jueves, 31 de enero de 2019

EL BLUES DE BEALE STREET (2018), de Barry Jenkins

No es fácil amarse cuando la vida se alborota alrededor. Es una época en la que la lucha por los derechos civiles está en su apogeo y ser negro sigue siendo una desventaja. El amor, quizá, no tiene demasiado sitio entre tanta reivindicación, entre las algarabías callejeras, entre las brutales detenciones de una policía que se erige como dueña y señora de las calles con sólo un color en el objetivo. Y aún todo es más difícil cuando el odio surge entre los propios compañeros de raza como un desprecio opresivo, como si bastara agarrarse a cualquier prejuicio para que la felicidad huya despavorida.
Dos jóvenes se aman. Y el pecado de la sociedad es establecer una serie de reglas que impiden que ese amor se viva en libertad. Los blancos siempre ganan, siempre colocan las barreras y, de vez en cuando, las quitan. No importa qué tipo de blanco. Todos son iguales. Incluso el que parece defenderte destaca por su incompetencia. Hay tanta violencia que, simplemente, los ciudadanos de las minorías optan por apartarla de un manotazo sin importar si se está condenando a un culpable o a un inocente. Sólo superar traumas, superar odios, superar obstáculos, a cualquier precio. Esa es la sociedad esperanzada de los sesenta. Esa misma que no dudaba en mandar a los más desfavorecidos a Vietnam y en encarcelar al resto.
Es cierto que la interpretación de Regina King como la madre de la protagonista es excepcional, pero esta película es otra muestra más de esta última moda que se viene imponiendo de subrayar todo hasta la saciedad. El hombre blanco es malo. El hombre blanco mata. El hombre blanco es lo peor de lo peor. También hay algunos negros malos, pero hay que comprenderlos porque viven bajo la opresión del hombre blanco. Una y otra vez, una y otra vez. El tedio llega a envolver al espectador de tal forma que se intuye con cierta facilidad cómo va a terminar esa historia de amor que nunca se vivió más allá de sus primeros escarceos porque, sencillamente, hay que adaptarse para sobrevivir. Si no, el hombre blanco se encargará de aniquilar todos los deseos, por muy modestos que sean. Nadie dice que no sea verdad. Seguramente lo es y es bastante probable que aún hoy, en pleno siglo XXI, la gente de color tenga problemas en los Estados Unidos. Sin embargo, hay una cierta tendencia a considerar al espectador como un ente adormecido que no se da cuenta de que esos problemas han existido y existen y hay que machacar con la idea hasta que se le cierren los ojos de aburrimiento. Eso es algo que el director, Barry Jenkins, lo sabe hacer muy bien.

Así que volvemos a aquellos territorios marcados ya en Moonlight, donde el entorno impedía el ejercicio del amor. Los grandes momentos escasean y la película se desliza hacia la morosidad en la narración, con escenas enormemente alargadas y sin excesiva importancia salvo para recalcar bien claramente que la gente de color no es feliz. Por supuesto, se sale con el mensaje muy claro y con una cierta sensación de que eres el alumno retrasado de la clase, aquel al que el profesor le dedicaba una atención especial repitiéndole las cosas hasta que, por cansancio, ya entraban en su dura mollera. Hasta, de alguna manera, se justifica la delincuencia entre los negros como última salida posible ante el injusto imperio blanco. Los blancos no delinquen. Y tanto maniqueísmo llega a saturar al más firme de los defensores de los derechos civiles.

miércoles, 30 de enero de 2019

WIND RIVER (2017), de Taylor Sheridan

Una mujer corre descalza por la nieve en mitad de la noche. Está aterrorizada y sabe que debe darse prisa. Los pies se le congelan y ha visto muy de cerca el horror. Un cazador de depredadores intentará coger a los culpables. Demasiados recuerdos dolorosos vuelven a su memoria y a su corazón y esa chica que trató de alcanzar la civilización era alguien especial. La reserva india de Wind River está en un lugar agreste, en plena montaña, allí donde la nieve es perpetua y el frío es cortante. Allí el tiempo no existe, como tampoco existe el ruido. Es vivir en continuo contacto con una Naturaleza que está gritando su rechazo. Allí viven unos cuantos indios, últimos descendientes de una raza que ya no tuvo lugar en el mundo, unos trabajadores de una plataforma petrolífera y el cazador, paciente y sabio, que sabe esconderse entre las dunas heladas para abatir a los que amenazan al ganado.
Los extraños no están bien vistos por allí. Todos los habitantes parecen clamar porque los dejen en paz, incluso cuando aparecen cadáveres en la nieve, con los pulmones congelados y la angustia tiesa. No es fácil vivir en Wind River porque el frío hace callar a las personas y apenas hablan entre sí. Cuando una agente del FBI se presenta allí, creen que no va a hacer nada, que no va a conseguir nada. ¿Por qué debería de hacerlo? Son unos apestados de los que nadie se preocupa. Sólo quieren que se prolonguen por inercia, que se droguen o que sigan allí, entregados a sus rutinas heladas. No deberían causar problemas. Eso es para la gente de la gran ciudad. La montaña es el testigo. La nieve, el chivato.

