jueves, 14 de noviembre de 2024

EL MÉTODO KNOX (2024), de Michael Keaton

 

La enfermedad de Creutzfeld-Jacob es una forma de demencia senil de desarrollo rápido que, de forma metódica, va asesinando todos los recuerdos uno por uno. Para un hombre que se dedica a matar por encargo, resulta un problema de cierta envergadura, aún sabiendo que lo es para cualquier otro mortal. Eso es lo que le pasa a John Knox. Es un profesional serio, que ha dejado los sentimientos en algún lugar de su pasado, ese mismo que se le está borrando a velocidad de vértigo. Aún tiene un par o tres de semanas de tiempo para ir cerrando algunas cosas pendientes. Especialmente una que se le presenta de improviso. Es un último favor para alguien a quien debe un sacrificio. Es el momento perfecto. Es la excusa perfecta.

Así que Knox va a liquidar todos sus activos para repartir entre las personas que más ha querido en su vida. Su ex mujer, su hijo y la prostituta que le ha dado algo de cariño y conversación todos los jueves por la tarde. Al mismo tiempo, debe resolver un asunto feo y, para no cometer ningún error causado por la falta de memoria, lo apunta todo en un cuaderno que acabará quemando, igual que todos sus recuerdos. Para ello sólo confiará en un amigo, el mismo que le colocó en el negocio. Mientras tanto, Knox irá perdiendo reflejos, no se acordará de palabras, se sentirá extraviado en medio de un bosque…pero lo que no va a perder de ninguna manera hasta que sea inevitable es la memoria de matar. Sabe cómo hacerlo. Sabe en qué momento. Sabe a quién.

Resulta extraño comprobar que una película notablemente bien dirigida por el propio Michael Keaton, muy bien interpretada por él mismo y por esos grandísimos intérpretes que le acompañan como Al Pacino y Marcia Gay Harden, goza de un estreno limitado, casi de tapadillo. Parece como si quisieran atontar al público con nimiedades de corte estúpido y que las películas que guardan un cierto poso de inteligencia e, incluso, de arte tienen que llevar colgada la etiqueta de rara, de despreciable e, incluso, de prescindible. Esta es una de ellas.

Y, desde luego, Michael Keaton resulta tremendamente acertado en la piel de ese asesino a sueldo con una expresividad tan precisa que se sabe con certeza en qué momento está centrado en lo que dice y en lo que hace y en qué instante el recuerdo huye de él como una bala disparada por su arma. Estamos ante una película de cine negro diferente y notable, con una premisa que ya se pudo ver en la inferior La memoria de un asesino, con Liam Neeson, pero desarrollada con más talento y mucho más cuidado. Se acompaña a ese Knox que está diluyéndose en la nada, se sufre con él y, al mismo tiempo, se posee una cierta sensación de que todo lo que le pase es bastante merecido, por mucho que busque una redención que haga olvidar lo que es, lo que ha sido y lo que ya no podrá ser.

Somos nuestros recuerdos. Más felices. Menos afortunados. Viles. Maravillosos. Descriptivos. Pesados en nuestra mochila. Ligeros en nuestras justificaciones. Puede que, en el fondo, incluso cuando se está borrando todo, quede esa sensación de que debimos amar más, con mayor intensidad, con mucho más sentido. Tal vez para que no fuéramos corazones insensibles de sangre debida y dinero guardado. Aferrarnos a nuestros amigos. A los que llevan nuestra huella, aunque a menudo pensemos que no hemos dejado ninguna. Puede que nosotros no nos acordemos de todo ello si la naturaleza se empeña, pero los demás, sí. Y eso es lo que verdaderamente importa.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

THE TOWN (Ciudad de ladrones) (2010), de Ben Affleck

 

Salir del agujero. No volver nunca más a esa ciudad fría, llena de contrastes, donde conviven en una mezcla imposible los universitarios, los ejecutivos y los atracadores. Boston ofreció muchas oportunidades y todas pasaron de largo. Es hora de dar un último golpe y largarse, empezar a mirar la vida desde un lugar soleado. Aunque las casualidades se vayan amontonando en una auténtica burla del destino. Es difícil dejar atrás a los amigos, a los que han sido tus compañeros durante toda la vida, pero no lo es tanto si se saben todas las curvas. La policía está ahí, fisgando, huroneando, metiendo la sospecha en todo para que, si es posible, todo se dinamite desde dentro. Esos tipos que atracan bancos no tienen la más mínima ética… ¿o sí? No, no puede ser. Van armados hasta los dientes y no dudan en ser brutales si la ocasión lo requiere. Sólo desean el dinero, que canalizan a través de un florista que, por lo que se ve, estuvo pateando los cuadriláteros de tercera por los barrios de Massachussets. La vida es difícil en Charlotesville. Es el barrio con mayor densidad de atracadores del mundo. Otro día en la ciudad perfecta.

