viernes, 27 de septiembre de 2013

R.I.P.D (DEPARTAMENTO DE POLICÍA MORTAL) (2013), de Robert Schwentke

No cabe duda de que todos morimos dejándonos cosas por hacer. Aunque solo sea vengarse del tipo que nos asesinó. Somos humanos, humanos muertos, pero humanos. La pena es que dejas detrás un buen puñado de sueños, de momentos irrepetibles al lado de quien tiene toda la ternura de tu corazón devorado por los gusanos. Habría que inventarse algún método para volver a la vida, cuando menos. Eso es algo que los muertos no entendemos demasiado. El túnel es solo de ida y dan ganas de dar la vuelta al centrifugado para que también sea de regreso. Bah, la vida es solo un trámite. Ahora que estoy muerto, estoy seguro de eso. La eternidad es lo que cuenta. Solo que no nos damos cuenta de que tenemos instantes de esa eternidad mientras estamos vivos.
Desvelar el verdadero rostro de los malos no es solo un trabajo para los que llevan placa y pistola mientras existen. También es tarea para los que no existimos. Claro que detener a gente que ya está muerta tiene su error porque elimina el riesgo. Yo ya estoy muerto así que, aunque me caiga un coche encima, voy a salir ileso, un poco dolorido tal vez, pero ileso.
Lo peor de todo es bajar a la tierra de los vivos y que la gente no vea tal y como eres. Puedes ser una chica  buenorra y ser realmente un rudo sheriff del viejo y lejano Oeste, veterano en mil lides muertas y que maneja el arma como nadie. O un chino decrépito que arrastra los pies mientras que, realmente, eres un joven policía que murió por una mano pretendidamente amiga. Esto es un baile de disfraces en el que la mayoría va con disfraz de monstruo.
Robert Schwentke ha optado por mezclar fórmulas y ha hecho este híbrido con elementos escogidos de Red y de Más allá del tiempo y así tenemos unas cuantas dosis de acción espolvoreadas con la típica y tópica historia romántica de chico muere, chico quiere volver porque le gusta chica, chico ve que es imposible volver porque la Naturaleza así lo dispone…El resultado es muy irregular con un Ryan Reynolds entonado aunque sin mucha salsa en su personaje, con un Jeff Bridges que lo único que hace es repetir las maneras de su personaje de Valor de ley pero trasladándolas a la ciudad moderna, con asfaltos como desiertos y aceras en lugar de tablones de madera y, por último, con un Kevin Bacon, como siempre desaprovechado, que sigue siendo uno de los actores con el físico más inquietante y que se refugia en papeles que están muy por debajo de su valía. Nada nuevo bajo el sol. Salvo la muerte.
Los disparos se suceden, el tiempo se queda suspendido en alguna parte mientras se hace el tránsito al otro lado y hay que prescindir del sentimiento para poder esperar a lo que se ama en la eternidad aunque, de vez en cuando, los plomos de Asuntos Eternos quieran meter las narices en el trabajo de un policía. Y es que, sencillamente, y como ley de muerte, no se puede tener todo.

