lunes, 23 de octubre de 2017

EL INOCENTE (The Lincoln lawyer) (2011), de Brad Furman

Si queréis escuchar lo que se habló en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Chinatown", de Roman Polanski, podéis hacerlo aquí.

 No hay nada como ser un picapleitos en una ciudad como Los Ángeles. Se suceden los casos como si fueran coches por una autopista. Por allí tienes a la cliente habitual que es prostituta y cada cierto tiempo acaba en el trullo. Por el otro lado, al proveedor habitual de droga de una panda de moteros que pagan su peso en oro. Eres amigo del juez tal y del juez cual. Te aprovechas de cualquier resquicio que deja la ley a su caso. Tienes éxito y estuviste casado con una fiscal que te dejó, probablemente, porque comprobó que tu ética no era la mejor del mundo. Hasta que llega ese punto límite que no estás dispuesto a traspasar. Esa gota que hace que te des cuenta de que hay un inocente pagando un asesinato que no cometió y de que estás defendiendo a un tipo con una sangre fría tan espesa que no duda en tomarte el pelo, tomárselo a la ley, al juez y a quien haga falta. Y las reglas son estrictas. El secreto abogado-cliente te obliga. No puedes decir a nadie que ese malnacido es una bestia que le gusta desahogar su ira mimada cada cierto tiempo asesinando a prostitutas. Es fácil. Solo tienes que acudir a tus habituales triquiñuelas y el acusado saldrá libre. Solo que esta vez no quieres. Y lo que es aún peor: tiene que parecer que haces todo lo posible para que la justicia no caiga sobre él.
Y es que su cliente, en esta ocasión, no se conforma con reírse de la ley. También te quiere atrapar en su pegajosa red de araña que incluye el asesinato de los más cercanos solamente para retrasar la verdad. Y, además, es tan listo que hace que todo te apunte a ti. Así que la encerrona está servida para el picapleitos y puede que la ley, en esta ocasión, sea tan ciega que deje escapar al verdadero criminal y apunte hacia ese abogado de éxito comprobado que tantas y tantas veces se ha aprovechado de los resquicios legales para liberar a sus clientes. Mala suerte, muchacho. Es el momento para que te estrujes el cerebro de forma definitiva y pongas en orden tu vida. Incluso es posible que tengas que echar mano de alguno de tus clientes habituales para que te ayuden en el trance. Tienes derecho. Les das todo cuando estás en el tribunal. Ahora hay que exigir favores de vuelta.

Espléndido trabajo de Matthew McConaughey antes de que decidiera dar un giro a su carrera con una película que pone en solfa el sistema legal de los Estados Unidos, basado en el soborno, la manipulación y las apariencias para dejar salir una y otra vez a los mismos delincuentes, incluso al más peligroso de todos, sin que la ley se inmute. Lo malo es que de éstos hay muchos y en todas partes. Se les reconoce enseguida. Son abogados y van en un coche que no se olvida con facilidad.

viernes, 20 de octubre de 2017

VIVE COMO QUIERAS (1937), de Frank Capra

¿Por qué en la vida tenemos que fingir que nos gusta lo que detestamos? ¿Por qué tenemos que guardar unas absurdas apariencias cuando somos de una manera y nos comportamos de otra totalmente diferente? ¿Es ése el camino para lograr la felicidad? ¿Será que sacrificamos la felicidad por la seguridad? ¿O es que somos unos seres demasiado cobardes como para afrontar la verdad de nuestra genuina forma de actuar? Si a usted le gusta bailar, baile. Si le gusta fabricar conejitos que salen con una musiquilla de una chistera y luego se esconden, hágalo. Abandone su aburrido trabajo en un banco y viva con más estrecheces, pero haciendo lo que realmente le gusta. Si le gusta tocar la armónica para que la alegría y el buen ambiente salten por toda la casa… ¿qué mal hay en ello? Ah, claro, de esa forma no podrá librarse de los irritantes adoradores de lo material que trataran de arrebatar esa parcelita de felicidad que ha ido usted labrando poco a poco, con tanto cariño como descuido y, eso sí, sin molestar a nadie. Hasta que usted molesta al especulador, claro. Entonces ahí ya entramos en territorio hostil y ya no se puede hacer lo que se quiera.
El amor te lleva en volandas hasta la casa de tus enemigos. Sí, porque el amor es muy listo y, a veces, también trabaja para los malos. Pero una vez que se ha probado un entorno feliz, es muy difícil salir de él. Y no digamos si se trata de una traición. Al final, el infiltrado se vuelve contra su patrón. Y así, poco a poco, sin que apenas se dé cuenta, se va sembrando un camino hacia la bondad. Tal vez ¿quién sabe? Todo se reduzca al encuentro de una complicidad que se creía olvidada, a una canción que recuerda lo jóvenes y alegres que hemos sido en otra época, a una sonrisa soltada en el momento justo. Viva usted como quiera, señor. Y si no quiere vender su propiedad, no lo haga. Aguante las presiones porque usted, realmente, las aguantará mucho mejor que su acosador inmobiliario. Él vive permanentemente bajo el umbral de lo vitalmente aceptable. Usted lo sobrepasa con creces.

La mejor película de Frank Capra constituye un acto de libertad y de confianza en el ser humano, por mucho que nuestra parte más racional nos diga que ése es un cuento de hadas. Sabemos que el ser humano recibe lo que da. Si regala bondad, será apreciado. Si regala felicidad, será querido. Si regala renuncias para que los demás puedan vivir en paz, será amado. Es tan sencillo como eso. Tan simple como tocar en la armónica una melodía que traiga viejos recuerdos llenos de carcajadas y buenos ratos. Como esa casa llena de locos dispuestos a bailar cuando no se sabe, levantar la casa a base de fuegos artificiales o sembrar alegría incluso en los momentos en los que la tristeza viene de visita. Ahí es nada.

jueves, 19 de octubre de 2017

EL MUÑECO DE NIEVE (2017), de Tomas Alfredson

Harry Hole es un detective del departamento de policía de Oslo que hace tiempo que camina por un abismo resbaladizo como el hielo. Quizá sean demasiados asesinatos resueltos. O, tal vez, puede que sea que nunca supo amar y tuvo que vivir alguna que otra vida que no le correspondía. Su garganta quema de alcohol puro, su mirada se entristece como la nevada nocturna y no tiene muchas ganas de hacerse cargo de nada. Ni siquiera de su propia existencia. Más vale tomarse un buen trago y olvidar que existe. Lo demás, carece de importancia.
Harry Hole olvida que hay otras vidas que han sufrido lo suyo y que quieren soltar toda la rabia que se les ha ido acumulando con los años. Puede que el asesinato, para ellos, solo sea un modo de hacer justicia, un mero ajuste de cuentas con el cruel destino y Harry tiene que atraparlos. Él es una leyenda. Él es el mejor. Sólo para los demás, porque si Harry se mira a sí mismo, sólo consigue ver el fracaso y un punto de desesperación. Y sabe que, a poco que se le apriete, ya no es rival para nadie. Cuando un policía sabe eso, más vale que entregue la placa y la pistola. Harry conoce sus obligaciones, y no tiene voluntad para hacer frente a ninguna.
Sin embargo, por aquellas casualidades del departamento, se hace cargo de un caso rutinario de personas desaparecidas y, copo a copo, va encontrando el camino de vuelta, ése mismo que lleva a su auténtica personalidad. Más que nada porque Harry es perro viejo y sabe que la venganza es un plato que se sirve frío y que los asesinatos enrabietados tienen alguna raíz ignota de un pasado en el que nadie se fijó. E incluso el interés de alguien más también puede ser un síntoma de rencor. Los muñecos de nieve miran hacia las casas con sonrisa siniestra y parece que el hielo se resquebraja bajo ellos. Hay que volver a mirar, Harry. No pierdas detalle.
La solvencia de Tomas Alfredson después de dirigir Déjame entrar y esa auténtica maravilla que fue El topo, puede ser uno de los principales alicientes para entrar a favor de esta película. No obstante, Alfredson intenta por todos los medios que el guión cuadre en su desarrollo, complicado y algo distante, y no lo consigue en todos sus extremos. Bien Michael Fassbender, que sabe otorgar intensidad a ese detective que va despertando de su letargo ensimismado. También un casi irreconocible Val Kilmer que regala profundidad a esa venganza que parece que se va fraguando dentro del enigma. Excelente la banda sonora de Marco Beltrami y, desde luego, no cabe duda de que Alfredson necesita de la complicidad del espectador inteligente para juntar con coherencia las piezas del enrevesado rompecabezas. El resultado es una película correcta por la mínima, que, en ocasiones, parece tan falta de fuerza como el carácter nórdico y en otras deslumbra con algunas imágenes potentes, destinadas a captar la mirada de todo aquel que se acerque. Lo que podría haber sido un thriller de altura se queda en un mero ejercicio de rutina, desflecado en los bordes, que no será demasiado recordado.

