viernes, 15 de noviembre de 2013

CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE (1972), de Richard Fleischer

Solo una mano suspendida en medio del vacío del pánico, pidiendo ayuda, suplicando el auxilio para que la verdad sea mostrada a plena luz del sol ya difuminado por la polución. La Tierra se muere, se extingue poco a poco porque los recursos han sido agotados y en una ciudad de cuarenta millones de habitantes, hay veinte millones que no tienen trabajo. La gente vive en las calles, amontonándose en las escaleras de incendios, en los portales, en cualquier sitio donde se pueda estar cerca del alimento y del agua racionada. Una ducha es un lujo. Un filete es prohibitivo. Una chica es mobiliario de casa. Una lechuga es solo un recuerdo.
Y aún así, todavía existe un policía empeñado en investigar un crimen que huele a ejecución. Comete pequeños hurtos mientras registra los lugares donde se cometen los asesinatos. Se lleva un entrecot de buey, un par de libros de investigación, unas judías blancas cocinadas, una pastilla de jabón…pero es que tiene que vivir, tiene que probar las cosas que su compañero de piso le ha contado tantas veces que existieron en la Tierra. Esa Tierra poblada por una Humanidad que se lanza a consumir el único alimento existente, basado en plancton marino. Todo es tan horrible, tan imposible de vivir que la muerte parece una liberación. Incluso en el control de algaradas la gente es desalojada a paladas de camión de la basura. Y ahí es donde vamos. A la misma basura.
Esta película de Richard Fleischer indaga en el instinto de autodestrucción que anida en el hombre y que, situada en el año 2022, resulta de una enorme vigencia para los tiempos que corren. El paro masificado, el Estado derrotado y dejando en la indigencia a miles de seres que no tienen casa. El policía llega a decir que estando dos días de baja perdería su empleo. El cielo escondido en las capas de la contaminación, el asilo donde los ancianos piden morir porque ya no aguantan más que nadie se ocupe de ellos…Resulta extrañamente ficción y aún más extrañamente cercano. Lo que era pura fantasía en 1972 resulta ser una inquietante parábola que nos echa del pensamiento acomodaticio y nos sumerge en el miedo incontrolado. El alimento escasea, ya no hay muchas de las cosas que podíamos comer de niños y se nos vende como natural aquello que es manufacturado y sintetizado. Pronto, todos nosotros levantaremos esa mano suplicante rogando por la verdad y por un cambio de rumbo en las mentalidades de todos los que nos llevan hacia la agonía. La Humanidad ira desapareciendo así, entre estertores de muerte, entre alaridos de angustia, entre rabias ahogadas porque ya nadie escucha. Solo nos importa el placer inmediato, saciar los impulsos, amasar las mayores cantidades de dinero posibles aunque ello signifique que los perjudicados acaben de alimento para los peces. El destino lucha ya por alcanzarnos. Y cuando eso ocurra, no habrá más esperanzas de un mañana algo mejor. Nosotros somos los auténticos caníbales.

jueves, 14 de noviembre de 2013

SÉPTIMO (2013), de Patxi Amezcua

Un juego inocente que sirve para aumentar complicidades porque, al fin y al cabo, la madre lo prohíbe y el padre lo fomenta. La vieja historia de siempre. Un matrimonio que tiró la estabilidad por el hueco de la escalera y que ahora busca un rumbo nuevo de forma diferente y que tratan de ganarse a los hijos a base de permitir lo que otro veda. Mármol frío que se calienta con pasos hacia ninguna parte. Rencores de silencio que se sitúan en la misma puerta de un vecino llamado maldad.

