viernes, 28 de junio de 2024

SEDUCCIÓN PELIGROSA (1992), de Russell Mulcahy

 

Hoy, a las 19,30 horas, en los Cines Embajadores Río, de la Calle Ercilla, 53, estaré invitado por "Cine con tertulia" y el gran Javier Redondo a ver y, luego, charlar con el público, acerca de "Charada", de Stanley Donen. Será un rato relajado y agradable. Espero veros allí. En el cine.

No hay nada como alejarse del ruido que producen los servicios secretos. Ya está bien de apariencias, de disimulos, de pasar inadvertido para, luego, advertirlo todo. Y más aún si ese ruido producido por los servicios de inteligencia se sustituye por un buen quinteto de jazz. Un local en el Soho, unos buenos músicos de vez en cuando, un local agradable en donde tomar una copa y sólo hay que sentarse allí y esperar que ese mensaje en clave que nos lanza la melodía jazzística sea descifrado por la mente. Y cuando ocurre, es mágico. Harry Anders es el propietario del club y, de momento, ha callado todo lo que sabe porque quiere escuchar música en su local. Eso no puede durar mucho cuando una chica de esas que no se olvidan se cruza en su camino. Es el momento en el que Harry se deshace de las hebras que le salen por la edad y vuelve a demostrar que su espíritu es joven. Sin embargo, los problemas nunca vienen solos. La chica es estupenda, es inteligente, es guapa, parece que le quiere, pero hay algo más. Y Harry Anders, esta vez luchando por esa pequeña patria que ha construido con su esfuerzo en algún rincón de Londres, va a tener que ejercer de nuevo como agente secreto. Lástima, creía que lo había dejado atrás con el último solo de saxo que escuchó a John Coltrane.

Las luces de neón de la noche londinense parecen refulgir en los sempiternos charcos del asfalto. El lunes tormentoso no falla nunca y la acción parece ir un poco más lenta en una historia de estas características. Un momento, sé lo que me van a decir. Michael Caine, en esta ocasión, está demasiado mayor como para sostener un romance creíble con Sean Young. Es posible, pero esta película no debe ser tomada mucho más allá de un divertimento con cierta clase, con algunas escenas potentes y un final algo débil. Hay cine en ella, pero leve. Hay interés en la trama, casi cercano. Hay disparos en un callejón, pero apenas se escuchan. Es ese tipo de historia que casi nunca se ve.

Así que déjense inundar los ojos por ese humo que sólo se respiraba en los clubs de jazz mientras alguna melodía de Duke Ellington se mueve entre las sombras esperando meterse en el cuerpo de algún incauto que sabe dónde está la salida del laberinto musical que propone. Mientras tanto, degusten un buen vaso de lo que más les guste, con hielo, por supuesto, con la mirada puesta en alguna ensoñación de esa chica o chico que está esperando detrás de la siguiente voluta. Schonberg, quién lo diría, es un masturbador, y más vale introducirse en los esquemas de algún saxo tenor de nota arrastrada, o de alguna trompeta que confunde la queja con el lamento, y láncense al jazz de la vida. Piénsenlo. También es una improvisación continua sobre una melodía predeterminada en la que se siente cuál es la siguiente nota y, si no lo es, es cuando se cae todo el conjunto. Aunque sea por una chica que esconde más de lo que parece y parece mucho, mucho más de lo que esconde.





jueves, 27 de junio de 2024

DEL REVÉS 2 (Inside out 2), de Kelsey Mann

 

Dedicado a mi hijo, Javier, que, un buen día, fue sustituido por un extraño.

Poco se habla del luto interior que todos los padres llevamos cuando ese niño que ha sido un compañero de juegos, una fuente inagotable de alegrías y preocupaciones y la máxima expresión del amor y del cariño que podemos regalar, desaparece. No se sabe por qué, pero, en su lugar, aparece un adolescente, generalmente, malhumorado, al que ya no le gusta absolutamente nada de lo que solía gustarle, que rechaza todo lo que dices con aspavientos y desplantes y en el que parece instalarse un gesto de permanente disgusto cada vez que abres la boca.