Todo lo contrario de aquellos que han sufrido verdaderos traumas que sí permiten considerar que la vida es un sufrimiento inaguantable. El dedo que apunta podrá ser de metal y más de uno perderá la cabeza por no tener su vida en orden. Los motivos de un asesino, ya lo saben, son tan difíciles de encontrar como la arriesgada caza de algunos servidores del orden. Y eso siempre es un combate que puede que merezca un poco la pena.

miércoles, 18 de octubre de 2017

LA PARADA DE LOS MONSTRUOS (Freaks) (1931), de Tod Browning


No hay que burlarse de los que son diferentes. Ellos tienen sus propios códigos de conducta y sienten, aman y padecen igual que cualquier otro ser humano. No importa que un hombre solo tenga medio cuerpo y tenga que andar sobre sus manos, o que otro no tenga extremidades y actúe en un circo como el gusano humano, o que la mujer barbuda acabe de tener una niña que, por lo que apunta en su nacimiento, tendrá la barba de su madre. Ellos han decidido utilizar su diferencia para maravillar al público de un circo y humillar a uno de ellos, es humillarlos a todos. Y quien no sea capaz de tener un cierto respeto hacia ellos, experimentará la venganza de los diferentes. Una venganza terrible, realizada a base de frialdad, de navajas relucientes a la luz de la lluvia, de implacable odio por quien les ha herido, de deseo de cercenar la belleza de los que realmente son diferentes. Y habrá muchos que tengan que volver su rostro porque no aguanten el resultado.
El circo no es más que un lugar de sueños. Para los que van y para los que trabajan en él. Es hacer que lo diferente sea normal. Es conseguir que los animales yazcan en prados de hormigón y alberos de juego. Quizá porque no hay nada más importante que la mirada curiosa y maravillada de un niño acompañada de su sonrisa. Por allí van los trapecistas, por aquí van los caballos enanos comandados por una amazona de corta estatura, por aquel lado va el payaso que intenta que todo se desenvuelva con normalidad pues… ¿qué sería un circo sin payasos? Nada. Se trata de hacer que lo que tiene algo de sobrenatural sea aceptado por los estúpidos seres normales, mutilados morales sin escapatoria ética, deformes de mente y ambición, peores que el rastro que va dejando un animal.
Tod Browning dirigió esta maravillosa película de terror cotidiano con actores suprahumanos, que consiguen trasladar una sensación de inquietud y simpatía al mismo tiempo mientras se va construyendo una tragedia anunciada. Porque reírse de cualquier otro ser humano es una tragedia que se debería evitar apelando a nuestra condición, la misma que la de ellos. Más que nada porque es posible que seamos enanos mentales comparados con otros y nos puede tocar el turno de llenarnos de plumas y ser gallinas en un corral de odio y de desprecio. El mundo puede ser un lugar muy frío. Y personas que se dedican a hacer soñar y reír a los demás, no merecen la falta de cariño, de calor, de aplausos y de sinceridad. No son monstruos. Nunca lo serán.

martes, 17 de octubre de 2017

CHINATOWN (1974), de Roman Polanski

Si queréis daros una vuelta y escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor de "Los viajes de Sullivan", de Preston Sturges, podéis hacerlo aquí.

El tiempo siempre acaba diciéndonos dónde vamos a terminar. Puede que incluso terminemos allí donde todo empezó. En aquel entonces fue una placa, un disparo, una buena intención y la tristeza. Ahora será una licencia, un disparo, una buena intención y la desolación. Jake Gittes lo sabe muy bien. Todo porque decidió investigar la posible infidelidad de un individuo que, en realidad, no hacía mal a nadie. El tiempo merece ser pisado por las ruedas de un coche que arranca mientras a uno le pinchan la nariz por husmear en negocios de altas esferas. Da igual. Todo termina de nuevo en Chinatown, allí donde los sueños se truncan porque no hay ningún otro sitio al que ir.
Jake Gittes dejó la policía por un error. Ahora es detective privado y sabe que Los Ángeles se está convirtiendo en un nido de corrupción porque siempre se construye sobre aquello que es escaso. Y, en esta ocasión, el agua es escasa. Y mucha gente tendrá sed. Y la ciudad se ensancha. Y seguir hacia adelante es más difícil. Y… déjalo, Jake. Tendrás que morir por segunda vez para que la ciudad pueda saciar su sed. Por el camino, deberás sumergirte en la más baja de las morales, despreciar las cínicas representaciones que muchos van a hacer para ti, encajar las piezas de un rompecabezas que acabarás por no creer y que no hará más que espolear tu honestidad…esa misma que dejaste enterrada debajo del asfalto en el barrio chino. Tal vez no merezca la pena, Jake.
Todo parte de un error y, si lo piensas bien, parece que es el propio destino el que te empuja a volver donde todo empezó y donde todo terminó. El mundo entero tiene algún lugar como ése. Allí donde dejamos el corazón y no queremos pasar a recogerlo porque está demasiado cansado, demasiado herido, demasiado quemado. Y, aún así, volvemos. Volvemos porque hay que volver, porque no queda otra salida, porque las cosas, como las venas del cuerpo, hacen que la sangre se mueva hacia el corazón. En el barrio chino, Jake, allí donde nunca querrías volver.

Roman Polanski dirigió el fantástico guión de Robert Towne realizando un homenaje al cine negro más clásico y con un maravilloso Jack Nicholson de protagonista. En ese estilo de actuar agresivo, único, se hallan todos los miedos y todas las respuestas de un hombre que va a tener que soportar el dolor de nuevo. Por los mismos motivos, por los mismos delitos y por esa maldita honestidad que juró dejar archivada en el cajón de su escritorio. Jake Gittes muere sencillamente porque antes ya había muerto. Y eso no hay quien lo niegue. Ni siquiera el destino. 

viernes, 13 de octubre de 2017

BLADE RUNNER 2049 (2017), de Denis Villeneuve

El ser humano evolucionó desde el mero instinto animal hasta una infinita capacidad para amar. Y eso es lo único que le salvará cuando el mundo sea un lugar demasiado inhóspito, cruel, impersonal y gris. Buscará sin descanso un depósito para sus emociones, aún a sabiendas de que está condenado a vivir en la más completa de las soledades. Deberá escarbar en sus recuerdos para saber reaccionar ante el cúmulo de intereses contrapuestos al amor que debe soportar. Y esa evolución siempre llegará a la conclusión de que la vida, a pesar de todo, se abrirá paso sin detenerse a pensar en las consecuencias.
El polvo cegará los ojos en una tierra contaminada y hostil. Y aún así querrá sentir, sentir por encima de todo, sentir cómo el corazón se acelera, sentir la ausencia de quien más se quiere, sentir el sacrificio realizado por el bien de los demás, sentir, sólo sentir. En eso el ser humano siempre será admirable. Y toda criatura viviente, más tarde o más temprano, comenzará su evolución hacia el sentimiento. El dolor siempre forma parte de la felicidad y, a veces, habrá que cerrar los ojos para que otros sigan viviendo, o para que otros encuentren lo que tanto costó abandonar. Parece que no aire en el aire y que, en ese desierto de humo y confusión, no puede haber milagros. Sólo la tierra árida ofrece respuestas. Y el hombre se cambiará a sí mismo para que la debilidad humana sea sólo un recuerdo de juego y diversión. Tal vez, el hombre esté diseñado para amar.
Los creadores se esconden detrás del mercantilismo más frío para estudiar el vacío dejado por algo que no podía pasar. La lluvia abre caminos en los cristales para mostrar hasta qué punto el sol se puede tapar con un solo dedo. El deber está más allá de cualquier otra consideración y las preguntas deben hacerse cuando las leyendas están dispuestas a luchar. La virtualidad condena al ser humano al aislamiento, a ser un pálido consuelo de una realidad que no se puede producir, a soñar el beso y el tacto en la ausencia del sentir. Así sólo de prolonga la sensación de derrota. Quizá se nazca con ella y los indicios apunten a una rabia contenida por un engaño estirado durante demasiados años. La soledad, al fin y al cabo, es el preludio de la locura.

Culpable de nacer, el retiro no es una opción. Tal vez haya algún metro de más en la película que pasa por delante de nuestros ojos, buscando respuestas que llevan, inevitablemente, hacia la tranquilidad interior. Algo imposible cuando todo el entorno trata de empujar hacia un número de serie, hacia una clasificación, hacia la nada de no saber de dónde venimos. Esta vez, el tiempo sólo ha actuado como un libro que ha pasado muchas páginas escondiendo el significado de sus palabras. No valen copias de lo que solamente se ha sentido una vez. Son innecesarias las explicaciones que da la burocracia porque, como elemento recopilado por el ser humano, también pueden pronunciar mentiras. La verdad es sólo un enigma que los perseverantes llegan a descubrir. Y mientras tanto, la búsqueda continúa. Para una caricia, para una mirada tierna, para una última declaración de amor que se desvanece igual que se apaga un televisor. Y, cuando se abandona ese universo, la mirada siempre se dirige al suelo, en silencio, con la mente trabajando y el ánimo encerrado. No vaya a ser que también se nos escape el mañana intentando averiguar la naturaleza de la muerte. 

miércoles, 11 de octubre de 2017

SUEÑOS DE SEDUCTOR (1972), de Herbert Ross

Mañana, día 12, debido a la festividad del día del Pilar, no habrá artículo de estrenos, pero sí que lo tendremos el viernes, atentos, que no se pierda como lágrimas en la lluvia.

