viernes, 30 de mayo de 2025

ROBERT BENTON: NI UN PELO DE TONTO

 

Robert Benton vivió durante muchos años en el 244 de la calle 49 Este en Turtle Bay de Nueva York mientras estudiaba en la Universidad de Columbia. Por aquellas casualidades de la vida, enfrente vivía Katharine Hepburn y el propio Benton relataba que, un día, mientras estaba estudiando, miró por la ventana y vio a la actriz dando un beso a Spencer Tracy en la calle porque él se iba a trabajar. Aquello le marcó porque no hizo más que reafirmarle en la idea de dedicarse al cine. En cuanto terminó sus estudios, no dudó en asociarse con su mejor amigo, David Newman y se pusieron manos a la obra porque Benton tenía una idea rondando la cabeza. Su padre había sido predicador en el Medio Oeste y fue el encargado de oficiar el funeral de dos bandidos famosos en los años veinte que respondían a los nombres de Bonnie Parker y Clyde Barrow. Con esos mimbres, Benton y Newman escribieron el guión de Bonnie and Clyde, película señera de los últimos sesenta que fue ofrecida primero a François Truffaut, luego a Jean Luc Godard y, por último, al cineasta americano más parecido a la corriente de la nouvelle vague francesa que no era otro que Arthur Penn. El resultado fue un éxito sin precedentes, catapultando al estrellato a Faye Dunaway y reafirmando el ascenso imparable de Warren Beatty.

Con el éxito a sus espaldas, Benton y Newman abordaron el viejo Oeste con una perspectiva abrumadoramente cínica para Joseph Mankiewicz en El día de los tramposos, una película de ladrones, cárceles y engaños con unos extraordinarios Kirk Douglas y Henry Fonda en los papeles principales. A pesar de todo, fue un fracaso, aunque totalmente inmerecido, y la pareja de guionistas, decididos a ser versátiles como el que más, se pusieron manos a la obra con un homenaje a las screwball comedies de los años treinta y escribieron para Peter Bogdanovich el guion de esa maravillosa comedia que es ¿Qué me pasa, doctor?.

El éxito de este último guion animó a Benton a pasarse a la dirección, continuando con la colaboración de Newman en el guion y lo hizo con una película que, de alguna manera, también bebía de El día de los tramposos y se tituló Pistoleros en el infierno, con Jeff Bridges en el papel principal de esta historia de pícaros en el viejo Oeste. No fue demasiado bien, pero Benton tenía otro as en la manga. ¿Qué pasaría si un viejo detective, de aquellos que pateaban las calles en los años cuarenta, se viera involucrado en un caso ya en su tercera edad? Eso es lo que plantea la excelente El gato conoce al asesino, con un maravilloso Art Cartney en el papel principal, achacoso y con la inteligencia intacta dentro de un mundo que ya no es el de las luces de neón de los cuarenta. Una excelente película que sitúa a Robert Benton como uno de los directores más interesantes de mediados de los años setenta.

Robert Benton, eso sí, comenzó a ser un nombre en boca de todos, con su siguiente película. Kramer contra Kramer fue su gran éxito, la película por la que todos le recordarán al narrar crudamente un divorcio traumático con el hijo de corta edad en el centro. Dustin Hoffman y Meryl Streep se llevaron su primer Oscar en esta película, que también significó el premio para Benton y ha quedado como uno de esos melodramas inolvidables que, de alguna manera, siempre se ha demandado a Robert Benton que siguiera haciendo aunque él, fiel a su versatilidad y a esa obsesión por retratar héroes que siempre van a contra corriente, no ha hecho demasiado caso.

Se piensa mucho su siguiente proyecto y se decide por un homenaje descarado a Alfred Hitchcock con Bajo sospecha, una turbia historia de misterio, excelente en su planteamiento y en su definición, con Meryl Streep y Roy Scheider como protagonistas que, no obstante, fue un fracaso en taquilla. Se resarció con crecer con En un lugar del corazón, un melodrama de superación que significó otro premio de la Academia para su protagonista, Sally Field y que nos descubrió el talento magnífico de un actor, por entonces completamente desconocido, como John Malkovich.

