viernes, 31 de marzo de 2023

FRAUDE (F for fake) (1972), de Orson Welles

 

Con este artículo, cerramos el blog hasta el martes día 11 de abril con motivo de las vacaciones de Semana Santa. No dejéis de ir al cine. Es la mejor de las mentiras. La mayor de las verdades.

Verdadero. Falso. Lo falso puede convertirse en verdadero y lo verdadero en falso. Depende de la maestría de quien lo cuente. Se puede decir la verdad durante un tiempo determinado para que el abismo del engaño sea aún más pronunciado. Todo puede ser falso y la firma, verdadera. Al fin y al cabo, el cine es un muestrario de falsedades. Escribir sobre cine es la petulancia elevada a la falacia. Amar el cine quizá sea la mentira de amar algo que no existe. Vivir el cine es la instalación de una mentira que, por puro arte, tiene una lógica verdadera. Lo que se escribe puede ser una pose. Lo que se lee, algo que se quiere ver. Lo que se ve hace que salten algunos resortes de nuestro mecanismo mental en busca de una comprensión escurridiza. A veces no creamos, queremos creer. A veces no queremos creer y cerramos los ojos para urdir una mentira a nuestra medida. Mentir es creer. Ser sincero es huir. Lo que es evidente puede estar sostenido con hilos de pura ambigüedad. En ocasiones, incluso creer la mentira es bonito. Asciendes creyéndola. Te hace mejor. Te hace más mentiroso en un mundo de mentiras. Drogadicción de la vorágine. Somos simple mentira respirando aires de verdad. Todo el mundo miente. Eso es una verdad. ¿Qué es la verdad? ¿Lo que no es mentira? ¿Qué es la mentira? ¿El estado natural del hombre? ¿Qué es el hombre? ¿Una completa dualidad de mentiras y verdades? Todo esto que he escrito…es mentira…pero ¿quién puede asegurar que no es verdad?

F for fake, conocida en España como Fraude, es uno de los testamentos cinematográficos de Orson Welles, una obra maestra de un hombre que no cejó en su búsqueda de nuevas formas de lenguaje cinematográfico y, para ello, realizó un falso documental que tiene mucho de verdad para que tuviéramos bien claro que fraude, falso, falacia y fruslería…se escriben con efe…cruces de verdad en la mentira de nuestras propias letras. Como un tal Elmyr D´Hory que falsificó las mayores obras de arte y muchos expertos la dieron por buenas. Como Clifford Irving que se inventó una biografía del millonario Howard Hughes sin haber hablado ni una vez con él. Como Oja Kodar que fue el objeto del deseo de Pablo Picasso mientras, todos los días, caminaba por delante de su ventana para ir a la playa, dando lugar a una colección de veintidós pinturas. Algo de todo esto no es verdad. Es un truco de magia. Es sólo lo que las comprensiones quieren ver y construyen en un imaginario castillo de ilusiones. Es la certeza de que hay que desconfiar de todo cuando la historia viene de un mentiroso profesional. Y eso siempre ocurre cuando detrás de la cámara, hay un director. No hay que dejarse embaucar por la dulce voz de un tipo que timó a todo un país haciéndoles creer que los extraterrestres llegaban para quedarse. Eso también fue falso. Como cualquier película. Como cualquier artículo.

jueves, 30 de marzo de 2023

65 (2023), de Scott Beck y Brian Woods

 

Puede que hace sesenta y cinco millones de años algún extraterrestre pisara la Tierra y se encontrase con unos habitantes muy hostiles, con garras y colmillos muy afilados, dispuestos a hacerse con unos buenos jirones de carne persiguiendo a cualquier cosa que se moviera. Puede que, además, eso fuera en las vísperas de la más absoluta de las desolaciones porque se acercaba un día que fue el final, aunque también significó un principio. La supervivencia estaba por encima de todo y había que sortear una vegetación salvaje y atrapante, una Naturaleza inhóspita y un cielo que se estaba desplomando piedra a piedra.

Y es que la desolación no sólo era exterior, sino que también formaba parte del paisaje interior de esos seres que, por alguna razón ignota, poseían forma humana. Esa misma que aún no había hollado sobre la ciénaga de fango y peligro que abundaba en este planeta. Conservaban una última esperanza, pero, naturalmente, entrañaba mucho riesgo y había que atravesar quince kilómetros de selva sinuosa, de trampas cubiertas de hojas flotantes, de cuevas como ratoneras y de no perder nunca el punto cardinal de tener una razón para vivir, aunque ya no quede ninguna. Puede que caminar entre las fauces de la desolación sea una aventura que también signifique un final y un principio.