-. Puede que hoy no te arrepientas, ni mañana, pero sí muy pronto…y para toda la vida.
¿Quién no hubiera dado un brazo para poder decir esa frase a la mujer que se ama en un sacrificio supremo al estilo de Humphrey Bogart? Hombres así ya no se hacen. Confundimos calidad con cantidad y, claro, nos movemos entre espejismos fútiles que impiden ese gran momento en el que das una medida excepcional como hombre. Sí, como hombre, porque, no nos engañemos, lo que esconde esa frase de valentía y arrojo sentimental es al mayor pringado que uno se haya podido echar en cara. Al fin y al cabo, el gesto será muy bonito, será hasta hermoso, será la reoca en verso asonante…pero la chica de tus sueños se va con otro. Y eso tiene un nombre, mal que nos pese. Pero empecemos por el principio.

La soledad siempre es algo contra lo que hay que luchar. Se puede convivir con ella durante un tiempo pero, al final, siempre atosiga, te habla al oído y te dice muy quedamente que se va a quedar para los restos. Y a ti te entra el pánico, muchacho. Porque la vida te ha hecho tirar de aquí y de allá y te vas olvidando de esa compañera silenciosa, indudablemente cómoda, pero arrebatadoramente temible que hace que, pasado un tiempo, te encuentres más solo que Rick Blaine en Casablanca. Y entonces te arrojas en los brazos de una, en los brazos de otra, en los brazos de la de más allá, intentando buscar consuelo y cariño…y no, te das cuenta de que eso no funciona. Más que nada porque la chica que verdaderamente te gusta, la chica que te tiene sorbido el seso y que te parece más atractiva que ninguna…es la mujer de tu mejor amigo que, de vez en cuando, vienen a reírse un poco contigo y a ofrecerte alguna que otra cita a ciegas. Y, mira por donde, hay una noche, una noche eterna, mágica, una de esas noches que no se olvidan porque es donde eres más tú que nunca y ella es más ella que nunca donde se plantea el dilema. ¿Traiciono a mi mejor amigo y me quedo con ella? ¿O la dejo ir, digo la frase que siempre he querido decir, y quedo como un señor…un señor pringado…pero un señor al fin y al cabo? Pues eso, para salir de dudas, hay que dejar de soñar como un seductor, dejar de oír esa voz de Pepito Grillo ronca de tanto alcohol y tantos cigarrillos, dejar de hablar con Bogart y encontrarse uno a sí mismo. Tal vez… ¿quién sabe? Ese sacrificio no lo sea tanto…porque sabes que lo que has hecho realmente es lo correcto. Como hizo Rick Blaine en Casablanca. 

martes, 10 de octubre de 2017

LOS VIAJES DE SULLIVAN (1941), de Preston Sturges

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca del "Grupo salvaje", de Sam Peckinpah, podéis hacerlo aquí.

No hace falta probar el sufrimiento para hablar con autoridad sobre los que sufren. La experiencia ayuda, pero no es la madre de todas las sensaciones. Ésa es la mirada. Solo es necesario revestirla de humanidad, de comprensión, de solidaridad, de sinceridad y todas las inquietudes del hombre estarán ahí. Si no fuera así, borraríamos de un plumazo toda la creación artística del hombre. No se podría hablar del dolor en una crucifixión, o del terror ante un pelotón de fusilamiento. No habría grandes epopeyas salidas de la imaginación o heroicidades imposibles. El cine es solo eso. Fantasía, emoción, capacidad, competencia, mucha verdad dentro de la mentira, una aguja insertada en el pensamiento para darnos cuenta de todo lo que pasa por la mente ajena. Y, sobre todo, es entretenimiento. Es esa fábrica de sueños que hace que todos olviden sus preocupaciones, sus desgracias, sus tropiezos, sus preocupaciones. Es ese mundo de fantasía desbordante que consigue hacernos creer que somos héroes, o villanos, o banqueros de cariño, o prestamistas de miseria. Es el cuento en la hoguera. Es el sueño visto. Es la realidad que no ocurre.
Así que allá va John L. Sullivan, afamado director de cine, ataviado como un vagabundo, para encontrar las raíces de la tristeza y de la auténtica desgracia. Y eso, tal vez, se antoja demasiado fácil cuando se sigue siendo John L. Sullivan y existe la posibilidad de darse media vuelta y volver a ser un acomodado cineasta, de piscina y desayuno en plata. Sin embargo, una de esos giros imposibles que tiene la vida conseguirá que John L. Sullivan pierda su nombre, su memoria, su inocencia y su posibilidad de vuelta. Pero él es director de cine. Su profesión es darle cancha a la imaginación, y a base de ella, conseguirá recuperar su vida con la certeza de que hay billetes que no tienen viaje de vuelta. Y lo hará con todas las respuestas en el bolsillo agujereado. El cine puede hacer que el mundo sea triste, o alegre, o cómodo, o inquietante, o terrorífico, o feo, o sucio, o ideal…y ahí, donde haya una cámara de cine y una idea, estará alguien que quiera contar una historia y siempre habrá otro que quiera verla y escucharla. Al fin y al cabo, quizá ése sea el mejor y más breve de los viajes. Ése que te transporta hacia un mundo inventado y en el que es posible que un perro se meta en un cajón y acabe enrollado en una persiana. Y no por eso hay que saber lo que siente un perro dentro de un cajón.

Preston Sturges dirigió con sabiduría y algo de inocencia este gran clásico del cine social, sin perder por un momento ni un solo resquicio para la comedia. Así el espectador se da cuenta del viaje que emprende John L. Sullivan y lo hace al lado de Joel McCrea y de una encantadora Veronica Lake. Y lo mejor de todo es que el público no quiere dejar de estar ahí, con ellos, descubriendo qué es lo que hace feo este mundo y cómo, también, se puede hacer con una sonrisa.

viernes, 6 de octubre de 2017

EL DESAFÍO (1997), de Lee Tamahori

Calibrar mal a las personas suele ser un fallo habitual de las mentes poco observadoras. Es frecuente creer que un millonario, acostumbrado a la buena vida, a los lujos y al tacto del dinero, sea un inútil cuando trata de resolvérselas por sí solo. Se cree que basta con una mirada suya para que sus deseos sean satisfechos y que todo se basa en la comodidad y en lo caro, en lo que nadie más puede alcanzar. También podríamos creer que un fotógrafo experimentado es un tipo predispuesto a la aventura, deseoso de hallarse en situaciones límite para engrosar un imaginario muestrario de fotos que servirán para desarrollar su apasionante profesión. Pero, quizá, el millonario es una de esas personas que no se ha descuidado, que no ha dejado de tener interés por todo, que, además, no ha nacido con dinero sino que es un luchador empedernido que ha tenido que escalar desde abajo y ganarse a pulso todo lo que tiene. Y, a lo mejor, el fotógrafo es un arribista de talento mediocre que quiere lo que el millonario posee y que desprecia a esa pretendida clase alta porque lo tienen todo hecho, todo resuelto, todo fácil.
La única manera de saber la medida de un hombre o de una mujer es dejándolos perdidos en un paraje hostil, bajo la sombra de un gigantesco oso, y probar su capacidad de supervivencia. Ese millonario que nunca se ha dejado llevar se descubre como un tipo de recursos, capaz de sacar vida del hielo, de cazar con paciencia una inocente ardilla para saciar el acoso del hambre, de observar su entorno y sacar el máximo provecho de él. Algo que, por otra parte, el fotógrafo también tendría que hacer ya que su profesión consiste en observar, en sacar el momento mágico de cualquier reportaje, aunque sea uno de esos que aparecen en revistas que solo sirven para criar polvo en cualquier rincón del aburrimiento. Pero el fotógrafo se revela como un hombre pequeño, temeroso, que se rinde con facilidad, que está dominado por un estúpido orgullo que le lleva a despreciar continuamente al hombre que le está salvando, con insistencia, su vida. El oso acecha con sus garras enormes y su mirada de fiera silvestre. El frío les sitia con su insistente latigazo en la piel que arranca su aliento de humo y derrota. Tal vez el verdadero rival, en el fondo, no sea el oso, sino el hombre. Ese mismo que trata de minimizar los éxitos ajenos, que se consume en la envidia a pesar de que ha conseguido algo muy preciado para el millonario. Se necesitarán para sobrevivir. Tanto que el millonario no tendrá más remedio que reconocer que el fotógrafo, con su indolencia y su soberbia, también le ha salvado la vida.

