viernes, 28 de octubre de 2022

LA PIEL DEL TAMBOR (2022), de Sergio Dow

La fe es un estilo de vida que se quebranta cuando ocurren sucesos que alteran su propia esencia. Unos asesinatos bajo una virgen cuajada de lágrimas, un deseo de esconder los secretos bajo las siempre falibles sotanas, una mujer que guarda más promesas en sus ojos que las que se describe en el camino de la creencia, una presión sobre una futura operación inmobiliaria. Cosas mundanas que compiten con un sentimiento divino y que resultan inusitadamente poderosas porque la fe puede ser grande, única, guía y verdad, pero es irremediable en su debilidad, en su naturaleza rompible, en su condición inasible.

Todo ello bajo la égida de una iglesia que parece cometer ella misma unos crímenes que parecen el castigo por la profanación de un suelo sagrado. Quizá por eso se envía a un sacerdote que destaca por su discreción y su elegancia y, sobre todo, por saber qué es lo que hay que hacer en cada minuto del misterio. Sin embargo, entre todas esas cualidades, también tiene plena certeza de que la fe, si se desea su supervivencia, tiene que respirar en el silencio y grabarse de forma invisible en la tira de papel del alzacuellos. Nada es infalible. Nada está escrito. Y las pasiones humanas siempre giran en torno de una Iglesia que está formada por humanos.

Así que hay que moverse en el calvario de los intereses creados, como si fuera algo irrebatible que el diablo suele vivir debajo de unos cuantos ceros. Mientras tanto, se restaura para mantener la idea de que algunos hicieron verdaderas obras de arte inspirados por la fe, o se vende porque hay que renovar las viejas estructuras, o se corrompe para volver a resucitar ideas aterradoramente caducas y sangrientas. Esos intereses no se mueven sólo en el mundo seglar, sino también en nombre de la santidad. Y eso lleva al descreimiento, a la pérdida de un buen puñado de valores, religiosos o no, a caer en las tentaciones más diversas. Desde llenar los bolsillos a perderse en los ojos que son pequeñas muestras de las aguas del Guadalquivir.

El director Sergio Dow incurre en varios errores a la hora de adaptar el libro de Arturo Pérez-Reverte más allá de la fidelidad al original literario. Uno de ellos, sin duda, es la auténtica falta de carisma de su protagonista, Richard Armitage, en la piel del sacerdote Lorenzo Quart. Sin embargo, acierta con la elección de Amaia Salamanca para dar vida a Macarena Bruner. Por otro lado, no cabe duda de que se toma unas cuantas licencias totalmente permisibles al adaptar la historia tecnológicamente, consiguiendo algunos momentos realmente efectivos dentro de una trama que se enreda peligrosamente haciendo perder, en determinados pasajes, el hilo al espectador menos avezado. Y, en general, el conjunto parece adolecer de cierta falta de fuerza, como si le faltara empuje, como si tratara de absorber y, en realidad, lo único que consigue es embarullar. Sin embargo, hay que aplaudir esa presentación, tremendamente cuidada y, por supuesto, el soporte secundario que proporciona un actor veterano y bastante sabio como Paul Guilfoyle, visto en mil películas, que consigue ser ambiguo, sereno y bastante convincente. Muy bien, por otro lado, el trabajo de Alicia Borrachero, intenso y calmado, descriptor de muchas canas en su pelo negro de yeso y paciencia.

Más allá de todo eso, hay un intento loable por hacer de Sevilla un personaje más de la trama con sus calles, sus panorámicas y su ambiente. Y resulta bastante chocante el papel reservado a Jorge Sanz, matón de taberna, pretendidamente temible y con apenas dos líneas de diálogo. Es como pedir el silencio a gritos. 

jueves, 27 de octubre de 2022

MIRA CÓMO CORREN (2022), de Tom George

Cuando los ratones merodean el queso, siempre hay alguno que se lo lleva sin hacer saltar la trampa. Y eso es lo que ocurre cuando algún roedor avispado se toma la justicia por su mano y elimina a un afamado director de Hollywood que se ha exiliado en Londres por culpa de la famosa caza de brujas emprendida por el Comité de Actividades Antiamericanas. Así que lo mejor es ponerse a investigar un crimen que sabe a té con una nube de leche, por favor. Todos son sospechosos y habrá que estar muy atento a los detalles.

