viernes, 23 de junio de 2017

CRIMEN DE DOBLE FILO (1965), de José Luis Borau

Madrid gris. Madrid lluvioso. Madrid triste. Madrid oscuro. Tras los muros de las casas que aguantan el azote de la lluvia se esconde un músico que tiene miedo a la decisión. No está a gusto en ninguna parte porque siente que el fracaso preside todas sus acciones. El mismo aburrimiento de una tarde interminable hace que descubra un cadáver y que vea el rostro del asesino. Denuncia el asesinato pero no dice nada sobre su autor. Tal vez porque el miedo, una vez más, le paraliza. Teme las consecuencias y no quiere arriesgar el silencio de su hogar. Y, sin embargo, su error va creciendo tanto como su angustia. No se puede concentrar. No puede seguir adelante. Se confía a su mujer. La única que le ha comprendido pero que parece como distante, lejana, ausente. Las nubes no se van y el gris es el color de su vida. Quizá todo asesinato, en el fondo, es una partitura de pasión.
En su tedio claustrofóbico, el músico cree que todo le incrimina a los ojos del asesino. Él no ha dicho nada pero el criminal no lo sabe y, por tanto, puede ser su próxima víctima. Ya no tiene notas que ofrecer salvo una en clave de desolación. La policía se esfuerza por dar carpetazo al caso pero hay algo que no cuadra demasiado. Es el amor que, sin embargo, hace daño cada vez que se acerca. Ese músico sin melodía también merecería estar con los trastos del sótano, donde se halló el cadáver. Es como un arpa arrinconada y con las cuerdas rotas. Es como el ruido de la lluvia sobre las aceras de una ciudad sin ánimo. El melodrama se tiñe de negro y puede que no haya tanta sofisticación en un crimen sin resolver aunque el músico cree haber hallado la solución. Los crímenes de doble filo pueden ser trampas que exhiben una cuchilla incapaz de cortar. Aunque la otra sea mucho, mucho más dolorosa.
Malditos vecinos que siempre asoman la nariz para enterarse de las vidas ajenas. A veces testifican con el chismorreo en la orilla de los labios solo para que taparse las vergüenzas propias. Madrid sucio. Madrid perdido. No hay más entretenimiento en la capital que en cualquier pueblo lleno de indiscretos. El filo cortará tan fuerte que ya no quedará empuje, ni ánimo, ni ganas. Solo un final escrito sobre la espalda del más débil. La tragedia de un hombre ridículo, insignificante, que creció a la sombra de su genial padre solo para dejar bien clara su insultante mediocridad. El polvo entra en el olfato con tanta violencia que ya no se lo podrá quitar nunca. Es como un barco varado en una ciudad hecha de asfalto e inerte. El golpe final escrito sobre el pentagrama vacío será una coda hacia la derrota. Un crimen más. Una vida menos.

José Luis Borau dirigió esta historia con elegantísimos movimientos de cámara y aplicando los principios estéticos del Nuevo Cine Español al cine negro y para ello contó con Carlos Estrada y Susana Campos de protagonistas y, sobre todo, con unos secundarios de tronío e intensidad como Antonio Casas en la piel del comisario encargado del caso y José María Prada como el indiscreto sastre del bajo A. Todo para decir que la pasión puede ser el testigo mudo y pasivo de un crimen que condena a la muerte en vida. 

jueves, 22 de junio de 2017

PARÍS PUEDE ESPERAR (2017), de Eleanor Coppola

Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer (y viceversa, no vaya a ser que los acérrimos defensores de la igualdad de género me arrojen una lluvia de calzoncillos) y, en este caso, esa gran mujer, a sus maravillosos ochenta y un años, ha decidido dar un paso adelante y dirigir su primera película de ficción. Eleanor Coppola ha quedado para la historia del cine por ese documental titulado En el corazón de las tinieblas: El rodaje de Apocalyse now, donde no solo desvelaba los entresijos de la aventura emprendida por su marido, Francis Ford Coppola, sino que también, en un alarde de sinceridad, se atrevía a desnudar parte de su propia realidad conyugal, por otro lado, más bien triste.
Ahora, Eleanor se pone detrás de la cámara de ficción para rodar una road movie con una protagonista femenina que, sin duda, tiene mucho de ella misma. Se trata de la mujer de un productor que tiene que convivir con él y con su móvil y que, por supuesto, recibe muy poca atención. Por aquellas decisiones repentinas que, de vez en cuando, toman las mujeres, realiza un viaje en coche con un productor francés socio de su marido. Un tipo que no llega a ser guapo pero que resulta algo atractivo, elegante, bon vivant, conquistador empedernido, adicto a la comida y al que le gusta que el mero hecho de viajar sea mucho más importante que llegar al destino. Así que, mediante una serie de paradas gastronómicas, el francés intenta por todos los medios iniciar algo, aunque no sabe muy bien el qué, con esa guapa americana, abandonada en medio del país galo, con un buen puñado de frustraciones y otro de ganas de salir de su rutina.
Y ella no sabe a dónde va a parar todo eso. No se fía, da un paso adelante y dos atrás. Se abre a su asediador pero sin dejar que entre del todo, observa mucho y se calla unas cuantas cosas, intentando preservar lo que ella siempre ha creído que es lo correcto. Se desencadena el juego de sí pero no mientras el vino, el chocolate y las miradas cómplices se van sucediendo como si ella, en ese viaje que parece no tener fin, se fuera completando poco a poco. Y de hecho, no ocurre nada pero quizá esa nada sea el principio de todo. ¿Quién sabe?
En el centro de todo, Diane Lane domina la escena con un extenso repertorio de sensaciones hábilmente sugeridas y Eleanor Coppola, sin hacer demasiados alardes, se inclina por la sencillez, por un guión algo corto, que parece faltarle chispa en algún pasaje para que ese romanticismo que quiere destilar tenga su humor, su tasa de complicidad con el espectador que contempla todo con una cierta lejanía. La película es pequeña, rodada con los medios justos y el buen gusto como guía. Se deja ver con un pequeño gesto distendido en la comisura de los labios…pero nada más. Y Eleanor Coppola guarda mucho en algún lugar que ha preferido mantener oculto.
Así que, en esa indecisión alargada, pongámonos cómodos para detenernos en hoteles con encanto, en restaurantes de precio desorbitado, con platos de cantidad pequeña pero de receta complicada, en copas de vino de todo color y sabor…sí, porque quizá todo esto sea un viaje por los sentidos adormilados de dos personas que quieren darle un último sorbo a la vida, y, sobre todo, de una mujer que, de alguna manera, se mira a su interior para decirse a sí misma que ya han sido suficientes todos los sacrificios.