El desafío aparece como una buena película de aventuras con un estupendo guión del gran David Mamet que solamente se oscurece por algunos fallos de lógica en una historia que la pide a gritos. Los dos náufragos en la nieve cortan piezas de carne, trampas imposibles de lanzas puntiagudas y abrigos de piel con la mera ayuda de un par de navajas de tamaño pequeño. Un fallo en el que, parece ser, nadie cayó y que, por otra parte, era fácilmente reparable. Sus hogueras son tremendas en un ambiente congelado y verde y parece que la supervivencia adquiere algo más de valor en su enfrentamiento inevitable. Lee Tamahori, su director, tuvo la inmensa fortuna de contar con Anthony Hopkins en el papel principal y ahí es cuando el público, sumiso y manso, acepta cuál es la naturaleza de la fiera.

jueves, 5 de octubre de 2017

MOTHER! (2017), de Darren Aronofsky

El amor es lo más valioso de nuestro interior. Tanto es así que es como si fuera una joya irrepetible. No hay dos amores que sean iguales. Nacen de lo más profundo de nuestra alma y sirve de inspiración y de piedra angular. Sobre él, se edifica toda nuestra vida, todos nuestros sueños, todos nuestros proyectos, todas nuestras ilusiones. Pero, como cualquier joya, es algo delicado, frágil, que se debe cuidar renovándolo cada día con un simple gesto, con una pequeña atención. En el momento en que no se le hace caso, muere, se quema, se apaga, se extingue y desaparece.
Y todos deberíamos darnos cuenta de que el primer amor de cualquier mujer nunca es un hombre. Es un hijo o una hija. Ahí está la prolongación de sus deseos y de su físico. Nada hay en el mundo que sea más valioso. A menudo, las familias están expuestas a agresiones del exterior que acaban por ser enfermizas, destructoras y alienantes. Y lo peor de todo es que se tarda en reconocer esas agresiones porque siempre vienen disfrazadas de piedad, de solidaridad, de necesidad o de encanto por lo prohibido. Si no asumimos todo eso, estaremos condenados a volver a empezar una y otra vez y el fracaso será evidente. Ella lo dará todo mientras que los hombres sólo darán lo conveniente.
La náusea aparece según va avanzando esta historia que empieza con la inquietud para acabar en el derrape más delirante. Darren Aronofsky, el director, pone la trampa para, después, pegar un portazo y llevarnos por vericuetos religiosos, por rebeliones de masas deseosas de encontrar un motivo para destruir con la excusa en los labios, por el cuento de terror que no es más que la pesadilla de la realidad. Con un repertorio de planos bastante limitado (la cámara se limita a seguir a Jennifer Lawrence de espaldas, pasa a plano frontal para inspeccionar sus reacciones y termina con panorámica sobre lo que ve), nos propone una historia que capta y siembra y, de repente, lo hunde todo, se pasa a ver otra película, se deja arrastrar por la fácil provocación y lo obsesivo se convierte en un sinsentido bastante inútil, pretencioso, lejos de la fascinación de todo lo que nos había contado hasta ese momento. Y el espectador un poco más avezado, comienza a reírse de lo que parece ser una orgía de la ilógica, un premeditado asalto a las reglas con las que había comenzado para sumergirse en la anarquía y la evidencia. Aquí no hay una película, sólo hay media.

Mientras tanto, la brutalidad se cierne sobre la trama y pasa de ser obsesiva a tonta. Jennifer Lawrence se mantiene en lo alto en todo momento y Michelle Pfeiffer resulta absolutamente expresiva desde el primer momento. Javier Bardem resulta más eficiente que en otras ocasiones a pesar de que tiene que lidiar con un papel árido y poco cercano. Ed Harris, sencillamente, se limita a pasar y toser. Por lo demás, hay homenajes a La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero y a El cuarto mandamiento, de Orson Welles, pero no es bastante. Después de todo, queda una cierta sensación a tomadura de pelo, que ya empieza a ser una constante en la filmografía de Aronofsky, y de lástima por no haber querido llevar al extremo esa relación agobiante y aplazada con esos extraños que, siendo pocos, consiguen irritar más que toda una turba descontrolada de fanáticos que se parapetan en mensajes de amor interpretados al libre albedrío de una masa que, por definición, no sabe pensar por sí misma. Ni tampoco actuar. Y sólo queda la náusea persistente a la que agarrarse para juzgar con claridad este despropósito.

martes, 3 de octubre de 2017

VIVIR PARA GOZAR (1938), de George Cukor

No es fácil convertir a la vida en una fiesta. Más aún cuando se va a emparentar con una familia acomodada, en la que la imagen es lo más importante. Sería inconcebible tener un yerno que se dedicara a la vagancia y a las vacaciones. Hay que tener un nombre, un prestigio, una posición. Lo curioso es que ese yerno tan despreciable es tan brillante que ha ahorrado lo suficiente como para pasar el resto de su vida haciendo volteretas en su habitación, luego tonto no es. Pero no…¿cómo va a estar atendiendo a su esposa, comprándole abrigos caros, vestidos luminosos, joyas espectaculares y coches kilométricos? Porque la chica tiene esos gustos. El joven tiene que trabajar. Y trabajar duro. Que se hable de él. Que todo el mundo diga que vale mucho. Todo, lo que sea, con tal de mantener bien alto el nombre de la familia y los caprichos de su futura esposa. Aquí la voluntad está anulada hasta nuevo aviso.
Cuando ocurre algo así en ambientes tan herméticos siempre aparece un elemento discordante. Y ese elemento va a ser la futura cuñada del incauto. Todo lo que la novia rechaza, ella lo acepta. ¿No quieres trabajar? Pues estupendo. ¿No habrá abrigos caros? No importa, llevaremos chaquetones baratos. ¿Nada de vestidos luminosos? Pues serán conjuntos oscuros. ¿Al infierno las joyas espectaculares? ¿Para qué? No se van a frecuentar ambientes demasiado sofisticados. ¿Los coches kilométricos estarán en los escaparates? Perfecto. Iremos andando. Lo importante, piensa ella, es que estás con el hombre de tu vida y ese es el mejor abrigo, el más impresionante de los vestidos, la más brillante de las joyas y el más espectacular de los coches. ¿Se necesita algo más? ¿Es que acaso, estando juntos, no se es asombrosamente millonario? Y además, hay otra circunstancia a tener muy en cuenta. El tipo es divertido hasta decir basta, le encanta hacer acrobacias circenses, le vuelven loco los títeres y la música y no hay nada que le haga reír tanto como la compañía de amigos de verdad. Es cuestión de planteárselo. Si hasta al único hermano varón le ha hecho ver más allá de un vaso de whisky.

George Cukor volvió a tener en la palma de su mano a Cary Grant y a Katharine Hepburn, maravillosamente secundados por Edward Everett Horton, en una comedia loca que propone algo de cordura en las grises vidas de los que se dedican en cuerpo y alma a amasar dinero. Y así, el corazón se nos alegra, nos despojamos de la opresión de todo y celebramos que la vida se ha hecho para vivirla. Y al infierno las apariencias.

IDA (2014), de Pawel Pawlikowski

La vocación también requiere altos grados de experiencia. Y para una muchacha que se ha criado entre las paredes de un convento no es fácil adquirir esa experiencia. Quizá una última salida antes de abrazar los votos sea lo más indicado para establecer el origen y haya que rebuscar entre una población que se odió a sí misma hasta acabar con los judíos en plena guerra. Una tía, juez de profesión, será la guía perfecta para investigar a dónde fueron los padres de Ida y por qué ella acabó en un convento. La muerte se presentó sin avisar, entre personas de confianza, y ellos acabaron descansando en medio de la tierra fría y solitaria, víctimas de la locura colectiva y de la barbarie que se apodera de los conocidos de toda la vida solamente porque el entorno invitaba a ello. Durante el viaje, Ida se fijará en su tía, que ha perdido mucho por el camino. Tanto es así que ha perdido al propio camino y ya no sabe qué desviación tomar. Se ofrece, bebe, se pierde y nunca se encuentra. Tal vez ésa sea la manera de hallar todas las respuestas bajo el gris de un cielo plomizo y triste que se empeña en permanecer en la Polonia comunista. Habrá que tener una seria conversación con Dios y probar la vida que todos prueban.
Es evidente que la vida, esa que nos parece tan adecuada a nuestras posibilidades, no es tan satisfactoria. Quizá no todo sea entregarse y saltar de cama en cama hasta que uno encuentra una ventana. No hay énfasis en la muerte, solo silencio en la música, solo finales en la deserción del alma. Todo camino de ida, tiene otro de vuelta y la novicia tendrá que emprender los dos para sentir el reflejo de esa existencia que, posiblemente, hubiera llevado de conservar su destino junto a sus padres, en esa granja en ninguna parte, en esa bondad extraviada. Dios así lo exige porque, si no es así, de mala manera se le podrá servir.

