viernes, 30 de mayo de 2014

SIETE LADRONES (1960), de Henry Hathaway

Un último golpe antes de la última copa. Al fin y al cabo, eso es la vida. Algo que siempre es lo último. Para ello, solo tienes que confiar en las personas adecuadas. El dinero corre en Montecarlo y parece que silba para que vayas detrás de él. Claro que la chica tampoco está mal. Sus caderas cimbreantes parecen toda una convocatoria para el pecado. Sin embargo, siempre se presenta el invitado imprevisto. Ése que nunca quieres ver. Pero el golpe es lo primero. Solo sentir que el éxito siempre estuvo ahí, a la vuelta de un billete de mil francos. A la vuelta de una reja de mil días.
Las fichas resuenan entre los números que no dejan de girar. Sentirse en medio de todo eso una vez más es llegar a ser verdaderamente libre. Trajes elegantes, mujeres de ensueño…Lástima que los desconfiados te quiten su tanto por ciento de placer pero ese último golpe al lado de quien más quieres…Bueno, al menos, será un testimonio de cariño aunque nadie se dé cuenta. Los ladrones siempre son ladrones. Incluso para hurtar sentimientos. Y la edad es el mayor ladrón de todos.
La música se presiente en el aire y el blanco y negro se hace color. Color de números rojos y negros, color de mujeres de miel y negro, color de días de pasado y negro. Todo tiene que estar minuciosamente preparado porque el tipo que ha ideado todo, sabe lo que hace. Poner el dinero para llevarlo a cabo no tiene ningún mérito. Él es el que vale. Los demás son monedas falsas disfrazadas de elegancia. Todo depende del lado desde el que se mire. Y hay alguno, incluso, que mira desde el lado de vuelta.
Henry Hathaway dirigió esta atípica película de guante blanco con un Rod Steiger excepcional acompañado de un soberbio Edward G. Robinson, marcos perfectos para llevar a cabo un atraco sin mano ni arma. A veces, con mucha clase, basta para llevárselo todo. Con reminiscencias de Bob, el jugador, de Jean Pierre Melville, esta película es una lección para apostar sobre seguro con cartas de farol. Es así de simple su fórmula, y así de complicada. Porque si hay que arriesgarlo todo, más vale hacerlo con gente que es profesional. Y estos tipos lo eran.

Y es que realizar una misión imposible con sombrero negro tiene lo suyo. Hay que jugar con astucia y perder con voluntad. Hay que camuflarse entre una gran celebración para que la noche sea la aliada. Una noche larga y amarga aunque el éxito sea un atracador más. La llamada de ese éxito no es por avaricia, sino por vanidad. Ser el mejor tiene el precio de la soledad y es obligatorio hacer ese último golpe, esa última copa. El cerebro del asalto tiene que saberlo y tener conciencia de ello. Lo demás carece de importancia. El cariño es el botín. Y es algo que no se puede devolver. Se queda en depósito y encerrado en la caja de seguridad. No puede venir ningún desaprensivo a tocarlo, revolverlo y llevárselo. Es lo único que debe permanecer en algún rincón de nuestro interior.

jueves, 29 de mayo de 2014

GRACE DE MÓNACO (2014), de Olivier Dahan

No es de extrañar que la familia real monegasca haya repudiado esta película con vehemencia. Al fin y al cabo, no es fácil asumir que se ha pertenecido a una monarquía que ha intrigado, ha conspirado, ha menospreciado y se ha equivocado. Y todo porque una extraña vino a ocupar su precioso trono de terciopelo y rosas y era una representante al más alto nivel del reino de la frivolidad que era Hollywood. Allí no hay lugar para esas cosas. Tan solo seriedad, compostura y apariencia, mucha apariencia.

