jueves, 31 de octubre de 2019

SECRETOS DE ESTADO (2019), de Gavin Hood


Mañana, día 1 de noviembre, es festivo, así que no habrá artículo. Retomaremos el ritmo normal a partir del martes día 5. Mientras tanto, los que no viajéis, id al cine. Es como irse de vacaciones.

El tiempo ha sido el primero en proclamar que la mayor arma de destrucción masiva es la mentira. Con ella, se socava la democracia, se crean leyes para intentar perpetuarla, se pervierten los principios más elementales de los derechos humanos y sirve como la hipócrita cortina de los intereses más variados. Contra ella, sólo vale la propia conciencia. La certeza de que la verdad es la que guarda la paz, la que aún nos hace personas y la que intenta prolongar la libertad.
Y no importa cómo se puede ejercer la verdad. Se pone en práctica desde un oscuro puesto de traducción, o desde el peligroso abismo de la prensa, vendedora de verdades como mentiras y viceversa, o desde la acérrima defensa de los valores a través de la legalidad vigente. Lo importante es no perder la esencia que hace que no soportemos el sufrimiento a tres mil kilómetros de distancia, en algún país que parece que no existe, condenado para expiar los pecados de la exaltación. Sólo así, como ciudadanos, podremos darnos cuenta de que los políticos nos mienten continuamente, nos manipulan sin piedad, nos obligan a la beligerancia y nos clavan su propia subjetividad ideológica.
No cabe duda de que Gavin Hood sorprendió gratamente hace unos pocos años con la excelente Espías desde el cielo, pero en esta ocasión yerra el tiro por muchas millas. Pretende explicarnos una historia que recuerda de refilón a la reciente La espía roja en cuanto a motivaciones de sus protagonistas, con un estilo cercano a John Le Carré y lo que consigue es una película aburrida, sin gracia, lenta, de fácil olvido y monotonía asegurada. La historia que nos cuenta, siendo interesante, acaba por convertirse en una letanía sobre lo buenos que debemos ser desde nuestras vidas grises aunque ello conlleve la traición ingenua. Además, Keira Knightley, sobre la que gira toda la película, no acaba de dar con el tono a su personaje y palidece en escena desde el mismo momento en que aparece Ralph Fiennes. Irregular y errática, dan ganas de revelar unos cuantos secretos echándose una buena siesta mediada la trama.
Mientras tanto, tal vez podamos examinar un poco nuestra propia conciencia y averiguar si nosotros, en la piel de la protagonista, haríamos lo mismo al descubrir las sucias artimañas del poder para llevar a cabo sus objetivos o si, por el contrario, colaboraríamos con el asesinato en silencio. Cuidado, no respondan demasiado deprisa. Calmen las entrañas y, con serenidad, solucionen el dilema ético. Es posible que muchos llegáramos a la conclusión de que el silencio conviene desde el egoísmo y que basta con cerrar los ojos para hacer que toda la jugada no exista. Y no olviden que todos, sin excepción, tenemos algo que perder.
Así pues, hay que revisar concienzudamente nuestros principios, que están siendo puestos a prueba todos los días. Y verlos con claridad. Evitar miradas de reojo y lanzarse a la opción que más cuadre con nuestra personalidad. Puede que usted, el de la tercera fila, tenga un instinto rebelde y humanitario, pero el señor de su lado piense lo contrario. Y ahí es donde se mueve la duda y la convicción. Dos palabras que apenas significan nada a no ser que nos paremos a pensar en ellas. Y, quizá, en un futuro utópico que nunca llega, podamos vivir en un mundo que ha dejado la mentira atrás y ofrece la verdad hasta sus últimas consecuencias. 

