viernes, 28 de febrero de 2014

THE MONUMENTS MEN (2013), de George Clooney

Hace ya unos cuantos años, una película extraordinaria titulada El tren, dirigida por John Frankenheimer e interpretada por Burt Lancaster, hablaba sobre el expolio nazi de obras de arte y sobre cuántas vidas vale una de esas obras inmortales, señas de identidad de lo mejor que es capaz de hacer el ser humano y que sirven para seguir nuestras huellas, investigar sobre nuestros pasados y nuestros futuros y, sobre todo, testificar acerca de unos tiempos retratados a través de los mismos ojos de la genialidad.

Muy conectada con esa película se halla The Monuments Men, de George Clooney, que también indaga sobre el precio en vidas humanas que había que pagar en aquellos tiempos de sangre y saqueo bajo la esvástica como insignia y con la excusa de rendir homenaje a la grandeza de un gobernante que consiguió destruir media Europa y arramblar con unas cuantas piezas irremplazables del catálogo de las obras maestras.
Sin ser tan impresionante como la película de Frankenheimer, George Clooney consigue armar una historia de cierto interés que comete el error de ser vendida como una película bélica cuando de eso tiene muy poco. Incluso los que esperan un desfile de humoradas elegantes con la excusa de una reunión de amigos amparada en los grandes nombres del reparto saldrán decepcionados. Hay buenos momentos, homenajes a otras estupendas películas como Malditos bastardos, de Quentin Tarantino, algún que otro error de libro pero, en general, es una buena película que ha sufrido críticas injustas tal vez porque no cuesta nada imaginarse las desventuras de este grupo de historiadores del arte con unas hechuras clásicas, más propias de los años cincuenta que del cine actual.
Y es que no cabe duda de que evitar la desaparición de las maravillas artísticas que ha creado el hombre es una misión reservada a individuos que huyen de la acción pero que tienen que comprometerse para que el mármol sublime, o el lienzo inmortal sigan intactos para un pueblo que no tiene por qué entender de arte para admirarlos. El arte pertenece a todos, no importa la procedencia social, religiosa o política y la vocación de ese arte es universal, como un lenguaje que todo el mundo puede entender o no, allá cada cual con su elección. Y como todas las grandes manifestaciones de lo mejor de la Humanidad, ha costado vidas y hay que ser consciente de eso para poder apreciarlo en toda su grandeza. El arte es un enorme mural que nos dice a la cara cuáles han sido los errores y los aciertos, cuál ha sido la verdad escondida detrás de la misma condición humana y hasta dónde llega la perfección de la creatividad. Es la misma fotografía de la genialidad. Es algo que hay conservar a toda costa, mucho más allá de posturas forzadas, pedantes o ridículas; de apreciaciones sesudas o de simples miradas despreocupadas. El deber es conservarlo para que las generaciones venideras lo puedan disfrutar recordando que toda acción humana ha tenido un precio indudablemente alto y que no solo ha sido un montón de ceniza esparcida al aire por culpa del afán de dominación y del fanatismo, uno de los peores enemigos del arte.

Entre el reparto habría que destacar a Bill Murray, que quizá posea los mejores momentos de la película oscilando entre el buen humor y la emoción. También es algo evidente que el desarrollo del personaje de Cate Blanchett no está demasiado acertado pero es un error que no molesta porque la persecución de la belleza está por encima del resto de consideraciones. Incluso aunque ello conlleve la muerte en una situación absurda o a través de un heroísmo derrotado de antemano. Eso no importa. Quizá haya una deuda enorme que pagar a esos hombres que lucharon por mantener el patrimonio artístico de una civilización que corrió el riesgo de hundirse ante el peso de la más perfecta maquinaria de guerra que haya conocido la Historia. Porque el conocimiento es lo que nos salva del infierno. Y eso, aunque no lo creamos, también es un arte que deberíamos conservar. 

jueves, 27 de febrero de 2014

HER (2013), de Spike Jonze

Cuando la tecnología ha entrado en el hogar hemos iniciado un lento proceso hacia la soledad a pesar de que la comunicación es más fácil y más inmediata. El ser humano, un animal sociable por naturaleza, tiende a encerrarse en sus máquinas, aislándose del mundo exterior por la sencilla razón de que una máquina no engaña, no decepciona, siempre hace lo que se espera de ella excepto cuando se empecina en el misterioso error informático. Es una compañera perfecta que nos ofrece una falsa ventana para mostrarnos al resto de la humanidad. Nunca estuvieron tan cerca los quince minutos de fama que a todos nos corresponde.