miércoles, 21 de junio de 2017

EL SÉPTIMO SELLO (1957), de Ingmar Bergman

“Quiero confesarme y no sé qué decir. Mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo puesto delante de mi rostro. Me veo a mí mismo y, al contemplarme, siento un profundo desprecio de mi ser. Por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas, me he alejado de la sociedad en la que viví. Ahora habito un mundo de fantasmas, prisionero de fantasías sin sueños.
¿Por qué la cruel imposibilidad de alcanzar a Dios con nuestro sentido? ¿Por qué se esconde en una oscura nebulosa de promesas que no hemos oído y de milagros que no hemos visto? Si desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos ¿cómo vamos a fiarnos de los creyentes? ¿Qué va a ser de nosotros, los que queremos creer y no podemos? ¿Por qué no logro matar a Dios en mí? ¿Por qué sigue habitando mi ser? ¿Por qué me acompaña, humilde y sufrido, a pesar de mis maldiciones que pretenden eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo, a pesar de todo, una realidad que se burla de mí y de la que no me puedo librar? Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mí y me hable. Clamo a Él desde las tinieblas y desde las tinieblas nadie contesta mis clamores. Si no hay nadie, la vida perdería su sentido. Nadie puede vivir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada. La mayor parte de los hombres no piensan ni en la vida ni en la nada, pero un día llegan al borde de la vida y tienen que enfrentarse a las tinieblas. Y cuando llegan, el miedo les hace crear una imagen salvadora. Y esa imagen es lo que llamamos Dios.”
Susurros de rejilla que el caballero Antonius Block dice a la muerte confesora. Dudas agitadas en el raciocinio a través de un mundo en el que apenas queda lugar para la belleza. La peste negra acaba con la población y la guerra termina con la fe. Sin embargo, el caballero quiere una última prórroga para poder dejar algo realmente bueno y, por eso, desafía a la muerte a una partida de ajedrez. No quiere salvarse, solo quiere distraerla. Tal vez porque no quiere apagar el llanto de un niño en su interior, o quiere maravillarse una vez más con un cuenco lleno hasta el borde de leche y una fuente de fresas recién cogidas. O quizás desea una última chanza, una débil canción que sale trabajosamente de un viejo laúd. O una lastimera queja de su fiel escudero que ha renegado de todo porque sabe que la vida también es una renegada. Morir al lado de quien amó. Rodeado de gente buena que también extravió alguna de sus actitudes buscando respuestas en un silencio atronador. Con la certeza de que hizo todo lo que pudo aunque no todo lo que debió. Flaco tesoro para un final. Tristeza de muerte, fría e ignorante.
Lamentos de valiente que pronuncia el escudero Juan a través de campos de final elocuente donde la peste devora ojos y deja bocas abiertas de horror y necesidad. Hombre formado que intenta explicar con la razón lo que es una simple cuestión de fe. Penurias que han mellado sus creencias hasta rechazarlas con virulencia, haciendo de él un alma en pena que vaga por los horizontes de su tierra natal con el cinismo como bandera y el escepticismo de viaje de vuelta. Sabe que la muerte está ahí, al otro lado del árbol, o un poco más allá, a lo lejos, en esa llanura de verde y negro. Y ella es paciente e inútil porque tampoco tiene respuestas. Juan busca en la justicia una razón por la que vivir y la emplea con responsabilidad y sabiduría. Tanta que parece que defiende una razón de fe. Mira a los cómicos con benevolencia porque es buena gente que no hace mal, que solo pretende, a cambio de un pago ínfimo, entretener al alma en su espera, sacar al pensamiento de la desgracia, vencer al tiempo siempre renuente. Juan intenta vivir pero no sabe. Perdió en algún lugar del camino una causa por la que vivir.
Y así, uno tras otro, van cayendo los sellos del apocalipsis que todos debemos experimentar. Y no podía ser de otro modo viniendo de ese hombre, manantial de vida, espejo de deformidades, agua de profundidades ignotas de creencias y vivencias que se llamó Ingmar Bergman.


martes, 20 de junio de 2017

EL DIARIO DE NOA (2004), de Nick Cassavettes

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Los vikingos", de Richard Fleischer, podéis hacerlo aquí.

La orografía de la mente es tan escarpada, tan abrupta, tan inútil, que detrás de cada colina puede permanecer el olvido. Instalado como un visitante ingrato, va borrando todos los recuerdos uno a uno. Pero no tiene en cuenta que lo último que pasa al blanco de la memoria son las sensaciones. La sensación de un primer encuentro, de una primera locura, de un primer beso, de la primera vez que se hizo el amor, de ese inigualable momento en el que uno se cree en la cima de la felicidad porque se está con quien realmente se quiere, con quien sabes que nunca te fallará, con quien deseas pasar el resto de su vida en una interminable historia de amor. La mente luchará por borrar eso también y es posible que llegue a conseguirlo en una última noche de tranquilidad y sosiego pero es lo que más le costará. Quizá eso sea la prueba definitiva de que el amor, el auténtico, el de verdad, puede ser eterno.
Entre medias, habrá que esconder en los pliegues del recuerdo las turbulencias del sueño que nunca es fácil de alcanzar. El verano que parece que nunca acaba, la pasión que se desata como gotas de sudor cayendo en la cálida noche, la ira porque el dolor anuncia su llegada con la fuerza de la incomprensión y de las mutuas obligaciones, la sensación de que todo se difumina con los días, que llegan sin remedio y se van, llevándose consigo un pedacito de ternura. La guerra y la pérdida, que arrasan el resto de un corazón que trata de conservarse intacto para quien realmente lo merece, el cariño de los que te quieren, el futuro que se abre como una casa necesitada de reparaciones desde el tejado hasta la entrada. Todo ello descubre formas de luchar en silencio, con una espera ingrata que siempre trae dudas y preguntas sin respuesta. O, tal vez, sí la tienen y no se quieren ver porque la emoción nos desnuda y nos despelleja con la violencia de un adiós. Amor que no acaba ni siquiera cuando la razón abandona. Amor que perdura más allá de la oscuridad de las palabras que pasan de largo sin llegar a agarrarlas…

En el rostro juvenil de Ryan Gosling se puede apreciar el castigo del tiempo con la madurez de James Garner. En la sonrisa luminosa de Rachel McAdams se adivina la maravillosa actriz que es Gena Rowlands. Y todos nos sumergimos en la seguridad de unos protagonistas que luchan por lo que quieren pero que, en todo momento, se saben amados, poseedores de un don que solo la muerte podrá romper. Nada se puede interponer entre unas líneas que recuerdan el nacimiento del amor de una vida y la maldita demencia senil que trata de arrasar a las personas, como si no hubieran dejado huella, como si todo ese inmenso cariño que vertieron se evaporase. Todo se resume en la noche, en una cama, en un último y sincero deseo de dormir bien para que, al día siguiente, el olvido vuelva a reinar en la mente en blanco. Quizá haya cinco minutos de lucidez…pero para quien ama con todas sus fuerzas, serán suficientes.

viernes, 16 de junio de 2017

LA TÍA TULA (1964), de Miguel Picazo

No todas las mujeres tienen la oportunidad de ser madres sin conocer varón. La desgracia vino de visita y le dejó un regalo a Tula. De repente, tiene que hacerse cargo de tres criaturas desamparadas. Sí, porque el marido de su hermana Rosa, Ramiro, es un niño más. Y ella se afana en que todo esté listo y a punto para esos tres regalos. Ramiro, de momento, accede a ese trato porque, en el fondo, está el dolor y los niños son lo primero. No tienen que sentir la ausencia de su madre y Tula lo hace realmente bien. Pero Ramiro es un hombre… ¿Qué, si no? Y Tula es una mujer joven y atractiva que lleva adelante la casa y se ha convertido en una segunda madre para sus sobrinos. La necesidad avanza y Ramiro cree que Tula es la mujer ideal para ocupar el puesto de Rosa. Pero tiene un problema. Tula es santa, Tula es beata, Tula es seguidora fiel de la moralidad a la que pone por encima de esa molesta sensación que puede ser el deseo sexual. Ella se entrega a la oración, a la apariencia de honestidad, a la memoria de su hermana, porque eso es lo que mandan los cánones. Y no se va a entregar a Ramiro por mucho que él sea padre de esos dos niños que tanto necesitan una familia. Hay que guardar el debido luto, hay que estar por encima de la carne y más aún del amor. Eso son emociones que no hacen sino desnudar el alma humana y el alma pertenece a Dios. Tula, corre, rápido, porque vas a perder el tren.

