viernes, 11 de noviembre de 2022

BIRDY (1984), de Alan Parker

 

Al siempre ha sido muy diferente a Birdy. Él fue uno de esos alumnos extrovertidos, atléticos, que atraía las miradas de las chicas, mientras Birdy fue un chico tímido, sin carisma, raro y difícil. La vida lleva a un buen puñado de lugares y ambos son reclutados para ir a Vietnam. Al (que, no por casualidad, se llama Columbato de apellido) regresa con el rostro deshecho y hay que hacerle una cirugía facial extremadamente complicada. Birdy se pierde en la selva durante un mes, dándosele como desaparecido en combate, y, cuando vuelve, se ha encerrado en su obsesión preferida. Quiere ser un pájaro. Pero, en esta ocasión, ni siquiera canta. No habla. No se expresa. Ni siquiera extiende sus alas. Birdy sólo quiere quedarse agarrado a las barras de la cama y mirar por la ventana. Como un pájaro que ha perdido su alegría.

Sin embargo, la amistad está por encima de muchas cosas y, antes de que los psiquiatras den por perdida la mente de Birdy, está dispuesto a sacarle de su estado catatónico para que vuelva a ser el tímido, perdido y raro Birdy de siempre. Y acudirá a todo. A recuerdos. A viejas complicidades. A nuevas tácticas. Al recuerdo de las bombas estallando alrededor. A la libertad de volar. A aquellos días de escuela, de inocencia y de tontería. Al necesita a Birdy y no va a dejar que su pensamiento se extravíe y también sea declarado desaparecido en combate. Va a luchar por él. Hasta la última pluma. Hasta con el rostro desencajado por el dolor.

Esta es una película que merece rescatarse del lastimoso olvido en el que ha caído. Galardonada en 1984 con el Gran Premio del Jurado de Cannes, Alan Parker articuló una historia tremendamente personal, con la conexión de dos seres humanos como hilo principal de una trama que se desarrolla más hacia adentro que hacia afuera. Nicolas Cage está perfecto en el papel de Al Columbato, ese hombre que llega a explotar de rabia porque no permite que se lleven a su amigo a un internamiento definitivo. Matthew Modine llega a tener la mirada de ave de Birdy, ave de luna llena que no se atreve a salir porque, como pájaro, no puede soportar lo que ha visto, ni lo que ha tenido que vivir. Sólo lo puede hacer como hombre. Y no puede ser un hombre. Con la amistad de estos dos personajes, el espectador vuela hacia sus propias sintonías, hacia sus puntos comunes con las personas con las que han tenido experiencias de hermanos. Al y Birdy lo son, sólo que, quizá, no son del mismo nido.

Todo valdrá con tal de traer a Birdy a este lado de la existencia. Los planeos a vista de pájaro sirven como clave de fuga, pero no serán suficientes para elevarse por encima de las debilidades humanas. Los hombres parecen muy pequeños desde el cielo y el aire en el pico es la misma sensación de libertad. Y Birdy no puede estar encerrado en una jaula. Hay que abrirle la puerta y dejar que intente el vuelo. Lo contrario sería adentrarse en un coto de caza y cobrarse una presa que no corresponde al destino.

miércoles, 9 de noviembre de 2022

BARDO (Falsa crónica de unas cuantas verdades) (2022), de Alejandro González Iñárritu

 

Quizá, en el momento justo de antes, se entremezclan todos los pensamientos, todos los sentimientos y todos los sufrimientos. El dolor se olvida y renace, el trabajo se convierte en un bucle interminable sobre lo que se quería haber dicho y nunca se dijo, el juego con la pareja es un busca y pierde en el que siempre se interpone el instante más difícil de dejar atrás. Los homenajes se confunden con los deseos, la identidad se pone al descubierto, se tiene conciencia de todo lo inútil que se ha hecho y que tanto ha costado y, también, es la oportunidad de mirarse al espejo para darse cuenta de que jamás se ha llegado a las suelas de los zapatos de los que nos han precedido. Es el sueño alucinógeno de antes de la última llamada. Es la vida contada en una falsa crónica.

