viernes, 30 de septiembre de 2022

EL INFORME PELÍCANO (1993), de Alan J. Pakula

 

Todo empieza casi como un juego, o como un mero afán de impresionar. Una alumna de Derecho quiere impresionar a su amante y profesor y elabora una intrincada teoría en la que expone los motivos y los posibles culpables del asesinato de dos jueces del Tribunal Supremo. La historia puede ser verdad. La historia puede ser mentira. Y, sin embargo, la chica da en la diana. Acierta con todo. La teoría, vista en frío, puede incluso ser bastante ridícula, pero es cierta. Y están implicadas unas cuantas personas importantes. Entre otras, el mismo Presidente de los Estados Unidos. Ya se sabe. Intereses creados, deudas impagadas, financiaciones de rostro legal e intención ilícita, corrupción, poder…Todo cambia porque un asesino profesional entra en juego. Ella intenta confiar en alguien, pero, uno a uno, todos los que merecen su confianza van cayendo eliminados. Hasta que encuentra a un periodista llamado Gray Grantham, uno de esos tipos a los que sólo les interesa la verdad, y contarla.

El peligro acecha detrás de cada rincón. Grantham admira el tesón de la chica, su capacidad investigadora, su inteligencia evidente. Sin duda, está indefensa porque la inteligencia rara vez puede parar las balas, pero sí puede evitarlas. La sangre corre con facilidad y los perseguidores son insistentes. El informe Pelícano es un problema de los grandes. Si la Casa Blanca niega lo que en él se dice, tendrá que dar explicaciones que no puede dar. Si lo acepta, será culpable de un buen puñado de ilegalidades bastante graves. La política es el arte de guardar el equilibrio entre lo malo y lo peor y este Presidente está al borde del fascismo. No se puede jugar con la justicia. Y mucho menos utilizarla como diana.

Lo que más impresiona de esta película, aparte de la luminosa sonrisa de Julia Roberts, es la meticulosa dirección de Alan J. Pakula. A poco que se pueda prestar atención, se cae en la cuenta de que no hay ni un solo plano de más, de que todas las situaciones están milimétricamente rodadas, de que el suspense se administra con un gran sentido del ritmo y de que, más allá de diálogos y de hechos, el espectador sabe dónde se encuentra en cada momento, por qué molesta tanto un informe hecho de cualquier manera y hasta qué punto las esferas del poder son capaces de remover el cieno para conservarlo.

Por supuesto, Pakula, un hombre que siempre destacó por su inteligencia, también se rodea de un espléndido reparto de secundarios que incluye nombres como Sam Shepard, James Sikking, Robert Culp, John Lithgow, Stanley Tucci, John Heard, Tony Goldwyn o el ya anciano Hume Cronyn. Nombres que quizá no son de primerísima línea si los comparamos con la propia Julia Roberts y con Denzel Washington que, en esta ocasión, se limita a ser eficiente y a actuar en un tono menor dejando la parte del león a su compañera. El resultado es una película que llega a ser apasionante y absorbente, con algunos momentos de enorme altura cinematográfica que, curiosamente, pasan muy desapercibidos para la gran mayoría. Quizá de la misma manera en la que un informe redactado por una estudiante debería haber permanecido en el fondo de un cajón para no provocar a los lobos.

miércoles, 28 de septiembre de 2022

MODELO 77 (2022), de Alberto Rodríguez

 

En una época de indecisión en la que un país todavía no tenía ni idea de hacia dónde podía dirigir sus pasos, en el que había demasiadas anclas enterradas en una época oscura donde se dio poder a unos cuantos funcionarios públicos que lo ejercieron con crueldad, como jueces, magistrados, policías y funcionarios de prisiones, siempre se olvidan a los colectivos más marginales, a aquellos que parece que no existen aunque estuvieran encerrados en esas cárceles grises de desagradable recuerdo. Desangeladas y amarillentas, con mucho ladrillo visto y poca vida sentida, ahora pueden ser monumentos para recordar de que hay muchas cosas que nunca debieron ocurrir.

Y es que, en esa época precisamente, parece que el tiempo se detuvo. No había mucho futuro porque, prácticamente, se desconocía la palabra. Y todo había que lucharlo porque se necesitan altavoces para hacer saber cuáles eran las necesidades después de cuarenta años de silencio y de represión. Es cierto que se decretó una amnistía para los presos políticos, y que nunca se hizo lo mismo con los presos comunes. Era justo no encarcelar a nadie por sus ideas. Y también era justo una revisión profunda del sistema penitenciario y de la ley penal para adecuar los delitos a las condenas. No se puede juzgar igual dentro de un régimen represivo que en democracia, aunque fuera una palabra que no tuviera ningún significado intrínseco para muchos.