Así se forma un hogar en el que la felicidad parece algo cogida por los pelos. Ramiro y los niños están viviendo bajo el mismo techo que la tía Tula. Y la gente no tardará en hundirse en maledicencias. Un hombre joven, algo soso y sin enjundia, pero aún atractivo y una mujer elegante, con clase, virgen pero muy deseable, tienen que terminar entendiéndose. Ramiro es débil, además de hombre, y los veranos llegan con sus calores asfixiantes, sus tardes entre sábanas y sombras frescas, sus músicas que recuerdan el aburrido estío de horas largas y planes cortos. Y allí, Tula, es donde perderás toda la oportunidad de seguir siendo madre. Dejarás que el destino pase a tu lado por atenerte a las estúpidas y retrógradas normas de una moralidad que, simplemente, no existe. Solo pertenece a una época que se empeña en agobiar la libertad y confundir en el gris devenir de unos días sin rastro de ilusión. Hasta habrá vergüenza en el deseo irreprimible de Ramiro solo porque ni siquiera hubo una mirada que lo pusiera a tu altura. Has perdido, Tula. Y lo has perdido todo.

jueves, 15 de junio de 2017

LA MOMIA (2017), de Alex Kurzman

La idea de la Universal de volver a revivir los monstruos a los que dieron vida allá por los años treinta no deja de ser una constatación más de la falta de ideas de la fábrica de sueños. La premisa de que el cazador se convierte en lo que persigue se torna en un derrape de proporciones apocalípticas teniendo en cuenta que no es fácil darle al conjunto un mínimo de coherencia por mucho que se cuente con Tom Cruise y con Russell Crowe como atractivos incontestables. El producto es descaradamente comercial y todo deja un regusto de retorcimiento que acaba por decepcionar sin paliativos. Ya no hay monstruos de fantasía. Los tenemos justo al lado.
No cabe duda de que tiene su aquél poner en juego a un héroe que no lo es tanto. Así se puede manipular su desarrollo a lo largo de la trama a conveniencia para que nada chirríe demasiado. Tanto es así que, a lo mejor, el héroe tiene más defectos que unas vendas mal puestas y que resulta, por otro lado, especialmente vulnerable porque el amor abre flancos débiles en las supuestas luchas titánicas. Más allá de eso, las sociedades secretas dirigidas por otros monstruos hacen que la cosa comience a tomar el tono de una burla un poco delirante y lo que parecía prometedor al principio, se torna en una película de acción sin mucha tensión, un par de sustos no demasiado conseguidos y un buen trabajo del equipo de efectos visuales. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas.
Así que nos metemos de lleno en el terreno de las leyendas para que todo tenga una continuidad temporal sin entrar demasiado en disquisiciones sobre los personajes. Al fin y al cabo, todo el mundo conoce la historia del Doctor Jekyll que, intentando erradicar la maldad del ser humano, se convierte en el más malvado de todos. Las enigmáticas esculturas egipcias ponen el escenario adecuado en las consabidas tormentas de polvo y arena y un par de buenas escenas suben algo el listón sin llegar a amortizar el paso por taquilla. En pocos minutos, la película se habrá olvidado. Tanto como un sarcófago sumergido en una imposible piscina de mercurio.

Buena la partitura de Brian Tyler mientras van cayendo los golpes y el héroe resiste con estoica apostura. Los actores campan a sus anchas porque esto necesita muy poca dirección más allá de unas terribles frases para que todo sea mucho más misterioso e inquietante cuando, realmente, tiene muy poco de misterio y de inquietud. En algún momento, más vale ir pensando en echarse un buen sueño mientras la película inicia una cuesta abajo muy peligrosa que acaba por dejarla en algo menos que nada. Ni hay movimientos en la oscuridad, ni hay demasiadas ganas de asistir a segundas y terceras partes. La apuesta de la Universal es una muerte vendada, casi parcheada, muy mal cosida y peor realizada. Sobre todo porque hay algo que falta en la película por mucho que en el guión se hallen nombres tan ilustres como David Koepp o Christopher McQuarrie y es el talento. Ni siquiera es una buena película. Es solo un ensayo de un ensayo. En realidad, para eso, uno se envuelve en vendas y deja que transcurran los siglos sin leyendas ni nada parecido. Bastante tenemos con un buen puñado de Historia que está desapareciendo delante mismo de nuestros ojos. 

miércoles, 14 de junio de 2017

BAJO SOSPECHA (1982), de Robert Benton

La mente humana es algo tan difícil de desentrañar que, cuando se esconde bajo una seductora cabellera rubia, resulta imposible resolver los misterios. La fascinación se esconde en la ambigüedad y en el deseo y el paciente de un psiquiatra es asesinado. El asunto no pasaría de la macabra anécdota si no fuera porque el médico no está demasiado centrado. Acaba de pasar por un divorcio traumático y se ha trasladado a un apartamento que aún está sin las huellas de su estancia. Estanterías vacías, una solitaria mesa de despacho, la cocina tan ordenada que parece que no guarda sartenes…Una vida vacía que se ve incapaz de llenar. Y ahora, de improviso, un crimen cuya respuesta tiene que estar en la mente de su paciente, de la víctima. Repasa obsesivamente lo que le dijo en la consulta. Y siempre, al final de cada párrafo, hay un nombre de mujer. Alguien que sorbió sus comportamientos y condicionó sus intenciones. Tal vez porque esa misma mujer tiene algo que esconder. Tiene misterio, tiene encanto, no lo dice todo y en sus ojos hay una cierta sensación de desamparo. El psiquiatra no sabe hacia dónde encaminar sus pasos. Ni siquiera sabe cómo reconstruir su propia vida.
Los acontecimientos son una subasta que se venden al mejor postor. Un extraño sueco con cajas verdes, niñas diabólicas y miedos extraídos resulta ser la llave de muchas cosas aunque todo sea difuso, ilógico y, por supuesto, no deseado. Más que nada porque, en plena desorientación, el médico se enamora de esa mujer que ocupó los pensamientos de la víctima. Ve en ella una salida para su rumbo cercado. No quiere que ella sea la culpable aunque todo apunta a que sí, a que lo es. Y él no puede creerlo. No desea creerlo. Por eso, intenta profundizar en ella, descubrir lo que esconde, adivinar la verdad, besar sus labios llenos de tentaciones y ser lo único que vea en sus ojos huidizos. Ella está bajo sospecha y la muerte ronda en los alrededores de la noche.

Robert Benton dirigió este olvidado intento de homenaje a Alfred Hitchcock con Roy Scheider y Meryl Streep de protagonistas. En la película, aparecen muchas de las constantes del viejo maestro. Las alturas, las madres, las rubias, las apariencias, el falso culpable, los cuchillos, las subastas de arte e, incluso, una casa en Long Island, en Glen Cove, allí donde la muerte pisa los talones. El resultado es una obra con menos tensión, pero muy interesante, donde se da cita el equívoco y la naturalidad al narrar una historia sin aires impostados, sin forzar tuercas con tal de parecerse a Hitchcock. Benton hace su propia película de suspense sin poner demasiado énfasis. Y quizás eso hace que todo sea muy inquietante. Puede que el asesinato, al fin y al cabo, sea algo tan ordinario como una cena a la luz de las velas. 

martes, 13 de junio de 2017

EL SILENCIO DE UN HOMBRE (1967), de Jean-Pierre Melville

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión", de Radiópolis Sevilla a propósito de "La lista de Schindler", de Steven Spielberg, podéis hacerlo aquí.

Un pájaro, un cigarrillo y la soledad absoluta. Un minuto de concentración antes de construirse una coartada y cumplir un encargo. En los ojos de Jeff Costello están todas las respuestas que nadie quiere oír y todos los disparos que nadie quiere dar. El silencio en el que se envuelve no solo es un disfraz, también es una forma de expresarse. En su rostro de hielo se dibujan las crueldades de un mundo que yace por debajo, donde convive la violencia y el asesinato. Recorre las calles de la ciudad como una gota de sangre por el sistema venoso y su profesionalidad está por encima de cualquier duda. No hay demasiados lugares a donde ir, entre otras cosas porque no cree que nadie vaya a hacer algo por él. Demasiadas horas de soledad. Demasiado tiempo encerrado en ese cuartucho sin luz, sin alegría, sin pintura, sin nada más que un pájaro que le avisa de cuándo alguien ha forzado la entrada. Total, para eso, más vale que alguien le encargue que se mate a sí mismo.
Incluso al final, sus ojos parecen llorar porque ha encontrado a alguien que quiere hacer algo por él desinteresadamente. No es que vaya a haber amor. No es que se vaya a iniciar nada mucho más allá de un par de noches. Pero el ser humano siempre sorprende y una mujer le enseña cuál es el camino del jazz improvisado en la vida inesperada. Y el pájaro pía en su soledad, señalando los peligros de un camino que ya no tiene vuelta, que se empeña en retorcerse por el afán de no dejar huellas, que se aprovecha del mismo sentido de la profesionalidad del tipo que dispara. Las cosas hay que llevarlas hasta el final y no importa quién sea la víctima.
El silencio cae sobre el samurái porque tiene que hacer su trabajo sin atender al precio, porque no tiene que preguntarse razones ni responder las sempiternas cuestiones policiales. Solo debe mantener el tipo y dejar que su nombre se extienda por los bajos fondos. La policía será implacable y él se da cuenta del buen profesional que es el hombre encargado de buscarle. Por eso, el final tiene que ser el buscado. No puede haber otro. Un montón de ojos en blanco en el tambor de un revólver que delatan su intención. Ya el silencio será permanente. No habrá que inventarse más coartadas. Ésta será la última.

