viernes, 28 de febrero de 2025

LA BRUTALIDAD DEL OSCAR

 


Y es que este año, el Oscar es brutal. Y lo es porque la calidad media de las películas presentadas es bastante vergonzante. Lejos quedan aquellos años en que te anunciaban las cinco nominadas y, si bien no estabas siempre de acuerdo con aquellas que acababan llevándose el Oscar al agua, sabías que esas cinco estaban muy cerca de ser las mejores del año. Los tiempos cambian. Ya no hay Oscars honoríficos en la ceremonia. Se prefiere la mamarrachada antes que la elegancia y la apelación siempre oportuna a la nostalgia y hay diez nominadas de las cuales…no se salva ni una. O, al menos, no se salva ni una de acuerdo a los criterios de aquellos que han visto dos o tres películas en su vida, porque siempre habrá el friki encubierto que, sin ruborizarse ni un cabello de su dilecta cabeza, dirá que La sustancia es la mayor obra maestra del cine contemporáneo.

Así que dentro de este ambiente de brutalidad, de falta de clase, de aburrimiento empoderado y de bobadas disfrazadas de trascendencia, el pronóstico, posiblemente muy errado, para la ceremonia de este año puede ir en esta dirección, más o menos.

Como mejor película de habla no inglesa, aunque me parezca notoriamente mejor la brasileña Aún estoy aquí, realista descripción de los años setenta en Brasil y de la que todo el mundo habla pero pocos han visto, parece bastante meridiano que se lo van a dar a Emilia Pérez, de Jacques Audiard. Más que nada porque entronca mucho con las reivindicaciones tan de moda hoy en día y ha sido un título que ha demostrado grandes signos de agotamiento a la hora de llegar al premio más alto de la industria. Si la ceremonia y sus correspondientes votaciones se hubieran celebrado hace tres meses, se hubiera llevado hasta el smoking de los asistentes.



Aunque el mejor guión original sería para la incomprendida y casi ignorada Septiembre 5, parece bastante claro que Coralie Fargeat va a subir a recoger el galardón por esa versión alucinada de El retrato de Dorian Gray que es La sustancia. Atentos a Jesse Eisenberg que últimamente se está posicionando muy bien para que su A real pain también toque oro.



Para el guión adaptado, yo apostaría por el trabajo de Peter Straughan para Cónclave. Seamos sinceros. Es la película oscarizable de este año que más cine tiene dentro, por mucho que el final no convenza ni al Papa, pero hay que reconocer que en sus dos terceras partes, el guión se mueve con maestría y con misterio.



Para la mejor actriz de reparto, no hay duda. Es inevitable que el premio recaiga en Zoe Saldaña por Emilia Pérez. Y hay que decir que es justo. Ella es quien pone mayor dramatismo en la película con sus dilemas éticos, canta, baila y actúa y otorga intensidad, aunque al final su personaje caiga en la adoración a lo divino. Es la mejor. Aunque no estaría nada mal que el premio fuera para Felicity Jones porque ella es lo más destacable de The brutalist.



Otro premio evidente es el de Kieran Culkin por su trabajo en A real pain en la categoría de mejor actor secundario. Es cierto que la película es pequeña y que la trama es prácticamente anecdótica, pero el trabajo de Culkin resulta, quizá, el más complicado al moverse entre sentimientos que el espectador debe descifrar.



Como mejor actor, parece que todas las papeletas llevan el nombre de Adrian Brody por The brutalist. Hay un cierto aroma de que, vaya, otra vez este tío, que no ha hecho nada más en su vida que El pianista y ya se llevó al calvo de oro a casa y ahora, otra vez. Su interpretación es muy buena…con permiso de la de Ralph Fiennes en Cónclave, que es mucho mejor. Aún así, como ya he afirmado en distintos medios, el premio a Brody no molesta, pero es más justo para Ralph.



Habida cuenta que el discurso sempiterno de represión y de qué difícil es la vida para los transexuales, etcétera, etcétera, etcétera de Karla Sofía Gascón se ha quedado en pura pesadez, difícil lo tiene para hacerse con el premio a la mejor actriz. Es el precio de querer ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. Se lo van a dar a Demi Moore por La sustancia a pesar de la contradicción intrínseca que lleva dentro porque se le va a otorgar casi como que pidiendo perdón por exigirle que esté guapa y qué pena y tal y nuestra querida Demi se ha retocado hasta los pelos de la nariz quedándose en una versión un tanto ridícula del personaje que quiere denunciar. Sin embargo, la mejor interpretación, y lo es sin lugar a dudas, es la de Fernanda Torres por Aún estoy aquí porque la actriz decide mostrar el sufrimiento sólo apelando a la intuición lógica del espectador. Sin aspavientos, sin grandes escenas dramáticas, solo con el corazón y la mirada…y eso no lo hace cualquiera. Ni siquiera Demi Moore.



