viernes, 30 de noviembre de 2018

THE GUILTY (2018), de Gustav Möller

Una llamada telefónica. Después, otra. Y otra más. Gente pidiendo ayuda a un desconocido que trata de tranquilizarlos, localizarlos y decidir quién debe ir allí a echar una mano. Y aún así, a pesar de que llaman para que les ayuden, no suelen colaborar. Es de locos. Los nervios se deshacen porque mañana mismo hay un juicio en el que se decidirá el futuro del operador. Al otro lado de la línea, sólo son voces. A pesar de que se les escucha, sólo se tiene un diez por ciento de la información.
El resto está ocurriendo allí, en la realidad, al otro lado del aparato, en algún lugar del país. Y lo que parece, resulta no ser. Al igual que la versión que se pretende vender de lo que tan sólo fue un error motivado, tal vez, por demasiadas horas de guardia, demasiada destrucción en una vida que quiere dedicarse a construir, demasiados sentimientos arrasados y entregados a interminables días de trabajo agotador. No, no es sólo coger el teléfono. También, de alguna manera, se trata de una redención.
Y alrededor, ese policía que atiende las llamadas, siente que sólo hay agresión o animadversión contra él. Al fin y al cabo, no ha dejado de repetir que aquello no es un verdadero trabajo policial cuando lo es y muy importante. Ahora tiene la oportunidad de comprobarlo con una llamada angustiada y extraña, en la que la víctima apenas puede hablar, no hay pistas, no hay nada sólido a lo que agarrarse. Todo apunta en una dirección y, precisamente, esa es la dirección prohibida. Maldita sea, quizá haya que salvar una vida para borrar el error cometido en acto de servicio. Ya no quedan más excusas y el tiempo se acaba detrás de una persiana y de una irritante luz roja. Servicio de emergencias, dígame.
No deja de ser interesante visitar el mundo de aquellos que atienden las llamadas de urgencia en la policía y comprobar cómo trabajan. Sin embargo, The guilty no parece más que un cortometraje alargado en exceso, con algunos puntos que no acaban de encajar bien dentro de esa angustia que experimenta un policía que ansía hacer las cosas de forma correcta y se hunde cada vez más en el hoyo de sus propios errores. La realización es buena, la tensión es absorbente, pero, al final, queda un poso de levedad que se ajusta a una obra de teatro de corta duración y final menos ambiguo de lo que se pretende dar a entender. No es fácil jugar con miradas, sentimientos, sentidos, sudores, burocracia telefónica y ansiedad en un entorno que intenta agobiar por su estatismo. Y podría ser apasionante si algunos elementos estuvieran más trabajados y la realidad se colara entre llamada y llamada. El culpable no siempre es sencillo de identificar y, en esta ocasión, va a entregarse porque sabe que su entorno ha influido en su toma de decisiones.

Así que descuelguen y traten de parecer calmados. El día cae y la noche está llena de trampas que tratan de descolocar a la razón por la fuerza. La próxima llamada puede ser decisiva. Y traten de ahondar en la verdad porque estamos más comunicados que nunca, pero nos sumimos en la mentira para enturbiar lo que transmitimos. Así es como nadie parecerá culpable aunque, en el fondo, lo es.