Alain Delon demostró lo que escondía tras ese rostro perfecto bajo la dirección de Jean-Pierre Melville. Debajo del sombrero de ala ancha de Jeff Costello hierven muchos pensamientos, sabemos cuáles son, pero ninguno será expresado. Y ésa es la verdadera película. 

viernes, 9 de junio de 2017

EL EXTRAÑO VIAJE (1964), de Fernando Fernán-Gómez

El hastío parece posarse en la polvorienta plaza de un pueblo donde solo el baile de los sábados trae algo de animación. A su alrededor, como abejas en una colmena, una serie de personajes tratan de salir de sus mediocres vidas apelando al cariño que nunca han tenido, comprando el atajo que les lleve a una impresión de felicidad. La vieja solterona, sus hermanos cortos de inteligencia y largos de intenciones, el músico guapetón que quiere montar una compañía de zarzuela, la chica ilusionada que vende trapitos en la mercería, la asquerosa cotilla que todo lo critica, todo lo comenta y nada tiene, la jovencita que provoca con sus contoneos y sus vestidos ajustados, los viejos de banco y bastón que miran a su alrededor para convertirse en el servicio de inteligencia popular…Todos ellos conforman un universo en el que se cuecen las ambiciones, las codicias, las ingenuidades, los sueños, la huida como promesa de plenitud en un lugar mejor del que no se conoce nada. El vino está muy bueno y la tinaja es amplia, señor juez. Y no hay nada mucho más allá del chismorreo en este pueblo de miserables, donde se da cita el grand guignol con aires de terror gótico, de ridiculización profunda, de espejo deformante.
Primero, la descripción. Paredes blancas, charcos sempiternos, fuente perpetua, charanga que pasa del twist al pasodoble con la facilidad de una mentira. Luego, la confesión. Una declaración que despierta simpatías hacia un pobre hombre sin escrúpulos que va a la deriva y que se viste de mujer para que una mujer deje de ser un hombre. El miedo al abandono se intuye dentro de ese teatro grotesco e imposible de crimen y desprecio. Muchas veces se ha dicho que el dinero mueve el mundo y no tienen razón. Es el desprecio. Desprecio porque tienen. Desprecio porque no tienen. Desprecio porque son más. Desprecio porque son menos. Desprecio porque matan. Desprecio porque mueren. Todo se queda ahí, en la orilla, sin acariciar ni una brizna de felicidad. Aire opresivo en una España deprimida y deprimente. Charco sucio donde se depositan las miserias que nos atenazan y que nos hacen tan mediocres, tan inútiles, tan provincianos. El asunto tendría gracia si no fuera porque hay muertos.
Y lo del hermano paralítico es para echarse a llorar. Cuento para conquistar a la novia y mantenerla a raya. Mentira para embaucar a la señora de posibles para que suelte dinero a cambio de un poco de amor a deshoras. A este paso, el concierto va a resultar muy desafinado y ya no quedan demasiados caminos por donde tirar. La muerte pondrá las cosas en su sitio en un sitio donde las cosas no quieren estar. Y así todo termina con las esposas en las muñecas y las lágrimas de los sueños desparramadas por toda la plaza. España negra. España pobre. Pobre España.

jueves, 8 de junio de 2017

LA PROMESA (2016), de Terry George

Hace algunos años el director y guionista Terry George realizó una buena película titulada Hotel Ruanda donde narraba con singular destreza la guerra civil entre hutus y tutsis en ese país a través de un personaje neutral interpretado con enorme eficacia por Don Cheadle. En esta ocasión, ha tratado de mostrar el genocidio desconocido, ése que no suele figurar en los libros de historia ni en ningún análisis político, por parte del ejército turco hacia el pueblo armenio. La intención no deja de ser buena y el intento, loable.
Sin embargo, George parece que olvida todo lo que exhibió anteriormente y se pierde en vericuetos que hacen de esta película algo soso, sin gracia, incluso aburrido por momentos. Después de un planteamiento atractivo, con una ambientación excelente ayudado por la fotografía del gran Javier Aguirresarobe, se estanca, deja de contar cosas, tan solo se limita a describir la desesperación de unos cuantos perseguidos que lo único que quieren es abandonar el país y comenzar una nueva vida.
Entre medias, nos cuenta una historia de amor que se antoja imposible, tal vez porque las promesas son inquebrantables. Y, si se ha visto algo de cine, se delata a sí mismo saltando de Doctor Zhivago a El albergue de la sexta felicidad sin ningún rubor, llegando a seguir la misma progresión narrativa de la primera. Lamentablemente, no termina de explicarlo todo, se queda a medias, probablemente obligado por un metraje que, ya de por sí, resulta demasiado largo. Hay un buen trabajo de Oscar Isaac y nuevamente asistimos a la sobreactuación de Christian Bale, más preocupado por mostrar recursos que de dotar de profundidad a un personaje que resulta mal trazado desde el principio, unidimensional, sin dudas, sin respuestas. Por allí, pululan algunos actores españoles como Daniel Giménez-Cacho o Alicia Borrachero y, quizá, hasta se desaprovecha el paisaje abrupto de las montañas del sur turco. Lo que podía haber sido un conjunto lírico se queda en un deslavace épico.
Y es que el amor, ¡qué duda cabe!, guía todos nuestros pasos incluso en los peores momentos de necesidad, haciendo frente a la ingrata existencia en un intervalo histórico equivocado. Cuando la vida humana vale menos que una bala, entonces solo queda agarrarse al amor como única esperanza de un nuevo comienzo que borre tantas lágrimas, tanta tristeza y tanta desolación. Incluso puede que el azar aparezca de improviso y se borre la sensación de la libertad para dejar solo la estela de un recuerdo que, al fin y al cabo, ha construido almas y ha ayudado a olvidar sufrimientos. Nadie ha reconocido nunca que se asesinaron a un millón y medio de armenios en los comienzos de la Primera Guerra Mundial y pocos han llorado por ello. Vergüenza y deshonra para todos. Ojalá el tiempo sea un juez implacable y acabe devorándolos en las entrañas de su propia ambición.

La amistad puede que sea el elemento más importante para salvar las vidas inocentes en cualquier guerra. Sin ella, puede que no tengamos ni las letras impresas, ni los sueños a salvo. Mientras tanto, habrá que luchar por aquello que es justo, sobre todo cuando están en juego la paz y la seguridad de muchas personas cuyo único pecado ha sido existir. 