Como mejor director parece claro el premio a Brady Corbet. Más que nada porque ha sido capaz de poner en pie una película de tres horas y nosecuántos minutos con un presupuesto bastante limitado y colocarse en la terna de películas más apreciables del año. No obstante, ya dije que The brutalist carecía de alma de ganadora, que le faltaba algo más, que ese epílogo que tiene le sobra bastante. Me estaré haciendo viejo. Este es el premio justo…y lo digo con la nariz muy, muy tapada.



Mejor película. Agárrense los machos. Todo apunta a que The brutalist va a ser la afortunada, pero me resisto a creerlo. Es cierto que Cónclave está ganando muchos enteros en las últimas semanas porque, sorpresivamente, se está llevando más de un premio mayor…pero, como estamos en ese sin sentido que es el voto preferencial, prepárense para dar el Oscar a la mejor producción del año a Anora, el rollete de Sean Baker (loado y alabado como el director más estupendo de los últimos años) y que sigo diciendo que tiene cierta tendencia a ser tan plomo como una vaca en brazos. Se va a ir con ese pesito de más que es la figura más ambicionada del mundo del cine. Brutal.



Eso es todo, amigos. Y ojalá, por favor, que Dios me oiga, que el año que viene haya mejores películas para decidir. Me estoy embruteciendo con todo esto.

 

jueves, 27 de febrero de 2025

AÚN ESTOY AQUÍ (2024), de Walter Salles

 

Este artículo está dedicado a Gene Hackman. Él siempre estará todavía aquí.

En 1964, un golpe de estado militar en Brasil derrocó al entonces presidente Joâo Goulart por sus evidentes intenciones de escorarse hacia la izquierda en sus relaciones internacionales. En 1969 se recrudeció la represión y comenzaron las desapariciones sin ninguna razón más que la lejana sospecha de izquierdismo aunque fuera levemente moderado. Imagínense. Un hombre que cinco años atrás formó parte del Congreso del Brasil en las filas del Partido Laborista, lleva una vida feliz, con una casa casi en primera línea de la playa de Copacabana en Río de Janeiro. Una esposa inteligente y entregada. Unos hijos maravillosos. Un día, unos hombres llegan y se lo llevan. No se sabe nunca nada más de él. ¿La acusación? De su casa han entrado y salido personas que puede que tengan alguna relación con la oposición. Eso es todo.

No, no lo es. Cuando se lo llevan. Su mujer se queda al cuidado de todo. No tiene acceso a las cuentas corrientes. Debe hacerse cargo de cinco hijos. Tiene que luchar contra los poderes establecidos que niegan por activa y por pasiva haber hecho algo con el marido. Y ella lo hace desde la serenidad, sin levantar una palabra más alta que la otra. Con seriedad. Con sufrimiento. Un sufrimiento que lleva en absoluto silencio para que los hijos no sean arrastrados por la desgracia. Acude a amigos. Unos la ayudan. Otros, no. La prensa. La denuncia. Esto no se debe olvidar. Sin ira. Sin descanso.

Walter Salles dirige con muchísimo acierto esta película que se puede dividir en tres partes. Una primera en la que se nos dibuja un cuadro costumbrista sobre cómo era la vida de una familia de clase media en Brasil en los setenta. Es muy reconocible. Es verdadera. Una segunda en la que el terror se apodera de esa familia mientras trata de recuperar una normalidad que ya no existirá nunca más. Es descriptiva en esa resistencia natural, sin aspavientos, pero sin parar. Una tercera, casi epilegómena, en la que se establece un paralelismo entre la memoria personal y la colectiva. El maldito Alzheimer puede aquejar también a toda una sociedad que se ha dejado asentar en la democracia y en la que demasiados crímenes comienzan a ser olvidados. Es sincera. Es emocionante.

