viernes, 29 de abril de 2022

CÓMO CONQUISTAR HOLLYWOOD (1995), de Barry Sonnenfeld

 

Es una pregunta interesante. Y la respuesta es bien sencilla. Miradme a los ojos. Simplemente se trata de aplicar el día a día a los negocios del cine. Básicamente, un productor es un tipo que trata de buscar dinero para llevar a cabo determinada inversión. Para ello, se busca una historia que contar, un fulano que quiera dirigirla y un actor con tirón. El resto es historia. La gente pasa por taquilla y a cobrar. Es como cuando se invierte algo de pasta en una casa de mal vivir, o en un negocio de polvo blanco. Se reúne el dinero, se recluta a alguien para dirigirlo y, luego, eliges los actores. Si además de todo eso unimos una bolsa con algo de guita, entonces ya tenemos el cuadro completo. Hollywood es una jungla, hermano, y hay que explorarla hasta que ya no se le pueda sacar más jugo.

Chili Palmer es un tipo listo que, en el fondo, sólo se traslada a Hollywood con sus elegantes camisas de seda negra para cobrar una deuda pendiente. Sin embargo, allí, más que en ningún otro sitio, la deuda se puede convertir en un buen montón de ceros. Miradme a los ojos. ¿Creéis que os estoy mintiendo? ¿Y qué es el cine? Un puñado de mentiras contadas con clase. Se trata de convencer a otros, mover el intelecto y ponerse al servicio de un negocio. Nada más que eso. No obstante, Chili tiene una virtud muy importante. Es un cinéfilo irredento. Es capaz de irse a ver Sed de mal  y de reconocer algunos de los diálogos de Río Bravo sin ver ni las imágenes. Eso no es muy corriente en un mando intermedio de los negocios turbios. Ya es hora de que se aclaren esos negocios. La chica, el oportunista, el caprichoso actor que quiere parecerse a Robert de Niro, el mafiosillo de la nariz rota varias veces, el tipo que quiere que su dinero sea devuelto…Están todos. Es un magnífico escenario. El sol se filtra a través de la combinación y parece que destapa a los más frusleros. Hay que saber de lo que se habla.

No cabe duda de que John Travolta es el perfecto mafiosillo de tres al cuarto que ve la oportunidad de sacar la mayor ventaja posible a la meca del Cine y que está muy bien acompañado por Gene Hackman, René Russo, Danny de Vito, Delroy Lindo y ese actor tan poco valorado y siempre con un punto atinadamente ridículo como Dennis Farina. La dirección de Barry Sonnenfeld es ágil, meridiana, con un especial énfasis en las cosas que suelen dejar perpleja a la mayoría, no tomándose la historia demasiado en serio, pero consiguiendo una película divertida, bastante superior a su secuela, Be Cool, y con algunos detalles que dan ganas de enfundarse también en una camisa de seda negra y ser parte del universo de ese Chili Palmer que pone el negocio patas arriba. Quizá ése sea el secreto de cómo conquistar Hollywood. Ir allí, miradme a los ojos, dadme un buen guión, unos cuantos billetes en una bolsa y ya tenemos el próximo éxito comercial haciendo chiribitas en los ojos de la gente.

jueves, 28 de abril de 2022

EL HOMBRE DEL NORTE (2022), de Robert Eggers

 

Ser o no ser, ésa es la cuestión. ¿Qué es lo que tiene que elegir un hombre? ¿Preferir las flechas de sus enemigos o el cariño de sus más allegados? Eterno dilema en aras de la venganza que sólo hace más difícil el tránsito hacia el Valhalla. Entre las brumas de las aguas del Norte y la rabia interior de un destino que se evaporó entre la bestialidad, se halla un corazón que sólo conoce la herida y que, cuando encuentra la verdadera razón de existir, tiene que renunciar para asegurar un futuro de estirpe. Mal compañero es el oro de la corona, pues siempre se afana en buscar las debilidades para que la sangre corra y empape la verde tierra.