La austeridad parece que es la consigna de esta película que no ofrece calor, ni respuesta, ni solución. Aislarse de la agresividad de un mundo que te exige tomar decisiones todos los días no es una situación fácil para un espíritu virgen, no contaminado, ausente de deseo y lujuria, libre de prejuicios porque no ha habido más que un solo propósito en su vida. Es un trato que hay que cumplir para entender mejor, para saber más, para contar con la experiencia, para comerciar con la muerte a la que no se debe llamar tan gratuitamente. Puede que la verdad sea dolorosa, pero aún lo es más intentar trasladar un mensaje a la gente sin tener ni idea de cuánto sufren.

jueves, 28 de septiembre de 2017

UNA JAULA DE GRILLOS (1996), de Mike Nichols

Todo por las apariencias. Si lo pensamos bien, las apariencias es algo que se inventó para complicarnos aún más la vida. Si se prescindiera de ellas, indudablemente, seríamos mucho más felices, mucho más libres y mucho más humanos. Es como si tu hijo te dijera que tienes que fingir tu condición sexual y dar la apariencia (maldita palabreja) de respetable familia temerosa de Dios cuando hace mucho que decidiste y sentiste la necesidad de ser homosexual y enamorarte de un hombre que, por lo demás, es absolutamente adorable. Ridículo.
Y puede que, moviéndonos en esos códigos, esa ridiculez que lo es en sociedad, sea ridícula para los afectados y el tener que fingir austeridad, adustez, seriedad y la permanencia de unos valores que, incluso en familias heterosexuales, están ya caducos, sea la auténtica ridiculez. Es como intentar andar como si fueras un John Wayne con pluma. Será perfecto pero será grotescamente falso.
Lo peor de todo es que para aparentar esa formalidad inexistente, habrá que sacrificar a uno de los miembros de la pareja y apartarlo de la farsa porque vienen los padres de la novia del chico a conocer a su futura familia política. La ofensa es enorme porque ese hombre delicado, lleno de corazón y de ternura, aunque orgullosamente loco, es la madre que ha criado al chico y no soporta que se le diga que no sirve, que su pluma es demasiado grande, que no tiene lugar en uno de los acontecimientos más importantes del que, realmente, ha sido su hijo.
Todo se complica según avanza la historia porque, para hacerlo infernal, hay un criado de nombre imposible que no sabe andar con zapatos masculinos, con menos capacidad de improvisación que un tapetí y que es incapaz de hablar como un hombre…pero alguien tiene que servir la cena, las apariencias ante todo, no lo olvidemos. ¿Cómo va a venir todo un senador de los Estados Unidos y no va a haber un mayordomo para que todo esté en un completo orden? Por favor…Aunque sea un desorden.

El caso es que la risa está asegurada con unos enormes Robin Williams y Nathan Lane, dirigidos por un espléndido Mike Nichols y revisando aquella película francesa con Ugo Tognazzi y Michel Serrault llamada Vicios pequeños y con la tremenda osadía de salir airosos vistiendo nada menos que a Gene Hackman de mujer, cosa nada fácil, por cierto. Los equívocos saltan, las escenas se suceden, la sopa que acaba y la desnudez que triunfa para darnos a entender bien a las claras que las apariencias son estiércol y que lo que nos hace realmente grandes, dignos de admiración y respetables es la coherencia con nuestras elecciones vitales, sean éstas cuales sean. Y, por supuesto, la certeza de que esa opción de vida es tan buena como cualquier otra, ni mejor, ni peor. Lo importante, al fin y al cabo, es vivir la mayor cantidad posible de momentos felices. Y al que no le guste, que no mire. 

KINGSMAN 2: EL CÍRCULO DORADO (2017), de Matthew Vaughn

El peligro de los servicios secretos es que, demasiado a menudo, las segundas partes no son tan destacables. Entre otras cosas, porque se pierde la capacidad de sorpresa e intentando conservar aquella primera impresión, se carga la acción con una serie de elementos que pueden convertir el tinglado en un circo sin mucha gracia. Puede que haya uno o dos momentos divertidos, alguna que otra pelea con gancho y directo y un par de detalles de clase, pero no es suficiente como para salvar al mundo y, mucho menos, una película.
Aquí tenemos de nuevo a estos caballeros que nunca pierden la compostura, con sus trajes impecables y sus gafas galácticas, solo que esta vez, el traje no tiene costuras. Lo que funcionaba bien, ahora funciona solo regular y el chiste no se sostiene con convicción. Por supuesto, hay espectáculo a raudales, enfrentamientos de cámara rápida y mucha cámara lenta, villanos sobreactuados aunque, quizá, un tanto cortos de inteligencia, escenas escandalosamente simples que incitan a llamar al guardia más cercano y paisajes de vértigo e impresión. Por haber, hay hasta un puñado de apariciones especiales que alegran la vista y Elton John tratando de parecer divertido. Pero, la verdad, resulta llamativo ver cómo se ha desperdiciado hasta la náusea al mejor personaje de la anterior entrega, interpretado de forma magistral por Colin Firth, y da un poco de vergüenza alguna escena de croma y daca.
Y es que malvados hay en todas partes. Desde la clase política, sea cual sea su signo, hasta la típica alienada a la que le encanta una determinada estética. Las mariposas vuelan sin demasiado sentido y la idea de poner a los americanos en liza con sus vaqueros y sus látigos resulta, cuando menos, pintoresca y un poco delirante. A veces, hasta se necesita un buen trago de whisky para darse cuenta de que Pedro Pascal encerrado en un bar tiene bastante menos de la mitad de atractivo que el propio Colin Firth. No vale cualquier cosa para mantener al público enganchado. Hace falta talento. Y estos caballeros de traje deshilachado, en esta ocasión, no lo tienen.
Y es que no es fácil tratar de sostener un éxito a base de pocas ideas y de alguna decisión estética bastante discutible. Seguro que hay más entregas para gozo de espectadores de exigencia mínima y movimiento brusco, como si un paraguas con multitud de trucos bastara para salir con la sonrisa y la satisfacción puestas. La banda sonora resulta poderosa y, en algún momento, atronadora y uno se empieza a preguntar qué es lo que hace dentro de una sala de cine viendo algo tan mediocre, tan propenso al desperdicio, tan torpemente solucionado y tan abrumadoramente inútil.

Así que es hora de ponerse las gafas correctas, acudir al sastre apropiado para que el terno no tenga ni la más mínima arruga, recordar con nostalgia lo que vivimos con aquella primera parte y tratar de extraer alguna conclusión positiva si se deciden ir a ver una película tan olvidable como, en algún momento, aburrida. No hacen falta dos horas y diez minutos para contar esto. Para eso, ahora mismo saco el único traje que cuelga en mi armario y me pongo a contar, una a una, todas las rayas diplomáticas que tiene. Seguro que la conclusión me sorprenderá algo más. 

martes, 26 de septiembre de 2017

EL SILENCIO DEL MAR (1949), de Jean-Pierre Melville

Los soldados alemanes preparan la llegada de un oficial a una casa cualquiera cerca de la costa francesa. El hombre aparece con su temible uniforme pero, detrás de la gris autoridad, se halla un artista, lleno de sensibilidad, que comprende lo que deben sentir los franceses cuando se les invade la propiedad y el país. Sin embargo, allí, en la casa, un hombre mayor y su sobrina deciden hacer una leve resistencia basada en el silencio. No le hablarán para nada. No existirá. Podrá decirles lo que quiera, pero jamás hallará respuesta. En esos interminables monólogos a la lumbre de una chimenea, el oficial nazi descubrirá que es mejor quitarse el uniforme y parecer solo un miembro más de la casa. Hablará incansablemente de Alemania, de Francia, de lo que hacía en Munich, donde estudió música. Al principio, querrá que se le conteste, pero sabe que los franceses están en su derecho de hacer el vacío al invasor. Y él hablará y hablará sin descanso. De los inviernos y de los veranos alemanes. Del espejismo del amor. Del azul de los ojos de la sobrina a la que deseará pero nunca se atreverá a ir más allá. Francia es un país hermoso y tiene que respetarse así porque la destrucción no lleva a ninguna parte. Solo engendra odio y desprecio por parte de los ocupados y se puede tener un país pero la moral no se podrá sostener. El silencio le persigue e, incluso, le será negado el saludo por la calle. Están en su derecho. El silencio es un derecho. Estar en el silencio.

De algún combate anterior, el hombre arrastra levemente una pierna y, cuando se agacha a calentarse en el fuego de la chimenea, tiene que estirarla porque el calor es un esfuerzo que se le niega. No quiere hacer daño. No ordena matanzas. Solo se ocupa de la autoridad en el pueblo hasta que tiene la certeza de que todos, incluso sus viejos amigos camaradas, están decididos a exterminar el espíritu francés, a ahogar todo intento de rebelión, a asesinar el silencio a través del ruido de los disparos sin compasión. El silencio es insoportable porque sabe que ellos, como invasores, comienzan a convertirse en asesinos. Asesinos morales, asesinos físicos, asesinos de la libertad, asesinos del silencio. Solo arrancará una última palabra a la sobrina. Un último testimonio de aprecio por su amabilidad, su corrección y su talante pacífico. Esa palabra será “adiós”. Flaca es la recompensa después de tantas noches de desnudar el alma para rogar una simple conversación. El silencio del mar se hace lejano y va desapareciendo mientras el hombre, el oficial, ha pedido el traslado porque se avergüenza de lo que es. Ni siquiera él tiene derecho al silencio. Solo a la huida. A no mirar atrás. A llevar sus heridas a cuestas sin ninguna comprensión ajena. Ahora comenzará la verdadera emboscada porque su propio país también quiere acabar con su espíritu. Maldita guerra. Adiós.

lunes, 25 de septiembre de 2017

DESAFÍO EN LA CIUDAD MUERTA (1958), de John Sturges

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla a propósito de "Bird", de Clint Eastwood podéis hacerlo aquí.

