viernes, 29 de abril de 2016

BIENVENIDO MÍSTER CHANCE (1979), de Hal Ashby

Los árboles, cuando tienen las raíces sólidas, dan sombra y cobijan a los seres que andan perdidos en el mismo mundo que han creado. Sus hojas se balancean dulcemente al compás del viento y la corteza exhibe sus arrugas como símbolo de una edad que no perdona. No es fácil integrarse en un mundo que se desconoce por completo. La rutina se quiebra. Ya no hay agua todas las mañanas para regar el jardín. Ya no hay protección en ese tiempo que parece que se detiene porque a alguien, una vez, se le ocurrió recoger un arbusto de la calle y llevarlo a un vivero privado para protegerlo del frío exterior. Las casualidades se suceden y nadie cae en que una planta es una planta y no puede pensar. Siempre se intenta ver algo más en el interior cuando ese interior está totalmente vacío. Solo está lleno de imágenes catódicas y también vacías. Todo se confabula para hacer creer que lo que es una respuesta inocente se convierta en un pensamiento profundo, en un ingenioso análisis de la situación actual, en el revulsivo que todo país necesita cuando se acaba un liderazgo.
Chance Gardiner solo quiere que le dejen cuidar de un jardín que bien puede ser un país. Los principios, al fin y al cabo, son muy parecidos porque no hace mucho un político también nos hablaba de brotes verdes y tierras que pertenecían al viento. Solo hay que regar los tiestos con sumo cuidado y esperar que venga la estación adecuada para que todo crezca exuberante y fortalecido. No hay más pasiones humanas que los medios de comunicación y el agua en la tierra para hacer crecer el huerto. Lo demás son solo lujos innecesarios de los que debe prescindir cualquier sociedad para llegar al éxito. Chance Gardiner no lo sabe bien. En realidad, él no sabe de nada. No sabe cuál es la situación política, ni social, ni económica. No sabe cuál es el significado de un apretón de manos más allá que el signo de cortesía que se repite una y otra vez en una caja tonta de canal de cambio rápido. No sabe hacer el amor a una mujer. Ni siquiera cuando tiene oportunidad mira lo que se le ofrece a manos llenas. Es el inocente perfecto que jamás se moverá por ambición. Solo se moverá por su jardín. Quizá sea el hombre de los milagros capaz de andar sobre las aguas cuando la ocasión lo requiera. Solo es Chance, el niño grande que fue echado de casa.

Extraordinaria interpretación de un inusualmente comedido Peter Sellers con un espléndido plantel de secundarios con Shirley MacLaine, Melvyn Douglas y Jack Warden dando un par de lecciones sobre cómo sostener al protagonista principal. El guión de Jerzy Kosinski, novelista polaco afincado en los Estados Unidos, arremete contra la superficialidad con ínfulas que asola el mundo moderno y que tanto se podría trasladar a nuestros días. Todo el mundo opina. Todo el mundo sabe. Todo el mundo ha leído. Todo el mundo tiene el dato. Incluso todo el mundo cree que el más tonto tiene razón. 

jueves, 28 de abril de 2016

TORO (2016), de Kike Maíllo

No es fácil deshacerse del pasado. Sobre todo cuando es un tiempo de violencia sin demasiado sentido, una época en la que se dejó de ser hombre para comportarse como un animal, unos años en los que se creyó querer pero solo fue el espejismo de las lágrimas que un sembrador, serio, cínico e implacable, quiso plantar en las mejillas débiles de la personalidad juvenil. La sangre correrá para que la vida sea normal y el carácter, una vez más, será la cárcel del individuo.
Después del dolor, la redención. Después de días ordinarios, horas de furia. El cariño es lo único que se posee cuando ya todo da igual y uno llega a tener la certeza de que ha sido el mejor chico de los recados. Los demás han sido todos sicarios sin cerebro, sin empuje, sin gallardía suficiente como para hacer sin pestañear lo que se ordenaba con sequedad. La muerte no es el fin, es el instrumento y queda muy poco para ganarse la libertad. Todo acabará ciego, sin más salida que una orgía de violencia y de rabia que llevaba demasiado tiempo contenida. Solo acabando con todo, todo acabará con el pasado. Aunque haya que penar diez años más. Lo honesto siempre merece la pena.
Michael Mann parece haberse instalado en la Costa del Sol para presentarnos unos personajes ibéricos de la mano del director Kike Maíllo. Mario Casas tiene algún momento en el que empieza a demostrar que puede ser un buen actor. Luis Tosar, con la derrota marcada incluso cuando sonríe, es ese perdedor vocacional que nunca podrá llegar a ningún puerto. José Sacristán, enorme en su impasibilidad santurrona, cínico que se recrea en la oscuridad de su propio carácter, filo hiriente que se clava con crudeza en la carne de cualquiera que estorbe su orgullo. El resultado es una película aceptable, con algún subrayado de más, con alguna visita innecesaria a la violencia sin cuartel, con secuencias muy interesantes dentro de esa estructura que no costaría nada imaginar en cualquier western. Y es que ha habido ganas de agarrar al público de las solapas y exigirle algo de atención porque, al fin y al cabo, el mal puede revestir muchas formas, incluso tras el escondite de Dios y de las vírgenes. Incluso tras el deseo desbocado de querer algo de amor de un padre que nunca existió.