La mirada hacia arriba, buscando respuestas cuando se arrebata lo más querido. Paseos interminables haciendo un ejercicio de piernas considerable mientras se desgastan las suelas con los escalones de la desesperación. Cerraduras quietas que se niegan a abrir sus ojos para dar ninguna explicación. La sospecha que pasa de uno a otro porque todos, de alguna manera, tienen algo que esconder. Sobre todo quien busca porque los enemigos crecen a golpe de llamada de móvil. Todo es una cuestión mucho más simple, mucho más cruel, mucho más antigua.
Patxi Amezcua es el responsable de haber construido un edificio de cimientos bien sólidos que han tenido que soportar muros de adobe vacilante. No vale tener solo sentido del ritmo para hacer que se olviden flecos y se dejen preguntas sin contestar. Tampoco vale tener a un gran actor como Ricardo Darín para llevar todo el peso de una trama que promete y que, sin embargo, cae por algunos vacíos incomprensibles que llegan a ser demasiado evidentes en alguna ocasión. Hay que trabajar el guión antes de ponerse detrás de las cámaras y contar una historia que pide a gritos la exactitud de un mecanismo de relojería porque solo así se llega a pisar los siempre difíciles terrenos de la calidad.
Roque Baños pone clima con una música templada y torcida, llena de clase y hay una fotografía que retrata a Buenos Aires desde las alturas con interés y cariño. Gran urbe de grandes secretos, que delata sinfonías de ruido, de charlas interminables, de luces que ponen sangre a sus venas y de enormes arterias de ríos grises como reflejos de un cielo que pone calor y plomo sobre los tejados. Por lo demás, se echa de menos a una actriz que ponga mapa al sufrimiento de una madre y que no lleve la tortura fingida en la cara de Belén Rueda, descolocada todo el tiempo y evidente hasta la decepción.
Y es que se siente el sudor goteando por la camisa cansada de ese abogado que nada en el agobio que él mismo se ha buscado porque no supo ganar el proceso de la felicidad. Su trabajo le sitia y le provoca la angustia suficiente como para convertir su vida en un sentido único hacia el ahogo. Tal vez porque en su casa no encontró nada que le hiciera desear permanecer en medio del cariño. Tal vez porque, en el fondo, los perdedores también llevan traje y corbata.
Absurdos contenidos y provocados por la precipitación, espacios vacíos rellenados con carreras desaforadas, buscando respuestas por los rincones de una casa que es un laberinto de almas perdidas, que no saben salir de una despreciable mediocridad. Sospechas de viejas rencillas, certezas de nuevas peleas que también ejercen su influencia. Todo un rompecabezas que hubiera merecido algo más de coherencia y algo menos de prisa. Quizá porque el ascensor es un viejo armatoste de encanto probado y parada garantizada entre pisos. Todas las puertas, a pesar de ser de madera, son rejas a prueba de intrusión. Y a veces los pequeños detalles son los que más traicionan. Como un móvil sin batería que, de repente, sí la tiene. O un personaje que va y viene y luego desaparece sin más explicaciones. Da lo mismo. Lo importante es que la serenidad vuelva a encajar en un lugar en el que nunca debió de faltar. 

martes, 12 de noviembre de 2013

SONATA DE OTOÑO (1978), de Ingmar Bergman



Debido al cumplimiento de un deber de carácter público e inexcusable, mañana no habrá artículo de cine en este blog. Volveremos el jueves. Mientras tanto, aquí dejo un aperitivo del apasionante debate que esta noche van a sostener en el programa Conversacines Chus de León, Raquel Jaén y Juan Caso. Dedicado a ellos.