Habría que aclarar, no obstante, de que la película avisa desde el principio que todo lo que se cuenta en ella es ficción aunque basado en hechos reales. Calculada ambigüedad de quien quiere vender el producto como un cuento de hadas destrozado por reales iniquidades o como una historia del valor supremo de una mujer que no se arredró ante las avalanchas de menosprecio que recibía por parte de todos y demostró ser más lista que toda la élite de la política internacional de la época.
Y es que no hay nada más peligroso que poner a una actriz en el papel de princesa. Se puede tomar el papel muy en serio cuando comprueba que eso del cine ya se ha vuelto una quimera debido a sus nuevas obligaciones y que lo que tiene que hacer es prepararse el papel a conciencia, como si fuera una gran y continua interpretación. La vida, dijo Charles Chaplin, es el interminable ensayo de una obra que no se estrenará jamás y a ello se aplica la protagonista de esta historia. Con alma y dedicación de actriz, con las tablas como suelo firme y el talento como única arma.
Todo esto está muy bien si no fuera porque no es muy creíble que nadie enseñe a la esposa del máximo mandatario monegasco a comportarse en la Corte, a cómo reaccionar, a cómo demostrar una elegancia que poseía de forma natural. Después de seis años de matrimonio y dos hijos, ella se siente descolocada, inútil, fuera de lugar. A pesar de que Nicole Kidman hace un buen trabajo y, en algún momento, llega a parecerse físicamente a Grace Kelly (aunque la princesa era mucho más menuda) y de que Tim Roth, un hombre muy poco parecido a Rainiero de Mónaco, dota de profundidad dramática a su personaje, hay en todo un aire de mentira que pretende ser verdad y eso no hace más que perjudicar al conjunto. Solo impera el deseo de jugar con dos barajas y de coger lo que más conviene y, en ocasiones, se le ve el truco a Olivier Dahan, aquel director que sorprendió con la biografía de Edith Piaf con el título de La vida en rosa.

Y es que la fuerza de una mujer, eso hay que reconocerlo, es un móvil tan fuerte que es demasiado tentador no aprovechar la oportunidad de hacer un retrato de decisión e inteligencia en una época que está demasiado necesitada de mitos. Ya no hay princesas como Grace, salidas directamente de una cámara para hacer realidad el sueño de muchas jovencitas de los cincuenta y vivir un cuento de hadas. Ya no hay príncipes como Rainiero, que tomaban decisiones de enorme importancia y que sufrían por un pueblo que tiene una renta per cápita de 63.400 dólares anuales siendo el quinto paraíso financiero del mundo. Ya no hay directores como Alfred Hitchcock que trataban de hacer una obra maestra en cada una de sus películas y que querían contar con mujeres que enamoraban al público de una forma o de otra. Lo cierto es que una mujer puede conseguir mucho si pone en juego su encanto y su atractivo, dando bofetadas de porcelana con sus manos blancas cinceladas por el technicolor. Besar a una mujer así no debía ser nada difícil aunque, con mucha elegancia, se pasan por alto tales pensamientos si es que algún día existieron. El amor tiene que triunfar. Una mujer de valor tiene que hacerlo así, si no, no será más que la frivolidad vestida de diamantes. 

miércoles, 28 de mayo de 2014

EL ÍDOLO CAÍDO (1948), de Carol Reed

Una enorme casa y demasiado tiempo libre. Lo peor para un niño. Y claro, la fantasía vuela también con una pequeña culebra que tiene escondida detrás de un ladrillo de la pared de la terraza. El mundo de los adultos se le echa encima pero, menos mal, hay un eficiente mayordomo que es la diversión pura. Baines tiene muchas obligaciones pero siempre saca la sonrisa del niño. Incluso cuando la casa es un verdadero caos por traslado o por un viaje o por cualquier otra causa, Baines siempre tiene una payasada para que el niño, en lo alto de la interminable escalera, sonría. Baines no puede ser malo. Al niño le gustaría que fuese su padre. Ése que no tiene porque siempre está detrás de sus papeles diplomáticos.
Sin embargo, Baines…también tiene algo de malo. Es lo que pasa con los ídolos. Primero están allí arriba, inalcanzables, sin mancha, sin ningún tipo de reparo y, al momento siguiente, caen agotados porque caen en las típicas contradicciones de adulto. Se puede ser un encanto con los niños y una verdadera fiera en su vida, quién sabe. El niño no lo puede saber. Total, no le dejan entrar en el mundo de los adultos y, cuando le dejan, es para que deje de decir mentiras…o verdades.
La casualidad se alía con la muerte, la noche se convierte en un tablero de juegos y, tal vez, podría haber un oasis de felicidad en ese desierto enorme que es la mansión de escaleras de mármol y estirados cuadros de políticos y prohombres. Baines es el centro de todo porque, a pesar de ser un simple criado, es también el bufón, el que siempre tiene la palabra adecuada de consuelo, el tipo de vestir correcto y habla educada y que educa todo lo que toca. Basta con echar un vistazo y uno puede intuir que, sin él, la Embajada sería un auténtico desastre. Claro que, a lo mejor, hay que borrar las huellas de un crimen y mejor no perjudicar al único juguete que posee el niño. Estos policías preguntan siempre las cosas y no van nunca al grano. Deberían preguntar de tal forma que el niño pudiese decir la verdad sin tener que decir antes una mentira. Al final, por supuesto, el bosque de verdades y mentiras se confunde y se mezcla y el crimen se presenta más turbio y más claro y lo que era, ya no es y lo que es, comienza a pasar.