En algún lugar de nuestro interior paterno, queda la mínima esperanza de que algo de lo que le has enseñado y de lo que le has intentado transmitir, resurja y vuelvas a ver una versión madura de ese niño que no dejaba de sonreír, pero el momento se eterniza. Parece no tener fin. Sabes que no es mala persona, pero se emplea a fondo en ir a las heridas más supurantes y ofende, y nunca pide perdón, y te vuelve la espalda, y te pierde el respeto, y piensa lo peor. La alegría parece haber sido reemplazada por la ansiedad y todo en él son miedos vergonzosos que se esfuerza en esconder porque cree que eres un ignorante, que no tienes ni idea de lo que pasa por su cabeza, que no comprendes su hastío, su anhelo, si es que lo hay. La ilusión ha volado por los aires y todo se asimila a una situación insostenible que se mantiene en el tiempo. La isla de la familia aún se halla allí, a lo lejos, prácticamente tapada por la de los amigos, que no siempre son la mejor influencia y comienzas a preguntarte si lo has hecho bien, si has cometido tantos errores como para que su comportamiento sea tan errático, tan discutible, tan veleidoso.

Pixar ha vuelto sobre los mismos problemas que acuciaban a la protagonista de Del revés, y lo hace con acierto. De forma muy básica, tal vez, pero irremediablemente divertida e ingeniosa. Ves muchas cosas reconocibles en ese cambio que se opera en ellos y que, a menudo, resulta un jeroglífico imposible de descifrar. La alegría se va desvaneciendo de su actitud y la ansiedad da lugar a todo aquello que hace de él un ser bastante rechazable, con el que no encuentras sitios en común, gustos similares o el simple placer de caminar juntos por la calle. Ya no existe nada de eso. Sólo la espera. El deseo de que esos hilos que se van tejiendo pasen de rojo a blanco y que no se deje vencer por las terribles tentaciones de este apestoso mundo que hemos creado para ellos. La palabra clave es no. Es nunca. Es la expresión del “no tienes ni idea”, acompañada de algún vocablo malsonante para dar más fuerza a su débil personalidad en construcción.

Sí, convertirse en adulto es un trabajo muy duro, y cuesta discernir cuál es el camino correcto dentro de ese laberinto de recuerdos apartados en el que también se mezclan tantos ratos que, para ti, son inolvidables. Quizá, incluso, en alguna ocasión, veas una fotografía de él en aquellos años de continua felicidad y las lágrimas salgan sin tarjeta de visita. Aquí, hasta la consola de los mandos está convenientemente trucada para que nada sea igual y no quede ni rastro de lo que de verdad ha importado siempre. Él. O ella. Ya no hay planes en conjunto. Su destino se ha separado, a pesar de que esté viviendo bajo el mismo techo. Y el dolor se hace tan grande que deseas llevar luto por ese niño que, a todos los efectos, ya ha muerto, porque ya han cambiado sus valores y no siempre para mejorar. Ni siquiera la música es la misma porque la corriente, a veces, es demasiado fuerte, y para ser aceptado es mejor adoptar la melodía que a los demás les gusta. Sin saber que, quizá, ni siquiera tenga ningún sentido de la armonía. Hay que seguir con ellos, siempre. Puede que la alegría vuelva a hacerse con los mandos y la ansiedad, por fin, se tome una tila.

miércoles, 26 de junio de 2024

EL INCIDENTE (1967), de Larry Peerce

 

Dos jóvenes entran en un vagón de metro y comienzan a aterrorizar a los pasajeros. Al principio, no deja de ser una gamberrada más o menos pesada, pero, según van pasando las estaciones, la amenaza comienza a ser algo bastante serio. No dejan que nadie se baje. Y comienzan a desvelarse los rencores de la gente que viaja en el suburbano. Por supuesto, no falta el hombre de color que cree que ésta es una nueva opresión del supremacismo blanco. Un borracho desea que, por fin, sea la estación término. Hay gente buena. Hay gente mala. Y dominándolo todo están esos dos jóvenes que no dudan en comenzar a utilizar la fuerza física y acercarse más de lo debido a donde no deben para poner de manifiesto que, por una vez, por una sola y maldita vez, ellos mandan.