Cuando nada se puede aportar, lo mejor es dejar algo de uno mismo al borde de una despedida y marcharse para no volver. Eso lo saben bien todos aquellos que se han acostumbrado a perder, a involucrar a los demás en un torbellino de problemas que, a veces, quedan suspendidos en el aire pero que no desaparecen en las sombras. Todo por querer más que, en el fondo, es lo que todos queremos. Más. Más dinero. Más amor. Más libertad. Más normalidad. Más humanidad. Más días cuando ya estén agotados. Más sangre cuando la venganza sea sinónimo de egoísta ebriedad. Las lágrimas ya han sido sembradas y resbalan por las mejillas formando surcos de pena. Tal vez porque se fueron los que no merecieron irse. Tal vez porque no hay un lugar en el que, realmente, un hombre pueda empezar de nuevo. Ni siquiera al otro lado de la orilla. Solo queda volver al redil y esperar un perdón que nunca llegará. Quizá la justicia la hagan otros. Puede que la noche sea la devoradora de la venganza. Puede que un último abrazo sea la mejor recompensa.

miércoles, 27 de abril de 2016

GRAND PRIX (1966), de John Frankenheimer

La velocidad terminal, la adrenalina a chorro, el asfalto desafiante, la prensa sedienta de sangre, el final del camino, la seguridad de que la oportunidad no llega, el instinto de superación, la protección de la inversión, la jugada ladina, el deseo encontrado, la aventura fácil, el paseo por el borde de la muerte, los medios de información, la gloria del vencedor, el dinero lo mueve todo, la sombra de un hermano muerto, las gomas gastadas, los motores al límite, el salto hacia la eternidad, el circo continúa, el gran premio nunca para.
El mundo de la Fórmula 1 retratado tan de cerca que se puede oler a gasolina y a cambio de marchas quemado. Las cabezas girando de un lado a otro a velocidad de vértigo. Los pilotos también tienen pasiones y desengaños. Los promotores quieren rentabilizar su inversión poniendo en riesgo las vidas si es necesario. La sombra del humo que se diluye en el cielo es un peso que solo dura unos minutos. El paso decidido acabará por anular toda consideración por el campeón muerto. Primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta…no hay final para tanto cambio de velocidad, para tanta técnica estudiada, para tanta marca de neumáticos en el suelo. Mientras el circo sigue en marcha, la vida apenas continúa. Solo vaivenes de hotel, vibraciones de triunfo y derrota, motores al rojo vivo…Llega un momento en el que hay que retirarse porque todo comienza a carecer de sentido y tan solo una última aventura, una última ilusión del amor entre cilindros puede salvar un corazón errante y veloz. Las segundas oportunidades son difíciles de conseguir y, sin embargo, pueden llegar. Basta con estar libre en el momento apropiado. Basta con poner cuarta en una curva que se debería pasar en segunda.

