Un
futuro distópico no muy lejano. La civilización, presa ya de un irreparable
cambio climático y de la dependencia tecnológica, busca acomodo en la
desaparición de su propia personalidad. La inteligencia artificial está ahí
para ayudar en las necesidades más básicas y una residencia, dotada con el más
moderno sistema cibernético, pasa por ser el refugio de artistas y creadores,
consagrados al desarrollo de sus obras en un entorno absolutamente controlado y
ciertamente aséptico. Sólo hay un problema. Son estudiados al milímetro porque
la misión es el principio del fin. Se trata de absorber la sensibilidad humana
para que no sea necesaria la intervención humana en ninguna manifestación
artística.
Y la sensibilidad puede
que sea lo más íntimo que posee cualquiera que se dedique a una profesión que
rinda culto al arte. Se pueden escribir muchas líneas, pero muchas de ellas no
tienen alma. Se pueden componer multitud de melodías, pero la mayoría de las
notas son sólo repeticiones mecánicas de esquemas ya ensayados con
anterioridad. Si se anula el elemento de la sensibilidad del artista, el
proceso ya sólo puede ser involutivo. Si se entrega a las máquinas, es el
apocalipsis porque el ser humano ya no podrá mirar nunca más hacia adelante.
Sólo será un ente inútil, un pedazo de carne con ojos, que ha renunciado a la
inteligencia, que se antoja innecesario para dotar de alma a cualquier obra que
se ponga en circulación.
En medio de un buen
puñado de artistas que se han recogido voluntariamente en esa residencia, hay
una mujer. Posee una extraña mirada serena a pesar de que está claramente
resquebrajada por el dolor. Trata de racionalizarlo todo, pero cada vez le
cuesta más. Tiene una inteligencia artificial que controla su salud en un
entorno en el que un virus resulta ya un inconveniente mortal y permanente, que
supervisa su trabajo obligándola a escribir un número de páginas al día, que,
además, es capaz de urdir trampas muy creíbles para reconducir la dirección de la
creatividad. Es difícil escapar a esa comodidad, pero ella se resiste porque lo
ha perdido todo y si pierde su sensibilidad, incluido su dolor, ya no quedará
nada de ella misma. Sólo será una pieza colaboradora más de un fin que se
antoja cercano ya en nuestros días.
Interesante película
que contiene una acertada reflexión sobre el uso y el abuso de la inteligencia
artificial que, inevitablemente, acabará por sustituir todo lo que merezca la
pena de la condición humana. Las letras serán otras, pero tendrán una semejanza
inquietante con algo escrito con anterioridad. La música será distinta, pero
sonará a algo parecido que nuestro oído ya ha guardado. La plasticidad será
novedosa, pero el estilo seguro que recuerda a alguien que también estuvo en el
mismo grupo de artistas al que perteneció Virginia Woolf. No cabe duda de que
Cecile de France realiza una interpretación meritoria, siempre desde esa
serenidad que sabe transmitir, en la que parece que no ocurre nada, pero que,
en realidad, es una máscara que cubre toda la tormenta interior que padece su
personaje. El resultado es una película turbadora, que mueve hacia el
escepticismo de un futuro que no parece nada prometedor, por mucho que sea el
depositario de avances impensables. Incluso resulta sintomático que el nombre
de esa inteligencia artificial absolutista sea Dalloway, personaje principal de
una de las novelas de mayor renombre de la propia Virginia Woolf.
Por supuesto, no se engañen con estas líneas. Están redactadas por una inteligencia artificial que ha hecho un refrito de muchos otros artículos escritos sobre esta película. Así que relájense. Tienen un vaso de agua preparado en la cocina y yo estoy aquí para hacer su vida más fácil. ¿Puedo ayudarles en algo?

2 comentarios:
Un par de tontunas respecto al tema, que no la peli, aunque su planteamiento me parece tan interesante como deprimente.
Hace nada se publicaba una entrevista en El País a un lingüista y una socióloga que han escrito un libro : "La estafa de la IA", el titular del artículo reflejaba una frase que decían, que es de lo más interesante y acertado que he visto en mucho tiempo sobre el tema: “Cuando leemos un texto escrito por una IA, pensamos que hay una mente detrás, pero solo hay números”.
