Solo una mano suspendida en medio del vacío del pánico, pidiendo ayuda, suplicando el auxilio para que la verdad sea mostrada a plena luz del sol ya difuminado por la polución. La Tierra se muere, se extingue poco a poco porque los recursos han sido agotados y en una ciudad de cuarenta millones de habitantes, hay veinte millones que no tienen trabajo. La gente vive en las calles, amontonándose en las escaleras de incendios, en los portales, en cualquier sitio donde se pueda estar cerca del alimento y del agua racionada. Una ducha es un lujo. Un filete es prohibitivo. Una chica es mobiliario de casa. Una lechuga es solo un recuerdo.
Y aún así, todavía existe un policía empeñado en investigar un crimen que huele a ejecución. Comete pequeños hurtos mientras registra los lugares donde se cometen los asesinatos. Se lleva un entrecot de buey, un par de libros de investigación, unas judías blancas cocinadas, una pastilla de jabón…pero es que tiene que vivir, tiene que probar las cosas que su compañero de piso le ha contado tantas veces que existieron en la Tierra. Esa Tierra poblada por una Humanidad que se lanza a consumir el único alimento existente, basado en plancton marino. Todo es tan horrible, tan imposible de vivir que la muerte parece una liberación. Incluso en el control de algaradas la gente es desalojada a paladas de camión de la basura. Y ahí es donde vamos. A la misma basura.
Esta película de Richard Fleischer indaga en el instinto de autodestrucción que anida en el hombre y que, situada en el año 2022, resulta de una enorme vigencia para los tiempos que corren. El paro masificado, el Estado derrotado y dejando en la indigencia a miles de seres que no tienen casa. El policía llega a decir que estando dos días de baja perdería su empleo. El cielo escondido en las capas de la contaminación, el asilo donde los ancianos piden morir porque ya no aguantan más que nadie se ocupe de ellos…Resulta extrañamente ficción y aún más extrañamente cercano. Lo que era pura fantasía en 1972 resulta ser una inquietante parábola que nos echa del pensamiento acomodaticio y nos sumerge en el miedo incontrolado. El alimento escasea, ya no hay muchas de las cosas que podíamos comer de niños y se nos vende como natural aquello que es manufacturado y sintetizado. Pronto, todos nosotros levantaremos esa mano suplicante rogando por la verdad y por un cambio de rumbo en las mentalidades de todos los que nos llevan hacia la agonía. La Humanidad ira desapareciendo así, entre estertores de muerte, entre alaridos de angustia, entre rabias ahogadas porque ya nadie escucha. Solo nos importa el placer inmediato, saciar los impulsos, amasar las mayores cantidades de dinero posibles aunque ello signifique que los perjudicados acaben de alimento para los peces. El destino lucha ya por alcanzarnos. Y cuando eso ocurra, no habrá más esperanzas de un mañana algo mejor. Nosotros somos los auténticos caníbales.






