viernes, 20 de febrero de 2026

FRANKENSTEIN (2025), de Guillermo del Toro

 

Cualquier intento humano por jugar a ser Dios tiene el peligro como consecuencia inmediata. Es inútil descubrir cuáles son las intenciones detrás de cada una de las adaptaciones del monstruo de Frankenstein que ha realizado el cine y ésta no puede ser menos. El doctor Víctor Frankenstein juega a crear vida y lo que se encuentra no es la derrota de la muerte, sino la muerte en vida. Además de dar a luz a una criatura que jamás podrá tener un lugar en el mundo, también se condena al eterno sufrimiento por cometer el error de querer decidir sobre la vida y sobre la muerte. Y eso es algo que nunca, en la historia de la Humanidad, ha salido bien.

Por supuesto, la criatura, nada más ver sus primeras imágenes de lo que es la vida, no recibe más que hostilidad. Algo que podríamos fácilmente trasplantar a la existencia del propio ser humano. Y sueles dar aquello que recibes. De ahí, su caída en la furia y, sobre todo, en la rabia de no tener ni idea del motivo para el que fue creado. Al igual que cualquiera de nosotros. En su corazón, anida la crueldad porque es lo único que conoce y sólo la instrucción y el cariño es lo que le convierte en un ser capaz de emanar bondad a pesar de que sigue recibiendo los ataques indiscriminados de una humanidad torpe, decidida a destruir todo lo que crea y toca, que, prácticamente, se comporta como una fiera sin razón. Y eso, el monstruo, tampoco lo entiende hasta que llega al convencimiento de que el monstruo no es él.

El director Guillermo del Toro vuelve a sus obsesiones frecuentes para retratar, de nuevo, a una criatura que se mueve en la más absoluta de las marginalidades, algo que ya ha abordado en, prácticamente, toda su filmografía. Antes de pasar a las virtudes, sería bueno enumerar cuáles son los defectos de esta adaptación del clásico de Mary Shelley como, por ejemplo, el hecho de que la manera de abordar la historia no dista mucho de la imaginación de Stan Lee para retratar a un super-héroe. Incluso del Toro no duda en otorgar al monstruo de una fuerza sideral y de una invulnerabilidad que para sí quisiera Superman o Doc Savage. Por otro lado, también hay un abuso literal de efectos generados por ordenador. Seguramente, hay muy pocas escenas que no tenga planos provenientes del todopoderoso CGI y, en algunos momentos, da una impresión falsa de una historia cuya sensibilidad llega al sobrecogimiento. Del Toro también es lobo viejo en esto del cine y no deja de saltarse algunos rincones de lógica para que su poema a la vida y a la muerte llegue a buen término. Por otro lado, la excesiva truculencia de algunas escenas hace que uno se pregunte si el director es Guillermo del Toro o Robert Aldrich aunque me hallo en los terrenos de la certeza al creer que hay muchos que aplauden esta última decisión.

Entre las virtudes, que son muy grandes, y, sin duda la primera de todas, está en esa puesta en escena absolutamente espectacular con la colaboración en la dirección artística de Tamara Deverell. Es cierto que, a veces, llega a un barroquismo algo cargante, pero no cabe duda de que el envoltorio de la película es lujoso y extremadamente efectivo. Jacob Elordi crea una interpretación sensible y cercana para poner en pie al monstruo y Oscar Isaac, un actor excelente que es capaz de transmitir mucho sin acudir al histrionismo, aquí no sabe dar con el interruptor adecuado. Mia Goth aporta poco más que rostro aunque del Toro renuncie a su resurrección, quizá, pensando en que habrá una continuación con otros mimbres y mismos intérpretes.

El resultado final es bueno, aunque podría haber sido sobresaliente. La música está llena de aciertos, el vestuario resulta espectacular, aunque poco creíble en algún modelo, la grandeza está servida aunque sea a través de gráficos. Y la mayor virtud de todas es que del Toro sirve una historia que se conoce hasta la saciedad para ofrecer una nueva visión, demasiado cercana al cómic, eso sí, que se ajusta perfectamente a nuestros tiempos.

Y ahora, maldita creación, vive. Habla. Di mi nombre.

jueves, 19 de febrero de 2026

RUTA DE ESCAPE (2026), de Bart Layton

 

Tres personajes que, por distintas razones, están llegando al final. Uno quiere dejar la vida que lleva siempre y cuando alcance esa cifra dorada que le permita un retiro desahogado. Otra que espera un ascenso definitivo en una carrera que ha esculpido a base de pico y pala y que no ha tenido el reconocimiento necesario. El tercero ha llegado al divorcio, ha perdido algo de olfato en el trabajo, un defecto fundamental y empieza a verlo todo con la distancia del desengaño. Todo gira en torno a un ladrón de guante blanco que planea sus golpes al milímetro, caracterizados por la rapidez, por la ausencia de violencia y por no dejar ni una sola pista a sus perseguidores.

Con estos mimbres, cualquiera podría pensar que estamos ante una película de acción, persecuciones, tiros y un climax cada dos minutos, pero no es así. Basándose en una novela de Don Winslow, estamos ante una historia negra áspera, narrada desde el lado de la decepción, con unos intérpretes competentes, sin ahorrar en las correspondientes persecuciones o disparos, pero que traza, con suma paciencia, una telaraña de emociones dentro de un mundo que rechaza a los que no son héroes.

Bart Layton dirige con un pulso admirable, sazonando un poco de misterio, otro poco de enredo, un poquito más de reacción e, incluso, algo de emoción. Todo el conjunto está muy bien equilibrado, con unos trabajos muy apreciables por parte del trío protagonista, Chris Hemsworth, Halle Berry y Mark Ruffalo acompañados de un odioso y muy efectivo Barry Keoghan, de una estupenda Monica Barbaro y del venerable Nick Nolte. El resultado es una buena película que no llega a los límites de una obra maestra, pero que acaba por ser efectiva, notable y curiosamente bien cerrada. No es menos cierto que aquellos que esperan la típica ensalada de acción salen decepcionados y rezongando, pero aquí hay mucho más cine que eso.

Y es que todo funciona con más soltura cuando el trabajo es realizado por unos cuantos profesionales que saben lo que hacen, aunque sus recompensas sean exiguas y un tanto tendentes al deseo de cualquiera de querer y ser queridos. En estos tiempos que corren no es poco y parece que es un bien que se escurre entre las manos sin darnos ocasión a sentir nuestros cariños y nuestras inseguridades a buen recaudo. Todo gira en torno al dinero, desde luego, pero una renuncia de vez en cuando sana algunas heridas del alma y otorga la suficiente perspectiva como para que el camino correcto pueda ser el más torcido.

En ese rompecabezas del destino, los movimientos inesperados de terceros ocupan un lugar preminente dentro de las líneas marcadas. Habrá algún desvío que acabará por ser perdonado. Al fin y al cabo, la necesidad manda y el cambio de opinión es algo inherente en cualquier ser humano. Las rutas de escape cada vez son más estrechas y puede que algo de consuelo sea otorgado a través de técnicas de meditación o del yoga, que tenga usted un hermoso día después de sentirse a sí mismo y ser consciente de cuáles son las carencias de la personalidad propia. Eso, al menos, ayuda a seguir con el día a día. O puede que la ilusión que proporciona ser importante para alguien también sea una buena piedra de toque cuando parece que todos los caminos están cortados.

Guarden el botín y salgan rápido. Asegúrense de no dejar ni un minúsculo rastro. Eso les permitirá continuar con una apariencia y una existencia más o menos normal. Todos tenemos secretos. Algunos más grandes, otros más pequeños, pero esos secretos que nunca contamos son el mejor retrato de nuestra personalidad más oscura. En todo eso estamos de acuerdo. Ahora bien, estén a uno u otro lado, no dejen de lado su propia ética privada. Sólo así se podrá ser una persona que valga la pena en medio de un mundo que se esfuerza de veras en aplastarnos y soslayarnos. Tengan un hermoso día.

miércoles, 18 de febrero de 2026

OCEAN´S THIRTEEN (2007), de Steven Soderbergh

 

Cuando una banda organizada de profesionales del timo y el robo han realizado un golpe que ha pasado a la historia, es muy mala idea enemistarse con uno de ellos. Y más aún cuando, a consecuencia de ese robo burocrático, ha tenido un infarto en toda regla que, además, le ha dejado sin ganas de hablar. Danny Ocean vuelve a juntar a su grupo y el objetivo es claro: arruinar al enemigo. Para ello, se vuelve a poner en marcha un juego de ceros para que ese casino que está a punto de inaugurarse se venga abajo en la primera noche. Por supuesto, hay que combinar cerebro, picaresca, listeza, varios frentes, idas, venidas y algún que otro choque para dar veracidad al asunto. Y el toque final es invitar a Terry Benedict, principal damnificado de ese mítico golpe primario, para que también participe. Ni que decir tiene que Danny Ocean está de sobreaviso con este individuo y tiene plena conciencia de que Benedict tratará de buscar su propia jugada. Es un Mike Tyson. Un directo a la mandíbula. Es hacer justicia con un buen amigo que puso el dinero para que las fuentes de Las Vegas siempre estuvieran unidas al Claro de luna, de Debussy.