Taylor Sheridan, el guionista de Comanchería y Sicario, dirige sin concesiones esta historia dura y apasionante en la que pretende denunciar el abandono en el que viven algunos de los grupos demográficos que habitan los Estados Unidos. En esta ocasión, consigue una interpretación convincente y sólida a Jeremy Renner en la piel de ese cazador que trabaja para el Servicio de Pesca y Vida Salvaje y que trata de cazar a un depredador más que ha asesinado a sangre fría a una persona y que ha alterado la pacífica vida en un entorno, ya de por sí, hostil. Los silencios se suceden porque el dolor se suele sufrir callado, la crueldad se desata porque el aburrimiento lleva a la desesperación, la justicia se dilata porque allí, en Wind River, hace tiempo que nadie se preocupa por administrarla y, tal vez, haya que dar al asesino el merecido castigo por dejar que una chica, una guerrera, una superviviente, se adentrara en las estepas heladas con los pies descalzos en busca de ayuda en un lugar donde no existe.

martes, 29 de enero de 2019

A LA CAZA (1980), de William Friedkin

Si tenéis interés en escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla a propósito de "Zona hostil", de Adolfo Fernández, podéis hacerlo pinchando aquí.

Las sombras se proyectan en largas noches de oscuridad sin contraste. Un asesino en serie anda suelto y se necesita un policía que esté dispuesto a infiltrarse en ambientes homosexuales para darle caza. Y es entonces cuando la confusión aparece, cuando los valores no parecen tan claros como en un principio, cuando se siembra la duda de la propia identidad sexual. Es jugar a la ruleta rusa con un cuchillo de dos filos. Seguro que, en algún lugar de un parque desolado repleto de túneles de ladrillo visto, se halla la moral derrengada, exhausta y desafiante. Cuidado con ella.
Las calles son un campo de batalla en donde la caza se convierte en un rato de perversión. El policía llega a sentirse cómodo y su última mirada deja entrever que algo habrá en su interior que hará que, de vez en cuando, vuelva a traspasar la línea roja de su propia sexualidad y visitará los lugares más prohibidos de su piel, de su pensamiento y de su placer. Al fin y al cabo, tendrá su placa dorada, su ascenso meteórico, su vida equilibrada…y también su lado oscuro que permanecerá latente allá donde vaya. Es lo que suele pasar cuando se visitan esquinas tenebrosas de nuestra propia personalidad. Las conocemos tan poco que siempre queremos volver.
William Friedkin dirigió esta película que originó encendidas protestas de la comunidad gay en su día. Tampoco tenía mucha importancia porque la película no funciona a ningún nivel. Ni como espita de la polémica, ni como policíaco al uso, ni siquiera como radiografía de los deseos más ocultos del tipo sexual medio americano. Da la sensación de que se queda corta en todo y Al Pacino, el protagonista, lo supo desde el primer momento. Friedkin, después del fracaso monumental que le supuso su remake de El salario del miedo titulado Carga maldita, intentó resarcirse con una película que estuviera en boca de todos y lo que consiguió fue hundirse aún más en el pozo del fracaso del que, en realidad, nunca más volvió a salir. La trama se halla ampliamente superada y no engancha salvo, tal vez, por la interpretación, muy sabia y muy contenida, del propio Pacino. El resto, ya saben, es un muestrario del vicio de la homosexualidad, bajando a los infiernos de los ambientes más sórdidos, recreándose en escenas de orgías que empujan hacia el abismo de la perversión y del que nace la consideración de homófoba para esta película. El resto es un retrato de un universo que ya había visitado con mejor fortuna Martin Scorsese en Taxi Driver, por ejemplo, con sus calles llenas de basura y de miradas oscuras, buscando un rumbo en la noche y una lluvia que barra toda esa suciedad que empaña los ojos.