Pinchó en hueso con su siguiente película, una pretendida comedia de misterio titulada Nadine, con Kim Basinger y Jeff Bridges. El resultado fue tan malo que Benton siempre quiso repetir con Basinger porque sentía que “le debía una película”. No pudo satisfacer su pretensión. Nunca volvió a trabajar con ella. El fracaso estrepitoso de esta película le relegó de los primeros puestos en la dirección de la época y tardó cuatro años en volver a ponerse tras las cámaras y lo hizo con la aceptable Billy Bathgate, retrato algo tenue del mundo de la Mafia, con un excelente Dustin Hoffman en el papel principal y con Nicole Kidman y Bruce Willis apareciendo por allí. Otros tres años de hiato y sorprende con una comedia de altura, de esas de sonrisa y listeza, titulada Ni un pelo de tonto, con un maravilloso Paul Newman acompañado de Jessica Tandy, Bruce Willis y Melanie Griffith. Algunos, incluso, quisieron ver que este Newman avejentado y ventajista es un retrato de la ancianidad que hubiera sido la segunda parte ideal de Hud, aquel vaquero de sentimientos duros y desarraigados que Newman interpretó a principios de los sesenta al lado de Patricia Neal.

Cuatro años después, Benton regresó al cine negro con una de las mejores películas del género en los noventa. Al caer el sol, con Newman, Susan Sarandon, James Garner y Gene Hackman con una trama nostálgica y brillante en pleno Hollywood que nos dejó, posiblemente, un gran regalo que muchos no han sabido apreciar.

Las dos últimas películas de Robert Benton no estuvieron a la altura de su talento y de su condición. La primera de ellas fue La mancha humana, con Anthony Hopkins y Nicole Kidman, de la que se esperaba mucho al estar basada en una novela de enorme prestigio de Philip Roth y que no pasó del aprobado justito. La otra fue El juego del amor, con Morgan Freeman dominando la función basada en un sentido mágico del amor, ese gran desconocido que creemos controlar cuando es el sentimiento más incontrolable de todos. Una película agradable de ver, pero corta en ambiciones y en el talento que se supone a su director.

Robert Benton sólo nos dejó una muestra más de su talento en una película tan atípico y tan arrolladoramente buena y desconocida como La cosecha de hielo, con John Cusack y Billy Bob Thornton de protagonistas y la dirección de Harold Ramis, una aguda incursión en el cine más perplejo sobre unos tipos que quieren aprovecharse y tienen que vérselas con las situaciones más sorprendentes y los enemigos más inesperados. Una excelente película con un guion brillante que no ha tenido el reconocimiento que merecía.

Robert Benton se retiró en 2007, ya hace dieciocho años, y nos dejó huérfanos del estilo y de la clase de un gran cineasta que nos retrató las dificultades de una serie de personajes al oponerse a las reglas establecidas. A menudo, triunfaron, igual que él. No, no tenía ni un pelo de tonto, porque sabía que, en cada uno de sus protagonistas, anidaba una parte, aunque fuera pequeña, casi ínfima, de todos nosotros. Así era. Cercano y deambulando alrededor de la genialidad.

jueves, 29 de mayo de 2025

MISION IMPOSIBLE: SENTENCIA FINAL, PARTE 2 (2025), de Christopher McQuarrie

Todo héroe debe valorar el precio de su hazaña. Es posible que, una vez tras otra, Ethan Hunt haya tenido que salvar al mundo de los villanos de la peor especie tratando de salvaguardar la seguridad de aquellos a los que más quiere. En la mayoría de los casos, tuvo que arriesgar muchas vidas para que todo saliera bien. Por eso, en una paradoja imposible sobre héroes y villanos, es posible que sea el único capaz de detener a esa inteligencia artificial que ha tomado conciencia de sí misma y, al mismo tiempo, sea el villano perfecto sobre el que caerá toda la condena de la Humanidad si no consigue sus objetivos. Demasiada responsabilidad para alguien que se ha lanzado al peligro sin pensárselo dos veces.