Carol Reed dirigió con una maestría indiscutible esta película que se mueve, con ligereza y abrumadora lógica, por los abismos del suspense y del mundo infantil para descubrir, en realidad, el absurdo agobiante del mundo adulto. La cámara salta y se mueve entre los personajes con una facilidad que llega a ser admirable y el relato absorbe y atrapa porque Graham Greene también hizo el guión basándose en su propio relato El mayordomo. El resultado es sencillamente magistral, con un Ralph Richardson en uno de los mejores papeles de su carrera, con el silencio impreso en sus pisadas y con la sonrisa amarga del individuo que ha sido un perdedor siempre y, por una vez, no quiere salir derrotado. Y es que los ídolos, con mucha frecuencia, son el prólogo del fracaso.

martes, 27 de mayo de 2014

LA ISLA DEL TESORO (1934), de Victor Fleming



Veinte van fuera del ataúd
¡ja,ja,ja1
Y una botella de ron
El diablo y la bebida se encargaron del resto
¡ja,ja,ja!
Y una botella de ron

Y así comienzan a destilarse las pistas de una de las mayores aventuras jamás escritas. Jim Hawkins es decidido, valiente y desea sacar a su madre de las dificultades. Solo que para ello, él tendrá que vérselas con una pandilla de individuos que han dedicado su vida a saquear el mar. El océano solo les ha devuelto rugidos como olas y tempestades en la cara, vano castigo para unos tipos sedientos de sangre, sin escrúpulos ni anclajes. Ellos pertenecen al mar y ese muchacho…solo es un peón más que hay que sacrificar si de verdad se quiere recuperar el tesoro de Flint. ¡¡¡¡Por mil millones de diablos!!!! Ese maldito capitán lo hizo muy bien y esa fortuna tiene que repartirse entre sus hombres. Es lo justo. Es lo cabal.
El punto negro como amenaza, una canción que se repite hablando de botellas de ron y de unos cuantos desgraciados que marchan por fuera de un ataúd. Maldita sea, es un jeroglífico porque nadie es quien dice ser. El motín se prepara y los cuchillos, metidos en la boca, se afilan como si fueran vientos cortantes. No quedará nadie vivo. Y al infierno con los escrúpulos. John Silver El Largo lo sabe muy bien. Se lo dice la pierna que perdió. Más que nada porque ese viejo lobo de mar tiene respuesta a todas las tretas y quiere hundir sus manos en los doblones de oro del Capitán Flint. Ja, ja, ja…con una buena botella de ron en la mano, por supuesto.