Pero supongamos por un momento que esas máquinas que nos ofrecen el cálido refugio de la frialdad más absoluta, comienza a tener emociones. O, mejor aún, el sistema operativo viene con una serie de programas que hace que esa máquina, ese impoluto cristal de sabiduría y de eficiencia, venga con emociones de serie. Y no solo eso, sino que algunas aplicaciones permiten que crezca emocionalmente. Entonces el ser humano se vería tan perdido como una flor en el cemento porque preferiríamos entregarnos a esa dulce máquina que al cálido contacto con otros seres de nuestra misma especie. Solo hay que echar un vistazo alrededor y veremos como todos estamos conectados a través de esos ordenadores de bolsillo, muy, muy irritantes con su luz estridente dentro de una sala de cine, o de esas absurdas tabletas con cámara incorporada, o de esas cuquísimas computadoras que no van más allá del tamaño de un libro y pesan bastante menos. Solo tenemos ojos para ellos...y no sienten, no se emocionan, no lloran, no nos aman, no hacen nada salvo ejecutar nuestras órdenes.
Todo esto sería un razonamiento impecable si no fuera porque, si aceptamos que una máquina es capaz de crecer emocionalmente como lo hace un ser humano, tal vez no lo haría en la misma proporción. Mientras las capacidades emocionales de un ser humano crecen de forma aritmética, sumando las experiencias que, día a día, nos hacen ser mejores o peores, un sistema operativo crecería en su interior de forma exponencial y no tardaría en sobrepasar nuestras más impensables expectativas, abandonándonos sin remisión y condenándonos, por enésima vez, al convencimiento de que solo podremos encontrar amor, cariño, comprensión y dulzura en otro ser de nuestra misma especie. Y, como siempre, la Humanidad no se da cuenta y seguimos mirando nuestras teclitas y los mensajes que un montón de personas desconocidas tienen para nosotros y la certeza de que sus sensaciones son las nuestras y que, por estos canales del ciberespacio, seremos capaces de transmitir consuelo, compañía, buen humor y mucha, mucha mentira sobre nosotros mismos.
Spike Jonze ha sabido conjugar en un guión físico algo que no tiene cuerpo ni alma, que puede parecer, en principio, una historia para gente rara que le gusta sentirse diferente pero que se mueve en las orillas de nuestra inquietud, avisándonos de que la soledad siempre estará a la vuelta del siguiente mensaje. Al fin y al cabo, por mucho que haya podido cambiar nuestro estilo de vida llevándonos incluso a contratar los servicios de una empresa que escriba en nuestro lugar, el ser humano no tiene sucedáneos, la piel de alguien que te atrae es única, la mirada que se entorna levemente cuando se cruza con tus ojos es una sensación irrepetible, a pesar de que intentamos rehuir, una y otra vez, la verdad. Quizá sea nuestra condena. Quizá sea nuestra maldición.

Y es que, en estos tiempos, es raro echar un vistazo en nuestros adentros y que nos guste lo que atisbamos. Las inseguridades crecen y solo una voz bonita, expresiva, ideal puede salvarnos de ese abismo de propia incomprensión y de rechazo hacia una vida que no queremos, que no deseamos y que nos empeñamos, tercamente, en destruir. 