Fernanda Torres, en la piel de esa madre de indudable clase, que lo expresa todo en la mirada mientras no se detiene ante nadie, que sigue hacia adelante a pesar de que todos los indicios apuntan hacia la derrota, realiza un grandísimo papel porque, en su contención, tiene que expresar todos los sentimientos que se agolpan uno tras otro en cada uno de sus hijos, aterrorizados y expectantes ante un futuro que se presenta amenazador y vacío. Además de ello, tiene que conjugar los de su propio personaje, Eunice, una mujer valiente que batalló hasta el final con la mirada de quien se sabe con la razón mientras todos sus recuerdos, sus felicidades y sus anhelos se quedaban enterrados en algún lugar de su memoria y de su intención. En algunos momentos, Fernanda Torres llega a ser vibrante en su interpretación, inteligente en su exteriorización, tremenda en su significado. Sabe dónde puede llegar con cada uno de sus movimientos. Sabe dónde puede doler con cada una de sus miradas.

Así que no, no hay que olvidar. Porque mientras no olvidemos, seguiremos estando ahí. Testigos de algo que ocurrió ante nuestros ojos y entre nuestras carnes. Y hay que decirlo para que no se vuelva a repetir, para que no se vuelva a dar esa insultante falta de preocupación por el prójimo, por mucho que no comparta las mismas ideas. Esto es muy ingenuo, lo sé, pero me gusta pensar que lo digo en letra alta.

miércoles, 26 de febrero de 2025

EL CLIENTE (1994), de Joel Schumacher

Un niño en el borde del coqueteo con lo prohibido ve lo que no tiene que ver. Y comienza a ser el objeto de deseo para muchos. El fiscal quiere utilizarlo para dar un golpe definitivo contra la Mafia y, de paso, postularse para algún cargo político de cierta relevancia. No en vano lo llaman, de manera algo cínica, “El Reverendo”. Sin embargo, siendo un tipo que emplea malas artes y que, de algún modo, se aprovecha de la ignorancia ajena, va a encontrar la horma de su zapato en Reggie, una mujer que empieza a estar de vuelta de todo y que ha decidido defender al chico. Quizá, así, consiga ajustar cuentas con su pasado, ese mismo que le costó un divorcio traumático, una caída en el alcohol y una vuelta al equilibrio que nunca debió perder. Por otro lado, sin lugar a ninguna duda, la Mafia también quiere hacerse con el chico porque es un testigo molesto porque, más que ver lo que no tuvo que ver, escuchó lo que no tuvo que escuchar. Todo por un cliente de un caso que, en teoría, resulta bastante fácil porque no es más que un suicidio de un tipo que prestaba sus servicios legales a la Mafia.

El chico, en este entramado de juegos sucios en los que también se halla su madre y su hermano, va madurando desde el principio y es capaz de atisbar que el mundo de los adultos es desoladoramente cruel, pero que también hay un lugar para el cariño y la comprensión, aunque hay que buscarlo con ahínco. Él sólo quiere volver a casa y jugar con su hermano, a pesar de que es el típico chico que está entrando en una edad muy difícil y que está destinado a vagar por el barrio en busca de una papelina. Sin embargo, Reggie, esa abogada que le está representando y defendiendo por nada, va a darle un par de lecciones con sabiduría, con paciencia y en el propio lenguaje del chico, porque los adultos serán crueles, irán a lo suyo, se olvidarán de las cosas que realmente importan, pero no suelen ser tontos y eso es algo que el chico tiene que aprender.

Otra de las adaptaciones que se hicieron sobre un original literario de John Grisham que puso en evidencia la falta de defensa que tiene un menor cuando se ve en una situación comprometida. La dirección de Joel Schumacher es sobria y muy acertada salvo, quizá, en un final que parece alarmantemente falto de fuelle. La interpretación de Susan Sarandon es excepcional, moviéndose en la seguridad y en el atractivo de una mujer que ha pasado la peor crisis de su vida y que se está moviendo hacia rumbos decididos. Tommy Lee Jones da el tipo de ese fiscal marrullero, al que le gusta salir en los papeles y que, en última instancia, nunca va a salir perjudicado de nada porque a todo le sacará partido. Brad Renfro, una estrella que se apagó demasiado pronto, hace muy bien de niño siendo niño y la película nos lleva por procelosos mares legales que, incluso, son insalvables para los adultos. Tal vez por eso, todos buscamos a alguien que nos defienda, que nos quiera, que nos dé a entender que no somos simplemente algo útil para determinado momento, sino que somos personas que necesitan de los demás y que los demás también nos necesitan. Tal vez, en algún momento, seamos el punto de equilibrio en el que se asienta todo el entramado de cariños del entorno. Y eso, si caemos en la cuenta de ello, no es nada fácil.