A pesar de que todo gira alrededor de la adaptación al cine de la afamada obra La ratonera, de Agatha Christie, aquí no hay ningún Hércules Poirot ni ninguna Señorita Marple para llevar el caso. El capitán de las pistas es un tal Stoppard, un tipo bastante pasado de rosca, que exhibe su andar cansado mientras, de paso, también da muestras de estar bastante harto de la maldita eficiencia británica. A su lado, tiene una ayudante que vale su peso en oro, pero que, para no ser menos, también lo apunta todo y no duda en precipitarse en sus conclusiones. Es un té perfecto. Algo amargo. Nada serio. Y con un punto de homenaje y otro de parodia.

Por supuesto, como sospechosos, hay una serie de personajes que existieron realmente como el actor y, posteriormente, director Richard Attenborough, dibujado aquí con una mezcla de petulancia y pose, o el productor John Woolf que, años después, llevaría adelante una modélica versión de Chacal bajo la dirección de Fred Zinnemann. Por estar, hasta podemos comprobar el par de tornillos que le faltan a Agatha Christie en una reunión final en la que se dirime al culpable. Mientras tanto, Stoppard y su ayudante deambulan por Londres, se toman una pinta o dos, siguen pistas un tanto dudosas y, al final, caen en la cuenta. Todo alrededor de una ratonera que trata de atrapar a unos cuantos ratones que no son demasiado inteligentes y dentro de una historia que no deja de ser ficción de arriba abajo.

La dirección corre a cargo de Tom George con algunas virtudes muy destacables, como su sobriedad y su especial cuidado en la ambientación. Sam Rockwell, en la piel del Inspector Stoppard, está gracioso de sonrisa y algo enigmático en intenciones. Saoirse Ronan acaba por ser irremediablemente encantadora en su ingenuidad eficiente y la película se podría definir como más delirante que Puñales por la espalda y menos loca que El juego de la sospecha. El resultado es aceptable, sin disparar todas las balas, pero siempre con media gracia delante y algo de interés por detrás. Al fin y al cabo, atrapar a un ratón suele tener su punto.

Y allá vamos con unos cuantos minutos de diálogo, no especialmente brillante aunque con algún que otro hallazgo, con retratos que rozan lo grotesco dentro de ese entramado de intereses que se teje dentro del mundo del espectáculo y, por supuesto, con una cierta elegancia en su intento de valorar el trabajo femenino en una época en la que no era lo normal. La agente Stoker, interpretada por Ronan, tiene mucho mérito. Más aún Agatha Christie con su capacidad impresionante de inventar crímenes para luego resolverlos con sorpresa incluida. Los hombres, por otro lado, pecan de torpes, no demasiado brillantes, con adaptaciones de la obra de Christie cambiando el final, pero amagando con la original. En definitiva, un juego sobre quién lo hizo que no hace más que redundar en esa idea de que vista una película u obra de estas características, vistas todas. O tal vez no. Lo mejor es poner la trampa y esperar a que aparezcan los ratones.

miércoles, 26 de octubre de 2022

ATAJO AL INFIERNO (1957), de James Cagney

De vez en cuando, el cine trae alguna sorpresa inesperada. En esta ocasión, se trata de la única película como director de James Cagney que, además, es versión de aquella otra titulada El cuervo,de Frank Tuttle, y que supuso la primera y afortunada reunión entre Alan Ladd y Veronica Lake. No cabe duda de que las hechuras de esta película son de serie B, empezando por un reparto encabezado por William Bishop, fallecido poco después del estreno, experto jinete en paisajes baratos del Oeste; Yvette Vickers, un año más tarde muy conocida por ser la protagonista de El ataque de la mujer de cincuenta pies; Georgann Johnson, felizmente en activo con una larguísima carrera en la pequeña pantalla; y Robert Ivers, quizá el mejor de todos ellos, actor de corta filmografía y largos villanos que se centró, sobre todo, en la televisión. Cagney sabe que la ambigüedad del personaje protagonista, interpretado por Ivers, es el mayor activo de la historia. Al fin y al cabo, es un asesino al que le encargan dos trabajos y le pagan con dinero marcado. La traición está servida y el profesional de las armas tratará de buscar venganza entre los de su misma calaña.