Quizá la respuesta a todo se halle en las mismas puertas del infierno, donde se remueve la derrota y la rabia. Demasiadas furias desatadas para que el acero corte el aire y la carne con la razón como destino. Lo que fue ya no es y todo lo que parecía bueno se torna en malvado. Es como si toda la brujería que rodea a los valientes se hubiera congregado para organizar una orgía de fuego y desprecio. La venganza se debe digerir con lentitud, en compañía del sufrimiento, para que más largo sea su sabor cuando llegue el momento. Ese mismo que marca la espada que se niega a salir de su vaina.

Robert Eggers es otro de esos nombres que despiertan pasiones no demasiado justificadas porque suele traicionar las reglas del juego que él mismo propone. En esta ocasión, todo tiene un tono más coherente, aunque irremediablemente brutal y recreado en una violencia que, a veces, se antoja algo derrapada. Es evidente su inspiración en el Hamlet, de Shakespeare y que bebe de otros realizadores que se han adentrado con destreza en los terrenos de la espada y la brujería como John Milius. Hay escenas espléndidamente rodadas, con especial atención a los duelos de escudo y hierro y sobresaliendo la bellísima secuencia final. También destila ideas visuales de muchísimo interés. Sin embargo, no es esa obra maestra que algunos quieren ver. Aquí hay un fallo bastante notable en el apartado interpretativo. Anya Taylor-Joy consigue salir airosa de un papel que podría haber resultado ridículo, Alexander Skarsgard, como el protagonista, alterna momentos mejores y otros que merecen muy poco la pena, destacando la insistencia en aparecer encorvado para subrayar la condición fingidamente servil de su personaje. Nicole Kidman, sencillamente, está muy mal. No consigue transmitir el valor que se le supone a su carácter y se derrumba estrepitosamente cuando debe sacar vísceras para expresar, acusar y rogar. Y eso sí, hay mucho grito. De esos que abren las puertas del Valhalla a base de alaridos, de esos insistentes para que todos sean muy, muy feroces.

Y es que asistir al banquete de Odín no es nada fácil para los guerreros que sólo conocen la vida a través de la fuerza. La traición nunca prospera, dijo una vez un sabio. Más que nada porque, si prospera, nadie se atreve a llamarlo traición. Así que es mejor ajustar cuentas con el destino, asegurar que la dinastía se perpetúe y llorar una última lágrima para cabalgar por última vez por los cielos y estar sentado en la mesa de la eternidad. Al fin y al cabo, el infierno puede estar construido a base de ambiciones, de dudas, de envidias, de venganzas, de iras y de odios. El infierno, ése que también abre sus puertas con sus lenguas de lava y tradición trasnochada, podemos ser nosotros mismos. Mientras tanto, los cuervos tratarán de desligarnos de la tortura de vivir para darnos cuenta de que el único paraíso es la muerte. 

miércoles, 27 de abril de 2022

FREUD, PASIÓN SECRETA (1962), de John Huston

 

John Huston era un hombre de una inteligencia extraordinaria. Cuando llegó la hora de abordar una película sobre Sigmund Freud, no se entretuvo con una mera transcripción hagiográfica, glosando las glorias y los logros del mayor renovador de la historia del psicoanálisis. Planteó todo como una apasionante historia de detectives psicológicos, tratando de encontrar razones para el trauma, explicaciones para el sueño reiterado, atención a los detalles que se quedan grabados en el subconsciente y, como un investigador privado, Freud une las piezas y resuelve el misterio. Al fondo, sin prestar demasiada preponderancia, también se halla la rebeldía del personaje, que lucha por sus revolucionarios métodos frente a una sociedad médica anclada en la tradición y en la creencia de que la histeria es sólo un problema que generan algunas personas que sólo quieren ser el centro de la existencia ajena. Desechando un guión previo de Jean Paul Sartre que el propio Huston calificó de galimatías, y con una sombría puesta en escena que enrarece la atmósfera por momentos, el director invita al público a sentarse en la oscuridad y emplear la razón para encontrar una salida al laberinto mental de una enferma que fascina al eminente médico austríaco. Las explicaciones, hoy en día, pueden parecer de una simpleza extraordinaria y ni siquiera es necesario estar de acuerdo con ellas, pero no cabe duda de que, en sí mismas, contienen la importancia y la validez de unos métodos aún primarios, pero enormemente innovadores en un campo donde la medicina se había estancado con premeditación.