martes, 25 de febrero de 2025

A DIEZ SEGUNDOS DEL INFIERNO (1959), de Robert Aldrich

 

Unos cuantos soldados dedicados a desactivar bombas en Berlín después de la guerra. Un trabajo para locos. Bah, tantos años tratando de derrotar a los alemanes y ahora, aquí, en un momento, en apenas diez segundos, puedes irte al infierno con un billete de ida sin vuelta. Para hacer este trabajo bien hay que haber desactivado muchas bombas antes. Quizá por eso los mandos se han encargado de que no todos ellos sean trigo limpio. Karl es un individuo que ha tenido problemas de disciplina y se ha convertido, de alguna manera en un renegado. Estima a sus hombres y no quiere que les pase nada, pero Karl tiene problemas que le mueven hacia el mal. Como si enfrente de él se hubiera abierto una chimenea en cuyo fondo se mueven las más hambrientas fauces de una serpiente. Eric es otro de sus hombres. Lleva consigo unos cuantos problemas psicológicos, agravados por la sensación de que cualquier fallo en la desactivación de una bomba puede llevarse a unos cuantos por delante. Por eso, tal vez, prefiere hacerlo él mismo, y la adrenalina, poco a poco, le está matando. El trabajo de artificiero es muy extraño, porque no acaba una vez que te den el visto bueno y estés listo para irte a tomar una cerveza. Hay que analizar los componentes, y darse cuenta de la malvada burla del destino que supone encerrarte en la desactivación de bombas. En el momento en el que se están cortando los cables de un artefacto, no estás controlando tu destino.

El director Robert Aldrich no quedó demasiado satisfecho del resultado de esta película, alegando que en muchos momentos, no tenía mucho sentido, pero otorgó a la cinta una vibrante sensibilidad y una tensa calma. Para ello, se rodea de actores conocidos como Jack Palance, que ya había trabajado con él en dos películas excepcionales como Ataque y El gran cuchillo y que fue su última colaboración alegando el propio Aldrich que “no es bueno trabajar más de dos veces con el mismo actor y más si es un tipo que no tiene la menor confianza en ti.”. El otro elegido es Jeff Chandler, en un papel muy inusual para él, rondando la villanía. Con la excusa de la desactivación de bombas, Aldrich propone también un paralelismo entre la acción y lo que está ocurriendo en el interior de sus personajes. La violencia, en esta ocasión, no sólo es física, sino que también es moral.

También resulta sorprendente que Aldrich se confiara a la producción de la Hammer Films, compañía de producción inglesa más especializada en cine de terror que en dramas de suspense asegurado. Lo cierto es que Aldrich, a pesar de que no tenía un carácter fácil, intentó hacer una buena película y no pasa de ahí, sin duda, pero ya es bastante teniendo en cuenta de que tiene una narración en la que hay que mirar muy en el fondo del barranco interior de cada uno de esos actores tan maravillosos.

Puede que A diez minutos del infierno sea levemente confusa. A ello contribuye el hecho de que los productores insistiesen en cortar casi cuarenta minutos de película. Son cosas de Hollywood…y ahora, perdónenme, tengo que pensar si es más correcto cortar el cable rojo o el cable verde.

viernes, 21 de febrero de 2025

LA HABITACIÓN VERDE (1978), de François Truffaut

 

Julien arrastra un trauma por la muerte de su esposa, acaecida diez años atrás. Ha levantado un santuario para ella en la habitación verde de su propia casa. Todos los objetos y recuerdos que ha guardado se amontonan en esa inquietante habitación que Julien considera que es una parte de lo más íntimo de él mismo. Sigue sintiendo dolor, pero se recrea en él. Es incapaz de pasar página, de seguir con la vida. Se ha dedicado en cuerpo y alma a adorar y recordar a aquella que amó con alma y cuerpo. Algunas veces, parece que ella vuelve para hablar con él. Es como si la soledad hubiera hecho tanta mella en Julien que se vuelve corpórea, única, irreductible. Lo peor de todo es que, dentro de esa soledad abrumadora, Julien se da cuenta de que hay otras personas que también rinden un culto particular a la muerte de sus seres queridos. El fuego, tal vez del infierno, arrasa la habitación. Y entonces Julien pide permiso para que, dentro de un auténtico santuario, su mujer siga habitando en su ánimo. Puede que sea la edificación de una puerta que les ponga en contacto.