Quizá esta versión de 1934 sea la mejor que se ha hecho hasta ahora de la inmortal historia de Robert Louis Stevenson. A ello contribuyó en gran medida la creación de un par de actores veteranos, que sabían estar en su sitio y que conseguían hacer creer que esa barba descuidada por los días de sal y sol fuera de verdad. Uno es Lionel Barrymore en el memorable y breve papel de Billy Bones. El miedoso marinero que posee el secreto del mapa que marca la equis en el lugar adecuado, se emborracha para esconderse del pánico porque sabe que, en el mismo momento en que ese pergamino cayó en sus manos, estaba condenado. Solo quiere beber porque vive obsesionado con que le vengan a buscar. Solo quiere beber porque sabe, por otra parte, que jamás podrá ir a buscar ese tesoro que promete un paraíso de ron. El otro es Wallace Beery en el memorable rol de John Silver El Largo, privado de una pierna, mentiroso compulsivo y convincente, arrastrado por la vileza que solo desea dar salida para encontrar los cofres llenos de riquezas y gastárselo en tabernas de islas perdidas, intentando apurar hasta el último trago de una vida de la que no se preocupa. Y, sin embargo, detrás de una mentira y de otra y, luego, de otra, también posee una sensación que había olvidado, que la tenía arrinconada en un baúl bajo llave y es el cariño y la ternura que ya no siente, que se evaporó, posiblemente, detrás de demasiados vasos de ron, de demasiadas noches de estúpidas canciones de piratas y de borracheras ruidosas oyendo a las olas golpear contra el muelle. Más allá de eso, es hora de embarcarnos hacia esa isla sin nombre, donde un hombre enterró lo más preciado y otro se quedó para que la locura le sostuviera en la enorme soledad. Ja, ja, ja….sin una mísera botella de ron.