Y ese es el gran engaño, asumimos que hay una verdadera "inteligencia" detrás, pero no es mas que un volumen de datos ingente (incapaz de procesarse por ningún humano) que es capaz de replicar, pero que no crea nada en realidad. Me parece, o parecía, útil para consultar, para ordenar, para estructurar algo que te va a llevar mucho trabajo o se te puede hacer cuesta arriba: Un viaje a un lugar que te resulta muy ajeno, una presentación de datos, un conocimiento somero sobre algún tema que no dominas...
Y digo que me parecía porque el otro día pillé un debate en la radio muy interesante, si buscas cualquier información con la IA y las redes están llenas de fakes (noticias, bulos, tontunas,...) ¿como puedes estar seguro de que la IA no va a responderte también un fake?. De hecho, comentaban que la misma IA está generando sus propios bulos.
Y la otra tontuna, es este minirelato que algún tonto escribió un día...:
Me senté frente al ordenador y no se me ocurría nada para comenzar a escribir. Decidí acudir a la aplicación instalada en el móvil. Le pedí que escribiera un microrrelato. En menos de dos segundos me mostró un primer párrafo.
“Me senté frente al ordenador y no se me ocurría nada para comenzar a escribir. Decidí acudir a la aplicación instalada en el móvil. Le pedí que escribiera un microrrelato. En menos de dos segundos me mostró un primer párrafo”
No comprendía nada, el móvil me había devuelto, a modo de introducción del relato, mi propia realidad. Volvió a presentarme un nuevo texto en pantalla.
“No comprendía nada, el móvil me había devuelto, a modo de introducción del relato, mi propia realidad. Volvió a presentarme un nuevo texto en pantalla.”
Pero ¿Qué locura era esta?
“Pero ¿Qué locura era esta?”
Comencé a angustiarme. Decían que la nueva tecnología espiaba las conversaciones, pero en este caso estaba directamente entrando en mi cabeza y reproduciendo mis pensamientos
“Comencé a angustiarme. Decían que la nueva tecnología espiaba las conversaciones, pero en este caso estaba directamente entrando en mi cabeza y reproduciendo mis pensamientos”
¡¡¡Joder!!! ¡¡¡Para!!! - Ordené, ahora si, en voz alta.
“¡¡¡Joder!!! ¡¡¡Para!!! - Ordené, ahora si, en voz alta.”
Fui a coger el teléfono horrorizado…
“Fui a coger el teléfono horrorizado…”
Repentinamente, una enorme mano me agarró y me lanzó con fuerza contra la pared…
“Agarré el móvil y lo lancé con fuerza contra la pared”
“Se creía muy inteligente, pero ignoraba que era artificial.”
Abrazos reales
Pues me parecen unas tontuas muy interesantes que llegan hasta el escalofrío. De hecho, ese microrrelato me parece tan inquietante como cualquier episodio de "The twilight zone" y es cierto que la película va en esa misma línea. Lo cierto es que la Inteligencia Artificial, hasta ahora, resulta útil solamente en el sentido de ordenar o encontrar determinadas coordenadas para distintas ocupaciones. El otro día, mi mujer me dijo que para ella era un hallazgo porque, en lugar de leerse cinco mil textos para encontrar un ejemplo para poner en un examen en el que hubiera, por ejemplo, una metonimia, una metáfora, una redundancia y una sinécdoque, le pides a la IA que te la busque y es algo que en dos minutos tienes lista para ponerla en el examen. Ahora bien, si buscas que la IA te procure algo que necesite algo del elemento esencialmente humano de creación, se pondrá a crear y, muy posiblemente, lo haga en la dirección equivocada. Si esa dirección la damos por buena, el caos puede ser inmenso y de consecuencias inimaginables. Y seguirán saliendo historias como tu microrrelato o como esta película que no dejen de avisarnos de sus próximos pasos "numéricos" que acabarán tendiendo al infinito y a la exactitud para nuestro propio exterminio. ¿Que no? Al tiempo...
Abrazos tontos y no artificiales.
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