Mientras tanto, una mujer conoce a Julien y se va enamorando de él. Entiende su fascinación por la muerte, pero va sucumbiendo a su forma de andar, a su misterioso rostro que no es más que la máscara en la que esconde un dolor insufrible, a su vestimenta, tan negra como la propia muerte…Ella cree que, juntos, pueden alejarse de la sensación de la guadaña cercana. El santuario va extendiendo su temática. Ya no sólo es la mujer de Julien, sino también todos aquellos que se han ido y que formaron parte de su círculo de amistades. Ese mismo que se rompió porque la Primera Guerra Mundial estuvo condicionando sus vidas y precipitando sus muertes. La habitación verde resulta más grande, más inquietante, más impenetrable.

Esta es una de las películas más oscuras que dirigió nunca François Truffaut y, nuevamente, consigue una reflexión particular sobre la muerte que llega a hacer mella en todos aquellos que hemos perdido a alguien de nuestro entorno más cercano. Y, por si fuera poco, esta deprimida obsesión por la muerte sirve como excusa para narrar una historia de amor que ya fue y otra que está siendo. Todo es extremadamente sombrío y parece que el antónimo de la muerte, el amor, no tendrá mucha cabida. Sin embargo, dentro de esa obsesión casi autodestructiva, existe algo parecido a la esperanza. No mucha, apenas imperceptible, casi despreciable. Pero ahí está. Es un intento de transmitir el dum vivimus vivamus, vivamos mientras vivimos, porque ése es el pilar básico sobre el que se edifica algo tan sinuoso y zigzagueante como la felicidad. Puede que Truffaut también avise para cuando lleguemos a esa edad en la cual nos damos cuenta de que hemos conocido más gente muerta que la que permanece viva. ¿Quién sabe lo que pasaba por la cabeza del francés? Era un director que no tenía miedo a hacer nada, como esta reflexión profunda, severa y tremenda sobre la muerte y sobre las obsesiones insanas. La muerte, tal vez, no deba ser nunca un objeto de idealización.

jueves, 20 de febrero de 2025

CAPITÁN AMÉRICA: BRAVE NEW WORLD (2024), de Julius Onah

 

Un inicio fragmentado con poquita información en cada segmento para que la trama sea ágil y no se noten las costuras. Harrison Ford sustituyendo a William Hurt, ya fallecido, para interpretar al Presidente Thaddeus Ross. Un malo muy intelectual que acaba de una manera que no se sabe muy bien por qué. Una actriz como Shira Haas con menos carisma que una lombriz en un pozo de serpientes. Mucha acción con una supuesta sorpresa final que la película va anunciando todo el rato y que ni es sorpresa ni es nada. Y, sobre todo, una cierta sensación de poco convencimiento en todo este intento de reconstrucción del Capitán América en medio de un mundo que todavía está lamiéndose las heridas de haber perdido la mitad de su población.

Y al final, aplausos. Pues muy bien. No me extraña que luego pongan a caldo a Martin Scorsese por decir que eso no es cine. No, no lo es. Ni siquiera Harrison Ford se ve cómodo. Está todo el rato forzado como si quisiera pedir perdón por interpretar un personaje dentro de todo este lío del mundo Marvel. La tradicional secuencia post-créditos tampoco tiene tirón alguno. La única aparición especial es la de Sebastian Stan que aparece un momento para consolar a Anthony Mackie, le pasa la mano por el hombro y se va. No hay chispa. No hay una diversión controlada. Todo es un ofrecimiento de destrozo por aquí y por allá, bastante mal dirigido aunque se podría haber sacado algo de esa secuencia en la que el Capitán y Falcon tratan de impedir que los japoneses y los americanos se líen a bombazos. El resultado final es pobre. Pero, eso sí, al final hay aplausos. No desesperen. A la gente le encantan los puñetazos, el escudo utilizado como frisby, los gráficos que cantan más de lo normal sin estar mal del todo. ¿Me habré vuelto líder?

Ninguna de mis dudas tiene sentido. Al final, hay aplausos y hay un sentimiento general de satisfacción, como que todo este lío que han montado con los diferentes argumentos de Marvel tiene visos de reconstruirse con tanto tirón como tuvieron en algunas de sus entregas. Incluso hay una encomienda del presidente pidiendo al Capitán que vuelva a unir a los Vengadores. ¿Se imaginan? Liderados por Spiderman y con Sam Wilson, los nuevos Vengadores se van a encargar de explotar como es debido el adamantium que ha surgido por esa mano gigante de Thanos hundida en el mar. Realmente, no sé si estoy hablando con propiedad porque, además, es complicado unir las piezas si no se ha visto la serie Falcon y el Soldado de Invierno. Estoy tan entusiasmado que ya me estoy tejiendo el traje de hebras irrompibles para lanzarme como un cohete a detener cualquier misil que amenace la paz en la Tierra.