Nuevamente, hay clase a raudales. Incluso cuando hay que renunciar a ella. Y ese tal Willy Bank que se ha buscado que le quiten hasta sus diamantes de hostelería se va a quedar con tres palmos de narices en pleno desierto luminoso. Ahí están los once de Ocean para llevarlo a cabo. Invitarán a alguno más, en plan técnico, porque el tal Bank ha ideado un sistema de seguridad que parecen las mismísimas puertas de la residencia del diablo, pero no hay problema. Con decisión e imaginación, los once de Ocean saltarán todas las dificultades. Con su contorsionista, con sus mecánicos, con el informático, con el actor, con el croupier, con el jefe y con su segundo. Todos los elementos están ahí. La ganancia será la satisfacción.

Despedida de la saga Ocean que se rodó porque tanto George Clooney como el director Steven Soderbergh supieron desde el principio que Ocean´s twelve no estaba a la altura de lo que se esperaba y querían terminar con un golpe marca de la casa. Quizá no sea un atraco tan divertido y tan pensado como el primero, pero funciona bien porque, además de los once, salen Andy García y Al Pacino como los avariciosos propietarios de casinos y se añade a Ellen Barkin para cubrir el vacío femenino que, en esta ocasión, no pueden llenar ni Julia Roberts, ni Catherine Zeta Jones. Una pena, sí, porque hubiera estado bien verlas en acción y participando del juego, pero el resultado final es bueno, elegante, con sus disfraces, sus calmas de pajarita, sus justicias particulares (especialmente significativo es la compensación que Brad Pitt pone en marcha para el sufrido personaje de David Paymer) y con una dirección sobria y, sobre todo, ágil, se pasa un gran rato de cine entretenido, rodado con sobriedad y sentido y subiendo la apuesta aunque acierta en el manque y en el color. Yo, cuando quiero recordar todo el encanto que no tengo, siempre me pongo ésta a continuación de Ocean´s eleven, obviando la segunda, y me quedo francamente satisfecho. ¿Una manita al blackjack?

martes, 17 de febrero de 2026

PARQUE JURÁSICO (1993), de Steven Spielberg

 

Construir un parque de atracciones con el principal atractivo de unas criaturas que ya tuvieron su oportunidad en la vorágine de la evolución, no deja de tener cierto riesgo. Por supuesto, será algo que maraville a niños y mayores, que les dejará con la boca abierta mientras degustan su pizza en la cafetería del complejo, pero es bastante peligroso colocar a unos cuantos animales desarrollados genéticamente en un mundo donde el hombre ha hecho su irrupción y pretende ser la clase dominante. Sí, convengamos que eso es lo que ha hecho John Hammond y pretende, de alguna manera, jugar a ser Dios. Él decide qué es lo que revive y qué es lo que muere, cuántos machos y cuántas hembras de cada especie, cómo se puede hacer un recorrido atractivo por todo el parque para que se puedan ver esas criaturas depredadoras lo más cerca posible.

Eso es algo que siempre llama la atención de la naturaleza humana. Acercarse a las bestias lo más posible aunque se tenga plena conciencia de su brutal peligrosidad. Ha ocurrido en zoos, acuarios, animalarios al aire libre y laboratorios de toca-toca. Los animales no son racionales y, por lo tanto, si les ofreces la mano es bastante posible que ellos no vean una mano, sino un filete. Más aún si resulta que esos animales son insaciables, quieren devorar todo lo que se les ponga por delante, por muy niños o muy mayores que sean las personas que se aproximan temerariamente. Una cría de león es maravillosamente hermosa, pero cuidado, sigue guardando esos instintos de fiera salvaje.

No cabe duda de que Steven Spielberg estremeció al público cuando enseñó lo que se podía hacer con gráficos informáticos en un mundo cretácico. Después de la sorpresa inicial, llega la aventura y hay que decir que lo hace con resultados francamente buenos. Después de más de treinta años desde su estreno, es bastante plausible afirmar con cierta rotundidad que lo que hizo Steven Spielberg fue regalarnos un clásico.

Además, quizá con el insuperable referente de la novela de Michael Crichton, se podría decir que el diseño de personajes es creíble y apetecible, con especial mención a ese Ian Malcolm, matemático de altura, que es consciente de la locura que es ir en contra de la evolución para hacer revivir a aquellos animales que no pueden causar otra cosa más que la destrucción. Jeff Goldblum, además, asume el papel con acierto y resulta uno de los principales atractivos de la película. Por supuesto, hay que destacar a Sam Neill, a Laura Dern y a Richard Attenborough como el inefable multimillonario John Hammond, pero Goldblum está en ese escalón que, hace años, el público no dejaba de pedir. El héroe escéptico, algo cínico, dispuesto a ser valiente y, al mismo tiempo, enormemente cabal con respecto a sus opiniones sobre la evolución.

Compren la entrada. Acomódense en el coche-raíl y disfruten del viaje. A su derecha y a su izquierda, todo está repleto de criaturas que parecen sacadas de la imaginación más calenturienta de cualquier ser mítico. Revisen su estado físico. No cambien. Escuchen. Y, háganme caso, comiencen a correr si observan un charco de agua que tiembla ante lo que parecen ser unas pisadas. No miren atrás, por favor.

viernes, 13 de febrero de 2026

WEAPONS (2025), de Zach Gregger

 

Casi no tenemos tiempo de ambientarnos dentro de esta historia de brujas y hechizos. El niño que narra nos pone en situación y, directamente, pasamos al hecho central. Diecisiete niños han desaparecido. Son todos de la misma clase. Y sólo uno asiste al colegio al día siguiente. Todas las sospechas, como no puede ser menos en cualquier civilización supuestamente avanzada, se dirigen hacia la profesora. Una docente nueva, algo extraña, pero competente a primera vista. Y entonces comienza a construirse un mosaico que va desgranando los hechos, personaje a personaje.

Ésa es la gran virtud de esta película. Su estructura a través de los diferentes personajes que terminan su punto de vista cuando ocurre un hecho que se nos explica en el siguiente cuadro referido a otro personaje. Brillante. Sin embargo, hay diversos defectos que afectan a esta película, supuestamente de terror. El primero de ellos es que, como buen relato de terror del cine de los últimos veinte años, no respeta demasiado sus propias reglas en la resolución. Al fin y al cabo, esto no es más que un cuento de brujas y de un pueblecito, aparentemente paradisíaco, que ve turbada su paz porque unos niños desaparecen y comienzan a esparcirse comportamientos inexplicables entre varios miembros. Todo se supone que desaparece al final, cuando el peligro ha pasado, pero no, parece que lo que conviene sí que se esfuma y lo que no, pues ahí se queda, camaradas. Por otro lado, otro acierto es que, en ese testimonio no declarado de cada uno de los personajes que explican la historia, subyace una crítica a algunos comportamientos ocultos de respetables ciudadanos que, sin llegar a ser terribles, sí que son, al menos, reprochables. Eso hace que la película entre en un raro equilibrio de picoteo en la curiosidad del espectador y en la innecesaria truculencia de algunas de sus escenas.

Y es que la intención no es mala. Todo tiene un cierto atractivo que remite a El pueblo de los malditos, de Wolf Rilla, versionada años más tarde por John Carpenter, y la construcción del relato es ciertamente notable. Algún comportamiento que cambia por las buenas, sin hechizo de por medio, hace que tampoco sea convincente en algunos de sus pasajes, pero es evidente que la historia es original, está bien llevada, aunque haya algunos aspectos de crítico tiquismiquis que no consigan convencer al menos avispado de la clase.

En el momento de entrar en las sombras, tenemos que preguntarnos si eso es lo que realmente queremos. Es posible que eso conlleve la posibilidad de que no sintamos, ni padezcamos, y algunos pagarán el precio con gusto. Vender el alma al Diablo (en este caso, a la bruja) acaba por ser un precio asequible si con eso se elimina toda sensación, pero el dolor no se queda en el objeto de la brujería, sino en los que aún quedan con razón. Además de eso, todo se supone que se hace para aliviar una enfermedad y eso no se trasluce en ningún momento. Ni el cómo, ni el por qué. Sólo el qué. Y es curioso comprobar cómo la exigencia del espectador medio, que se preocupa, a veces, con exceso, de que las cosas estén cerradas y bien cerradas, pasa por alto estas trampas narrativas porque, de alguna manera, la película no tiene muchos sustos, pero sí que deja al alma agitada. Todos podemos ser asesinos en nuestra indolencia. En estos tiempos eso es algo que deberíamos tener muy aprendido.