jueves, 29 de noviembre de 2018

LA NOCHE DE DOCE AÑOS (2018), de Álvaro Brechner

Si un ser humano no puede comunicarse, la mente busca el escape con ahínco. Se empezará un proceso de inspección de las paredes que le rodean, estudiando texturas, porosidades e imperfecciones, comprobando si las paredes son de cemento encalado o con un horrible gotelé de color rojo. Más tarde se medirá el cubículo con pasos. Los días son largos, pero eso no es lo peor. Es la terrible certeza de que el día siguiente será exactamente igual. Con sus horas monótonas y gemelas. Con la mirada buscando resquicios donde entretenerse. Con el pensamiento disparado en todas direcciones.
Más tarde, en un intento de distracción que supera con mucho al deseo de forma física, se realizarán ejercicios. Así, tal vez, la mente dejará de funcionar y sólo habrá cansancio. Además tiene una ventaja añadida y es la de poder dormir en un estado que vaya un poco más allá que el de la duermevela. Sin embargo, nada es suficiente cuando los días siguen y siguen. Presentando sus eternos minutos sumidos en el silencio. Sin nada que ofrecer. Sin nada que obtener. El pensamiento y el recuerdo se confunden peligrosamente y ya no se sabe qué es uno y qué es otro. Se cierran los ojos y la oscuridad tampoco ofrece nada más que eso. Negrura. Soledad. Nada.
La tortura abre sus variantes. Sin luz. Con mucha luz. Sin espacio. Con espacio, pero con límites. Sin palabras. Siempre sin palabras. Tan sólo la imaginación y el deseo de superarse a sí mismo pueden conducir a una precaria comunicación en la que hay que establecer el código, aprendérselo, descifrar, emitir mensajes. Así, hasta el mugriento papel de periódico de una letrina llega a ser una ventana de libertad después de un surrealista intento de atender las mismas necesidades humanas. La crueldad no entiende de razones. La libertad las busca constantemente.
Quizá, cuando esas situaciones se presentan en regímenes injustos de opresión y muerte, sólo triunfa quien resiste. De eso se trata. De resistir la nostalgia, de aguantar el deseo de gritar, de leer, de respirar, de tener. De agarrar a los pensamientos del cuello y no soltarlos para que no se desboquen dentro de la imaginación. El delirio está ahí mismo, agazapado tras los asideros, y no es fácil sobrevivir en el aislacionismo. Es hora de dar una lección de vida para poder sentir que la democracia es real, que no hay nada más poderoso que un hombre o una mujer que resiste, que lucha y que se rebela. E incluso la noche de doce años puede ser derrotada.

No se ahorra sufrimiento en esta película que angustia en sus silencios y que va más allá de sus límites, buscando nuevas fronteras de razón y verdad. Excelente el trabajo de los tres protagonistas, Antonio de la Torre, Chino Darín y Alfonso Tort, dando forma al día que trata de aniquilar el espíritu de sus personajes. Las paredes siguen ahí, con sus enormes ojos abiertos, tratando de hacer que la mirada huya y el ánimo muera. Y el ansia de libertad es tan grande que da igual hacer de Cyrano, intentar una fórmula para ganar con mayor facilidad en la ruleta o celebrar un gol entre el Nacional de Montevideo y el Estudiantes de la Plata. La voz quiere salir, aunque sea a través de los nudillos y la vida se resiste a marcharse. El sol saluda todos los días y su cálida caricia es un regalo para los sentidos. Eso es lo que se percibe más allá de los límites del silencio. 

miércoles, 28 de noviembre de 2018

EL SASTRE DE PANAMÁ (2001), de John Boorman

Harry Pendel viste con las mejores telas a todo el que pueda pagárselas en Panamá City. Su corte es digno de Saville Row y, como buen sastre, ejerce de confesor de potentados, hacendados, hombres de negocios y políticos que pululan alrededor del Canal. Sin embargo, algo extraño hay en Harry. Dentro de su elegancia, de su educación, de su palabra justa en el momento adecuado, da la impresión de que vive un gañán, un tipo que no debió de estudiar en Oxford, precisamente. Es sólo una intuición. Lo cierto es que su mujer, Louise, es bella y afortunada, porque trabaja en las altas esferas del gobierno panameño. Todo parece ir bien. Harry sigue cortando trajes impecables con las más finas telas. Louise cree que tiene un marido ejemplar y dos hijos preciosos. Viven en un lugar paradisíaco y son figuras respetadas dentro de la alta sociedad panameña. ¿Qué más se puede pedir?
Pues lo que se puede pedir es alguien como Andy Osnant, un mujeriego, aprovechado y oportunista espía que ha tenido una mala experiencia en su última misión y necesita congraciarse con el alto mando. Así que Andy hace lo que mejor sabe hacer. Conspirar. Y para ello, necesita de la inestimable ayuda de Harry, ese individuo de pasado oscuro y contactos inmejorables, que puede dar muchísima información sobre el futuro inmediato del Canal mientras toma medidas de hombros, pecho, cintura y pernera a los individuos más potentados de Panamá. La misión es fácil, Harry. Sólo tienes que escuchar, charlar como quien no quiere la cosa y, si no hay nada de lo que informar, pasar alguna mentira…pero que sea creíble ¿eh?
Louise observa extrañada la nueva conducta de su marido. Ya no es el Harry de siempre. Simpático, bromista, corto de miras…Ahora corre a conferencias secretas, se da una vuelta por los barrios menos recomendables de la ciudad, busca la soledad en sus conversaciones telefónicas. ¿Habrá otra mujer? ¿O será la mala influencia de ese tal Andy Osnant que le está enseñando a vivir? El condenado es atractivo. Tal vez sea precisamente ese hombre que no es Harry. Apasionado, seductor, atento, elegante con una camisa con los faldones por fuera. Es difícil resistirse a sus encantos. Quizá sea el momento de tener una charla con Harry y comprobar si tiene alguna amiguita por los arrabales.

