martes, 30 de enero de 2018

TRAS LA PISTA DE LOS ASESINOS (Seven men from now) (1956), de Budd Boetticher

Ben Stride tiene el dolor marcado en la carne. No se lo puede quitar de encima porque siempre ha creído que era un hombre de verdad y unas cuantas balas sobre lo que más quería le convencieron de que no era así. No supo cuidar de su mujer. No supo alejarla de los peligros de una tierra de furia y rencor. Quizá no es casualidad que se encuentre una carreta atrapada en el barro. En el fondo, él es esa carreta. Y necesita a alguien que le saque de ahí.
Su búsqueda de sangre puede ser el calmante necesario de su espíritu aunque no está muy seguro de que llegue a ser así. Porque el dolor, cuando se manifiesta tan abrumador, invade todas las facetas de la vida. No, no es casualidad que encuentre esa carreta. A bordo hay alguien que será el verdadero remedio contra ese dolor.
Ben Stride tiene que atrapar a aquellos que asesinaron a su mujer. Y teniendo al lado a un hombre como Masters, no va a ser posible. Masters es insidioso, envidioso, facineroso, oscuro. Y lo peor de todo es que es capaz de arrastrar a Ben Stride hacia esa oscuridad. Las pistolas están deseando hablar, pero Stride posee un dolor paciente. Es una de las peores clases de dolor. Es ése que te está devorando por dentro, pero que espera agazapado detrás de una piedra para saltar sin piedad sobre su presa. Y la presa va a caer en un paraje de roca y dureza, donde la razón se extingue y el dolor habla. Allí, de una sentada, Stride obtendrá la solución a todo. Un dinero robado, una venganza acabada, unas cuentas saldadas y un nuevo comienzo con el cielo mismo al lado aunque Stride se resista a aceptarlo. Es un hombre demasiado duro como para borrar todo el pasado con unas cuantas balas. Para él, ir tras la pista de los asesinos aún era una razón para seguir adelante. Ahora ya no lo sabe. Y necesitará una buena razón. Es esa misma que se baja de la diligencia.

Y todo esto en apenas setenta y siete minutos, con la agilidad como bandera, con el vigor en el revólver. Budd Boetticher nos dejó otra de sus grandísimas películas cortas con Randolph Scott como protagonista y el memorable malvado que encarna Lee Marvin. Siete hombres desde ahora, tendrán motivo para mirar a su espalda. Puede que les esté encañonando un tipo que no tiene nada que perder. Sólo la vida. El resto ya le fue arrebatado. Y lo que es aún peor. No le importa lo que puede llegar a tener si sobrevive al desafío. Es hora de chocar contra las rocas.

lunes, 29 de enero de 2018

EL ENIGMA SE LLAMA JUGGERNAUT (1974), de Richard Lester

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor de esa obra maestra del cine español que es "A tiro limpio", podéis hacerlo aquí.

“¡Fallon es el mejooor!”
Desde luego, lo es. Es todo un experto en la desactivación de bombas porque hace mucho, mucho tiempo que se dedica a ello. Todo empezó en la guerra, intentando desarmar bombas que habían colocado los nazis en plena ocupación. Allí es donde lo aprendió todo. O casi todo. Siempre hay alguna cosilla que no acabó de dominar. Claro que eso es más culpa del maestro que del alumno y Fallon tuvo al mejor de los maestros. No, no puede ser. Fallon nos sacará del apuro.
El apuro ahora se trata de un trasatlántico lleno de pasajeros. Un malvado que se hace llamar “Juggernaut” ha colocado unos cuantos bidones en las bodegas y no les va a dejar tocar puerto porque si no, las bombas estallarán. Fallon es la solución. Sí, seguro que él se encargará de todo. Fallon es el mejor.
Mientras tanto, en Londres, todo un equipo de profesionales se dedica a la búsqueda de pistas que les lleve hacia “Juggernaut”, el hombre misterioso, excesivamente educado, abrumadoramente correcto, que desea un pago en efectivo por parte del gobierno británico a cambio de desactivar las bombas. Fallon se mueve con habilidad entre los intrincados mecanismos de la bomba y su pulso es el de un cirujano. El capitán del barco solo puede asistir impotente a la evolución del chantaje y Fallon trabaja concienzudamente. Sabe por dónde entrar en los bidones, sabe dónde están los mecanismos sensibles, sabe que el hombre que ha fabricado esas bombas es diabólicamente inteligente. Fallon es el mejor pero, quizá, por esta vez, se va a ver superado por un individuo que se mueve bajo un pseudónimo y, en realidad, solo busca venganza.
El barco sigue su ruta, como si el mar abriera un carril de espuma y sal a su paso mientras Fallon tiene que mantener el pulso firme en medio del oleaje. Fallon es el mejor y lo demuestra a cada paso. Incluso cayendo en las trampas que tan hábilmente ha colocado el terrorista. Los pasajeros conocen la situación y, quizá, algunos dicen lo que nunca se han atrevido a decir; otros, bailan con quien nunca osaron bailar; se entregan a la melancolía de que todo puede acabar con un estallido y unas cuantas toneladas de agua. Fallon es el mejor. Eso no puede pasar.