Siendo muy pequeño, recuerdo que, no sé por qué, un día estuvimos con la familia en los alrededores de la cárcel de Carabanchel. Mis tíos vivían por la zona y yo me planté, llevado por la curiosidad de mis cinco o seis años al pie de uno de sus muros. Quise atisbar lo que había al otro lado, lo que, por otra parte, era del todo imposible, pero sí pude ver entre las rejas de una ventana minúscula unos brazos que asomaban con tranquilidad como si estuvieran tomando el sol. No sé por qué, aquella imagen se me quedó grabada. Y también recuerdo cómo, de alguna manera inexplicable, volví triste a casa.

El tándem formado por Alberto Rodríguez y Rafael Cobos vuelve a sorprendernos con esta película que, más que un drama carcelario, se erige como una historia de trasfondo social ligeramente apuntada hacia la post verdad. Desde luego, hay que destacar el trabajo de Javier Gutiérrez, preso resabiado y al borde de la decepción, y el de Miguel Herrán, un chico que está madurando con un físico muy interesante y con un sorprendente dominio de miradas. La película tiene momentos brillantes, otros no tanto, en algún pasaje es ligeramente cansina y no concede demasiados respiros al espectador. Por supuesto, con habilidad, Rodríguez y Cobos deslizan homenajes muy sugeridos a otros clásicos del tema como La evasión, de Jacques Becker; o El hombre de Alcatraz, de John Frankenheimer; o, incluso, Cadena perpetua, de Frank Darabont, o Un condenado a muerte se ha escapado, de Robert Bresson. El resultado final es aceptable, pero no impresionante. Y podría haberlo sido.

Entre sus virtudes, sin duda, habría que destacar que los presos, que en algún momento parecen todos buenas personas, también ejercen su código de justicia particular que lleva al traste algunos de sus planes colectivos, restándoles fuerza y no dejando toda la responsabilidad en la formación de una democracia que, como todas, nació imperfecta, que aún arrastra muchos errores, pero que, de alguna manera, también devolvió mucha ilusión en unos días en los que el tiempo se detuvo. Para los presos. Para los ciudadanos. Para todos.

EL FESTÍN DE BABETTE (1987), de Gabriel Axel

En la rígida moral protestante, no cabe el disfrute de nada terrenal. Ni siquiera cuando hay unos cuantos manjares dispuestos encima de la mesa. Esta europea continental que se ha instalado entre estas buenas gentes cree que provocando unos cuantos gemidos de placer culinario va a pagar todo cuanto se ha hecho por ella. Y lo que va a hacer es poner el pecado al mismo borde los labios y en el mismo centro del estómago. No, no puede ser. Ha ganado un premio en la lotería y lo quiere gastar poniendo encima de la mesa unos cuantos platos para que todos caigan en la gula, en la despiadada e infame ansia de comer. Nadie en su sano juicio podrá hacer ningún comentario elogioso hacia lo que ha cocinado. Lo contrario sería atentar contra las buenas costumbres y contra el mismo Dios. Templanza, recogimiento, represión. Esas son las soluciones. Nadie le hará un feo, pero nadie se va a deshacer de gusto.

Claro que siempre hay algún elemento ajeno que rompe toda disciplina. Y no deja de ser paradójico que el susodicho sea un militar. Es un hombre que ha viajado por toda Europa y es posible que haya estado en algunos lugares ignotos donde la tripa ha pedido siempre más. Puede que incluso reconozca alguno de esos elaborados platos que la francesa pretende servir con primor, pero ese señor es casi tan extranjero como ella y se atreve, con una inusitada osadía, a comentar lo bueno que está esto, o lo arrebatadoramente exquisito que está esto otro. Habráse visto. Un hombre tan acostumbrado a la disciplina, cuyo modo de vida debería ser cuasi espartano, es incapaz de mantener la boca cerrada. Malditas costumbres continentales. Fuera hace mucho frío y el horno no está para bollos. ¿O sí?

Con un estilo casi ligero, rodeado de una falsa y ridícula trascendencia, Gabriel Axel dirigió esta película que se degusta como un género exquisito de alta comedia crítico-costumbrista, poniendo en solfa los pretendidos valores morales de aquellos que callan lo que piensan en aras de una estúpida creencia que no les va a llevar más cerca de ninguna parte. Los platos de Babette se suceden con maestría y los comensales experimentan un placer casi sexual al degustarlos, pero con la espartana obligación de callar en una demostración de grotesca austeridad inasequible a la alegría de vivir. Stephane Audran, con movimientos medidos y manteniendo una seriedad que siempre hace equilibrios con la perplejidad, realiza una interpretación muy contenida y acertada. Y es que es lógico pensar, cuando pones toda tu sabiduría en el sabor, que los invitados están descontentos cuando nadie dice ni esta boca es mía. ¿O sí?