viernes, 23 de mayo de 2014

STANLEY KRAMER: EL AIRE TRASCENDENTE



Andrew Sarris escribió que “si la trascendentalidad fuera arte, Stanley Kramer sería el mejor director de todos los tiempos”. Con todo lo que lleva implícito de desprecio, no hay duda de que Stanley Kramer ha sido un director muy denostado por la gran mayoría de la crítica que, a lo máximo que ha podido aspirar, ha sido a la etiqueta de “mejor productor que director” (lo cual es bastante cierto) o como un “aceptable artesano con ínfulas de autor”. Lo cierto es que Stanley Kramer era un extraordinario director de actores que empañaba ligeramente su trabajo con un leve repertorio técnico que hacían evidente todas sus limitaciones.
Parte de ese desprecio se debía a su ambición un tanto desmedida de abordar temas candentes, mucho más grandes que la propia condición humana que hacían que sus películas fueran, en buena parte, tratados sobre diferentes posturas que se tornan, en alguna ocasión, en historias farragosas, sobrecargadas de diálogos trascendentes (aunque, muchas veces, agudo), ideales para el lucimiento de los increíbles repartos que llegaba a reunir.
Su sueño siempre fue dirigir pero comenzó en la producción independiente con títulos tan apreciables como Hombres, de Fred Zinnemann; una excelente película con Marlon Brando; Cyrano de Bergerac, de Michael Gordon, con un memorable José Ferrer; La muerte de un viajante, de Laszlo Benedek, con un ajustadísimo Fredric March; Solo ante el peligro, otra vez con Zinnemann, con un Gary Cooper que jamás estuvo mejor; Salvaje, también de Benedek, con Marlon Brando erigiéndose como símbolo de la juventud rebelde; o El motín del Caine, de Edward Dmytrik, con un inolvidable Humphrey Bogart.
Pero en 1955, Stanley Kramer quiso dar el salto a la dirección produciéndose a sí mismo en una mediocre película: No serás un extraño, que ya hizo que pudiera reunir a uno de esos impresionantes repartos que tanto poblaron sus películas y que incluyó a Robert Mitchum, Frank Sinatra, Olivia de Havilland, Gloria Grahame, Lee Marvin y Broderick Crawford y que nos hablaba sobre un tema tan proceloso y escurridizo como la ética médica. Floja de concepción, con un Mitchum muy descolocado como protagonista, el film tiene todos los defectos de una ópera prima y se queda a medio camino entre el debate y el culebrón barato donde sentimientos, engaños y profesionalidad se mezclan en un aburrido cóctel.
Su siguiente película fue aún peor. Preso de cierta megalomanía quiso realizar una superproducción como Orgullo y pasión en España, con Cary Grant de oficial inglés, Frank Sinatra de rebelde orgulloso español y Sophia Loren de andaluza de pura cepa llevando por todo el país un gigantesco cañón que permitirá a los españoles recuperar Ávila frente a los franceses. La película, en ciertos momentos, llega a ser ridícula.
Con Fugitivos, ya empieza a aparecer el verdadero Stanley Kramer tomando como punto de partida una atractiva premisa: dos presos, un negro bastante rebelde (Sidney Poitier) y un blanco racista (Tony Curtis) se escapan del furgón en el que estaban siendo transportados a la cárcel y deben colaborar juntos si quieren sobrevivir pues están esposados el uno con el otro. La fácil reflexión de Kramer sobre la desaparición de barreras raciales para dar paso al ser humano desprovisto de color queda enriquecida por la introducción de elementos propios del egoísmo común a todas las razas, auténtico inductor de la delación.
El siguiente proyecto fueron palabras mayores: la fábula apocalíptica La hora final, con Gregory Peck, Ava Gardner , Fred Astaire y Anthony Perkins. Un serio aviso, en plena guerra fría, del camino de la humanidad hacia su desaparición paulatina. Sin duda, Kramer articula una película que hurga en heridas costrosas sobre la estupidez humana y que deja un inquietante aire de desasosiego. Aquí es cuando se empieza a ver la maestría de Kramer, arrancando una formidable interpretación a Fred Astaire como un científico que no puede con la culpa que le produce haber sido parte del sistema que lleva a la Humanidad a su inevitable extinción.
La herencia del viento marca el inicio de sus colaboraciones con el gran Spencer Tracy en una película sobre un histórico juicio ocurrido en los años veinte como excusa para hablar sobre la fe, el fanatismo, la vieja religión, el cuarto poder, el sensacionalismo, la indiferencia, la inteligencia, el mesianismo, los intereses creados, la gula, los falsos profetas, la ira…Una maravilla de película, con actuaciones prodigiosas del propio Tracy y de Fredric March y Gene Kelly (en el que, quizá, es su mejor papel dramático).
Siguió con el género de juicios y se trasladó a Nüremberg para narrar el proceso que se inició contra los altos jueces y magistrados del régimen nazi en Vencedores o vencidos. Con un reparto de ensueño, con nombres como los de Spencer Tracy, Maximillian Schell, Burt Lancaster, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Judy Garland y Montgomery Clift, en el que todos sobresalen, Kramer plantea serios y trascendentes interrogantes como la culpabilidad de unos jueces que se encargan de ejecutar unas leyes elaboradas por el gobierno, la táctica del avestruz de una ciudadanía empeñada en no mirar hacia las continuas brutalidades que se estaban cometiendo, las especiales circunstancias que llevaron a Hitler al poder, el defecto básico del carácter alemán que les llevó a la connivencia con unos ideales ausentes de toda ética humana, la innegable culpabilidad del resto del mundo o el legado terrible que recibió la juventud alemana deseosa de quitarse de encima los estigmas pero intentando evitar el insulto de la humillación. Una película extraordinaria con momentos deslumbrantes.
Se aligera en sus tramas y se decide por hacer un carísimo homenaje al slapstick con la comedia El mundo está loco, loco, loco, llena de humor salvaje, un tanto pasado de revoluciones pero absolutamente loco. Con un reparto poblado de grandes nombres encabezado por Spencer Tracy, que se atreve con una interpretación divertidamente comedida, la película se yergue como una historia sobre unos cuantos egoístas lacerantes que van detrás de un maletín lleno de dinero.
Después de El barco de los locos, una película pretendidamente trascendente y que, sin embargo, se ha quedado peligrosamente antigua, realiza otra lúcida reflexión, no exenta de trampas, sobre el liberalismo y el racismo en Adivina quién viene esta noche, última reunión de dos monstruos irrepetibles del cine como Spencer Tracy y Katharine Hepburn. La película nos habla del amor como antídoto contra la intolerancia y abandona el tono crispado de sus anteriores producciones para narrarnos con un estilo pausado un dilema moral nadando entre la comedia y el drama con singular habilidad.
La relajación en el cine de Stanley Kramer llega a su punto culminante con El secreto de Santa Vittoria, con un impagable alcalde encarnado por Anthony Quinn, típico tonto que es un listo, que se encarga de tomar el pelo de forma recalcitrante a las tropas alemanas de ocupación de un pequeño pueblo italiano. La película es divertida, fresca, rebosa buen humor e inteligencia.
A partir de aquí, Kramer entró en franco declive. Fracasa de manera lamentable con un bodrio llamado R.P.M. y se recupera tímidamente con Oklahoma año 10, una película sobre la ambición en el mundo del petróleo de principios de siglo que deja en pañales a todos aquellos que no la han visto y que no se cansan de ensalzar la irritante Pozos de ambición, de Paul Thomas Anderson.
Cuatro años sin rodar y, cuando se decide a volver, lo hace con un thriller largo, pesado y sin mucho sentido con Gene Hackman titulado De presidio a primera página que resultó ser su última producción y que resultó un fiasco con ínfulas de buena película para, luego, terminar realizando un vehículo de encargo y a mayor gloria del cómico Dick Van Dyke que ni siquiera traspasó la frontera del mercado estadounidense.