Nueva York se presenta como una ciudad fea, sucia, desechable. No hay ningún rayo de sol dentro de una película que transcurre íntegramente dentro de ese vagón de metro. Los perjudicados tratan de unirse, pero eso que parece tan fácil en otras historias, aquí se antoja como algo imposible. Esos dos muchachos sólo tienen Vietnam enfrente, un futuro desesperanzado, un camino directo al túnel más largo. Y ya han iniciado el trayecto. Les da igual todo. Y razonar con ellos es como dar pienso a un payaso. No se avienen a nada porque no ven más allá de la próxima estación. Les corroe la desesperación. Les consume el conformismo. Habrá que hacer algo, aunque sea matar a un par de viejos en un cochambroso vagón de metro de una línea cualquiera y así, con suerte, te llevan a la cárcel y no vas al frente. Las luces de la noche cobran aún más brillo en los túneles y las armas salen, el odio se dispara, la tragedia se presiente y el espectador, solo e impotente en su cómodo sofá, olvidará pronto esta historia de seres humanos al borde del precipicio.

Esta película de escasísimo presupuesto es excelente. Empezando por el extraordinario reparto. En la piel de los dos chicos desquiciados y desnortados se hallan los debuts de Martin Sheen y de Tony Musante. Atónitos en los asientos del vagón, están nombres de auténtico prestigio como Thelma Ritter, Beau Bridges, Brock Peters, Ruby Dee, Jack Gilford, Jan Sterling y, en una de sus mejores y menos conocidas actuaciones, Gary Merrill. Todos ellos forman un interesantísimo crisol de personalidades perdidas en la gran ciudad, acosadas frente a dos niñatos que sólo quieren asistir al terror antes de que ellos mismos lo experimenten. Desde luego, las ruedas del metro no cogen bifurcaciones y desvíos así como así, y la tensión crecerá tanto que, al final, todo acabará en una trinchera de metal y vías. Y con un cierto sentimiento de culpabilidad a pesar de que no has sentido simpatía ninguna por estos dos sinvergüenzas que alteran la infelicidad de los demás para intentar sumergirlos en la desgracia. Sin saber que ellos mismos están nadando en la mugre de su propia desorientación. No juzgues nunca. Todos estamos librando nuestras propias batallas.

martes, 25 de junio de 2024

CONTRATÉ A UN ASESINO A SUELDO (1990), de Aki Kaurismaki

Todo empieza porque la depresión entra en el pensamiento. El mismo trabajo, la misma soledad, la misma rutina hastiante de todos los días…La vida no merece la pena ser vivida. Más vale quitarse de en medio, porque respirar no tiene ningún sentido. La ciudad no notará el vacío, nadie lo notará. No se importa a nadie. Nadie echará en falta a ese individuo gris que no tiene nada que ofrecer y al cual no es ofrecido nada. El suicidio es el camino más corto…sólo que no es tan fácil. El individuo en cuestión lo intenta y fracasa. Y decide ahogar las penas en una taberna de un barrio gris. Allí se encuentra con alguien que puede solucionar su problema. Es un asesino a sueldo. Se le paga y hará el trabajo por ti. El encargo es un poco pintoresco, hay que reconocerlo, pero el contrato está perfectamente legalizado. Se paga. Se espera. Y, cuando menos se aguarda, ya está hecho. Todo acabado y entregado con lacito. Una bonita muerte para un tipo de vida fea.

¿Quién puede acabar con esta serie de acontecimientos? La respuesta es obvia. Una mujer. Sólo ella puede descubrir al contratante que su vida, de algún modo, aún tiene sentido. Ella le descubre que puede ser amado, que tiene cosas hermosas en su interior, que guarda algún atractivo para alguien. Bien, vale, estupendo. Sólo hay que volver al bar donde se firmó el contrato. Se rescinde y a otra cosa. Hay un ligero problema. El bar ya no existe. Ha sido derruido. Así que la existencia, desde ese momento, va a ser extraordinariamente difícil porque una bala puede tener el nombre del contratante a la primera de cambio.