miércoles, 30 de octubre de 2019

EN EL ESTANQUE DORADO (1981), de Mark Rydell



Pasar unas vacaciones con unos ancianos no es el mejor plan para un chico en edad difícil. Y más aún si resulta que son los padres de la novia de tu propio padre. Antológico. Magistral. ¿Qué va a hacer allí con dos viejos decrépitos a la orilla de un lago? El aburrimiento será memorable. Como si lo viera. Y, sin embargo, ese viejo gruñón, al que nada le parece bien, acaba por resultar fascinante. Tal vez por su cáustico sentido del humor o porque, en el fondo, conoce muy bien la psicología adolescente. Por ahí puede que crezca algo. Una relación impensable. El viejo Norman nunca se ha llevado bien con su hija y, no obstante, abre un canal de comunicación con el chico y todo se vuelve del revés. El viejo Norman tiene una esposa, la vieja Ethel, que parece comprenderle muy bien. Es muy raro todo esto. El padre del chaval tiene una novia y se va a Europa con ella. El padre deja al hijo al cuidado de los padres de ella. El padre de ella nunca ha sabido buscar puntos en común con su hija, pero sí lo consigue con el hijo de su novio. De locos. Demasiado complicado para tantas arrugas en la piel.
Es posible que, si se piensa un poco, la familia sea lo más importante y la falta de comunicación con ella, el mayor de los pecados. Más que nada porque, cuando nada se pueda salvar, se lamentarán todos los errores cometidos, todas esas verdades que debieron decirse en su momento. La natural expresión de un padre al sentirse orgulloso de su hija. El impulsivo “te quiero” que puede decir ella en un momento dado. La mirada sabia y siempre calmada de la madre. Errores, errores. Todos vienen a visitarte cuando más paz deseas. La tensión ya se ha sentido bastante a través de los años y esa chica jamás comprendió a su viejo. Y ese viejo jamás comprendió a su chica.
Tal vez habría que dedicar un monumento a esta película. Sí, porque en ella, Henry Fonda da una lección de interpretación magistral al lado de Katharine Hepburn en la única película que hicieron juntos. Ellos son la sabiduría total que se pasea de un lado a otro de la escena con todos los movimientos medidos, todos los gestos precisos y todas las inflexiones de voz adecuadas. Casi se pueden intuir sus miradas de amor como verdaderas…quizá porque son tan buenos actores que no puedes quedarte indiferente viendo cómo trabajan. A su lado, descolocada y tratando de encontrar algún resquicio donde colarse en el cariño de su padre, Jane Fonda, bellísima y aún niña, con gestos de desamparo y de incomprensión ante esa demencial química que desprenden su padre y su hijastro. ¿Es que tendría que haber naufragado ella en una isla en medio del lago para conseguir su cariño? No. Es que ya tenías que haberte dado cuenta de que sólo hay dos personas que habitan en el corazón del viejo. Tu madre y tú. Y sin vosotras, él no es nada. Quédate un rato mirando al estanque dorado. Puede que así te des cuenta de cuál es la cantidad de cariño que puedan tenerte tus padres.

martes, 29 de octubre de 2019

UN INVESTIGADOR MUY PRIVADO (1978), de Jeremy Paul Kagan



Atrás quedaron aquellos tiempos en los que el pelo largo y la pancarta eran verdaderos signos de identidad de una generación contestataria. Ya nadie se acuerda del “haz el amor y no la guerra” y es tiempo de resolver misterios que no tienen demasiadas respuestas. Algo así como la vida, que entra siempre por la fuerza. Bien lo sabe el detective Moses Wine, que, no hace demasiados años, protestaba con una cinta en la cabeza, la barba bien tupida y el ánimo encendido contra la guerra de Vietnam. Ahora ya está aquí el desencanto y todo el mundo sabe que no hay nada más desencantado que un detective privado. Y más aún si se trata de investigar una dudosa campaña política. Moses no sólo tiene que vivir de un oficio en el que la basura se nota demasiado. Tiene también que hurgar en ella. Al fin y al cabo, él tiene problemas para desarrollar cualquier aspecto de su vida, pero… ¿quién no lo tiene?
El sentido de la confusión puede que sea la mejor arma de Moses Wine. Él sabe muy bien lo que es vivir dentro de ella y, sin duda, este es un misterio que plantea más preguntas que respuestas. Si se juntan unas cosas y otras, él es el mejor investigador para resolver algunos extremos. Otros se quedarán en la incógnita. Sin embargo, Moses sabe que es imposible obtener una solución a todo. Sólo lo suficiente como para que la vida no se escape de control. Él añora otros tiempos de griterío y protesta, pero ahora tiene un 38 en el bolsillo y eso, en el fondo, también es una forma de gritar y de protestar. Las cenizas de la contracultura no crearán ningún ave fénix, pero las ascuas siempre dejan un poso de justicia en un mundo que cada vez es menos justo.
Richard Dreyfuss realiza un espléndido trabajo en la piel de Moses Wine, un rebelde que ha caído en tiempos demasiado duros y que trata de hacerlos más soportables a través de un trabajo sucio. Desde su mirada terriblemente decepcionada, podemos atisbar la desolación de toda una generación de jóvenes que creyó que era posible cambiar el mundo en los años sesenta y que se dio cuenta de que los setenta enterraron todas las intenciones mientras los sueños se esfumaban en la dura realidad. Mientras tanto, ahí está la intriga que trata de resolver con profesionalidad porque sabe que, en el fondo, también llegó la hora de pagar con su compromiso todas las exigencias que se atrevió a hacer en el pasado.
Moses Wine podría ser la pesadilla de todos los grandes detectives que han pisado una película. No tiene las cosas claras, nunca las tuvo. Sólo sabe que tiene que demostrar con su trabajo que la honestidad aún existe, por mucho que se esfumara a través de los turbulentos años de barricadas y consignas. No hay mujeres fatales. Sólo ex mujeres que saben que Moses sigue buscando aunque nadie sabe muy bien el qué. Quizá sea el destino del hombre moderno. Quizá Moses Wine sea la representación más nítida del inconformismo que atenaza a los que, alguna vez, creyeron en algo.