 La carne que se va separando de la carne aunque el cordón umbilical siga ahí, bien firme, resistente, impasible. Una mujer que tiene demasiados vacíos en su vida porque prefirió estar sentada delante de unas teclas que atendiendo a su familia. Y son tantos los aplausos, tantos los vítores, tantos los elogios que se ha olvidado de que algo pudo hacerlo mal. Por ejemplo, ser madre. Con su arrolladora personalidad, aplastó la balbuceante adolescencia de su hija, no quiso saber nada de la terrible enfermedad de otra hija, dilapidó a sus amantes en unos terribles infiernos de mediocridad mientras se engañaba a sí misma creyendo que todo lo hacía bien porque el resto del mundo la adoraba. Y solo se encaminaba hacia una triste sonata de otoño donde la soledad y la tristeza se pueden tocar con los dedos, como un preludio de gotas de agua que caen sobre dedos ya ajados. Ella sembró las semillas del odio. Ahora, con las arrugas en el rostro, deberá recoger la cosecha.
La hija, siempre mediocre, siempre al borde del trauma. Perdió a una madre estando viva y a un hijo porque se fue a la muerte y trata de reconstruir su vida recordándose a sí misma que el cariño existe, que la gente se preocupa, que siempre habrá alguien que cuide de los que no se valen. Ella tragó con los arrolladores deseos de la madre solo por conservar un ápice de cariño que jamás recibió a pesar de que la madre cree que sí. La personalidad anulada, colocada a la izquierda para dejar pasar al torbellino que le dio la vida. El primer amor prohibido, las primeras frustraciones depositadas en algún rincón solitario…Nunca ha podido expresar sus sentimientos porque nadie la ha dejado y, cuando ha tenido la oportunidad, nadie la ha escuchado. El desprecio ha hecho nido y, por mucho que intente encontrar ese inconfundible olor de una madre en un abrazo que busca hasta la extenuación, no lo podrá hallar. Ella es carne de olvido, como una música que se lanza al aire con la esperanza de posarse sobre algún oído interesado.
El marido, siempre discreto, siempre silencioso. Sabe que el sufrimiento se revuelve en medio de la tranquilidad y, sin embargo, lo sobrelleva con calma. Está enamorado de la misma inocencia que su mujer, en una larga noche de charla y verdad, va a perder. Todo le parece bien porque es inútil luchar contra un destino que le parece inevitable. Su hijo murió y el dolor está ahí, latente, perenne, traidor y acusador. Viene la suegra y no tiene más salida que la retirada en silencio porque volver a sufrir, volver a sentir tanto el dolor no tiene ningún sentido. Él ya murió en algún lugar de unas aguas malditas. Solo quiere agarrarse a la madera de unos ojos azules que adora por su ternura.
Y Bergman se encontró con Bergman. A pesar de que dos personalidades tan potentes tuvieron que sufrirse mutuamente, supieron fabricar una película llena de sentimientos dispares que se colocan en las estanterías de nuestra alma porque los conocemos muy bien. Solo que lo hacen a través de las palabras  y de las sensaciones que emanan de unos rostros que creemos verdaderos. Como la misma vida, porque siempre hemos creído que la vida era verdad y, tal vez, solo es un teatro que nosotros mismos dirigimos para poder sobrevivir.

