra imposible que debe pagar su tributo en sangre joven para dejar en evidencia el mando y disfrazarlo todo de heroísmo prefabricado. La gente ríe con muecas propias de los vacíos de espíritu y de pensamiento. La sociedad de la comunicación domina bajo la bota dictatorial. Nada nuevo bajo el sol, salvo el carisma, la seguridad en sí mismo y la absoluta convicción de que el asesinato, tenga la forma que tenga, solo es una forma de defensa.
Es curioso que en una época en la que los dirigentes de medio mundo ostentan un perfil muy bajo en cuanto a atractivo, imagen y formación, la idea que se venda a la juventud sea la de belleza, carácter, valentía, decisión y habilidad. Es aún más curioso comprobar que, dentro de la más salvaje de las cazas, no hay ni un solo elemento ingenioso y todo se basa en fuerza y destreza. La inteligencia no cuenta demasiado. Más que nada porque uno de los objetivos es destruir sin compasión a quien demuestre un coeficiente un poco más alto de lo normal.
Jennifer Lawrence fue aquella chica que estremeció a todo el medio rural americano con la muy atípica Winter´s bones y aquí demuestra que dotes interpretativas no le faltan. Ella es lo mejor de la película y deja el pabellón joven muy alto al comprobar que en un solo gesto de Donald Sutherland, frío e imperturbable en su ejercicio de poder, hay más actuación que en toda la carrera de ese chiste andante que es Wes Bentley y que todo el resto del reparto. Por otro lado, hubiera sido maestro que, con un argumento tremendamente fascinante, se hubiera visto algo más que el exagerado movimiento de cámara al hombro al que nos tiene acostumbrados el realizador de turno. Es más, aquí se mueve hasta para mostrar una mano abriendo una puerta. Sin duda, un recurso narrativo de altura para quien quiere desplegar una versión futurista de La presa desnuda, de Cornel Wilde, mezclada de forma muy descarada con algunos elementos del Espartaco, de Stanley Kubrick. El resultado es que, en las secuencias de acción no se ve nada. Y en las que no son de acción tampoco porque no solo mueve la cámara como si el operador estuviera afectado de Parkinson, sino que se empeña una y otra vez en encuadres monstruosamente cercanos que quitan grandeza a lo que merece ser apreciado.
Por otro lado, no cabe duda de que el argumento es del agrado del público púber por los grititos y risitas y tics espasmódicos que cruzan a lo largo y ancho de la sala. Pero ahí radica, principalmente, el principal defecto de una historia que tenía todo lo necesario para asombrar. No se atreve a elevarse por encima de la edad y crear toda una imaginería con los suficientes recursos como para seducir al público adulto. Así que la cosa se queda en qué bien que puedo ser diferente a los demás, ser mejor porque tengo una habilidad que quién sabe si me puede servir algún día para demostrar lo que valgo y una droga demasiado fácil de masticar para una individualidad muy necesaria entre los 12 y los 18 años de la vida de cualquier adolescente.
Mientras tanto, me pregunto por qué, a pesar de utilizar un arco en múltiples y variadas ocasiones, Jennifer Lawrence tiene siempre el mismo número de flechas en el carcaj o si era absolutamente necesaria esa estridencia en los figurines para dar a entender lo grotesca que es la sociedad sedienta de crueldad, entregada cuales fashion-victim a la futilidad y al aborregamiento. Mientras, en los suburbios de ese país sometido, la gente pide comida a cambio de ofrecerse una vez al año como presas de un juego que ya está teniendo visos de ser realidad en algunos lugares ignotos. Al fin y al cabo, con un puñado de jovencitos corriendo podremos ver un programa de 24 horas que consiste únicamente en un humillante e innecesario tiro al pavo.