viernes, 25 de octubre de 2019

EL CORAZÓN DEL ÁNGEL (1987), de Alan Parker



Las deudas suelen olvidarse con demasiada facilidad. Más que nada porque se prefiere no pagar y lo malo es que hay algunos cobradores que llevan un cuidadoso registro de morosos. Parece que hace algo más de calor de lo habitual y Harry Angel debe buscar aquello que se le escapa. Ni siquiera sabe muy bien qué es, pero debe hacerlo. Quizá, un día, vendió su alma al diablo y el precio fue olvidarse de las cosas que hace mal. Y no hablamos de un mal menor, precisamente. Las calles de Nueva York se tornan en las de Nueva Orléans y por allí abundan los ritos ancestrales, con cuellos de gallo cortados y sangre sobre la piel. El sudor ya no es tal. Ahora es un condimento indispensable para moverse por las intrincadas calles del infierno. Puede que todo sea tan sencillo como coger un ascensor con la última parada en el sótano. Puede que haya fenómenos un tanto inexplicables en la maraña de sensaciones que parecen emanar de una investigación que se antoja tan complicada como fantástica. El cine negro se pasea de la mano con el mal y, a menudo, hay que arrojarse a las mismas entrañas de la oscuridad para descifrar el enigma. Basta con degustar con delectación un huevo y la inquietud asoma sin saber muy bien por qué. Harry Angel es detective privado. Louis Cypher es su cliente. Y lo único que hay que hacer es buscar al hombre adecuado.
En el universo de sensaciones en las que tiene que bucear Harry Angel, también se encuentran las suyas propias. Hay algo que le incomoda, que no sabe muy bien qué es, pero que está ahí, estorbándole en la espalda, en el corazón y en el interior. El blanco y negro se funde con el rojo y lo que es amor, es furia. Difícil investigación para el pobre Harry. Es posible que no quiera encontrar lo que tiene que buscar. Él presiente lo que es, pero es que él no es quien dice ser y nada es lo que parece. El ambiente es plomizo y las ropas se pegan a la piel bañadas en el agua de la angustia. Las uñas en la madera. El deseo en la muerte. La sensualidad sugerida. Baila el mal. Y hay corazones que se tienen que extraer porque han jugado con lo que no debían.
En su época, se dijo que Mickey Rourke, durante el rodaje de esta película, no hacía más que acercarse a Robert de Niro para decirle que era mejor actor, que tenía más éxito y que eso la gente lo notaba. El actor italoamericano sólo le miraba y le castigaba con el látigo de la indiferencia, lo cual encrespaba a Rourke. Lo cierto es que, en su día, se habló mucho de este viaje a las tinieblas y, pasados los años, ha caído en el olvido, como las deudas que se deben pagar. Ahora mismo, estoy apretando el último botón del ascensor y las rejas se suceden delante de mí y tengo la sensación de que este artículo no es suficiente para hacer justicia a la película de Alan Parker. Puede que llegó la hora de que el diablo se coma otro huevo duro.

