viernes, 29 de octubre de 2021

EL ESPÍA (2007), de Billy Ray

 

Primero, todo se disfraza de una operación de seguimiento hacia un supuesto directivo del FBI que, con toda probabilidad, está pasando y consumiendo material pornográfico. Más tarde, todo encaja con mayor precisión. Ese tipo, ese jefe que siempre mira con cara de asco, que ordena todo con una precisión milimétrica y que desconfía de cualquiera que entre en contacto con él, está pasando información a los rusos. Los motivos son difíciles de determinar porque, en realidad, el fulano es un católico devoto que va a misa todos los días y que guarda una estricta fidelidad familiar. Su vida es un canon inviolable. Su mujer, sus nietos, su inamovible horario. No hay nada que haga sospechar que es un topo infiltrado. Y va a ser una prueba de fuego para un agente joven que quiere estar en primera línea, trabajando por su país en misiones de verdad, mucho más allá de simples operativos de vigilancia. Espiar es su profesión y quiere ejercerla en primera división.

Sin embargo, el espionaje nunca es algo agradable. Hay que traicionar, hurgar en secretos que, en el fondo, también violan algo de la intimidad propia, correr para que las cosas cuadren, improvisar en momentos de apuro, fingir algo que no se es e, incluso, aficionarse a los rezos. La confidencialidad de un trabajo tan delicado también acaba por afectar a la convivencia y urdir una traición acaba por ser un auténtico infierno moral y físico.

No cabe duda de que esta película se sostiene en diversos pilares de cierta solidez. Uno de ellos es la austeridad con la que está contada, acercando el fondo a la forma del personaje que interpreta, con su habitual solvencia, Chris Cooper. El despacho en un sótano, la sospecha de que se hace un trabajo que nadie quiere saber, el conflicto moral porque la visión se ve deformada por la apariencia son elementos que ayudan a que la historia tenga algún rasgo de sordidez ética, como si hacer justicia, en realidad, fuera lo peor. Ryan Philippe también realiza un excelente trabajo y no cabe duda de que, en algún momento, sabe transmitir esa sensación de tener la vida avasallada por un jefe que no deja de ser un tipo que catequiza a quien coge afecto. Aunque ese afecto, de alguna manera, también esté envenenado.

El director Billy Ray dirige con enorme contención esta película de espías que también se erige como un drama, insistiendo en las razones ocultas del traidor y en esa evidencia que acaba siendo, como siempre, la decepción. La rutina gris y totalmente carente de atractivo de un trabajo basado en la mentira y en el engaño puede llevar a la corrupción del pensamiento y eso es precisamente lo que el espía quiere evitar. La brecha emocional puede llegar a ser irreparable. Y se abre algo más que la propia carne. Se puede servir a un país sin llegar a participar de sus cloacas. Tal vez siendo un trabajador más en una oficina cualquiera que no requiera espiar al jefe de turno y arruinar toda su vida con lo que se pueda llegar a averiguar.

jueves, 28 de octubre de 2021

LA CRÓNICA FRANCESA (2021), de Wes Anderson

 

No hay ninguna duda de que es mucho mejor publicar una revista en Francia que en medio de Kansas porque todo el mundo sabe que allí, en la vieja Europa, es donde se da cita el deseo del turismo, el poder del arte, la auténtica progresía y la más alta de las cocinas. La muerte, sin embargo, es igual en todas partes. Así que es la hora de publicar un último número de esa revista absurda, ilógica y perpleja para honrar a su fundador. El pobre se ha ido de repente y la herencia es explícitamente de cerrojazo y buenos días.

Así que, de alguna manera, se nos van a contar visualmente los últimos artículos de tan espléndida edición. Las mejores plumas refugiadas van a escribir líneas maravillosas sobre sus temas preferidos. El problema es que la estructura de la película es brillante, pero lo que se cuenta no lo es tanto. Wes Anderson, con su habitual estilo plano y perplejo, nos irá desgranando el absurdo de esas eminentes teclas con unas historias que no llegan, que resultan plomizas y, ni siquiera, son demasiado graciosas. En algún momento, incluso, se puede adivinar algún que otro signo de arrogancia porque cree que, entre homenajes a Tati, a Hitchcock y a Hergé, es agudo e ingenioso y si el público no lo cree así, es que no entiende nada.