John Boorman maneja los personajes con maestría en una trama de espionaje y humanidad salida de la pluma de John Le Carré con serios puntos de contacto con Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene. También cuenta con otros actores de talla como Brendan Gleeson, Catherine McCormack e, incluso, una de las primeras apariciones de Daniel Radcliffe como uno de los hijos de Harry. Pero, la verdad, el espionaje de sentimientos y reacciones corre a cargo de unos estupendos Geoffrey Rush, Jamie Lee Curtis y Pierce Brosnan. Equívocos, ambiguos, calculados, perfectos en sus cometidos de seres perdidos en busca de una razón dentro de un mundo absurdo de mentiras y disfraces con la excusa de una elegante sastrería. Es el momento de ponerse todas las caretas. La sorpresa acaecerá cuando se compruebe que alguno de ellos tiene más de una. 

martes, 27 de noviembre de 2018

LA ESTRATEGIA DE LA ARAÑA (1970), de Bernardo Bertolucci

Dedicada al maestro italiano que ya bailó su último tango. Con cariño e idealismo.

Si tenéis ganas de escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor, precisamente, de "La gran evasión", de John Sturges, podéis hacerlo aquí.

Volver a las raíces para comprobar que tu padre no era un héroe, sino un traidor. El tiempo pasa y, aún así, parece no pasar. Los protagonistas son los mismos y se quedaron allí, hace cuarenta años, anclados a un tiempo de protesta y rivalidad, en el que cualquier gesto se tornaba grande y cualquier detalle podía revelar que, al fin y al cabo, todos eran hombres. El pueblo muerto se alza de nuevo con todos sus fantasmas, casi retratados en las blancas paredes de cal que gritan con yeso desprendido y lágrimas como grietas. Los mondongos saltan de plato en plato, como reivindicando el derecho a comer, tan justo para aquellos que sólo quieren espantar el hambre. Los camisas negras aún miran con recelo a los que, sin pensárselo dos veces, saltan a la pista de baile para presumir de libertad y los días pasan lentos, pasan rápidos, pasan…sólo pasan. Tanto es así que incluso la misma belleza parece anclarse entre las arrugas y somos capaces de darnos cuenta de por qué alguien puede perder la cabeza por una mujer.
Las charlas son infinitas, recordando unos días de simpleza y activismo político. Sin embargo, con la honradez a cuestas, vemos cómo hay críticas para todos. Para unos porque representaron la opresión, la chulería, el frentismo como forma de vida. Para otros porque no se libraron de la sospecha  y trataron que la violencia se adueñara de los rincones de tranquilidad añeja. La venganza, en suma, tampoco entiende de colores políticos y se puede dar en cualquier bando porque la razón, cuando se camina por los extremos, siempre es absoluta cuando nunca es así. Es la estrategia de la araña. Nunca se ve venir al cazador aunque se menee con fuerza la red. Y el resultado siempre es que la trampa funciona y la presa se enreda.

Bernardo Bertolucci dirigió esta película, basada en un relato de Jorge Luis Borges, en plena época de activismo político y, sin embargo, sorprende porque, como vehículo de propaganda, no duda en arremeter contra los suyos, avisando de cómo se convierte en mártir al que no era más que un traidor, llamando la atención sobre el hecho de que la represalia también existe en el bando que se puede creer más justo y que, quizá, sólo quizá, la ética personal está más allá de cualquier idea política. Lo demás, es sólo creer en fantasmas que hablan, dicen, despistan, corren, juegan, mienten y desaparecen tan rápido como ese tren que, de hecho, hace mucho que pisa las vías de Tara. Al fondo, la fotografía de Vittorio Storaro inunda las sensaciones de cuadros pintados con la realidad y, de un modo algo sonámbulo, el espectador acompaña al protagonista que vuelve al mismo origen de la verdad sólo para comprobar que todo, todo lo que uno puede llegar a creer, es una mentira que se vendió de forma convincente.