El humor de los hermanos Kaurismaki fue evidente durante esa filmografía que tanto éxito tuvo en Europa durante los años ochenta. En esta ocasión, Aki firma una película notable, con su sentido del humor fino y finés, con negrura por todas partes y una sensación de exponer a su protagonista al ridículo en todo momento, algo para lo que Jean Pierre Leaud se presta puesto que ha sido un actor que siempre ha tenido una cierta limitación interpretativa, sobre todo en su edad adulta. Si uno está atento, incluso se puede apreciar la última aparición en cine de Peter Graves. Y Aki Kaurismaki, que de cine sabía un rato polar, no duda en tener cerca referentes de categoría como Alfred Hitchcock o Jean Pierre Melville. La película, con estas credenciales, no puede ser mala.

Así que piénsenselo bien antes de firmar un contrato. Asegúrense de poder contactar con la otra parte para plantear cualquier modificación que pueda surgir. En una de estas, a la vuelta de la esquina, su vida puede plantear un vuelco radical y nada de lo que ha firmado hasta ese momento puede tener ningún valor. La cuestión es peliaguda y puede que le vaya la felicidad en ello. Y más aún si la otra parte es un profesional acreditado. Esos llevan hasta el final cualquier encargo. Por difícil que sea. Y entonces ni amores, ni trabajos, ni motivaciones, ni nada de nada. Piensen en ello.

 

viernes, 21 de junio de 2024

VIDAS PERFECTAS (2024), de Benoit Delhomme

 

Estamos en los años sesenta, en plena era Kennedy. En medio del vecindario perfecto, con esas casas de colores de cuento, con esos jardines cuidados en interminables mañanas de trabajo y colegio y con los típicos y tópicos pasteles de cumpleaños que se celebran en cada hogar del barrio. En ese ambiente casi bucólico, en el que los hombres han empezado a escalar profesionalmente y las mujeres encuentran una fingida realización en su sueño de ser madres, ocurre la tragedia. Inevitable e implacable. Todas las lágrimas. Todos los gritos. Todas las desesperaciones. Sólo las mujeres pueden superar eso. Aunque, a veces, no se tome el camino adecuado.

Cuando ocurre una tragedia, lo primero que busca la mente humana es la culpabilidad. La razón tiene poco que hacer en las desgracias. Se buscan cabezas de turco para encontrar alguna explicación racional para lo que acaba de ocurrir. La tensión crece. La desconfianza aparca en la puerta de los garajes. Las conversaciones pueden tener dobles sentidos que las mujeres dominan para mitigar, de alguna forma, la rabia. En ese vecindario tan ideal, también funciona la envidia. Tú tienes lo que yo nunca voy a tener. Si una mujer se empeña, lo tendrá infaliblemente. Puede que le lleve un tiempo. Puede que sea retorcido hasta la exasperación, pero lo tendrá. Nadie puede parar a una mujer.

Y es que ellas son maestras en soltar la palabra justa para herir en lo más profundo. El destinatario puede ser un marido, o una amiga, o un hijo, o una suegra…no importa. Se trata de hacer daño y de actuar lo más ladinamente posible. Y si enfrente hay otra mujer, entonces es que se avecina una guerra mundial. La insidia tomará forma. El vecindario ya no es tan ideal, ya no es tan ensoñador. El cuento ha cerrado sus tapas y siempre se desea lo que no se tiene. Aunque no se diga. Aunque parezca que no se sienta. Ellas saben lo que es luchar. El resto sólo esperamos.

