martes, 30 de junio de 2015

ALL THAT JAZZ (Empieza el espectáculo) (1979), de Bob Fosse

El debate que se sostuvo la semana pasada en "La gran evasión" sobre "A puerta fría", de Xavi Puebla con el gran Antonio Dechent en directo lo podéis escuchar aquí

“Dicen que las luces de neón son brillantes en Broadway,
dicen que siempre hay magia en el aire,
pero cuando estás paseando por la calle
y no tienes suficiente para comer
el brillo se evapora
y no estás en ningún lugar”

Quizá las luces de neón han cegado demasiado a Joe Gideon. Chicas, alcohol, éxito, noches interminables, repartos, montajes, cigarrillos, la pastilla de Dexedrina…Ése no es el camino de Broadway, Joe. Es solo un atajo hacia tu último espectáculo. Y no es otro que un maravilloso mutis por el foro del escenario en forma de ataque al corazón galopante. Y entonces, sólo tendrás que preocuparte por una conquista más y es esa mujer que te parece tan atractiva, con la que coqueteas sin parar y que es la Muerte. Atrás se van a quedar tus inicios, tus deseos de triunfar, tu concepción de un baile diferente pero fascinante, tu hija, Joe…Lo único que te puede importar aunque tengas a tu lado a una serie de mujeres excepcionales que solo quieren ser amadas por ti. Pero tú no amas a nadie. Por eso el brillo se evapora y se va, por eso ya no estás en ningún lugar.

“Dicen que las mujeres te tratan bien en Broadway,
pero mirándolas solo te dan tristeza
¿cómo vas a tener algo más de tiempo
si solo tienes una moneda de diez centavos
y con eso no vas ni a poder limpiarte los zapatos?”

Sí, Joe, tu vida ha sido solo una moneda de diez centavos gastada y rayada. Ya no tiene brillo, ya no engaña a nadie. Te has dedicado a vender humo y ahora es humo lo que tienes. Porque, al fin y al cabo, eso es el éxito. Puro humo que se eleva por encima de las luces de neón que tanto te han cegado y que ahora te devuelven tan poco que ni siquiera te das cuenta de que el tiempo se te acaba, de que ya has dado lo mejor de ti, de que ir corriendo de un lado a otro no hace que seas mejor sino más difícil, más perdido, más nervioso, más víctima y, a la vez, más verdugo de un montón de ilusiones, incluidas las tuyas. ¿De verdad vivir así te compensa, Joe?

“Dicen que no voy a durar mucho tiempo en Broadway,
todos dicen que voy a coger un autobús para irme a casa.
pero están equivocados, sé que lo están,
porque puedo tocar aquí la guitarra
y no pararé hasta ser una estrella en Broadway”

Tal vez, ése ha sido uno de tus mayores errores, Joe. Creíste que los demás no tenían razón y que tú estabas en lo cierto. Que el arte que tenías dentro se complementaba con un estilo de vida que consistía en ir de cama en cama, dando papeles a cambio de noches, quedándote tranquilo con la demostración del descontento del artista exigente, dejando que la inspiración fuera solo una chica más con la que acostarse y luego dejar tirada en cualquier sitio. Ni siquiera pensabas que ellas consentían solo porque tú eras Joe Gideon, el gran coreógrafo, el excepcional director de cine, el hombre que revolucionó el musical y el tipo que solo quería ser el galán de la muerte. Todo eso lo era Bob Fosse, y lo demostró con esta película sincera y dolorosa y testimonio final de que aquello ya no lo iba a parar nadie.



jueves, 25 de junio de 2015

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE (1930), de Lewis Milestone

Una flor que indica que la belleza no está perdida en medio de la destrucción y todo acaba. Un tiro furtivo, una ráfaga, un sueño roto. La decepción ya, con la marcha de la misma vida, es completa. En el colegio hubo muchas historias de heroísmo y los jóvenes creyeron que marchar hacia el combate era lo máximo a lo que se podía aspirar. Cuántos escritores, médicos, maestros, fontaneros o soldadores se perdieron por causa de esos estúpidos delirios de grandeza. La doctrina imbuida en el patriotismo, en el deseo de vencer porque se pertenece a un país invicto. Y luego, después de aquella instrucción infernal, los piojos, las trincheras llenas de barro, los disparos con su sonido mordedor…la sangre del amigo en las manos. Las fuerzas van abandonando el ímpetu juvenil y, de repente, ya no se es un niño deseoso de ser recibido en loor de multitudes. Solo se es un hombre que quiere sobrevivir, volver, recuperar las mañanas de olor a pan recién hecho, el sonido de los cascos de los caballos en las calles adoquinadas, las sábanas limpias en la cama de su propia casa y encontrar el amor, o la amistad, o la comprensión, o la compañía en la simple sucesión del día a día. No, desde luego, mi capitán, no hay novedad en el frente.
No hay nada de heroico en la guerra. Ni siquiera algo noble. Matar al otro no tiene mérito, ni historia, ni es digno de mención en cualquier hazaña. Lo matas porque es él o tú o, también, porque tienes a algún cabeza cuadrada gritándote al oído que debes disparar y desparramar sus tripas en el suelo. Las lágrimas son balas perdidas en la tierra estéril. Solo pequeñísimos agujeros que se filtran rápidamente por esa superficie negra y roja. La boca quiere gritar, los ojos quieren llorar y allí no hay nadie que te pueda escuchar. Solo la bomba que, con toda seguridad, se lanza para matarte.