Así que en una noche de invierno inolvidable, no habrá hambre ante el arte y el olor a guiso parece elevarse por encima de las imágenes, con el calor del fogón poniendo de su parte ante tanta aparente indiferencia. Al final, parecerá que el licor digestivo también ha trabajado duro y los convidados vuelven a sus casas con calefacción incorporada. Es lo menos cuando han practicado aquello de que la oveja que bala, bocado que pierde. ¿O no?

lunes, 26 de septiembre de 2022

LOCK AND STOCK (1998), de Guy Ritchie

Provocar una reacción en cadena por apostar más de la cuenta en una partida de cartas. Surrealista. Eso sólo puede pasar en los bajos fondos ingleses. A partir de ahí, todo un rosario de personajes impensables pasan con sus historias entrecruzadas, a cada cual más grotesco. Sí, los más inocentes son esos cuatro chicos que quieren algo de pasta, se envalentonan y caen en la trampa del mafiosillo de turno que tiene un truco audiovisual para jugar sobre seguro. Y lo peor de todo es que, si no pagan, pierden el bar del padre de uno de ellos y un dedito por cada día de retraso. Es decir, tienen veinte días para hacer efectivo el pago antes de que tengan que andar con suelas de monstruo. Y hasta que caiga el primero (seguro que van a por el pulgar, los muy cerdos), sólo seis días. Y es un montón de pasta. Así que no hay nada como escuchar por las paredes y aprovecharse un poco de otros tipos que son tan duros como ridículos. Claro que por ahí también va a andar un sicario que no soporta que digan palabras malsonantes delante de él. Curioso. Y, por otro lado, hay un par de escopetas que pasan de mano en mano y que son del año en el que el Capitán Kidd abordaba a los navíos en pleno océano. Y un traficante de drogas un tanto particular, unos cuantos cultivadores de marihuana más colgados que una percha, un apostador más torpe que un dedo anular (es que estoy obsesionado con los dedos), un par de ladronzuelos baratos que no saben ni hablar…Esto es Londres, muchachos…aquí todo se mueve por dinero. Y, al final, todo quedará en un vilo imposible con la boca ocupada y las manos negociando.

Guy Ritchie comenzó con su estilo particular con esta película que marca el principio de muchas otras. Con un reparto que, más tarde, se convirtió en habitual, y un ágil estilo que busca la sorpresa en la tipología más que en las situaciones, hay que reconocer que, entre un poco de sangre y unos cuantos puñetazos, sabe sacar las sonrisas con cierta maestría de marginal algo fumado. Y la fórmula funciona. Porque, al fin y al cabo, todos estos individuos que tratan de conseguir dinero fácil, invariablemente, tiran por el camino más difícil. Aunque la suerte tenga mucho que ver en ello.

Así que es el momento de estrujarse los sesos y estar atento en la trayectoria de la fatídica bolsa llena de tantas libras que se pierde la cuenta. En una de estas, te encuentras a un policía y todo se va por el desagüe al Támesis. Y se trata de llenarse los bolsillos a la par que se liquidan deudas. Un peligroso castillo de naipes que se derrumbará en cuanto alguien haga algo imprevisto. Y todo este muestrario de inteligencias cortas y armas largas aman lo imprevisto más que cualquier otra cosa. Y, eso sí, no hay que olvidar guardar algo de ética. Eso, incluso en el mundo del hampa más callejera, es imprescindible. Es notable. Es palpable. Y es posible.                                                                            


viernes, 23 de septiembre de 2022

HUÉRFANOS DE BROOKLYN (2019), de Edward Norton

El síndrome de Tourette es un trastorno nervioso caracterizado por movimientos repetitivos y sonidos indeseados incontrolables. Y, no nos engañemos, eso es un inconveniente bastante grande para un investigador privado a finales de los años cuarenta, cuando ni siquiera se tenía conciencia de que existía tal enfermedad. A Lionel le llaman monstruo o cosas parecidas desde que era un niño y creen que su inteligencia está tan descolocada como sus nervios. Y ya se sabe. Es muy peligroso fiarse de las apariencias porque Lionel es extraordinariamente inteligente y tiene una memoria prodigiosa. Todo eso va a ser clave cuando su jefe, un tipo que ha cuidado de él y de sus compañeros desde que eran niños en un orfanato, muera de un disparo. Habrá que saber en qué estaba metido. La policía está fuera de juego y parece que hay un entramado de intereses que oculta un racismo extremo. Lionel va a tener que meter las manos en el fango. Y mucho cuidado, porque en uno de sus movimientos inesperados, puede salpicar.