El muy competente director de fotografía Benoit Delhomme, del que apreciamos su trabajo en películas como El hombre más buscado, El niño del pijama de rayas o La teoría del todo, ha elegido esta historia para hacer su debut como realizador con una historia que ya se llevó al cine por Olivier Masset-Depasse en 2018 en la belga Instinto maternal. La ventaja con la que cuenta Delhomme está en sus dos actrices, extraordinariamente intensas y válidas, como Jessica Chastain y Anne Hathaway. Ellas son la principal razón para ver este duelo en la cumbre, con sus frustraciones e inseguridad y, a la vez, con ese coraje opuesto que pone de manifiesto el empuje, tanto positivo como negativo, que pueden tener las mujeres. De paso, Delhomme no pone reparos en destrozar los estereotipos del american way of life y de la inmensa podredumbre de las almas que lo practicaron aunque, tal vez en este aspecto, se quede algo corto. En cualquier caso, la película no deja de ser interesante y se echa algo de manos que su dirección no vaya en el mismo sentido en cuanto a forma y fondo, porque hubiese quedado mucho mejor que, a pesar de la intensidad de algunas escenas, optara a la sobriedad más austera en la planificación para acentuar más esa carga de profundidad que pretende soltar en medio de la más insultante felicidad.

Vidas perfectas que se destrozan mutuamente a través de la desgracia y de la rabia contenida que, al fin y al cabo, es uno de los peores sentimientos que puede albergar el alma humana. Las mujeres comienzan su asedio. Abróchense los cinturones. Las dos van a jugar sus cartas y más de uno se va a quedar arruinado.

jueves, 20 de junio de 2024

SOMBRAS DEL PASADO (2024), de Adam Cooper

 

Algunos recuerdos se niegan a marcharse por mucho que se presente el maldito Alzheimer. Quizá se queden escondidos y agazapados, aguardando el momento oportuno para golpear la conciencia o el sentido, pero no se van así como así. Siendo policía, con toda seguridad, hay muchos recuerdos que desean olvidarse, pero hay otros que no, que se empeñan en incrustarse en la memoria, como si fueran percebes en la pared de una roca azotada por las olas. Pueden camuflarse y pasar desapercibidos, pero siguen agarrados a las arrugas del sentimiento. Y éste puede ser bueno o malo.

Es lo que le pasa a un oficial ya retirado. Ha comenzado con la enfermedad, pero se ha sometido a un proceso quirúrgico experimental que, tal vez, haga que se reactiven determinadas conexiones neuronales. Su casa es un panel de anuncios en el que se recuerda hasta las tareas más sencillas. Intenta seguir con su vida, armando infinitos rompecabezas para que la mente se mantenga activa. Sin embargo, alguien le pone sobre la pista de un antiguo caso del que, naturalmente, no recuerda nada. Y como todo está borrado, ignora que, tal vez, se esforzó mucho por olvidarlo.

La premisa de esta película es atractiva, moviéndose más por los vericuetos del cine negro que por el de acción, con mujer fatal incluida, amigos equívocos, intentos de asesinato sorprendentes, giros inesperados. La dirección de Adam Cooper fluye con cierta habilidad, a pesar de visitar muchos lugares comunes que no son nada nuevos para el espectador medio avezado. No obstante, la historia no llega al aprobado porque está mal resuelta, de forma muy torpe, sin gracia y sin demasiada sorpresa. También es bastante posible que no se necesitara ningún recuerdo descrito y que todo fuera un descubrimiento para el protagonista y para el propio público. El misterio es atrayente porque hay muchas piezas sueltas que necesitan encaje, igual que el rompecabezas interminable que está armando el protagonista, pero el mosaico final es tosco, a pesar de que podría haber sido aceptablemente adecuado. Russell Crowe, por supuesto, pasea su oronda figura inspirando más pena que gloria aunque su trabajo interpretativo es bastante creíble, sobre todo en esos momentos de laguna memorística que solventa con eficacia con esos ojos buscadores que tratan de encontrar respuestas en algún lugar ignoto de su figura, pero no es suficiente. Mucho misterio, alguna que otra buena intención, final decepcionante.