Aunque ha pasado tiempo por encima de ella, El enigma se llama Juggernaut aún se mantiene a flote gracias a las interpretaciones de Richard Harris como Fallon y de un joven Anthony Hopkins como el Superintendente MacLeod y de una realización ágil y un tanto descarada de Richard Lester. Fue un fracaso cuando se estrenó y hoy, sin embargo, pone de manifiesto que sigue funcionando el viejo truco del cable azul o el cable rojo. Por eso, Fallon es el mejor. Él sabe cuál se debe cortar.

viernes, 26 de enero de 2018

¿QUÉ ME PASA, DOCTOR? (1972), de Peter Bogdanovich

Si no puedes con el caos, únete a él. Y es que es tan encantador, tan culto, tan agudo, tan brillante, que no puedes más que dejarte seducir. Sí, ya lo decía Cole Porter: “You´re the top, you´re the Coliseum, you´re the top, you´re the Louvre Museum…” Y cuando eso ocurre, ya puedes correr, cargarte cristales enteros, subir y bajar por las empinadas cuestas de San Francisco, montar en bicicleta, sacar sonidos de las piedras y quemar la habitación de un hotel. La suerte está echada, amigo y si el caos quiere que acabes en sus brazos, allí es donde vas a ir. Aunque, claro, eso también tiene un lado bueno y es que puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento. Y cuando se dice “cualquier cosa” es que puede ocurrir “cualquier cosa”. Por ejemplo, que se cante As time goes by en un ático en obras o que haya cuatro maletas idénticas correteando por ahí en busca de dueño. Hasta es posible que vayas a coger una furgoneta que tienes tranquilamente aparcada en la calle y te encuentres con que le han dado tantos golpes que apenas es una hoja de papel chatarra desplomada por su imposible equilibrio. Al fondo, sí…allí se les ve, están Cary Grant y Katharine Hepburn con La fiera de mi niña y una pasión incontestable por la comedia más alocada con un toque de los dibujos de la Warner. Es que esta película no tiene decoro, qué quieren que les diga.

Y no lo tiene porque detrás de la cámara está Peter Bogdanovich imprimiendo ritmo al asunto, incluso con un humor muy cercano al slapstick que hace que, en muchas ocasiones, parezca una historia sacada de las persecuciones locas de Mack Sennett. Claro que también están dando brincos y no entendiendo nada Ryan O´Neal, en uno de los mejores papeles de su carrera, Barbra Streisand consiguiendo imprimir belleza, personalidad y gracia al caos; Austin Pendleton, poniendo al mecenazgo patas arriba; Kenneth Mars, con flequillo al vuelo y gestos al bies haciendo de la envidia todo un arte; Madeline Kahn, gansa impenitente que no puede entender nada de lo que le pasa y que no quiere salirse de un mundo perfectamente cuadriculado sin posibilidad de caos; Liam Dunn, dando un nuevo concepto a la palabra “justicia”…todo un plantel de cómicos que saben concentrar la risa en lo que hacen y también en lo que dicen, convirtiendo esta locura en una comedia completa, desquiciada y vibrante. Al fin y al cabo, no hay mayor tontería que decir que amar significa no tener que decir nunca “lo siento”. Las joyas, las ropas, las rocas ígneas, los documentos secretos, de perro a pillo y tiro porque me rallo. Y déjense de músicas.