Amy Madigan hace con los ojos cerrados lo que quiere con el papel de la bruja en cuestión, que también es tía del niño que no desaparece. A Josh Brolin no se le ve cómodo como ese padre angustiado, incapaz de concentrarse en el trabajo porque el hecho de la desaparición de su hijo secuestra todo su razonamiento. Sí, hay imágenes buenas, chocantes y hermanadas con la inquietud, y, desde luego, la película mantiene un fútil interés durante todo el metraje porque quieres saber qué es lo que pasa y luego llegas a una solución escueta y bastante poco convincente, aunque, digamos, el morbo tapa cualquier otro defecto. Bien, ahora que ya han leído este artículo sin gracia, déjenme hacer un pequeño conjuro con un mechón de su pelo… 

jueves, 12 de febrero de 2026

TRAIN DREAMS (2025), de Clint Bentley

 

Robert Grainier es un hombre que vive en plena naturaleza. De ella, ha aprendido su hostilidad, su salvajismo y él trata de defenderse de la mejor manera posible porque, en realidad, es lo único que ha conocido. La vida es así. Hostil, salvaje, ofensiva. Es un leñador que trabaja duro en las temporadas de tala y que, luego, vuelve a su casa y se conforma con una pipa, un buen fuego y un buen puñado de paisajes a la vista. A pesar de su aparente tranquilidad, no le encuentra mucho sentido a la existencia. Entre otras cosas porque ella se ha encargado, bien a las claras, de arrebatarle todo lo que le importaba.

Hubo un momento, demasiado breve, demasiado fugaz, en el que pareció que, entre esa agreste naturaleza en la que se movía con cierta soltura, le daba algo más. Una compañera ideal, que siempre le apoyaba, que siempre estaba ahí para acogerle con una sonrisa cuando volvía de sus largas temporadas de trabajo. Y la naturaleza, incluso, fue un paso más allá, y le dio una hija. Grainier creyó que el cielo estaba en la tierra, porque, entre épocas de leña, era maravilloso descubrir con su hija el simple hecho físico de una taza de metal flotando en el río. Y lo era aún más si su mujer estaba ahí, con su comprensión, con su sonrisa, con su mirada, esa misma que todos hemos sentido alguna vez y que resulta insustituible. Es hora de mejorar, de prosperar un poco, de probar ligeramente los límites, pero él se resiste. No ha conocido mucho más, no necesita mucho más. Es un hombre de pies a cabeza, pero sabe que, más allá del bosque, sólo será uno entre la multitud.

De repente, lo pierde todo. Ya no tiene hija. Ya no tiene esposa. Ya no tiene casa. Y sueña con que, algún día, la misma naturaleza le vuelta a otorgar lo que un día le dio poseer. Reconstruye la casa, de forma más modesta, y pasa largos días y frías noches solo, encerrado en sus pensamientos y en la inmensa culpabilidad de no haber estado cuando más se le necesitaba Son eternos años de hablar unas pocas palabras al día y, en la mayoría de las ocasiones, consigo mismo. Y no le encuentra sentido a nada. Se prolonga por inercia. Se muere sin morir. Sólo cuando obtiene un pequeño y raudo momento de plenitud, consigue encajar el sentido de todo, consigue saber cuál es la verdad de su razón, consigue sonreír de nuevo en un mundo que le está abandonando a la marcha del progreso.

Espléndidamente fotografiada por Adolpho Veloso, Train dreams es una película que pone a prueba la paciencia de los presurosos. El director Clint Bentley imprime un ritmo exasperadamente lento en una historia en la que, prácticamente, no pasa nada y, cuando pasa, resulta fundamental para el personaje, pero no para el espectador porque la misma inercia de la película lleva a una irremediable languidez. Es cierto que Joel Edgerton es un actor superlativo, capaz de expresar un buen puñado de sentimientos sin despegar los labios y que resulta la razón esencial para ver esta historia que parte de ningún lugar para llevarte a ninguna parte. Además, Bentley cae en un estrepitoso error y es en el uso y abuso de una voz en off que resulta prescindible porque el espectador es perfectamente capaz de deducir lo que pasa al protagonista que, por otro lado, no deja de ser en ningún momento. El resultado es una película que pretende tener trasfondo y que lo único que tiene es imágenes bonitas y un gran actor dimensionando un papel que, en manos de otro, habría acabado bastante desdibujado.

Y es que, a veces, la vida cicatera, esa misma que exige que troceemos troncos con una sierra y que los callos nos ardan en las manos para arrancar algún beneficio, da poco y luego, con una burla insultante, te quita ese poquito y te deja a solas contigo mismo. Algunos creen que eso no tiene ningún propósito y otros lo encuentran como único consuelo a una hora y tres cuartos de preciosismo silvestre en un olvido que durará el resto de nuestra miserable existencia.

miércoles, 11 de febrero de 2026

SAIGÓN (1988), de Christopher Crowe

 

Asumir el papel de una pareja de policías en el Saigón de la guerra no deja de ser una tarea bastante absurda. Pensémoslo un momento. ¿Investigar unos crímenes en una guerra que se caracteriza por el asesinato indiscriminado? Digno de Samuel Beckett. En todo caso, ahí está esa pareja de policías que tiene algo de aquella otra que formaron los detectives Doyle y Russo en French Connection sólo que se cambia el Departamento de Narcóticos por el de Homicidios y pónganse a olisquear las pruebas. Se trata de cazar a un asesino en serie en esa ciudad dominada por el caos que ha ido eliminando prostitutas como si fueran soldados del frente. Las primeras pistas no dejan ningún lugar a dudas. El asesino es norteamericano y todo apunta que es un oficial de cierto rango. Para completar la tarta. La peor ciudad del mundo, los peores crímenes del mundo para cazar a un tipo inalcanzable. ¿Se puede soñar con un caso mejor?

El sudor se pega a esas camisas de civiles que lucen los suboficiales McGriff y Perkins en unos barrios en los que nada está claro, la gente se mueve con total libertad de comportamiento. Lo que es legal, no está bien visto. Lo que es ilegal, es la normalidad. Habrá que emplear la violencia en una o dos ocasiones para conseguir la información necesaria. Y sacar el arma reglamentaria si las cosas se tuercen mucho en ese universo de callejas estrechas, puestos de acera y calzada y uniformes que sólo buscan un lugar en el que hundir el vicio de la desesperación del frente. Saigón es la nueva urbe del pecado y McGriff y Perkins lo van a comprobar de primera mano.

Con la mirada más objetiva posible, la intención de la película es original y muy apreciable. La idea de dos policías militares dedicados a la investigación de una serie de asesinatos en una ciudad que se cae a pedazos, en un ambiente en el que todo está en contra, es muy buena. Sin embargo, hacía falta la dirección de alguien con más garra y proyección que Christopher Crowe, mejor guionista que director, en su única incursión tras las cámaras. Si esta misma historia hubiera caído en las manos de otro realizador como, por ejemplo, John McTiernan, estaríamos ante algo auténticamente bueno. Como no es así, crece la desazón en el público porque se espera algún acontecimiento que haga que la historia arraigue y cobre vuelo, pero eso no ocurre en ningún momento. La sensación, al final, es de una cierta decepción y de expectativas defraudadas porque es como si la película prometiera y no cumpliese.

En cualquier caso, cuando caen encargos de este tipo, más vale que llevemos a cuestas el sudor y la conciencia. Habrá que buscar en verdaderos vertederos y la confusión será toda la respuesta. El trabajo consiste en separar el grano de la paja, mantener la mirada firme entre las drogas, el vicio, la degeneración y ese puñado de locos que han decidido hacer una guerra a diez mil kilómetros de su país. Saigón tiene muchísimas preguntas y, prácticamente, ninguna respuesta.

martes, 10 de febrero de 2026

ACCIDENTE (1967), de Joseph Losey

 

Un accidente oportuno y ligeramente turbio. Un profesor cita a dos alumnos suyos en su propia casa para terminar un trabajo y preparar un examen. Cuando van a llegar, sufren un accidente con el coche y el profesor consigue rescatar a la chica. El acompañante muere. Hasta ahí todo bien. O relativamente bien dentro de la desgracia, pero es que todo ha sido una finta del destino. El muerto estaba liado con la chica. El profesor desea a la chica. La chica desea al profesor. Todo se complica de forma casi onírica porque la chica ha salido anteriormente con otro profesor que, para más confusión, también lleva un delirante programa de televisión local. Y todo se entremezcla de tal forma que muy pocos saben cómo descifrarlo. El chico, la chica, el profesor-tutor, su mujer, el profesor mediático, el ambiente enfermizo de la universidad, el accidente, la memoria…Puede que todo sea un flashback, pero será el espectador será el encargado de darse cuenta. No lo sé. ¿Ustedes qué opinan?