Basada en un relato de Graham Greene, Cagney se ocupa en mostrar a ese asesino en su lado más impasible y, al mismo tiempo, da razones al espectador para intuir el sufrimiento que le acompaña en su interior. No es un novato, pero no es tan abrumadoramente impasible. Con ese papel que él hubiera interpretado con los ojos cerrados, Cagney muestra simpatía aunque, en su contra, juega, quizá, la dirección algo rutinaria y previsible, pero hay un par de excelentes escenas de acción, una más que aceptable dirección de actores con un material bastante corto, y la certeza de que Cagney sabía lo que estaba haciendo a cada minuto. Sólo aceptó dirigir el guión como favor a uno de sus mejores amigos, el productor A. C. Lyle.

Sé que los más curiosos que no conocen la película podrán entretejer la sospecha de que, tal vez, este esfuerzo de James Cagney podría ser una joya escondida como en su momento fue La noche del cazador, de Charles Laughton. No. No es tan buena. Ni tan rompedora. Ni tan tenebrosa. Ni tan atinada. Es una película hecha con esmero, con poco metálico y bastante ingenio, que se adscribe dentro del género negro con comodidad y que, en todo momento, es bastante consciente de sus limitaciones. Merece ser descubierta, pero no es una obra maestra ni de lejos. Es trepidante y de cierto ritmo, con motivaciones claras y resultados algo más que aceptables. Es Cagney tratando de sacar algo de un saco prácticamente vacío. Nunca más volvió a ponerse tras las cámaras. Siempre dijo que no estaba interesado en la dirección, que aprendió de muchos porque veía lo que hacían, pero que no estaba hecho para narrar historias. Él era la historia.

Así que es posible que sea agradable acompañar al protagonista en su atajo al infierno. El cargador está a punto y ese individuo, Kyle Niles, debe cumplir con su trabajo y también con su moral. En ese punto, puede que asistamos a una imposible mezcla entre Elisha Cook Jr., y James Dean, pero eso tendrán que juzgarlo los mismos que saben que, por mucha piedad que inspire, el diablo está esperando al asesino.

 

martes, 25 de octubre de 2022

ANGELA LANSBURY: LA DAMA DE PICAS

 

Con un estilo que oscilaba entre el sano desenfado y la abyección más corrompida, Angela Lansbury fue una figura de prestigio dentro del ámbito cinematográfico aunque no fuera en primera línea. Su tirón en las tablas, interpretando los más diversos papeles, fue fruto de su enorme versatilidad. Capaz de bailar con elegancia, de cantar con su inconfundible acento inglés y paseando estilo de señora de café y tostada, fue una actriz que, si bien no ocupó nunca el trono de reina, sí que fue una de las más destacadas damas de picas de la corte.

Su debut no podía ser más prometedor. Nancy, la criada algo analfabeta que se gana los cariños de su señor como venganza hacia la clase alta representada por Ingrid Bergman en Luz que agoniza ya hacía presentir no sólo que podía ser una malvada de altura, sino que también sería una maestra en el arte de la sugerencia. Fue un extraordinario comienzo coronado con una nominación a la mejor actriz secundaria que revalidó con otra película en la que cambiaba de registro, pero en el que también sugería tanta ingenuidad como atracción por lo siniestro en El retrato de Dorian Gray, de Albert Lewin.

Con esas dos perlas en su filmografía, Angela Lansbury no necesitaba desarrollar una carrera cinematográfica brillante para mantener su posición privilegiada en Hollywood. Sin embargo, aún no tuvo ningún reparo en encarnar a Kay Thorndyke, la sutil manipuladora política que trata de hacer de Spencer Tracy un político corrupto a la vez que siembra discordia en su matrimonio con Katharine Hepburn en la estupenda fábula del poder que es El estado de la unión, de Frank Capra, toda un retrato de la conciencia en una clase dirigente que destaca por la ausencia de ella. Sus maneras, siempre elegantes y medidas, le proporcionaron el papel de la Reina Ana en la adaptación de George Sidney en Los tres mosqueteros, con Gene Kelly en la piel de D´Artagnan, y no dejó de enfundarse túnicas y velos para deambular por los ambientes bíblicos de Cecil B. de Mille en Sansón y Dalila.