miércoles, 25 de abril de 2012

JUÁREZ (1939), de William Dieterle

Dentro de la impresionante galería de papeles que el extraordinario y hoy muy olvidado actor que fue Paul Muni interpretó en los años 30, destaca el del liberal Benito Juárez, pilar de la democracia mejicana, famoso por la impasibilidad de su rostro de marcados rasgos indios y adalid de la revolución que acabó con la marioneta imperial que representaba la dinastía de los Habsburgo a través del Archiduque Maximiliano I, títere manejado con mano de hierro por Napoleón III. Pero los soñadores existen, sobre todo en la imaginación de las masas y el propio Maximiliano rivalizó con Juárez por ganarse el corazón de los ciudadanos mejicanos y cuando dos personas luchan por el mismo amor el resultado suele ser la guerra y el rechazo, el patetismo de la derrota es aún mayor y la historia se abre para dar paso a soluciones aún peores.
“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” . Y en esta frase, tan sólo palabras de político, se resumía toda la lucha juarista. Lo cierto es que el cine americano nunca trató demasiado bien a la historia de Méjico. Ahí están películas tan fallidas como El capitán de Castilla, de Henry King; o el despropósito de Villa cabalga, de Buzz Kulik; el fracaso absoluto en una de las películas más personales de John Ford con El fugitivo; la despedida discreta en el cine del gran Gregory Peck como protagonista en Gringo viejo…pero también, no podemos olvidar, los enormes aciertos que supusieron ¡Viva Villa!, de Jack Conway; El tesoro de Sierra Madre, de John Huston (una obra maestra indiscutible) y, por supuesto, la maravillosa ¡Viva Zapata!, de Elia Kazan. En esta ocasión, aunque hay trechos abreviados por obra y gracia del cine, el gran acierto siempre es Paul Muni, un hombre al que podríamos definir como el Robert de Niro de los años treinta, pero que se especializó en personajes históricos como Louis Pasteur, Emile Zola o Benito Juárez por su capacidad camaleónica, por su innata transformación en el personaje que interpretaba y que, con una filmografía asombrosamente corta, consiguió impresionar con películas del corte y de la talla de Scarface, de Howard Hawks; la extraordinaria La buena tierra, de Sidney Franklin;  o la magnífica y muy olvidada Soy un fugitivo de Mervyn LeRoy.
En cualquier caso, Juárez es un film de notable alto, con un reparto ajustado al milímetro que sabe secundar la infinita sabiduría de Muni y dirigidos con la mano, a veces un poco teatral, de William Dieterle, discípulo de Max Rheinhardt y procedente de la escena alemana. Todos los actores juntos son un perfecto engranaje, un elenco sobresaliente que construye una plataforma de lanzamiento ideal para una intensidad que sólo sabe darnos la historia y presenciar un enfrentamiento legendario entre Muni y su oponente, Brian Aherne.
Cuando cojan el mando a distancia y se sienten delante del televisor, no olviden que están ante un actor que era capaz de quitar el aliento con su osadía impasible, con su severa quietud, con su inquieta tranquilidad…porque lo que se describe aquí no es a un personaje, sino la idea que él representa y cómo una idea es capaz de aplastar a todo un emperador. La revolución siempre comienza con la convicción y, como dijo Richard Brooks en Los profesionales: “Quizá sólo ha habido una Revolución…la de los buenos contra los malos…la pregunta es: ¿quiénes son los buenos?”. Tal vez esta película nos ayude a buscar alguna respuesta. Tal vez nos abra nuevos interrogantes. Tal vez sea sólo la épica historia de alguien que quiso cambiar las cosas a través de la verdad, la libertad y la grandeza de su patria. Palabras algo vacías en los días de hoy…