viernes, 8 de noviembre de 2013

SOLO DIOS PERDONA (2013), de NIcolas Winding Refn

El tiempo pasa muy despacio entre las estrellas hechas de neón y el rojo mar de sangre. Las debilidades se esconden detrás de rostros de impavidez que se erigen como tierra de promesas, tal vez, porque el pasado se ha dejado demasiado atrás. Las vísceras se confunde con la carne que se vende cocida en los puestos callejeros y todo se inunda de una visión sombría, lenta, desesperante y soñadora. Solo una sombra de negro se dedicará al pasatiempo de la venganza en un lugar donde la vida no vale ni un minuto de atención. Lástima que haya que dedicar tanto para tan poco.
En medio de unas calles que parecen ensuciadas por la bajeza de la moralidad humana, un tipo con un club de boxeo tailandés, un hermano que quiere traspasar de una vez la barrera del infierno, una madre que devora todo lo que toca incluso lo que acaba de nacer…personajes en rojo en fondos de azul, luces de prostitución como espejos de pensamientos sórdidos. Las cosas aquí, en Bangkok, no son como allí, en Estados Unidos. Aquí se te abren los intestinos sin que te des cuenta y nadie te echa en falta. Eso es lo peor. Que a nadie le importas, que a nadie puedes llegar a querer.
Nicolas Winding Refn dirige de nuevo a Ryan Gosling y a una sorprendente Kristin Scott Thomas en esta historia de malos sueños, bañados en sangre y en brutalidad, con un ritmo tan abrumadoramente lento que eso basta para que el espectador se haga la idea de lo que han hecho estos personajes antes del segmento de su historia que nos quieren contar. Antonioni parece que se levanta de la tumba con aire decididamente kitsch y nos encontramos con unas papelinas de bajos fondos, que, en el fondo, quieren contar las consecuencias de la cobardía y que se aleja peligrosamente de la negrura que habitaba Drive para adentrarse en las entrañas de las relaciones personales y de las incomunicaciones tan queridas al director italiano. El resultado es lentitud gratuita, juegos de miradas que también nos retrotraen a otro italiano como Sergio Leone y dos o tres toques de paroxismo irritante que coloca a esta película en la biblioteca de esas rarezas que van a ser muy alabadas por cierto sector del público creyendo que eso es cine cuando, en realidad, todo, absolutamente todo, es puro efectismo visual.
Los diálogos, al fin y al cabo, los podría haber escrito yo en una tarde de resaca (no hay más de un folio en total) y todo se basa en esa descripción de ambiente, como intentando poner una historia típicamente occidental bajo las formas y maneras del cine oriental más circunspecto e introvertido. Será una novedad, sí, pero resulta machaconamente aburrido. Y para aislarse de tanta quietud, tanta contemplación y de tantas caras que hablan sin mover la boca, un par de escenitas de tortura de la buena que hacen cerrar los ojos al resto de cobardes que asisten, atónitos, a unas muestras de crueldad que luego se necesita ir a un bonito karaoke para relajar músculos y olvidarse de tanta metáfora subrayada hasta calar el otro lado del celuloide.
Y es que es difícil vivir en un ambiente ajeno intentando huir del que realmente se pertenece. Siempre existe el consuelo de una madre cuyas motivaciones, por muy oscuras que sean, se esconden detrás del amor más sucio. Para ello, no hay nada como cortar altavoces y el silencio solo podrá ser interrumpido por el desagradable gorgoteo de la vena abierta. Luego siempre podrá venir el inoportuno colega que intenta remover las entrañas que le pertenecieron con sus propias manos. El odio, todo el mundo lo sabe, es algo que se almacena en las tripas. Lo que se haga después con él, necesita una catarsis y ésa, tal vez, se encuentre en un ángel negro que, como Dios, es capaz de perdonar porque, en algún lugar de su corazón, hay un sitio para la inocencia y para lo único verdaderamente intacto de ese fastidioso mundo de neón rosa y azul. De ahí viene la pasión por cantar. Sigamos cantando, no sea que nos partan la cara.

jueves, 7 de noviembre de 2013

PACTO DE SILENCIO (The company you keep) (2013), de Robert Redford

Quizá hubo una época en la que quedarse callado, sin decir nada ante un buen puñado de injusticias y mentiras, era un verdadero acto de guerra. Tal vez unos cuantos jóvenes se lanzaron a llamar la atención para detener la masacre de una guerra que diezmaba a una generación y desmoralizaba al país, para exigir los derechos de la gente de color, para gritar, bien a las claras, que la nación y la situación social que habían heredado de sus padres no era justa y que no estaban dispuestos a tragar con ella. Sus acciones estaban equivocadas pero no así sus razones.