miércoles, 26 de febrero de 2014

DALLAS BUYERS CLUB (2013), de Jean-Marc Vallée

Muchas noches de ojos entornados por el humo y el alcohol. Chicas fáciles que se ofrecen al amparo de una oscuridad que parece herida por rayos de luz caliente, difuminada por las drogas y por la inconsciencia. La vida parece no tener fin aunque, en el fondo, hay un íntimo deseo de acabar con todo aquello. Luego, a la mañana siguiente, la claridad dará cuenta de que hay otros que lo pasan peor. Pero eso no es más que una burla del destino. Un desmayo, una prueba, unas palabras…La peor de las noticias. Treinta días de vida.
Y entonces algo se rebela en el interior, algo que no quiere rendirse. Se prueba la receta tradicional de la medicina que, sin embargo, tiene que pasar por los interminables trámites burocráticos de la enorme maquinaria farmacéutica estadounidense. Y eso tampoco sirve. Hay que buscar salidas porque el toro sigue coleando. La vida sigue estando viva. Hay muchas más noches para emborracharse, para hacer el amor con alguien de suave piel y tacto excitante, para apostar en las competiciones de rodeo y llevarse unos buenos dólares. Tal vez el que está fuera del sistema, el médico al que se ha echado por no atenerse a las normas tenga la mejor de las respuestas. Y solo así es posible que el cambio llegue, la sonrisa vuelva, el azar juegue de nuevo. Un club de compras en el que la mercancía es la salud. Así de sencillo.
Y así, viejas fobias se convierten en amistades imborrables, que se empapan de dolor y lloran por los rincones de la ausencia. Gente que ha perdido la esperanza en el sistema médico acude para tener una última salida. El deseo de ayudar crece y los días siguen pasando. Días, semanas, meses, años…Aquella noticia que era la peor posible se ha convertido en algo que es posible vencer a cada día que pasa. Cuando el sistema no te echa una mano, hay que ocupar el sitio y lanzar las dos hacia quien ya espera muy poco.

Matthew McConaughey está intenso, tierno, aborrecible, comunicador y desesperado. Con él, mueren muchos síntomas y nacen otros tantos porque consigue que esa piel hecha de calambrazos y polvo de ruedo sea creíble y esté harta. A su lado, un fantástico Jared Leto que se convierte en alguien tan atractivo como digno de compasión. Y el pensamiento, en esta película, vaga de un sitio a otro, como intentando encontrar un día más de respiro a un cuerpo que se muere. Más allá de eso, todo es una crítica a los enormes intereses farmacéuticos que se mueven en las grandes corporaciones americanas, capaces de controlar oficinas gubernamentales que velan por la disminución de riesgos cuando, en muchas ocasiones, los aumentan. La rebeldía, en este caso, hace que los medicamentos tradicionales queden en pañales ante un tratamiento que beneficia más a la industria farmacéutica europea que a la americana. El dinero se pierde y, por tanto, la enfermedad persiste. La salud, desgraciadamente, cada vez se tiene que comprar más y, de vez en cuando, surge algún desaprensivo que tiene razón. Y esta es la historia. Una historia que nos trae a dos grandes actores que se hallan por encima del propio argumento. Tanto es así que aún hiere la mirada de McConaughey, asustada y huidiza, a pesar de su fachada de fanfarrón impenitente que tiene que resistir los embates de la más moderna de las pestes. Y, de alguna manera, todos nos tenemos que sentir culpables porque ahí sigue, después de tantos años, aplazándose una solución que no fue investigada, con toda seguridad, porque los poderosos jamás quisieron que la gente se curase.

martes, 25 de febrero de 2014

SOMBRERO DE COPA (1935), de Mark Sandrich

Ahora que lo pienso, el tableteo de mi teclado me recuerda a algo pero no sé el qué. En fin, da igual, vamos a lo nuestro. Y es que es fácil transportarse a los más sofisticados mundos cuando el claqué es el motor que anima nuestros pasos. Una trama fácil, sencilla, sin complicaciones, un leve enredo, un par de secundarios muy eficaces y ya está. ¿Ya está? No, no, no. Hay que fabricar una Venecia de ensueño, toda blanca e imaginaria, pura fantasía para que las cosas sean un poco más melódicas. Ah, sí, se me olvidaba. Hay que meter a un par de bailarines que lo hagan bien. Y no solo que lo hagan bien, sino que sean elegantes. Vale, vale. Sí, uno es Fred Astaire y la otra es Ginger Rogers. Si hay una personificación de lo que es un traje de etiqueta en alas de la danza puede que estemos ante su perfecta encarnación. Aún reconociendo, venga, seamos sinceros, que cuando estos dos bailaban… ¿a quién se mira?
Mientras se piensan una respuesta que todo el mundo sabe, habría que destacar la forma de dirigir de Mark Sandrich, padre de Jay Sandrich, legendario director televisivo al que se debe la creación de aquella serie maravillosa que se llamaba Enredo. Planos de cuerpo entero, tomas largas, el montaje para luego y el estilo para ahora. El baile es la evolución de los cuerpos en el espacio y Sandrich sabía que esa evolución había que captarla con una cámara que también bailara con los protagonistas, de forma suave y, si es necesario, con algo de jazz en el objetivo. Lo demás, son solo florituras, estupideces de directores que no saben cómo imprimir dinamismo porque, sencillamente, no ha habido suficientes ensayos, porque es fácil hacer que una estrella de cine finja que baile pero no es tan sencillo captar a un bailarín que actúa porque hasta andando movía el cuerpo.