martes, 24 de abril de 2012

ROCKY (1976), de John G. Avildsen

La vida, entre el frío y la soledad, es un continuo gancho de izquierdas. La humillación es pura rutina, la inteligencia brilla por su ausencia, la honestidad es el único asidero aún cuando hay charcos de corrupción que salpican la candidez. Un cruce de miradas y todo cambia. Incluso la suerte. No hay sitios donde apoyarse y, de repente, aparece uno en forma de una chica llena de timidez, de miedo. El fracasado no tiene miedo porque ha vivido siempre con él. La chica lo tiene porque no soporta el roce de la derrota.
En un cuadrilátero, dos hombres se golpean con el orgullo en los guantes. El castigo es demasiado duro, demasiado inhumano. Es un mero trámite que se convierte en insalvable para uno. Son los merecidos diez minutos de fama para el otro. El esfuerzo no siempre lleva al éxito pero sí a la resistencia, a hacer del fracaso una posible victoria en el corazón. El dolor sigue ahí pero el pundonor ha conseguido domarlo y recluirlo en un rincón de la felicidad.
Qué diferente es todo cuando el dinero se apodera de la existencia y se pasa de unas miserables luces de un tugurio a los cegadores focos del gran espectáculo. Hay que hablar en público y, entonces, es más fácil cometer errores porque la sinceridad no es más que una demostración de la guardia baja. El ridículo se traga porque eso es lo que se ha estado haciendo desde hace muchos años. Lo importante es demostrar que no se es un títere cualquiera, un muñeco roto con el que se ha jugado un rato en la lona. Si no hay talento se debe acudir al sudor, a la extenuación, a mantenerse de pie, a producir el asombro de lo que nadie espera. Ganar es para otros. Estar ahí y soportar los golpes que caen como mazas es para los que saben sufrir. Y de eso Rocky sabe más que nadie.
Degenerada después por múltiples secuelas que acudieron a lo fácil, a lo descaradamente comercial y al comentario despreciativo, Rocky constituyó una sorpresa porque ponía una serie de elementos comunes al servicio de una historia que hablaba sobre la modestia del perdedor, la fascinación de los callejones, la resistencia del que no tiene ningún futuro. Hablaba de una historia de amor sincera, sin grandes sorpresas, sin elegancias sublimes. Solo el amor. Hablaba de una orgía de golpes que parecía rozar lo típico y que se quedaba en algo mítico. Allí, en los ladrillos rojos del suburbio, había suficientes fracasados como para hacer de todos ellos un apasionante rompecabezas cercano al triunfo. Y eso encandiló al público que se quedó con esta primera. Original y única y, por ósmosis con sus secuelas, despreciada hasta la saciedad. Rocky fue una buena película, dirigida con temple por un veterano que sabía lo que se hacía y que exhibe un repertorio técnico más que envidiable. Escrita por un tipo que creía en la historia más que en su honestidad y que vagó de productora en productora para llevar adelante su sueño. Realizada para decir a todo aquel que la viese que la derrota nunca está escrita sino que, también, hay que ganársela.

viernes, 20 de abril de 2012

TAKE SHELTER (2011), de Jeff Nichols

Una tormenta en la cabeza. Unos pájaros enloquecidos. Unas alucinaciones torturantes. La locura hace su aparición. Destructiva. Corruptora. El equilibrio familiar se resiente. La mirada se vuelve furtiva. Los ojos buscan respuestas en la genética, en un pasado que no fue feliz. En el razonamiento, lo absurdo está lleno de lógica y la lógica es una prolongación del absurdo. Las amistades se rompen. La enfermedad no se ve, no es evidente pero está ahí. El amor es el único asidero y se está resquebrajando ante el pánico. El miedo no es más que un delirio fabricado. Como un refugio para tornados.
Los supuestos problemas son enfrentados con la huida. Si hay algo que no va bien, mejor que se quite de en medio. El perro. El amigo. La mujer. El tornado. No, el tornado no se va a quitar solo por desearlo. El tornado vendrá. Con una fuerza llena de ira. La naturaleza se manifiesta, amigo. Igual que la locura.
Con mimbres inquietantes, bordeados por la normalidad agrietada, Jeff Nichols dirige una película que nos adentra en los más oscuros sótanos del raciocinio. Es difícil discernir qué es pasado, qué es presente y cuánto de ellos hay en el futuro. Una alucinación puede ser una evidencia de la enfermedad mental pero también puede ser una premonición. La bolsa o la vida es un dilema al que hay que enfrentarse con sangre fría. Algo de normal tiene que haber en toda esta anormalidad. El empleo se pierde. El callejón sin salida es un largo y tortuoso sendero hacia la cerrazón, hacia la nada. Quizá la nada sea tener todo. La vida es dura pero amable y solo se necesita tocar uno de sus bordes para que se vuelva con toda su furia y desprecio.
Una vez más, hay que alabar el trabajo de Michael Shannon en ese personaje que lucha sin descanso contra los fantasmas que le acechan, que camina por una delgada línea apenas perceptible que le hace inclinarse a uno y otro lado de la razón. En su mirada hay signos del abismo abriéndose paso con pico y pala y en él parece que se dibujan los preparativos para aquel memorable esquizofrénico de opiniones certeras que exhibió en Revolutionary Road, de Sam Mendes. A su lado, la fragilidad de Jessica Chastain es el contrapunto más indicado para un hombre de fuerza y brío que está demasiado confundido como para encontrar la llave de la felicidad. La tierra se abre por propia voluntad. El refugio es la obsesión porque la vida es el objetivo. No importan los cheques que se acumulan, las decepciones que se agolpan, las miradas escépticas de todos los que rodean a una familia que, poco a poco, se va quedando sorda ante las sensaciones del mundo exterior. Todo ello da como resultado una obra de susurros, de silencios enormes, de futuros inciertos, de grandes virtudes y de algunos defectos incluidos en el terreno de la paranoia. No todo sueño es verdadero. No toda verdad es ineludible. No todo el destino está escrito.
Así pues, el drama psicológico y doméstico está servido. Las luces calientes parece que reconfortan al que asiste al proceso de enterramiento en vida de un hombre que ama pero que no siente y que lo único que siente es un terror apenas disimulado. Y eso es algo que hay que controlar en todos y cada uno de nosotros. El enemigo está aquí dentro, en las entrañas, en el duelo diario con la cordura. Hagámonos a la idea de que la persecución de la felicidad no está en el más y en el mejor sino en la consecución de la armonía más equilibrada. Si no, estaremos dando un paso inevitable hacia el desquiciamiento, hacia las desgracias más miserables. Una de ellas es ser incapaces de ver todo lo que nos quieren los demás, las muestras de afecto, los detalles de complicidad, la paz del orden dentro de casa, la seguridad de que, sin necesidad de construir refugios, estamos a salvo mientras estemos rodeados de las personas más importantes de nuestra vida.