Sin embargo, Wes Anderson coloca algunas trampas, como es colocar toda una retahíla de rostros conocidos en las cuatro historias que narra, con sus correspondientes prólogo y epílogo, para rendir una especie de parodia ridícula hacia el llamado “creador” frente al testimonio de amor al cuerpo resultante del esfuerzo colectivo a la hora de la edición de cualquier publicación. El resultado es largo, bastante aburrido y un poco vacío de contenido. No todo puede ser envoltorio que, eso sí, en esta ocasión es maravilloso con su manejo de los colores, sus composiciones de plano casi pictóricas y sus idas y venidas entre los más variados recursos.

Ya se sabe que, en muchas ocasiones, el columnista de prestigio está algo falto de ideas y trata de hacer interesante y grandilocuente lo que es meramente anecdótico. Muchas líneas se rellenan con alguna que otra digresión, con detalles ilógicos y demás trucos del folio. Puede que, incluso, lo mejor se quede en la papelera. Son gajes del oficio. Es mejor no molestar demasiado a las plumas prestigiosas del exilio y dejar que sus cerebros funcionen con libertad. Lo malo es que no siempre la genialidad está dispuesta a dejarse ver en sus frases y en sus temas. Y el último número de esa publicación algo estrambótica que no permite llorar en el despacho del director sea enormemente intrascendente. Mientras tanto, las mismas firmas al pie, asistirán incrédulas a sus propias historias porque, al fin y al cabo, el hombre y la mujer son animales de emociones muy básicas que lloran, rara vez ríen, luchan y rara vez triunfan.

Además es fácil tratar de discurrir por los senderos de la visita, de la revolución, de la locura que suele ser el artista y de la operación culinaria que se monta para resolver un secuestro que también se adentra en el absurdo sin complejos. De algún modo, son tópicos de una idea de Europa que seguro que se aprecian en Kansas sin sorpresa ni perplejidad. La gente de Liberty, Kansas, disfrutará como un lector ávido de curiosidades europeas esta última crónica francesa. Al espectador que acude al cine le costará un poco más porque ya se sabe cuando se lee cualquier artículo. Si no te atrapa en las primeras líneas, se deja y se pasa a otra cosa… ¿Han llegado hasta aquí?

miércoles, 27 de octubre de 2021

LA TORRE DE LOS AMBICIOSOS (1954), de Robert Wise

 

Loren Phineas Shaw es un hombre práctico. Es el típico tiburón de las finanzas. Maximizará el beneficio reduciendo al mínimo los costes. La calidad, el prestigio, la imagen, la cuota de mercado…eso son conceptos que Shaw, sencillamente, no tiene en cuenta. Lo que verdaderamente hay que agarrar con fuerza son los números y cuantos más ceros, mejor. Si los beneficios se disparan, los Muebles Treadway se dispararán en Bolsa y entonces el dinero lloverá a espuertas. Tan fácil como eso. Rápido, fácil y cómodo. La inversión dará sus frutos y mientras los pobres incautos que se acerquen a cualquier tienda a comprar un mueble Treadway se llevarán un cachivache de una corta vida útil. Se siente. No haber comprado.

Frederick Alderson es el hombre para todo. El útil, el que siempre está dispuesto detrás de cada puerta. El que sabe qué necesita todo el mundo en el momento oportuno. Sin embargo, está seguro de que no está capacitado como para llevar un emporio como los Muebles Treadway. Eso era cosa del viejo, al que apreciaba mucho y, luego, trasladó el aprecio al Presidente Avery Bullard. Ahora ya no está y los peces están dando vueltas alrededor del barril. Se trata de que pique el adecuado, que es lo que hubiera querido el viejo. La cuestión es cómo hacerlo sin que se note demasiado. Tal vez haya que poner unas cuantas fichas sobre el tablero que no participan en el juego.