Montgomery Clift, al contrario que otras actuaciones suyas de la época, resulta convincente, menos vacilante, más decidido en su encarnación del prestigioso psiquiatra. Tal vez porque él también, en ese instante, estaba luchando contra sus propios demonios, pero su interpretación es sorprendente, muy intuitiva y descubriendo una nueva luz sobre un personaje histórico que, en muchas ocasiones, ha sido tratado bajo demasiados clichés prefabricados. Al fin y al cabo, el cine siempre se mueve en unos cuantos tópicos que deben ser explicados en un limitado período de tiempo y, en esta ocasión, Clift consigue salvar esos obstáculos creando algo nuevo, original y, tal vez con la rara excepción de la estupenda creación que hace Alan Arkin en Elemental, Doctor Freud, de Herbert Ross, un trabajo muy creíble en la piel del primer galeno que se atrevió con la hipnosis como terapia y con el raciocinio como lema.

En esta ocasión, Freud es más un genio incomprendido que un hombre desesperado por expandir sus ideas. Por supuesto, hay simplificaciones, atajos, falsas pistas y algún que otro detalle sobre el que se pasa sin ningún énfasis, pero es un caso práctico de todo lo que revolucionó el estudio de la mente humana en una época en la que todo parecía mentira, todo era fingimiento y todo se iba viniendo abajo piedra a piedra. El médico vienés se atrevió a descubrir uno de los lados del alma humana persiguiendo una verdad que nadie podía desvelar sin tapujos. Y también tuvo que escalar paredes demasiado verticales para llegar a una conclusión satisfactoria dentro del enigma que se esconde en el interior de cada uno de sus pacientes.

martes, 26 de abril de 2022

DESPERTANDO A NED (1998), de Kirk Jones

 

La suerte ha caído justo en mitad de la Isla de Man. Y, claro, entre tan pocos vecinos, las posibilidades de saber quién ha sido el afortunado, se reducen considerablemente. Así que hay que partir a la busca del poseedor del boleto de la Lotería Primitiva. Y Jackie O´Shea está dispuesto a ganarse la confianza del tipo en cuestión porque, al fin y al cabo, los vecinos y los amigos también tienen derecho a disfrutar de un pellizco. Jackie incluso organiza una fiesta con el afamado pollo de su mujer, Annie, para interrogar a los potenciales ganadores y así tener una noticia fiable sobre el ganador. Sin embargo, no está allí. Sobra un trozo de pollo y esa es la prueba definitiva. El que no ha ido es el suertudo. Y ése es Ned. Pero Ned no está. Ned está muerto. Y está en su casa, enfrente del televisor, con el boleto en la mano, con una sonrisa en la cara y el cuerpo bien frío. Así que hay que reclamar el premio con otro Ned porque, antes de morir, se había asegurado de escribir su nombre en el justificante y, por supuesto, el propietario tiene que estar vivo. Los acontecimientos se suceden. Ned es Ned, pero no es Ned, es Michael. El supervisor de loterías se desplaza hasta la isla y trata de establecer la identidad del ganador, pero avisa de que va a preguntar en el pueblo. Así que Jackie, que, en el fondo, es una excelente persona, también hace partícipe al pueblo. Entre todos, se repartirán el premio. Y ya está el lío montado. Habrá que ir desnudo como una manzana sobre la moto para llegar a tiempo. Habrá que acallar a la bruja que desea más la venganza que el dinero. Habrá que hacerse pasar por Ned incluso en su funeral, porque, en la idea más brillante de Jackie, el muerto va a ser Michael. Y todo en ese entorno en que el mar lame las rocas, el verde inunda los ojos y la bondad se extiende entre la gente que realmente se aprecia.