Así que Lionel, en homenaje a quien realmente fue su padre, va a intentar destapar todo el asunto. La corrupción política, el jazz y las palizas en los callejones se van a entremezclar con un buen puñado de equívocos por culpa de su maldito trastorno. Lionel lucha para controlarlo, pero Bailey, su yo interior, no hace más que salir a la superficie. Nada va a ser espectacular, porque todo concluirá con una promesa de una vida tranquila y con un pacto imposible, pero Lionel Essrog tendrá que jugarse mucho el tipo. Algún negro creerá que husmea donde no debe, unos matones le acosarán en momentos muy escogidos y el amor merodea intentando posarse en sus nervios. Tal vez ése sea el mejor remedio para todo.

Edward Norton escribe, dirige e interpreta de forma notable una película que, aunque peca de algún momento de irregularidad, destaca por su elegantísima banda sonora, su espectacular fotografía y su extraordinaria ambientación. Si a eso le sumamos un reparto que incluye a Bruce Willis, Bobby Cannavale, Willem Dafoe y Alec Baldwin, la película pasa la prueba sobradamente. La trama, retorcida en el vientre más negro, es interesante y absorbente y Norton sólo se distrae más de la cuenta con los momentos románticos, que alarga innecesariamente perdiendo el ritmo. Aún así, Lionel Essrog, su personaje, termina por ser apasionante, sorprendente, con regusto a asombro y con mucho estilo.

Así que es el momento de dejarse inundar por el humo flotando en un club de jazz con el sonido de fondo de una trompeta quejumbrosa, de aspirar el perfume de una mujer que se antoja irrepetible y sin dobleces, de juntar las piezas de un rompecabezas que, como bien dice el protagonista, “no hace más que darme dolores de cabeza, especialmente a mí”, de estar atento a las espaldas, de controlar el espasmo, de pagar una vieja deuda, de conseguir quitarse de encima la etiqueta de monstruo y de encontrar a algunas almas en el camino que merecen mucho la pena. Brooklyn y sus luces difuminadas parecen mirar con más brillo que nunca en la noche eterna de una música que sólo se intuye. Y así es como un detective privado empieza a tirar de la madeja.

 

miércoles, 21 de septiembre de 2022

LA CASA ENTRE LOS CACTUS (2022), de Carlota González-Adrio

 

Puede que allí, en medio de ningún lugar, haya habido la necesidad de poner cactus alrededor de una casa para que hagan la función de una alambrada de púas. A salvo de curiosos y de necios, aislarse es una solución para que unas chicas no conozcan nada del mundo. Nada de lo bueno. Nada de lo malo. Así la inocencia continuará intacta con el paso de los años. Lo único que hay que hacer es mantener escondidas las púas en las raíces de la situación. Lo demás es sólo la vida. Aunque sea algo mutilada.

Entre la vegetación exuberante y el calor del verano, se suceden los juegos y las apariencias. Una maestra, un teatrillo para dar rienda suelta a la creatividad, algunos discos, los años setenta pasando con lentitud. Todo parece estar en orden a pesar de que todo se base en el caos y en la pérdida. Hasta que aparece un desconocido que mira y observa, que hace todo lo posible por permanecer en la casa, con un propósito escondido, con unas intenciones oscuras.

La verdad puede aparecer en unos titulares, en un coche que debe desaparecer, en unas miradas que sólo juegan al temor de ser descifradas porque se hizo algo realmente malo, por mucho que haya dado lugar a muchas cosas buenas. La felicidad, en ocasiones, escoge caminos realmente tortuosos para sobrevolar y hacer un amago de posarse. En esta ocasión, también ella va a quedar herida con las punzantes agujas de la planta del desierto. Y más aún cuando, por el mismo discurrir del tiempo, las preguntas comienzan a aparecer como si fueran flores de cactus, en la madrugada, efímeras, pero hirientes.