Nuevamente, el enemigo es esa máquina del infierno que puede combinar millones de cálculos previstos para manejar todas las posibilidades y, aún así, seguir con sus metas de maldad fría y disparatada, aunque según el devenir de estos tiempos diabólicos, cada vez más probable. Tendrá que echar mano de todos aquellos que le han venido apoyando en su penúltima aventura y tendrá el añadido de algún viejo conocido que nadie espera porque se quedó clavado para asumir un destierro. Algo de oscuro tiene esta aventura del señor Hunt. Debe arriesgarse al máximo, manejando un tablero de ajedrez en el que la velocidad es vital, el tiempo sigue machacando con su impertinente caer de segundos y todos quieren controlar esa inteligencia cibernética que es mejor que, simplemente, desaparezca. ¿Mejor para quién? ¿Mejor para qué?

En estas últimas y levemente desesperanzadas aventuras del señor Hunt, Tom Cruise realiza un homenaje en toda regla al personaje. Alguien que, de alguna manera, ha marcado a generaciones que han crecido viendo cómo se enfrentaba al aún más difícil con una entereza y una decisión que le obligaba siempre a tomar decisiones extremas. ¿Y qué es una persona sino la suma de todas sus decisiones? Eso es lo que define a Ethan Hunt, un héroe que ha ido más allá de lo imposible para colocarnos en el primer plano de la acción más trepidante, con una saga que, a excepción de la segunda entrega, se ha colocado, tal vez, como la mejor de todos los tiempos por su ritmo endiablado, sus problemas insolubles, su continua advertencia sobre los malvados posibles y probables y su increíble resistencia a un mundo que, sencillamente, no le merece. Por eso, Ethan Hunt debe desaparecer una vez más entre la multitud, llevándose todos sus secretos y sus anhelos, sabiendo que hizo lo que debía, destilando cariño a todos aquellos que han sido su soporte y su defensa. Hasta la vista, señor Hunt. Y gracias. Volveremos a verle en futuras revisiones y, con toda seguridad, alguien recogerá el testigo dentro de algunos años para volver a acompañar a dos o tres generaciones más por los andares de la estúpida evolución humana.

El resultado es una película que maneja admirablemente el suspense por encima de la acción. Se nota que hay un trabajo especialmente cuidadoso en la narración de las acciones paralelas, con ideas originales y atrevidas. Por el lado negativo, podríamos anotar que no hay interpretaciones, sólo acciones. Incluso Tom Cruise que es un actor más que solvente, no tiene ninguna escena en la que demostrar su sabiduría dramática. Aún así, la música de Lalo Schifrin en ese insano compás de cinco por seis mientras nos dice con el ritmo en código Morse las siglas M-I ya se ha quedado para siempre en nuestra memoria física y sensitiva. Al fondo, muchos secundarios de enjundia, escenas mágicas repartidas en distintas entregas, aquí, incluso, podemos destacar un par de ellas. Nuestra emoción se ha adherido a los fotogramas de esta cédula de espías que siempre tienen que cortar cables, mirar el cronómetro, acabar con el ladino malvado de turno y rebelarse contra un sistema que nunca dejó de tratar a nuestro señor Hunt como un mercenario. Hasta la vista, señor Hunt. Nunca podremos olvidarle.