jueves, 25 de enero de 2018

LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO (The Post) (2017), de Steven Spielberg

No cabe duda que hubo un tiempo en que el periodismo cumplía un valioso servicio como el instrumento más incisivo para el ejercicio de la libertad de expresión. Y que ese ejercicio se entendía como una expresión más de la democracia de una sociedad que tenía derecho de acceso a la información, por encima de intereses económicos, políticos o puntuales. Ese periodismo, buscador de la verdad, militante en su concepción, extraordinario en su rigor, ya no existe. Sólo es un recuerdo, más o menos utópico, que se estudia en algún código deontológico que ya está anticuado, superado por el canibalismo informativo que nunca se para en cuestiones éticas, morales o de rigor en beneficio de la conveniencia del momento.
Hubo un tiempo en que una mujer, ninguneada sistemáticamente por un entorno de hombres, decidió elegir la opción más arriesgada y anteponer el servicio de un periódico a cualquier otra consideración. Más aún cuando poseía las pruebas necesarias para demostrar que el gobierno había mentido a la sociedad de forma reiterada y traicionera para vender la idea de que una guerra se estaba ganando cuando, en realidad, se estaba perdiendo de forma inapelable. Demasiada sangre sacrificada como para decir lo contrario. Demasiados jóvenes muertos en el suelo de una jungla sin nombre como para difundir una idea pesimista que sólo daba alas a los escépticos. Demasiado negocio como para despreciar el gasto militar. Y al lado de esa mujer, un equipo de profesionales comprometidos quiso seguir adelante con ese derecho a la libertad de expresión que debe estar al servicio de los gobernados y no de los gobernantes. Así es cómo se construyen las democracias que, más allá de los secretos confidenciales, deben obrar con honestidad y transparencia superando cuestiones ideológicas o electoralistas. No es fácil encontrar algo así. Tal vez porque ahora los periodistas sólo son voceros de la tendencia de turno o porque los políticos son auténticas mediocridades sin más altura que la de un perro oteando su presa.
También hay que tomar en cuenta que ya no existen lectores como los de antes, ávidos devoradores de noticias con la verdad como objetivo. La sociedad cambia y, con ella, los héroes que la han construido. Ahora ya casi no se leen los titulares en el papel y la contaminación informativa ha inundado casi todos los medios, contribuyendo a la desinformación, a la duda y al aumento, en progresión geométrica, de la mediocridad democrática.
Eficaz película que Steven Spielberg ha dirigido decidiendo prescindir más del hecho periodístico para centrarse en el mensaje feminista de una mujer que decide tomar el timón de un periódico para dar un portazo a todos los hombres de su entorno. Meryl Streep resulta más que notable en el papel de la editora del Washington Post Katharine Graham y, a su lado, Tom Hanks sabe luchar con discreción para incorporar a Ben Bradlee con el recuerdo alargado de Jason Robards que ya lo interpretó en la estupenda Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula, que ahora se erige, prácticamente, en una continuación de ésta. Spielberg, como siempre, domina escenarios y planificación como un verdadero maestro aunque, si no se va versado en la época, es posible que no todo el mundo consiga darse cuenta de lo que la película está contando. Y es muy conveniente saberlo porque, si no es así… ¿cómo podremos tener la certeza de que lo que se nos dice es la verdad? Puede que no baste con el sueño de la libertad en la cabecera de un buen puñado de periódicos que ya, prácticamente, no existen.  