El caso es que, detrás de los protagonistas, están esos maravillosos cómicos como Edward Everett Horton o Helen Broderick, matrimonio basado en el matriarcado que arranca carcajadas con sus diálogos y sus personalidades. Y ese fondo en art decô, con sus suelos de baquelita y sus aguas teñidas, sus arenas para dormir y sus templetes bajo la lluvia…Lo tengo que confesar. Después de ver esta película, me he puesto a bailar. He intentado hacer un tap pero no es lo mío, así que me he puesto Isn´t a lovely day? Y he flotado por el salón. Al momento he escuchado unos golpes. No, no era una rubia de impresión diciendo que no podía dormir, era mi vecino de abajo gritando que dejara de hacer el idiota pero por unos momentos, más o menos lo que dura esta película, he creído que mis pies eran alados, como los de un Mercurio que realiza sus movimientos al son de una coreografía en levita. He creído también que mi sonrisa era una canción cantada con suavidad. Y también he contestado a la pregunta que hacía al principio de este artículo para reconocer que, salvo con Cyd Charisse, yo siempre he mirado a Fred Astaire porque era imposible apartar la vista ante tal derroche de clase. Cosas de la etiqueta.

viernes, 21 de febrero de 2014

CASINO (1995), de Martin Scorsese

El judío, el italiano loco y la ramera de tapete verde. Así de sencillas son las cosas dentro de un salón de juegos. Apuestas a rojo y te sale muerte. Apuestas a negro y te sale corrupción. Gente que roba a gente que, a su vez, roba a gente que, por supuesto, tiene a ladrones como intermediarios. Maletines grandes y ambiciones muy sabidas. Tienen que entrar grandes cantidades y salir calderilla. Es la ley del juego. ¿Quieres apostar la carrera de tus hijos? Entra en una sala y dale a un numerito. Tú no ganas. Ganas la casa.
El judío es un perro viejo. Es uno de esos tipos de miradas que lo dicen todo. Si ve a alguien que le gusta, no dejará traslucir ni una pizca de emoción pero algo se removerá debajo de la esfinge. Sabe lo que se hace, sabe nadar y guardar la ropa, sabe lo que ninguno sabe. Dentro de sí mismo, a pesar de los crímenes, de que tiene que ser duro y de que el silencio, de momento, es su salvoconducto, hay un algo, un resquicio casi invisible de ética. Al menos, de ética profesional. Le pagan por hacer un trabajo y lo hace. Si se enamora de una chica de bandera, se casa con ella aunque sea sin amor. Eso del amor es otra apuesta. A veces sale manque, a veces sale pase. Y a veces sale 21 y la muy zorra te quiere timar. Es la vida. Es el juego.
El italiano loco solo quiere más. Más de todo. Si tiene mujeres, las quiere todas. Si posee pasta para aburrir, quiere cubrirse de verde. Si asesina de la forma más cruel y odiosa, se insiste por ese camino para que la gente, al menos, guarde algo de respeto. Para él no existen las reglas. Existe él. El juego no consiste en apostar, consiste en ganar. Es el típico empleado al cual se necesita y, sin embargo, se le deja robar. Una palabra suya, un simple cambio de humor y estás listo, amigo. Ya no habrá más fichas sobre la mesa. En todo caso, te romperá los nudillos para que no ocupes la casilla que él había pensado. Es listo. Es un experto en causar sufrimiento. Y no tiene lealtades porque se debe a sí mismo. Es la vida. Es la sangre.
La ramera es un peón que siempre es sacrificado. Sabe que con el judío tendrá la vida solucionada, con todos los lujos que pueda agarrar pero es caprichosa. Está enamorada de un desgraciado drogadicto que solo se dedica a buscar problemas. Sabe que es la pieza de la que todo el mundo puede prescindir. Más que nada porque ella siempre prescindirá de sí misma. No pensará nunca en el mañana. Pensará en el hoy, en el número ganador para ahora mismo. La siguiente jugada volverá a apostar y, claro, perderá. Ella no es más que alguien que cae en las redes del casino porque siempre volverá para perder y cuando se marche, perderá definitivamente. Es la vida. Es la facilidad de vivir.
Y así, la cámara vuela sobre las mesas de juego, los dados se convierten en personajes, los actores son verdad teñida de una inaguantable violencia. No existen dobles sentidos. Aquí solo hay un sentido y es el que lleva directamente a una fosa excavada en el desierto. Maldito Scorsese. Radiografías de la locura y de la ambición. La catarsis que explota. La falsa paz para quien tuvo todo y acaba con nada. Con la vida rota, con la vida terminada, con la vida reventada con un bate de béisbol. Hagan juego, señores. Rojo muerte. Negro tortura.