La mayor preocupación de Stanley Kramer fue hacernos pensar sobre grandes temas, esos temas que determinan el destino del hombre en sí mismo. Sin duda, una meta ambiciosa para cualquier cineasta con vocación y alma de artista. El cine siempre ha necesitado hombres como Stanley Kramer, digan lo que digan aquellos que nunca le comprendieron o ese público que, al final, acabó por darle la espalda y convertirlo en un reo de sus propios juicios.

jueves, 22 de mayo de 2014

GODZILLA (2014), de Gareth Edwards

Existe una tendencia en el cine actual a hacer versiones de películas que de un modo u otro ya han quedado obsoletas pero con la idea de hacerlo todo mucho más grande, más monstruoso, más incontrolable, más impactante. Al fin y al cabo el público pide espectáculo y los argumentos bien hechos y esas cosas tan finas se tienen que dejar para los intelectuales que solo sirven para embrollarlo todo. Así que vamos a dejar unas cuantas ciudades hechas un trapo y además, para que se enteren los que quieren espectacularidad, vamos a poner tres monstruos en lugar de uno.

Y así se articula por enésima vez otra aventura de esta especie de dragón de Komodo gigantesco, obra magna de la vileza humana, creada a partir de unas cuantas sobredosis de radiación nuclear. Pero hay que reconocer que es de bien nacidos ser agradecidos así que el lagarto mayúsculo aparece, desde luego, pero viene a salvar a la raza humana. Más que nada porque no importa cuán malvado sea un ídem porque seguro que siempre hay alguien que es peor.
Por supuesto, la trama y el origen de tales criaturas es explicado enrevesadamente y muy deprisa para que cualquier espectador avezado no se dé cuenta de las trampas que tiene el guión. Más que nada porque nadie va a ver esta película por su guión sino porque cuanto más destrozos se metan, más cosas vuelen por los aires y más explosiones haya, mejor será para un gran sector del público.
Ese sector del respetable saldrá muy satisfecho porque conseguirá lo que quiere. No se ahorran combates entre criaturas infernales, derrumbamientos, detonaciones...caramba, si hasta incluso estará el viejo truco de que todo acabe con una bomba nuclear. A la película, en ese sentido no le falta de nada.
Siendo medianamente serios, lo único que merece la pena es la banda sonora, de un vigor excepcional, de Alexandre Desplat. También hay un cierto respeto por volver a la fórmula nipona que se puso en juego en Japón bajo el terror del monstruo, formato del que se alejó bastante la versión de 1998 de Roland Emmerich pero pare usted de contar. El resto son solo fuegos artificiales. Un poco más de dos horas de traca sin descanso. Y el dinero, eso sí, en la taquilla.
Veamos. Gareth Edwards, director del intento, dirige a sus actores tan mal que no me imagino las instrucciones que le habrán dado a Ken Watanabe para interpretar su papel. El científico japonés al que da vida no deja de mostrar asombro, asombro y más asombro. Asombroso. El almirante que encarna un actor solvente como David Strathairn se diluye y desaparece. Lo de Aarón Taylor-Johnson como el héroe ideal es tan ingenuo que es el único fulano de la Tierra que está cara a cara con el mismo monstruo una y otra vez y es más difícil de matar que el mismo Godzilla. Siempre hay algo que trastoca los planes de las criaturas de poder electromagnético motivado por el exceso de radiación que les ha hecho crecer y a cuyo medio se han adaptado de tal manera que ingieren radiación cual ensalada sin aliño. Creo que era algo así pero esto carece de importancia.
Por otro lado, el mensaje de fondo está más visto que una rueda de prensa de Ancelotti. La Naturaleza se rebela contra el maltrato. El hombre está destruyendo el planeta. Solo una criatura de enormes proporciones puede volver a traer el equilibrio. Más o menos el mismo que yo perdía en la butaca porque me iba hundiendo poco a poco en un aburrimiento tan profundo que llegué a la conclusión de que el mero hecho de haber pensado hacer esta película es una demostración más de que el cine puede llegar a ser simplemente monstruoso.                         