miércoles, 24 de enero de 2018

ATRAPA A UN LADRÓN (1955), de Alfred Hitchcock

Entre la elegancia y los fuegos artificiales, puede haber un gato que se dedique a robar. Es un ladrón de esos de guante blanco y noche negra, que se desliza por los tejados con la habilidad de un pájaro y con el silencio de una caza. El pasado le persigue porque, al fin y al cabo, ha sido el ladrón más famoso de toda Francia y siempre es el primer sospechoso cuando desaparece cualquier joya. Y tiene que demostrar su inocencia. No repara en medios para hacerlo. La demuestra huyendo, sentándose al lado de un tipo con cara de director de cine escéptico, conquistando a una rubia despampanante en un hotel legendario, comiendo muslo de pollo en alguna curva intrincada de las carreteras de la Costa Azul, nadando rápidamente para encontrarse con la hija de un antiguo amigo que ya no lo es e, incluso, volviéndose a subir a esos tejados que tan bien conoce. Para eso, irá tejiendo cuidadosamente una trampa para cazar al auténtico culpable. Sí, porque no lo parece, pero él no ha robado nada. Tal vez el corazón de una mujer o dos, pero nada que brille con mil colores al trasluz.
En cualquier caso, él derrocha estilo. Sabe comportarse como un auténtico caballero. Parece como si fuera un empleado más del hotel más perfecto. Miren, señoras, aquí tienen al tipo con más clase que hemos podido encontrar. Disfrútenlo. Es cortesía del hotel. Un beso por sorpresa en el pasillo resulta todo un presente. Una caricia imposible en una noche de fiesta en el cielo se convierte en una invitación a la lujuria. Pero este maldito gato no se deja arrastrar con tanta facilidad. Sus ojos han visto demasiados tejados, sus piernas han huido muchas veces, su instinto no ha dejado de pasar de un edificio a otro. Tendrá que pillar al auténtico culpable. Si no, ni él mismo va a poder perdonárselo.

Alfred Hitchcock dirigió este divertimiento que derrocha toneladas de clase y encanto a través de sus dos protagonistas, Cary Grant y Grace Kelly. La cámara se mueve con sabiduría y el guión, sin ser de los más recordados, contiene frases brillantes, situaciones resueltas con elegancia, trama ligera, pero consistente. No hay nada mejor para pasar el rato viendo algo agradable con toques maestros de misterio. Conjugar verbos irregulares es uno de los pasatiempos favoritos de la alta sociedad cuando también el factor del aburrimiento comienza a instalarse en sus ánimos. Yo, por si acaso, me agazaparé aquí mismo, detrás de las teclas, para ver si tengo suerte y le doy un susto a unos cuantos tipos que se hacen pasar por críticos. Y volveré a ver otra vez Atrapa a un ladrón. Estoy seguro de que, cuando vuelva a recuperar mi vida, tendré el estilo de Cary Grant…

martes, 23 de enero de 2018

A TIRO LIMPIO (1964), de Francisco Pérez-Dolz

Si os apetece escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor de "Bajo la arena (Land of mine)", de Martin Zandvliet, podéis hacerlo aquí.

El pasado de los vencidos suele cargar las armas de resentimiento y de rabia. Aunque ya el fin solo acabe en los bolsillos y no haya ningún matiz político, ya es hora de ser vencedores, de burlar a la policía, de despertar del sueño a los acomodados de posguerra. No importa si es un garaje, un banco o el patronato de las quinielas o, incluso, un prostíbulo. De lo que se trata es de meterse unos cuantos cientos de miles entre pecho y espalda y huir de un país gris y rastrero, un país que nunca tuvo un mañana y ahora, menos que nunca. Por ahí, habrá que asociarse con unos individuos que, en realidad, ya no saben lo que significa luchar y no tienen ningún problema en apretar el gatillo sin ningún remordimiento y eso siempre es peligroso. Es hora de coger las maletas y empezar a abrirse camino en otra parte.
No hay nada como crear maniobras de distracción para que la policía mire hacia otro lado mientras el auténtico golpe se está produciendo en la otra punta de la ciudad. Eso desconcierta y crea sensación de inseguridad, de que la policía, en el fondo, no sabe por dónde se anda. Lástima de la ambición que suele truncar los mejores planes. Cuando una simple ayuda se puede necesitar, aparece el instinto asesino y las cosas comienzan a torcerse. Y más si uno en cuestión tiene antecedentes. Habrá que ajustar cuentas. No se puede matar así como así a un compañero con el que se ha compartido tantas batallas y salirse de rositas. El día tiene que adentrarse en la noche, y en una casa abandonada se van a decir unas cuantas verdades. Y que la verdad se parapete detrás de una ametralladora no deja de ser toda una ironía.