Así, es posible que esa existencia de la que tantas veces hemos perdido el sentido, se transforme en una balada cantada por un bardo que volverá una y otra vez al principio, al día deforme de la felicidad desgraciada. Dejar marchar los tormentos, esos mismos que mixturan lo agridulce con la ternura, la ilusión con la derrota, no es nada fácil, porque también se va una parte de nosotros mismos, de lo que hemos sido y de lo que hemos pretendido ser y casi nunca hemos llegado a ser. El sueño de antes deforma la percepción de la realidad y lo que es onírico se vuelve verdad, lo que es ayer se torna lejano como si hiciera tres o cuatro años que ocurrió, lo que es sinceridad se ahoga irremisiblemente en un océano de inquietudes insatisfechas, de frustraciones conseguidas o de plenitudes incompletas. No importa nada porque es el sueño de antes y sólo queda encaminarse hacia la luz, hacia ese cielo largamente deseado, hacia la creación y la imaginación que siempre ha estado ahí, latente, agazapada, presta a saltar y que nunca tuvo su oportunidad.

Es bastante complicado adivinar cuál es el sentido de la comedia según Alejandro González Iñárritu porque esta película está anunciada como tal y no lo es. Bucea en abismos insondables de sí mismo para componer su particular Ocho y medio en una estructura que recuerda bastante al All that jazz, de Bob Fosse, pero sin canciones. No cabe duda de que González Iñárritu quiere exorcizar fantasmas que le acosaron en sus horas más difíciles y que siempre estuvieron ahí, saltando a su alrededor, sin tocarle, pero sin dejarle avanzar. La muerte, cuando se presenta, no es fácil de echar. Y lo que es aún peor, deja su presentimiento, su esencia, su seguridad y su inevitabilidad. Tal vez, la única forma de dejar de sufrir sea con ese sueño de antes de la muerte, cuando se ajustan las cuentas con la propia conciencia.

El resultado no deja de ser un acercamiento muy surrealista en la línea de Luis Buñuel, con una interpretación muy destacada del español Daniel Giménez Cacho y una sucesión de escenas en las que se fusiona el sueño, la realidad, el deseo, la pena, la decepción y el final, con una vuelta completa a ese enorme plano secuencia que llega a ser la vida. Por supuesto, González Iñárritu tiene momentos de enorme brillo con la realización de largos y complicados planos en los que mezcla técnica con narración y situación. Sin embargo, en algún pasaje, parece como que hay una cierta complacencia hacia su agudeza, hacia las cosas que se plantea, hacia las dudas que a todos acosan y, en un instante concreto, puede caer incluso en la ingenuidad a pesar de que no lo pretende. No es su mejor película, pero está a gran altura. La misma a la que se coloca nuestro espíritu justo cuando entra en la fase más profunda del sueño de antes.

martes, 8 de noviembre de 2022

THE PAPER (Detrás de la noticia) (1994), de Ron Howard

Henry es un adicto al trabajo y a la coca-cola que no puede dejar escapar su presa. Sí, él es un perro de caza nervioso y competente que va detrás de la noticia porque, al fin y al cabo, se considera un vendedor de la verdad. No le gusta que le pisoteen, que pasen por encima de él. Ni dentro, ni fuera del periódico. Ni siquiera en una entrevista para un trabajo más cómodo. Él cree que el periodismo es una profesión que exige dedicación absoluta y que no va a tener muchas más oportunidades de contar lo que el público merece saber porque, además de todo eso, también va a ser padre. Y es entonces cuando las horas se hacen minutos y los instantes ni siquiera pasan. Debe correr porque la edición está en marcha y lo está haciendo con una noticia que es falsa. Y eso ningún periodista de bien lo debe permitir. Por mucho que sea económicamente correcto. Por mucho que eso venda ejemplares que al día siguiente sirvan para envolver el pescado en cualquier mercado de mala muerte. El rigor debe ser la enseña. Y contarlo, la obligación.