 La ley y Jake Wade. Dos conceptos que resultan antagonistas con solo pensarlos. Jake lleva una vida honrada, pero tiene que pagar un último favor al hombre que más odia. Un hombre que, un día, se jugó el pellejo por él. Y que, al ver aparecer a Jake, solo tendrá en su cabeza la idea de batirse en un duelo. Porque Jake era su mano derecha en otra época, llena de atracos a bancos, tropelías y asaltos por doquier y cometió la enorme osadía de abandonarle. Para él, Jake era su hermano y además tenían todo lo que cualquier hombre hubiese deseado poseer. No se sujetaban a reglas ni a compromisos, de lo único de lo que tenían que preocuparse era de cabalgar lo suficientemente rápido como para que nadie les diera alcance. Sin embargo, Jake se fue. Quizá no hubiera nada importante para él o, tal vez, fuera todo lo contrario, había cosas mucho más importantes para él. Y esa vida no llevaba a ninguna parte. Por eso Jake no solo decidió llevar una vida honrada, sino que se colgó una estrella de sheriff y la tranquilidad asomó a su ánimo y a su rostro.
El problema es que Clint, el hombre que Jake ha salvado, tiene una deuda pendiente con él. Algunos miles de dólares que Jake escondió en algún lugar, enterrando allí algo más que su pasado. Así que todo tendrá solución en una ciudad fantasma, tan muerta como Jake cuando cabalgaba al lado de Clint. Cuando se miran ambos, parece que Jake ruega que le deje en paz y Clint solo contiene la revancha en sus ojos, el deseo de hacerle daño, la agresividad a flor de metal. En esa ciudad muerta, donde las maderas están a punto de derrumbarse en unas fachadas sin vida, donde el polvo se acumula en la barra de un bar sin clientes, donde la desolación se ha instalado sin más vecinos, es donde Jake y Clint ajustarán sus cuentas. Una última bala y todo habrá acabado. Incluso la desesperación por encontrar una nueva vida o el ansia por continuar con la misma. Los indios también asomarán su cabeza con sus contraseñas de coyote y sus flechas imprevistas. Habrá diálogos que recuerden viejas amistades y antiguas complicidades, esas mismas que siempre surgen después de una guerra perdida. No tiene ninguna importancia. Dos sombras se moverán por la antigua calle principal de un pueblo sin vida y puede que sea el último duelo a la sombra de una lápida.

Robert Taylor y Richard Widmark se enfrentaron en cada escena para hacer de esta película algo más que una simple serie B y el duelo, sin duda, lo gana el segundo con la encarnación de ese malvado Clint, burlón, despreciable e implacable, carne de arena en un desierto de montañas áridas y tan abruptas como los caracteres de los dos protagonistas. John Sturges lo sabía bien y, por eso, se limitó a explorar las posibilidades de dos personajes que nunca debieron de cruzarse, aunque ello hubiera significado dejar demasiadas deudas pendientes.

viernes, 22 de septiembre de 2017

EL CONTRATO DEL DIBUJANTE (1982), de Peter Greenaway

Un retrato de la alta suciedad dibujado por un tirano bajo contrato. En las cláusulas de ese acuerdo están la lujuria, la inquina, la soberbia, la vanidad y, desde luego, el dinero. Todo con tal de que ese tipo haga doce dibujos de una finca señorial de Inglaterra bajo sus condiciones. Criados fuera, prendas colocadas en lugares estratégicos para sugerir la posición de poder en la que está mientras dibuja, animales dispersados…todo con tal de que el arte se abra paso en una continua orgía de falsedad y fingimiento. Y es que en la aristocracia británica eso es algo que ha proliferado desde tiempos muy remotos. Todos elegantes, impecablemente bien vestidos, con las últimas novedades en pelucas traídas directamente desde París, con modales impecables pero hablando de bajezas morales, pasiones rastreras, degeneraciones privadas y apariencias deseadas. No hay nada debajo de esos pelucones ridículos. No hay nada más que la inteligencia que decide plasmar un dibujante en la inocente colección de doce esbozos de una finca entregada al más salvaje deseo. Los dominadores dominados. Y, por supuesto, la venganza no se hará esperar para que los dominadores sean otros. Incluso si lo único que hace falta es un asesinato lleno de vileza.
El dibujante se aprovecha aunque no más de lo que lo hacen los otros pretendidos aristócratas que pueblan la casa. Ellos pretenden heredar un título, coger unas tierras, disfrutar de unas mujeres a su capricho libertino. En el fondo, ese dibujante que resulta ser tan incómodo les quiere dar una lección y el profesor no sabe que se está jugando la vida a cada trazo. Cada línea está pensada, encuadrada en su sitio correspondiente, con una técnica impecable de observación y realización. El contrato debe cumplirse y, aunque es conveniente hacer correr el rumor y el disgusto, no deja de haber un cierto placer pecaminoso en todo ello. La conspiración no tardará en fraguarse con el jugo de unas granadas. Y el dibujante volverá para realizar una última obra maestra en la que solo él se dará cuenta del detalle que no está aunque esté. Incluso la observación resulta un juego de faldas levantadas y encajes libidinosos.

Peter Greenaway dirigió con la precisión de un dibujo una película que resulta enormemente turbia a pesar de sus hechuras elegantes, impolutas, llenas de verdes prados, vestuarios recargados y vidas cómodas. No deja de insultar a aquellos que se aprovechan para, luego, tramar una venganza que puede ser justa, según los ojos que miren. En eso, deja la palabra al espectador, que es el que tiene que decidir si la muerte es la recompensa adecuada a un contrato firmado con el consentimiento de ambas partes o si, por el contrario, la lección moral debería ser una losa que nadie está obligado a mover. Ustedes deciden. Cuidado con lo que firman.

jueves, 21 de septiembre de 2017

DETROIT (2017), de Kathryn Bigelow

El asfalto quemado en plena noche expira un aroma muy particular. No se sabe muy bien si procede de la tierra o del mismísimo infierno. Se derrite bajo el calor de hogueras de odio e incomprensión, alzadas contra el negro cielo de la noche en una ciudad que no entiende de convivencia. No importa quién comenzó. Cuando la violencia estalla, se diluyen las responsabilidades y quizá los disturbios fueron provocados por la policía represora en un principio, o, tal vez, fuera la gente de color que, cansada de la injusticia, se puso en pie para reclamar unos derechos básicos. Lo cierto es que la sangre corre, el alquitrán de las calles se vuelve líquido, la ciudad arde y el control se escapa.
Una noche, alguien comete una irresponsabilidad, una niñería disfrazada de rabia y entonces la tragedia se desata. Primero, el terror. Luego, la amenaza. Más tarde, la brutalidad física y moral. Por último, el asesinato. La ley del silencio debe imperar en una ciudad que se consume y la justicia se hace ciega, sorda y blanca. El atropello ya se ha cometido e influirá de tal manera en sus protagonistas que jamás volverán a recuperar sus vidas. Por el camino, habrá indiferencias, ojos ampliamente cerrados para eludir culpabilidades, intromisiones estúpidas y ese maldito sentimiento de autoridad basado únicamente en la fuerza. Y todo el mundo sabe que la idea es muy débil cuando se necesita de la fuerza para hacerla triunfar.
La oscuridad se hace eterna y la tensión es insoportable. No se respeta nada. Ni la libertad, ni la integridad, ni siquiera al soldado que ha regresado de la guerra y que debería estar más allá de la sospecha. Es más fácil creer en prejuicios que agarrar a la objetividad de las solapas y permanecer con la mirada fría. Se cerrarán las gargantas, incapaces de cantar para oídos que no merecen escuchar. Se sentirá la presión de la rabia porque la justicia se volverá de espaldas a pesar de las evidencias. Quizá sólo exista el consuelo de la honestidad y la obligación de seguir con la vida a pesar de todo.

