viernes, 22 de marzo de 2024

CENA A LAS OCHO (1933), de George Cukor

 

Con esta invitación a cenar, vamos a echar el cierre al blog hasta el martes día 2 de abril con motivo de la Semana Santa. No dejéis de ver e ir al cine. Todas las cenas para el espíritu están en él. 

Hay que ponerse las mejores galas para una de esas cenas de alta sociedad que, al día siguiente, merecerán una nota destacada en la sección de frivolidad de cualquier diario de Nueva York. La elegancia es algo que se debe llevar en el exterior, demostrarla y, si es posible, restregarla en la cara de todos aquellos que se creen la reoca con tal de lucir su smoking o su vestido de gala. Sin embargo, no es demasiado cierto. La elegancia no es un término que se pueda aplicar al exterior de nuestra apariencia física. Eso lo puede ser cualquiera. La elegancia es un concepto que, tal vez, sea muy difícil de ver porque se lleva en el interior, en lo más profundo de nuestro comportamiento. Tal vez, un actor está nadando en océanos de alcohol en la soledad de su habitación de hotel porque ya se ha dado cuenta de que no sirve de nada poseerla y que no siempre se puede mantener. Muchas mujeres han pasado por sus brazos y no ha conseguido atisbar la felicidad. Muchos éxitos se han posado en sus méritos y ya puede que el miedo se haya instalado en su ansiedad. Por otro lado, puede que un especulador, un constructor de cemento y dinero quiera ganarse el favor del más favorecido y no tenga ningún problema en decir las cosas como las piensa, a pesar de que no sean el distintivo de una buena educación. O una chica sin nada en la cabeza más allá de ese polígono de escalada de forma rectangular que se halla en todos los dormitorios del mundo, no tenga ningún problema en demostrarlo cada vez que abre la boca…

El microcosmos de los dineros llenos, de las arrogancias sublimes, de las ruinas escondidas…porque también hay quien está pasando un momento malo en las finanzas y la única salida sea convertirse en una mala persona. Y deberá decidirse en esa cena. No faltará tampoco la natural ironía de una dama entrada en años que se lo sabe todo y aún guarda el alma limpia sin renunciar a desparramar algo de veneno por los brillantes suelos de los grandes salones… George Cukor hizo una película extraordinaria que, en su día, quiso ser deudora de Gran Hotel y que, sin embargo, ha envejecido mucho mejor, con un diseño de personajes superior en todos los sentidos y con unos diálogos en los que ya se empieza a notar el distanciamiento con las frases ingenuas y a la ligera de algunas primeras obras del sonoro. El resultado es una película que, a primera vista, puede parecer un folletín de altas finanzas y bajas pasiones, pero que acaba por ser una disección crítica, tremendamente ácida, de la burguesía americana que ha sobrevivido a la crisis del veintinueve. Ágil, trágica, cómica y sincera, no deja de ser cierto que Cukor cuenta con un reparto de primera línea en el que destaca Marie Dressler, pero también Jean Harlow, Lionel Barrymore, atrapado entre sus convicciones empresariales y personales, Wallace Beery, basto y brutal y, por supuesto, John Barrymore interpretándose a sí mismo, ahogado en las cuatro paredes de una habitación de hotel y acostado sobre un colchón de alcohol.

Al final, todos los comensales se irán satisfechos. Unos habrán llenado el estómago. Otros, habrán asegurado la abundancia de sus bolsillos, y aún otros, sencillamente, perderán y tendrán que digerir una derrota total. Sin paliativos, con una ventana abierta y una llamada a la puerta. Y hay que abrir para ver esta película.

jueves, 21 de marzo de 2024

EL CASO GOLDMAN (2023), de Cédric Kahn

 

Pierre Goldman fue un militante de izquierdas cercano a la revolución que fue acusado de cuatro asaltos a mano armada con resultado de muerte en el último de ellos. Él reconoció la autoría de los tres primeros, pero negó en todo momento la autoría del más sangriento. Esta película no trata de poner en antecedentes, ni de establecer un ambiente previo al proceso. Simplemente es el mismo juicio, con los únicos intervalos de los vis a vis que mantiene con sus abogados.