 

miércoles, 28 de mayo de 2025

EL MURO (The wall) (1982), de Alan Parker

 

Frecuentemente, cuando caen las lágrimas, nadie está allí para recogerlas. En una habitación de hotel, una estrella del rock inicia su particular descenso hacia la locura mientras en su enferma mente se suceden las imágenes de su infancia, de su madre, de su padre, de su terrible inseguridad, de la guerra, de las cosas que han pasado, de las cosas que desearía que hubieran pasado. Todo se está derrumbando a su alrededor y sólo queda ese muro que no puede atravesar porque es demasiado sólido, demasiado macizo como para arremeter contra él. Al mismo tiempo, esas imágenes que van surgiendo en su cerebro se acompañan de una música extraña que parece esperar el inevitable desenlace de que ese cantante sin pasado ni destino se arroje de una vez por la terraza del edificio.

El tipo se mira al espejo y no sabe cuántas historias anidan en su interior. Parece que fue ayer cuando fue a la escuela y los profesores le trataron como a uno más o, incluso, alguno que otro trató de humillarlo porque, al fin y al cabo, la enseñanza no es otra cosa que un ladrillo en el muro. Vio cómo los aviones se convertían en cruces mientras todos los jóvenes de la generación de su padre marchaban hacia el frente y nunca volvió a ver a quien más quería. Eso degeneró en una sobreprotección exagerada por parte de su madre, que nunca ha dejado de ejercer como tal, como si ahora, con un matrimonio fracasado, una vida hecha, millones de libras en el banco y demasiadas mochilas arrastradas, necesitase que alguien le vigilase y le cuidase. No, mamá. ¿Tú crees que lo mejor es tirar la bomba y acabar con todo?

Experimento de arte y ensayo donde, de un modo ciertamente especial y atrayente, Alan Parker articuló una historia de desesperación alrededor del famoso álbum del grupo Pink Floyd The wall. Usando todo tipo de recursos, la película es como un viaje al interior del pensamiento de ese protagonista que está caminando por un filo que le corta en la planta de los pies y está deseando saltar hacia el lado equivocado. Mientras tanto la certeza de que la vida no ha merecido la pena, de que los sueños se han quedado estancados en algún lugar por el camino, de que el amor ha sido algo tan efímero que apenas ha quedado tiempo para disfrutarlo, se agolpa en el interior de un hombre que cree que terminar con todo es la salida más lógica. Aunque lo lógico no sea precisamente el área que mejor domine. Es un alma en llamas que grita pidiendo auxilio aún sabiendo que nadie le oye. Son alaridos de vida en un entorno que sólo le llama hacia el otro lado del muro. Quizá deba de destruir esa pared y hacer que desaparezca. Quizá pueda. Quizá…

Sin duda, esa puede ser una salida mucho mejor que estar esperando a que los gusanos te devoren sentado al otro lado de ese muro que no debería estar cercando las ideas de alguien que, en el fondo, lo único que ha querido es el cariño sincero, moderado y sereno de aquellos que le han amado… si es que ha habido alguien.

martes, 27 de mayo de 2025

EL SECRETO DE LA ISLA DE LAS FOCAS (1994), de John Sayles

 

Los secretos para una niña no suelen tener mucho misterio. Ella misma es también un enigma a descubrir. Por aquellas cosas que pasan, ella tiene que vivir una temporada en casa de sus abuelos y eso es en la costa norte de Irlanda, muy cerca de la isla de las Focas. Allí, donde la realidad y la leyenda se confunden peligrosamente, no dejan de contarse historias sobre el mar, sobre los secretos que se guardan, sobre niños que se ahogaron y que se espera que, en cualquier momento, puedan aparecer de nuevo en esa orilla que llega, da un beso y se va. Las aguas frías esconden muchos misterios que desean ser desvelados por la inocencia. Las focas parece que se ríen porque todo les parece un cuento para niños. No han contado con la perseverancia de una niña que hará todo lo posible por descubrir y, por tanto, por creer.