Henry, además, está rodeado de gente que le quiere…o le odia. No hay término medio con él. Quizá su nerviosismo patológico ponga, a su vez, nerviosos a muchos o, tal vez, cause admiración por el nivel de actividad y entrega que demuestra. Bien es verdad que, en ocasiones, se olvida de lo que es realmente importante en su vida porque la noticia está ahí, debe ser cazada, confirmada, exhibida y relatada. No cabe ninguna discusión sobre ello. El periódico no puede quedarse en el titular antiguo y cómodo, en esparcir una noticia que, en el fondo, también va a hacer daño a la reputación de los aludidos. Necesita, necesita, necesita la noticia. Y ya. Ahora mismo. Sin tardanza. Sin dilación. ¡Vamos! Y si hay que parar la rotativa, se para. Da igual. Un niño viene en camino y hay que estar al lado de la auténtica noticia. Y esa es la de ser padre.

Michael Keaton realiza un trabajo excelente, inquieto, certero y muy preciso en la piel de ese jefe de redacción local que destaca por su capacidad de trabajo, por su empuje dentro de una película que, en sí misma, posee un ritmo endiablado. A su lado, todo un reparto de lujo en el que todos están realmente bien como Glenn Close, Robert Duvall, que, solamente con su presencia, niquela la escena más tierna de la historia, Marisa Tomei, Randy Quaid y la aparición cómplice de Jason Robards, inolvidable en Todos los hombres del presidente y aquí también pone dos o tres gestos de autoridad sin perder la afabilidad. Todo ello manejado con eficacia por Ron Howard en la que es una de sus mejores películas y rubricado por la excelente banda sonora, cómplice del tiempo, de Randy Newman. Vayan deprisa y corriendo. El tic-tac no se detiene y hay que estar a la última. Esta película habla de una profesión que ya no es así y que, incluso, ha conseguido que la gente se olvide de que, una vez, fueron así. Y es que la verdad debería estar por encima de todo cuando se trata de abrir cualquier página, física o digital, buscando la información correcta.

viernes, 4 de noviembre de 2022

A LA CAZA DEL LOBO ROJO (1989), de Andrew Davies

El Sargento Gallagher es uno de esos tipos que llevan el uniforme como una segunda piel. Su vida ha sido el ejército y no quiere fallar a lo que ha sido su hogar durante tantos años. En esta ocasión, la misión parece sencilla. Se trata de entregar un paquete, un prisionero, desde Alemania a los Estados Unidos. Pan comido. Sin embargo, el individuo consigue escapar y Gallagher irá tras él con toda la sabiduría de su enorme experiencia. Lo más increíble de todo es que, con la persecución, se irá descubriendo todo un complot para asesinar a alguien muy importante.

Gallagher tiene la mirada sabia y sabe muchos trucos. Sabe cómo piensa el fulano y no va a perder ninguna oportunidad para acorralarle. Todo con tal de que no apriete el gatillo. Porque Boyette, que así se llama el fugado, es un experto de altos vuelos echando el ojo por la mirilla. Bala en la recámara, paciencia, respiración calmada y ya está. Un objetivo menos. Un muerto más. Sin embargo, Gallagher tiene muchos amigos e, incluso, recurrirá a su ex mujer para atrapar a Boyette. No hay nada como volver a lucir los viejos galones en aquellos lugares donde dejaron huella.