Joseph Losey dirigió con su evidente profundidad una película pequeña que le dejó enormemente satisfecho. El dramaturgo y amigo del cineasta Harold Pinter colaboró en el guion y juntos adaptaron la novela de Nicholas Mosley, vehículo perfecto para mostrar las turbiedades del impoluto ambiente académico inglés. Dirk Bogarde aporta sus habituales dobleces escondidas tras un rostro agradable y que resulta ideal para mostrar el progresivo y tortuoso camino hacia el desastre personal con el que se enfrentan todos los personajes. Aquí no hay triunfadores. No hay más que perdedores. Todos se enfrentan a la derrota de sus propósitos porque no hay ninguna salida moral que les permita llegar a una conclusión satisfactoria. Algunos podrán pensar que el asunto que plantea la película es nimio, pero no lo es si nos adentramos en estos personajes perdidos, presos de la melancolía y del fracaso. Por supuesto, tanto Losey como Pinter aprovechan que el Támesis pasa por todas partes para incluir un retrato aburrido y muy crítico de la burguesía británica, anclada en una vida cómoda e irremisiblemente rutinaria, con predominio de la hipocresía, la envidia y la represión moral. Algo que, si nos fijamos un poco, puede estar posado sobre los inamovibles tomos de cualquier biblioteca sesuda de un profesor universitario sin mañana.

Tengan mucho cuidado al acercarse a esta película. Quiere decir muchas cosas y, en realidad, se abstiene de pronunciar una palabra. Todo hay que deducirlo porque todo está muy sugerido y obliga a trabajar al espectador. La inversión de valores, la comodidad de una posición desahogada (dando rienda suelta a las ideas militantes de Losey), la certeza de que lo que hemos visto no es actual, sino pasado, la cámara se acerca, la cámara se aleja. Hemos entrado, hemos salido. La muerte es sólo un espejo de lo que nos ocurrirá a todos. La tensión se puede cortar en alguna escena porque el deseo es el verdadero motor que mueve todas las pasiones. Puede que acostarse con alguien sea la meta para que todo parezca que está en orden. Igual que ese profesor que, amablemente, invita a unos estudiantes a su casa para terminar un trabajo y preparar un examen. Accidente.

jueves, 5 de febrero de 2026

UNA MUJER EN LA LIGA (1989), de David S. Ward

 

El plan, realmente, es muy sencillo. Los Indians de Cleveland son un equipo deficitario, que nunca ha ganado ningún torneo. Son malos, en dos palabras. Con los resultados paupérrimos que suelen cosechar, la mejor solución es su traslado a otra ciudad, con otro equipo técnico, con otros jugadores, con otra infraestructura. Y Rachel Phelps es lo que pretende con la llegada a la presidencia del club. Sólo hay un problema, no muy grande. Los jugadores, hasta ahora, han jugado con cierta desmotivación, sin ganas, de ahí sus pobres resultados. En cuanto salta el rumor de que el club puede ser trasladado porque no gana ni a las chapas, adivinen qué pasa. Sí, los chicos se alían unos con otros y, de repente, empiezan a jugar como los ángeles. Sólo para fastidiar a esa pretendida ejecutiva brillante que no piensa más que en maximizar beneficios y echar a todos a la calle. Además, los Indians tienen a un lanzador de ensueño, sólo que es un poco irregular. Le llaman “Wild thing” y tiene su sintonía propia cada vez que entra al campo. El lío, el lanzamiento, el bateo y la carrera están servidos. A ver quién gana en esta carrera contra los intereses creados.

David S. Ward dirigió su mejor película en esta ocasión y, curiosamente, es una de las que menos se recuerdan. No es una comedia tronchante, no es, ni mucho menos, un drama, es una curiosa disección del mundo del béisbol, con sus ejecutivos preocupados por llenar estadios y rentabilizar publicidades, con sus jugadores de altos y bajos, que muestran hastío y, a la vez, son capaces de poner a las gradas de pie. Con sus técnicos, que creen tener fórmulas mágicas y dependen, sobre todo, de que los jugadores quieran jugar de verdad. La película es buena, agradable, se deja ver y con algunas líneas de diálogo de cierta agudeza. No en vano David S. Ward fue ese guionista que algunos años antes había ganado un Oscar con El golpe, de George Roy Hill.

En el apartado interpretativo habría que destacar a Charlie Sheen, en una de sus escasas interpretaciones meritorias, al lado de Corbin Bernsen, que por aquel entonces estaba muy de moda, Tom Berenger, que posiblemente sea el actor más mediocre de la época y que sólo se salvó por su prodigiosa interpretación en Platoon, de Oliver Stone, Wesley Snipes, con el que tuvieron serios problemas porque de béisbol sabía tanto como yo de física cuántica, Margaret Whitton en la piel de esa ejecutiva que se pasa de lista, y una René Russo maravillosa y radiante sosteniendo por debajo al plantel femenino.

Así que ya saben, pidan la seña, lancen una bola curva, traten de batear con fuerza y corran, corran como el viento porque las oportunidades pasan de largo y, a veces, es porque nos hemos dejado ir por pereza, desmotivación o vaya usted a saber. Lo cierto es que, cuando hay problemas, es muy bueno tener a un “Wild thing” en el equipo. Saldrá por una de las puertas del césped y la gente se volverá loca porque creerán que las bolas llevan música incorporada.

MARTY SUPREME (2025), de Joshua Safdie

 

Es difícil llegar a diferenciar entre el mediocre y el triunfador. Es posible que un triunfador, en realidad, sea un auténtico mediocre, pero no resulta fácil encontrar que un mediocre sea todo un triunfador. Aquí, se habla de un tal Marty Mauser, que intentó siempre dar la imagen de triunfador y, en realidad, era bastante mediocre en todo lo que hacía y en todo lo que sentía. Entre otras cosas, porque usaba el arma de la mentira para parapetarse detrás de esa nada que él representaba y de la que quería salir a toda costa, aunque no sabía muy bien cómo.

Toda esta enrevesada reflexión lleva a creer que esta historia, de haberse rodado hace cincuenta años, la podría haber dirigido un monstruo sagrado como John Huston, experto en fracasados y perdedores porque, a pesar del único triunfo que se describe en la película, Marty Mauser fue un fracasado legendario. Detrás de un cierto encanto, se escondía un alma cobarde, cicatera, que te daba tanto en un minuto como te lo quitaba en el siguiente, que no le importaba descender a los infiernos si con eso conseguía ascender, supuestamente, un peldaño más en su particular guerra personal. Todo ello conllevaba un buen engrase en su repertorio de mentiras, de fingimientos llevados hasta el último extremo, de engaños, de juegos de buscavidas, de intentar sobrevivir al día siguiente aunque su meta era llegar a los mundiales de ping-pong.

Y el caso es que resulta extraordinariamente triste la vida de este hombre, porque siempre está asido con una mano al embuste como único agarradero dentro de un mundo que le desprecia, le rechaza y le ahoga. Sus objetivos son pequeños y sus bandazos por la vida son errores que casi llegan a la monumentalidad. Y lo peor de todo es que no se arrepiente absolutamente de nada, no desea ser querido por nadie, no quiere ninguna mirada de atención más que para servir a sus propios objetivos de ser campeón de ping-pong. Y todo lo que consigue es un set de un partido no oficial.

Timothée Chalamet ofrece todo un repertorio de sensaciones dentro de una película que llega a ser bastante cansina. Hay pasajes realmente largos en los que todo es palabrería dicha muy aprisa, con frases muy repetidas, acciones atropelladas, pim, pam, pum y fuego y todo es para trasladar la idea de que su personaje es un desastre en todos los aspectos, que es un tipo del que no te fiarías ni para ir con él de aquí a la esquina y que, en el fondo, te da lo mismo que sea campeón de ping-pong o de la taba. El fulano es bastante despreciable porque se cree un manipulador de primera y no es más que un pobre hombre tratando de encontrar un éxito en la vida.

En todo caso, la dirección de Joshua Safdie sería aceptable si no tuviera la brillante idea de obsequiarnos con temas sobradamente conocidos de una época que no corresponde a la película, porque la modernidad es algo a lo que los nuevos cineastas no pueden renunciar. Eso hace que la cinta esté punteada con momentos realmente pesados, con uno o dos aciertos en la música de coro como acompañamiento perfecto a los abismos que se abren a los pies del protagonista. Gwyneth Paltrow, por su parte, compone un papel dramático perfectamente creíble y la sensación, al final de la proyección, es que lo que has visto no tiene demasiado interés, porque el personaje principal, omnipresente en todo momento, es un individuo con menos profundidad que una bañera y con más mentiras en el saco que tiene por cerebro que respiraciones hace al cabo del día. Y pare usted de contar. No hay nada más en la historia.