El sabor de la sal del mar casi se palpa en las arenas vírgenes de una isla a la que no se acerca nadie porque el frío suele ser tan habitual como la espuma de las olas. Ellas rugen y hablan a cada minuto porque el día y la noche también se confunden con su reflejo en el agua. Sólo siendo parte del mundo legendario se podrán desentrañar las leyendas. Todo el mundo sabe que las leyendas son mentira, pero que siempre nacen con un núcleo sincero, con la verdad introducida y luego agrandada, falseada, destacando hazañas, actitudes nobles, lágrimas de sentimiento incomparable. Olas, olas de creencia y de mentira, olas de magnitud rasa para convertir el ánimo en un creyente más. Ella, la niña, será parte de todo porque todo quiere ser parte de ella. Eso sólo lo consigue quien tiene un corazón muy grande.

Hay que reconocer que John Sayles hizo películas con mucho sentido. No importa que pasara por problemas de producción a cada minuto, a pesar de que quería mantener todas sus historias en la marginalidad de la producción independiente, pero, de alguna manera, llegaba con su punzante cámara más allá de los que muchos cineastas lo intentan con diez veces más de presupuesto. Aquí nos relata una parte de la naturaleza salvaje que, en el fondo, acaba por ser más civilizada que el mundo del que procede la niña protagonista porque quiere contar infancia, quiere narrar leyenda, quiere golpear con realidad y quiere que salgamos de ver esta película con cierta sensación de haber asistido a algo que, de forma mágica, llega hasta lo más profundo de nosotros. Y lo hace con la sabiduría de una excelente fotografía y contando a sorbos lo que necesitamos saber. Y lo hace bien.

Viajemos hasta el norte de Irlanda con esta chica que desea saber todo y quiere encontrar respuestas donde sólo hay fábula. No nos arrepentiremos. A pesar de ser una película, pequeña, desconocida y ciertamente olvidada, se cuenta una historia que calará en lo más hondo de nuestras olas de emoción. Está contada con cariño y así es como se debe recibir. Más allá de prejuicios sobre películas que no nos atraen en absoluto, que han pasado desapercibidas o que han caído en el limbo de una leyenda que merece ser transmitida.


viernes, 23 de mayo de 2025

UN GOLPE A LA INGLESA (2017), de Ronnie Thompson

 

En la cárcel se pueden hacer negocios. Y éste es uno muy grande. Se trata de reclutar a unos cuantos profesionales para robar unas cuantas cajas de seguridad en el centro del distrito joyero de Londres. Ahí es nada. Primero, salir del trullo. Segundo, obtener la información y la financiación necesaria como para poner en marcha el asunto. Tercero, lamentablemente, en estos casos, siempre hay algún elemento disonante y es una mujer húngara, irrompiblemente poderosa, que seduce con la mirada y amenaza con la palabra. Ellos proporcionarán la información, para eso la han buscado entre rejas, pero deberá pagar la suma de quince millones de libras. Salga bien o salga mal. No todo el mundo se arriesgaría, pero así es. El fulano, del cual en ningún momento se sabe el nombre, comienza a buscar a unos profesionales con garantías y cuenta con un socio que sabe moverse por los bajos fondos y es un observador nato de las cualidades de los que se dedican al oficio.

Hay un pequeño inconveniente en este atraco de guante blanco. Los profesionales que más garantías ofrecen son tres viejos algo achacosos que, un día, tuvieron, pero que hoy no se sabe si serán capaces de retener. No cabe duda, son duros, son decididos, les sobra empuje, pero el físico no acompaña demasiado. Uno de ellos es diabético y debe pincharse insulina y, por si fuera poco, también acaba de salir del agujero. Otro, el mejor conductor de Inglaterra, tiene el cerebro del tamaño del pomo de un cambio de marchas. El tercero sí que es un tipo de cuidado. Se nota que ha tratado con los peores y es tan duro como un pedernal…pero tiene un pequeño problema de corazón. Con estos mimbres, se planea el atraco y, para tener tiempo de sobra, se va a realizar en Pascua. Tres días para hacer un agujero en el hormigón justo al lado de la puñetera puerta acorazada y ya está ejecutado el mayor palo de la historia de la pérfida Albion.