Y es que en toda una existencia puede haber muchísimos instantes que desearíamos borrar por encima de todo. Es posible que no quisiéramos habernos casado con alguien, o que nos saltáramos las reglas por continuar con las habituales comodidades, o que no se tuviera demasiado interés en investigar un crimen porque era muy útil que alguien cargara con un muerto de conducta ambigua. No se sabe, pero la ambición desmedida hace que se cometan errores desmedidos. Y, en algún lugar disparado, la ira y la rabia se desbocase como un caballo salvaje incapaz de parar la marcha de sus implacables caminares. La sangre corrió en su momento. La amistad se puso en movimiento para realizar sus funciones, a menudo, equivocadas. En el fondo, todos perdieron en aquel día que nunca tuvo que ocurrir y que jamás se debió retener. El asesinato, como bien sabemos, no necesita de ningún recuerdo para causar daño y éste lo causó en todas y cada una de las personas que tuvieron algo que ver. Hasta que alguien, casi con la soga al cuello, proclama que es inocente. Entonces el destino hace que las neuronas vuelvan a funcionar y la muerte se presenta como una burla final.

miércoles, 19 de junio de 2024

EL CASO THOMAS CROWN (1968), de Norman Jewison

 

Todo cambia con una partida de ajedrez. Las miradas, la forma de coger un alfil, el ligero roce de unos dedos, una patada casual por debajo de la mesa. En ese tablero, comienzan a dibujarse muchos deseos que reflejan sonrisas porque los sueños van más rápido que cualquier otro capricho. Lo sabe muy bien Thomas Crown, un financiero, brillante licenciado en Harvard, listo como nadie, que, llegado determinado momento y con el éxito sonriéndole en cada paso, decide hacer algo al margen de la ley sólo para divertirse. Cualquier cosa, un atraco de dos millones y medio de dólares, por ejemplo. Y la diversión sigue porque la compañía de seguros le pone a una chica que se las sabe todas a perseguirle…o, más bien, a estar a su lado. Él se verá forzado a elegir, aunque ya lo tiene todo. Ella no tiene nada y no desea ninguna elección. El conflicto está en un jaque mate. Thomas Crown sabe jugar sus fichas. Ella vacila. Y en la duda está el triunfo.

Bien es verdad que también hay un sabueso bastante avispado que sigue los pasos del financiero, ejecutivo y atractivo millonario. Intenta atraer las miradas de la investigadora, pero, a pesar de que también tiene su aquél, a la chica le va más ese pijo de Harvard que se ríe de forma muy gamberra cuando se da cuenta de que se está metiendo en algo realmente divertido, aunque eso signifique la cárcel. El que no arriesga, no gana y Thomas Crown es especialista en las dos cosas…al menos, de traje para adentro.

Película llena de elegancia que indaga en los molinos de la mente de un hombre que está aburrido de ganar dinero, El caso Thomas Crown conserva la tremenda atracción de sus dos protagonistas, Steve McQueen, que sabe darle a Crown un aire especial, como si fuera un afortunado de la vida que desea respirar un poco desenfadadamente haciendo cosas prohibidas, y Faye Dunaway, en una de las películas en las que despliega un encanto algo más especial, porque une a su tremenda e innegable belleza, una viveza que hace que sea una digna rival del multimillonario hastiado. Y volvemos a la partida de ajedrez porque ahí, entre los escaques, se halla la ensoñación de dos ganadores, que, en el fondo, están jugado a otro juego y que no siempre va a terminar en jaque mate, aunque el final de la partida es una especie de anticipación. Para seguir la historia, realizada con clase por Norman Jewison, no cabe duda de que hay que comprender al personaje de Thomas Crown porque, al fin y al cabo, tanto lujo, tanto dispendio, tanto golf inane, tanta facilidad con sólo un chasquear de dedos, puede aburrir a cualquiera y más a un hombre que tiene alma de aventurero y que nunca se ha atrevido a desempeñar otro papel que el que la vida le ha asignado. Es hora de romper las cadenas de seda, ensuciarse las manos y mirar por la ventana mientras se bebe una bebida llena de hielo y tentación. Thomas Crown también sabrá hacer eso.