Cuando mientan, traten de ser creíbles y más aún si consiguen encajar la mentira en un rompecabezas rodeado de piezas verdaderas. Eso hará que la apariencia de honestidad pueda mantenerse incluso en los momentos más complicados. Si no, lo que conseguirán, no es más que una huida hacia adelante que sólo tendrá fin cuando se den perfecta cuenta de sus responsabilidades y algunas de ellas tardan bastante en venir. La mía, en este momento, es terminar el artículo dedicado a una película que no merece más que cinco o seis líneas de escritura.

miércoles, 4 de febrero de 2026

ZAFARRANCHO EN EL CASINO (1961), de Richard Thorpe

 

Esta es una de las películas más desconocidas de todas las que protagonizó Steve McQueen. A ello contribuyó el desprecio del propio actor que consideró que la cinta estaba desfasada, siendo un claro ejemplo de un cine realizado una década antes bajo los auspicios de la Metro Goldwyn Mayer. Lo curioso de todo ello es que, sin ser ninguna obra maestra de la comedia, resulta una película muy aceptable, con unos personajes bien llevados, algunos de ellos realmente graciosos, con un trama llena de enredos en la que, quizá, sí que se nota mucho lo anticuado que resulta el computador de marras que resulta ser el centro de todo el lío, con un protagonista que, en contra de lo que pudiera parecer, estaba muy bien dotado para los registros cómicos. Es, en definitiva, una película muy agradable de ver.

Al lado de Steve McQueen, que lleva todo el peso de la función, destaca la maravillosa y ridícula actuación de Paula Prentiss como la chica más atractiva de la historia…solo que es tan miope que Rompetechos parece un lince ibérico a su lado. Además, hay un plantel de secundarios nada despreciable, encabezado por Jack Weston y seguido por nombres tan ilustres como Dean Jagger, Jim Hutton, como el sempiterno amigo para todo del protagonista y Ben Astar en el papel del perplejo cónsul ruso que ve cómo sus ganancias se esfuman.

Todo se resume con facilidad. Unos muchachos oficiales de la Marina de los Estados Unidos deciden aprovechar que el barco pasa por Venecia para hacer saltar la banca en el casino. El truco no puede ser más sencillo, ni más acorde con los tiempos que vivimos. Se trata de adivinar todas las jugadas con ayuda de un super computador que lleva el buque. Empiezan con poquito y acaban con todo. Y, mientras tanto, chicas de todo tipo y condición, con una miope de libro al frente, la persistente seriedad de los oficiales superiores, las ganancias, las peleas, con una especialmente graciosa, y, señores, recojamos las fichas que la apuesta nos ha salido bien y hay que regresar antes del toque de descanso.

Algunos podrían pensar que esta es una película de McQueen antes de ser la gran estrella que fue, pero no es así. Ya se había estrenado con notable éxito Los siete magníficos y el chico estaba deseando intervenir en películas de calidad. No le gustó lo acartonado de todo lo que tenía preparado la Metro para hacer la historia de estos vivales que se aprovechan de cuanto tienen a tiro, pero hay que reconocer que, teniendo en cuenta que no se prodigó mucho en comedia, McQueen era mejor actor, incluso, de lo que él mismo se consideraba.

Así que hagan sus apuestas, señores. La bola va a girar alrededor de la ruleta, con sus blancos y sus rojos (y su verde), atinen con su predicción, y sospechen, sospechen siempre de cualquier que no hace más que ganar. Seguro que hay truco detrás. Por muy simpáticos que sean, esos tipos quieren llenarse los bolsillos y salir corriendo de una ciudad mágica como Venecia. Ah, el amor, el juego, la risa, los puñetazos…Venecia…

martes, 3 de febrero de 2026

UNA VIDA MARCADA (1948), de Robert Siodmak

Si se comete un crimen, hay que reconocer que nadie estará más interesado en conocer la verdad que un amigo que te ha acompañado toda la vida. El Teniente Candella pateó las calles al lado de Martin Rome y, un buen día, decidió llevar una placa. El destino ha querido que Martin fuera acusado de matar a un policía y que, en la refriega, esté recuperándose en un hospital. Mientras tanto, Candella visita a la familia de su amigo, aquella con la que, de pequeño, compartía pequeñas tartas, juegos en la habitación y saludos en la calle. Quizá las motivaciones de Martin sean distintas de las que se piensan. Quizá sea aún ese amigo de toda la vida que se torció con las malas compañías. Sin embargo, el terror del Teniente Candella es que sea culpable porque, si es así, tendrá que llevárselo del hospital para responder ante la justicia.

Robert Siodmak nos baja a las calles que aún huelen a aquel asfalto recalentado y que guarda la humedad de las bocas de incendios. En esas mismas calzadas en las que se pueden freír unos buenos filetes, jugaron estos dos personajes que se erigen como el centro de una trama que reúne ese pasado que no se quiere borrar porque, muy posiblemente, fue la única época en la que fueron plenamente felices, con ese presente feo en el que hay que buscarse la vida y ya no hay tiempo para juegos, ni para complicidades. La vida se ha encargado de golpear duro a los dos y han ido dando tumbos. Uno en el lado correcto, el otro, en el lado que le han dejado.

La pareja protagonista tiene, eso sí, un claro desequilibrio. Richard Conte, sin ser un adalid indiscutible de la interpretación, es bastante mejor actor que Victor Mature y no faltaron voces para que, en su día, se dijera que el reparto de papeles estuvo muy equivocado, que tendría que haber sido al revés. Conte incorpora a Martin Rome, un tipo que tiene muy clara su frontera ética a pesar de estar coqueteando con el lado más oscuro de las calles. Mature es el Teniente Candella, que trata de rescatar a un viejo amigo de las fauces de la tentación más ignominiosa, pero no sabe muy bien cómo hacerlo. El resultado es una película que hunde sus entrañas en el cine negro, pero con dos héroes inseguros, que tratan de llegar al día siguiente y no siempre lo consiguen. La calle, al fin y al cabo, siempre está ahí. Para bien o para mal. Para recordarnos el niño que fuimos y el adulto en el que nos convertimos. Menos mal que directores como Robert Siodmak fueron capaces de recoger el testigo para contarnos la historia de dos muchachos cualquiera que se han ido del centro de juegos y ya están en el cruce donde termina la calzada. La pregunta es quién se saldrá con la suya, porque la vida sigue apretando por mucho que aquellos niños hayan cumplido ya años y lleven armas en la sobaquera. Es el momento de dejar que uno de los dos viva. Es la vida marcada de los que no tienen muchas más mañanas.

 

viernes, 30 de enero de 2026

ODDITY (2024), de Damian McCarthy

 

Puede que, de alguna manera, se nos haya creado con la virtud de conectar con otra alma. No es muy común, desde luego, pero quizá dos hermanas gemelas puedan poseerla. Una de ellas muere mientras intenta acondicionar una especie de antigua granja que, sin lugar a dudas, tiene su encanto. La otra, ciega y experta en antigüedades, sigue experimentando una cierta conexión con su hermana. Quizá una vez que ha pasado un tiempo prudencial, sea el momento de remover la ciencia de lo oculto para sacar a la luz la verdad de lo que pasó.

Así pues, tenemos algunos elementos que parecen bastante atractivos, aunque estén narrados con una austeridad casi enfermiza. Una especie de mansión, una muerte violenta y una conexión con el más allá por parte de una experta que sólo desea descubrir qué es lo que pasó aquella noche en la que su hermana estaba haciendo un par de chapuzas en la casa y fue brutalmente asesinada. Poco a poco, se va sabiendo algo de aquí y de allá. Un extraño intentó avisarla en la casa y fue quien acabó siendo inculpado del crimen, pero no todo acaba ahí. La extrañeza se instala en cada uno de los rincones de esa casa restaurada y el marido cree que todo es la típica tontería, basada principalmente en la sugestión, de una hermana ciega que cuenta historias que hacen que el escalofrío sea el plato principal de la cena.

Y es que en ese vacío, en ese espacio extraño que se genera en la casa, se hallan todas las respuestas, que irán desfilando una a una por el incauto espectador. No estamos ante una película de sustos, aunque haya un par, sino que es una de esas que ponen los pelos como escarpias, levantando oleadas de estremecimiento, haciendo que la rutina cobre movimiento en la oscuridad, como si lo normal, no lo fuera y, por supuesto, sobrecogiendo con algunas presencias que apenas se intuyen, pero que se sienten en el silencio de esa casa que no tiene música, ni charla, ni comodidad entre la gente que la habita.