En un principio, podría parecer una comedia, pero no lo es. Tiene algún que otro momento divertido, pero se centra en el saber de estos ladrones que saben muy bien lo que se hacen. Para aderezar un poco la pinta de cerveza negra está un antiguo policía que, merced a un soplo, sabe lo que pretenden hacer. No hay que preocuparse, no los va a delatar. Siempre y cuando rescaten para él una caja con un número determinado. Lo demás, para ellos. O eso es lo que dice.

La película, sobre todo, está bien interpretada, con mención especial para Larry Lamb en la piel de ese ladrón duro y tremendo con un corazón a medio gas. La dirección de Ronnie Thompson es ágil y bastante correcta. Aunque, quizá, al final haya un acuerdo demasiado caballeroso que no converge demasiado con la idea que se puede tener. No obstante, señoras y señores, está bien, se pasa un rato muy entretenido. Con estos individuos no se puede perder y se llevan un botín que no cabría ni en los sueños más fantasiosos. Yo me apunto. ¿Qué puedo perder?

jueves, 22 de mayo de 2025

EL INSTINTO (2025), de Juan Albarracín

 

Detrás de una fobia arrastrada durante años, suele haber una serie de miedos acumulados en los años más críticos de la infancia o de la juventud. Un profesional de éxito, un arquitecto de clara vocación vanguardista, padece una agorafobia alienante. Es incapaz de dar más de tres pasos en un espacio abierto. Un buen día, se escapa el perro, quizá harto de las propias manías de su amo que nunca le acompaña a ese festín de olores y carreras que los cánidos se otorgan cada vez que salen por la puerta. El perro es atropellado. El responsable, adiestrador de sabuesos de presa, se ofrece a compensarle ensayando con él los mismos métodos que utiliza con sus clientes amaestrados. Así, de alguna manera, podrá controlar sus miedos.

No, no he contado nada. Sólo he puesto el collar. La correa ya se la ponen ustedes. Todo esto es el inicio de una relación tóxica que se va emponzoñando con algo de precipitación en algún momento, pero que se yergue como una propuesta de cierto interés por parte del director Juan Albarracín. Para ello, cuenta con actores de sobrada competencia que se refugian en las miradas inseguras y huidizas de Javier Pereira y en la penetrante y ambigua de Fernando Cayo. Eva Llorach pone la tercera visión con un papel menos agradecido. El resultado es una especie de versión campestre de aquella El sirviente, de Joseph Losey, con Dirk Bogarde impartiendo un par de lecciones de interpretación e invadiendo el espacio vital de James Fox.

Con todos estos mimbres, El instinto es una película que empieza con ánimo y cierta originalidad y que acaba por aprobar con algo de estrechez porque, sin darlas de listo, el desarrollo de esa enfermiza relación que se establece entre adiestrador y adiestrado debería ser algo más lento y bastante más sugerente. Quizá, con ese matiz, la historia de dominación y humillación estaría generosamente sazonada de más terror y menos violencia algo desquiciada. No obstante, se deja ver, se deja crear esa sensación de que las cosas van a terminar mal por mucho que la naturalidad del principio parece ser el santo y seña de los personajes. Nadie es lo que parece. Nadie parece lo que es.