miércoles, 7 de junio de 2017

ATRAPADO EN EL TIEMPO (1993), de Harold Ramis

Buenos días. El maldito despertador. Desperezarme. La ducha que me despierta. El desayuno frugal y rápido. Un beso. Adiós. Adiós. El ascensor. El vecino del tercero, simpático él. La calle. Los coches. Un pensamiento sobre el día que se abre. El camino. La baldosa que sigue rota desde hace cuatro o cinco años. Buenos días, señora Encarna. El autobús 70 que pasa rugiendo. Veinticuatro horas por delante. Vamos a aprovecharlas.
Buenos días. El maldito despertador. Desperezarme. La ducha que me despierta. El desayuno frugal y rápido. Un beso. Adiós. Adiós. El ascensor. El vecino del tercero, simpático él. La calle. Los coches. Un pensamiento sobre el día que se abre. El camino. La baldosa. Buenos días, señora Encarna…Esto lo viví ayer y se parece sospechosamente.
Buenos días. El maldito despertador. Desperezarme. La ducha que me despierta. El desayuno frugal y rápido. Un beso. Adiós, ya, sí. El ascensor. El vecino del tercero… ¿por qué no se calla? La calle. Los coches. Un pensamiento. El camino. La baldosa. Buenos días, señora Encarna…Esto no hay quien lo aguante.
Buenos días. El maldito despertador que me cargo de un puñetero martillazo. Desperezarme no. Mejor no salir de la cama. La ducha de las narices que podría irse por donde amargan los pepinos. El desayuno, vaya leche. Un beso. Adiós, anda y que te ondulen. El ascensor. El vecino del tercero…mañana le doy un puntapié en la cara a ver si así habla. La calle. Los coches. No pienso. El camino. La baldosa. Buenos días, señora Encarna… ¿podría morirse usted un poquitito? ¿Esto es una maldición?
Buenos días. Me pego un tiro.
Buenos días. Vale. Es mejor hacerlo bien. Levantarse con alegría. La ducha hace que cante. El desayuno del bueno, sano, zumito, un poco de café con leche, fruta, una tostadita. Un beso…no, no, no un beso cualquiera, no. Un beso apasionado. Uno de esos que hacen que la mañana sea inolvidable y, a la vez, una promesa para la lejana noche. Adiós. No. Adiós, no. Otro beso. Te quiero. El ascensor. El vecino del tercero, le doy yo conversación esta vez. La calle. Los coches. Un pensamiento hacia todos los que quiero. El camino es de baldosas amarillas y además me paro en la baldosa rota y la reparo. Compro la baldosa y allí que voy con el cemento. Buenos días, señora Encarna ¿cómo está usted? ¿Sus hijos? ¿Su marido? Que tenga buen día. El autobús 70 que pasa rugiendo pero lleno de gente a la que me gustaría conocer. Veinticuatro horas por delante que se me van a hacer muy cortas porque al día siguiente estaré deseando empezar de nuevo. ¿Se puede sacar más provecho?
Buenos días. Salí del bucle. Estoy escribiendo un artículo sobre Atrapado en el tiempo, una de las comedias más divertidas del cine contemporáneo y es uno de los mejores que he escrito en mi vida (mañana lo haré mejor) y aquí estoy, deseando que el día no se agote, que haya menos pamplinadas y más deseos de hacer las cosas bien. El día de la marmota no le ha ocurrido solo a Bill Murray en esta película de Harold Ramis. Nos ha ocurrido a todos. Se llama rutina y, si saca la cabeza, significará que hay algo de miedo al cambio. Tal vez porque no estamos seguro de que al día siguiente vayamos a hacer todo bien.


martes, 6 de junio de 2017

CON LAS HORAS CONTADAS (1950), de Rudolph Maté

Las horas pasan y Frank Bigelow está un instante más cerca de la muerte. Solo quiere averiguar quién le ha asesinado. Su organismo es el enemigo invencible que le va devorando el estómago poco a poco y hace de él un muñeco que recorre la ciudad arriba y abajo intentando esclarecer su propio final. Una escritura legalizada de una venta de iridio, una serie de personajes que, con toda naturalidad, mienten. El amor está esperando una respuesta y él ya no tiene tiempo de contestar. Frank Bigelow se muere y acude a una comisaría para denunciar un asesinato. La víctima es él mismo.
Las horas pasan y Los Ángeles parece un enorme ataúd que se va cerrando. El calor aprieta, el asfalto grita y la rabia inunda los minutos que le quedan. Malditas vacaciones. Tal vez si Frank hubiera sido más hombre habría permanecido al lado de quien realmente le quiere. Pero no. Frank Bigelow tenía que irse a San Francisco a divertirse, a echar una última cana al aire, a beber unas cuantas copas, a descansar de las horas interminables en su despacho haciendo declaraciones de renta, legalizando documentos y sumergido en la vorágine burocrática que ha hecho de él un hombre gris con una vida aburrida. Demasiadas copas la primera noche. La luz se ha hecho visible en su sangre y Frank está abrumado. Solo puede pensar en hallar al culpable. Aunque corra, aunque reciba golpes en su punto más débil, ése que se le está deshaciendo. Aunque al final no haya más recompensa que la justicia, o la venganza, o la utilidad, o concluir con un acto honesto. Frank se muere.

Las horas pasan y Con las horas contadas resulta trepidante de principio a fin, Edmond O´Brien da vida a Frank Bigelow con energía, con intensidad, con rabia, intentando encontrar respuestas en una muerte absurda e inmerecida. Las palabras resuenan en su cabeza intentando formar un sentido que no tiene y su existencia va a terminar repentinamente. Todos los planes de futuro se quedarán en nada del pasado. Sin más huella que haber dejado un par de besos apasionados, un par de frases bonitas, un par de sentimientos que morirán con él. Rudolph Maté bucea en la negrura de la serie B para regalar una obra maestra del cine de acción que incide en la volatilidad de la vida, en la brevedad de nuestros actos por muy eternos que nos lleguen a parecer y en el empuje que cualquier ser humano puede tener cuando descubre que todo se va a truncar de forma abrupta y repentina. Cuidado con esa copa…o con esa chica…o con lo que se está a punto de descubrir. Es posible que no sea agradable y que todo se reduzca a un acto inocente que se hizo mecánicamente porque mecánico era su trabajo, mecánica era su vida y mecánica será su muerte.

viernes, 2 de junio de 2017

LA INDIA EN LLAMAS (1959), de Jack Lee Thompson

Salvar a un niño que representa la esperanza a través de un país que estalla en llamas. Un tren que es como una bala en medio del desierto, que sigue su camino pase lo que pase, con lentitud o rapidez, pero sin detenerse nunca porque la muerte acecha a cada instante. La traición convive en los vagones y las sorpresas se suceden. Una estación fantasma en la que solo reina la desolación y se arraiga la congoja como una araña dispuesta a devorar a su presa. Quizá es época de heroicidades, de mantener la cabeza fría ante el continuo acoso de los rebeldes que solo entienden de sangre. Todos colaboran para mantener una supervivencia que parece escaparse. La vieja máquina de vapor que maneja el entrañable Gupta escupe sus suspiros de humo por la inmensa llanura india y por el camino habrá asaltos, raíles rotos en puentes vertiginosos, tiroteos en marcha, reparaciones en plena vía bajo fuego enemigo…esto es aventura, señores.
Y la aventura avanza trepidante por la traviesas de madera de un país desangrado, tratando de evitar el fin de una dinastía y la caída de un imperio. El turbio Van Leyden (Herbert Lom) plantará la semilla de la sospecha dentro de ese vagón que corre veloz hacia la seguridad y su ira tratará de acabar no solo con el niño, último descendiente de una familia de maharajás, sino también con todos los ocupantes que tratan, sencillamente, de escapar de un infierno ahogado en odio y rabia. El calor será un enemigo más a batir y más allá de los disparos se adivina un halo de crueldad en ese horno de polvo y violencia. La India está en llamas y nadie debe salvarse. Ni siquiera los hombres buenos.
Estupenda película, llena de acción y de ritmo que solo adolece de la falta de carisma de algunos de sus intérpretes como es el caso del protagonista, Kenneth More, en la piel del Capitán Scott, jefe de ese pequeño convoy que trata de llegar a territorio amigo batallando contra una tempestad de cólera. Solo Lauren Bacall otorga una elegancia magnífica al conjunto que aún desequilibra más al resto del reparto, lejos de su prestancia y encanto. Por lo demás, los episodios se suceden con ligereza, la aventura comienza a ser una compañía constante, todos tienen ocasión de lucirse y de poner algo de tensión mientras, detrás de las cámaras, Jack Lee Thompson demuestra que lo suyo era mantener al público en vilo más allá del puro entretenimiento.