jueves, 20 de febrero de 2014

CUANDO TODO ESTÁ PERDIDO (2013), de J.C. Chandor

Un hombre sabe navegar porque pertenece al mar desde siempre. Forma parte de él igual que las gotas de agua son parte del océano. Sus manos están castigadas de tanto amarrar nudos marineros a cornamusas imposibles y su rostro es como la espuma del mar estirada por las tormentas de la vanidad. Él mira al cielo y sabe qué es lo que mandan las nubes y lo que castiga el sol. Él mira hacia el frente y su vista se ha acostumbrado a la línea del horizonte despejada en un desierto hecho de agua y sal. Sabe que ha luchado mucho y solo se encuentra a gusto en medio de la inmensidad.

Todavía no ha probado la fuerza de la soledad. Es eso que llega a ser tan agobiante que convierte algo que no tiene límites en el estrecho espacio de la desesperación. La soledad es cómoda en determinadas circunstancias pero cuando la muerte se acerca con tanta lentitud es la peor de las compañeras, la más cruel, la más insidiosa, la más estranguladora de las sensaciones. Basta con un poco de mala suerte, unos cuantos barcos sin guardia y un tapón mal cerrado.
Y es que cuando todo está perdido, la verdadera medida de un hombre sale a relucir. Las ideas saltan, los recursos se disparan, la imaginación trabaja a la velocidad de crucero. Los pocos medios que quedan se convierten en verdaderas riquezas en un entorno hostil que no admite la derrota y el agua y la sal se entremezclan con el aire y la respiración. Ya nada sabe igual. Y todo empieza a dar igual.
Las cortinas de aguas se hacen más densas y llegan a intentar zaherir en la piel del marino que se agota por momentos. Los años pesan y convertir un viaje de placer en un curso acelerado de supervivencia no es nada fácil. El barco resiste lo indecible y él permanece en un estado de frialdad, intentando aprovechar todo lo que queda con el máximo rendimiento. Solo así podrá salvarse a 1700 millas de ninguna parte, lejos de las rutas marítimas, con el horizonte siendo guía e infinito a la vez. Los utensilios de salvamento son solo sustitutivos de la muerte rápida para transformarlo todo en una lenta agonía que parece hundirse en una oscuridad que, por momentos, parece más y más atractiva. Uno en la inmensidad es lo mismo que nada. De eso se encarga la Naturaleza y el destino. Solo así se forjan los héroes que nunca mueren.
Robert Redford consigue volver a recordarnos El viejo y el mar, de Hemingway porque en su cuerpo rodeado de silencio consigue expresar las angustias de la edad cuando se lucha físicamente contra lo imposible. Con apenas unas líneas de diálogo, transmite esa sabiduría de lobo de mar que hace intuir de dónde viene pero que, por primera vez en su vida, ignora hacia dónde va. Tal vez ese viaje que emprende es un sueño largamente acariciado en sus noches de vigilia en algún puente de mando, o tan solo es un viejo marino que quiere acabar rodeado de lo único que conoce en su larga vida. El caso es que pone a prueba sus sentidos y no se rinde nunca. Quizás porque ya ha perdido en demasiadas ocasiones y no está dispuesto a caer derrotado una última vez. Solo él sostiene una película que ningún otro actor, posiblemente, podría mantener a base de carisma, de experiencia y de miradas, sin apenas palabras, sin rodeos o soliloquios. Solo él. Redford inmenso.