Todo debe ser planeado al milímetro y nadie debe ser capaz de atar todos los cabos en los trabajos que están pensados con tanto cuidado. Es entrar, coger y salir. El tiempo es vital. Se saben los tiempos de respuesta de la policía y se lleva una pragmática emisora de radio en la misma onda que las fuerzas del orden. Se sabe lo que van a hacer antes de que lo hagan. Dos disparos al aire para amedrentar y ya está. Y si es necesario, se coge a un rehén para que los perseguidores se lo piensen dos veces. Es adrenalina pura y no es fácil desengancharse porque, además, va con premio adjunto de diversos ceros. Salir de allí. Ya está bien. Llega un momento en que es molesto tener a alguien soplándote en la oreja a cada minuto. Es hora de ganar. Es hora de irse.

Excelente película que demuestra, una vez más, el competente director que es Ben Affleck, retratando el ambiente de un barrio que se mueve entre drogas y vidas perdidas. Su habitual impasibilidad como actor se compensa con un sentido extraordinario del ritmo y de la narración, dejando las secuencias de lucimiento a un brillante Jeremy Renner y a un eficaz Jon Hamm. La inteligencia se reserva a su personaje, un tipo que siempre va un paso por delante de los demás y al que es muy difícil pillar en un renuncio. Es lo que tiene vivir toda la vida en Charlottesville. Llega un momento en que te las sabes todas y conoces cada uno de los movimientos que se van a realizar a tu alrededor. Por mucho que el amor esté desterrado en esa existencia sin freno. Por mucho que el destino, con toda probabilidad, sea una celda en alguna cárcel de duchas comunitarias. Es mejor dejarlo todo como está y desaparecer. Quizá, en algún momento, la chica de tus sueños aparezca a tu lado con una bolsa llena de dinero.

martes, 12 de noviembre de 2024

SHINE (1996), de Scott Hicks

 

El exceso de cariño puede conducir a la locura. El deseo de realizar los sueños frustrados en los hijos es un pasaporte directo hacia la perdición. Se debe empujar, motivar, pero no demasiado. Y David Helfgott, el gran pianista, lo vivió en carne viva. No sólo tuvo que sufrir a un padre que no supo medir el límite de su exigencia en la vida y delante del teclado, sino que tuvo que luchar ante la dificultad del dominio completo de un instrumento que, en el fondo, casi siempre se erige en enemigo del intérprete. El Concierto número 3 para piano y orquesta de Sergei Rachmaninov, no es un concierto de piano, es un concierto contra el piano. Y se convierte en una obsesión y, en determinado momento, en una meta para recuperar el cariño siempre insustituible de un padre que jamás ejerció como tal a pesar de que creyó que sí. Los problemas psicológicos acompañaron a Helfgott para siempre, con una neurosis repetitiva, con un comportamiento errático e inadecuado en cada situación. Sólo era realmente él cuando se sentaba delante de un piano. Allí era Dios. Y no podía serlo en todas y cada una de las circunstancias de su propia vida.

No cabe duda de que la película está estructurada como un concierto para un instrumento, siendo éste el propio David Helfgott, soberbiamente interpretado por Geoffrey Rush en su edad adulta y por Noah Taylor en sus años jóvenes. Ambos se compenetran a la perfección en el retrato del músico que cada vez quería llegar más alto y que, sin embargo, cada vez caía más bajo. Amor es la palabra clave. Amor en su justa medida. Amor incondicional, pero moderado en su expresión. Eres el mejor, pero no tienes por qué serlo. Vas a ser el mejor, pero hay otras cosas importantes en la vida. Para mí, eres el mejor. Siempre lo serás. Hagas lo que hagas. No hace falta que seas el mejor para los demás. Por mucho Rachmaninov que haya de por medio. Toca el piano. Toca porque te divierte y te gusta. Toca todo lo que quieras y lo mejor que puedas. No toques por un continuo afán de superación. Toca porque el arte está ahí, en las yemas de tus dedos. Sin límite. Con la razón por delante.