Josiah Walter Dudley es el vendedor colosal. Es el tipo que coloca la distribución de Muebles Treadway en el filo de una navaja y, aún así, es capaz de venderlo. Quizá sea un hombre sin demasiada imaginación empresarial. Puede que, incluso, tenga algo del empuje necesario para dirigir la empresa, pero le viene demasiado grande. No se puede exportar esa mentalidad de vendedor de coches de una tienda de carretera a una gran empresa empeñada en mantener sus beneficios y expandirse. No, Dudley no sirve, por mucho que lo parezca. Es un hombre rudo, sin demasiados conocimientos culturales. Sólo ventas. Vender. Ya está.

Jesse Grimm hubiera podido ser una baza segura para suceder al viejo. Pero a Jesse ya le han podido los años y, lo que es peor, todos los engaños que ha tenido que soportar a lo largo de una extensa carrera profesional. De despacho en despacho, tratando de ir con la sinceridad por delante, sólo ha recibido bofetadas. No ve la honestidad por ningún lado e, incluso, se avergüenza de su profesión. Tendrá que votar a Shaw porque no queda otro remedio. O eso o la empresa se va a pique. Claro que, con Shaw, sólo será una muerte lenta y financieramente prolongada. Los principios de Grimm están en un callejón sin salida.

George Nyle Caswell es el jugador de ventaja. Es el especulador nato. El individuo que vende un puñado de acciones en apalancamiento y luego saca un buen montón de cientos de miles de dólares creyendo que la astucia ha sido su única arma. Caswell va a tener que domar esa sonrisa falsa de hombre de negocios y congelarse en medio de su propia trampa. No va a tener más remedio. Los cheques se van a ir en dirección contraria.

Julia Treadway es la hija del viejo. No cree que haya nadie capaz de coger ese imperio mobiliario y ponerlo a trabajar como hizo su padre. Sólo lo hizo Avery Bullard y él ya no está. La tristeza la embarga y es incapaz de mover ficha porque sólo ve subrepticias trampas que van a ser aprovechadas por la fiera más devoradora como es la ambición. Ella ya no tiene ambición. Su padre se ha ido. Su amor, si es que se puede llamar así, también. Y no queda nadie al mando. Aunque, tal vez…

MacDonald Walling es el Vicepresidente de Investigación y Desarrollo. Es joven, tiene empuje e ilusión por ofrecer lo mejor al potencial cliente de Muebles Treadway. No quiere coger responsabilidades mayores porque tiene un hijo al que enseñar a jugar al béisbol y una esposa con la que desea estar el mayor tiempo posible. La ambición no va con él. Él tiene la honestidad y, sobre todo, la seguridad de que un trabajo bien hecho traerá, por similitud, beneficios a la empresa. Todo es calidad. Es prestigio. Y el dinero comenzará a llegar. Falta por saber si Walling tiene la energía suficiente como para quitarse de en medio ese mar de pirañas que se abre delante de él.

Robert Wise dirigió está espléndida película en la que su mayor virtud es el certero diseño de personajes de alta empresa y alrededores mientras se dirime la ansiada sucesión de un emporio mobiliario. El reparto es inmejorable: William Holden, Fredric March, Paul Douglas, Dean Jagger, Louis Calhern, Barbara Stanwyck, Nina Foch, Walter Pidgeon, June Allyson, Shelley Winters. Todos son nombres impresionantes para una película que pedía, por fin, que se pensara en el público, último consumidor de todos los productos que la alta empresa pone a nuestra disposición. En esta ocasión, la guerra está en la última planta.

lunes, 25 de octubre de 2021

TÚ Y YO (1957), de Leo McCarey

 

Leo McCarey sobrecoge el corazón y arranca de cualquier todas las emociones y sensaciones que están a medio camino entre el dolor y la dulzura. Sabe dirigir a dos actores fantásticos, dosificando la ternura de sus miradas, pero, cuando miran, parece que lo están haciendo directamente a los ojos de quien tiene el privilegio de verles. Se sufre como un condenado viendo a Deborah Kerr escondiendo lo que no se puede ocultar porque es una prohibición al amor y a la felicidad. Y no se puede más que acompañar a Cary Grant intentando descifrar el por qué de la ausencia de la mujer que ama en lo alto de un rascacielos que sólo existe en los sueños, pero que se alza, imponente, en la línea del cielo de Nueva York. ¿Por qué después de tanto buscar se niega lo encontrado?