miércoles, 21 de mayo de 2014

EL HOMBRE ATRAPADO (1941), de Fritz Lang

Un hombre camina por un bosque, en busca de una presa. Es un apasionado de la caza y de la aventura y ese verano, ha ido a Alemania, tal vez porque sea la última vez que pueda hacerlo. Se acerca a un risco y apunta con su rifle de mira telescópica. Allí está su presa. Adolf Hitler está en su terraza de Bertechsgaden, pensativo, a buen seguro intentando planear su próxima invasión. El hombre se toma su tiempo, poco a poco aprieta el gatillo…y dispara. Pero no hay bala. Es solo un juego. El placer de la caza. La seguridad de que Hitler hubiera caído al primer intento. Lo piensa mejor. Tal vez…la Humanidad ganaría si ese hombre no estuviera en la faz de la Tierra. Así que pone una bala en la recámara. Vuelve a apuntar. Poco a poco, aprieta el gatillo…
Éste es solo el inicio de El hombre atrapado, de Fritz Lang, una maravilla que nos habla de un hombre que comienza con un juego y acaba siendo cercado como un animal en su propia madriguera, defendiendo lo que cree que es justo. Tal vez Lang sabe dar forma a una parábola sobre Europa, sobre su permisividad con los nazis, sobre las verdaderas razones de una rebelión que nunca fue más justa. O quizá también quiera darnos el lado más humano de los héroes y el por qué de sus reacciones. O incluso dar un toque de atención a aquellos que pensaban que, al fin y al cabo, Hitler no era tan malo. Lo cierto es que asistimos a una continua caza del hombre que se traslada de Alemania a Inglaterra y que cierra el cerco lentamente, con la intervención de una chica que nunca tuvo nada que ganar, maravillosa Joan Bennett, y el paseo de un caballero como Walter Pidgeon que, siempre desde la elegancia, nos construye un personaje que sabe defenderse, sabe escapar y sabe volver a la misma raíz del mal.
Y es que el hombre se mueve por instinto y, muchas veces, dejamos pasar la oportunidad de hacer algo que realmente cambie el mundo. La Naturaleza, agreste y no siempre amistosa, puede servir como refugio y como el punto donde cae una flecha que nunca debió dejar de volar. Las cicatrices no son heridas, son recordatorios de muchas causas y de muchas luchas, de muchos momentos en los que se forjaron las razones del enfrentamiento y las calles frías parecen bosques de niebla donde la peor de las trampas está hecha para atrapar el corazón. Una última mirada es lo único que quedará grabado porque, desde ese instante, los sentimientos quedaran petrificados, fríos y muertos. Ya no importa ponerse a salvo. Lo que verdaderamente importa es poner a salvo a los demás.

Y es que la libertad es lo único que no se puede quitar a un hombre. Porque entonces es cuando se puede comportar como un animal salvaje, como una fiera con un solo objetivo en la vida. Tal vez lo único que necesite ese cazador que un día tuvo en la mirilla a Adolf Hitler sea volver a experimentar el placer de la caza…