John Frankenheimer dirigió esta película de corte realista con una impresionante precisión no solo en sus planos sino también en sus elipsis. Saul Bass se encargó de los títulos de crédito y en los efectos multiplicadores de la potencia de los coches que solo quieren ganar. Delante de las cámaras, un reparto de ensueño que incluía a James Garner, Yves Montand, Eva Marie Saint, Brian Bedford, Jessica Walter y Toshiro Mifune. Elenco cosmopolita para dar a entender con sabiduría que la velocidad llega a todas partes. A pesar de que en algún momento pueda parecernos algo ingenua, sigue siendo un acercamiento fantástico al mundo de la Fórmula 1 de los años sesenta, cuando la aceleración comenzaba a ser la obsesión y solo valía el triunfo para rentabilizar las ingenierías. Los coches circulaban sin pegatinas en las carrocerías y se ponía en duda la palabra de un piloto que aseguraba que el cambio de marchas se agarrotaba. Todo por la victoria, todo por volver a ceñirse la corona de laurel del campeón. Ahora todo se ha magnificado y ya no queda ni sombra de aquellos héroes. ¿Qué más da? Apenas queda nada salvo la ambición de quien quiere llegar a lo más alto. Aunque eso, en muchas ocasiones, no sea suficiente.

martes, 26 de abril de 2016

LAS TRES NOCHES DE EVA (1941), de Preston Sturges

Si tenéis ganas de escuchar el atraco a tiro limpio que perpetramos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla a propósito de "Heat", de Michael Mann con Robert de Niro y Al Pacino está aquí.

Primera noche: El primo es un ingenuo que, en el fondo, tiene algo de atractivo. Es un primo muy mono. Quiere jugar a las cartas cayendo en la trampa de la elegancia. Todas quieren entablar conversación con él. Al fin y al cabo, no se pesca a un millonario en aguas de alta mar todos los días. Su ingenuidad forma parte de su encanto. Porque no cabe duda de que llevar una serpiente en un barco metida en una caja tiene bastante de ingenuo. Es una fruta madura que caerá pronto. Más que nada porque está solo. Tanto tiempo en la selva rodeado de indígenas y serpientes ha hecho que no tenga ni idea de cómo se trata a una chica. Por mucha cara que tenga. La chica, me refiero. Es guapo el condenado. Pero tiene esa mirada perdida, como de no saber dónde se encuentran esos sentimientos que comienza a percibir. La trampa no va a ser el juego de cartas, cariño. El truco está en el beso.
Segunda noche: Un avispado le advirtió que no hay gente buena en los barcos intentando jugar a las cartas. Todo se puede arreglar si una se introduce cual dama de alta alcurnia inglesa en la fiesta apropiada. Basta con hacer que no se es quien se es. Un acentito allí, un gesto allá, un dejarse querer acullá, y el gato está en la talega. Un frac desperdiciado. Sigamos. A pesar de su torpeza parece como algo más seguro. No se da cuenta de que la chica que es una dama también era la que intentaba jugar a las cartas. La nobleza tiene esas contradicciones. No hay nada que le guste más a un hombre que creer que ha seducido a alguien. Y en eso consiste el juego. En el fondo, es otra partida de cartas. Hay que esconder la jugada y apostar fuerte en el momento preciso. Un smoking desperdiciado. Estos asados inoportunos… Es tan encantador…Pero no, no, no hay que dejarse llevar por esa ingenuidad de millonario alelado. La venganza es un plato que se come frío…por mucho que ese plato acabe en el traje de etiqueta de él. Todo el mundo está encantado con la dama inglesa. Todo el mundo menos esa molesta niñera, ese inoportuno guardaespaldas que se cree el padre de él. Todo terminará como tiene que terminar. Con un tercer smoking desperdiciado. Y además de color blanco.

Tercera noche: La boda se celebra y hay que seguir con el juego. Hay que darle a entender en la misma noche de bodas que la dama no es tanta dama. Que ha estado con éste, con aquél, con el de más allá y que se ha pulido hasta un parque de bomberos. Así la humillación será similar a la que sintió ella en la primera noche, en un barco en medio del océano. Solo que es tan encantador, tan especial…se parece a Henry Fonda un poco, con esos ojos tan perdidos, esa cara de elemento harinoso tan especial. Se ofende. El tonto orgullo del hombre hace su aparición. Él no sabe que todo terminará de nuevo en una partida de cartas, detrás de una puerta cerrada, con las cosas dichas al oído sin que nadie más pueda escucharlas. No, ni siquiera el espectador. Pues estaríamos buenos. La cuarta noche es muy privada. Callémonos y besémonos…