jueves, 19 de abril de 2012

BATTLESHIP (2012), de Peter Berg

Si usted no puede...¿quién podrá...Capitán?” Y la palabra “capitán” resuena en los pechos huecos de bravura, las insignias parecen brillar con más fuerza bajo la árida luz del sol, la responsabilidad aparece como por arte de magia en el rostro del protagonista, el ejército se convierte en un hogar al que hay que mirar de forma diferente y los ojos se transforman en cazadores del detalle, en reflejos de listeza, en duelo de miradas contra el enemigo imbatible.
Y así asistimos, sin pudor ni vergüenza, a un absurdo tras otro en una mera excusa para mostrar a los extraterrestres más bestiales y más incoherentes de la historia del cine. Un acorazado de no se sabe cuántas miles de toneladas se frena en seco con un ancla, los proyectiles que antes no dañaban ni la superficie de las temibles naves alienígenas de repente se convierten en armas mortíferas que los hacen saltar por los aires, el Secretario de Defensa de los Estados Unidos aparece por ahí en una reunión en el Pentágono que parece un chiste lleno de uniformes, Rihanna de heroína militar es como si yo me pongo una sotana de sacerdote jesuita, el hundimiento de uno de los barcos es como el del Titanic pero cortado a lo largo en lugar de a lo ancho, no duden en alistarse en la Marina porque en un periquete pasarán a ser Teniente, y de armamento táctico nada menos. Para pasmo de quien les escribe, me da la risa floja y mis vecinos de butaca me miran como si estuviera cometiendo un crimen horrible y lo que veo en pantalla es un montón de chatarra volando por los aires, una tensión que aguanta hasta un esquizofrénico y unos diálogos que parecen escritos por un niño de tres años en plena rabieta.
Por supuesto, todo tiene que ser monstruosamente grande, enorme, gigantesco, como para dar miedo aunque esas naves de metal desconocido se muevan con la rapidez de un galgo hambriento. La procedencia del videojuego de costumbre no se puede disfrazar porque, atención, hasta los personajes se ponen a jugar a un videojuego. Liam Neeson aparece por allí con unos galones de almirante que hacen pensar que tiene que estar al borde de la más absoluta pobreza para aceptar intervenir en algo así. El protagonista, Taylor Kitsch, aparte de su apellido que da lugar a unos cuantos chistes, tiene una cara que parece que sufre cuando tiene que pasar a otra expresión. La cámara se mueve con mucho nervio para simular que se está viviendo una aventura de esas que te dejan sin aliento cuando, en realidad, lo que estás deseando es que termine el embrollo. Ah, eso sí, si deciden gastarse tontamente el dinero en esto, no se levanten hasta que terminen los créditos que hay una sorpresa que les va a sonar a muy conocida.
Es inevitable pensar que en qué diablos estaría pensando el millonario de turno para gastarse un buen mordisco en hacer algo tan prescindible, tan manido, tan cansino (aunque les juro que no tanto como ese “do” que suena repetida y machaconamente a lo largo de toda, toda, toda la película) y tan estúpido como esto. Con la cantidad de cosas que hay para entretener sin ponernos demasiado exigentes. Es para desear que los extraterrestres, atraídos por esa llamada que tiene tan poco sentido como sus intenciones, nos eliminen de una vez por todas y nos regalen unas cuantas de sus bolitas destructoras que destrozan todo cual máquina tuneladora sin freno. Asistir a esto es comparable a una mortificación en toda regla. Para que luego digan que el trabajo de crítico es fácil. Y luego pónganse a escribir sobre ello. Hasta el artículo que sale es tan innecesario que dan ganas de acabarlo con una sola palabra que, naturalmente, mi instinto de caballero me impide transcribir. Por favor, que vengan los alienígenas y nos exterminen con saña. Así, tal vez, nadie repetirá una película como ésta, tan llena de agujeros como una raqueta y que hace enrojecer de vergüenza ajena.