La directora Kathryn Bigelow se decide por rodar los disturbios de Detroit del año 1967 en un estilo marcadamente documental, intentando cobrar vuelo y adoptar vista de pájaro, repartiendo culpabilidades en uno y otro lado. Quizá se detenga demasiado en lo que ocurrió en una sola noche y eso alarga la película con un leve toque de artificio, pero el vehículo es eficaz, brutal, sin concesiones, con una mirada hacia la consecución de los derechos civiles y otra a las consecuencias de los supervivientes de la matanza del Hotel Algiers perpetrada por la policía local. Vuelve a visitar, después de En tierra hostil y La noche más oscura, otra zona de guerra que dejó a toda una ciudad en llamas, rota y perpleja, intentando comprender cómo podía pasar todo aquello en pleno siglo XX. Su reparto es competente, con actores jóvenes que saben traspasar al público la angustia de unas horas interminables, la despiadada actitud de aquellos que pisoteaban vidas como si fueran colillas de cigarrillos y el insultante encogimiento de hombros de muchos que pudieron decir y prefirieron dar la espalda a la verdad. En el fondo, Bigelow da un toque muy serio a los fanatismos, siempre despreciables por su falta de razón; a las represiones violentas, maneras inútiles de poner fin a una situación inaguantable; y a todos aquellos que deciden apoyar lo injusto aún a sabiendas que lo es, porque esa es la última degradación de la propia condición humana.  

miércoles, 20 de septiembre de 2017

LOS FALSIFICADORES (2007), de Stefan Ruzowitzky

Ser el mejor en el arte de la falsificación en unos tiempos en que la legalidad es tan escurridiza como el concepto de raza, no deja de ser bastante peligroso. Los nazis lo sabían muy bien y ya se sabe. Primero vinieron a por los negros, y como yo no era negro…hasta que llega un momento en que le toca al delincuente más experimentado en materia de falsificaciones porque era judío y, por supuesto, vivía muy bien. Sin embargo, la maquinaria nazi no dejaba nunca de estar en movimiento. Se necesitaban divisas extranjeras y la banca miraba de reojo a esos extremistas que estaban adueñándose de media Europa con un imperio de terror y barbaridad. A alguien se le enciende una luz. Quizá se puede falsificar esa divisa y, así, de paso, se hunde la economía de los países que poseen esas divisas. Así que se coge al judío que, por aquellas casualidades de la vida, era el mejor falsificador del mundo y que se ponga a fabricar libras y dólares. El Tercer Reich será rico y los demás países un poco más pobres. Al fulano y a todo su equipo de colaboradores se les dará una cama limpia y algo de comida extra en el campo de concentración de Sachsenhausen. Pero nada más. La presión sigue. El asesinato indiscriminado continúa. De repente, hacer lo que se ha hecho toda la vida constituye la delgada línea que separa la vida de la muerte.
Hay que pensar en todo. La tinta, el papel, la fotoimpresión, el tacto, la gelatina…y también el sabotaje. Porque, quizá, en todo hombre, aunque acepte su destino rastrero, hay una pequeña llama de libertad luchando por hacerse visible. Y no hay nada mejor que sabotear los planes de los asesinos haciendo que la plancha no salga, que el detalle sea determinante, que la falsificación no sea perfecta. Todo tiene sus riesgos y, en este caso, la vida de los compañeros será aún más delicada, pero hay ocasiones en las que hay que tomar partido, aunque eso ponga en peligro la propia supervivencia.
Lo cierto es que, a pesar del tremendo esfuerzo por hacer un trabajo limpio, pulcro y satisfactorio, todavía habrá quien se empeñe en humillar al ser inferior. Y la rabia también estará presente. La furia tiene que ahogarse. La defensa llama al corazón y ya solo se trata de seguir vivo al día siguiente. Una mesa de ping-pong como premio y parece que es un triunfo. Las justificaciones se multiplican incluso en aquellos que no quieren ver la realidad. En el fondo, hasta se puede llegar a creer que hay un trato humanitario en los campos de concentración. Ciegos, sordos, mudos, inútiles….hasta en la victoria hay que demostrar que el sufrimiento no es solo patrimonio de los que se morían de hambre. Cada uno lucha por sobrevivir como puede. Y si hay que falsificar moneda…es un precio muy pequeño.

Stefan Ruzowitzky dirigió esta película austríaca con pulso y ligereza, para avanzar en una historia apasionante de estafa y esperanza. Creyó que era posible que alguien, dentro de aquellos años para olvidar, quisiera servir al Tercer Reich y, al mismo tiempo, colaborar en su caída. Tarea nada fácil. Quizá solo reservada a los artistas.

lunes, 18 de septiembre de 2017

BIRD (1988), de Clint Eastwood

Si queréis escuchar lo que dijimos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor de las "Campanadas a medianoche", de Welles, podéis hacerlo aquí

El humo se eleva a través del aire negro, intentando atrapar las notas de un saxofón que no se puede describir. El dolor sostiene la partitura y los dedos dibujan la melodía que, a buen seguro, mañana será diferente. Charlie Parker se sumerge en su música como si, más allá de ella, no hubiera nada más que el abismo. Un enorme y oscuro precipicio con fondo blanco de drogas y alcohol. Nadie se arrojaría por ese precipicio salvo él. Tal vez porque allí abajo ya no hay dolor, solo una suave felicidad de un hombre que no existe. Ese hombre hace su música, vive como su música, hierve como su música y enriquece los corazones de los que la escuchan. Pero Charlie sabe que no es así. Para él, solo le queda el canto del pájaro que enmudecerá al amanecer, como un si bemol alargado de más, un acorde disonante que encaja o unas cuantas notas que, al parecer dispares, se convierten en un maravilloso cuento de jazz, pleno de elegancia y conquista, como si no tuviera ningún oído sobre el que posarse. Quizá esa fue la gran tragedia del mejor saxofonista que nunca pisó la Tierra. Se adelantó a su tiempo, hizo una música para la que nadie estaba preparado, renovó los cimientos del jazz y mientras tanto, él no estaba preparado para vivir.
Las lágrimas de los amigos se diluyen en los zapatos de charol sobre los que caen porque Charlie nunca llegará al final. Se quedará a mitad de camino, en una coda imposible suspendida en ese aire negro y turbio de los clubs, tratando de encontrar un sentido a todo lo que hace, buscando obsesivamente una nueva frontera que traspasar. Ya es tarde, Charlie, tu dolor no cesa y ya nada puede atenuarlo. Ni el amor, ni la música, ni la heroína, ni tres botellas de whisky. Sólo tú delante de la desgracia, regalando felicidad, pero incapaz de disfrutarla. Tu descanso ya es una aguja en el brazo, tu cielo ya es la seguridad de no encajar con quien amas, tu horizonte es una última carcajada perdida en una noche de tormenta. Now´s the time, Bird. Llegó tu platillo al suelo para echarte del escenario. Nunca supiste controlar que nadie te quiso por lo que te convertiste y no por lo que realmente eras. El jazz perdió sus alas. Tú perdiste todo.

Bird es una maravillosa e impresionante película sobre el gran saxofonista Charlie Parker dirigida por Clint Eastwood con una enorme sensibilidad en la sordidez y un placentero disfrute para todos los amantes del jazz. A su lado, tiene la impagable complicidad de Forest Whitaker en el papel principal, creíble de principio a fin, introducido en las melodías del gran genio como si fuera él mismo quien las interpreta. Y mientras tanto, los espectadores, lloramos porque el dolor del protagonista, en cierta manera, es nuestro propio dolor. Es ése que nunca se apaga, que nunca deja de gritar, que nunca deja de agarrar nuestro estómago para recordarnos que está ahí, dispuesta a arrasar todo lo que nos queda como seres humanos. 

viernes, 15 de septiembre de 2017

CITA A CIEGAS (1987), de Blake Edwards

Es difícil explicar lo que se siente cuando se acude a una cita a ciegas. Estás obligado a ir con alguien a una cena muy importante y un amigo te proporciona a la chica en cuestión. En tu cabeza pasan miles de imágenes, pero siempre se tiende a pensar en lo peor. Alguna solterona sin clase, pasada de kilos, con la boca de un carretero y la dentadura manchada de carmín, seguro. Y ese seguro lo que esconde realmente es una gran inseguridad. Sin embargo, llega el momento y resulta que la chica es deslumbrante, tiene clase, es muy atractiva, tiene sentido del humor y te impulsa a tener algún detalle con ella para que tú también le parezcas atractivo. Puede que, incluso, la noche sea muy agradable. ¡Guau!
Lo peor de todo es cuando te das cuenta de que la chica tiene un defecto. Tu amigo ya te lo había advertido, pero no puede ser. Nadie pierde tanto el control cuando bebe. Eso es una leyenda urbana. Y menos cuando todo se reduce a una copita por aquí y otra por allá. Sí, la noche va a ser inolvidable. Por culpa del líquido, ácido y agresivo elemento resulta que a la chica se le va la chaveta y, de repente, pierdes el trabajo, la dignidad, el coche y hasta la camisa. Puede parecer increíble pero así es. Y, sin embargo, ella es tan atractiva… ¡guau!
Pasados unos días te das cuenta de que, a pesar de que la desgracia ha sido muy difícil de digerir, nunca has pasado una noche como aquélla. Fue todo una diversión que te hizo sufrir, pero una auténtica juerga. Si la vida con ella fuera tan trepidante, no habría sitio para el aburrimiento. Así que hay que luchar, amigo. Aunque el precio sea caer desde un segundo piso, enfrentarte a su ex – novio o provocar una auténtica guerra en un jardín idealmente burgués. ¿Y así de lejos puede llegar una cita a ciegas? Y estoy seguro de que aún las ha habido peores. Aunque quizá no tan divertidas. Guau.

