miércoles, 15 de noviembre de 2023

EL HALCÓN INGLÉS (1999), de Steven Soderbergh

 

Quizá sea el momento de salir de las sombras y poner las cosas en orden. La prisión ha sido difícil para un halcón porque su naturaleza es volar y no puede estar entre rejas. Sin embargo, lo peor, lo más pesado de llevar, ha sido saber que lo único que has querido realmente en la vida ha sido asesinado y no poder encontrar al canalla que lo hizo porque hay que cumplir condena. Wilson ha estado toda la vida trabajando sin que se notara su presencia. Ahora va a volver a trabajar y se va a dejar ver. Y cuidado con los que osen darse cuenta.

Lo primero es trasladarse a los Estados Unidos. Un país incomprensible, una mezcla algo idiota de culturas atrasadas con un toque anglosajón que resulta bastante grotesco. Al menos, en Inglaterra uno sabe a qué atenerse, pero en Los Ángeles la batidora funciona a todas horas y nada es fijo, todo es volátil. Habrá que adaptarse.

Lo segundo es agarrarse a un tipo que eche una mano. Puede que no sea demasiado inteligente, pero servirá para un par de recados y dos o tres avisos. Al fin y al cabo, Wilson emplea sus trucos de experimentado ladrón para ejercer en esta ocasión de detective privado. Y se va a dar cuenta de que un potentado productor de discos está detrás de lo que anda buscando. Se le van a rayar los vinilos al individuo. Más que nada porque este halcón inglés no se sabe por dónde viene. Es silencioso y muy cauto. Es de pocas palabras y, por tanto, proporciona muy pocas pistas. Mucho ojo. Despliega sus alas y el tipo es implacable.

Esta es una película al margen del resto de la filmografía de Steven Soderbergh. Donde allí hay efectismos, aquí hay una austera sobriedad. Donde allí hay trampas de guión a ambos lados de la carretera, aquí se apoya en una historia que parece de hierro y que lleva en todo momento bajo control. Al principio, puede chocar un poco la elección de Terence Stamp para dar vida a Wilson, pero el actor, con sabiduría y paciencia, se va haciendo poco a poco con el papel, porque pasa de esa primera impresión en la que predomina la sensación de que el protagonista es un poco raro a  la seguridad de que es un tipo metódico, de mucho cuidado, que piensa detenidamente la venganza que va a ejecutar aunque esté a miles de kilómetros de su ambiente y que, además, va a ser implacable, sin piedad, definitivo.

El resultado es una película que, sin ser una obra maestra, camina con paso seguro y que posee la rara cualidad de ir envolviendo con lentitud al escéptico espectador. Así, Soderbergh, en un alarde de conocimiento, iguala forma con fondo en la historia. Wilson va envolviendo a todas las almas que se va encontrando en su camino ineludible hacia la venganza que cierre un hueco de demasiados años. Y acaba por tener a todo el mundo de su parte. Es como un halcón que avista su presa a kilómetros de distancia y se lanza a una velocidad de vértigo en país que eso mismo es lo que exige.

martes, 14 de noviembre de 2023

LA MANO IZQUIERDA DE DIOS (1955), de Edward Dmytrik

 

Jim Carmody ha estado demasiado tiempo a los mandos de un avión y, después, haciendo trabajos casi en régimen de esclavitud para un señor de la guerra chino. Puede que le venga bien ponerse un alzacuellos como tapadera perfecta para una huida. Quiere dejarlo todo atrás. Ya está bien de ametrallar aldeas, de quedarse con sus cosechas, de hacer rico a un tipo que sólo sirve a su propio envilecimiento. Por aquellas casualidades del destino, asume el papel de un sacerdote, un hombre muy esperado en una misión en algún lugar de ese país tan gigantesco. Allí tendrá que ejercer como tal porque su fachada es más importante que cualquier otra cosa. Sin embargo, es importante no sólo para él, sino que también lo es para todos aquellos que le rodean porque Carmody o, mejor, el padre O´Shea, reparte esperanza y defiende a los más débiles y se deja la piel para que tengan derecho a su porción de vida. El inconveniente es la señora Scott. Es endiabladamente atractiva y, si Carmody fuera Carmody, no tardaría en invitarla a unos tragos y susurrar algo en su oído. En lugar de eso, el padre O´Shea tiene que escucharla en confesión y es ella la que susurra en el oído de él. Y el rostro del falso sacerdote tiene que permanecer impertérrito, imperturbable y transmitiendo una sensación de fortaleza y de consuelo. Quizá sea el último héroe romántico en un lugar imposible.