Steve Burns se mira al espejo y no le gusta lo que ve en el fondo de sus ojos. Es una especie de neblina de cuero negro y de vaquero ajustado que no se va con un simple afeitado. Steve Burns es ese policía que ha ido a la caza y ha terminado siendo la presa. Como muchos que han intentado acercarse a un mundo que sólo se puede apreciar a través de una lente que no está hecha para todos.

viernes, 25 de enero de 2019

GLASS (2018), de M. Night Shyamalan

Hallar la parte más humana del super-héroe no es más que un intento por debilitar sus poderes. En el momento en que se dé cuenta de que hay algo vulnerable en su interior, sus dones comienzan a desaparecer por arte de lógica. Sí, porque, quizá, el mayor enemigo de todo super-héroe o de todo megavillano es la lógica. Es la certeza de que el mundo no es un cómic, es la verdad puesta delante de sus habilidades. A partir de ahí, las miradas se tornan huidizas, las decisiones empiezan a ser inseguras y las luchas, muy probablemente, inútiles valladares que se intentan derribar bajo el amparo de una supuesta épica, o de una hipotética venganza, o de un terrible trauma.
Sin embargo, cuando comenzamos a mirar el lado más humano de esos héroes o villanos, el asunto empieza a perder interés. Ya no es tan absorbente observar a esos pobres refugiados mentales que se han creado un mundo a su medida compuesto por buenos y malos a los que hay que ayudar o liquidar. La duda es un contrincante de peso y no es fácil de vencer cuando la razón falla y las cosas ni siquiera se acercan a como se creía que eran. Algo complicado de entender si eres un simple humano, con inquietudes humanas y curiosidades humanas porque no todo se explica desde la lógica. M. Night Shyamalan, el director, se esfuerza por ofrecer una conclusión digna a su trilogía sobre el super-heroísmo y lo que le sale es algo farragoso, decepcionante, sin gracia, con trampa (esta vez sí) y bastante aburrido.
Más que nada porque el cineasta se empeña en cerrar esa trilogía del todo, sin dejar resquicio alguno y acaba por desanimar al que le ha seguido hasta aquí guiado por las promesas que se esbozaban tanto en El protegido como en Múltiple, pero es que no consigue dejar ese olor épico que se apreciaba en la primera y, ni mucho menos, sorprender casi de forma definitiva como hacía en la segunda. Aquí, visto el mercadillo, se saca de la manga lo que le conviene para dotar de algo de coherencia al cierre y tratar de colársela al espectador acudiendo a su complicidad. Algunos picarán, sin duda. Otros, más avezados, tratarán de buscar alguna explicación lógica a lo que ha hecho Shyamalan (en otras ocasiones, lo ha encontrado) y los demás verán que mucho diálogo, mucho agujero de guión, una torpe resolución y la sensación de que la tomadura de pelo está ahí, muy cerca, merodeando, a punto de salir y mostrar la última personalidad de este cineasta que no necesita acudir a algo tan facilón para salir del apuro.

Así que más vale encerrarse en una habitación acolchada, con sus luces estroboscópicas o sus grifos de agua a presión, o su silla de ruedas colocada estratégicamente. Fuera de esas puertas apenas hay nada, ni siquiera algo de espectacularidad que se pedía a gritos después de la sorpresa de su segunda parte. Sólo una película oscura, inerte, perdida en inútiles callejones filosóficos sobre los super-héroes y los lugares comunes del cómic que, eso sí, difícilmente se repiten en la realidad aunque, en ocasiones, parezca que no es así. Más vale volver a los orígenes sin necesidad ninguna de que nadie cuente lo que sucede después porque la sensación es que se puede prescindir de ello sin ningún problema. Y si no, que llamen a un super-héroe para que arregle este desaguisado.