Así que esos mareos, esa ansiedad, esa arritmia, esa respiración agitada que se experimenta cuando se sufre una fobia incontrolada, debe ser contenida, porque, al fin y al cabo, somos seres humanos y no perros. El entrenamiento que es válido para esos fieles amigos no vale para las personas. Ninguno de nosotros va a saltar como un caballo por mucho que se nos entrene para ello. Puede que el entrenamiento que más nos falte sea el de ser humano, ser empático, comprender los problemas de los demás y dar el paso de valentía cuando sea necesario. No todo el mundo sabe hacerlo porque, en muchas ocasiones, es más cómodo refugiarse en las debilidades cuando todos y cada uno de nosotros atesoramos fortalezas que rara vez sabemos demostrar. Mientras tanto, todo es una cuestión mental y no olvidemos que el cerebro también es un animal que debemos apaciguar y controlar. Piensen un poco. Olviden el nerviosismo al que nos condena la vida moderna. Traten de superar aquello que les marcó porque esa será la raíz de cualquier otro problema. Y si no pueden, no traten de obviar a los que más les quieren. Son los mejores psicólogos. Siempre y cuando esa amistad o ese cariño no sean tóxicos. No hay nada mejor que la mirada comprensiva de alguien que les conoce de verdad. Si no tenemos a nadie, puede que acabemos ladrando e hiriendo  a todo el que se acerque como si fuéramos perros de caza. No hagan demasiado caso del instinto y entréguense a la razón. Es la mejor arma contra la soledad.

miércoles, 21 de mayo de 2025

MOULIN ROUGE (1952), de John Huston

 

A veces, la pasión está prohibida para aquellos que son diferentes. Henri Toulouse-Lautrec no nació con enanismo, simplemente tuvo un accidente de niño en el que se rompió las dos piernas y eso interrumpió su proceso de crecimiento. Era un hombre encerrado en un cuerpo que quiso ser deforme. Toulouse-Lautrec, en lugar de imprimir sus besos en los labios de cualquier chica, quiso dejar su huella indeleble en los lienzos que pintaba llegando a ser el maestro del cartelismo en una época en la que los impresionistas causaban furor por las calles de París. Aún así, trato de encontrar algo de felicidad. Quizá en una prostituta. Quizá en una dama de la alta sociedad. París guarda muchos secretos en sus calles adoquinadas, llenas de esos colores que el pintor recogía como un aguador de la vida y derramaba con sus jarras de talento sobre sus cuadros. Allí estaban todas las diversiones que él veía, pero que no disfrutaba. Allí estaban todos los amores que a él le estaban vedados. Allí estaban todas sus pasiones vertidas con un inmenso amor por una vida que le estaba siendo ingrata, marginal y cicatera. El talento, a menudo, se forja en la desgracia. Henri Toulouse-Lautrec puede ser una buena prueba de ello.

Cabría citar esta película como la más visual de todas las que realizó John Huston. A pesar de haber sido tachado muchas veces como un realizador chapucero, que cuidaba muy poco su puesta en escena, Moulin Rouge se erige como un monumento esteticista de un director que no quería impresionar con la imagen, sino con su sempiterna narrativa de perdedores. Y nada mejor que intentar reflejar la vida de Henri Toulouse-Lautrec con una biografía casi ficticia. Lo que se relata aquí nunca pasó, pero sí que nos hemos quedado con toda esa belleza que nos dejó el artista inigualable que era. Eso sí pasó. Eso sí pasa. Para ello, contó con un esforzadísimo trabajo de José Ferrer, obligado a actuar de rodillas en la mayor parte de los planos largos, moviéndose por calles de jolgorio inaudito en las que Toulouse-Lautrec trata de encontrar algún retazo de amor. Puede que estuviera en la punta de su pincel. Puede que se hallara en esa observación de la realidad que trasladaba inmediatamente a la fantasía de su arte. Puede que, en el fondo, la obra maestra fuera el ambiente que le rodeaba y él sólo fuera un notario de la belleza. Lo cierto es que todos tenemos un corazón. Incluso aquellos a los que parece que no les cabe.

Entre la humedad y el humo, con el olor del disolvente y el engrudo de la pintura, Henri Toulouse-Lautrec no dudó en reflejar un mundo en movimiento que parece quedar grabado en un permanente baile en sus pinturas. Eso no lo puede hacer cualquiera. Y él lo hizo porque guardaba una inmensa alegría que se veía obligado a reprimir con las burlas, el ostracismo, la seguridad de que todos los que le miraban destilaban desprecio o compasión. Él quería ser un hombre normal sin darse cuenta de que era muy, muy superior.