Y quizá todo esto es porque la elegante, sobria y cuidada dirección de Leo McCarey hace que nos enamoremos de los dos y que la cámara sólo sea un ojo por el que asoman nuestras propias lágrimas, y que el color parezca de una suavidad tan cómoda como el permanecer entre los brazos de la mujer que se ama. Tal vez McCarey obró el milagro de hacer que la cámara mirase dentro de nosotros mismos, y que Grant y Kerr fueran los espectadores y que la mujer que amamos tenga un leve pestañeo de veinticuatro veces por segundo y se llamara cinema y cambie de rostro cada vez que volvamos a verla y caigamos en el embrujo de su atractivo en todas y cada una de esas veces.

Aquí, Leo McCarey nos hizo reír y llorar. Y tengo que pedir disculpas a aquellos que han escrito más sabiamente sobre él porque sé que estas líneas no aportan nada nuevo. Sólo es el torpe intento de conseguir una cita con él en algún sitio del cielo (para que él no tenga que bajar mucho, ni yo subir demasiado) para que me explique su forma de arrancarme una sonrisa y me descubra a dónde van a parar mis lágrimas.

Sólo porque ahí delante, en esta historia en la que dos personajes sin rumbo se conocen, se enamoran, se separan, se pierden e, inevitablemente, se recuperan, se entonó una melodía que podía estar hecha en clave de tú y yo. Con todos los instrumentos tratando de encontrar su aire y su mano maestra. Con todos los sentimientos intentando hallar una razón por la que seguir existiendo. Con todos los momentos pasados los dos juntos, haciendo de la vida, una eternidad, y de la eternidad, sólo una vida. Esa misma que hay que seguir viviendo pase lo que pase, con nuestros ojos entrelazados, con nuestros silencios elocuentes, con nuestros días repetidos y separados, con nuestros días diferentes y juntos. El amor es ese cazador furtivo que, muy a menudo, se esconde y se tapa con una manta para que no sea evidente que exista. Y está ahí. Esperando un último abrazo que no será más que el primero. Esperando una última mirada que siempre será la última.


viernes, 22 de octubre de 2021

EL PRECIO DE LA MUERTE (1968), de Carol Reed

 

Fingir la propia muerte tiene unos cuantos inconvenientes aunque, en principio, parezca la mejor solución para cobrar una póliza de vida de unos cuantos ceros. Sólo se trata de convencer, huir a España y esperar allí a la chica de tus sueños con un buen fajo de billetes que permita una muerte…digo, una vida cómoda y sin preocupaciones. Sin embargo, hay un pequeño problema. Un investigador de la compañía de seguros está dispuesto a jugar al gato y al ratón y también anda por los alrededores de Málaga. Es un tipo con cierta agudeza y consigue poner nervioso a Rex Black, que es el fulano que ha decidido poseer un certificado de defunción sin morir. Tanto es así, que hasta la chica parece que cae presa de los encantos del investigador. Cuidado. Así es cómo empiezan los incendios.

Y es que ella comienza a ver quién es realmente su marido cuando él cambia de identidad. Una contradicción causada, con toda probabilidad, por los números de la cuenta corriente. Antes de eso, era un hombre bastante honesto, con un cierto amor por el riesgo y apasionadamente enamorado. Después, ya se sabe, la ambición por querer más es algo que acaba por destruir cualquier personalidad. En las cercanías, ese molesto investigador que siempre hace unas preguntas que hacen pensar que sabe más de lo que parece y que pone nervioso al más osado. Y no deja de ser un atrevimiento invitar al tipo que te investiga para compartir el sol español, el mar apacible y la apariencia de ser un australiano que se ha enamorado de la viuda reciente.

