Jimmy no ha tenido
demasiada suerte. Hizo muchos sacrificios para licenciarse en la universidad y
ahora está trabajando como simple vendedor porque la vida no le ha dado ni la
más mínima oportunidad. Simplemente, no consiguió encontrar un trabajo acorde con
su valía. Se siente infeliz. Tampoco cree que haya acertado especialmente con
su matrimonio. Su mujer era bonita, pero, poco a poco, lo que pudo sentir por
ella se ha desvanecido. En parte, porque se mueven en entornos grisáceos, que
tienden a anular cualquier atisbo de ternura en medio de una sociedad fría, que
trabaja día y noche para poder pagar las letras de la nevera. Jimmy tiene
algunos días buenos, pero también muchos malos. Puede que haya algo de
bipolaridad en él, aunque eso, en aquella época, sonaba a término
incomprensible. ¿Cómo puede ser una persona bipolar? O eres amable, o eres
desagradable. No puede haber unos días de un lado y otros del contrario.
Jimmy cree que su mujer
es demasiado reservada. No le cuenta nada, no le hace partícipe de nada. Es
como si él estuviera al margen de la vida que ella vive. En determinado
momento, Jimmy pierde los nervios y la empuja. Mal momento. Ella estaba
planchando y se quema. Va al médico y, allí, se entera de que tiene una mano
quemada y de que está esperando un hijo. Maldita vida enredadora. Una amiga que
es actriz viene a pasar unos días y empieza a meter ideas malsanas en la
esposa. Lo mejor es que Jimmy se quede solo. Las iras estallan, las diferencias
se ensanchan, la vida se estira. Y Jimmy, como no puede ser menos, en un
arranque de furia, acaba haciendo el amor con la visitante.
Tony Richardson dirigió
esta película fundamental dentro del movimiento del Free Cinema inglés, con Richard Burton, Claire Bloom y Mary Ure en
esos papeles perdidos, errantes dentro de una gran urbe que no resulta nada
acogedora y que es particularmente cruel con quien no se adapta al sistema
diario de frustraciones e infelicidades. Eso es lo que no querían los cineastas
bien pensantes de la época. Mostrar la cantidad de desgracia que alguien normal
podría acumular y hacer sentir miserable al público por asistir, impotente, a
esa espiral de acontecimientos dañinos para cualquiera en unos personajes extraviados
en sus comportamientos, en sus pensamientos y, también, en sus sentimientos.
Pesimismo real. Cine en la calle.
Puede que, quizá, los obstáculos vitales sean insalvables o, al menos, lo parezcan, pero ya en 1956 se lanzaba un mensaje hacia la moderación del ánimo, hacia la objetividad de la mirada y hacia la serenidad de la rabia. Algo que se antoja inusualmente moderno también hoy en día. John Osborne supo trasladar todo eso a la obra teatral en la que se basa esta película y los jóvenes airados británicos de la época recogieron el testigo para mostrárselo a todo el mundo. Toda valla debe derivar en una enseñanza. Toda tranquilidad del alma debe construir al ser humano. La furia y esa rebeldía que pide a gritos tomarlo todo por la fuerza no deben ser armas para cambiar nuestros particulares microcosmos. Miremos alrededor, tenemos más de lo que nos merecemos en la mayoría de los casos.

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