jueves, 26 de septiembre de 2013

RUSH (2013), de Ron Howard

Yo fui uno de aquellos que disfrutó de la Fórmula 1 en la época en la que se disputaban los primeros puestos algunos pilotos de leyenda como James Hunt, Niki Lauda, Jody Scheckter, Jacques Laffite, Clay Regazzoni, Carlos Reutemann o Mario Andretti. Incluso fui uno de los que se sintió estremecido por el terrible accidente que tuvo Lauda en Nürburgring, atrapado en un infierno del que le salvó Arturo Merzario. No quise imaginar todo lo que había sufrido ese hombre que se había destrozado la cara cuando era el número uno del mundo.
Supe, en aquellos años, que aquellos pilotos y aquellos coches parecían estar hechos de una pasta diferente. Se estaban traspasando las fronteras de lo permitido en aras de la velocidad y la competencia era, desde luego, feroz. Un año después del accidente de Lauda vino aquel otro, también espantoso, del sueco Ronnie Peterson en Monza y tuve la certeza de que esos hombres que se escondían tras el éxito, las chicas y los coches de carreras, se jugaban la vida y que se enfrentaban a ella con algo más que técnica.
Ron Howard ha hurgado en las vidas de Hunt y de Lauda, retratando dos caracteres contrapuestos que resultan algo descompensados. Lauda era el piloto profesional, que sabía lo que quería a cada instante, que conocía su coche mejor que su cuerpo, que sabía hasta dónde arriesgar y cuándo parar. Hunt, por el contrario, era el niño guapo mediático, siempre con la frase adecuada a punto, que se arriesgaba echándole valor pero que no estaba interesado en ser el mejor de la historia. El inglés solo quería demostrarse a sí mismo que era capaz de ganar al mejor piloto del mundo y, luego, disfrutar de una fama efímera, una fama que emprenderá una huida similar a la que él protagonizó del mundo de la Fórmula 1. Lauda era el verdadero campeón, que trabajaba su talento. Hunt era el niño bonito, acostumbrado al éxito, que lo descuidaba continuamente.
Entre medias, Howard nos coloca algo del trasiego habitual que rodea al mundo de los mejores motores, unas cuantas escenas para describir a la incansable prensa que buscaba el sensacionalismo a través de la sangre, una torpe mirada sobre las vidas privadas de cada uno de los pilotos y, por supuesto, unas carreras bien recreadas, con bólidos propios de los años setenta, con la estética casposa de aquellos años y con los rugidos inevitables a siete mil revoluciones por minuto. Tal vez la misma velocidad que alcanzaban los latidos de los protagonistas de aquel circo.
Y es que saber ganar, a menudo, es tan difícil como saber perder. En medio de la competencia a la que nos obliga la vida, hay que saber cuándo retirarse porque el triunfo no está en los laureles, en la fama y en la vida fácil. Está en saber conservar el instinto que solo habita en el interior de los campeones. De esa forma se puede ir en busca de un nuevo éxito, de una meta más difícil, de un objetivo nunca alcanzado. Conformarse con llegar el primero y obtener el reconocimiento de los demás durante unos meses no es más que un fantasma que se llama vanidad y que, por lo general, destroza a todos los que caen en sus redes. El cambio de marchas es necesario y cambiar las gomas en el momento oportuno es toda una táctica. Y hacer perdurar la victoria en un síntoma de ases. Niki Lauda fue un as, uno de los mejores de su tiempo, un hombre valiente y un deportista que supo dominar su ambición y su ego. James Hunt fue un tipo simpático y conquistador que caía presa de la vanidad con la facilidad con la que ganaba. Y todos, por alguna razón que está escrita en las grietas de la piel del austriaco, recordamos a Niki Lauda. Tal vez porque supo ver que la vida era más valiosa que el éxito y que buscar ese mismo éxito también era vivir.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