viernes, 22 de abril de 2016

NI UN PELO DE TONTO (1994), de Robert Benton

Todo el mundo cree que Sully es un viejo estúpido irresponsable, uno de esos eternos jóvenes que jamás han sabido madurar. No tiene un centavo, el trabajo le escasea, como padre no se portó demasiado bien y es capaz de prescindir de los amigos cuando haga falta. Sin embargo, hay algo en él que lo hace diferente. Quizá haya dado esa imagen porque así la gente no le exige nada. Tal vez sí que supo madurar pero lo hizo con tanta sabiduría que nadie lo notó. Es verdad que no tiene un centavo y que el trabajo no abunda pero siempre sufrió por su hijo, siempre estuvo al tanto de sus evoluciones aunque nadie se haya dado cuenta de ello. Nunca prescinde de los amigos, solo da preferencia a lo que realmente la tiene. Ellos creen que Sully no siente, ni padece y es todo lo contrario. Se preocupa por los que le quieren. Tiene una mano izquierda acogedora para hacer que la vieja Hattie vuelva con él a casa. Su retranca alegra la vida de su vieja patrona. Juega al tuya-mía con su jefe. En realidad, Sully se ha creado un mundo que gira a su alrededor solo que nadie, ni el más cercano, lo sospecha.
No deja de ser cierto que hace gala de una despreocupación desconcertante. Tiene un abogado cojo que jamás gana un caso pero no le importa demasiado perder un juicio. Prueba suerte en el azar una y otra vez pero sabe que el resultado será siempre menos dinero en su bolsillo. Su rodilla hace que corra pero a cámara lenta. Bueno, mala suerte. Y, sin embargo, cuando hay que tomar decisiones tiene una belleza interior que nadie en el pueblo de North Bath posee. Incluso cuando se enfrenta con el desastrado e inútil policía que patrulla por las calles del pueblo hace lo que haría cualquier hombre de verdad. No, Sully no tiene ni un pelo de tonto. No es el idiota de nadie.
Robert Benton rodeó a Paul Newman de un puñado de actores llenos de serenidad para dejar bien claro que él era un actor como ningún otro, que no importaba que la película fuera pequeña porque era tan grande que hacía que la sonrisa no se pudiera caer de los labios, bien amarrada al andamio de las mejillas. Bajo el rostro y las sensaciones de Newman nos adentramos en la verdad de un individuo que esconde sus emociones bajo una máscara de irresponsabilidad. Los diálogos son brillantes y certeros y todo deja un regusto de suavidad, de estar disfrutando de la agradable nieve y de una historia cualquiera. Y es que Newman aquí nos ofrece un registro cercano a la comedia y domina a la perfección ritmos y tonos, dejando caer frases aquí y allá, como si fuera un inmaduro a punto de entrar en la jubilación, paradoja de un destino que siempre tuvo que huir para no verse totalmente destruido. Tal vez así es como se manifiesta la sabiduría. A través de los ojos distantes de un hombre que siempre estuvo cerca aunque no se le notara. Él no olvidó nunca a quién quería aunque nadie se dio cuenta de sus sentimientos. Solo así se puede sobrevivir en un mundo que quiere acabar con todos los hombres que son como Sully.

jueves, 21 de abril de 2016

THE LADY IN THE VAN (2015), de Nicholas Hytner

Con frecuencia los abismos de la locura se abren con la culpa, con la conciencia o con la represión. Son tres elementos que ahogan la personalidad con fiereza y es posible que, detrás de un buen montón de basura, haya toneladas de personalidad ahogada y en fuga, en permanente confusión, sintiendo que no debe nada a la vida porque la vida no le ha dado nada, creyendo que la caridad que deben mostrar los demás es una obligación porque también es algo que pesa en las conciencias ajenas. Lo cierto es que el tiempo pasa, el olor se queda, la fascinación se crece y ahí enfrente, al otro lado de la ventana, está la mejor de las historias.
No es fácil separar el grano de la paja teniendo en cuenta que todo escritor tiene un yo que escribe y otro que vive. Sin embargo, hay algo en esas arrugas algo anárquicas, ligeramente rebeldes que hacen que la imaginación cabalgue en busca de adornos para una historia que, en el fondo, debería apenar. El fundamentalismo católico, absurdo e intolerante, también aparece y domina y hay algo que la dama no permite y es el dominio. Ella no deja de estar en la puerta de la casa de un escritor pero está en permanente fuga.
Las teclas del piano la miran desafiantes, como queriendo exhalar sonidos antes de que ella ponga sus manos sobre él. La música está ahí mismo, en el arte que desapareció por obediencia y se encarga de recordar que sus sensaciones son irrepetibles y de que el compás de tres por cuatro también tiene una coda. El tiempo pasa y la soledad se extingue. Tal vez porque se ha llegado a un pacto con el destino o, más bien, porque es la misma lógica de la existencia.