Los años cincuenta fueron una década de enorme popularidad para ella porque comenzó a decantarse por sus trabajos televisivos, dejando de lado su carrera en el cine. Después de un papel de aviso en El largo y cálido verano, de Martin Ritt, pisó realmente fuerte con su creación de la señora Eleanor Shaw en la muy inquietante El mensajero del miedo, tratando de controlar a su propio hijo, Raymond, en todos los sentidos, incluso ése. Terriblemente manipuladora, cruel y traidora hasta la exasperación, Angela Lansbury compuso uno de sus mejores papeles en esta excepcional película de John Frankenheimer en la que no dejó de repetirnos que Raymond Shaw, su hijo, es la persona más gentil, valiente, cálida y el mejor ser humano que nunca podríamos conocer en la vida.

Después de este papel, sin embargo, no consiguió realizar películas de cierta categoría hasta ocho años después en la que la Walt Disney Pictures la reclama para encarnar a la inefable Eglantine Price en La bruja novata, una especie de recordatorio de Mary Poppins con más humor, más canciones y más magia. Y aquí es donde descubre sus dotes para el musical que fueron ampliamente explotadas en los escenarios. Casi de forma consecutiva estuvo presente en los musicales Mame (conocida en su versión cinematográfica con el título de Ante todo mujer, con Lucille Ball en el papel que ella interpretó sobre las tablas), La loca de Chaillot (sustituida por Katharine Hepburn en su versión cinematográfica), Gypsy (que interpretó Rosalind Russell) y Sweeney Todd. Todos ellos éxitos superlativos que cimentaron su fama de gran dama del teatro.

Volvió a ponerse delante de las cámaras en 1978 con la adaptación que John Guillermin realizó de la novela de Agatha Christie Muerte en el Nilo, encarnando a la excéntrica señorita Salomé Otterbourne y no dejó escapar la oportunidad de ponerse al frente de un reparto que incluía a Rock Hudson, Tony Curtis, Geraldine Chaplin, Elizabeth Taylor, Kim Novak y Edward Fox para encarnar a la señorita Marple en el misterio, también debido a la pluma de Agatha Christie, El espejo roto, probablemente una de las más creíbles interpretaciones de la vieja señorita aunque la película, en este caso, resultó muy floja.

En los ochenta siguió alternando sus trabajos televisivos con el teatro y apenas se la pudo ver en cine, salvo en En compañía de lobos, de Neil Jordan, y ya en el 91 poniendo voz a la inolvidable señorita Potts de La bella y la bestia. Su éxito mundial se produjo con las diferentes temporadas de Se ha escrito un crimen, dando vida a la escritora e investigadora Jessica Fletcher durante ocho temporadas y 264 episodios. Y aún nos dejó un regalo de despedida que podremos apreciar con su breve aparición en la segunda parte de Puñales por la espalda.

Con Angela Lansbury, se ha ido mucho más que la decana del cine y uno de los signos femeninos más elegantes de la historia. Se ha ido una grandísima actriz, capaz de afrontar cualquier papel que se le pusiera por delante, dando un poco de clase a esa baraja de la que ella formaba parte con distinción. El cine, hoy, sin ella es algo más incompleto y, sobre todo, mucho más vulgar.

viernes, 21 de octubre de 2022

INDISCRETA (1958), de Stanley Donen

 

Todo ocurre porque dos rectas finales acaban cruzándose. Ella ya está recibiendo los últimos aplausos y quizá sólo quiere tener un éxito más. Él ha vivido la vida sin complicaciones desde lo alto de una pirámide financiera reservada para los más entendidos. El lujo y las recepciones forman parte de su rutina, pero será un equívoco algo estúpido el que hará que ambos coincidan en ese vacío inexplicable que, a veces, es el corazón. La complicidad no tardará en aparecer y la simpatía se volverá algo más en una despedida que nunca se produce, al borde de un jarrón de secretos, en la misma orilla de la pasión.

Gentil señor que has conseguido traerme las flores de la última ovación, que haces vivir en mí el deseo de un beso más porque siempre sabe a poco, que intentas que la facilidad ocupe nuestras conversaciones salvando las distancias de la línea telefónica como si habláramos frente a frente mientras apoyamos nuestras mejillas en la almohada. Sólo pido que ya no haya engaños porque soy actriz y me he cansado de fingir. Gentil, gentil señor, recíbame entre sus brazos porque sólo en ese rincón sentiré la felicidad que tanto he perseguido en balnearios, hoteles de cinco estrellas y bastidores de teatro.