Con la paranoia de querer ser el mejor, es muy difícil encontrar a alguien que te tome en realmente en serio. Más allá de las blancas y negras del piano y de la partitura, alguien debe amarte por lo que eres, no por lo que puedes llegar a ser. Tal vez, alguien que encuentre gracioso que saltes en una cama elástica sin más atuendo que una gabardina desabrochada. Tal vez, alguien que se preocupe por ti sin ahogarte con el abrazo. Hay algunas personas que eso se les da especialmente bien. Y eso, si se usa la inteligencia como instrumento, redundará en la perfección de la música. No es difícil de entender. El apoyo es fundamental. El aplastamiento es terrible. La vida continúa. Y Helfgott hizo volar sus manos sobre el piano.

viernes, 8 de noviembre de 2024

EL RESTO ES SILENCIO (1959), de Helmut Kautner

 

El mundo industrial alemán, con sus tremendas fábricas que se han volcado en la recuperación económica tras la guerra y en íntima colaboración con los americanos, acaba por ser el escenario para un crimen. Un joven, que estudia en los Estados Unidos, debe volver de urgencia a Alemania, porque su padre ha sido asesinado. Y se propone descubrir al culpable y ver lo que ha pasado. De momento, tiene por dónde empezar porque su propio tío se ha hecho cargo del imperio industrial y no tiene ningún problema en coquetear con la madre del joven. Y así, el entramado de fábricas no tendrá ninguna fisura interior que condene el progreso cada vez más imparable de la maquinaria teutona. El problema es que el joven mete demasiado las narices en la investigación y el tío intentará eliminar también ese pequeño inconveniente….ahora que caigo… ¿no les suena de algo este argumento?

Sí, sí, hombre. Tal vez, si prescindimos de la ropa y del ambiente, lo mismo podríamos trasladarnos a una corte en Dinamarca, allí donde todo huele a podrido, y nos encontramos con otro joven príncipe que también está tremendamente afectado por la muerte de su padre y se encuentra con que su tío hereda el reino y celebra unos esponsales con su madre…

Y es que el resto es silencio. Eso es lo que decía la última línea del bardo inmortal en su obra y aquí, muchos años después, con la todopoderosa maquinaria industrial del tejido empresarial alemán urdido tras la guerra, se repite. En el fondo la historia, al igual que la ficción, también es cíclica…menos mal que aquí nos movemos en el terreno de la ficción… ¿o no?

Helmut Kautner, uno de los directores más importantes del cine alemán de posguerra, decidió llevar adelante ese Hamlet particular que, más tarde, el propio Akira Kurosawa también trasladaría al tejido empresarial japonés con Los canallas duermen en paz. El resultado, además de ser una película espléndidamente fotografiada, con interpretaciones muy ajustadas de Hardy Kruger como el joven y Peter Van Eyck como el tío, es muy aceptable y, lo que es aún mejor, creíble. No cuesta nada imaginar ese entramado de conspiraciones empresariales, que también incluye espionajes comerciales y misterios profundos, con la sombra de los nazis proyectada a través del trasunto del personaje de Polonio que, a pesar de los años transcurridos desde la guerra, aún sigue dominando gran parte de los puestos directivos del empresariado germánico. Ya se sabe, los amigos que fueron enemigos deben ser nuestros amigos porque, si no es así, ¿quién parará la sombra del terror rojo?

Así que, con ligeras variaciones de corte contemporáneo, prepárense para unas horas de conspiraciones en despachos cerrados a cal y canto, con la sombra del acero de los altos hornos al fondo, con el retorcimiento propio de unos personajes cegados por la ambición y el deseo…nada nuevo bajo el sol desde que William Shakespeare nos contara lo mismo unos siglos atrás. Eso sí, no hay fantasmas que inciten a la investigación, ni nada fantasioso. Todo se ciñe al triste espectro de una realidad inundada de humo de fábrica.

jueves, 7 de noviembre de 2024

JURADO NÚMERO 2 (2024), de Clint Eastwood

 

Todo el mundo merece una oportunidad. Puede que llegue después de oleadas de sufrimiento, de frustración, de intentar ahogar los sentimientos en el fondo de una botella, de expresar la rabia contra un destino que se ceba para excavar en las profundidades del dolor. En algún momento, parece que todo puede encajar en un orden que resulta algo muy cercano a la felicidad y que una simple llamada para cumplir con un deber ciudadano de carácter inexcusable haga que el derrumbamiento sea algo más que una posibilidad. Un crimen cometido. Un accidente desconocido. Una pena arrastrada por el cargo de conciencia. Un esfuerzo por conservar lo poco que se posee.