Y es que no es fácil hacer lo correcto mientras el mundo se desmorona. Una rueca de algodón puede convertirse en un arma mortal que gira y gira tratando de ser instrumento de venganza y rencor. La vieja locomotora sigue con su ruido rítmico marchando hacia el horizonte. Y el día se convertirá en poco más de dos horas de memorable persecución, de cine auténtico de trucos falsos, de belleza en el momento y de gozo en la memoria.

jueves, 1 de junio de 2017

WILSON (2017), de Craig Johnson

Wilson es un individuo que se ha situado al margen por elección. No le gusta la gente aunque intenta entablar conversación con todo el mundo. No cree en nadie aunque trata de caer simpático por medios bastante desconocidos. Su gracia consiste en que no tiene ninguna. No se sabe a qué se dedica. Probablemente viva de las rentas… ¿quién sabe? Lo cierto es que todas sus actitudes sociópatas y absolutamente carentes de empatía esconden una enorme frustración. Se llama soledad.
Por eso, el único momento en el que Wilson comienza a sentirse realmente cómodo en la vida es cuando comparte su existencia con otro puñado de marginados por elección. Mientras tanto, trata de volver a ver a la única chica a la que quiso realmente. Ella, en el fondo, era bastante parecida a él. Solo que caminaba sin ayuda ninguna hacia el pozo. Wilson nunca supo entenderla, pero ahora va a ser diferente. Va a intentar por todos los medios que ella tenga una razón para seguir adelante. Y, de paso, él también.
La gente es crédula y cae con facilidad en el engaño. En realidad, Wilson puede ser un dulce misántropo que va rogando cariño por los rincones, pero no tiene maldad. Tiene un puntito de insidia cuando se pone lógico, pero se le disculpa con facilidad. Al fin y al cabo, la vida también tiene que dejar que las risas salgan y la mala sangre se evapore. Wilson es tan ingenuo que ni siquiera sabe cómo hacer que su soledad se convierta en algo que merezca la pena.
Así que allá va Wilson, con su perrita, su ex – novia, su hija y su desprecio continuado hacia la raza humana. En realidad, es toda una aventura sin final. Las cosas encajarán en su momento y Wilson se dará cuenta de que ha merecido la pena pisar este mundo porque también ha hecho un par de cosas bien. Se sentirá acompañado. Se sentirá, por una vez, realmente feliz. Hay otras personas completamente normales que no lo consiguen nunca ¿no? Pues Wilson ya les lleva ventaja.
En tono de comedia sin cargar demasiado las tintas en las salidas de tono de un personaje que se presta a ello, Wilson circula por las venas de sus protagonistas Woody Harrelson y Laura Dern. Ellos le dan forma y cuerpo a toda la historia y el resto destaca por su debilidad de planteamiento, su nudo aflojado y su desenlace previsible. Todo se centra en el personaje principal sin dejar ningún respiro a la perplejidad por sus actitudes porque Craig Johnson, el director, trata de mirar al misántropo con la normalidad de quien mira con los mismos ojos que el resto de los mortales y no encuentra más que motivos de crítica, chanza, burla, desprecio y chascarrillo. Algo así como si cualquier persona normal diera rienda suelta a sus pensamientos más primarios como reacción ante cualquier acontecimiento. Mucha libertad y poco cerebro. Mucha iniciativa y poco resultado. Mucha mordacidad y poca carne.

Y es que no es fácil mantenerse cuerdo hoy en día. Son demasiadas sorpresas, demasiadas cosas nuevas que asumir. Tanto es así que, incluso, el pasado se transforma en una sorpresa que nunca se vivió. Y entonces ya solo queda restañar unas heridas que ni siquiera se sabe cómo se abrieron. 

martes, 30 de mayo de 2017

LA CONVERSACIÓN (1974), de Francis Ford Coppola

Harry Caul es el oído inconveniente que escucha conversaciones ajenas. Es un profesional metódico y riguroso, capaz de trabajar con los más modernos avances técnicos, un tipo que ha hecho del espionaje privado toda una vocación. Es obsesivo porque pretende alcanzar la perfección. Pero, quizá, solo quizá, de tanto escuchar charlas que no le pertenecen, también ha alcanzado la soledad absoluta. No se siente cómodo con nadie, no tiene ningún interés en socializarse. Le basta con ir a casa, ponerse un disco antiguo de jazz y tocar el saxo intentando imitar a algún monstruo sagrado como Lester Young. Su vida privada da lo mismo. No existe. Y si existe es solo para alcanzar un consuelo momentáneo, una simple necesidad física que se termina en cuanto hay una o dos preguntas de por medio. Tal vez Harry Caul solo quiere no tener nada de qué hablar para que no le oigan.
Una conversación tomada en una plaza pública le tiene obsesionado. Sabe que el asunto es sucio y alguien puede salir dañado por el mero hecho de que él ha grabado ese paseo de dos personas que, en teoría, están enamoradas. Harry Caul olvida el contexto, entre otras cosas, porque su vida tampoco lo tiene. Con distintos micrófonos y unos cuantos ayudantes dispersados entre el gentío, Harry monta la conversación en su grabadora y tiene el presentimiento de que hay un crimen de por medio. Es peligroso jugar a eso, Harry, porque sacas conclusiones sin tener suficientes datos. Algo que es muy normal hoy en día pero que resulta fatal si tu trabajo es espiar a los demás. Porque hay algo intrínsecamente pornográfico en la tarea de meterse en lo que otros están hablando. Lo que una persona se dice a otra debe quedar en el ámbito exclusivamente privado y Harry Caul quiere un imposible. Desea mantener un mínimo de ética en un trabajo que carece totalmente de ella. Y el resultado va a ser aún peor porque Harry se recluirá en una cueva sin futuro, sin nada alrededor, sin la certeza de que puede seguir adelante en su vida sin que nadie le escuche. Tal vez solo la locura.

Deliberadamente lenta y apasionante, Francis Ford Coppola dirigió una película difícil e intensa con un Gene Hackman sencillamente extraordinario en el papel de Harry Caul, el hombre que escuchaba de manera imposible conversaciones que eran posibles mientras, lentamente, se va hundiendo en la incomunicación y en el aislamiento. Un prefacio de lo que hoy en día también está ocurriendo. Por eso es mejor fijarse en algunos ejemplos que el auténtico cine nos ha dado. Quieran o no, son reflejos de una realidad que era impensable, pero que, con el paso de los años, toma cuerpo hasta hacerse invisible y presente. Harry Caul lo sabe bien, muy bien, mientras desgrana las notas de su saxo y pierde una vez más el tren de la normalidad. 

EL COCHECITO (1960), de Marco Ferreri

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla a propósito de "El viaje a ninguna parte", de Fernando Fernán-Gómez, podéis hacerlo aquí.

A Don Anselmo no es que le fallen las piernas. No le pasa nada. Simplemente tiene miedo de algo a lo que todos tenemos miedo. Se llama soledad. Don Anselmo sale con unos cuantos amigos y a todos les fallan las piernas y tienen su cochecito motorizado de inválidos así que, en lugar de sentirse feliz porque él no padece ningún achaque, no tiene otra salida que comprarse otro cochecito motorizado de inválidos cuando él no es ningún inválido. Solo quiere pasárselo bien. Solo quiere ir al campo, comerse unos bocadillos con la pandilla, hacer que dos jóvenes se quieran a pesar de las dificultades. Cosas muy simples, muy buenas, de alguien que es buena persona por naturaleza. Pero quiere su cochecito y, claro, eso es como comprarle un balón a quien no tiene piernas. Del todo imposible. Y don Anselmo tiene un hijo, muy serio, muy formal, es procurador ¿sabe? Pero está demasiado ocupado con el bufete, con la boda de su hija, con el futuro yerno, con el lumbago que, de vez en cuando le sacude una patada en los riñones, con sus catarros…no tiene tiempo para atender los caros caprichos de su padre. Porque el cochecito será muy mono, muy cuco, muy moderno y todo lo que se quiere. Pero es caro como un yate y eso no se puede permitir. Aquí se vive en una ciudad con transporte público muy bueno y lo que don Anselmo quiere no es más que el capricho de un viejo al que nadie quiere hacer caso.
Bien es verdad que habría que hacer un salto de eje y decir que los que montan en cochecito y rodean a don Anselmo también tienen lo suyo. Ellos se divierten sin atender a otras consideraciones y si resulta que tienen que abandonar en medio del campo al único que puede andar pues cogen y lo abandonan, que unos chatos de vino en la taberna bien merecen la pena. Ya se arreglará. Es que no se puede estar a todo. Ahí no se queda nadie a hacer compañía. Todos van con su cochecito encantados de la vida porque hace buen tiempo, claro, porque en el momento en que caigan chuzos de punta habría que verlos empapados hasta la válvula pilórica. El único que se ocupa un poco de don Anselmo y lo trae y lo lleva es, precisamente, otro que puede andar y que se ocupa del hijo de una marquesa que no puede valerse por sí mismo, pero él también quiere jubilarse y tener un pedacito de tierra y dejarse de pelear tanto que lo mismo al hijo de la marquesa tiene que cuidarlo otro. Don Anselmo quiere el cochecito porque si no va a ser un viejo amargado, arrinconado, olvidado y aislado. Y lo quiere ya.
José Isbert está inmenso en el papel de don Anselmo, viejo que solo pide una última oportunidad para poder relacionarse con sus iguales. A su alrededor, la vorágine de la gran ciudad se encarga de engullir los sueños de la tercera edad con nuevos inventos que ya han pasado de moda pero que, entonces, representaban el colmo de la modernidad y una puerta veloz hacia la libertad. Eso quizá alargase la vida de nuestros viejos. Y, claro, eso no se puede permitir. Dése usted la vuelta, don Anselmo, y déjese de fugas que eso se hace con catorce años, no con setenta.