miércoles, 18 de abril de 2012

HOTEL INTERNACIONAL (1963), de Anthony Asquith

La opinión de Orson Welles define, por sí misma, a esta película: “Anthony Asquith, el director, era uno de los hombres más amables e inteligentes que nunca hubo en el cine pero no se le puede juzgar por su trabajo en Hotel Internacional, que fue hecha exclusivamente para el lucimiento de Richard Burton y Elizabeth Taylor y escrita para ellos por Terence Rattigan con el fin de reeditar el éxito de los años 30 de Gran Hotel. Rod Taylor y Maggie Smith estuvieron maravillosos en sus papeles. Y, naturalmente, también, Margaret Rutherford. Pero el auténtico placer fue trabajar con Anthony Asquith, un hombre capaz de tropezar con un cable y luego volverse y pedirle perdón al cable”.
Y es cierto, en medio del extenso reparto de estrellas que iluminan la marquesina de Hotel Internacional destacan por sí solos los trabajos de Rod Taylor, Maggie Smith, Margaret Rutherford y el propio Orson Welles, que interpreta el personaje de un director de cine en horas bajas que intenta ser un remedo, según sus propias palabras, de Gabriel Pascal, director, entre otras, de César y Cleopatra, con Vivien Leigh. Y son, precisamente, las historias secundarias, que se mueven alrededor del gran melodrama que protagoniza el matrimonio Burton-Taylor, las auténticas virtudes de esta película, capaz de definir con escasos trazos a toda una galería de personajes que se mueven entre la opulencia y la miseria humana que a todos nos agarra por el cuello sin dejar que podamos respirar entre los dedos del destino. Asquith, un director de cuidada elegancia que realizó una esplendorosa versión de Pigmalión con una excepcional Wendy Hiller y un fantástico Leslie Howard, intenta aportar oficio a un relato que se resiente en sus cimientos pero que tiene un acabado exterior impecable debido a su elegante y nada relamida periferia. Tanto es así que algunos de sus diálogos llegan a ser brillantes, agudos, hilarantes y certeros mientras que el devastador drama relativo a la pareja protagonista no acaba de convencer a unos ojos que parece que buscan con denuedo que vuelvan a aparecer otros personajes que, a medias entre el desenfado y la seriedad que la angustia vital requiere, resultan mucho más atractivos para los pobres mortales que queremos ver a todos intercambiando frases de altura y gestos de cumbre.
Irregular pero a ratos fascinante; en ocasiones, grácil; a veces, cine. No deja de ser una muestra del mayor de los entretenimientos basada en el más puro lujo de una puesta en escena que engaña puesto que todos, los de arriba y los de abajo, sufrimos por llevar adelante nuestros sueños, por salir de los hoyos interminables a los que nos condena la falta de dinero, por agarrar aquello que amamos y no soltarlo porque, aunque las cosas vayan mal, sabemos…tenemos la certeza de que esa persona es la que hace que nuestro corazón tenga su sístole de pasión y su diástole de amor. Y es así como hay que ver Hotel Internacional. Tenemos que vestirnos con joyas que no tenemos, comportarnos con ademanes fingidos, introducirnos en ambientes que no dominamos y creer que poseemos un dinero que es pura fachada. El resto es sólo una situación que nosotros mismos nos encargaremos de complicar con nuestra debilidad de seres humanos.