Lo cierto es que se comprende con facilidad que sea una película que no guste a todos, que la aventura destaque más por su calma que por su ritmo, que pueda causar sensaciones cercanas a la asfixia cuando el protagonista, sin ayuda posible, sea solo un juguete en manos de las caprichosas olas de la violencia natural, pero hay mucho cine en esta desesperación porque en sus jornadas se dice, porque en sus frialdades se asegura, porque en sus experiencias se disfruta. Basta con compartir con él todo lo que le pasa y nosotros también seremos náufragos en una balsa.

miércoles, 19 de febrero de 2014

FUNERAL EN BERLÍN (1966), de Guy Hamilton

La verdad es que no hay una gran diferencia entre ser un ladrón y espiar para el servicio secreto británico. En ambos casos se trata de robar. Solo que en el MI5 te pagan por hacerlo. Un sueldo fijo de 30 libras semanales. Pero los individuos con los que hay que tratar, tal vez, sean peores que los rateros y los policías con los que uno se codea cuando está cometiendo un escalo. Y ese ruso…ese ruso tiene algo que no es demasiado limpio. Detrás de su afabilidad y de su ironía, de su aparente rostro bonachón…esconde algo, alguna jugada, algo muy, muy frío.
La jugada es en Berlín. Al fin y al cabo, es una ciudad que puede volar por los aires cualquier día. Los alemanes del Este no se andan con tonterías cuando se trata de desertar. Y ese Kreuzmann…ese experto en fugas, en pasar a gente de uno a otro lado no falla nunca. Y alguna vez tiene que fallar. Detrás de sus gafas de ladrón, Harry Palmer intuye que hay algo rematadamente malo en todo aquello. Incluso hay que sospechar de esa mujer de bandera que, atraída por el encanto inexistente del espía más gris del mundo occidental, se ofrece a compartir un taxi. Una cosa es ser un espía gris y otra cosa es dejar de usar la inteligencia porque se está en el lado correcto.
Harry Palmer lo sabe muy bien. Su jefe es ese individuo despreciable, Ross, que lo trata como si fuera una basura prescindible tan solo porque le dio a elegir entre la cárcel y el servicio secreto. Y en este juego de espías, hay que matar a sangre fría. Palmer podrá ser un ladrón pero, de ninguna manera, es un asesino. Eso lo deja para cuando es absolutamente necesario e intentando siempre salvaguardar lo único que le queda y es su propia autoestima. Hay que jugar sucio, desde luego, pero utilizando la inteligencia. Es lo único que queda cuando se está rodeado de lobos hambrientos a este lado del muro.

Sin duda, ésta es la mejor de todas las películas que Michael Caine interpretó con el personaje del espía Harry Palmer. Quizá porque sea la más realista de todas ellas, la que está construida con más lógica y la que sabe mostrar los mecanismos de sangre fría que mueven a todos los jugadores implicados en esta trama de fugas, engaños, trampas y vueltas de tuerca. Para ello, se contó con un director que sabía lo que hacía tras las cámaras como Guy Hamilton, que puso a Palmer justamente en el lugar donde lo había colocado su creador, Len Deighton, sin traiciones de ningún tipo. Tal vez porque Harry Palmer, aún siendo una antítesis de James Bond, era un hombre que no tenía armas secretas escondidas en la punta de su bolígrafo, que usaba su inteligencia como un poderoso instrumento de ataque y se escondía detrás de una deliciosa ironía que era difícil de captar detrás de tanta seriedad. Michael Caine supo dar matices al personaje y Guy Hamilton captó la misma esencia de una historia que estaba destinada a tejer trampas alrededor de sus personajes y también del espectador. Solo que el espectador no tenía ningún experto en fugas que le sacase del lío tremendo que se organizaba en una ciudad separada, desconfiada, llena de contrastes y centro de una guerra encubierta. Por eso, se celebraba allí un funeral todos los días con el muerto que no era.