La impresionante novela de Erich Maria Remarque tuvo su mejor traducción al cine en esta versión de Lewis Milestone, un director que jamás llegó a la categoría de autor pero que, aún así, supo hacer buenas películas como la primera versión de Primera plana con el título de Un gran reportaje; o la estupenda reflexión bélica Un paseo bajo el sol. En todo caso, a pesar de los años transcurridos, Milestone consigue una película pacifista que arroja al pozo de los lobos el ansia de intervención de una juventud que tiene la obligación de vivir antes que de intervenir. Un país no es lo más importante. Lo más importante es la gente que vive en él. Y el protagonista (un espléndido Lew Ayres) se da cuenta del verdadero valor que tiene la paz y la inteligencia del ser humano, condenado a vivir en permanente conflicto cuando su vocación genuina es la contraria. Solo así se puede dar cuenta de que una flor en medio de un campo de batalla merece una vida, tal vez porque la vida, en sí misma, es una flor en medio de un campo de batalla. Sin novedad en el frente. Solo unos cuantos muertos…

EL NIÑO 44 (2015), de Daniel Espinosa

No puede haber asesinos en serie en el Estado feliz y perfecto. Es imposible por la sencilla razón de que la psicopatía asesina es propia de los estados capitalistas que corrompen hasta la médula y sientan las bases de una sociedad enferma por su afán de ganar dinero. Es muy sencillo. En el Estado perfecto todos son felices, todos son llamados a ocupar trabajos que, aunque no están de acuerdo con sus habilidades, sirven para el bien común, todos saben que en el paraíso no hay crímenes. Solo traidores.
Y así no hay ningún problema en mandar a un héroe de guerra, que se ha distinguido allá por donde ha pasado, al destierro a alguna ciudad gris y escondida para que sirva como un soldadito más de la milicia por el mero hecho de que está poniendo en sospecha el bienestar del Estado feliz y, por si fuera poco, se niega a delatar a su propia esposa. Más que nada porque el que se niega a delatar a cualquiera, sea quien sea, es un traidor en sí mismo. Y si encima está sitiado por la envidia y la monstruosidad de la maquinaria del Estado feliz y perfecto, el individuo está condenado a guardar silencio en alguna esquina de la geografía donde no se pasa hambre, pero no hay libertad.
El asesinato, por otro lado, puede ser un arma para la subversión con dos caras. Por un lado, el asesino mata para demostrar que ese Estado feliz nunca existió, que solo ha habido un reparto igualitario de miseria para todo el mundo a costa de tener la boca bien cerrada salvo cuando existe la obligación de hablar. La sangre tiene que correr sobradamente. Por todos aquellos que sufrieron con él y tuvieron que cazar en los bosques carne de rata para poder sobrevivir. Por otro lado, el sabueso tiene que demostrar que el asesino existe, que los asesinatos existen, que el odio existe en ese Estado feliz donde todos trabajan para todos. A nadie le interesa esto. No hay homicidios en las sociedades avanzadas. Y si los hay, son disculpables. Si la sangre corre sobradamente, no tiene la menor importancia. Y menos si se trata de unos cuantos niños. Ellos, al fin y al cabo, no son productivos. Ellos son meras piezas que aún tienen que ser pulidas bajo la lima del adoctrinamiento.