Los años pasan de forma implacable y aquellos jóvenes se convirtieron en padres de familia con muchas cosas que perder. Y aún así, mantuvieron sus creencias porque eran más fuertes que sus propias vidas. La traición a su forma de pensar no cabía en sus pensamientos así que, con una coherencia envidiable, decidieron pagar por lo que habían hecho porque en ningún momento quisieron hacer daño, solo desearon llamar la atención, pegar aldabonazos de conciencia en la adormecida sociedad bienpensante. Cuando los años cumplen con la obligación de situar las vidas de los inocentes que rodean a los agitadores, entonces llega el momento de pasar por el estrado de los acusados.
Y el salto generacional es casi insalvable. Aquellos jóvenes que hace treinta años se movían por convicciones, se arriesgaban y se situaban en primera línea de lucha, ya no tienen nada que ver con los jóvenes de hoy, acomodados, expertos tomadores de atajos que desean conservar sus coches lujosos, sus empleos o sus ventajas juveniles, sus conformismos irritantes que llevan, inevitablemente, a no distinguir con claridad las líneas de lo correcto. Aquellos actuaron, mal o bien, pero lo hicieron. Hoy, ni siquiera actúan.
Inteligente película, dirigida con ambición y seguridad por Robert Redford, que habla de que el lujo burgués no es razón suficiente como para permanecer callado, que los verdaderos criminales, los únicos responsables de la guerra a la que nos están sometiendo, son los principales beneficiados de una sociedad que no protesta y que, si lo hace, no pasa de ser un movimiento pintoresco, casi una exhibición circense porque, dentro de ello, no hay pensamiento, ni dirección, ni liderazgo, ni claridad. Ni siquiera hay una respuesta para sus inquietudes.
Para ello, Redford se sirve de una estupenda compañía de actores que aportan oficio, seriedad, serenidad y gozosa profesionalidad a esta historia disfrazada de thriller cuando en su corazón habita la denuncia y el deseo de intentar cambiar algo, aunque sea poco. Ahí está la maravillosa escena de Susan Sarandon con Shia LaBeouf, el tremendo peso del avejentado Nick Nolte, el atractivo de la sedición representado por Julie Christie, el comprensible escepticismo de Richard Jenkins, la tranquilidad de Chris Cooper y la presencia magnética aunque ya difícil por la edad del propio Redford. Todos ellos saben dibujar en su rostro las expresiones maduras de unos cuantos jóvenes que, en su día, tuvieron y que a través de un código de conducta irreprochable, retuvieron. Porque la peor traición no es la de proporcionar pistas a un antiguo camarada en apuros, ni tampoco dejarse apresar por un sistema al que se desprecia. La peor traición es volver la espalda a un pasado malherido que clama por encajar la verdad y, sobre todo, es renegar de lo que movió a un puñado de jóvenes rebeldes que quisieron gritar oponerse a los desmanes de los que mandaban. Y es que la ética, el hacer lo correcto debe ser la auténtica enseña de la rebeldía y, también de las futuras generaciones. Solo así podrá haber una luz de honestidad y de verdad en unas vidas que también tienen que retirarse para dejar que las satisfacciones personales se abran paso entre unos ideales que son alaridos de justicia. 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

EL CASO DE LUCY HARBIN (1964), de William Castle

El trauma de un asesinato brutal queda grabado en los ojos. Pueden ser ojos de adulta, de mujer resuelta y atrevida que esconderá su crimen tras las paredes de un hospital psiquiátrico. Pueden ser ojos de niña que tratará de olvidar por todos los medios que la carne de la que vino es la causante de tanta crueldad. Pueden ser ojos de mujer que intenta sumergir en la normalidad lo que es auténtica anormalidad. Pueden ser también los de un hombre sencillo, honesto y trabajador que solo quiere que la felicidad sea algo rutinario. Pueden ser, por último, los de un tipo embrutecido y desagradable, que anda con el desprecio entre las piernas y el cansancio en el ánimo. Todo ello para volver a ordenar un rompecabezas que fue partido por un hacha, con terrible premeditación. Porque a cada golpe, se parte la vida de todos en dos y no precisamente la de las víctimas.
Y por toda la historia se intuye un halo de inquietud, una incómoda sensación de que no todo está encajado como debería. La máscara tras la máscara es el perfecto disfraz para creer lo que no se cree y no hay paz para aquellos que cometieron errores tan sangrientos. La lejanía de una granja es el escenario donde ocurre la locura y todo se junta y se vuelve a fragmentar, como una historia mil veces vista, mil veces gritada y mil veces rota en pedazos.
William Castle demostró en varias de sus películas que era capaz de hacer buen cine sin necesidad de grandes presupuestos. Aquí agarró un reparto muy competente con Joan Crawford a la cabeza, escondida entre la mansedumbre, la frialdad y el salvajismo; seguida de Diane Baker, luchadora incansable por volver a alcanzar la normalidad y secundadas ambas por un espléndido George Kennedy. El resultado es un cine de calidad que se deja notar porque los ojos de los espectadores deambulan de un lado a otro de la pantalla intentando encontrar razones dentro del desquiciamiento, sin saber que eso, en sí mismo, también lleva al otro lado de la cordura. No hay grandes panorámicas, ni efectos especiales rociados de falsa y gratuita hemoglobina. Solo hay imaginación, artesanía en la única escena brutal y buenas interpretaciones. Y un argumento que contar con las letras de Robert Bloch, el novelista que escribió Psicosis. Y ya no doy más pistas. Más que nada porque, en el interior de la sencillez, está la verdadera amenaza. En la agresiva mirada de Joan Crawford, se hallan todas las respuestas y, por una vez, ella no nos dirá que nos quiere. Todo lo contrario. Proferirá un alarido para que todo el mundo se entere de una vez que nos odia. Y así descenderemos a los infiernos, creeremos también que estamos encerrados en una habitación acolchada, no comprenderemos que se nos haya conservado la vida cuando todo nuestro cuerpo clama por la muerte y, por último, nos balancearemos en busca de una personalidad que dejamos atrás cuando hicimos algo que, tal vez, no fue tan brutal pero sí que sabemos que podría ser reprobable.