GUERRA MUNDIAL Z (2013), de Marc Foster

Pues sí, los zombies están de moda, qué le vamos a hacer. Series, libros, películas y hasta llaveros, que los he visto yo. Todo para enseñarnos un muestrario de seres no-muertos que se dedican a hacer ruidos muy raros (serán todo lo muertos que quieran pero deben de acabar con la garganta fenecida) y a morder todo lo que pillan por delante. Así que, después de nazis, narcotraficantes y noches de muertos vivientes… ¿por qué no hacer una película en la que la Humanidad se halla en guerra con los tipos estos de piel morada, mirada atravesada y dientes amarillentos? Si además de todo eso, ponemos a Brad Pitt en la piel de un señor que no se sabe muy bien a qué se ha dedicado pero se las apaña divinamente…pues ya tenemos la película.
Ojo, que hay metáfora en todo el asunto. Lo de comernos los unos a los otros ya lo estamos viviendo solo que la carne es de papel adornado con muchos ceros. Nos importa un bledo, seamos sinceros, que con un despido un señor se quede en la calle con ciento cincuenta obligaciones y responsabilidad encima…pues ya está, ya le hemos convertido en un zombie que hará cualquier cosa con tal de salir adelante. Uno más entre la multitud de muertos andantes que saltan a la yugular de lo primero que pasa para ser tan cruel como lo han sido con él. Lo que pasa es que incluso las metáforas tienen que estar bien trenzadas y aquí no se tiene ni idea de dónde han salido (como los zombies que ahora nos acosan y que salvarán su tren de vida antes que la vida de los demás), el héroe es un señor que se ha retirado pero que se dedicaba a algo muy importante en países dentro de zonas calientes, los zombies, como siempre, son tontos de solemnidad (pues chicos, para estar así, no-muertos y pateándose los unos a los otros…prefiero morirme) y la solución al embrollo no es que sea delirante, es que al guionista se le ocurrió mientras estaba en pleno viaje astral debido a alguna sustancia psicotrópica de nivel bastante alto.
A ver, a ver, sí, tiene usted toda la razón. Todo está armado con un aroma a serie B que huele a muerto (perdón por el chiste fácil). No cuesta ningún trabajo imaginarse esto mismo rodado a finales de los años cincuenta por algún director como William Castle o Roger Corman en blanco y negro y con las mismas premisas y los mismos trucos. Hombre, lo de que Israel fue capaz de preverlo es para nota, eso ni a estos dos lumbreras se les hubiera ocurrido, pero se quita a Brad Pitt y se pone a un Vincent Price o a un Boris Karloff y hubiese sido una cosita calcada a la de aquellos gloriosos años de la producción en dos semanitas con un presupuesto de risa desaforada. Y con la metáfora-crítica-moraleja incluida. Y así pues es cómo se hace una película taquillera que acaba con los espectadores abducidos y yendo en tropel para ver cómo un muerto viviente de esos hace unos ruiditos con los dientes que parecen las castañuelas de Lucero Tena con el tembleque puesto. Me quedo muerto, de verdad.

martes, 24 de septiembre de 2013

M.A.S.H. (1970), de Robert Altman

Atención, atención: la guerra no es cosa de broma pero hay unos cuantos galenos que se la toman a chota. Más que nada porque huir del horror siempre es sano. Tanto como hacer una carnicería en el quirófano con las vísceras de un soldado o poner un micrófono indiscreto para desvelar las perversiones del beato y el furor uterino de la oficial amante de las ordenanzas y del orden. Al fin y al cabo ¿qué es la vida? Es un continuo paseo hacia la muerte. Si en el camino te tomas unos cuantos Martinis bien secos, corrompes a un jovencito surcoreano, te pasas unas delicadas vacaciones en Japón con el pretexto de sacar un trozo de metralla al hijo de un Senador de los Estados Unidos y tienes un jefe que es un ejemplo de no intervención, pues eso será lo que te lleves. No hay nada más bonito que intentar ligar en una tienda de campaña, o levantar la falda de la tienda de las duchas para comprobar si, efectivamente, la enfermera-jefe se tiñe el pelo o no. Todo acabará en una ovación, en un montón de risas, en unas cuantas copas bien servidas, en un cachondeo irreverente y en una canción que repite una y otra vez que el suicidio es menos doloroso.
Y es que, a ver, por mucho médico que se sea. Jugar al golf relaja. Ver una película de Victor Mature, también. Bromear mientras se demuestra lo que se sabe en medio de una operación, es lo suyo. Ir a una casa de geishas a cuenta de un coronel…bueno, eso es una pequeña distracción. Todo por la patria pero sin la patria. El mundo entero sabe que la uve de la victoria se marca con las piernas abiertas y no con los dedos separados. Los dedos bien juntitos, ya se sabe por qué.
Ah, bueno, también está el dentista llamado “Sin dolor” y que tiene un equipamiento de primera clase y no precisamente para sacar muelas. Para ello, se monta una última cena estilo Da Vinci y así se hace sentir incómodo, una vez más, al páter, que nunca sabe qué hacer y dónde ponerse. Caramba, si incluso se mete en el quirófano para ver si se le necesita aunque nadie le haya llamado. Eso sí que es servicio. Luego vendrán los partidos de fútbol americano aprovechando que hay un par de médicos, “Okay” Pierce y “Trampero” McIntire, que saben algo de darle al balón ovalado. Se llama a otro neurocirujano que fue profesional y ya se sabe…dinero al canto, juerga asegurada, enfermeras, bebidas y la guerra a tres millas de allí. En el fondo, es una crítica pero bañada en una sonrisa llena de mala leche.
Robert Altman consiguió un éxito sin precedentes con esta película, sobre todo gracias a la colaboración de dos actores que sintonizaron a la perfección con lo que él quería como Donald Sutherland y Elliott Gould. Hay que reconocer que los enredos y los líos tienen otro sabor detrás de sus sonrisas socarronas, profesionales y cínicas. La guerra también es una chica a la que hay que ligarse y ellos lo consiguen sobradamente. Con muchos personajes alrededor, con mucha mirada desencantada, con el bisturí sacado.