viernes, 23 de noviembre de 2018

LA LLAMADA (The calling) (2014), de Jason Stone

La inspectora de policía Hazel Micallef está en plena cuesta abajo. Un día tuvo ilusiones, esperanzas, deseos de prosperar profesionalmente, pero una desgracia acabo con todo eso. Un intento de suicidio, las brumas del alcohol, su madre en casa…todo se vino abajo. Iba a promocionar para hacerse cargo de la comandancia del distrito, pero la vida se encargó de asesinar a conciencia todo por lo que luchaba. Ahora es jefe de policía de un pequeño pueblo en el que nunca pasa nada…salvo un par de asesinatos con muy poco espacio de tiempo de un día para otro. Un asesino en serie anda suelto y Hazel cree que puede resolverlo.
No tiene medios, no tiene personal. Nadie se fía demasiado de ella. Emocionalmente está muerta y sufre…aunque desea otra oportunidad. El frío y la nieve se agolpan en las calles de ese pueblo que también parece muerto y se da cuenta de que el asesino es un hombre totalmente alienado por la religión. Está dejando un mensaje en cada una de sus víctimas. Un mensaje sutil, apenas perceptible. Un mensaje de liberación. Hazel no puede creer que esté investigando al único asesino en serie cuyas víctimas son voluntarias. La creencia de la resurrección es culpable de todo y el asesino tiene que llevar a cabo un número determinado de asesinatos para que se produzca. Hazel tendrá que bajar a los infiernos para descubrir que hay un cielo, que hay un mañana, que aún hay cariño a su alrededor, que toda su experiencia aún sirve para algo, incluso para poner al asesino enfrente de un espejo para que se dé cuenta del monstruo que realmente es. Aunque se esconda detrás de una cruz. Aunque crea que la muerte es el único camino de salvación.
Las lágrimas no asoman a su rostro porque ya las agotó todas. Cuando llega a casa, tiene que enfrentarse a sus propios miedos, a sus enormes inseguridades. Hazel es una policía de raza, constante, implacable, pero las fuerzas le flaquean. Y encuentra imposible que, a través de la muerte, encuentre la luz. Consulta con un experto en la Biblia, consigue una pírrica ayuda con un joven policía homosexual, trata de encontrarle un sentido a todo y, quizá, el único agarradero que siente es que la vida tiene que seguir para que todo se pueda arreglar en su interior. En el fondo, el asesino cura males. Y el último mal que va a sanar es el que aqueja a la propia Hazel.

Excelente película canadiense que tiene en Susan Sarandon la razón y el fondo de todo. Con sus maneras de gran actriz consigue adentrarnos en el atormentado personaje de la Inspectora Micallef, con sus corazas destruidas y su inteligencia reprimida. Mujer en un mundo de hombres que demuestra, con psicología y astucia, que vale más que todos ellos cuando hay sangre de por medio. Bebe, Hazel, bebe. Tal vez lo que haya en la taza, por una vez, no sea alcohol y sí un reconfortante té de hierbas. La resurrección es posible, pero puede que sea para aquellos que siguen vivos después de morir.

jueves, 22 de noviembre de 2018

MALOS TIEMPOS EN EL ROYALE (2018), de Drew Goddard

Un lugar perdido en tierra de nadie. Eso es lo que puede ser el presente. Una simple línea que puede determinar lo que se va a encontrar más allá de la frontera del futuro y dejando un paso atrás los límites del pasado. Ahí, en ese lugar capaz de determinar los destinos de un puñado de seres infelices, es donde habrá que saldar deudas, saltar de un lado de la oscuridad al vértice de la luz, decidir si es la hora de empezar a ganar y desenterrar la memoria de un subsuelo que está sumergido en el mismo corazón de la maldad.
A menudo no se esperan los golpes que se propinan desde el instinto de protección. Esos personajes que deambulan por un mundo que les ha maltratado van a parar a un sitio donde parece que las paredes pueden llegar a ver, donde hay altavoces para poder oír, donde la soledad se ha adueñado de la propiedad y donde se destruyen los sueños. Sí, son malos tiempos para venir al Royale porque es donde también se marca la línea del bien y del mal y no es sencillo elegir. La tentación estará ahí mismo y el tiempo se agota, la lluvia arrecia y, de alguna manera, el recuerdo se diluye con demasiada facilidad. Es hora de recuperar la memoria para dejar bien claro quién manda aquí.
Drew Goddard, el director, había obtenido cierta fama por ser el guionista de Marte, de Ridley Scott y por haber dado muestras de un cierto talento tras la cámara con La cabaña en el bosque. En esta ocasión, no cabe duda de que la película está muy bien planteada, tomándose su tiempo, poniendo al espectador en situación con una estructura desordenada que casi recuerda lejanamente a la de Rashomon, de Akira Kurosawa. También está bien anudada, con giros aceptables que van descubriendo que nada es lo que parece bajo la naturaleza de estos personajes sin rumbo. Sin embargo, no está bien desenlazada, alargando la acción hasta límites insospechados, y casi está a punto de emborronar la buena trayectoria de una película a la que algunos relacionan con la alargada sombra de Quentin Tarantino cuando muy bien podría ser comparable a un Robert Altman en clave brutal.