jueves, 24 de octubre de 2019

EL ASESINO DE LOS CAPRICHOS (2019), de Gerardo Herrero



El tipo ha emprendido una guerra contra la élite. Tal vez no quiere que determinados cuadros estén en manos que sólo conocen una buena parte de fraude y una pequeña porción de arte. Cree que la belleza es sólo patrimonio de los que la entienden, por mucho que sea algo grotesca, caricaturas de un pueblo que no sabe reírse de sí mismo salvo que haya mucho público delante. Y ya llega un momento en que se empieza a no distinguir entre una idea y un fingimiento.
La Inspectora Carmen Cobos es ácido. Lleva demasiadas patrullas nocturnas a sus espaldas y no está para historias. La vida empezó a tirar de sus piernas hace algún tiempo y, desde entonces, va cuesta abajo. Salta de cama en cama, trata de obtener unos fugaces instantes de algo parecido al cariño y paga siempre con la indiferencia y el desprecio. Ha tenido que enseñar la placa en demasiadas ocasiones y el cansancio se ceba en sus ojos de expresión que buscan razones como alimento. Realmente no posee nada. Sólo el trabajo. El ir y venir diario en busca de algún asesino que mantenga su mente ocupada. Y aún así, trata de encontrar motivos para seguir en el fondo de un vaso, en el fondo de un insulto o en el fondo de la nada.
La Subinspectora Eva González es esperanza. Para ella, hay vida después de la última detención. Cree que las personas no deben dejar de serlo sólo porque tienen la obligación de realizar un trabajo sórdido e ingrato. En su rutina, hay algo más que investigaciones, callejones sin salida, violencia y desprecio. Guarda respeto por todo y por todos. Es algo ingenua, pero los días curarán esa enfermedad. Trata de establecer contacto y, casi siempre, recibe un portazo en las narices. Sólo tiene su inteligencia, su tesón y su aprecio incomprensible por todos. Incluso por quien la mira y sólo ve una suerte inalcanzable y una existencia envidiada en odio. A veces, se distrae un poco, pero es eficiente y está ahí en todas las situaciones en las que el ánimo trata de hacer mella. Ella tiene motivos para seguir y no los busca en ningún sitio.
Gerardo Herrero ha dirigido esta película con cierta elegancia aunque, en algunos pasajes, parece como alargada en exceso. La persecución que se emprende hacia un asesino en serie que plantea su misión como una lucha de clases bajo la premisa de que ninguna fortuna es honesta llega a ser apasionante en algunos tramos, pero también previsible. La sobriedad es el santo y seña, pero se olvida en el desenlace. Quizá demasiadas contraindicaciones para un director que siempre ha sabido ser elegante y muy preciso, conectando siempre con un género que suele dominar con cierta altura y que, en esta ocasión, se pierde un tanto tratando de encontrar un equilibrio entre caso y persona. Y eso que las chicas, Maribel Verdú y Aura Garrido, dan lo mejor de sí mismas con un aire de vuelta de todo y de naturalidad urbana.
Las mujeres tienen una ventaja sobre los hombres a la hora de investigar. Son perseverantes y creativas. Huyen de los procedimientos habituales y tocan las hebras ignotas de la noche y de lo improbable. Goya se presenta como un móvil a tener en cuenta y el esperpento del coleccionista de arte toma un interesante cuerpo alrededor del misterio. Lo que no saben es que la insistencia es la mejor arma a la hora de saltar los muros de calles sin salida y que la traición, presente en todos los ámbitos, es mucho más fuerte en los altos ambientes del Barrio de Salamanca. La pintura se adentra en el espíritu y, por eso, los criminales pueden tirar de la fantasía que otros reflejaron. Sólo es necesario componer una perfecta puesta en escena.