Totalmente olvidada, Carol Reed dirigió esta película que combina con rigor el suspense y el humor, con tres intérpretes eficaces y, de alguna manera, divertidos como Laurence Harvey, Lee Remick y Alan Bates. Un triángulo de difícil solución si la meta es el dinero. Con estupendas localizaciones en Málaga y rodada en un esplendoroso color, quizá sea un relato tortuoso sobre el alcance de la redención, o sobre los peligros de compartir unos días de vacaciones despreocupadas con el hombre que te persigue, o sobre la felicidad que siempre causa la infelicidad de otros. Es hora de ponerse bajo el sol y ver la dirección que toman los cangrejos y disfrutar de una película que contiene grandes cantidades de energía.

Siempre es atractivo ver cómo alguien juega en tono bajo mientras el ratón se vuelve cada vez más oscuro y agresivo. Hay que ir con mucho cuidado. Cualquier paso en falso se puede girar en contra. Está muy lejos de esa obra maestra que es El tercer hombre, que también dirigió Carol Reed, pero no deja de ser una historia que divierte en todas sus facetas, con la ambigüedad presente en buena parte del metraje. Quizá haya alguna que otra incoherencia en el argumento, pero eso se disculpa con facilidad. No como una póliza de seguros en la que hay que insistir en sus circunstancias porque no es ninguna broma lo que se cobra. Puede que las arenas de playas españolas tengan un buen puñado de respuestas para que la estafa se aclare de una forma que nadie espera.

jueves, 21 de octubre de 2021

EL BUEN PATRÓN (2021), de Fernando León de Aranoa

 

Quizá no haya ninguna duda de que, detrás de esos intentos de amistad y de ese ensayo de paternalismo algo irritante que exhiben algunos empresarios, siempre está la sonrisa del dividendo. Todo por el bien de la empresa que, al fin y al cabo, es la casa de todos y el lugar donde confluyen los intereses de unos y de otros. Eso también incluye el hecho de que hay importantes vueltas de tuerca atribuibles a las personas bajo su mando. Lo que comúnmente viene siendo la sempiterna tocada de narices, por no decir algo peor.

Y esa imagen de razón, de comprensión algo forzada, de tiempo perdido en beneficio de un mejor y mayor rendimiento, tiene un límite. Llegado determinado momento, el poseedor del capital irá a la raíz del problema y tratará de ponerle fin como sea, aunque tenga que tragar sus raciones de cesión, también por no decir algo peor. Claro que, en muchas ocasiones, él mismo se lo busca. Menos amistad, menos paternalismo y más justicia porque la erótica del poder esconderá todos los sentimientos. Los de los subordinados y los suyos. Y esa represión nunca es buena. Lo dicen las horas echadas en busca de un euro más, o de un reconocimiento más, o de una buena porción de vanidad.

El director Fernando León de Aranoa no desaprovecha la oportunidad para que siempre se tenga la sensación de que, tras esa máscara de amabilidad, tras esa búsqueda desesperada de la palabra adecuada para cada situación, existe un cinismo que bordea lo pecaminoso. Para ello, cuenta con la colaboración de un Javier Bardem que resulta divertido en algunos momentos y que se acerca peligrosamente a los registros de un Anthony Quinn moviéndose por trechos incómodos y convincentes. En algún momento parece que se entretiene en asuntos sin demasiada importancia, pero el conjunto no deja de ser una especie de tragedia con una cuenta de explotación cómica. Y es que la tensión empresarial por ensanchar el horizonte de los resultados a través de subvenciones y prebendas es muy tentadora en determinadas circunstancias.

Así que más vale hacerse valioso de alguna manera porque, si no es así, cualquiera puede convertirse en un elemento prescindible. Y a veces, incluso, en un estorbo. Por el camino habrá alguna que otra treta para extraer información, perplejidad a raudales porque, muchas veces, se oye la misa a medias y, desde luego, un buen puñado de versiones de hechos tergiversados que siempre juegan a favor del más poderoso. Eso sí, sin dejar de tomar unos cuantos gin-tonic, un cafetito de vez en cuando y  alguna juerga a cargo del presupuesto. Los dividendos son así de caprichosos.