No cabe duda de que el trabajo en el guión de Scott Beck y Brian Woods, que ya habían dado alguna muestra de talento en Un lugar tranquilo, de John Krasinski, es notable porque resuelven con rasgos de originalidad algunas situaciones sin abandonar en ningún momento la lógica. Tampoco hay que albergar zozobras cuando se comprueba que un hombre como Sam Raimi está detrás de la producción. Y se asienta con cierta seguridad cuando el protagonista es un actor que destaca por su sabiduría como Adam Driver porque aquí encarna a un héroe vulnerable, nada convencido de lo que hace porque se enfrenta a situaciones totalmente desconocidas y va aprendiendo sobre la marcha. El resultado es una película eficaz, entretenida, con algún que otro susto de mérito, con un detalle que no tiene demasiado sentido y con una serie de apuros que colocan la tensión flotando en el ambiente más salvaje.

Mención especial merece la banda sonora compuesta por Chris Bacon y el legendario Danny Elfman que sirve como cuerda a la que atarse con la trama. Es cierto que la presencia de Raimi en la producción también asegura algún momento que entra de refilón en la serie B, pero eso carece de importancia porque la película no pretende ser una obra maestra de la ciencia ficción, sino una película de aventuras con toques de terror entretenida, una odisea de acción y tiesura. Tal vez porque recuerda ligeramente a After Earth, de M. Night Shyamalan, ha cosechado críticas muy duras, pero no quiere ser una hermana menor, sólo un amigo que guiña el ojo y conduce hacia las estrellas.

Y es que, en ocasiones, el ser humano, aunque venga de un lugar muy lejano, hace lo necesario con tal de sobrevivir aunque no comprenda demasiado el entorno en el que le ha tocado batirse. Es necesario caerse muchas veces para levantarse de nuevo y demostrar que la inteligencia es el arma más poderosa. Mucho más que un rifle de proyectiles electrónicos. Muchísimo más que unos explosivos esféricos de eficacia controlada. Sólo hay que hacer lo imposible para que el alma consiga algo de descanso. Las pérdidas siempre dejan una herida que nunca cicatriza, pero también son experiencias vitales que espolean el ánimo tratando de encontrar una nueva razón para seguir luchando, para seguir, para seguir avanzando.

miércoles, 29 de marzo de 2023

SAL Y PIMIENTA (1968), de Richard Donner

 

Charles Salt y Christopher Pepper son dos viejos crápulas que regentan un club nocturno para seguir divirtiéndose. Son un par de tipos simpáticos, que han vivido lo suyo, que no se han tomado nunca la vida demasiado en serio y que ahora están en el meollo del Swinging London tratando de ganarse una clientela de cierta clase, de esa que suele ir a los garitos de smoking y fumar cigarrillos con boquilla. Todo se complica cuando descubren el cuerpo de una espía en el local. Y los señores Salt and Pepper van a tener que ponerse a investigar si no quieren el negocio cerrado a cal y canto. La policía está sobre ellos porque al malhumorado Inspector Crabbe no le caen nada bien desde hace algún tiempo. Y va a ser la excusa perfecta para que esos dos americanos incrustados en las calles londinenses se vayan por donde han venido. Sin embargo, Crabbe es el menor de sus problemas en una investigación que Salt y Pepper comienzan a tientas.

El asesinato va a tener más capas que una cebolla y esos individuos de nombre estrambótico estarán en el centro porque lo que descubren es tan gordo como los bolsillos de los de siempre. Todo ello estará aderezado por las lenguas viperinas de Salt y Pepper y, aunque en ocasiones, los escenarios y los vestuarios están ligeramente recargados en conjunción con la época, los tipos sueltan unas perlas lingüísticas que merecen la pena. La química entre Sammy Davis Jr. como Charles Salt y Peter Lawford como Christopher Pepper es evidente. Eran amigos y se lo estaban pasando en grande en medio de chicas, largas melenas y pantalones de campana. Mientras tanto, el gobierno británico puede llegar a tambalearse si no intervienen estos propietarios de night-club con chulería y estilo, algo que, quizá, ya ha caído en desuso.

Richard Donner dirige con su habitual sobriedad, un tanto sometido a las modas y maneras, pero, a pesar de que es una película que ha caído totalmente en el olvido y casi nadie la conoce, es divertida, con algún que otro momento en el que se extravía el sentido, pero que deja una sonrisa en los labios. Y debió de obtener un cierto éxito, porque dos años después Jerry Lewis dirigió una secuela titulada Una vez más, única película en la que el cómico se reservó labores detrás de las cámaras sin actuar. Y es que estos personajes, aunque su estética nos parezca muy anticuada, eran atractivos como una buena melodía de jazz bañada en whisky.