Estremecedora película, final del género negro en la España del franquismo, que pone en juego la dureza de unos cuantos atracadores que tienen que disparar a discreción para dejar las cosas claras. Barcelona es el escenario en el que se mueven estos individuos en una película en la que la labor de la policía es secundaria y se sigue a los ladrones como si la cámara hiciera labores de vigilancia. Al fondo está Stanley Kubrick y su Atraco perfecto e, incluso, Julio Salvador con Apartado de correos 1.001 aunque también viene una corriente de frío polar francés. En cualquier caso, la historia es violenta, sin concesiones, con increíbles concesiones a una relación homosexual y al lenguaje catalán en plena dictadura. Una obra maestra que debería estar en nuestras escuelas de cine y abrirse paso a tiro limpio.

viernes, 19 de enero de 2018

EL INSTANTE MÁS OSCURO (2017), de Joe Wright


En los grandes momentos de la Historia casi siempre hay un denominador común y no es otro que el hallazgo del hombre más adecuado en el momento oportuno. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que esos hombres estén hechos de una pieza. Todo lo contrario. Suelen ser héroes llenos de dudas, que no tienen en ningún momento la certeza de que estén haciendo lo correcto. Acertaron, pero muy bien podrían haberse equivocado. Y más aún cuando en juego estaba la supervivencia de la libertad y de la democracia.
Sir Winston Churchill destacó en sus estudios de la academia militar porque era un joven con empuje, con iniciativa e increíblemente audaz, pero también por su indisciplina, por su ruptura, a menudo impremeditada, de las reglas de comportamiento, por su pertinaz indomabilidad. Quizá fuera un hombre de Estado, un tipo que pertenecía a la élite cuando, en realidad, tenía corazón de plebeyo. Tal vez, por eso, fuera alguien a quien no se podía prever, la peor bestia para aquellos que querían acabar de un solo golpe con la paz y la convivencia mundial.
Todo eso ya fue narrado admirablemente por Richard Attenborough en la estupenda El joven Winston. Ahora, el director Joe Wright nos trae un retrato del viejo león británico en sus horas más vacilantes, acuciado por las presiones dentro de su propio partido que clamaban por una negociación con Hitler mientras su rugiente interior pedía la más feroz de las resistencias. Y, para ello, Wright apuesta por la sabiduría impresionante que demuestra un actor que aquí resulta eminente como Gary Oldman. A través de él, asistimos a sus dudas, compartimos sus inquietudes, admiramos su rabia, deseamos su lucidez. Wright se esmera en mostrar a un Churchill que se debate entre la razón y la oposición, que no tiene claro cuál es el camino a seguir, pero que se inclina por una decisión valiente y única debido a un entorno que se esfuerza por escuchar. La película cuenta con una ambientación perfecta, un apoyo constante en esa actriz tan especial como Kristin Scott Thomas y, aunque hay un par de secuencias discutibles desde el punto de vista técnico, el espectador sale con la certeza de que el éxito no es definitivo y de que el fracaso no es letal.
Y es que no es fácil tomar las riendas de una nación cuando comienzan a lucir las luces rojas de la última resistencia. Con premura, hay que intentar reparar los errores que hicieron crecer lo imposible y poner los diques para tanta sangre, tanto sudor y tantas lágrimas no caigan en el vacío. Nunca se debe de perder de vista el sufrimiento de la gente, ni la capacidad que tiene la ciudadanía para hacer frente a los instantes más oscuros de su Historia. Churchill, en determinado momento, llega a decir que “no se puede negociar con un tigre cuando tienes la cabeza entre sus fauces” y ahí es donde radica toda su fuerza. No se debe jugar con la libertad como si fuera una moneda de intercambio. Los bramidos del mal en Europa deben acallarse con la firme determinación de los que jamás están dispuestos a rendirse. Ya no hay hombres que sean capaces de llevar esas riendas con tanta autoridad. Winston Churchill fue uno de los últimos a pesar de que, por su pensamiento, llegó a pasar la idea de la claudicación. Todas las opciones eran posibles. Su trabajo era cerrar el camino al engaño, al insulto, a la subordinación y abrirlo a la idea de que, con un solo hombre, se podía defender todo un país. Más aún si todos estaban dispuestos a dar lo mejor de sí mismos para no caer en las garras del mal absoluto.