Así que Carmody, más allá de su cautiverio, empieza a saber leer en el alma de las gentes. Apenas sabe lo que está haciendo, pero sigue con su instinto porque comprende que todo se basa en la esperanza. Los señores de la guerra pasarán. El hambre pasará. La necesidad se tornará en vida. Y el padre O´Shea tendrá que abandonar la misión después de una improbable partida de dados en la que se juega algo más que su propia existencia.

Humphrey Bogart está perfecto en la piel de ese aviador reconvertido en sacerdote por necesidades de la supervivencia. Sobrio, profundo, dando intensidad a un personaje que se siente mal porque es un fraude, pero que, no obstante, es incapaz de renunciar al engaño porque la gente le necesita. Gene Tierney, a pesar de las tremendas dificultades que estaba atravesando en su vida privada, aporta belleza y serenidad a un personaje que tiene que vencer sus deseos más ocultos. El punto más débil de la película reside en ese señor de la guerra al que da vida Lee J. Cobb. Histriónico, horriblemente maquillado y rematadamente falso porque parece un ratero neoyorquino trasplantado a las estepas rusas, Cobb, un actor habitualmente solvente, no supo dar con el punto de temeridad necesario,  ni con esa tonalidad de sombra acechante que tanto hubiera aportado. En vez de eso, tenemos a un estúpido que sólo quiere recuperar al hombre que le llevaba el negocio del saqueo como nadie y que trata de mantener una especie de camaradería imposible con el personaje de Bogart. Un error.

Así que, tal vez, detrás de las oraciones, siempre haya algún hombre, que no tiene por qué ser de Dios, o alguna mujer que otorgue esa pequeña luz tan necesaria en la opresión, en la oscuridad y en el espinoso camino que resulta ser la propia vida. Es tiempo de conocer al padre Carmody y al aviador O´Shea… ¿o es al revés?

miércoles, 8 de noviembre de 2023

FIVE NIGHTS AT FREDDY´S (2023), de Emma Tammi

 

Con motivo de la festividad de la Almudena en Madrid, vamos a despedir el blog hasta el martes 14 de noviembre. Hasta entonces, id al cine, aunque no sea a ver esta película.

Por fin hemos dado con una película que es, prácticamente, un compendio de todo lo que no se debe hacer en cine. Intenta ser una historia de terror juvenil…y, la verdad, no asusta salvo por lo mala que acaba siendo. ¿Las interpretaciones? No me hagas reír que se trata de pasar miedo. ¿La dirección? Pues hasta mediada la vaina, más o menos, todavía tiene un pase, pero es que, de repente, les da un ídem y la trama comienza a dar saltos incomprensibles, a no explicar nada, a confundir lo sobrenatural con lo real y acaba por no tener ningún sentido. ¿La banda sonora? Es que ni siquiera se molesta en poner algo de música de los ochenta que, al fin y al cabo, es lo que quiere criticar u homenajear, aún estoy preguntándome lo que pretende. ¿La fotografía? Pues tampoco es nada de la otra pizza. Oscura, sin gracia, sin resaltar mucho los colores, pero sin apostar por la monocromía…

Y es que, además, por si fuera poco, jugando a ser Alfred Hitchcock, pero sin tener ni idea de lo que significa eso, se presenta un lado de la historia que pasa por ser fundamental y luego…bueno… ¿para qué resolverlo? Si ya la gente se va con unos buenos sustos que saben a precocinados, sin originalidad, sin pulso, sin nada de nada. Y, claro, dicho todo esto, resulta muy difícil continuar el artículo porque no se puede destacar ni a los personajes animatrónicos que, se supone, son la caña. Póngame dos, por favor, a ver si se me quita el dolor de cabeza y la sensación de ridículo por ir a ver algo tan sumamente inferior a mi cintura.