La música interpretará un papel fundamental en la función porque la realidad, sin melodía, es sólo el oficio de protestar en balde. Las balanzas deben estar calibradas, equilibradas y dispuestas, aunque escondan algún que otro proyectil y más de un defecto del siempre veleidoso devenir empresarial. Son muchas voluntades encontradas y los fallos sólo se permiten hasta cierto punto. Y que cada uno se apañe como pueda, señores. Sólo faltaría que, además de pagar un sueldo, y seguros sociales, e impuestos de renta y de sociedades, también haya que ocuparse de los problemas personales de cada uno para que vayan contentos a trabajar. Dentro de una familia, todos van encantados de la vida, porque se crean vínculos muy fuertes. Todos los que emanan del artículo treinta y tres.

miércoles, 20 de octubre de 2021

EL PRESIDENTE (1961), de Henri Verneuil

La soledad en la cima puede ser utilizada de maneras muy diversas. El ex presidente Beaufort pasa sus días en el campo, intentando acabar alguno de sus libros de filosofía o, tal vez, dar rienda suelta a sus recuerdos en unas inacabables memorias. Uno de sus sueños cuando se dedicaba a la política, era crear una unión política europea, pero esa iniciativa no tuvo ningún apoyo entre sus colegas. La inteligencia, a pesar de la edad, no le ha abandonado y la relación con uno de sus oponentes, Chalamont, ha sido difícil porque, a pesar de que era un hombre competente, se oponía con frecuencia a su idea de Francia. Beaufort era uno de esos oradores que siempre tenía la palabra justa en el momento adecuado. Un político que ya no existe. De alguna manera, él siempre trató de unir su idealismo con la realidad, algo que, normalmente, no se empareja con demasiada facilidad. Ha sido un hombre al que siempre le gustaron los riesgos y, quizá, eso es precisamente lo que le llevó a ocupar el lugar más alto. La salud ya está huyendo de su cuerpo y, quizá, haya tiempo para un último discurso, unas últimas palabras que calen con profundidad en la gente que espera, al fin y al cabo, que los dirigentes de un país solucionen muchos de sus problemas.

Beaufort sólo estuvo casado durante diez años, pero mantuvo un romance de cuarenta años con su amante, y ésta no fue otra que Francia. Chalamont estuvo a punto de descarrilar la recuperación del país después de la Segunda Guerra Mundial. Quizá haya que pensarse los legados que se dejan antes de que la salud termine por irse. Beaufort ha visto de todo a través de tantos años entre los pasillos del poder. La dificultad de que un continente que ha optado siempre por la guerra llegue a un entendimiento, la inexistente moral de muchos políticos que tratan de esconder detrás de un discurso vacío y estúpido, tomando a los ciudadanos por bobos sin dirección, la especulación salvaje que se da en los escaños de la Asamblea Nacional con el único fin de mantenerse en las entrañas de la clase dirigente…La venganza, en realidad, siempre es un plato que se sirve frío y, allí, en la campiña, el ex presidente Beaufort tramará su resonante venganza. Quizá sea algo efímero, que perdure durante unos pocos días, pero será recordado como el último acto de un hombre que siempre se preocupó, de verdad, por su país.

Jean Gabin realiza un papel gigantesco en esta película basada en una novela de Georges Simenon, pero aquí no hay más misterios que la propia astucia política y el llamamiento moral a preocuparse de verdad por los problemas de una nación. Y se puede hacer, a pesar de la cantidad de intereses que forcejean en direcciones contrarias, desde la integridad. Ejercer la oposición cuando es necesario, no por defender posiciones ideológicas que sólo buscan propaganda. Estar de acuerdo cuando se trata de unir criterios, trabajar juntos, remar en la misma dirección. Tal vez, vivimos tiempos en los que hombres como Beaufort ya no existen, ya no están, y ni siquiera se les espera.