No cabe duda de que esta película es una de esas grandes desconocidas dentro de la filmografía de un actor de primerísima línea como Gene Hackman. Tuvo mala suerte en su estreno. Se hizo antes de la caída del Muro y se estrenó después y, por supuesto, ya no estaba de moda cualquier misterio que tuviese algo que ver con la Guerra Fría. Aún así, la película está muy bien realizada por Andrew Davis, que pocos años después triunfaría con El fugitivo, y el suspense sobrevuela toda la trama, llena de trucos, engaños, adelantamientos por la izquierda y jugadas audaces. Como oponente, Tommy Lee Jones que, en la época, todavía no había dado ese salto de calidad con el que nos ha deleitado en la segunda parte de su carrera y que aquí ya empieza a dibujar la certeza de que era mejor actor de lo que parecía en su momento. Joanna Cassidy completa el reparto con su habitual belleza y tranquilidad, dando réplicas brillantes a Hackman y poniéndose a su altura.

Así que el entretenimiento está asegurado en esta historia de cazadores y lobos que no se arredran ante nada con tal de conseguir lo que se han propuesto. El tiempo será vital y habrá que achicar los espacios rápidamente o la presa huirá con el cañón caliente. El Sargento Johnny Gallagher también va a tener que correr mucho porque la policía va tras sus talones. Debe restaurar la confianza que el ejército puso en él. Y hará todo lo posible porque es un profesional de los pies a la cabeza. Bien lo saben todos aquellos que han servido a su lado. La lealtad es una de sus mayores virtudes y no le importa que le consideren culpable mientras haya conseguido demostrar lo que vale. Ya no hay muchos hombres así, incapaces de rendirse ante los blancos dientes del lobo rojo.

 

jueves, 3 de noviembre de 2022

AMSTERDAM (2022), de David O. Russell

 

El fascismo, cuando se mueve, siempre trata de revestir formas de seducción suficientemente atractivas para atrapar a los incautos de personalidad débil y voluble. No cabe duda de que un asesinato puede ser el ínfimo desencadenante de una supuesta investigación que destape las veleidades dictatoriales de elegantes empresas deseosas de aumentar beneficios con futuras alianzas con los nacientes regímenes totalitarios de Europa. Y puede ser también que unos cuantos desgraciados que dejaron escapar la felicidad sean los encargados de sacarlo todo a la luz.

Sin embargo, no es menos cierto que esos seres que se han dejado arrastrar por la corriente de sus experiencias en la Primera Guerra Mundial son luchadores incansables porque no han dejado de buscar lo que les pertenecía, a pesar de que viven en un ambiente de incomprensión e, incluso, de burla. Todo empieza con un favor y termina con una fiesta que aprisiona a los conspiradores. Entre medias, conversaciones interminables, diálogos que matan a base de superficialidad, rutas que acaban en ninguna parte y ese ambiente prebélico que profetiza la entrada en una guerra que no va a convenir a los poderes fácticos. Ahí es donde siempre se mueve el fascismo, porque ellos son los que manejan los hilos de cualquier rumbo político. Y si ese rumbo no les parece adecuada, nada mejor que un golpe de estado para poner las cosas en su sitio.

Siete años llevaba David O. Russell sin ponerse tras las cámaras y, a pesar de que aquí posee un atractivo punto de partida, se deja llevar por un tono de cierta levedad que, a ratos, se torna aburrido y sin gracia. El resultado es una película que quiere inscribirse dentro del género negro con unos personajes centrales perdidos y algo marginales, que no dejan de hablar para no llegar a ninguna parte aunque, parece ser, llegan a conclusiones cercanas al miedo. Por supuesto, por una vez, Christian Bale parece caracterizarse como suele ser habitual en él, pero no se le notan tanto los engranajes como en otras ocasiones. Margot Robbie, por su parte, no deja de demostrar que es una actriz más que competente y John David Washington sigue siendo un palo de color sin expresión ni entidad. Por detrás, un elenco de lujo con Rami Malek tratando de confundir con charlas, Chris Rock que se muere por poner caras sin llegar a ser gracioso y Robert de Niro que se contiene y consigue una buena colección de miradas que siempre han permanecido en la memoria de los que más han querido al cine. En definitiva, una historia que lo tenía todo para ser buena y se queda en menos que mediocre.