Con excelentes trabajos de Ian Bannen, David Kelly y Fionnula Flannagan, no cabe duda de que Despertando a Ned es una película divertida, relajada, tierna y agradable. La dirección de Kirk Jones es medida en la comedia y justa en la sensibilidad y, de alguna manera, convierte al espectador en un habitante más de ese pueblo llamado Tellymore, irlandés hasta la médula y paradisíaco hasta en la lluvia. Por detrás de todo el entramado, que, en realidad, trata sobre quedarse un premio que no pertenece a nadie, está la seguridad de que la gente buena existe, de que no hay ninguna mala intención salvo la de traer algo más de felicidad a unas personas que no piden demasiado a la vida y que Ned, en el fondo, con su sonrisa pétrea, le hubiera gustado compartir ese dinero con sus amigos de toda la vida.

Así que hay que comprobar bien los números y tomarse las cosas con calma. La suerte siempre se detiene en quien menos la espera y, en realidad, Ned estaba solo en la vida… ¿o no? Da igual. En Tellymore se sabrá todo, se repartirá todo, se reirá mucho y el sabor a cerveza negra será lo habitual mientras se comprueba que Ned es Ned…aunque, a lo mejor, no lo sea.

viernes, 22 de abril de 2022

AMBULANCE: PLAN DE HUIDA (2021), de Michael Bay

 

Por alguna razón ignota, hay un cierto sector del público amante del cine de acción que siente verdadera reverencia por un cineasta como Michael Bay cuando, en realidad, es una de las mayores mediocridades que ha dado el cinematógrafo. Circula la leyenda urbana de que Bay es el hijo bastardo de John Frankenheimer, quizá para establecer un cierto paralelismo con la maestría de su supuesto padre. Evidentemente, quien dice eso, o ha visto muy poco cine de acción o no tiene ni idea de quién fue uno de los directores más destacados de la generación de la televisión.

En esta ocasión, Michael Bay vuelve por sus fueros con una historia que no se la cree ni el hijo del Duque de Feria en pleno viaje alucinógeno. Se pueden aceptar algunas de sus premisas, aunque, en ningún caso, esa realización caótica, que lo fía todo al espectáculo siempre y cuando no se coloque nadie en el límite de la exigencia. Un atraco de furgón y zapatazo que, si se mira un poco, importa más bien nada, se convierte en una huida alocada por las calles inundadas de sol de Los Ángeles, con extraordinarios delirios como realizar una operación a bazo abierto con la ambulancia inmersa en plena persecución, o ingenuos intentos de humor salvaje a través del personaje prácticamente bipolar que encarna Jake Gyllenhaal al que, por otra parte, hay que reconocerle un ímprobo esfuerzo por aportar algo de calidad al conjunto. El resultado es una mareante sucesión de planos en los que la cámara no para quieta, se retuerce hasta límites insospechados, con grandes incoherencias de continuidad y, por supuesto, estúpidos lances que guardan el hecho narrativo en algún lugar desconocido de la última ingestión de psicotrópicos.

Lo que pasa es que Bay, eso sí, no es demasiado tonto y lo salpica todo de precipitación para que el espectador menos exigente sólo se centre en los continuos destrozos, persecuciones desbocadas y disparos sin demasiada tregua. Así, los errores parece que no existen y los tremendos estudiosos del cine saludan el regreso del director después de su etapa, más bien vergonzosa, como responsable técnico de la saga de Transformers. Incluso, en un alarde creativo, Bay se atreve a colocar uno o dos detalles de cierta originalidad que apenas duran unos segundos. Al final, el público obtiene su descarga de adrenalina, la película gustará a quien tiene poco olfato y todos contentos y felices con coches volando, muros destrozados, operaciones vía telemática, dilemas morales de patio de jardín de infancia y un montaje con planos de milésimas de segundo mientras la cámara sigue con su enfermedad de Parkinson. Eso sí, viendo esto uno se da cuenta de la grandísima escena de tiroteo que Michael Mann llegó a rodar en Heat a la que, esos mismos adoradores de esta nada trepidante, critican porque los héroes son demasiado perfectos.