Maggie Smith, gran dama y mejor actriz. Ella domina la película porque sabe que en una mirada suya caben todos los sentimientos y todas las reacciones. Aún en la locura, el espectador sabe leer en sus ojos y experimenta miedo, pasión, abandono, orgullo, realeza, verdad, mentira, complejo y sarcasmo. En la pobreza elegida de su personaje, su actuación llena todos los rincones para dejar a todos impresionados con tanta versatilidad, con tanta ternura, con tanta belleza en cada una de sus arrugas causadas, a buen seguro, por la risa que nunca dejó de tener. En su piel ajada y llena de pliegues encontramos a la pobre que quiere vivir en la indigencia para expiar sus pecados, a la monja reprimida que abandonó lo que más le gustaba en la vida por no desobedecer, a la pianista excepcional que acaricia las teclas con sus manos una última vez antes de querer un apretón de manos, a la mujer de atractivo particular que siempre ha jugado a conquistarnos en uno u otro papel. El resto no deja de ser una película algo anecdótica, con el fantasma de Federico Fellini esperando su momento, con momentos de sonrisa y ninguno de emoción. Mientras tanto, dejamos que ella, Maggie Smith, aparque en la entrada de nuestro garaje y se quede ahí, mirándonos con expectación, con una media sonrisa de mujer sabia y maravillosa, espíritu británico de belleza que no se extingue y que permanece, como una sensación, durante algún tiempo después de la película. Por eso, nada de lo que se pueda escribir sobre ella tiene demasiada importancia, porque ha dejado una oleada de sensaciones que ningún escritor, por bueno que sea, podrá llegar a transmitir fielmente.                

miércoles, 20 de abril de 2016

MR. HOLMES (2015), de Bill Condon

Cuando un actor es carne y sangre del personaje que interpreta, entonces la magia se instala en la escena y se establece una comunicación muy especial, muy determinada con el público. Ahí está su rostro, de sobra conocido, pero se puede llegar a creer que es otro, que es un tal Sherlock Holmes en el final de su vida intentando resolver los pequeños misterios con el único enemigo de la mente envejecida. El tiempo deja su huella en la piel y en la memoria y los recuerdos se hacen difusos, difíciles, escurridizos, inaprensibles. Quizá el momento dé uno o dos instantes de felicidad pero es todo fugaz como la misma vida del más mítico detective, el de la mente más preclara, el de las deducciones más precisas, el único, el más grande.
La vejez es una enfermedad y Holmes lleva enfermo desde hace mucho. Los amigos que marcaron sus experiencias ya no están porque han sobrevivido menos, porque han entrado en las entrañas del misterio. Ya no son personas, son fantasmas que aparecen y desaparecen sin más permanencia que el pensamiento rápido y leve. Y el actor sigue dando vueltas sobre el pasado del personaje, dándole cuerpo, construyendo pacientemente una verdad sobre una mentira y dando a entender que solo ha habido un Holmes capaz de ser dios y monstruo, razón y error, reacción y derrota. Porque al final, tal vez, solo queda la derrota o, como mucho, una nimia victoria en medio de la senilidad.
Cuando un actor se transforma y su mirada se confunde con su creación, entonces el escalofrío se instala en la mente del espectador porque el asombro no sale de la apreciación. Es posible creer en el poder de la observación que un día detentó el mito. Es posible adentrarse en la venerable ancianidad que, siempre perversa, hace que la vida se escape a cada minuto, en pequeños detalles, en minúsculos puntos de un diario que no sirve para recordar sino para recordar que se olvida. Derrota sobre derrota. Avispas sobre las abejas. Sensaciones sobre vivencias. Esencia sobre personalidad.

Ian MacKellen se introduce en la piel del hombre que paulatinamente va perdiendo su identidad porque Holmes, sin su mente privilegiada, no es más que un pedazo de carne sin valor alguno. Y el miedo a olvidar es aún más grande que el miedo a la propia muerte. Y todos sabemos, en medio de sus vacíos de memoria, que él es Holmes sin Watson, que él es el actor que ha sabido moverse a un cuerpo ajeno y hacerlo propio. Mucho más allá de una película que puede parecer aburrida, o insulsa, o intrascendente, está el actor. Con toda la admiración. Con todo el talento. Con la verdad por delante.