Esa ausencia de contexto se compensa con los testimonios que se suceden en la corte de justicia. Al igual que en Anatomía de una caída, se asiste al particular procedimiento de litigación francesa, permitiendo el careo de testigos con el acusado, interviniendo de uno u otro lado y realizando consideraciones que, en muchas ocasiones, se salen de lo meramente procedimental para adentrarse en la formación de una opinión según se favorezca a la acusación o a la defensa. Incluso el jurado puede formular preguntas en cualquier momento. Todo esto no es baladí porque el proceso estuvo mediatizado por la política en el que las fuerzas de izquierda presionaban para la liberación de Goldman mientras los sectores más conservadores eran partidarios de la cadena perpetua y, a poder ser, de la pena de muerte que, por aquel entonces, en 1974, todavía estaba vigente.

La primera consideración que se pasa por la cabeza de cualquier espectador es si es necesaria una película que, prácticamente, es una mera transcripción del juicio. A todos los efectos, no se airea la trama en ningún momento. Se llama a los testigos, se les somete al correspondiente careo y se dicta veredicto y sentencia. Goldman no era un individuo recomendable, desde luego, pero se pone de manifiesto el latente fascismo policial, la ambigüedad de muchas pruebas y de algún que otro testimonio, además de la evidente insidia de la acusación, burlándose de cualquier tipo de defensa que pueda esgrimir el acusado.

A todo esto, a lo que se asiste, es a una obra de teatro. Protagonista: el acusado. Como actores secundarios, el juez, los abogados, los testigos, todos con su momento de lucimiento, y una algarabía de los espectadores en la que es imposible apagar el murmullo ante la aparición de tantas dudas. El resultado es una película a la que se niega cualquier capacidad dramática al constreñir toda la acción en un solo lugar, sin recuerdos, ni recursos narrativos. Todo se cuenta y nada se ve. No se sabe realmente si el acusado es culpable o inocente y no deja de ser una especie de objetivo indiscreto que se ha introducido en la sala para que podamos escuchar de boca de los actores-actrices-testigos lo que pasó o lo que dejó de pasar mientras los letrados ponen en duda cada palabra.

El señor que ocupaba el asiento justo dos filas atrás se echó una buena siesta a juzgar por los sonoros ronquidos. Más que nada porque todo esto suena a bastante conocido. Denunciar la corrupción racista, descaradamente autoritaria de los estamentos policiales parece retrotraer de nuevo el famoso Caso Dreyfuss que tan certeramente retrató en 2019 el director Roman Polanski, y anteriormente, en 1991, Ken Russell en Prisioneros del honor. Nada nuevo bajo el sol. Da la impresión de que basta con quejarse con la suficiente fuerza como para armar ruido y que no haya demasiados escrúpulos en absolver de un crimen mayor a un individuo que se dedicaba a asaltar comercios a punta de pistola y que, por si fuera poco, fue considerado un intelectual de izquierdas por los dueños del buen pensamiento. Todo para conseguir una sentencia que, en el fondo, fue bastante inútil. Como esta película. 


miércoles, 20 de marzo de 2024

CUNA DE HÉROES (1955), de John Ford

 

El Sargento Marty Maher puede parecer un fracasado. Soñó con una vida de heroísmo y combate y se quedó en los peldaños más bajos de la Academia Militar de West Point como instructor. Y aún así tuvo que aprender a enseñar. No sabía boxear, y, sin embargo, se calzó los guantes. No sabía nadar, y, no obstante, se deslizó sobre el agua. Obró milagros en la labor más ingrata. Fue la semilla de la razón y del arrojo que hizo mella en nombres míticos que, más tarde, pusieron en práctica todo lo que el Sargento Maher les pudo enseñar en West Point. Incluso él tuvo la sensación de que no se había enrolado en el ejército para eso, para enseñar a unos cuantos imberbes los extremos más prácticos de su posterior labor como oficiales. No enseñaba la teoría de la guerra según Von Clausewitz. No desguazaba las estrategias del campo de batalla para que esos futuros jefes tuvieran la mirada amplia que distingue a los profesionales. Sólo se quedó allí, en West Point, apreciando las evoluciones de sus chicos y asistiendo, año tras año, a las graduaciones. Era un don nadie que fue todo para muchas generaciones.