Muchas razones deberían aducirse para que esta película quedase relegada a un intento, más o menos honesto, pero tremendamente fallido. Una de ellas puede ser la errática dirección de Carlota González-Adrio que decide ponerse la cámara al hombro incluso en las escenas más pacíficas. Tal vez habría que echar mano más de la estética y menos del academicismo propio de las modernas escuelas de cine. También es muy discutible la elección de ese color desvaído, intentando acentuar la levedad de los años setenta en medio de un paraje natural que merecería exhibirse en toda su belleza. Y otro error, aún más importante, es la continua obsesión por confundir lentitud con tensión. No es lo mismo. Como tampoco lo es equiparar el ritmo excesivamente pausado con la incertidumbre. Sobran subrayados sobre la inquietud que acaece sobre los protagonistas de la historia porque está todo muy claro, por mucho que se quiera conectar con honradez con el espectador. A su favor, sin duda alguna, se halla la naturalidad de Ariadna Gil, siempre con el tono de voz perfecto, con un timbre de ensueño, con una economía de gestos que ayuda entre esa confusión de movimientos de cámara. El resultado final es una película morosa, pesada, ciertamente aburrida, por mucho que su punto de partida sea atractivo. Quizá porque el pretendido misterio se descubre demasiado pronto y la eficacia de las púas pierde fuerza.

Así que no queda más que intentar elucubrar con algunas razones y tratar de esquivar el oportunismo del tema. Ni siquiera la banda sonora de Zeltia Montes ayuda a saltar sobre las carencias de la película. Su pretendida disonancia de cuerdas acaba por ser bastante soporífera y ni siquiera el consolador final consuela a un espectador que llega agotado de planos de pensamiento, de miradas temerosas y de púas por doquier. Más que nada porque parece que saltan y se clavan en la butaca intentando recordar que, en el fondo, la verdad es algo que sólo interesa a los que sufren la mentira.

ALMA EN SUPLICIO (1945), de Michael Curtiz

Sí, sé que he cometido demasiados errores. He abandonado al hombre que realmente me quería. He jugueteado con otro. Creí enamorarme de un tercero que sólo se sentía atraído por mi chequera. Y, sobre todo, he asumido las culpas que no me correspondían. Tal vez porque, cegada por el amor, creí que mi primera obligación como madre era proteger a mi hija. Y he ido más lejos de lo permitido. He preferido mirar hacia otro lado, creyendo que en ella habitaba algo más que el capricho pasajero y la sensación, siempre efímera, de poder. Ella cayó por un abismo y yo pensé que debía recogerla antes de que llegara al suelo. Y me equivoqué. Totalmente. Sin paliativos. Debí echarme atrás, dejar que ella tomara sus responsabilidades, guardarme la facilidad de extender billetes para su seguridad, olvidarme de los atajos hacia el cariño y la protección. Ella prefería las tinieblas. Y yo, siempre y sin descanso, he buscado la luz.

Así que, al final de todo el periplo del sufrimiento y la incredulidad, he querido pagar por sus pecados. La quiero. No puedo evitarlo. Sin embargo, ella no quiere a nadie. Sólo quiere satisfacer su necesidad más inmediata para, a continuación, darse cuenta de que no es suficiente y buscar lo siguiente, lo que la hace ir un poco más allá, lo que consigue drogarla con ansias de poder, como si fuera un amante insaciable llamado ambición y que no es más que la falta de realización personal compensada con una crueldad inusitada. Las lágrimas han abierto sus surcos y ella me mirará con desprecio. Aunque sea mi hija. Aunque todo lo que hice, lo hice por ella.

Joan Crawford y Ann Blyth son la cara y la cruz de esta alma en suplicio que descubre la miseria y la grandeza de una mujer. Por el camino, ambas se encontrarán con unas cuantas piedras con forma de hombre que se irán apartando por su fuerza y su tesón, tratarán de aprovecharse de ellas y, por supuesto, tontearán con la devoción de una de ellas. Michael Curtiz dirige con su habitual sobriedad en una historia en la que Raymond Chandler también colaboró en el guión de forma no acreditada. Y así, todos, nos llevan en un viaje hacia el coraje, hacia la valentía, hacia la decepción y hacia la pérdida. Todo irreparable. Todo insuperable.

El destino se va construyendo entre copas y las palabras suelen ser falsos vestidos de gala para una intención mucho más inconfesable. No hay nada como decir todas aquellas que los demás quieren oír. Volarán y se introducirán. Y se harán verdad sólo porque el que escucha desea que sea así. Mientras tanto, se irá un paso más allá en busca de un modo que, inevitablemente, pasará por una pizca más de maldad. Hasta que ya no haya final del camino y se convierta en un modo de vida tan deleznable como aparentemente seguro. Lo demás es mejor dejarlo en el ánimo de la generación anterior. Esos que se contentaban con una noche larga, una sonrisa conquistadora y un reflejo de felicidad. Ahora todo se cuenta por ceros. Y el día acabará vencido ante tanta conspiración.