Dirigida con sencillez por Damian McCarthy en su segundo largometraje como director, e interpretada con cierta eficacia por Carolyn Bracken en su doble papel de las dos gemelas y por Gwilym Lee, que encarnó espléndidamente a Brian May en Bohemian Rhapsody, esta película resulta una sorpresa porque mantiene las premisas en todo momento, te va descubriendo secretos de acontecimientos pasados según va avanzando la trama y no decae al final, algo muy difícil de ver en los tiempos que corren dentro del cine de terror. El resultado es una película notable, que lleva el escalofrío dentro, que exige su dosis de atención, pero también golpea con inusitada contundencia aunque haya dos o tres flequillos que no están del todo resueltos. Yo que ustedes, si deciden verla, haría lo siguiente: encendería la luz, la vería acompañado y abrazaría con fuerza algún cojín si su pareja está acurrucada en un lado del sofá. Por algún sitio hay que desahogar esta historia de muerte, creencia, más allá y maldición.

jueves, 29 de enero de 2026

HAMNET (2025), de Chloe Zhao

 

Los dioses me envían con la misión de convertirme en el mensajero con alas en los pies para trasladar las sensaciones que se despiertan cuando se abre el corazón tras el terrible martilleo de la desgracia. El dolor es el arma más poderosa del destino y, con él, trata de abrir paso a sus designios como las letras inexorables de la genialidad como instrumento de la catarsis. A vista de halcón, puede que nos hallemos ante una de esas parábolas inciertas que sólo nos traen el consuelo del melodrama, pero si descendemos entre los mortales extasiados por la muestra más fecunda del ingenio entonces caeremos en la cuenta que esa pena tan profunda e indescriptible busca su propio desahogo dependiendo de cómo queramos exorcizarla cada uno de nosotros.

Así que retrocedamos atrás, muy atrás. El camino desandado debe llegar tan lejos que deberemos adentrarnos en los territorios ignotos de la ficción y, en consecuencia, de la fantasía. Para darle un aire de sinceridad, agarraremos por el cuello, como patos nadando en un estanque, a los personajes que un día sí existieron y los haremos y menearemos como si fueran presas de nuestra imaginación hasta que se amolden perfectamente a la emoción que queremos narrar. Introduzcamos esa delicada línea que separa la vida de la muerte con el acompañamiento indispensable del amor y, con un diminuto acento en la brujería, tendremos un retrato bastante aproximado del escape entre líneas, poniendo duelos a espada, traiciones, dudas e incestos para asegurar la atención y subyaciendo, como cuerpos removidos por la infamia, ese sentimiento tan herido, esa certeza de que la vida no ha sido gentil y de que la muerte, por fuerza, ha de venir revestida de rabia y rebeldía.

Sobre el escenario, sueños que mueren en cuanto se representan. Sobre la vida, amores que parten en cuanto mueren. Y si la muerte es representación y, a la vez, final, entonces no nos queda más que tener la seguridad de que el resto es silencio y de que la existencia se reduce a un ser o no ser, o, mejor aún, al desafío permanente de fantasmas que vienen a preguntar a nuestra conciencia si realmente ese es el destino que les correspondía o si es necesario tomarse la revancha con la vida. El resultado es brillante y absorbente, con histriones de altura, aunque el cielo sabe que es para referirnos a la parte más femenina de la farsa que nunca fue verdad, aunque, con el corazón abierto, no podamos evitar en llamar con urgencia a las lágrimas para que el nudo en la garganta pueda desasirse del momento. Puede que la responsable de todo, de letras impronunciables, no esté acertada en su totalidad, pero es que nuestro ánimo sabe que es difícil escaparse del sollozo cuando el más arrebatador de los consuelos se torna mitad arte, mitad caricia como una luna en cuarto menguante.

Al final, como no podía ser menos, el respetable rompe el silencio con aplausos, que resuenan en el interior del alma con tanta intensidad que cuesta coger el impulso para abandonar el asiento, se desea permanecer unos minutos en el consolador silencio para no destrozar la reciente visión y, con los sentidos en retirada, la reflexión se abre paso con dificultad entre el gentío que busca aire y el pensamiento que procura inteligencia. Todo para asistir a una experiencia que, sin caer en la vacilación, requiere instantes de paciencia para que la historia articule todos sus mecanismos y nos envuelva, igual que ese teatro circular que pasa por ser corral de comedias y recipiente de sensaciones que son tan complicadas de describir como difíciles de alcanzar.

Lo sé. Sé que estas líneas pueden parecer arrogantes o, quizá, recargadas de una retórica vacía e inane. Sé que no hago honor a nadie tratando de parecerme a un bardo que estremeció con sus historias y levantó admiración allí donde sus palabras se hacían inmortales…pero estoy seguro de que vuesas mercedes sabrán disculpar el intento al igual que una mujer supo ver cuánto se podía sufrir a través de una representación en unas tablas de verdadero talento.   

miércoles, 28 de enero de 2026

CAYO LARGO (1948), de John Huston

 

Un forastero llega a un hotel de los cayos de Florida sólo para decirle al padre de su compañero en la guerra cuánto le debía. Él había sobrevivido a pesar de que el muchacho no pudo regresar. El hotel está cerrado, pero hay unos cuantos huéspedes alojados, intentando pasar un fin de semana de pesca aunque, más bien, parece que están esperando algo. El forastero ha sido oficial de rango medio y se las sabe todas, pero no se va a creer lo que descubre allí. Un gángster de los viejos tiempos planea su regreso a la arena mafiosa para cobrar las deudas que no ha podido cobrar durante la guerra. Así de sencillo. Todo son rehenes de este caracol sin concha que cree que los mejores tiempos del país son precisamente aquellos en los que la prohibición se hizo la mayor fuente de contrabando de bebidas alcohólicas. El gángster dejó de recibir parte de su tajada y ahora vuelve para cobrar y darle un impulso al negocio. Así, los sedientos habitantes de los Estados Unidos podrán consumir un alcohol barato y que te hace un agujero en el estómago. Y la comunicación con el extranjero se hace muy fácil desde Florida. Son apenas unas millas. Han aterrorizado a todos los que quedan en el hotel y el forastero se deja dominar porque no querría de ninguna manera que hicieran daños a los que fueron padre y esposa de su compañero. Ese mismo que se desangró por unos ideales que ahora parecen puestos en duda.

Al lado del gángster, dos o tres pistoleros se encargan de asaltar el bar y una vieja novia, antigua vedette de revista, que está entregada al alcohol y que sólo le falta un paso para descender la vieja escalera de la humillación, será decisiva a la hora de rebelarse contra ese tipo que sólo ha destilado asco por el resto de la Humanidad y que está seguro, desde una posición ridículamente arrogante, de que va a burlar a todas las fuerzas de la ley y más aún a este forastero. ¿Qué se habrá creído? Les cuelgan un par de galones y ya se creen algo. Para aumentar la sensación de claustrofobia, un huracán se acerca a pasos agigantados al costado del hotel. Mientras tanto, la hoguera que, al principio, sólo tenía ascuas, comienza a disminuir su identidad.

Richard Brooks, guionista de la película y posterior director de grandes títulos como El fuego y la palabra o Los profesionales, dice que escribir esta película fue toda una escuela de aprendizaje para él. A su lado, como director y coguionista, estaba John Huston. En un hotel de los cayos de Florida, precisamente, en el que se alojaron los dos, Brooks se pasaba el día escribiendo mientras Huston mataba el tiempo jugando partidas de billar a diez dólares la apuesta. Brooks escribía unas cuantas páginas y Huston, de vez en cuando, subía, veía, leía y mandaba quitar o poner. Eso fue todo. Y el reparto, desde luego, era extraordinario porque no sólo estaba Humphrey Bogart como ese forastero, casi sin nombre, que debe controlar el guion que todos llevamos dentro. A su lado, un fantástico Edward G. Robinson en la piel de ese gángster que nunca estará satisfecho, Lauren Bacall como la abnegada viuda del compañero de trinchera de Bogart, parece con el gesto más relajado, más nítido. Y uno de los mayores actores del mundo, Lionel Barrymore, encarna al dueño del hotel. Siempre bueno y caritativo con todos los que se acercan a su establecimiento, también guarda un puñado de valor en su interior. Y, por supuesto, una incansable y maravillosa Claire Trevor en la piel de esa antigua chica de night-club, que gana un Oscar a la mejor actriz secundaria en este interpretación, sobre todo, por esa maravillosa escena en la que ella canta a cambio de una copa de whisky porque el alcohol no deja de recordarle el fracaso en el que se ha convertido su vida.