Gentil señor que derrocha buen humor cuando no parece darse cuenta de que todo el fingimiento ha saltado por los aires, que agarra con firmeza, pero sin fuerza, la copa de cristal que contiene el brindis que toda mujer le gustaría beber. En sus regalos de despedida en el ajetreo laboral siempre parece haber una disculpa y, al final, un enredo idiota está a punto de echar por la borda todo lo que hemos conseguido. La noche está enganchada a tu traje de etiqueta mientras el día se instala en mi sonrisa enamorada. Gentil, gentil señor, manténgame esa complicidad, esa broma compartida, esa risa que ya no suena sola, que ya se abre en la medianoche sin descansar hasta el alba.

Gentil, gentil señor de nombre Cary Grant, que destila tanta clase que acaba por ser deseable cuando hace el ganso en un baile escocés inolvidable, que ofrece su brazo a Ingrid Bergman para dejar que el encanto se apodere de una comedia pequeña de elegancia probada, que juega con la mirada para sólo encontrar acomodo en la de ella, como tratando de recordar un tiempo en el que estuvieron encadenados convertido ya en pura indiscreción. Stanley Donen fue el casamentero. Y, al terminar, sólo podemos agachar la cabeza, sonreír levemente y estar seguros de que hemos visto algo muy cercano a la perfección, más allá del lujo, más allá del vacío de unas vidas que estaban al borde de la irrelevancia. Gentil, gentil señor, ofrézcame su brazo para pasear a la orilla del río, a salvo de miradas atrevidas e incómodas. Dígame, una vez más, esa mentira que le pone a resguardo del sentimiento más desatado y luego calle y piérdase en esa conversación eterna de silencio clamoroso. Yo prometo ser buena chica y no montar ninguna escena para que luzcan menos los brillantes y más sus ojos.

jueves, 20 de octubre de 2022

CERDITA (2022), de Carlota Pereda

 

Sara es una chica como otra cualquiera. Echa una mano en la tienda de su padre y, entre cliente y cliente, trata de recuperar esas malditas matemáticas que ha suspendido en junio. Su mirada es tímida y torpe, pero perseverante. Y sabe que ella es blanco de las miradas de los demás porque tiene demasiada carne. Y no sólo de las miradas. También de las burlas crueles que piensan que no hay cerebro, ni pena debajo de tanta carne. Ella es blanda. Lo aguanta todo. Y si no, que no sea tan gorda, tan cerda…

Sara también es una adolescente. Y tiene los mismos miedos, dudas, agobios y contradicciones que cualquier otro inmerso en la edad del pavo. Es capaz de mentir para ahorrarse problemas y escurrir su voluminoso bulto, pero también posee una cierta inteligencia porque ha sufrido mucho. Han creído que su gesto era de risa cuando era de llanto. Han supuesto que todas esas humillaciones que ha soportado no hacían mella en su alma. Y eso es sólo patrimonio exclusivo de los ingenuos. Todo lo que decimos causa una huella que, a menudo, no se puede borrar. Y a Sara se le está hinchando la carne y nadie va a querer verla llena de ira. Ni siquiera ese presunto ángel de la guarda que ha ejecutado una cierta justicia poética. Aunque la tentación está ahí porque Sara, en el fondo, suplica por algo que todos necesitamos. Es ese sentimiento que se llama amor y que tanto falta cuando otras personas se dedican a exaltar los defectos de los demás sólo para resaltar su insultante perfección, su arrogancia despreciativa, su naturaleza más salvaje.

Cerdita tiene muchísimas virtudes y una de ellas es la notable contención que exhibe en sus dos primeros tercios en esa larga noche de peso y llanto. Carlota Pereda dirige esta película de tensión rural con excelente pulso aunque en el último tercio pierda, quizá, algo de clase para adentrarse dentro del terreno más sanguinolento y visceral aunque, por supuesto, sea una catarsis para ese personaje que encarna con desparpajo y múltiples matices Laura Galán, estupenda en sus reacciones adolescentes y acomplejadas, evolucionando desde la vergüenza hasta la rabia y provocando auténticos deseos de satisfecho rencor.