Así que hay que abrocharse bien los cinturones. Sobre todo porque, aún estando quietos en la butaca, uno se puede precipitar al vacío con tanta acción vertiginosa sin más sentido que el de un viaje que, muy previsiblemente, acaba como se espera sin olvidar el detalle de la introducción de la corrección política de turno, no sea que se vea en el fondo el tono algo condescendiente y conservador que Bay ha destilado a lo largo de toda su obra. La película, al igual que el atraco, es de furgón y zapatazo. Y más vale acertar con el zapatazo porque, si se intenta buscar algo positivo en el asunto, el encuentro con los dólares empaquetados se va a hacer esperar más que un perro pachón tumbado en el asiento de atrás de un coche de la policía. 

jueves, 21 de abril de 2022

PARÍS, DISTRITO 13 (2022), de Jacques Audiard

Seres perdidos en junglas de cemento frío que esconden su personalidad en la impasible modernidad. Seres obedientes a sus deseos más profundos que navegan a la deriva porque no encuentran un corazón en el que amarrar. Seres de nada y viento que destacan por su superficialidad y su apatía porque su dolor se esconde tras una leve sonrisa, su pasión se oculta a la sombra de una mirada sin expresión, su destino se resiste en el blanco y negro de una vida anodina.

Son seres que aprovechan las oportunidades sin pensar demasiado en las consecuencias, que dicen lo primero que se les viene a la cabeza porque ése es el deseo que anida en sus pensamientos inmediatos, aunque mañana el arrepentimiento pueda condicionar sus gestos. La auténtica verdad se escapa por los resquicios de la comodidad, de la necesidad de no complicarse demasiado. Y así se salta de nido en nido, sin responsabilidades, sin ataduras, sin que un minuto siga a otro. No hay poesía en todo ello. Sólo prosa que, a menudo, ofende. Saben que la estupidez abunda y que ellos la alimentan. Saben que el largo día acaba y que el resultado suele ser cero.

Bandear no suele ser el mejor estilo de vida, por mucho que se quiera disfrazar de comportamiento liberal y moderno. Lo que hoy se disfruta, puede acabar al minuto siguiente para buscar otra motivación. Y nunca es suficiente. No vale fiarlo todo al oleaje de la piel, al sexo para llegar a una meta que siempre se encuentra más allá. Todo se deja atrás mientras todo se ofrece por delante. París sin torre, sólo con cristal, sol y lluvia sobre la huida. Todo estará repleto de errores y sólo cuando las cosas encajen debidamente habrá un ligero, tenue y casi ridículo intento de felicidad. Mientras, el deseo seguirá jugando con su burla. Y será difícil librarse de su abrazo.

Jacques Audiard sorprendió a medio mundo con Los hermanos Sisters y, ahora, vuelve al terreno más urbano para narrar las idas y venidas de unos personajes leves, ciertamente aburridos, moralmente reprochables, intelectualmente ahogados. Con una espléndida fotografía en blanco y negro, es posible que la originalidad presida toda la historia, pero, en resumen, lo que le ocurra a estos náufragos de la acera importa más bien poco. Quizá se pueda comprender sus irresistibles ganas de no salir de su zona de confort, pero, con mirada lúcida, no deja de ser un retrato cosmopolita, políticamente muy correcto, que resulta débil desde la base porque apenas hay humor y sí mucha crueldad aplicada con relatividad. Por el camino, Audiard nos enseña alguna historia que no lleva a ninguna parte, que no tiene incidencia directa en la trama, con reacciones pretendidamente liberales cuando, en realidad, son comprobadamente viles. Y es que no hay nada peor que jugar con la ilusión, porque se matan sueños, se confunden ideas, se pierden rumbos y desaparecen presencias.