Detrás de su uniforme y de sus sueños no cumplidos, había una mujer admirable que sabía cuáles eran sus puntos más débiles. Si el ánimo del Sargento Maher flaqueaba, allí estaba ella para decir la palabra justa, o para organizar cualquier cosa que hiciera que la moral estuviese alta. Ella fue la General del ejército del empuje del Sargento. Una oficial imprescindible que mandaba tropas para luchar contra el desaliento, o contra la decepción, o contra cualquier cosa que hiciera mella en el interior de ese Sargento que fue leyenda dentro de la institución. Con su mirada, con sus ademanes, con sus gestos y su toque siempre teñido de moderación. Marty Maher no hubiera existido si ella no hubiese estado.

John Ford puso mucho cariño en esta película porque reflejó en ella su admiración por la vida castrense. No porque fuera un belicista, porque no lo era. Sólo era un tipo que apreciaba las relaciones fuertes que se originan en un ambiente de convivencia en pos de un objetivo común. No era fascista, ni mucho menos. Sólo era alguien que creía que los grandes hombres se forjan a través de figuras que pasan desapercibidas para la mayoría y en esta película realiza un homenaje a todos aquellos que ponen los cimientos para los que se llevan el oropel y la gloria o, también, el fracaso e, incluso, la muerte. Para ello, es notable la atención que presta a las interpretaciones de Tyrone Power en uno de los mejores papeles de toda su carrera (y frecuentemente olvidado) y de Maureen O´Hara mientras se preocupa de una puesta en escena cuidada, realizada con esmero, con un punto de lírica en el corazón y unos cuantos poemas de pérdida. Así era el maestro. Nunca se cita este título como uno de los más importantes de su filmografía y, aún así, quizá sea un compendio de lo que él pretendía transmitir, de eso mismo que él guardaba en el interior y que tanto le molestaba que otros descubrieran. Por eso, querido Almirante, le pido disculpas. Tenga por seguro que en estas líneas sólo yace la admiración, el respeto y la seguridad de su valentía al mostrar que, en el camino del éxito, se resbalan muchas, muchas lágrimas.

martes, 19 de marzo de 2024

STATE AND MAIN (2000), de David Mamet

 

Pasar una película del papel al fotograma suele ser una tarea ardua y bastante ingrata. Lo saben bien los integrantes del equipo de La vieja milla que deben trasladar el rodaje de su película desde New Hampshire hasta Vermont porque los habitantes del lugar exigían más de la cuenta. Así que, con algo de metraje ya rodado, todo empieza de nuevo en medio de las montañas. Sin embargo, los problemas se suceden. El actor protagonista es incapaz de mantener la cremallera de la bragueta cerrada, la actriz protagonista dice que no va a hacer un desnudo a pesar de que lo ha hecho en películas anteriores y los habitantes de ese pueblecito no son tan tranquilos como aparentan. A eso hay que añadir que el director es un tipo sin ningún escrúpulo que está dispuesto a llegar a donde sea con tal de terminar la película. Menos mal que por allí, y por cortesía de la producción, anda el guionista, que es el único que pone algo de sentido común en esa merienda de blancos. Por supuesto, el sentido de común está frecuentemente interrumpido por la verborrea imparable del productor, que sólo mira los números y se echa las manos a la cabeza. Ya ha costado bastante el traslado. Ahora, encima, hay que lidiar con las tonterías de los actores y los caprichos de los lugareños.