Y es que, demasiadas veces, condenamos a las personas sin atender al color de su alma y fijándonos tan sólo en sus kilos, en el color de su piel, en su estatura, en sus defectos, en sus mentiras… Todo el mundo miente, sólo que algunos parece que dicen la verdad. E, incluso, otros, cuando su vida depende de aquellos que han sido vilipendiados, no pueden evitar el comentario hiriente de quien se siente superior. Sólo por el aspecto físico. Y eso no es más que un exceso de grasa en la inteligencia. Esa misma que falta cuando se sueltan las peores maldades a alguien que no ha hecho nada salvo existir.

No todo debe centrarse en un cierto paralelismo entre una carnicería y un secuestro. Quizá podría haber formas más eficaces de resolver esos deseos de liberación de rabia y de hacer lo correcto de una forma violenta. La simpleza, al fin y al cabo, también merece vivir. Lo demás sería comportarse de la misma manera que el ignorante que carga todas sus frustraciones en la primera víctima que se ponga por delante, confiando en que su respuesta será el silencio. Ese mismo que abruma cuando merodea la muerte.

miércoles, 19 de octubre de 2022

MESAS SEPARADAS (1958), de Delbert Mann

 

El universo se abre en el comedor de una pensión cualquiera. Uno de esos sitios agradables que resultan ideales para perderse en el olvido. Allí, entre las mesas de un desayuno de cristal, se mueven las pasiones, las decepciones, las frustraciones y las debilidades y, al menos, hay algo de privacidad en esa posibilidad de tomar un café o un té sumido en los pensamientos propios. Un melifluo militar retirado, que trata de parecer simpático escondiéndose detrás de una verborrea algo inaguantable, no es quien dice ser. Una mujer se oculta bajo una madre dominante por la sencilla razón de que tiene pánico del resto del mundo. Un hombre deberá enfrentarse por última vez a la mujer que le ha devorado por dentro y que aún se revuelve en su interior mientras trata de ahogarla en alcohol. La dueña de la pensión, equilibrada y de una rara y discreta elegancia, prepara el decorado porque ella también es parte interesada del drama. Almas sin rumbo que confluyen en la nada abismal que se abre entre sus mesas. Días que empiezan después de noches sin fin. La maledicencia tratará de ser un huésped más, uno de esos que llegan sin avisar, pero quedará espantada ante un deseo de buenos días como signo de aceptación cuando todo parece derrumbado. Y las palabras, tan sólo dos, resultan fundamentales cuando se necesitan escuchar.

Es difícil escapar de la portada de todos los días. Y aún es más complicado competir con una mujer que lo tiene todo y que ha vivido más. No existen atajos para las responsabilidades y el juego de la vida trata simplemente de no parecer patético a cada hora. Puede que haya miradas acusatorias, desplantes injustificados y vergüenzas inasumibles, pero, aún así, quizá haya que reducir el espacio entre las mesas y, sin necesidad de demostrar un excesivo acercamiento, dejar que la amabilidad tenga un sitio en la mesa. La amabilidad normal. La amabilidad rutinaria. Esa misma que te permite ser uno más.

Película de actores inmersos en pasiones inconfesables, el director Delbert Mann realiza un excelente trabajo de dirección, prácticamente en clave teatral, con intérpretes sólidos como Burt Lancaster, Deborah Kerr, el sobresaliente David Niven en el papel que le proporcionó el único Oscar de su carrera, al igual que la tremenda elegancia que destila Wendy Hiller y la solvencia encantadoramente peligrosa de Rita Hayworth en su mejor intento dramático, moviéndose con soltura entre la ambigüedad y la razón. Y es que no es fácil vivir cuando todo a tu alrededor te empuja hacia el olvido, hacia la irrelevancia, hacia la seguridad de no haber pasado por una vida que, hasta el momento, no merece mucho la pena. El salón de desayunos, con ese olor a café pausado y a tostadas recién hechas, puede ser el lugar perfecto para dejar reposar ese pozo de decepciones que todos parecen llevar pesadamente a la espalda. Es un momento de vida mojada en leche que no deja de ser realidad. Ojalá todos los días se detuvieran ahí. En el principio. En la promesa. En la apariencia. En la sonrisa después del descanso o del insomnio. En el azúcar rehusado. En ese pedacito de existencia que se degusta en pequeños sorbos.