viernes, 20 de septiembre de 2013

AVIONES (2013), de Klay Hall

Tal vez deberíamos aprender a competir con humildad, no deseando el hundimiento del compañero y demostrando, al mismo tiempo, que somos capaces de hacer algo más de aquello para lo que estamos hechos. Basta con saber y tener conciencia de que no a todos se nos han dado las cosas hechas. El éxito es siempre la consecuencia del esfuerzo. No el falso éxito, ése que solo da cosas tan falsas como el oropel, una cierta reputación o el reconocimiento de los más superficiales. Me refiero al éxito de verdad, el que da la estima de la gente porque se ha sido objetivo, se ha tenido la mirada siempre bañada en un halo de claridad, valorando positivamente el trabajo de los demás aunque uno lo haga de forma brillante. Los competidores, por lo general, no suelen ser enemigos, suelen ser compañeros. Lástima que no todos piensen lo mismo.
Claro que si todos estos pensamientos tan bonitos los trasladamos a la chatarra de unos cuantos aviones que se dedican a hacer una carrera alrededor del mundo, la cosa pierde sentido. Bah, sólo estamos hablando de unos ingenuos dibujos animados ¿no? En ese mundo de fantasía para niños todo es posible. Lo que se transmite a los niños es lo que el creador de tales delirios ha querido. Y luego los niños lo interpretan como les sale de la bolsa de palomitas con la sal propia que ponen los padres. Compite, hijo, compite. Sin hacer caso de estas bobadas. Prescinde de los sentimientos y sé el primero. Solo así me podré sentir orgulloso.
No cabe duda, esta película está muy lejos de ser una obra maestra. Solo se salva porque se han diseñado unas maravillosas coreografías aéreas que lo único que hacen es revivir las nostálgicas secuencias de tantas y tantas películas de aviones que pudimos ver hace muchos años en películas de guerra o de aventuras. A la memoria me vienen Solo los ángeles tienen alas,  o La escuadrilla del amanecer, ambas de Howard Hawks, o Los ángeles del infierno, de Howard Hughes; o Dos en el cielo, de Victor Fleming…y no pararía en esta lista. El caso es que, siendo un argumento más que visto y que, desde luego, toma su referencia en Cars, de John Lasseter, no deja de ser una aventura, con repeticiones de personajes o de alguna situación que otra, con un leve y agradecido encanto.
Su otra virtud es ése mensaje que se quiere transmitir, intentando que los más niños sean un poco mejores que sus progenitores. Un poco más aviones y un poco menos monstruos. Al fin y al cabo, cuando se llega a la meta lo único que queda es el cariño que te tienen los demás. El resto es efímero y prescindible. Y no importa el lugar en el que se haya quedado. Lo que realmente proporciona satisfacción es que el trabajo se haya hecho con entusiasmo, con la verdad y con un instinto de superación que es lo que nos diferencia. Lo demás…siento decirlo…es el rastro de la inútil vanidad.