Podría parecer que, a primera vista, ésta es una película más que habla sobre el rodaje de otra película. Así, es fácil imaginarse que va a visitar un buen puñado de lugares comunes con otras historias de parecido corte, pero no es así. Detrás de todo ello, está la pluma y la dirección de David Mamet y nos encontramos con una trama brillante, excepcionalmente bien engarzada, sin estereotipos de ninguna clase, sin acudir a los chistes fáciles de sexo y funcionando bien a todos los niveles, edificando con seguridad una comedia inteligente, sin fisuras, sin asomo de predictibilidad y con un reparto excepcional, destacando Philip Seymour Hoffman en la piel del guionista que asiste, algo atónito, a la locura que se desata, Rebecca Pidgeon, Alec Baldwin, Sarah Jessica Parker y un estupendo William Macy tratando de dar forma a una película que tiene todas las papeletas para fracasar antes de salir de la lata.

Por supuesto, Mamet aprovecha la ocasión para decirle dos o tres verdades a Hollywood en plena cara y lo hace con elegancia. Tal vez por eso es una película que permanece totalmente olvidada y fuera de los circuitos habituales de exhibición, pero merece la pena porque es sincera, es divertida (más de sonrisa que de carcajada), es honesta y pone en solfa la ridiculez de un mundo que contamina todo lo que toca. Quizá, salvando un poco las distancias, recuerda bastante a aquella otra que Alan Alda dirigió consigo mismo como protagonista y al lado de Michael Caine, Michelle Pfeiffer y Lillian Gish con el título de Dulce libertad.

Así que motor rodando, cámara y acción. Hay que tratar de aislarlo todo de los caprichos tontos de la gente tonta. Y esa abunda en todas partes. No es necesario buscarla solo en los barrios más altos de Beverly Hills. También existen en un tranquilo y precioso pueblo de Vermont. Quizá sea lo más abundante en este mundo. Y una película, con toda la gente que trae, con toda la parafernalia y trabajo que supone, puede ser la mecha perfecta para prender el fuego de la fama…sí, es eso que tanto atrae y que tanto enferma a cualquier persona que nació normal…

viernes, 15 de marzo de 2024

ADIÓS, PEQUEÑA, ADIÓS (2007), de Ben Affleck

 

Nadie puede imaginar cuál es el dolor de una madre al comprobar que su pequeña ha sido secuestrada. Y, tal vez, éste sea un caso demasiado grande para que lo lleven una pareja de detectives pequeña como Patrick Kenzie y Angie Gennaro. Ellos dos se entienden bien, tienen una complicidad especial, un respaldo continuo, una especie de continuación ideal a los pensamientos del otro. Aceptan el caso porque se conmueven ante la perspectiva de que esa niña esté siendo torturada o haya sido asesinada. Tendrán que moverse entre los testimonios de mucha gente poco recomendable en los bajos fondos de Boston. La policía se aviene a colaborar con ellos porque, al fin y al cabo, son un par de fisgones bastante listos y tienen los contactos adecuados como para que puedan tirar del hilo con una información de aquí y otra de allá. Sin embargo, no todo es como lo imaginaban. La madre de la niña no es, precisamente, un prodigio de responsabilidad y se ha juntado con una serie de ladrones de tres al cuarto que comienzan a mover droga y a estafar a proveedores y vendedores. Los propios detectives desatan la liebre y entonces ocurre lo impensable.

Y es ahí donde Pat y Angie comienzan a enfrentarse a un dilema moral que es muy difícil de solucionar. No siempre lo correcto es lo legal. Más aún cuando dentro de lo correcto se halla la moral. Y hay que decidir. Quizá Pat esté equivocado y quiera llevar las consecuencias legales hasta sus últimas consecuencias a pesar de que es un hombre que se equivoca muy pocas veces. Sólo una y no es la mejor decisión de su vida. Angie, desde su segundo plano de mujer, tiene más razón y está en lo cierto. No quiere participar en la decisión de Pat y eso no es bueno para ellos. Boston se erige, fría e impasible, con sus casas de madera al borde del río, y no ayuda en una decisión de la que Pat se va a arrepentir el resto de su vida aunque trate de minimizar los daños prometiéndose a sí mismo que, todos los días, sean un poco más fáciles para quien ha sufrido su error. Pat no puede despedirse de la pequeña. El resto del mundo lo hará sin pensar en nada más.