jueves, 24 de enero de 2019

LA FAVORITA (2018), de Yorgos Lanthimos

Ganarse los favores de alguien poderoso es un ejercicio, cuando menos, bastante complicado. No basta sólo con mostrar disposición hacia las necesidades, superfluas o no, del favorecido, sino que también hay que guardar un equilibrio entre lo necio y lo inteligente, poner en práctica un sutil don de soltar la palabra justa en el momento adecuado y, sobre todo, no dejar que ningún otro pueda quitar terreno al arribista que, al fin y al cabo, quiere ascender en su posición, tener más poder o aplastar a cualquier incauto que se ponga en medio por mero placer.
Sin embargo, los jugadores de este ladino empeño, siempre se olvidan de las contrapartidas. Sí, es posible que estén mejor considerados. También es probable que se les mire de forma distinta y que se pueda disfrutar de la petición de consejo. Nadie habla de que, en ese diabólico y falso entramado de intereses, también puede entrar, con una fuerza inesperada, la humillación. Es lógico. Al fin y al cabo, nadie inicia las intrincadas maniobras del favoritismo para acabar humillado y los contendientes siempre creen que su inteligencia es superior a la de cualquier otro, incluso a la del poderoso. Y es que la vanidad siempre es el inicio de cualquier final.
Podríamos enumerar tantos aciertos como errores en esta película del realizador griego Yorgos Lanthimos. Desde luego, entre los primeros, está el trabajo del trío femenino protagonista compuesto por Olivia Colman, Emma Stone y Rachel Weisz. Espléndidas, voraces en su duelo de zorras compitiendo por llevarse la mejor presa, haciendo que las intrigas masculinas sean simples juegos de niños sin importancia a su alrededor. Duras, atentas, listas, vivas, falaces y retorcidas. Ellas hacen que los largos pasillos de palacio parezcan enrevesados vericuetos de intriga y mendacidad. Visten de largo los planos en los que Lanthimos se quiere lucir y consiguen que la reacción química exista para un choque inevitable. Entre los segundos, podríamos destacar la manía de Lanthimos por el subrayado con esos planos de ojo de pez para poner de relieve el ridículo monárquico cuando el argumento ya nos guía por esos rincones, o ese espantoso baile de palacio en el que parece que la melodía clásica se viste de lentejuelas y pasamos a un rock and roll en un innecesario y chabacano ejercicio de provocación.

Por lo demás, muchos sacan a colación a Stanley Kubrick (parece mentira que haya tantas ganas de que alguien se acerque, aunque sea levemente, al estilo del gran director) cuando no está por ningún sitio. Se está mucho más cerca de El contrato del dibujante, de Peter Greenaway que de ningún otro referente, con ese sexo casi vomitado, esos planos recargados, esa sensación de poder que planea sobre todos los personajes a través de arrogantes advenedizos a los que se adivina la corrupción con facilidad. El resultado no es malo, pero tampoco es tan extraordinario como quieren dar a entender los huérfanos de buen cine (tal vez porque han visto muy poco). Hay una gran preocupación formal por el vestuario y la puesta en escena y seguro que se le reconocerá, pero quizá es poco premio para estar en medio de esas conspiraciones tan británicas e ingenuas que sólo nos brindan un par de escenas más o menos memorables. Mientras tanto, hay que entretenerse con el rostro de estas tres damas que hacen que el odio sea un recurso interpretativo más.

miércoles, 23 de enero de 2019

VERANO DE CORRUPCIÓN (1998), de Bryan Singer

Nadie sabe hasta dónde puede llegar la corrupción del alma humana. En una localidad tranquila de los Estados Unidos, una de esas con casas bajas, con sus parterres primorosamente cuidados, con sus coches en las puertas de los garajes y con sus barbacoas de domingo, un chico tiene que estudiar porque no ha cumplido con sus obligaciones durante el curso. Y encuentra un tesoro cerca de su casa. Parece un anciano afable, con una mirada acogedora aunque solitaria. Tal vez sólo quiere pasar el resto de sus escasos días tranquilamente. Sin embargo, el viejo ha sido testigo de otros tiempos y el chico siente verdadera pasión por ellos. Puede que arroje algo de luz al asunto, puede que no, pero las horas se hacen eternas y no hay nada mejor que hacer.
Las sombras se intuyen detrás de las personas y no cabe duda de que el ruido de glorias pasadas son los únicos tesoros que se guardan en la memoria para poder hacer frente al día de hoy. Ese hombre es algo más que un anciano, ha vivido mucho más de lo que parece, incluso ha formado parte de ello. El chico comienza a fascinarse por él porque, al fin y al cabo, se ve arrastrado por sus recuerdos, porque fue parte de una maquinaria implacable que llevó a la locura a toda una nación. No hay razones claras y definitivas. Sólo hay débiles pistas que hacen incomprensible que todos enloquecieran bajo los gritos de un fanático que decía lo que deseaban oír. Y la vieja, viejísima historia del principio de autoridad comienza a tomar cuerpo en la mente joven. Tener poder sobre otra persona es algo adictivo, que hace sentir bien, que te coloca en una posición superior desde una perspectiva del mismo ejercicio. Más aún si no tienes poder sobre una persona, sino sobre miles, sobre cientos de miles, sobre millones. El anciano tuvo poder un día. Lo ejerció con crueldad. Y arrastrará de nuevo a la última de sus víctimas. El chico creerá que ejerciendo ese poder tiene el curso ganado, creerá que es superior al viejales que le ha enseñado cómo practicarlo, y pensará que su familia es débil. Detrás de los ojos del chaval, se habrá diseñado todo un imperio de terror en esa bucólica localidad feliz americana donde hay tantas miserias que sólo hay que aprovecharlas.