John Huston compone esta galería de perdedores, de seres que han llegado al final de su camino y que no saben si quieren continuar. La película, quizá, se podría definir como un noir teatral que contiene elementos de Tennesse Williams. Ambos elementos fueron acogidos por John Huston manteniendo un equilibrio difícil y casi magistral.

martes, 27 de enero de 2026

NELLY Y EL SEÑOR ARNAUD (1995), de Claude Sautet

 

Dos seres perdidos en medio de una vida que ha sido bastante ingrata para ellos. Nelly está casada con un idiota, que la ha hundido en deudas y que se ve incapaz de pagar. El divorcio es la única salida para ella y, aún así, no es la solución definitiva. Tiene que pagar y pagar y no dejar de pagar. Por aquellas casualidades de la vida, se encuentra con el señor Arnaud. Un viejo vendedor jubilado que, aunque no está divorciado, sí que se encuentra separado de su mujer, que ha preferido irse a vivir con un petimetre suizo a Ginebra. Estas dos almas perdidas encajarán perfectamente en el rompecabezas vital de cada uno. El señor Arnaud, un tipo que ya está de vuelta de todo, le propone a Nelly que sea su secretaria, de alguna manera. Pretende escribir sus memorias y Nelly parece la muchacha perfecta para pasarlas a limpio y mecanografiarlas. Bueno, quizá sea el último gesto de un hombre que ha visto impasible cómo su vida se ha malgastado. O puede que sólo desee un poco de compañía entre tecleo y tecleo. El caso es que el trato es que ella trabaje para él y el señor Arnaud, con mucho gusto, se hará cargo de sus deudas y de su sueldo. Son esos paréntesis que la vida, de vez en cuando, concede. Como una isla en calma en medio de un mar embravecido. Lástima que las cosas perfectas duren muy poco.

Nelly es bonita, es detallista y trabajadora. El señor Arnaud ha aprendido a observar y, también, a demostrar que sus intenciones son honestas. No pretende aprovecharse de una belleza como la de Nelly. Un poco rotunda e infantil al mismo tiempo. Sólo desea un epílogo digno, del que pueda sentirse más o menos orgulloso. Sin embargo, las cosas cambian. Nelly intenta una reconciliación. La mujer de Arnaud se presenta de improviso. Lo que parecía perfecto, se vuelve enrarecido. Las cosas no pueden ser como antes. Habrá que cambiar. El señor Arnaud tiene mucha experiencia y ahí se van a agarrar unos cuantos sentimientos.

El director Claude Sautet dirigió esta película en 1995 y se sintió tan satisfecho de ella y de la cálida recepción que obtuvo por parte de la crítica y del público, que no sintió ya ninguna necesidad de volver a dirigir otra película. Una decisión que podría haber tomado sin sonrojo el mismo señor Arnaud. Ah, pero es que esta película contiene más que la satisfacción de su director. Están Emmanuelle Beart y Michel Serrault. Ella aporta presencia, luz en la mirada, deseos irresistibles de abrazarla y hacerle partícipe de tus más profundas confesiones. Él es un actor extraordinario, que dice mucho más con la mirada que con la palabra y que domina la escena como muy pocos han conseguido hacerlo en el cine francés. La película es una auténtica delicia que es difícil de describir porque es un drama que no es demasiado dramático, pero que nunca se inclina por la comedia. En ese terreno ambiguo, casi inexistente, se mueve una película excepcional que, a buen seguro, deja un regusto dulce en el paladar de los que aman el cine.

viernes, 23 de enero de 2026

HÉCTOR ALTERIO: LA MIRADA QUE LO DECÍA TODO

 

                                                                             Dedicado a Malena Alterio, con cariño.

Héctor Alterio me miraba a mí. Yo sé que lo hacía. Daba igual que él estuviera ahí arriba, sobre un escenario o en la pantalla. Sus miradas eran clases de actuación que me llegaban directamente al oído, porque esa mirada hablaba. No importa cuál fuera la naturaleza del papel. Podría ser el malo, o el bueno, o el secundario, o la estrella invitada, daba lo mismo. Sus miradas me las dirigía a mí y yo me sentía directamente interpelado para que mi corazón reaccionase y mi alma se ensanchara un milímetro más. Sabía que ese actor, que siempre tenía la tonalidad justa y el gesto adecuado, era la encarnación misma de la sabiduría. Con él, he reído, me he preocupado, me he puesto nervioso, me ha asaltado la inquietud, me ha atemorizado, porque no actuaba para nadie más que para mí. Y he vivido sus aventuras y sus avatares y también, por qué no decirlo, me he emocionado con una lágrima renuente y un maldito nudo intragable en la garganta. Eso no está al alcance de cualquiera, os lo puedo asegurar. Era uno de esos pocos actores que lo decían todo sin necesidad de mover los labios.

Mi respeto casi reverencial por Héctor Alterio llegaba a los límites del culto. Bastaba que avistara su nombre entre los miembros del reparto de cualquier obra de teatro o de una película para tener la plena seguridad de que iba a ver algo que, al menos, tendría dos o tres momentos que merecerían la pena. Esa voz tan modulada y tan certera, que sabía ser histriónica cuando la ocasión lo requería, que se quebraba de una forma tan particular que nadie más podía imitar…querido Héctor…estoy escribiendo estas líneas y mis manos lloran y mis ojos buscan y mis penas se desatan. Cómo podría yo agradecer tantos instantes de eternidad suspendida con tu voz y tu gesto. Cómo podría yo, siquiera, acercarme a una milésima parte de lo que tú has hecho. Querido Héctor, cómo podría conseguir una entrada en el teatro donde estés ahora mismo haciendo tu representación…

Dicen que los espectadores no somos competentes como para abarcar el tremendo trabajo de los intérpretes entregados a su tarea. Yo sé también que había un trabajo muy duro detrás de todo lo que él mostraba, que su mirada no era algo espontáneo, aunque hubiera tantísimo talento en ella, sino que la ensayaba y sabía lo que hacía a cada minuto en el que la cámara rodaba y el público esperaba en la oscuridad. A todos los que nos gusta ese trabajo que hacen los actores y las actrices, no pude escuchar nunca una palabra en contra del trabajo de Héctor Alterio. Nunca un “qué mal está Héctor”, jamás un “Héctor no me ha convencido”, y ni mucho menos un “bufff…anda que no está pasado de rosca Alterio”. Sólo elogios rendidos, respetuosos, quizá algo breves en alguna ocasión, pero siempre con la admiración en sus signos exclamativos.

Hoy, yo sé que el teatro y el cine han perdido parte de su mirada, pero lo que no sabía nadie, es que Héctor Alterio me miraba a mí, y que esa mirada nunca fue de los demás. No quiero destacar ninguno de sus trabajos porque eso sería decir que unos fueron mejores que otros y no lo pienso. Todos fueron igual de buenos, igual de honrados e igual de asombrosos. Por todo ello, también pienso que su mirada no se va a perder porque en mi memoria están almacenados todos sus pestañeares y todos sus matices. Y escribiré sobre ellos, seguro, como si fuera la primera vez que un actor tan grande me mirase y me hablase sin despegar los labios. Y si, luego, dijese una palabra, también diré que era la manera más adecuada de decirla. E intentaré transmitirlo lo mejor que sepa. 

jueves, 22 de enero de 2026

SI PUDIERA, TE DARÍA UNA PATADA (2025), de Mary Bronstein

 

La vida estira, estira y estira y, a veces, parece que la goma se va a romper. El destino ha dictado sentencia y quizá no es suficiente con hacer todo y más y el devenir de los acontecimientos hace que se exija más porque hay que llegar antes, hay que llegar mejor y hay que llegar más alto. Cuando la situación se prolonga, entonces es cuando se entra en estado de pánico. Sobre todo porque no hay vías de escape lo suficientemente compensatorias y comienza el tonteo con las drogas, con un lingotazo de vez en cuando para disfrutar de una soledad que, prácticamente, acaba por ser un consuelo y con la insistencia de los sueños, que hacen oposiciones al acoso y derribo de la conciencia.

Así es cómo nace el sentimiento irreprimible de culpa. Las presiones se suceden y nadie, absolutamente nadie, echa una mano. La sensación es la de golpearse contra un muro y ninguno de los impactos es suficiente como para echarlo abajo. Eres tú quien se viene abajo. Y el proceso no es repentino y veloz, no. Es una continua excavación del ánimo hasta que ya no queda nada. Ni siquiera la voluntad.