Impresionante película basada en una novela de Dennis Lehane, que Ben Affleck dirige con precisión, con un pulso muy tenso y bien medido y que otorga a su hermano Casey uno de los mejores papeles de su carrera (incluso superior a la película que significó su Oscar al mejor actor, Manchester frente al mar). Al lado de él, excelente Michelle Monaghan y, alrededor de ellos, una pléyade de intérpretes eficaces, sólidos y creíbles como Amy Madigan, Ed Harris, John Ashton, Amy Ryan y dos monstruos sagrados como Ed Harris y Morgan Freeman. El resultado es una película dura, que no suaviza nada en su contexto, pero que coloca al espectador en el mismo dilema moral de los protagonistas y es difícil realizar una elección que lleva a la infelicidad a pesar de que es, indudablemente, lo correcto. ¿Es lo correcto?

jueves, 14 de marzo de 2024

LA EXTORSIÓN (2023), de Martino Zaidelis

 

Sólo hay dos razones posibles para que las cloacas del Estado se muevan, sientan y trabajen. Una es la natural tendencia hacia el fascismo de cualquier aparato que opera bajo el brazo protector de la seguridad nacional. La otra, como no podía ser de otra forma, es la corrupción. Dinero fresco y sin procedencia, propietario ni destino. Y no es nueva la idea de utilizar a miembros de compañías aéreas, privilegiados que pasan los controles con cierta facilidad, para trasladar el dinero de aquí a allá sin preguntas y, a menudo, sin saber demasiado bien qué es lo que llevan en esas valijas en negro.

He aquí el caso de un comandante. Es veterano, capaz de llevar un avión de pasajeros con los ojos cerrados. Es aparentemente feliz con su pareja y es legendariamente respetado por sus compañeros. Sin embargo, se le puede apretar porque tuvo un lío con alguien y, además, ha conseguido pasar los controles médicos periódicos a pesar de que comienza a tener algún defecto físico que, de saberse, le bajaría de los aviones automáticamente. Es el correo ideal. Nadie sospechará de él. No ha cometido nunca un error. Sólo quiere retirarse en vuelo. Tampoco es tanto. Hará lo que sea para que no le sea retirada la licencia. Denle valijas. Las pasará sin problemas. Destino: Madrid.

Así, las cloacas se cobran una nueva presa. Tiene una debilidad y eso lo hace vulnerable. Será uno más en la red de correos con galones que algún espabilado de los servicios secretos ha puesto en marcha para vaciar las arcas destinadas a eso tan ambiguo y tan misterioso como los fondos reservados. Ya se sabe. Son esos fondos que no son susceptibles de facturas incómodas que justifiquen a dónde han ido a parar todos los ceros que faltan. De todas formas, la extorsión tiene sus inconvenientes. Si se ajustan demasiado los pernos, puede que salten por algún lado. Tiene que ser la presión justa, en el momento adecuado, con el individuo más indicado. Listos, no, por favor. Esos pueden complicar la vida a cualquiera si se ven con el agua al cuello.

No está nada mal la película que ha dirigido Martino Zaidelis con producción de Juan José Campanella. La trama está muy bien urdida, con momentos de tensión tremendamente agobiantes y una resolución de cierta altura. Por supuesto, Guillermo Francella absorbe todo el apartado interpretativo y la música de Pablo Borghi es excelente, con una variedad de temas que resulta sorprendente siendo todos ellos muy efectivos. Quizá no esté demasiado bien explicada alguna relación entre personajes, pero eso se perdona pronto ante una película que ofrece suspense, alguna que otra sorpresa, angustia, diálogos de ingenio y una contención narrativa notable. Llega un instante en el que poco importa lo que lleven esas valijas en negro porque los personajes dominan todo el drama, que llega a ser tan cercano como posible. Abróchense los cinturones. La intriga saldrá en unos minutos. Se prohíbe fumar.