Se supone (y digo que se supone porque yo no soy asiduo a los videojuegos) que esta tomadura de pelo está basada en uno. Sin embargo, ya se hizo algo parecido hace un par de años con Nicolas Cage de protagonista bajo el título de Willy´s Wonderland que, debido a la pandemia, no se estrenó en salas comerciales y pasó directamente al mercado digital. El caso es que aquí resulta hasta patético ver al pobre de Josh Hutcherson tratando de imprimir algo de carne a un personaje que tiene menos membrana que esqueleto. No digamos ya del resto del reparto, empezando por una Mary Stuart Masterson (¡qué tiempos aquellos de Tomates verdes fritos!) que tiene que pasearse con permanente cara de malas pulgas intentando darle a su papel una vuelta de tuerca malvada en, de nuevo, otra parte de la trama que no va a ninguna parte por obra y gracia del espíritu animatrónico de nuestro señor Jim Henson.

Diablos, seré que me estoy volviendo viejo y que recuerdo con nostalgia que la primera vez que salí sin la tutela de mis padres y convencí a cuatro amigos incautos a que me acompañasen a ver Al final de la escalera, cuando apenas rozábamos los catorce años y salimos verdaderamente acongojados de la experiencia. Por si fuera poco, a la semana siguiente volví a exhibir mis dotes persuasivas y nos plantamos delante de Llama un extraño, versión del 79, y, aunque la experiencia fue menos intensa, decidieron no volver a acompañarme al cine porque estaban literalmente lívidos de miedo. Si la película hubiera sido ésta que hoy nos ocupa, me habrían dejado de hablar con toda probabilidad.

Así que disfruten del vendaval, o mójense bajo la intensa borrasca de ignoto nombre. Lo pasarán mucho mejor que delante de este supuesto cuento de terror que sólo vale para vaciar el tubo de somníferos y quedarse dormido montándose su propia película. Si oyen algún ruido, no se preocupen. Es el frigorífico que se pone en marcha. Lo demás es puro aprovechamiento. 



martes, 7 de noviembre de 2023

EL VALLE DEL ARCO IRIS (1969), de Francis Ford Coppola

 

Sigue al hombre que sigue a un amigo. Es la sencilla filosofía de Finian. Es un tipo extraño, una especie de nómada que vaga por algunos pueblos de Irlanda con una bolsa en el brazo y una hija en la espalda… ¿o es al revés? Bueno, da igual. El caso es que Finian es un tipo que, allá por donde pasa, cambia las vidas de cuantos le rodean. Tal vez porque lleva una marmita legendaria que encontró al pie de un arco iris. O, tal vez, porque ya va siendo hora de tener en cuenta a la gente de color más allá de las tonterías y clichés propios de algunos lugares. Ahora Finian llega a un pueblo de nombre impronunciable y va a dar unas cuantas lecciones de racismo a algunas personas que no tienen ningún reparo en humillar a los negros del lugar. Mientras tanto, bailará con alegría, llevará un buen ambiente allí por donde pase y hará que los duendes se hagan hombres y algunos hombres sean poco más que unos duendes.

Mientras tanto, siempre hay tiempo para que una hija comience a soltarse de los bolsillos de su padre y, por supuesto, el amor está por medio. Basta con decir unas cuantas notas musicales al azar y el hechizo está servido. El encanto se extiende por el pueblo y los días comienzan a tener una especie de ambiente mágico. Es algo extraño. Sigue al hombre que sigue a un amigo. Finian, con su sonrisa perenne, es un hombre sabio, tranquilo, quizá algo excéntrico, pero irremediablemente encantador…con todas las acepciones que pueda tener esta palabra.