El tono satírico, incluso haciendo broma del habitual estilo del Rat Pack al que pertenecían tanto Lawford como Davis, es evidente en todo momento. La película no pretende engañar. Sólo pretende pasar un buen rato. Es un encuentro raro y amable entre el vodevil y James Bond. Y, por supuesto, la trama es algo delirante porque se trata de mezclar las ansias de conquistar las islas con lo nuclear. Lo cierto es que si te pones en el punto de mira de estos dos individuos, te vas a llevar un directo a la cara que vas a alucinar en copas.

martes, 28 de marzo de 2023

UN MAGNÍFICO BRIBÓN (1966), de Jack Smight

 

Barney Lincoln es un tipo endiabladamente listo. Se ha metido en una fábrica de naipes y ha marcado todas las cartas de fábrica. ¿Para qué? Sabe que esa fábrica es la proveedora principal de los juegos de cartas que se utilizan en los casinos de media Europa. Lo único que tiene que hacer Barney después de su incursión nocturna, silenciosa y de guante marcado, es ir y jugar, leer las marcas y ganar. Por eso, a pesar de que es un hombre atractivo a espuertas, usa unas gafas cada vez que juega. Las necesita para ver las cartas de los contrarios. Es así de simple. Es un magnífico bribón.

Los problemas aparecen cuando la avispada hija de un inspector de Scotland Yard sabe que Barney es Barney. Entonces las cosas se empiezan a complicar. Más que nada porque la chica también se ve irresistiblemente atraída por el tahúr. Ser o no ser, esa es la complicada cuestión que hay que responder. Delatarle o quedárselo. Y lo segundo es algo demoledoramente atractivo porque el muchacho se dispone a saltar las bancas de media Europa, en los mejores casinos, con los mejores hoteles y dándose la mejor vida a la que nadie pudiera aspirar. ¿Barney a la cárcel o al tapete? Sin embargo, las ideas, a veces, son tan sencillas que dan miedo. ¿Qué tal si Barney colabora con Scotland Yard? Con esa habilidad para leer las cartas por el lomo, puede, no sólo ganar dinero, sino también arruinar a quien se lo proponga. Y el Yard está interesado en que determinado personaje se quede sin recursos. Barney va a tener que jugar para los buenos, aunque también saque pingües beneficios del lance. E, incluso, va a tener que usar la vista para algo más que leer.

Excelente película, llena de momentos entretenidos, suspense y con un ligero recuerdo al Casino Royale, de Ian Fleming, en su versión verdadera, por supuesto, bajo la dirección de Richard Donner y con Warren Beatty dando el palo como Barney Lincoln y Susannah York como la avezada hija de la policía. El resultado es una historia de listos, de esas que dejan un buen sabor de boca y de mano, con el verde prado de las mesas luciendo su descaro y, por supuesto, un malvado a la altura. No hay nada como acudir al origen para causar estragos. Y Beatty, además, tira de atractivo y de saber estar, dejando un poco de lado su aire más trascendente, para ofrecer el retrato de un tipo que se sabe mover por las mesas de juego de medio mundo.

Así que ya saben, apuesten con moderación y esperen el momento adecuado. Puede que los malvados sean malvados, pero no son tontos. Y eso es algo que no hay que olvidar nunca. El resto es poner cara de poste y jugar con inteligencia. Incluso sabiendo lo que tiene el contrario. A veces, es más rentable golpear en el instante más indicado que lanzarse a ganar todo en las primeras manos. Y manos no le faltan a Barney. Pasen y vean. Y, si tienen lo que hay que tener, apuesten unas cuantas fichas de las gordas.

viernes, 24 de marzo de 2023

CONFIDENCIAS (1974), de Luchino Visconti

 

Quizá, entre la quietud de las paredes de un vetusto palacete italiano, con la intrusión de unos cuantos extraños que han alquilado un par de habitaciones para que sea sostenible esa antigualla casi contemplativa, haya una oportunidad para repasar lo que pasó hace muchos años con el encuentro del amor, el reconocimiento de errores, algunos de ellos forzados y que no se pudieron evitar, o la memoria de la entrada en la decadencia, en el silencio, en ese ambiente cargado de un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. El Profesor ha tenido que devorar cada uno de los minutos de su soledad, encerrándose en ese palacete descolorido y, a la vez, elegante. Y sus conclusiones siempre llevan a callejones de moral sin salida. Tal vez esos extraños, esa gente que, con toda probabilidad, no saben estar en sitios de cierta clase, sean una ventana para que la conciencia llegue a la tranquilidad, la memoria a la paz, el recuerdo a lo entrañable. Dentro del marco de una vida que se siente desperdiciada, las confidencias irán conformando un mosaico en el que el Profesor se dará cuenta de que el amor fue y es lo más necesario en la vida de cualquiera.