El alma humana se retuerce de angustia cuando lo que se ha conseguido a base de lágrimas se halla en el mismo borde del abismo. El destino, de nuevo, aparece para que el pasado no sea olvidado. Y ahí se encuentra una de las enseñanzas de la vida porque no deja de repetirnos que somos lo que fuimos, entre otras cosas. En un aparente sistema en el que la verdad se asemeja a la justicia, asistimos a la certeza de que no siempre es así. La verdad puede ser demoledoramente injusta, por mucho que nos empeñemos en lo contrario. La nada se avecina y es necesario alcanzar un veredicto a pesar de que se intenta por todos los medios salvar una vida que no lo merece para que, al menos, un resquicio de tranquilidad aún haga su nido en la voluntad y en el ánimo.

Una noche. Una muerte. Una copa que nunca se tomó para no caer de nuevo en la tentación del abandono. Un maltratador. Una chica que desea desahogar la ira bajo una lluvia torrencial. Un golpe. Una suposición. Un continuar con el camino para seguir en la búsqueda de una tabla de salvación. Una nueva vida. Una habitación en donde va a habitar toda la ilusión que queda en un interior apisonado que comienza a resurgir. Padres, hijos, vecinos, terquedades…todo ello arremete con fuerza contra la lógica. No, la verdad no siempre es justa. No, el destino no puede ser un jugador tan sucio y tan diferido. Se buscan respuestas. Sólo existen los silencios. Y, al final, la incógnita para que cada uno elija el final que más le convenga. Es el último suspiro.

Clint Eastwood ya ha ensayado varias despedidas. Pareció poner un pie en el estribo en Gran Torino, quiso marcar un último baile, algo pobre e inmerecido, en Cry Macho y esta vez parece querer despedirse con un cuento moral que interpela directamente a todos los que se acercan, quizá en un intento de emparentarse lejanamente con Mystic River, aunque carezca de la complejidad argumental y fuerza de esa película. No importa. Eastwood nos ofrece un buen pedazo de cine excelente, con un montaje extraordinario, muy preciso, que llega a ser un mecanismo de relojería instalado directamente en el ánimo y nos dice adiós definitivamente con una sentencia terrible como es que ya no podremos disfrutar de ninguna otra película dirigida por él. A destacar, por derecho propio, el maravilloso trabajo que despliega Toni Collette en la piel de la fiscal que debe ejercer la acusación del proceso que desencadena toda esta tormenta de dudas que Eastwood va resolviendo, salvo la última de todas. Quizá sea él quien llame a la puerta y se quede mirando a nuestros ojos.

Más allá de todo eso, queda en el aire si esta despedida también es un repaso a los momentos más importantes que hemos tenido en nuestras miserables existencias. Si los hemos disfrutado realmente, si les hemos sacado todo el jugo posible, si hemos sido buenas o malas personas, si hemos conseguido ser buenos espectadores de las películas de un pintor del alma humana que nos deja con la admiración y la verdad como las únicas armas que podremos esgrimir cada vez que hablemos de su cine. Maestro, una vez más, conmovido. Maestro, una vez más…

miércoles, 6 de noviembre de 2024

UNA RUBIA MUY DUDOSA (1991), de Blake Edwards

 

En el cielo, no hay lugar para los machistas misóginos. Así que lo mejor es que, si llega algún alma impía en busca de cobijo en el azul infinito, mandarlo de vuelta. A ser posible como si fuera una mujer. Tal vez, con suerte, con mucho tino y dobleces a raudales, el tipo pueda venir siendo un mejor hombre habiendo sido una mujer. No es un mal plan. Por una vez, el Diablo ha tenido una buena idea. Entonces, adelante. Tenemos a un individuo que suele despreciar a las mujeres, las maltrata verbalmente, no siente más que desprecio hacia ellas y, por si fuera poco, está metido en negocios no demasiado claros. Llega allí arriba y le dicen que nones. Que se baje ahora mismo porque le van a dar una segunda oportunidad. Y le meten en el cuerpo de una mujer, por lo demás, bastante atractiva. A ver si va a ser que el individuo en cuestión está más bueno que un queso. Se levanta, se mira por los bajos y…qué raro, falta algo. Algo que debería estar ahí, ya no está. Así que toca asumirlo. Ya no es un hombre instalado en una posición de superioridad, es una mujer que va a tener que aguantar los embates masculinos. Bien, aunque tenga cuerpo de mujer, no es menos cierto que su personalidad aguanta tras tan atractivo envoltorio. Y va a ser una mujer machista y misógina, con un carácter de mil diablos (perdona, Lucifer), y dispuesto a comportarse como un auténtico chulo. O chula. Da igual. Tendrá que pasar por el aro y utilizar las armas propias de mujer… ¿a que sí? Esperen y verán.

