Puede que éste sea uno
de los títulos menos conocidos de la carrera de Brian de Palma y, sin embargo,
es uno de los mejores. Tal vez su trama imposible en la que se mezcla el
espionaje, la ciencia-ficción, el terror y lo paranormal induzca a pensar que
es un delirio propio de un director que ha sido capaz de dar lo mejor y lo
peor, pero es una película que mantiene la tensión y el interés hasta,
prácticamente, su recta final en la que, irremediablemente, pierde fuerza. Aún
así, al terminar, parece como si dolieran los ligamentos de las muñecas y de
las mandíbulas, como si hubiésemos estado apretando los dientes y los puños con
la inquietud rondando nuestros movimientos. El miedo, sí, aparece. Y llega a
ser intenso. Kirk Douglas, como el angustiado padre de un chico al que ha
secuestrado una misteriosa agencia gubernamental, lidera un reparto en el que
también destaca como villano John Cassavetes. La veteranía, en esta ocasión, se
da la mano con la juventud que estaba despuntando por aquella época y es
necesario destacar a Amy Irving en detrimento de Andrew Stevens, un actor que
siempre ha hecho gala de una increíble limitación de recursos. Mientras tanto,
de Palma se adentra por los tortuosos caminos de la mente y trata de sacar
nuestra propia furia. Impalpable, imparable, devastadora. Esa misma que todos
guardamos para las ocasiones más elegidas.
Y es que lo psíquico y
la telequinesis no dejan de producir cierta sensación de incomodidad. Y más en
un especialista en remover los cimientos del alma humana como es Brian de
Palma. Además, no cabe duda de que David Cronenberg recoge la inspiración que
le deja esta película para hacer Scanners
unos cuantos años después. Puede, incluso, que la sombra de una chica extraña
con poderes sobrenaturales que era víctima de una broma cruel también se
proyecte por algún lado de esta película. La diferencia está en que la maldad
sube un escalón y, esta vez, pretende usar la habilidad para provocar fenómenos
paranormales como arma militar contra los ancestrales enemigos de la patria.
Aún así, La furia es una historia
diferente en espíritu y en hechos y el director imprime una fuerza inusual a
sus imágenes. Si alguien decide verla, hay que ponerse a cubierto porque los
daños pueden ser irreparables. Y hay que preparar una buena mesa porque es como
si se invitara a cenar a Alfred Hitchcock con Stephen King de acompañante.
Violencia, tensión, sangre…elementos que no faltan nunca en el cine de Brian de Palma, se hallan hábilmente mezclados con el misterio, la intriga, el suspense y el pánico. Y es sorprendente comprobar cómo apenas se puede apartar la vista de la pantalla durante, prácticamente, toda la trama. Más que nada porque, si algo es imposible que suceda, ocurre. Nadie quiere perderse qué es lo que viene a continuación y la película, en algún momento, lleva a alturas emocionales muy tensas y pensadas. La música de John Williams ayuda a sentir esa sensación de inestabilidad, de que nada va a ser como se espera y de que la razón se escapa por los resquicios que siempre deja la furia. ¿Seremos capaces de controlarla?