viernes, 26 de mayo de 2017

PURA FORMALIDAD (1994), de Giuseppe Tornatore

Las paredes desconchadas y de un sospechoso color verde parecen la lóbrega anticipación de la muerte. Perdido en la oscuridad del bosque solo existe el recuerdo de un revólver escupiendo su lenguaje de fuego. Alguien ha matado a alguien y no se sabe muy bien quién es la víctima y quién el ejecutor. Para eso está la policía, para hacer un interrogatorio exhaustivo y descubrir la verdad que se esconde en lo más profundo del alma más atormentada porque… ¿qué alma hay más atormentada que la de un asesino? Las horas pasan con lentitud y las puertas no se abren. Tal vez la comisaría, tan aislada como un árbol sin compañía, sea el contorno del mismo mundo y más allá de sus puertas solo exista el abismo y el desconsuelo. La inspiración hace ya tiempo que huyó en la noche y Onoff, el escritor, ha llegado ya al final buscando un nuevo principio. Más o menos lo que hacen todos los escritores. La admiración es moneda de cambio y el nudo kafkiano engorda a cada minuto mientras el agua fría de la lluvia insistente ha calado en los huesos de la desesperación. No hay salida. Solo queda enfrentarse a la verdad. La única verdad.
Onoff no recuerda nada de lo reciente. Parece que, como una frase mal escrita de cualquiera de sus obras, ha pasado por encima tachando y dejando huellas de torpeza para que el recuerdo sea algo apenas intuido, apenas comprendido. Las sospechas no tardan en aparecer porque el arma estaba ahí y no hay demasiadas explicaciones que puedan aclarar ese disparo en medio de la nada, en ese territorio difuso entre ninguna parte y la última realidad. Una canción flota por la estancia, como llamando al regreso a la cordura pero es inútil. Leonardo da Vinci expande su arte y las letras imaginadas vuelan hacia las estrellas, como mensajes de socorro en una larga, larga noche del alma torturada.

Claustrofóbica y agobiante, Giuseppe Tornatore puso a Gerard Depardieu y a Roman Polanski frente a frente en un intento de esclarecimiento de hechos que debe quedar para la eternidad como juez. Y la inteligencia fluye por los diálogos, se detiene en los rincones verdes y blancos de una comisaría demasiado antigua, demasiado mojada, demasiado fría. El miedo a revelar la auténtica verdad de las palabras nunca escritas se torna esperanza en un día sin luz. Raras evidencias de un crimen que, tal vez, sea común a todos. Extrañas sinceridades que han sido esquivas durante toda nuestra vida y que, tarde o temprano, tendremos que afrontar. Al fin y al cabo, señor Onoff, esto no es más que una pura formalidad.

jueves, 25 de mayo de 2017

EL CASO SLOANE (2016), de John Madden

Los estrategas son aquellas personas que se ponen al servicio de un grupo político, o empresarial, o económico, con el fin de preparar las circunstancias necesarias para que se consigan determinados objetivos. Esas circunstancias pueden incluir el cambio en la opinión pública, la confusión en determinados asuntos que pierden interés según pasa el tiempo o la influencia en algunos políticos para que voten una ley en uno u otro sentido. Aquí, en España, también existen y se encargan de hacer que la corrupción sea algo aceptable, que los salvapatrias se presenten como auténticos adalides de una libertad que no van a respetar o que las luchas de poder dentro de un partido se inclinen en una dirección concreta.
La condición indispensable para ser estratega es la falta de escrúpulos. No importa que se esté o no de acuerdo con una idea, o con una ley, o con una acción concreta. Lo verdaderamente importante es hacer que, de una manera o de otra, se acepte. Naturalmente, todos los contendientes tienen a sus estrategas en nómina y hay que prever el movimiento del adversario, ir un paso por delante, pensar cuál va a ser el próximo movimiento y hacerlo justo después de que lo haya hecho el contrario. No es un trabajo fácil. Y más aún si lo primero que hay que sacrificar es la conciencia.
Sí, porque los estrategas se valen de todo cuanto esté a su alcance para ser merecedores de su enorme salario. Desde prácticas comúnmente aceptadas hasta la utilización de los sentimientos personales de los demás para lanzarlos como carnazas suculentas a la fiera mediática. No se puede reparar en cosas tan fútiles como el aprecio, la ética o el bien y el mal. Se hace y ya está. Y el resultado tiene que ser inmediato. Si no, el estratega no es demasiado bueno. O, tal vez, se esté dejando arrastrar por su condición humana.
En algún lugar, puede que haya alguien que esté dispuesto a hacerlo todo con tal de alcanzar los objetivos mínimos. Entre otras cosas porque su vida también es un instrumento profesional. Y eso hará que todo el entramado de ideas, de acciones y de reacciones sea aún más implacable, más determinante, más definitivo. El triunfo… ¿quién sabe? Puede que solo sea abandonar una vida que, simplemente, está olvidada en algún armario de la mente.

Interesante película que nos desvela cómo funciona este colectivo y de qué manera se puede triunfar en una batalla dominada por los medios de comunicación y la presión sobre los que tienen el poder de decidir. Espléndido el trabajo de Jessica Chastain, aquí rozando lo sublime, con una enorme sabiduría en la composición de su personaje que raya en lo perverso, en la frialdad más rechazable, en la capacidad de sorprender a cada paso con lo que termina siendo una caja de secretos sin llave. Buena la dirección de John Madden, ágil en sus planteamientos y que no decae en ningún instante, con una estructura atractiva y sugerente y que se adentra en los terrenos del desprecio por cualquier sistema democrático que se ha dejado corromper en todas las direcciones. Estupendos secundarios como Mark Strong, Sam Waterston o Michael Stuhlbarg dan cuerpo y constancia a la historia. Y buen ejercicio de inteligencia para el espectador, que tiene que ir juntando las piezas para saber dónde está el límite de estos individuos que piensan por él, le obligan a pensar de una u otra forma y, finalmente, le manipulan a total conveniencia de los poderes fácticos. Quizá en ellos es donde radica el auténtico poder. Piénsenlo.

martes, 23 de mayo de 2017

MANHATTAN SUR (1985), de Michael Cimino

El capitán Stanley White ha pagado un precio muy alto para utilizar su experiencia. Detrás de su placa, existe un hombre duro, que no se arredra ante nada, que amedrenta si es necesario con su presencia, que dice las cosas bien altas y claras para que nadie se lleve a engaños…quizá todo ello no sea más que una pantalla para tanta amargura. Estuvo en Vietnam y abandonó a su esposa que le esperó más allá de lo que puede esperar una mujer. Cuando regresó, creyó que aquellos enormes edificios de cemento eran los árboles de la jungla y que Chinatown era un barrio de Saigón y ha estado aquí y allá intentando encontrar razones para tanto sacrificio. Su mujer, sin embargo, siguió esperando. Esperando al chico con el que se casó que, probablemente, era atractivo, simpático, galante, conquistador y quizá algo enigmático. Ahora Stanley White persigue a la mafia china como capitán y jefe de policía de Manhattan Sur y quiere barrer la corrupción de sus calles, quiere que la policía sirva para algo incluso en los barrios en los que no son nada más que unos extraños uniformados, quiere que lo que ha vivido sirva para algo. Y su mujer sigue esperando.
Stanley White se maravilla de que haya miseria en las húmedas calles de Nueva York y áticos de ensueño con vistas al puente. En realidad, nada de lo que él toca tiene demasiada importancia porque es posible que lo dejara en el suelo de la selva vietnamita, al lado de algún compañero muerto. Para él lo importante es que la gente se divierta en un restaurante que no es más que una tapadera de un negocio donde la droga y la prostitución son los primeros platos. Sabe que sus rivales son de cuidado porque quieren que el polvo de ángel inunde las esquinas de Chinatown y, luego, se esparza por las calles de toda la ciudad. Y hay demasiado dinero en eso. Tanto, que su mujer ya ha dejado de esperar y se ha convertido en un número más, en unos cuantos kilos de amargura que tiene que sobrellevar a pesar de que entre ellos ya no queda nada. Tal vez ella vivió con él la parte más oscura y difícil del trabajo de policía. Ahora Stanley está desdibujado. Es posible que triunfe, es posible que acabe venciendo a esos chinos a los que ha llegado a despreciar por su cinismo, pero nunca será aceptado, nunca volverá a ser el verdadero Stanley White. Aquel chico encantador exhaló su último suspiro en algún lugar de Manhattan Sur, corroído por la culpa e inconsciente de su responsabilidad, justo en el año del dragón.