jueves, 19 de septiembre de 2013

LA GRAN FAMILIA ESPAÑOLA (2013), de Daniel Sánchez Arévalo

No debemos engañarnos. Descubrir los secretos de una familia, de cualquier familia, siempre es algo divertidamente patético. Más que nada porque hay algo trágico en el afán por mantenerlos escondidos y algo cómico en la misma verdad. Tal vez porque nos empeñamos con insistencia en mantener nuestras emociones en un segundo plano porque ellas son las que nos muestran como seres vulnerables, prisioneros de una vida que, por lo general, no nos suele gustar. Y por eso, también, buscamos la emoción en las películas. Todos tenemos alguna que guardamos en algún lugar del corazón porque nos gustaría haber vivido esas vidas tan desenvueltas, tan desenfadadas y que, además, suelen acabar con un maravilloso final feliz. Lo que pasa es que la vida rara vez suele ser una película aunque en alguna ocasión hemos creído que era así. Como en aquella final de julio del año 2010 y aquel gol de Iniesta que nos hizo saltar a todos de la silla para ponernos la emoción a flor de piel. Sin embargo, no nos damos cuenta y no recordamos que, para que llegara ese gol, Xabi Alonso recibió la patada de su vida e Iker Casillas paró aquello que parecía imposible. Para ganar, casi siempre, hace falta sufrir, sudar la camiseta, correr más kilómetros que una gacela, jugar prórrogas y quizás, solo quizás, llegue el gol al final, en los minutos finales. Es el premio por haber hecho precisamente aquello que se tenía que hacer.
Y así, en esos minutos de partido tan duros, hay un buen montón de frustraciones, de jugadas brillantes, de rencores por entradas, de gritos desaforados al árbitro pidiendo una expulsión que nunca se produce...Pero el partido hay que jugarlo y hay que jugarlo lo mejor posible porque si no, al final, llegarán los arrepentimientos y las seguridad de que se tenía que haber actuado mejor, de que el triunfo siempre asoma la cabeza y que hay que atraparlo con la rabia con la que se dispara y la disciplina con la que se defiende. Y no estoy hablando de fútbol.
Las decisiones que se toman demasiado pronto suelen ser erróneas, presas de un descontento que se adelantará en venir. La admiración es peligrosa porque se puede convertir en una inferioridad técnica que no sirve para recoger el trofeo final. El impulso juvenil es una jugada no pensada, no ensayada, no duradera. La inocencia y la ternura suelen arrancar sonrisas cuando parece que están todas sentadas en el banquillo. La búsqueda de un papel en el equipo no tiene más salida que la confusión. Y así todos los hermanos de esta gran familia terminan por abrazarse en ese gol que, muy posiblemente, jamás se repetirá. La vida es así. Las cosas, por lo general, solo pasan una vez.
Daniel Sánchez Arévalo dirige con agilidad esta comedia de ojos entornados y mima a sus actores arrancando interpretaciones creíbles (con especial mención a Roberto Álamo y Antonio Latorre), haciendo un especial hincapié en esa irritante vehemencia con la que muchas veces hablamos los españoles para llevar la razón incluso cuando el lío es por causa nuestra. Antes de aquel día, nunca fuimos campeones del mundo porque era muy difícil que tanta gente se pusiera de acuerdo. Después ya no lo seremos porque somos expertos en deshacer lo hecho y nos gusta empezar desde la desesperación. Y olvidamos que el cariño es el motor de nuestras vidas, que tenemos un miedo terrible a quedarnos solos desde que tenemos edad para pensar y que amar suele ser sinónimo de dar. Como aquel gol de Andrés Iniesta que nos dio un sueño, una esperanza, una alegría, un nuevo comienzo, una seguridad en el abrazo del que estaba al lado, una tremenda compañía, una sensación irrepetible, un salto de júbilo, unas lágrimas de emoción, una voz quebrada y un leve pensamiento por los demás. Iniesta de mi vida...