Blake Edwards dirigió una de sus comedias menos reconocidas con Ellen Barkin como gran protagonista. A pesar de que Edwards llevaba una temporada haciendo películas que merecen mucho la pena como la estupenda Micki y Maude, Cita a ciegas o esa película que brilla en la oscuridad que es Una cana al aire, estrenó este intercambio de cuerpos que recuerda lejanamente a El cielo puede esperar y, por supuesto, a su referente principal Adiós, Charlie, y la crítica se le echó encima y acabó por ser su penúltimo título. A partir de este momento, se volcó en la producción y en el montaje del musical teatral inspirado en Víctor o Victoria. Y es una lástima porque la película es divertida. Es cierto que no maneja un gran reparto, centrando casi toda la gracia en esa mujer con modales de hombre despreciable que encarna o desencarna Ellen Barkin, pero aún así, hay un par de secuencias buenas, que recuerdan al mejor Blake Edwards, amante de equívocos y del slapstick, con algún que otro diálogo memorable y algunas situaciones de cierta gracia.

Así que pónganse cómodos. Van a pasar una velada ciertamente agradable. La carcajada asomará un par de veces y la sonrisa no va a querer irse. No es que sea el colmo de las comedias más graciosas, pero tiene momentos hilarantes, con una dirección sabia y una entrega estupenda delante de la cámara. Y tengan mucho cuidado cuando se vayan a la cama. Puede que allí arriba no tengan sitio para…yo qué sé…zurdos con pecas y les envíen de vuelta reencarnados en un pez de colores…

martes, 5 de noviembre de 2024

LAS CINCO CONDICIONES (2003), de Lars Von Trier y Jorgen Leth

 

A veces, uno cree que va a ver un documental y se encuentra con un experimento fílmico que roza la ficción. Eso es lo que se pudo apreciar en el genio de Orson Welles con Fraude y también es el caso de esta rareza realizada por iniciativa de Lars Von Trier. La premisa es sencilla. Von Trier se entrevista con Jorgen Leth, un cineasta que en los sesenta rodó un cortometraje titulado El humano perfecto y le invita a revisionar aquel cortometraje cinco veces, bajo condiciones muy severas y diferentes en cada una de ellas. Leth acepta el reto y, de una forma como pocas veces se ha visto en el cine, asistimos a un proceso de deconstrucción de una película para crear cinco cintas nuevas, de diferentes miradas, en lo que es un apasionante ejercicio de nueva creación. Además, hay un viaje intenso hacia el miedo de no poder renovar el éxito de lo que fue aquel cortometraje en su día, a pesar de la madurez que ha llegado a su director. Poco a poco, es como si, de alguna manera, la rígida vigilancia condicional de Von Trier se convirtiera en un control parecido al que Andrew Wyke-Laurence Olivier ejerce sobre Milo Tindle-Michael Caine en La huella, de Mankiewicz. Un juego que oscila entre la humillación y la admiración. Humillación por el sometimiento. Admiración por la creatividad. Incluso, en el colmo del sadismo cultural, le ordena hacer una versión de su cortometraje en dibujos animados.

La película, en sí, es sólo eso. El enfrentamiento entre dos directores que, siguiendo lejanamente la tradición nórdica, les gusta el desafío que supone ponerse más dificultades a sí mismos con el fin de alcanzar metas de imaginación y fantasía (y, de paso, opinión) que saben imposibles cuando el entorno es de calma y tranquilidad metódica. Cinco cortometrajes versionando la misma historia ya, per se, es un ejercicio extraordinariamente difícil porque se volcaron unos procedimientos y una forma de ver la trama propios de los años que se tenían por aquel entonces. Ha llovido mucho, han pasado muchas cosas y la mirada, de forma inevitable, se torna diferente, más desengañada, menos ilusionante y, aún así, se trata de ofrecer algo de forma atractiva, haciendo que aquel cuento que en los años sesenta provocó aplausos, siga siendo digno de mención en el siglo XXI.

Y es que el acto de crear necesita, en muchas ocasiones, espuelas. Quizá las proporcione un entorno, o la falta de presupuesto, o la idea de hacerlo de forma radicalmente distinta porque, si nos preguntan a nosotros mismos, probablemente haríamos las cosas de otro modo con una diferencia de cuarenta años. Con más experiencia, con menos ímpetu, con más sabiduría, con menos atención. El experimento fílmico es de indudable interés porque, más allá del simple hecho de hacer cine, también se trata de la compleja realidad de vivir. Y así, una vez más, la ficción y la verdad se abrazan en una película que ha estado destinada a paladares algo marginales. El viaje merece la pena porque llega a ser importante, necesario y, también, apasionante.