Blake Edwards puso en juego toda la comicidad de la que era capaz para narrar una historia de amor a primera vista a pesar de ser una cita a ciegas. Confirmó que Kim Basinger podía ser una excelente actriz de comedia y ofreció el primer papel estelar a Bruce Willis. Con estos mimbres, Edwards hizo una de las mejores screwball comedies del cine moderno en la que las carcajadas se unían implacablemente con la piedad que sientes por ese hombre inmerso en la vorágine de lo socialmente establecido que tiene que romper todas las reglas si quiere conseguir a la mujer que le ha sorbido el seso desde el principio. Divertida y salvaje, la película no se para en ofrecer una comedieta amable e intrascendente, ni tampoco en despreciar al respetable con una serie de situaciones tontas, pretendidamente graciosas, para pergeñar una película comercial más de taquilla fácil y paso rápido por la cartelera. Cita a ciegas es fresca, brillante, oportuna, con detalles que delatan el pulso de un maestro de la comedia que sabe dirigir a sus actores y los coloca en situaciones desternillantes basadas en la desgracia. Quizá para intentar trasladarnos que todo depende del ángulo con el que lo mires. Mientras tanto, procuren no beber alcohol…y, por favor, que maten al perro.

jueves, 14 de septiembre de 2017

IT (2017), de Andrés Muschietti

En plena infancia, los miedos aparecen sin previo aviso. Justo antes de esa edad crítica de la adolescencia, un niño comienza a hacerse preguntas que no tienen respuesta. El efecto se multiplica cuando algún trauma se esconde entre los pliegues de la inocencia y es entonces cuando los miedos se presentan con un rostro amable, casi como una vía de escape de esa sensación sempiterna de que la edad adulta no va a ser tan buena. A menudo, los niños se ríen de sus propios miedos. En otras ocasiones, les hacen frente. Las menos, sucumben a él.
Y es entonces cuando los miedos crecen a la vez que el cuerpo se desarrolla. Se retroalimenta a sí mismo con esos pánicos feroces que esos niños casi hombres experimentan casi sin darse cuenta. Y es posible que, cuando se intente dar marcha atrás y madurar con la serenidad como consigna, ya sea demasiado tarde.
Ese alimento del miedo puede hallarse en la tremenda bofetada de los abusos infantiles; en la pérdida de un hermano; en la sobreprotección exagerada de una madre; en el mero hecho de ser negro; o en la obesidad; o en tantas razones como se nos puedan ocurrir. Todos estos hechos van minando las aristas de la razón hasta convertirla en algo minúsculo, amedrentado, inútil y vacío. Puede ser que, por ello, un pueblecito cualquiera en el estado de Maine sea una auténtica madriguera de frustraciones.
Sin embargo, el miedo se olvida de algo. Cuando se odia al miedo, éste ya no tiene ningún sentido. Porque el odio también infunde fortaleza y a partir de ahí, el enfrentamiento está servido. El miedo está condenado a morir cuando hay odio en sus objetivos. Ya no hay incertidumbre ante cualquier rechazo. Solo las ganas de que el miedo acabe de una vez matándolo si es necesario.
No cabe duda de que la fértil imaginación de Stephen King se halla presente en esta película a través de un guión inteligentemente ensamblado a partir de su novela homónima. Se suprimen algunas cosas, se modifican otras, pero el espíritu con el que King escribió su relato más terrorífico se halla presente en todas y cada una de las escenas. Buen trabajo de Andrés Muschietti porque no permite que la película caiga en altibajos y el sentimiento de inquietud permanece durante toda la cinta, con maravillosos momentos de ingenuo humor. Pronto aparecerá esa segunda parte que explica por qué en la edad adulta vuelven a aparecer los miedos de la niñez. Mientras tanto, habrá que seguir sonriendo al payaso.

Y así, vidas que, en principio, seguían el curso normal con la crueldad de la existencia incluida, se convierten en una pandilla de perdedores que solo se sienten del lado de los mejores cuando están juntos. ¿Cuántas veces habremos sentido eso mismo en nuestra niñez? ¿Cuántas veces nos escondimos debajo de la sábana porque habíamos escuchado el lento y quejumbroso murmullo de una puerta abriéndose? ¿Cuántas veces nos hemos vuelto de lado en la cama porque nos estaban invadiendo pensamientos horribles? Yo les diré cuántas. Todas aquellas en las que nuestro payaso particular vino hasta la habitación para sonreír maliciosamente y decir aquello de: “Todos están flotando…tú también…”.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

JERRY LEWIS: EL CÓMICO DESENCAJADO


-. Jerry, dicen las malas lenguas que te llevabas mal con Dean Martin, tu pareja en tus primeras películas…
-. Bueno, sí, esteee…no le gustaban mis costillas y claro yo…mmmm…ffff….no sé qué decir…
-. Claro, tú querías dar el salto al protagonismo absoluto y no ser el comparsa del típico galán.
-. Sí, claro…essss…que Dean era el guapo y yo…yo…yo era el tonto. Y claro, a mí no me importaba ser el tonto, pero ya que hacía tanto el tonto…eeeehhh…pues que fuera el tonto protagonista.
-. Estuvísteis sin hablaros durante años.
-. Es que Dean…no quería deshacer la pareja y claro…discutimos. Algunos años después…gneeee…Frankie…ya sabes, Frank Sinatra, concertó un encuentro sorpresa entre Dino y yo en una actuación en directo y….bueno…ya sabes…nos dimos un abrazo y…esteee…las cosas no fueron como antes, pero, al menos, nos hablábamos y…
-. ¿Cuándo te separaste de Dino ya querías dirigir?
-. Sí…siempre lo tuve en mente…por pequeña que fuera…
-. Y empezaste con El botones
-. Me rondaba en la cabeza rendir un homenaje a…esteeeee…Stan Laurel, ya sabes. Y quería que participara en la película perooooo…estaba enfermo y tuve que improvisar…
-. Era una película de sketches, con algunas apariciones especiales…
-. Sí, hasta salía yo de aparición especial jejejejeje…
-. Después vino otra película estupenda tuya, que tiene un precioso gag
-. Sí, Un espía en Hollywood…es que siempre me ha gustado el jazz y oyendo una melodía de Count Basie….con esa energía…pensé que…parecía como una bronca de un jefe. E hice que la música hablara por mí.
-. Eso fue una genialidad, Jerry.
-. Gracias…estooo…eres muy amable.
-. ¿Tu mayor éxito fue El profesor chiflado?
-. Eeeeeehhh…creo que sí…ya sabes…Jeckyll y Hyde…Y Stella Stevens que estaba preciosa…
-. Tiene momentos memorables, sin duda. Después de actuar en películas ajenas que tuvieron mucho éxito como Lío en los grandes almacenes y Caso clínico en la clínica, suavizas un poco tu modo de actuar.
-. Sí, quise ser menos payaso y más actor, pero sin dejar de hacer gracia. Interpreté Boeing, Boeing, al lado de Tony Curtis y la maravillosa Thelma Ritter y dirigí una comedia con Janet Leigh titulada Tres en un sofá, funcionaron bastante bien, pero la gente parecía pedir que volviera el Jerry de siempre.
-. En ese momento, pareció iniciarse un bache en tu carrera.
-. Era una época en la que Hollywood cambiaba y había que plantearse algunas cosas. Fueron cuatro años de búsqueda.
-. Finalmente, vuelves a conectar con el público siendo el Jerry de siempre en El pescador pescado y en la estupenda ¿Dónde está el frente?
-. Sí…eeeeehhhh…sí. Con ¿Dónde está el frente?  se trataba de parodiar…ennngggg…ya sabes…las películas esas de comandos y tiros y misiones detrás de las líneas enemigas que tanto se habían puesto de moda en los sesenta…eeeeehhh…no sé si lo conseguí, peroooo…
-. En los setenta, te apartase un poco de los focos del cine…
-. Estoooo…síííí…ya sabes. Un hijo con parálisis cerebral y entonces…entonces se me ocurrió la idea de los Teletones. Era duro llevar un show durante veinticuatro horas…pero la gente era muy generosa y tuve…estooo…muchos amigos a mi lado…
-. Años después, recibiste el Oscar humanitario Jean Hersholt por esa labor…
-. Estooo…sí, todo un orgullo para mí…gne…gne…
-. En el 82 te descubriste como un excelente actor dramático con Martin Scorsese…
-. Sí…eeeehhh, nadie comprendió la película. No era la primera vez que intentaba hacer un drama, ya lo había tocado en un par de ocasiones…pero fue todo un fracas…eeehhh. Marty acababa de tener un gran éxito con Toro salvaje y me dije…ahí está la oportunidad que buscabas. Eeehhh, la gente no la entendió demasiado, pero…con sinceridad…creo que El rey de la comedia es una de mis mejores películas.
-. El loco mundo de Jerry es tu última incursión tras las cámaras.
-. Sí…luego solo me dediqué a actuar en películas ajenas. Era una buena película, pero no funcionó…estooo…demasiado bien.
-. Hasta probaste con Emir Kusturica en El sueño de Arizona.
-. Sí…no es fácil entender a Emir, pero fue divertido…la película no era un drama exactamente, era una tragicomedia. Casi, casi, casi, te diría que es la mejor película de Kusturica.
-. Jerry, puedes pasar. Aquí, en el cielo siempre hay un sitio para alguien que ha regalado tantas risas.
-. Gracias…eeeehhhh, no sé qué decir. Estoy abrumado…aquí traigo un paquete… ¿admiten rosquillas en el cielo? ¿quiere una? Ehhh…lo siento, no sé su nombre…
-. Llámame Pedro. En la segunda nube a mano izquierda, encontrará todo lo necesario para rodar su primera película aquí arriba. También necesitamos unas cuantas risas.
-. Oooooohhhh….gracias…gracias…