En el apartado de interpretación habría que destacar por encima del resto del reparto a Jeff Bridges y, sin duda, a Cynthia Erivo, ambos soberbios y atinados, dando con el tono perfecto a sus personajes y llevándose la mejor parte de la función. La banda sonora de Michael Giacchino desvela lo bien que se lo debió pasar eligiendo los temas que van jalonando la trama, tanto instrumentales como pregrabados, y se sale con una cierta sensación de haber sido absorbido por ese mosaico de malhechores que se mueven a un lado y a otro de la locura, tratando de encontrar algún sentido a sus vidas despedazadas. El infierno, muy posiblemente, sea también un hotel de sórdidos secretos, de luces solitarias, de silencios escalofriantes y de fuegos de furia y balas. Quizá esa sea la deuda que todos tenemos que pagar cuando queremos que el pasado surja del subsuelo de nuestro recuerdo para saber dónde cometimos tantos y tan grandes errores, cómo asumimos tan terribles humillaciones y cómo llega un momento en que la mentira ha rebosado el borde del vaso de nuestra resistencia. Para ello, no lo duden, alójense en el Royale. Es ése hotel que está justo en la línea entre dos estados. El de la vida y el de la muerte. Y es obligatorio elegir. 

miércoles, 21 de noviembre de 2018

RASHOMON (1950), de Akira Kurosawa

Un crimen visto desde varios puntos de vista. Y nadie dice la verdad. Y lo peor de todo es que nadie dice la verdad por una simple cuestión de orgullo. La mujer violada no dice la verdad porque no quiere aparecer como una mujerzuela. El ladrón insidioso no dice la verdad porque quiere proteger su reputación de macho despreciable, de hombre sin corazón que arremete contra todo lo establecido sin conciencia. El asesinado, a través de una vidente, no dice la verdad porque no quiere aparecer como el marido que no hizo nada por evitar la violación y también porque quiere salvaguardar su honor y no parecer un cornudo sin alma. El testigo miente…pero dice la verdad. Y en muchas ocasiones, es difícil encontrar a alguien que sabe combinar ambas cosas.
En la puerta de Rashomon la lluvia cae inmisericorde, tratando de herir a los seres humanos y despertar su lado más bondadoso. El agua golpea con fuerza en el suelo y parece que el cielo vierte ríos enteros sobre ese lugar que está en ruinas, igual que la naturaleza del mismo hombre. Ya no existe la bondad en el mundo y dos hombres no hacen más que preguntarse, bajo la misma puerta, por qué todos mienten en base a las apariencias. La lluvia cae con tal fuerza que se hacen barros de comportamiento y habrá que contar la historia tal y como ocurrió en ese proceso donde todos parecieron tigres heridos bajo el peso de un destino que les niega reconocimiento. El monje budista tiene hambre de personas buenas porque ya hace mucho tiempo que dejó de verlas. Cree que la vida no merece la pena si no hay hombres buenos y todas aquellas confesiones no hacen más que confirmarle el hecho de que ya no existen. Incluso el forastero que llega allí a resguardarse del diluvio dará buena prueba de su falta de corazón, aunque también de su inteligencia. Allí, en la puerta de Rashomon, el hombre se enfrentará a sí mismo, descubriendo cuál es su verdadera naturaleza.
Las confesiones se suceden y parece que el polvo del campo se adhiere a los cuerpos sudorosos que han sucumbido a la fuerza del deseo y de la misma apariencia. Las luchas no son caballerescas, ni honrosas. Son las de dos lombrices arrastradas por el suelo, entre las hojas caídas de un otoño triste por la crueldad de los hombres. La vergüenza se instala en todos ellos de forma permanente porque matar es fácil y mentir lo es aún más. No hay sinceridad en ningún crimen. Incluso aunque el móvil sea tan débil como el honor, o la fama, o la lujuria.

Akira Kurosawa se hizo maestro con este cuento moral que coloca a los hombres ante el espejo mientras se pregunta si aún queda algún resquicio de bondad en sus corazones. La puerta de Rashomon, con sus ruinas, sus maderas desvencijadas, su derrota en el orgullo, será el escenario perfecto para que nos demos cuenta de la vileza que puede llegar a anidar en nuestro interior.