Resulta chocante comprobar que el director de esta película musical sea un director de las características de Francis Ford Coppola aunque se comprende que quisiera hacerse cargo del proyecto sólo para tener la oportunidad de trabajar al lado de Fred Astaire en la que fue su última aparición en un musical. Sin embargo, es posible que Petula Clark no fuera la actriz más adecuada para dar vida a su hija y que ese pequeño y algo insidioso duende de gesto desagradable que era Tommy Steele llegue a cansar un poco. No obstante, el resultado es bueno, con números musicales muy bien coreografiados y dirigidos y con algún que otro momento que, de haber sido rodado en la edad de oro del musical, hubiera pasado a la historia. En algún pasaje, incluso, parece como si los pies no pudieran estarse quietos y también quisieran ir en busca de la olla de oro que dicen que está en un extremo del arco iris…supongo que ustedes no creerán esa patraña.

Así que dejémoslo todo en que, quizá por primera vez, El valle del arco iris sea uno de los primeros musicales que aborda abiertamente el tema del racismo entre blancos y negros y que no rehúye su responsabilidad. Sólo por eso, debería ser rescatado del olvido al que se le ha condenado por haber sido realizada en una época en la que no le correspondía, con un intérprete que sólo tenía setenta años y que aún bailaba como los ángeles y con un director que, en apenas tres, iba a situarse en la primera línea de los cineastas. Ustedes deciden… ¿bailamos?

viernes, 3 de noviembre de 2023

LA NIEBLA (2007), de Frank Darabont

 

De repente, el mundo se queda reducido a un supermercado. Uno de esos con enormes cristaleras y olor sospechoso en el muelle de descarga. Las puertas se cierran porque lo imposible ha ocurrido y seres de otra dimensión han entrado por el umbral de la bruma. Y sólo quieren dominar nuevas dimensiones. Así las líneas paralelas dimensionales, se convertirán en perpendiculares y sólo podrá quedar una. Algo de locos si se piensa mientras se está comprando el paquete de arroz. Allí dentro, en esa tienda que se erige como un microcosmos de la Humanidad, se moverán los arquetipos de esta fea época que nos ha tocado vivir. Estará el artista que mira con cierta superioridad a sus vecinos. Estará el tipo resentido que sabe que nadie le va a perdonar por el mero hecho de ser negro. Estará el militar asustado porque cree que el Ejército ha tenido algo que ver con esa catástrofe impensable. Estará el paleto de turno que irá siempre en la dirección que sople el viento. Y quizá estará el arquetipo más peligroso de todos, el fanático que se esconde detrás de Dios para predecir el apocalipsis y aplastar la conciencia, como si la culpa fuera la solución, como si Dios fuera un monstruo que exige sacrificios por los pecados, como si la Edad Media, de súbito, se instalara entre las salsas y las latas.

Es muy difícil mantener la cabeza fría cuando nos enfrentamos a lo desconocido. La información que se posee del enemigo es tan exigua que ni siquiera se sabe a ciencia cierta cuál es su aspecto. Y, sin embargo, hay que hacer algo, porque, si el ser humano guarda bondad en su interior, esa es una de las cosas que le diferencian del resto de especies. Hay que rebelarse, salir, buscar un lugar seguro, enfrentarse cara a cara, sacar los dientes y rugir y, si es necesario, matar. La pena es que no habrá perdón y, cuando la situación parece ya no tener ninguna salida, se toma la peor de las decisiones. Después de eso ya sólo queda mutilar el alma arrasada, desear morir por encima de todo y creer que la pesadilla, en el fondo, es una realidad de peso.

Frank Darabont lo hizo nuevamente con el universo de Stephen King con la adaptación de esta historia. La única que dirigió con material previo del escritor que se podría adscribir al género de terror. El resultado es apasionante en algunos tramos, especialmente en todo lo que ocurre en el supermercado y, desde luego, con uno de los finales más desoladores de toda la historia del cine. Hace falta mucha moral para volver a adentrarse en los rincones de esa bruma asesina y asistir de nuevo a la auténtica derrota que experimenta quien menos lo merece. Y no hay consuelo posible, porque todas las decisiones fueron acertadas excepto la última. Con un reparto en el que destacan Thomas Jane, Toby Jones, William Sadler y muy especialmente Marcia Gay Harden, el ánimo se va, maldito, para no volver nunca más. Llorando. Esperando una nueva niebla que haga que todo sea más fácil después. Volver a ese supermercado que es la vida en el que no parece que haya ni un ápice de esperanza.