No me hagan caso. Al final, hay aplausos. Estoy seguro que a cualquiera que le pidan que les cuente la película no sabe ni por dónde empezar, pero el pim pam pum que se organiza es de tal calibre que nada cuenta salvo que la Casa Blanca se queda hecha unos zorros y lo mismo la aparición de un Hulk de color rojo hace que nos pensemos seriamente si no es eso mismo lo que tenemos como inquilino del palacio presidencial. Por favor, que vuelvan los Joss Whedon y los Jon Favreau, que Disney se deje de zarandajas y que volvamos a disfrutar de lo que realmente importa si lo que desean es resucitar la segunda generación de super-héroes que, estoy completamente seguro, no llegarán ni a la suela del zapato a los originales. Y lo único que me queda claro es que no tienen ni idea de por dónde seguir. Harrison, jubílate. Mackie, actúa un poco, anda. Danny Ramírez, sigue el consejo de motorista que te dan al final. Señoras, caballeros, ahórrense el precio de la entrada.

miércoles, 19 de febrero de 2025

THE OUTPOST (2019), de Rod Lurie

 

Hay lugares en la Tierra en lo que se puede atisbar el precipicio del infierno. Uno de ellos es este lugar, acostado sobre una abrupta montaña, en donde se ha instalado un puesto de vigilancia alejado por completo del campamento base y que tiene todos los billetes para cogerse el autobús hacia la tumba. Es un sitio aislado, sin mayor visión que la que proporciona la árida cumbre que se erige en su retaguardia, mientras que en vanguardia sólo se alcanza a ver el desierto polvoriento de piedra y miedo. No importa el número de soldados que estén allí, no importan los suministros que se puedan almacenar, da igual las ametralladoras que se pueden apostar para repeler cualquier tipo de ataque. Los hombres destinados allí tienen las cartas de la muerte en su mano y muchos de ellos perderán la vida.

Es uno de esos puestos de vigilancia a los que se les ha bautizado como “Campamento Custer” porque nadie puede salir vivo de allí en caso de un ataque talibán. Y, efectivamente, eso ocurre. Es un ataque basado más en el número que en la táctica y habrá que defenderse con uñas y dientes, con vehículos, con munición, con la pólvora flotando en el aire y conservando toda la sangre fría que no debe ser derramada. Sin embargo, las cosas se ponen feas. Los talibanes ganan terreno y los soldados se van replegando en una estrategia plenamente ensayada. Por el camino, van cayendo los amigos, los buenos oficiales, los esforzados soldados que combaten, sobre todo y ante todo, por el amigo que está al lado. Los disparos silban rozando los oídos, las armas echan humo y aún así, el enemigo sigue avanzando. No hay demasiadas esperanzas para ese puesto avanzado en medio de ninguna parte. Está tan alejado de la base que el apoyo aéreo puede tardar hasta dos horas. Genios militares.

No cabe duda de que esta película ha palidecido en comparación con otros retratos de guerras modernas y, sin embargo, es una buena película de supervivencia y aventuras. No cabe duda de que la guerra nunca es agradable, pero en esta ocasión se ven claras las referencias mezcladas a La patrulla perdida, de John Ford, y, sobre todo, a la estupenda Zulú, de Cy Endfield. Cambian las armas y los uniformes, desde luego, pero el espíritu de resistencia sigue ahí, atrincherado o parapetado tras cualquier barracón, buscando soluciones rápidas y eficaces ante un acoso en el que, muy probablemente, no querrán prisioneros. Quizá un suboficial tenga alguna idea sorprendente como dejar de resistir y tomar la iniciativa en un ataque que se antoja prácticamente imposible. O, tal vez, llegue a tiempo la caballería del aire. Nunca se sabe. Lo cierto es que, en esas situaciones, la sangre del de al lado es la sangre de mi hermano y hay que hacer todo lo posible para llegar vivos al final. Cueste lo que cueste. Aunque cualquier bala se lleve la juventud, las ilusiones o la camaradería que alguno puede llegar a sentir. Munición, por favor. Estamos secos.