Rose Byrne realiza una interpretación impresionante. Una mujer sumergida en la más desoladora desesperación en la que todos los aspectos de su vida son una ruina y a la que la cámara sigue obsesivamente, en una discutible decisión de dirección de la realizadora Mary Bronstein, que también hace el papel de una médico que acaba por ser puro acoso. Eso hace que, tal vez, la película sea un cansino repertorio de desgracias que no da ni un solo respiro al público. No hay un momento de comedia, ni de relajación, ni de compensación a la protagonista. Sólo una sucesión de situaciones, a cual más decepcionante y desesperada, que coloca al espectador en una situación tan incómoda que acaba por pedir a gritos el final. Por cierto, sin desvelar nada. Abran los ojos al terminar.

El resultado es una película que apuesta por un falso neorrealismo casi narrado en primera persona. El único que se compadece y acompaña a la protagonista en sus inacabables avatares es el espectador que, por otro lado, es el más incompetente para ayudar. Y puede que, en el fondo, también haya un cierto instinto de identificación porque vivimos una época en la que a todos se nos estira la goma hasta límites casi insoportables, a todos nos invade una sensación de culpa porque creemos que no hacemos lo suficiente cuando estamos al borde del derrumbamiento psicológico, a todos nos aplasta una vida que no hemos elegido por mucho que, en algún lugar de nuestro interior, supiéramos que eso iba en el paquete de la existencia. La rabia se apodera, buscamos obsesivamente una vía de escape porque sabemos que las salidas están selladas, rogamos por el apoyo externo y nos encontramos con puertas herméticamente cerradas que, incluso en alguna ocasión, nos han sonreído y han ofrecido una amistad que no se mantiene a cualquier precio. Y los golpes, como decía la canción, siguen cayendo. ¿Hasta dónde podremos aguantar?

No hay descanso, no hay recompensa. Sólo lo que queda de nuestro equilibrio será capaz de exhalar la idea de que hicimos lo que debíamos y eso, única y exclusivamente, vendrá si podemos distinguir algo de sol entre las nubes. Los seres humanos tenemos un límite, aunque creamos que no. Y, tal vez, ese límite esté en los sueños.

Si deciden verla, ya saben. Arrellánense bien en la butaca, dejen que les muestren el repertorio de contratiempos que va sorteando o aplazando la protagonista y puede que tengan un minuto o dos de reflexión, pero yo, personalmente, si pudiera, le daría una patada a esta película. Soy demasiado viejo y me acosan demasiados problemas para perder una hora y tres cuartos de mi vida asumiendo los apuros de una mujer que no merece tanto olvido.

miércoles, 21 de enero de 2026

EL CLUB DE LOS MILAGROS (2023), de Thadeus O´Sullivan

 

Hay que reparar demasiadas cosas cuando la edad llama con fuerza. Un bulto en el pecho, un niño que no quiere hablar, una pierna averiada…y, quizá, una amistad que se truncó por un amor mal entendido y un cotorreo malsano que provocó un destierro. Por ello, lo mejor es ir a Lourdes y confiar en que la Virgen María se ocupe de los problemas. Sin embargo, eso no funciona exactamente así. Puede que los milagros no existan y sólo haya años encima y que lo que se puede solucionar sea con la base de la fuerza de voluntad. Salir de ese villorrio de Inglaterra, acompañadas del cura, es ya un paso adelante en unas mujeres que lo mejor que han sabido hacer ha sido cuidar a los suyos y que, por el contrario, nadie se ha dedicado a cuidarlas a ellas. Ellas han criado a los niños, han cocinado, han limpiado la casa, han vigilado la vejez de otros, han sido muy amigas, eso sí. Tanto que no tienen ningún inconveniente en cantar una canción sesentera para recaudar fondos para el viaje. Lástima que una de ellas haya preferido ir a encontrarse con Dios un poco antes. Si no, el viaje hubiera sido inolvidable. No importa. La hija aparece después de cuarenta años. Estará representada.

Es verdad que parece como si el reparto de esta película no estuviera muy ajustado. Kathy Bates es amiga de parecida edad a Laura Linney y, no obstante, es decididamente mayor. Al mismo tiempo, ella y Stephen Rea tienen un buen ramillete de hijos…demasiado jóvenes para lo mayores que son ellos. Esto se debe a que fue un proyecto que se gestó hace muchos años y que nunca encontró financiación. Cuando el director Thaddeus O´Sullivan consiguió el dinero suficiente, decidió mantener los nombres de los intérpretes, aunque ya habían pasado unos cuantos años desde que fueron pensados. Además de todo ello, no puede haber más que una sonrisa al ver la última aparición en pantalla de la grandísima Maggie Smith, que pasea su sabiduría oscilando entre la comedia y el drama y en ambos terrenos parece dar unas cuantas bofetadas de superioridad.

El resultado es una película amable, una de esas que te deja buen sabor de boca, aunque no se produzcan los milagros… ¿o sí? Bueno, eso es mejor dejarlo al libre albedrío de cada uno. Lo cierto es que acompañamos a estas buenas señoras hasta Lourdes, nos alojamos en ese hotel coqueto, compartimos esa copa que termina como un trago de vinagre y deseamos fervientemente que el milagro se produzca. En ellas se pueden apreciar las arrugas del sufrimiento, pero también de sus propios errores, y se intuye que sí, que merecen ese don del cielo, esa leve mirada que lo cura todo y que hace que puedan volver un poco más felices a ese villorrio lleno de dimes y diretes y que, en realidad, salvo el privilegio de haberse conocido entre ellas, apenas ha aportado nada a sus vidas. Así que sumérjanse en estas aguas milagrosas. De algún modo, las comprendemos tanto que nosotros también nos subimos a ese autobús que es casi de museo. Y, aunque no seamos creyentes, sabemos que ahí hay actrices que son un auténtico milagro.

martes, 20 de enero de 2026

LA NOCHE ETERNA (2024), de Michiel Blanchart

 

Hay que andarse con mucho cuidado si se trabaja como cerrajero de urgencias. En una ciudad como Bruselas, hay que asegurarse que se va a abrir la puerta de quien realmente vive ahí, pedir el carnet de identidad y el pago en efectivo. Todo en orden. La noche se hace realmente larga yendo y viniendo por las calles húmedas e iluminadas con esa luz cálida e irremediablemente fría de la capital belga. Hasta que una chica que parece que está en apuros llama. A partir de ahí, la noche no es larga. Es eterna. Ella quiere que le abran la puerta y, claro, el bolso está dentro de la vivienda. Con su carnet y su dinero. La chica es más rápida que el cerrajero. Entra, coge unas cosas, sale, dice que no tiene la pasta en efectivo y que va a un cajero y que le ha dejado el documento de identidad encima de la mesa. Limpio, fácil. Lástima que cuando el cerrajero va a coger el carnet, que, evidentemente, no está, es sorprendido por el dueño de la casa.

No he desvelado nada. A partir de ahí, todo ocurre en esa noche interminable que debe vivir el incauto cerrajero que ha confiado en una chica más o menos atractiva y que parecía estar en apuros. Hay dinero de por medio, un clan mafioso, un ultimátum, un equívoco y la seguridad de que Bruselas esconde más secretos que verdades. El cerrajero se lanza a la noche. No es ningún novato. Hace algunos años ya tuvo algunos problemas y pagó con la cárcel y, por eso, más o menos, aún recuerda cómo moverse entre las sombras. Sombras que, inevitablemente, van a enseñar el filo del cuchillo, la cinta de carrocero y la resplandeciente verdad sobre el intento de quedarse con el dinero sucio de un negocio innombrable.

Excelente película de producción belga bajo la dirección de Michiel Blanchart, que mantiene con cierta maestría la tensión a lo largo de esa noche en la que el cerrajero tendrá que abrir puertas con rapidez y cerrarlas a la  velocidad del relámpago. El enredo parece que no va a acabar nunca porque el cerrajero nocturno debe arreglar los desaguisados de su exceso de confianza y lo debe hacer rápido, sin pensarse dos veces lo que está haciendo y tratando de racionalizar toda la puñetera locura que se ha desatado porque es demasiado buena persona. Tendrá que juntar piezas, removerse, moverse, verse y luchar. Le van a perseguir por todos los lados y va a actuar como salvador irredento para poner a la chica sobre seguro. Mientras tanto, la noche eterna es cantada por Sylvie Vartan y  nos adentramos cada vez más en una oscuridad que resulta temible porque es el dinero o la vida. Así de sencillo. Y este dilema tiene unas ramificaciones insospechadas cuando se trata de gente que está acostumbrada a plantearlo. A veces, hay que apartar la vista para conseguir la siguiente respiración. A veces, hay que saber reconocer que el mundo no está lleno de buenas personas. En Bruselas, este pobre cerrajero va a tener la prueba fehaciente de que el sacrificio puede hacer que, al menos por dentro, llegues a la satisfacción del deber cumplido.