Las conversaciones, como piezas de una colección de arte, se suceden, en parte, en terreno de la imaginación porque, por allí, por las desvaídas paredes de rojos ajados, aparece esa chica que se llevó todo y no dejó nada. Tan hermosa como era. Tan sincera como fue. La clase y el estilo puede que sea algo que se lleve en la sangre y no tiene por qué ser necesariamente azul. Puede que, en el fondo, toda esa aventura de alojar en casa a unos nuevos ricos sea una elegía, una última reflexión sobre la soledad, sobre la familia, sobre la política…todo ello pasado por el amor, por la oscuridad, por la amargura y por la crueldad. Cuando se enfila la recta final es posible echar una mirada a los demás, a la herencia dejada y recibida, a la fuerza de los desafíos. Sólo para llegar a una definición clara y concisa de sí mismo. Un camino difícil plagado de diálogo estático. Una meta que, en ningún momento, se quiere alcanzar.

Luchino Visconti dirigió esta película profundamente reflexiva, con la colaboración de Burt Lancaster en el papel de ese viejo Profesor de lengua clásica que trata de poner en orden todo lo vivido mientras lo nuevo invade sus últimos días. Y la última palabra es que todo era mejor antes. El futuro se presenta incestuoso, perverso, intranquilo, zigzagueante. Es como si el Príncipe de Salina ajustara cuentas con el destino mientras ya quedan pocos días. La inteligencia, el arte y la razón pasarán a ser piezas de museo en un mundo que se complica más aliándose con el tiempo. El hedonismo se encargará de pesar más en ese ambiente que se abre con las mañanas y ya no hay sitio para lo que, un día, importó. Puede que las confidencias sirvan de poco cuando la muerte ya está llamando a la puerta. Y es que siempre hay que abrirla.

jueves, 23 de marzo de 2023

BAJO TERAPIA (2022), de Gerardo Herrero

 

Gerardo Herrero es, tal vez, uno de los mejores directores y productores de cine de género que hay en España y, lamentablemente, no es demasiado reconocido. A él le debemos pequeñas joyas como aquella extrañísima y fascinante Desvío al paraíso, o las fascinantes memorias bosnias de Arturo Pérez Reverte en Territorio comanche, o la excelente incursión en la incoherencia del homicidio en plena batalla de la División Azul en Silencio en la nieve y, por supuesto, la coproducción de una película de leyenda como es El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella. En esta ocasión, adapta con precisión y descaro la obra de Matías del Federico con la colaboración de unos intérpretes que parecen hechos a medida para someterse al psicoanálisis más crudo bajo la forma de la problemática de pareja.

El resultado llega a ser fascinante porque todos ellos ponen la carne al asador, convenciendo desde el principio con sus hastíos, sus vergüenzas, sus frustraciones, sus ilusiones, sus desvaríos, sus amarguras y sus rencores. En poco tiempo, podemos asistir a un compendio bastante detallado de actitudes que deterioran la vida en pareja hasta hacerla aburrida, prescindible e, incluso, absurda. No hay nada de comedia en todo ello, aunque haya alguna muestra de humor que entra de lleno en la propia idiosincrasia latinoamericana. Predomina una sensación de desengaño, de aires de vuelta en unas parejas que ya se han dicho de todo y que, pese a todo y contra todo, aún quieren seguir unidas…o no. Por eso, quizá, a Freud no le gustaba demasiado el psicoanálisis, porque era mejor pasar a la acción y hacer que el verdadero enfermo, el que está encallado en su propia obcecación basada en la negatividad y en el tancredismo, pague por sus pecados, que suelen ser muchos y graves.

Y es que no hay nada como sincerarse como extraños porque, entre tanta verdad, siempre suele colarse alguna mentira. Ése es el gran mal enfermizo que atenaza a una buena parte de la Humanidad. Nos gusta mentir. Estamos como locos por mentir. Nos hace parecer mejor de lo que somos, nos coloca en un lugar privilegiado, nos construye toda una barricada en contra de los ataques exteriores. En algún sitio de un interior huidizo, siempre hay un hálito de verdad, pero no quiere salir porque esa verdad, escondida en una mazmorra, tiene miedo de la luz. Y a Freud le encantaba la luz, aunque para llegar a ella hubiera que recorrer el largo túnel del psicoanálisis, tratamiento que consiste en reconocer las razones de la oscuridad.