Basada en un relato de Stephen King, Verano de corrupción resulta apasionante en su desarrollo y a ello ayuda el hecho de que, en ella, se halle un actor de la categoría y presencia de Ian McKellen. La inquietud parece que toma cuerpo cuando ese anciano vuelve a vestirse con el uniforme de las SS y ensaya su fanatismo frente al chico, que le observa fascinado, alienado, entregado. Por una vez, ese alumno demostrará que es de los mejores. No es de extrañar. Tuvo un gran maestro.

martes, 22 de enero de 2019

EL JOVENCITO FRANKENSTEIN (1974), de Mel Brooks

No, no, no. La película no debería llamarse así. Tendría que titularse El jovencito Fronkonstin. Estoy harto de incompetentes. Y más aún del crítico éste que firma el blog y que se empeña en resucitar gracietas que han quedado más que superadas. ¿Superadas? Bueno, eso según se mire. Vamos, Igor, vamos, quédese usted mirándose la joroba y no atendiendo a las cosas importantes. ¿Qué cosas importantes? Oh…el dulce misterio de la vida, esas cosas que no se ven pero que se intuyen, querido jovencito. Levántemela…la plataforma, querida. Por supuesto, doctor… ¿Fronkonstin? Y así nos podremos besar pero sin que se corra el rímel. ¿Quién es el rímel? Ay, pillín. Si es que no hay nada como ser un ermitaño en medio del bosque. O ser el muerto en el entierro y limpiarse una uña de una inoportuna mano dejada fuera. Ah, te refieres a la mano mecánica del guarda. No, me refiero a la mano maestra de Mel Brooks, ése tipo que era mucho más inteligente de lo que parecía y que dirigió una serie de películas verdaderamente buenas en los setenta. Bueno, sí, ésta y La última locura son muy buenas, pero Máxima ansiedad… es que no siempre sabía dar con el punto, pero hay que reconocer que con ésta dio un chispazo. Es ingeniosa, bien hecha, bien trabajada, con unas situaciones memorables…aún hay gente que se ríe con ella y no está en el mundo de los muertos. No me digas ¿no ha pasado de moda? Ah, es que toda una generación se rió con ella. Ah…dulce misterio de la vida…
Y el caso es que no hace falta un bastón adecuado para adentrarse por los territorios góticos de la comedia. Basta con dejarse llevar y poner el ánimo un par de puntos por encima de lo que suele estar. Caramba, si hasta Gene Hackman hace por ahí una maravillosa aparición especial que haría huir al más taimado. Y es que tiene un reparto de meter los dedos en el enchufe. Gene Wilder, Peter Boyle, Madeline Kahn, Teri Garr, Cloris Leachman, Marty Feldman, Kenneth Mars…cómicos de primera categoría que otorgan un punto más de gracia con su mera presencia. Nunca pensé que el monstruo de Frankenstein (o de Fronkonstin) se pusiera a bailar al mejor estilo de Fred Astaire con el Puttin´ on the Ritz de fondo. Así no hay quien escape. Y además, el amor de Mel Brooks por el cine hace que todo esté lleno de guiños, de homenajes, de parodias, sí, pero también de profunda admiración. Ah, lo que no sabe mucha gente es que Mel Brooks, además de director, era un productor de categoría. Ahí está El hombre elefante, de David Lynch para demostrarlo. Sí, sí, como lo leen. Tal vez a Brooks no le implantaron el cerebro equivocado.

Señoras, señores, esperamos que tengan los abdómenes en forma. Van a tener que trabajar mientras ven o, simplemente, revisan esta película. La carcajada aparecerá de sorpresa, agazapada detrás del frío muro de un castillo o en el temor de una criatura sobrenatural. Los músculos de la cara estarán tensos esperando el próximo chiste y unos caballos relincharán de terror cada vez que se pronuncie un nombre temible. Es tiempo de desvelar los dulces misterios de la vida y… ¿quién sabe? Tal vez ustedes también tengan uno…