miércoles, 18 de septiembre de 2013

ASALTO AL PODER (2013), de Roland Emmerich

La verdad es que hay días en los que las ideas deberían irse por el sumidero. Vas a la Casa Blanca de visita, para disfrutar un poco de la historia y para inyectarte en vena unas cuantas dosis de patriotismo y te encuentras con un montón de tíos armados hasta los dientes con entrenamiento militar que quieren lanzar unos cuantos misiles nucleares…por razones personales. Y es que hay algo que no se nos ha ocurrido pensar: igual que hay políticos, militares y artistas con el perfil muy bajo…caramba, los terroristas también pueden serlo. Eso sí, mientras esta panda de resentidos de tres al cuarto se dedica a destruir todo lo que tocan y demás tópicos vistos hasta el pus, resulta que tenemos a un presidente (negro, por supuesto) que tiene mejores intenciones que los cuarenta y cinco presidentes anteriores juntos, que posee siempre la palabra exacta y el gesto justo y van los cuatro aguafiestas de siempre porque han perdido a unos cuantos parientes en cualquiera de las guerras en las que los americanos están invariablemente involucrados.
Lo más curioso de todo es que el director de todo esto sea Roland Emmerich, alemán de nacimiento y muy conocido porque su pasatiempo favorito es destruir la mansión presidencial estadounidense. Aún recuerdo cómo aplaudía la gente en el cine cuando los marcianos lanzaban un rayo letal sobre la misma cúpula de la residencia del primer mandatario y explotaba todo en mil pedazos en Independence day. Sorprendido me quedé cuando comprobé que había dirigido una cosa que se llamaba Anonymous que tenía la ínfima pretensión de ser algo de cine lo que pasa es que la cosa no funcionó porque no pudo incendiar el Palacio de Buckingham ante las palabras del Shakespeare que quería homenajear En Asalto al poder aún quedan los cimientos de la Casa Blanca pero tiene secuencias que son para ponerse de pie y aplaudir con ganas, eso hay que reconocerlo.
Una de ellas es esa en la que los malos y el bueno se ponen a perseguirse con unas limusinas todo-terreno en los jardines inmaculados del mítico palacio. Y lo hacen, así con dos balas, alrededor de una fuente y se monta un tiovivo de acción de tres pares de narices. Si a eso añadimos las consabidas y ridículas frases patrióticas que no hacen sino exaltar el espíritu e invadirse del sentimiento de lo grande que es su país, el resultado es, no nos engañemos, el que espera cualquier hijo de vecino que se acerque al cine para verla. Acción, muchos tiros, unas cuantas explosiones para maltratar un poco la pintura y paz para el mundo.
Lo increíble es que, antes de meterse en faena, Emmerich tarda casi hasta media hora en plantearnos la historia y describir a los personajes y hace actuar a un porrón de gente durante todo ese tiempo. Hasta sorprende encontrar a nombres como James Woods, Richard Jenkins o Maggie Gyllenhaal en el reparto. Incluso en algún momento interpretan algo de lo que les cae en suerte. Poderoso caballero es Don Dinero, sin duda. Hasta Channing Tatum, habitualmente menospreciado por el que suscribe, exhibe algún gesto convincente (aunque es aislado y remoto) y Jamie Foxx parece que se va a arrancar en cualquier momento con alguna canción de soul para decirles a esos machotes que se vayan, que a la democracia no le gana ni unos cuantos cohetes anti-tanque y que todo el que resiste, vence. Yo, viendo esta película, tengo que reconocerlo, me sentí muy derrotado. Y dando vueltas alrededor de la fuente con un todo-terreno. Eso impacta. Y hace daño.