Y es que no es fácil mantener el interés cuando la película se detiene en detalles de importancia nimia, dejando al espectador con dos palmos de narices tratando de sacar la enjundia de la escena. Tal vez porque Russell no quiere cargar demasiado las tintas declarando con nitidez la raíz fascista que anida en cualquier americano medio. Tampoco ahorra crueldades a pesar de que quiere imprimir esa pátina desenfadada en algo que pretende ser un híbrido desnaturalizado entre comedia y suspense porque ni es una cosa, ni tampoco la otra. Más vale ir identificando a los que tratan de sacar adelante esta especie de conspiración de la nada, porque suelen irse de copas como si no hubiera pasado más que un par de entierros necesarios en aras de sacrificar la libertad. Como si eso fuera algo propio del pasado. Cuidado, cuidado. El fascismo se mueve, se siente y se presiente y, si avanza, más vale volver a los sitios donde, un día, la felicidad parece que fue eterna.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

DONDE ESTÉ EL DINERO (2000), de Marek Kanievska

 

Quizá este título haya pasado penosamente desapercibido dentro de los últimos años de Paul Newman porque nadie se acuerda de él cuando es su penúltima aparición en pantalla, justo después de Mensaje en una botella, de Luis Mandoki, y antes de Camino a la perdición, de Sam Mendes. Y lo cierto es que es una espléndida película, en la que Newman nos demuestra que también podía ser brillantemente divertido en la piel de ese pícaro ladrón que finge una parálisis por derrame cerebral con una avispada enfermera a su alrededor sospechando del engaño. Por supuesto, hay algunos tópicos como la contraposición entre el impulso juvenil y la experiencia de la madurez, pero es una película que se ve con una sonrisa continua en la boca y en la que uno disfruta con la sabiduría de un actor que moviendo un solo músculo del rostro nos hace darnos cuenta de que un espejo indiscreto se ha movido para ver mejor los encantos de la enfermera.

Sin duda, las mujeres son perseverantes, y la enfermera hará todo lo posible para demostrar que ese tipo, legendario ladrón de bancos, está manteniendo una farsa para no ir a la cárcel. Y, entre otras cosas, ve en él una salida para una vida que se le ha vuelto demasiado aburrida al lado de un marido más bien torpe aunque terriblemente enamorado que se quedó enganchada a ella cuando, en el instituto, fue reina del baile. Así que es hora de escrutar en los ojos muertos de ese vivo y tratar de descubrirle, a ver si idea algún golpe interesante que le ponga sal al lento discurrir de los días.

Al lado de Paul Newman, saldando con notable sus actuaciones, están la maravillosa y hoy algo desaparecida Linda Fiorentino y el más irritante Dermot Mulroney. El conjunto resulta ligero, divertido, con algunas escenas sorprendentes y, desde luego, con el establecimiento de un extraño triángulo que, en ningún momento, llega a ser completo. Asistir a la interpretación de Newman es toda una lección de lo que puede decir un actor de categoría cuando no necesita las palabras. La película, por otra parte, renuncia a cualquier trascendencia, es consciente de su limitación y no hay que esperar mucho más de una comedia traviesa, sin pretensiones, levemente ácida y algo desequilibrada.

Lo que sea con tal de cambiar de estilo de vida. Cuando la existencia está muy cerca de la inanidad, sólo se quiere beber cada minuto con algo de excitación aunque llegue a emborrachar porque, en el fondo, es mucho más tóxico esperar algo de una profesión ingrata y rutinaria, o de un individuo que no vale para nada. Quizá el viejo ratero tenga algo que enseñar detrás de su rostro de hierro. Entre otras cosas puede que deje bien evidente que la libertad se lleva por dentro y que es algo que no se puede aprender. Sólo se puede experimentar. No habrá conclusiones morales. Sólo la certeza de que el día siguiente puede ser mucho más atractivo que el anterior. Y eso sólo ocurre cuando hay dinero cerca y un tipo que sabe cómo ganarlo.