Todo se concentra en unas cuantas maniobras de distracción que, a su vez, van poblando de mensajes en un entorno totalmente controlado. Es como si la frustración y la rabia oculta fuera un cerdo al que se le pincha una y otra vez hasta que gruñe y suelta toda la porquería. Y es terrible. Es insana. Es rechazable. Es penosa. Y hay que extirparla con urgencia porque esa porquería es la que corrompe toda base de convivencia y de respeto, todo rincón de raciocinio en una situación que ha dejado de ser razonable desde hace mucho tiempo. Tomemos una copa y vayamos con calma. Es hora de dejar que la gente hable con libertad y que los demás veamos hasta dónde se llega con determinadas actitudes. La fría y atónita verdad era el verdadero objetivo de Freud porque en ella se encierran todas las respuestas. Y Gerardo Herrero, una vez más, vuelve a demostrar por qué es tan buen director, cómo mima a sus elencos y consigue que nos sintamos parte de una terapia que conseguirá extraer lo mejor de nosotros mismos. 

miércoles, 22 de marzo de 2023

ATRÁPAME SI PUEDES (2002), de Steven Spielberg

 

No hay muchos alicientes en una vida honesta y habitual, así que lo mejor es convertirse en ratón dentro de un bidón de leche y, a base de patalear, convertir la leche en queso. Falsificar, en el fondo, es un arte y este chico que apenas está saliendo de la adolescencia trae en jaque a medio FBI porque es un artista de la doble cara. Ha conseguido viajar por todo el mundo sin pagar un centavo echándole bemoles. Sin más. Tiene talento. Todo el mundo tiene talento para algo sólo que, a menudo, no se descubre para qué. Y este fulanito lo tiene para que nada sea verdad sin dejar de tener la apariencia de serlo. Puede conseguir lo que quiera. Cuando quiera. Como quiera. El FBI, si lo pilla, será por un golpe de suerte y porque el agente Hanratty es un perro de presa lleno de paciencia y de calma, que sólo espera el momento adecuado mientras va cerrando cuidadosamente todas las salidas posibles y extiende la red para que el individuo caiga por sí solo. No, no es nada fácil atrapar a un tipo que es más escurridizo que una anguila y que es capaz de imitar cualquier firma, de encontrar los puntos más débiles de cualquier sistema de autenticación y que, además, le gusta vivir bien. Atrápalo si puedes.

Con una puesta en escena que se acerca con premeditación y alevosía a Stanley Donen, Steven Spielberg articuló una película apasionante que se inspira en buena medida en El gran impostor, de Robert Mulligan, que, en aquella ocasión, tuvo a Tony Curtis como protagonista. Sin embargo, Spielberg es más elegante, más certero, más apasionante en el desarrollo de la historia de este fuera de la ley que tomó el pelo al más pintado y llegó a trabajar para el FBI como experto en falsificaciones. Los cheques, las tarjetas de crédito, las tarjetas de fidelidad, los títulos universitarios…nada tenía secretos para él así que es mejor unirse al diablo antes que combatirlo. Se lo pensó y se lo repensó, pero, al final, decidió estar en el lado correcto. Mientras tanto, buscarlo se convirtió en una tortura a través de todo el país y buena parte del extranjero. Tom Hanks incorpora al agente del FBI en un deliberado tono menor, con una interpretación basada en sugerir, en describir que, en el fondo, ese agente tiene una vida por mucho que esté entregado a su trabajo. Leonardo di Caprio convence como ese experto en falsificaciones con cara de niño que aprende rápido, huye con ligereza y se escapa por los pelos. La película, por otro lado, es un prodigio de ritmo, de situaciones, de diálogos y de mentiras y, sin mayores pretensiones, trata de entretener con altura y firmeza.

Y es que el oficio de falsificador, eso sí, sin pertenecer a ninguna organización mafiosa, trabajando sólo para sí mismo, no deja de tener un lado apasionante porque se comprueban los resquicios por los que se puede introducir el individuo que siempre quiere vivir al margen. Todos ellos son ratoncitos que, a base de pataleo, convierten la leche en queso y que trepan, trepan, suben, suben y que, como Ícaro, acaban derritiendo la cera de sus alas. Fírmeme este cheque, por favor…