Y es que no es fácil renunciar a la vida fácil porque unos tipos, equívocos y engañosos, asegurando que vas a estar vigilado y protegido, tengan un par de fotos y unos informes comprometedores. Lo suyo es conservar lo que se tiene porque el lujo ya no está en la tierra, sino en el cielo. En estar hoy en Miami, mañana en Londres, pasado en Nueva York y al otro en Roma, sin dar explicaciones a nadie, en hoteles de categoría y probando las noches de todos los rincones del mundo. Las nubes pasan con lentitud y puede que estén conspirando para convertirse en una tormenta. Sólo los tipos con decisión e inteligencia pasarán la aduana. Nada que declarar. 

miércoles, 13 de marzo de 2024

GUERRA ENTRE HOMBRES Y MUJERES (1972), de Melville Shavelson

 

Peter Wilson: Y éste es el autor de “Bésame, mátame, cómprame, ámame”, creo que ése es el título. O posiblemente sea “Cómprame, tómame, córtame, quémame”, no lo sé, pero en cualquier caso ya se hacen a una idea. Es una novela romántica.

Howard Mann: Es Harold Marcus, el autor de “Apuñálame, revuélveme, atúrdeme, quiéreme”

Peter Wilson: Ya sabía yo que era algo así.

Y es que Peter Wilson es un tipo algo descreído. Para empezar no cree en el amor ni siquiera aunque lo tenga y lo reconozca delante de sus propios ojos. Es un encuentro fortuito, una nada que se convierte en algo al instante y, aún así, no, no, el emparejamiento no es más que la debilidad de las mentes más retorcidas. No puede caer en una trampa tan burda e irse con esa mujer que, para más inri, tiene tres hijos. De ninguna manera. Ella por su lado y yo por el mío, aunque sea el mismo camino. Tendré que volver a mis dibujos que, al fin y al cabo, son los que me dan de comer y me hacen tener todo lo que poseo. Ella que se vaya con sus frustraciones sus ataques histéricos y sus tonterías de mujer.

El caso es que Theresa Kozlenko, tampoco es que sea muy diferente a Peter. Ya probó eso del amor en una ocasión y acabó en divorcio, y no es muy divertido pasar por ello más de una vez. Mejor no caer en la trampa de iniciar una relación, por muy atractivo que sea ese señor Wilson con el que he chocado con el coche delante de la consulta del oftalmólogo. No es amor a primera vista, es sólo una simple dilatación de pupila. Aunque tengan en común que él vende libros y ella los vende también. O sea, él los hace con sus dibujos, y ella los vende detrás del mostrador y conoce bastante bien la misoginia que destila el tal Peter Wilson. Esto no tiene ningún futuro, señores. ¿O sí?

Jack Lemmon se junta con la siempre divertida y desenfadada Barbara Harris bajo la dirección de Melville Shavelson y sale este conflicto bélico entre hombres y mujeres que nunca tiene un ganador hasta que no se inician unas conversaciones de acercamiento. Sí, de ese tipo de acercamiento, porque no negarán que es bastante difícil llegar a un acuerdo con un señor que odia a las mujeres, a los perros, a los niños y va como un loco por la vida. Claro que tampoco es fácil coincidir con esa señora Kozlenko, que no cabe duda de que posee un cierto atractivo, pero está un poco trastornada, es bastante despistada y ese peinado merece unas cuantas tijeras impías. Y si mezclamos dentro de la inevitable historia que va a surgir en unos cuantos fotogramas de animación, lo mismo sale una película algo original. Lo que suele ser entre una guerra entre hombres y mujeres, donde ambas partes ponen la imaginación al servicio de sus fobias construidas en privado y que han tardado mucho tiempo en salir. Aquí está la oportunidad de sacarlas como si fueran armamento pesado que, si lo pensamos con un poco de frialdad, se queda en mero juguete ante algo tan poderoso como los sentimientos. ¿Y qué son los sentimientos? Para eso es mejor leerse el libro de Howard Marcus…