Daniel Espinosa ha dirigido una película que no se queda solo en la serie de asesinatos y en la posterior caza y captura del culpable. Hace una radiografía de una sociedad moribunda, presa del miedo y de la terrible ingratitud de un Estado feliz que exige los mayores sacrificios sin ofrecer nada a cambio a no ser que alguien tenga más información de la debida, más conocimiento de la maquinaria, más conciencia del fracaso social de un sistema hermético y corrompido en su misma concepción. Sin estar exenta de fallos en las secuencias de acción y en algún que otro salto incomprensible en la narración, cuenta con excelentes interpretaciones, de trazo y profundidad, por parte de Tom Hardy y Noomi Rapace capaces de reflejar hastío y una compleja relación personal que va creciendo a medida que la película avanza. Quizá como una delación de la crueldad gratuita que siempre asoma sin vergüenza en cualquier sistema totalitario basado en el enfrentamiento y en la ruptura de unos con otros. Porque es condición propia del ser humano tomar ventaja cuando el Estado feliz y perfecto se limita a cambiar la libertad por un plato de lentejas. Y ese nunca debe ser el precio.

miércoles, 24 de junio de 2015

KLUTE (1971), de Alan J. Pakula

Hay pocas oportunidades para darse cuenta de la oscuridad que habita en el interior de un amigo. John Klute tiene esa oportunidad. Se le encarga un caso de desaparición porque conoce a la víctima y va a tener que hurgar en los sótanos de su personalidad. Él es un detective privado, antiguo guardia de seguridad, que observa mucho y calla aún más. La discreción es su insignia. No se sabe muy bien si su retraimiento es fruto de su capacidad de análisis o, tal vez, de la perplejidad que emana de sus sucesivos descubrimientos. Pero es competente. Y comienza a tener la certeza de que no todo es blanco o negro, de que hay muchas tonalidades en el gris y de que él está en medio de esas tonalidades. John Klute es remiso pero no es cobarde.
Una de las cosas que sorprenden a Klute es la oscuridad que envuelve la gran ciudad. Sí, había ido algunas veces por cuestión de trabajo pero no había destapado las alcantarillas y no podía imaginar los sueños escondidos de esos millones de personas que se esconden detrás del cemento de sus casas. No era capaz de atisbar que las prostitutas hiciesen realidad los sueños de muchas represiones ahogadas por las apariencias. No puede creer que alguien que se dice amigo sea más propenso a la traición porque la ambición se mueve como pez en el agua en la jungla de coches, asfalto, marginación y frustración que late continuamente en la gran urbe. Las palabras no valen nada y no tienen ningún valor. Y eso Klute no lo comprende aunque sí desea entenderlo. Y, precisamente, es una prostituta, que se dedica a mentir, a fingir, a vender su cuerpo al que esté dispuesto a pagar, la que le enseña que hay palabras que son importantes, que se tienen que mantener, que existen refugios para las vidas desgraciadas, que el cobijo se busca de cualquier manera cuando el destino se extravía en la tupida lluvia del agobio urbano. No importa que uno se venda, lo que realmente importa es saber extraer lo positivo de la situación. Quizá el sacrificio merezca la pena si un anciano paladea durante unos instantes una realidad que se ha escapado admirando el cuerpo desnudo de la ramera. Quién sabe. Puede que hasta Klute tenga que buscar en sus instintos más bajos para descubrir que toda mentira tiene algo de verdad.

Con un ritmo deliberadamente lento, Alan J. Pakula dirigió esta película con un especial cuidado en la dirección de un reparto que está impresionantemente encabezado por Donald Sutherland y Jane Fonda. Ambos consiguen dotar de amplitud y de ambiente a una película triste, que arranca como un rutinario caso de investigación y termina siendo un descenso a los infiernos que descubre los intensos recovecos que pueblan el alma humana. Y, por primera vez, siente que la mentira tiene una piel suave de la que no querría jamás volver a despegarse. Aunque eso signifique un extraño y motivador sometimiento psicológico ante una mujer. 

martes, 23 de junio de 2015

A PUERTA FRÍA (2012), de Xavi Puebla

El coloquio que sostuvimos en "La gran evasión" a propósito de "Factótum" y de Charles Bukowski, lo podéis escuchar con un vaso de whisky en la mano aquí. Gracias a todos.