martes, 5 de noviembre de 2013

VACACIONES EN ROMA (1953), de William Wyler

La sensación de libertad. La tenue euforia que embarga a cualquier mortal de poder ir de un sitio a otro sin estar controlado. Disfrutar del tráfico enloquecido de una ciudad caótica e inmortal. Poder hablar sin tener que medir cuidadosamente las palabras. Participar en una pelea divertida coronando testas a guitarrazos. Sonreír sin pensar en lo que los demás piensan. Disfrutar de un paseo por piedras antiguas y sentimientos nuevos. Poder tomarse un helado cuando se quiera y, simplemente, observar al resto de la Humanidad moverse de aquí para allá, al encuentro de sus destinos, felices o desgraciados. Poner la mano en una boca de roca amenazante creyendo que la mentira es un refugio temporal pero abrumadoramente feliz. Probar el encanto de un baño pequeño y modesto, con toallas usadas y ásperas, con jabón de olor inalcanzable y privacidad invalorable. Roma, Amor. La vida espera y va a pasar de largo sobre tanta nobleza.
Gastar noches sin sentido alrededor de mesas donde, además de unos cuantos dólares, también se chismorrea sobre una princesa estirada y siempre correcta. Quedarse dormido cuando el trabajo se amontona sobre la máquina de escribir porque, sencillamente, ya se sabe de antemano lo que va a decir el entrevistado. Esperar la noticia de noticias, que duerme plácidamente en una cama de sábanas frescas y almohadas arrugadas. Creer que la exclusiva no es solo la primicia, sino también el salto a un prestigio que ya debería de haberse ganado. Deambular con la moto mientras un sueño te agarra por el talle. La ética y el amor, mala combinación. El arrepentimiento de la mentira porque una mirada habla más, mucho más, que cualquier palabra escrita. Las lágrimas que delatan lo imposible de una historia que solo duró un día pero que va a estar ahí para siempre, en unas fotos que nunca fueron publicadas y permanecerán, como una aventura, en un secreto que es cosa de tres. Roma, Amor. La vida pasa de largo en el fondo de un lujoso salón de un palacio donde se deja la tristeza.
Cenicienta al revés. La chica pierde el zapato y su condición de heredera al trono. A medianoche, volverá a ser princesa y, entonces, ya no habrá sitio para los sueños, solo habrá protocolos y apariencias. Incomodidades, al fin y al cabo. Tanto es así que el príncipe no la puede despertar. Se la lleva en un taxi y la deja a las puertas de palacio después de probar el auténtico sabor de la vida corriente. Quizá eso haga que sea mejor princesa, con más criterio, menos dirigida, más segura. La culpa la tiene una ciudad, un hombre y comprobar que la diversión, fuera de los muros seguros de la realeza, existe a la vuelta de cada esquina. Ah, y todo por culpa de una chica, frágil como el cristal, con el contorno de ojos hacia arriba, como celebrando la alegría de la mirada. Ella no se llamaba Ana. Se llamaba Audrey.