Así que ahí van unos cuantos traumas bien empaquetados. Con su miedo a la estabilidad, como si eso pudiera ser una forma de vida aceptable e, incluso, divertida. Y sólo se acoge esa estabilidad en el momento en que no hay ninguna salida más. El mundo se hace cada vez más pequeño, las paredes se estrechan, las profesiones se degradan y el tren sigue pasando y deteniéndose en los mismos lugares. Algunos se suben mientras otras deciden quedarse en el andén. Y las olas que se erizan en el agua de la piel se convierten en una forma de vida que sustituye la eterna sensación de vacío.                                                                     

miércoles, 20 de abril de 2022

MALAS INFLUENCIAS (1990), de Curtis Hanson

No basta pronunciar la palabra “amigo” para que haya una verdadera amistad. Mucho cuidado, porque sociópatas hay en todas partes y, quizá, en un local de copas alguien finge defenderte y lo que hace es invadir tu espacio vital. Y comienza la caída a un pozo sin fondo de dobles sentidos, triples intenciones y cuádruples maldades. Las malas influencias pueden ser decisivas. No sólo en el ámbito privado, sino también en cualquier otro aspecto de la vida. La elegancia y sentirse a gusto no lo es todo. Se trata de no perder la conciencia de que las personas debemos convivir unas con otras de la mejor manera posible. Y el que no lo asimile, tiene un problema.

El amigo tóxico encontrará el mejor lugar en aquel otro que delate sus inseguridades. Se aprovechará de ellas al máximo y tratará de modificar cualquier comportamiento que impida llegar a sus objetivos. En todo ello, puede que haya un implícito deseo de llevar la vida de mal chico deseado por todas las miradas. O, incluso, una cierta atracción por esa tensión soterrada que siempre se intuye y nunca se manifiesta. Las relaciones entre hombres siempre son complicadas y más si se trata de parecer el más conquistador de la fiesta. Nada como ser natural. Eso desarma a cualquiera. Y es el arma más fuerte contra los devoradores de la personalidad. Háganme caso. Hay muchos sueltos.

Curtis Hanson dirigió con soltura esta estupenda película de suspense con dos actores que dan lo mejor de sí mismos como James Spader y Rob Lowe. Quizá, la simple mención de este último sea suficiente como para echar para atrás cualquier intención de verla, pero está realmente bien en la piel de ese sociópata que tarda mucho en descubrir su juego y que se hace irremediablemente atractivo para cualquiera que tenga una personalidad con fisuras. Hay situaciones realmente buenas, en las que las intenciones soterradas guardan una importancia fundamental y en las que también se halla una parte de las sobrevaloradas apariencias que cualquier joven con ínfulas de éxito desea ofrecer. Por supuesto, el crimen hace su aparición y ya es demasiado tarde para todo. Sólo cabe enfrentarse al demonio y esa decisión no es fácil para quien se ha dejado comer el interior.

No basta con abrir los ojos para poner fin a las pesadillas. Tal vez porque, demasiado a menudo, uno se encuentra con la maldad sin motivo, aquella que sólo está porque se disfruta y es muy difícil apartarla de la vista. La ansiedad del hombre moderno es el mejor campo para sembrar dudas y la amistad, aunque a veces se crea lo contrario, es muy inestable porque se fija en aquellos puntos a los que nadie más presta atención. Por supuesto, el sexo ayuda en los momentos más estratégicos. Y la intrínseca condición humana no puede dejar de disfrutar cuando alguien que acaricia el éxito se hunde sin remedio. El cuento moral se dibuja en el fondo de un vaso de algo fuerte. Y las amistades peligrosas están ahí mismo, a la espera, con un codo apoyado en la barra de algún antro acostado en plena noche.