viernes, 28 de octubre de 2022

LA PIEL DEL TAMBOR (2022), de Sergio Dow

La fe es un estilo de vida que se quebranta cuando ocurren sucesos que alteran su propia esencia. Unos asesinatos bajo una virgen cuajada de lágrimas, un deseo de esconder los secretos bajo las siempre falibles sotanas, una mujer que guarda más promesas en sus ojos que las que se describe en el camino de la creencia, una presión sobre una futura operación inmobiliaria. Cosas mundanas que compiten con un sentimiento divino y que resultan inusitadamente poderosas porque la fe puede ser grande, única, guía y verdad, pero es irremediable en su debilidad, en su naturaleza rompible, en su condición inasible.

Todo ello bajo la égida de una iglesia que parece cometer ella misma unos crímenes que parecen el castigo por la profanación de un suelo sagrado. Quizá por eso se envía a un sacerdote que destaca por su discreción y su elegancia y, sobre todo, por saber qué es lo que hay que hacer en cada minuto del misterio. Sin embargo, entre todas esas cualidades, también tiene plena certeza de que la fe, si se desea su supervivencia, tiene que respirar en el silencio y grabarse de forma invisible en la tira de papel del alzacuellos. Nada es infalible. Nada está escrito. Y las pasiones humanas siempre giran en torno de una Iglesia que está formada por humanos.

Así que hay que moverse en el calvario de los intereses creados, como si fuera algo irrebatible que el diablo suele vivir debajo de unos cuantos ceros. Mientras tanto, se restaura para mantener la idea de que algunos hicieron verdaderas obras de arte inspirados por la fe, o se vende porque hay que renovar las viejas estructuras, o se corrompe para volver a resucitar ideas aterradoramente caducas y sangrientas. Esos intereses no se mueven sólo en el mundo seglar, sino también en nombre de la santidad. Y eso lleva al descreimiento, a la pérdida de un buen puñado de valores, religiosos o no, a caer en las tentaciones más diversas. Desde llenar los bolsillos a perderse en los ojos que son pequeñas muestras de las aguas del Guadalquivir.

El director Sergio Dow incurre en varios errores a la hora de adaptar el libro de Arturo Pérez-Reverte más allá de la fidelidad al original literario. Uno de ellos, sin duda, es la auténtica falta de carisma de su protagonista, Richard Armitage, en la piel del sacerdote Lorenzo Quart. Sin embargo, acierta con la elección de Amaia Salamanca para dar vida a Macarena Bruner. Por otro lado, no cabe duda de que se toma unas cuantas licencias totalmente permisibles al adaptar la historia tecnológicamente, consiguiendo algunos momentos realmente efectivos dentro de una trama que se enreda peligrosamente haciendo perder, en determinados pasajes, el hilo al espectador menos avezado. Y, en general, el conjunto parece adolecer de cierta falta de fuerza, como si le faltara empuje, como si tratara de absorber y, en realidad, lo único que consigue es embarullar. Sin embargo, hay que aplaudir esa presentación, tremendamente cuidada y, por supuesto, el soporte secundario que proporciona un actor veterano y bastante sabio como Paul Guilfoyle, visto en mil películas, que consigue ser ambiguo, sereno y bastante convincente. Muy bien, por otro lado, el trabajo de Alicia Borrachero, intenso y calmado, descriptor de muchas canas en su pelo negro de yeso y paciencia.

Más allá de todo eso, hay un intento loable por hacer de Sevilla un personaje más de la trama con sus calles, sus panorámicas y su ambiente. Y resulta bastante chocante el papel reservado a Jorge Sanz, matón de taberna, pretendidamente temible y con apenas dos líneas de diálogo. Es como pedir el silencio a gritos.