jueves, 2 de noviembre de 2023

THE KILLER (2023), de David Fincher

Cíñete al plan. Huye de cualquier síntoma de empatía. No hay ningún motivo para que te desvíes del objetivo. Un asesino comete un error fortuito. Y debe pagar. Y, luego, naturalmente, él devolverá el pago con intereses. Es el negocio. Un contrato debe cumplirse y, si no es así, la indemnización debe compensar cualquier posible contratiempo. El asesino hablará desde la conciencia. Nos descifrará sus pensamientos. Y descubriremos que, en su aparente frialdad, en su asesina impavidez, tiene mucho que decir.

No es un hombre que hable mucho. Cuando busca conversación sólo pronuncia tres o cuatro palabras. Sin embargo, en su interior, no deja de hablar, de pensar, de concluir. Su mirada es de hielo, y su corazón, sencillamente, no existe. Sus movimientos son matemáticamente mecánicos. Sabe lo que hay que hacer en cada momento y en cada lugar. El contrato se cumple. Sea como sea. Y si no, hay que indemnizar…sólo que eso vale en las dos direcciones. Y el asesino no va a permitir que nadie dañe lo que pertenece exclusivamente a su ámbito privado. También lo tiene. Y no es un refugio. Es un rincón en donde nos damos cuenta de que, en el fondo, ese tipo que sobrevive asesinando por encargo, busca lo mismo que buscamos todos.

La película del director David Fincher destaca por varias razones. La primera de ellas, es su notabilísima dirección en una película que es menos ambiciosa que sus empeños anteriores, pero que delata el enorme cineasta que late al otro lado del objetivo. La segunda, sin lugar a ninguna duda, es la interpretación de Michael Fassbender como ese asesino de mirada gélida y que, de alguna manera un tanto misteriosa, es capaz de transmitir todo lo que hierve detrás de esa cortina de acero que él mismo se ha encargado de construir. La tercera, es el inquietante uso del sonido que realiza Fincher. Y la cuarta es el resultado final de la película que acaba por ser inquietante, interesante, esclava de la voz fuera de campo que narra toda la acción del interior del asesino y que, bien mirado, es una constatación de cómo se salta sus propias reglas a cada paso. Aunque no pestañee al acometer sus empresas. Aunque siga estirándose a los pies de una ventana para desentumecer los músculos adormilados en una interminable espera. Aunque sea ese hombre que no huye de las cámaras, pero que procura no ser memorable en ninguna de sus acciones. Aquí también nos saltamos las reglas.

Todo es reducir la respiración al mínimo. Mantener el dedo firme sobre el gatillo y elegir el momento adecuado para que el mensaje de muerte salga del cañón con destino certero. El problema es cuando el cartero entrega la carta en destinatario equivocado y hay que devolver al remitente. Un error es la muerte. Un acierto es la muerte. Al asesino le trae todo sin cuidado… ¿Todo?... ¿Todo?

Por el camino habrá ocasión de cruzarse con abogados intermediarios, con individuos bestiales, con palillos de mujer y con advertencias de altura en áticos de lujo. Ah, y no se olviden en echar un vistazo a los nombres falsos que utiliza el asesino. Quizá podamos descubrir a dos individuos que formaban a una extraña pareja, a un periodista televisivo de enganche y colmillo, al propietario de un famoso bar neoyorquino… No deja de ser un juego de gato y ratón en la que el espectador, por supuesto, desempeña el papel del ratón. Y, sin lugar a dudas, todos, hasta aquellos que no tienen corazón, ni alma, ni empatía, ni son partidarios de improvisar, buscan lo mismo que el común de los mortales y no es otra cosa que vivir con tranquilidad. Quédense con eso.

 

martes, 31 de octubre de 2023

ELLA Y SUS MARIDOS (1964), de Jack Lee Thompson

 

Debido a la festividad de Todos los Santos, mañana no habrá artículo. Os veo el jueves día 2.