La voz parece que huye en medio de tanta falsedad sitiada por demasiados cigarrillos y demasiadas copas a la luz de la soledad. La factura está llegando a su fin y ya estamos en el descuento y ya solo puede ganar el que pueda ofrecer más, incluso aquello que está fuera de cualquier catálogo. Las conversaciones para ganarse al comprador son destellos de nada en el fulgor del bolígrafo deseando escribir el maldito pedido. El día se echa encima y el fin de semana se convierte en un muro forrado de maderas nobles. El agobio no se puede describir en medio del aliento a tabaco rancio, a ceniza quemada, a alcohol fermentado y a corbata aflojada. Más tarde, la recompensa será la nada, el olvido absoluto, la certeza de que todo el esfuerzo, de que todas las sonrisas fingidas y las cínicas amabilidades que tanto cuestan sacar a la luz, será pasto de la última venta, de algún recuerdo bañado en noche y hastío, de alguna mirada desesperanzada esperando el mismo destino. Ya solo queda bajar a los infiernos y tirar la llave.
El amigo americano hará todo lo posible para aprovecharse porque, al fin y al cabo, todo buen contrato tiene que incluir alguna ventaja. El arribismo ultraja todo atisbo de moralidad y aniquila tanto a la verdad que ya no se sabe cuándo se dice y cuándo se siente. El hotel sigue ahí, incólume, con su música de sala de dentista sonando una y otra vez en los fastidiosos y escondidos altavoces mientras las nuevas generaciones creen que ha llegado su hora sin darse cuenta de que será tan efímera como la sensación de haber hecho las cosas bien. No quedan más garabatos que incluir al pie de la nota de pedido. No quedan más descuentos. No quedan más porcentajes. No quedan más regalos. Ya solo resta dar lo que uno mismo conserva de nobleza y de refugio. Mañana solo habrá más copas, más mentiras, el mismo agobio y la misma sensación de fracaso aunque hoy se haya triunfado.

Antonio Dechent realiza un enorme papel en esta película que pasa por ser la versión española de Glengarry Glen Rose con el espíritu de David Mamet sobrevolando toda la trama que se construye apenas con el sueño de llegar al día siguiente. Los apretones de mano ya no significan nada porque, de todas formas, no habrá ninguno cuando la muerte venga a hacer la última compra. El actor se vacía con su voz rota y su mirada hundida en la decepción vital y, sin embargo, hay algo que aún le empuja a seguir hacia delante. Tal vez un mínimo de orgullo que le permita imponerse a los arrogantes y estúpidos que creen que valen mucho más que él, solo porque han cerrado un pedido y eso, lo sabe bien, no significa nada. No es más que un vale firmado para continuar sin pesadumbre en las próximas veinticuatro horas. Después se abrirá un abismo en el recuadro reservado para la rúbrica, un vacío que en muchas ocasiones se antoja imposible de llenar. Ni siquiera un whisky en la inmaculada barra del bar del hotel será suficiente para ahogar la inmensa derrota de perder lo único auténtico que había detrás de tanta mentira impostada, de tanta táctica de mercado, de tanta nada revestida de trampa.

viernes, 19 de junio de 2015

TRES LANCEROS BENGALÍES (1935), de Henry Hathaway

Teniente MacGregor. Escocés. Lo cual no dice mucho en su favor. Es uno de esos que no duda en pelearse si la ocasión lo requiere. Valiente, de eso no se duda. Leal. Un caballero cuando lo tiene a bien. Algo indisciplinado. Pero es el hombre que todo coronel querría en su regimiento. Calla mucho para lo que ve. Con recursos. Bromista hasta la médula. Un poco maniático con aquello de las flautas indias y las serpientes. Muy amigo de sus amigos. El mejor cómplice posible. Si hay alguien arrojado, ése es él. No es fácil encontrar hombres así. Es ese tipo con el que uno querría estar si se halla en dificultades. Resistente a la tortura. Aseado. No es un matón de taberna. Es un oficial que no entiende mucho de ordenanzas, que prefiere actuar antes que someterse a estúpidas reglas del ejército colonial inglés. Además se parece lejanamente a Gary Cooper. Jinete de valor, apuesto, elegante. Habla pashtun con soltura. Se camufla entre el gentío con verdadera maestría. Perfecto como espía. Cruz Victoria. Un honor servir junto a él.
Teniente Forsythe. De los azules. Sí, ese regimiento de señoritos elegantes que lucen uniforme allá por donde pasan. Es cauto pero inteligente. Muy observador de la disciplina y del respeto militar. Todo un caballero, siempre. Muy amigo de sus amigos. Le gusta bajar los humos a quien los tiene demasiado altos. Otro gran cómplice. Siempre estará allí donde se le necesita y dispuesto a dejarse la piel con el cuchillo entre los dientes. Valiente hasta la médula. El perfecto apoyo para cualquiera que desee hacerse el héroe. Es elegante hasta cuando va de paisano. Tiene los rasgos de Franchot Tone pero es solo una impresión. Solo habla inglés y además de la mejor escuela. Si se tiene que infiltrar entre las líneas enemigas tendrá que hacerse pasar por sordomudo. Perfecto como amigo. Cruz de Servicios Distinguidos. Un honor sentirse su amigo.
Teniente Stone. Recién salido de la Academia Militar de Sandhurst. Niño de mamá. Muy verde para vérselas con todas las tribus rebeldes de la frontera india. Deseoso de ser el orgullo de su padre, el coronel del regimiento. Tal vez porque nunca ha tenido su cariño cerca y lo desea más que nada en el mundo. Se derrumba con el dolor porque, en el fondo, ya está destrozado por dentro. Es guapo e impulsivo. No demasiado inteligente pero tiene valor. En su cara aún hay rasgos de niño. Aún tiene que bregar mucho para llegar a ser un auténtico oficial. Pero tiene una rara cualidad: sabe hacerse querer. Siempre va con MacGregor y Forsythe y, si está en un apuro, los otros dos irán a ayudarle sin pensárselo dos veces. Cruz de Servicios Distinguidos. Un honor asistir a la reparación de un daño dejando el miedo a un lado. Sus compañeros no se lo echarán en cara nunca. Tiene un aquél a Richard Cromwell, que luego salió como secundario en la estupenda Jezabel, de William Wyler. Pero eso, como diría Kipling, es otra historia.