miércoles, 23 de octubre de 2019

SANGRE FÁCIL (1984), de Joel Coen



El destino juega muy malas pasadas. A menudo, las personas son las que lo propician con sus actos, pero él va por libre y, si es necesario dar una vuelta de tuerca a los acontecimientos, lo hace. Un viaje en medio de una tormenta. Unas fotos indiscretas. Un marido loco de celos que contrata a un detective privado para que mate a los amantes. Un mechero dejado descuidadamente encima de una mesa y tapado con unos peces malolientes. Un disparo con la pistola de la mujer. Tres balas. El gatillo que se mueve sin resultado. Una luz encendida a destiempo. Un tipo que debería estar muerto y es enterrado vivo. El sur árido. Nada es casual. Los malentendidos se suceden. Él cree que ella es la asesina. Ella cree que él ha hecho algo malo. El amor imposible. El destino se ríe. Tan alto y tan fuerte como una mano atrapada en el quicio de una ventana. Nada sale como estaba previsto. Los amantes no estarán juntos. El marido no obtendrá venganza. El detective no conseguirá el dinero. Y la vida seguirá con ese afán por ser inescrutable, indescifrable, ininteligible. Derramar la sangre es muy fácil, sí. Limpiarla, no tanto.
El ritmo es tan pausado como esas líneas que engulle el coche a su paso por la carretera. Los silencios se suceden como los huecos vacíos del tambor de un revólver. La historia es terrible porque va dejando demasiados muertos y el destino ahí sigue, impasible, con media sonrisa y ojos crueles. Sin mover un músculo de más. Sin cometer un error de menos. Sí, porque en esta historia bastaría con que una sola cosa saliera bien para que todo lo demás fuera diferente. Así, huiría el fatalismo. Al final, sólo quedarán las lágrimas por haber desatado la burla del hado. Y ya no habrá nadie que quite la sangre que se ha derramado a espuertas.
La primera película de los hermanos Coen, de asumida modestia, delata ya la personalidad de unos cineastas únicos que, con muy pocos medios y muy pocos actores, urdieron una terrible historia de asesinatos y pasiones. Entre medias, ya asoman algunas constantes de su filmografía posterior. Las cañerías, la secuencia onírica de rigor, la introducción en la trama por parte de un narrador cualquiera, el asesinato inesperado que hace bajar las cejas fruncidas de inmediato, la corta inteligencia de sus personajes, el paisaje como protagonista y esa sensación que te dejan siempre de que no es necesario entender nada porque las cosas ocurren porque sí.
Además de todo ello, ya se intuye la gran actriz que ha llegado a ser Frances McDormand y hay excelentes trabajos por parte de Dan Hedaya y del estupendo Emmett Walsh en la piel de ese detective privado que no admite risas, desagradable en su aspecto y que exhibe el suficiente aplomo como para burlarse también de la muerte que a todos aguarda con una última carcajada. Quizá, después de verla, sea el momento de agazaparse y procurar pasar inadvertidos frente al destino cuando salga de caza. Es un rival temible.

martes, 22 de octubre de 2019

LA PIEL SUAVE (1964), de François Truffaut



Sé lo que sientes, Pierre. Acaricias su piel y es como si el mundo entero, con todas sus sensaciones, viniera a verte. El sentimiento de culpabilidad se deja atrás con tanta facilidad como la caricia que prodigas en la curva de sus piernas. Las manos ruegan por estar juntas, los labios desean encontrar el tope de sus anhelos, los ojos sólo quieren ver la complicidad que se emana en el aburrido París que te ha tocado vivir. Has escrito unos cuantos libros de éxito y eres un autor respetado en el mundo editorial. Te invitan aquí y allá, para que vayas a hablar sobre tal tema o a presentar cual película. Y ahí es donde perpetrarás el engaño aunque deberías saber, Pierre, que nada es como te lo imaginas. No podrás tener un rato de intimidad con la chica de tus sueños, con discreción y relajación, con la sensación de que el tiempo se escurre entre la suavidad de tus dedos. Igual que su piel. Su piel suave. El papel en el que ella escribe cuánto te quiere.
Sin embargo, calculas mal, Pierre. Cuando tu mujer te descubre, crees que aún tendrás un refugio al que ir y que deberás dar un paso al frente en una relación que, hasta el momento, sólo ha vivido porque era clandestina. Con todos sus errores e inconvenientes, era una relación ideal. No, Pierre. En el momento en el que te pones las gafas y haces planes de futuro, pierdes tu segunda opción. Y es entonces cuando el sentimiento de pérdida invade todo lo que haces porque te das cuenta de que has jugado muy mal tus cartas y la estabilidad ha huido y la aventura se ha fugado. Estás en tierra de nadie, tratando de encontrar unos brazos donde escribir tus siguientes líneas y el destino, trágico, implacable y mortal, te encontrará tomando un café y leyendo el periódico. Pasaste de una vida tranquila a una soledad abrupta, y de ahí a un final inesperado. Es como el amor que, en el fondo, transita desde la ilusión a la decepción, y de ahí a un vacío desolador. Aún tienes el tacto de su piel entre los dedos. Aún quieres la tranquilidad a un paso. Y no sabes moverte, Pierre, te tienen que empujar.
François Truffaut dirigió esta maravillosa historia de no amor porque, tal vez, sabía demasiado bien que ese Pierre Lachenay indeciso y voluble también era él mismo tratando de encontrar el auténtico rostro del amor. Así que, Pierre, no te preocupes. Se te retrató con la clara escritura de quien sabía de lo que hablaba y así todos supimos que las cosas no son blancas, ni negras, que sólo son blancas o negras dependiendo de nuestros propios actos y que el secreto no consigue apagar la conciencia de lo equivocado. Aunque la búsqueda sea inevitable.