Louise May Foster es una pobre chica de provincias que lo ha tenido muy claro desde que vivía con sus padres. El dinero no es la felicidad. Más bien es una fuente de problemas. Su padre decía lo mismo, pero su madre era todo lo contrario y, claro, lo primero que tenía que hacer Louise era buscarse un marido. A ser posible, pobre, porque la muy tonta tiene al potentado de la ciudad detrás de ella y no le hace ni caso. Así que cuando se presenta con el anillo en el dedo diciendo que se ha casado con un cualquiera, su madre se pone a aullar como un coyote y se siente tan pequeña, tan pequeña, como se ha sentido su marido durante muchos años.

El afortunado es Edgar Hopper, un tipo que promete a Louise no trabajar mucho porque ella ha de ser su única ocupación. Si viven en una cabaña andrajosa, no pasa nada. Si hay goteras y se clavan los alambres del sofá, todo va bien. Sin embargo, ese puñetero potentado le introduce el veneno de la competencia al pobre Edgar. Y el pobre Edgar, resuelto e inteligente, se convierte en el rico Edgar. Tan rico que no puede dejar de amasar dinero y se muere de tanto trabajar. Louise se convierte en viuda.

Rota de dolor, se va a París y conoce a un taxista que, además, es pintor. Uno de esos locos que cree en el arte trascendente y esas tonterías. El caso es que inventa una máquina para pintar y a ella se le ocurre que se ponga música para que la máquina se mueva al compás de Mendehlsson, o Beethoven, o lo que sea. Ya la hemos liado. El tipo consigue introducirse en los circuitos comerciales del arte y va a quemar la máquina. O va a ser devorado por ella, no sé. El caso es que Louise se convierte en viuda.

De regreso a casa, conoce a un tipo que ya es rico de por sí. Es el multimillonario Rod Anderson. Y es un romántico que siempre dice lo mismo. “Recuérdame que te diga que te quiero”. Es bonito. Es romántico. Y es puro lujo. Ella se viste como una auténtica princesa, con los diseños más bonitos y atrevidos y visitan los lugares más increíbles del mundo. Mientras tanto, no deja de recordarle a Rod que le diga que la quiere. Hasta que Rod, cansado de ganar tantos millones, deja a Louise que se convierta en viuda, por si no lo había probado antes.

Nada como distraerse con algún espectáculo. Y Louise conoce a Pinky Benson. La verdad es que Pinky es un artista que aún no ha destacado. Él es feliz cantando y bailando y haciendo el payaso en una taberna, pero el amor…ah, el amor que Pinky encuenta en Louise hace que sus facultades se exalten y el éxito está ahí mismo a la vuelta de la esquina. A Pinky, sin embargo, le estalla el corazón de amor. Y Louise se convierte en una viuda musical.

Menudo camino lleva la pobre Louise. Sabe que el dinero ha sido la causa de todas sus desdichas, así que quiere devolver su fortuna al fisco estadounidense, pero es tal cantidad que creen que está loca. Su psiquiatra, el doctor Stephenson, también cree que ella llama al dinero y al éxito así que le propone en matrimonio, pero ella reconoce en el fregador del despacho a aquel tipo que espoleó la competencia del pobre Edgar y se pregunta si no tomó la decisión más inadecuada en aquel momento.

Shirley McLaine nos enseña una colección de maridos. Y ahí están Dick Van Dyke, Paul Newman, Robert Mitchum, Gene Kelly y Dean Martin. Sucesivamente se va creyendo que está dentro de una película de cine mudo, de una película francesa sacada directamente de la nouvelle vague, de una producción tan lujosa que deja de baratillo a cualquier producción lujosa, o de una producción musical con sus números de baile y sus escenarios increíbles. Una vida de película para decir que lo mejor es seguir el instinto. Lo malo de todo es que podría haber sido un largometraje divertido y se quedó en aceptable. Puede que Jack Lee Thompson no fuera el mejor director para algo así, pero sólo por ver a McLaine dejando en la cuneta a cada uno de sus maridos, es posible que merezca algo la pena. Siempre que nadie se quede viudo, claro.