Henry Hathaway. Director de legendario malhumor. Versátil como pocos. Capaz de rodar historias de amor, de guerra, de aventura, de heroísmo, comedias y cine negro. Artesano de los que ya no quedan. Hábil con la cámara. Feroz con los actores. Muy amigo de sus amigos. Gordo y malencarado. Magistral cuando quiso y pudo. Él hizo historias.

jueves, 18 de junio de 2015

JURASSIC WORLD (2015), de Colin Trevorrow

El hombre ha intentado jugar a ser Dios en demasiadas ocasiones. Y siempre lo ha hecho rematadamente mal porque hay un ingrediente que hace que se desvíe de su objetivo principal: la ambición. Con ese pequeño detalle se pervierte toda idea inicial, se disfraza de parque temático y se tranquilizan conciencias con medidas de seguridad futuristas pero la vida es el peor enemigo de todos. Cuando ella se abre paso, no existen cercas lo suficientemente altas.
Y así se priva a seres clonados de su desenvolvimiento en un entorno natural fabricando monstruos que se divierten al encontrar su lugar en la cadena alimenticia. Los dinosaurios ya tuvieron su oportunidad y el mismo ciclo natural les condenó a la extinción. El hombre está en ello y lo conseguirá, más tarde o más temprano. Lo cierto es que el olor a sangre fresca es algo que despierta el instinto animal de cualquier especie. E incluso habrá alguno que quiera utilizar cualquier descubrimiento genético como arma militar. Y esa es la diversión de un monstruo como el hombre, muchísimo más peligroso que el renacimiento de cualquier especie.
No cabe duda de que la gente disfrutará insanamente viendo cómo una criatura gigantesca devora en un abrir y cerrar de ojos a otro animal ofrecido en sacrificio. El circo, al fin y al cabo, no ha evolucionado tanto desde la época de los romanos. Lo único que ha cambiado son los protagonistas. Ver a un dinosaurio moverse haciendo temblar el suelo parece algo que puede divertir a los niños. Y la verdad es que, de hacerse algún día algo así, habría que vigilar muy de cerca todo lo que se hace en los laboratorios de tales lugares.
Volvemos al parque veintidós años después. La historia vuelve a funcionar porque entretiene y da lo que se espera. Hay duelos de colosos, suspense entre garras, ambiciones desmedidas, malvados recalcitrantes, recuerdos nostálgicos y bastantes errores amparados en la sempiterna excusa de la manipulación genética. Por ejemplo, un dimorphodon nunca fue tan agresivo como se muestra en la película, o un mosasauro no es tan gigantesco como ese monstruo que salta y engulle a un tiburón de un solo bocado e, incluso, lo que se llama velociraptor no es tal sino que en realidad es un deynonichus. No importa, eso son solo fallos que solo atañen a los amantes de la veracidad científica. Dentro de la lógica narrativa también hay saltos como el pedazo de carne con el localizador que aparece y desaparece por arte de magia o el desembarco de todo un arsenal militar que luego, misteriosamente, no se utiliza. Carece de importancia. La gente se lo pasa bien. Se asusta, teme, corre con los protagonistas, se maravilla con la autenticidad de las criaturas que parecen querer hacerse unos pastelitos de carne con el espectador y las escenas de acción se suceden. ¿Se puede pedir más?

Por pedir…yo tal vez sugeriría que hagan de una vez un parque con las medidas de seguridad un poco menos chapuceras y que algunos padres no lleven a niños tan pequeños a ver estas aventuras pero eso también carece de importancia. No vaya a ser que alguno llegue a decir que lo mío también es la diversión de un monstruo que se ha saltado la cerca una vez más. Y es que la trampa está en el mismo disfrute.