Uno de los mejores papeles de Mickey Rourke bajo la dirección de Michael Cimino en una película que no ahorra violencia ni verdad. Los personajes tratan de encontrar su camino y lo único que consiguen es perderse más tratando de alcanzar sus objetivos. Es la ciudad que devora los sueños, que los arrastra por el negro asfalto y convierte sus virtudes en excesos y sus interiores en ásperos pozos llenos de decepción. Son los años ochenta, amigo. Más vale que corras y no mires atrás.

EL VIAJE A NINGUNA PARTE (1985), de Fernando Fernán-Gómez

Enorme éxito está teniendo el programa que en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla dedicamos a "Apocalypse now", de Francis Ford Coppola. Si queréis sumaros, podéis hacerlo aquí.

Un pueblo, luego otro, luego otro más. La vida es una burda comedia de enredo con el camino en lugar de puertas que se abren y se cierran. Es caminar sin fin con la miseria pegada al cuerpo, como una camisa sin lavar. Y luego dirán que los cómicos son esos sujetos que deberían dormir al raso y largarse cuanto antes. Puede ser. Pero lo que no es menos cierto es que los cómicos, estos de la legua y muchos otros, solo quieren hacernos la vida más agradable. Cobran poco, comen menos, duermen en las peores camas y, sin embargo, ahí están. En el escenario más infecto del mundo tratando de vender unas pocas sonrisas, un rato de asueto en una España triste y gris que está deseando reír y olvidarse de todo. Y aún así, los miran con desconfianza, como si fueran personas apestadas con la fiebre del actuar. Cualquiera sabe. Esos tipejos que no hacen más que recitar sus papeles de tres al cuarto lo mismo fingen hasta cuando no actúan. Ahora, ponles un plato de alubias…Ahí verás que la actuación la dejan para luego. Se lo comen que da gusto. Cómicos…que se vayan a otra parte.
En las brumas del recuerdo y entre las llanuras de la frustración hay que inventarse un pasado de gloria y esplendor porque, si no es así, ¿quién se va a acordar de un don nadie que se hizo agujeros en los zapatos a base de andar de un sitio a otro en busca de dos funciones? Y las mentiras que tienen que estar bien urdidas porque si no mientes bien, mejor no mentir. Que todo tenga una lógica. Que todo esté apoyado en una explicación. Los carteles, el neón, los premios, la admiración de los compañeros, la alabanza de los autores, la sensación de que todo el mundo abre paso al galán de moda que no deja de tener cierta gracia diciendo su papel. Sobre todo cuando hace el truco del gangoso. Estos peliculeros…son capaces de inventarse un pasado para que la muerte sea un poco más tranquila en brazos de Marilyn Monroe…que ya se sabe, cayó a los pies del sueño en el que el hijo y nieto de los Galvanes se ha convertido. Cómicos…que se vayan a otra parte.

Por allí queda la aventura del potentado rural que quiso hacer pinitos con la revista para ver a las chicas ligeritas de ropa, o la misa obligatoria que si no, no había función; o la redicha gracia con la que Maldonado expresaba sus avatares y desventuras, cual caballero de triste figura que cabalga por los llanos de la comedia…Por allí también queda un reparto de tronío que lo hace bien por donde actúa, que saca el sabor de aquel año cincuenta en que había hambre y parecía que también el horizonte era un poco más ancho. No importa. Fernando Fernán-Gómez realizó una obra maestra para llevarnos a otra parte…a ninguna parte, allí donde las almas de los cómicos reposan con sus sueños intactos y sus fantasías desbordantes, con sus nombres en tamaño grande y el público atento y presto al aplauso. Ay, éxito, qué lejos estás siempre y cuánto te mueves. Seguro que tú también vas de pueblo en pueblo,  recogiendo las alfombras y dejando tras de ti un tapete de asfalto gris, mojado y sucio…un camino sin destino, un destino sin recuerdo.

jueves, 18 de mayo de 2017

EL JUGADOR DE AJEDREZ (2017), de Luis Oliveros

Debes tener cuidado al mover la reina. Es posible que un peón cualquiera acabe comiéndola y tu rey llorará amargamente porque lo perderá todo. Se evaporará la vida, la felicidad, los momentos intensos, el gusto por el juego, la sonrisa del caballo…Todo el tablero se tambaleará porque el reino será engullido por la batalla y el rey intentará ponerse a salvo, tarea titánica para alguien que solo se mueve escaque a escaque. Podrás ser un campeón, pero en esta ocasión te vas a enfrentar al rival más temible. La propia vida.
Europa es un lugar convulso, donde no hay muchas opciones en las que vivir. La libertad es solo una ensoñación mientras la Guerra Civil española se hace carne y Adolfo Hitler pone en marcha su enorme maquinaria asesina. Huir al sitio equivocado hace que el destino también yerre y las piezas no estén bien colocadas. La injusticia no tarda en aparecer. Y eso es muy fácil cuando se tiene una mujer tan dulce, tan impresionantemente bella, tan sonriente, que encaje con tanta perfección en tu otra mitad. Alguien, sin poder evitarlo, tratará de quitarte de en medio. Al fin y al cabo, eres español, has huido de tu país, no se te conoce una profesión seria y eres joven. Tienes todas las papeletas para ser un traidor. Y en Francia ya no se distinguen los patriotas de los traidores.
Una celda con suelo de paja y otro español que buscará la libertad con la mirada. Un alemán y otro tablero donde jugar. Da igual si es uno reglamentario o si es otro marcado con tiza en la tabla de un taburete. El caballo contrario se saltará todas las piezas y te marcará su insidia a base de golpes y torturas morales refinadas salidas de la misma mente del infierno. Defenderás con uñas y dientes tu talento porque es lo único que te quedará. Hasta el mismo instante en que la vida te ofrezca tablas y tengas que aceptarlas.
Aún así, cuando tienes la partida perdida, intentarás la audacia de un jaque en seis movimientos, tratando de devolver tu existencia al mismo lugar desde donde partió. Solo quedará un leve recuerdo y un dolor intenso, callado, bañado en lágrimas, pero con la sonrisa de haber dejado la huella de una jugada magistral, única, indeleble, que da sentido a todo y también derrota a todo. La partida terminó. El rey no cae.

Buenas intenciones en una película que debería tener algo más de recorrido. Algunas cosas no acaban de convencer y, sin embargo, la producción es impecable, con una ambientación estupenda y unos actores competentes entre los que destaca Marc Clotet como ese campeón de ajedrez que se ve arrastrado por los acontecimientos hasta las mismas mazmorras del juego. Su trabajo es más que valioso porque camina peligrosamente por los límites de la afectación y, sin embargo, consigue un equilibrio admirable y, por lo demás, creíble. El entretenimiento está ahí y el esfuerzo es valioso aunque algunas líneas del argumento se queden en algo ciertamente inexplicable. Quizá como el mismo juego del ajedrez, que debe ser entendido para poder ser disfrutado y perdemos algunas lógicas de las mentes de los contendientes. Quizá como ese hombre que prefiere mirar hacia adelante sin acordarse de lo que deja atrás.  

miércoles, 17 de mayo de 2017

ALIEN: COVENANT (2017), de Ridley Scott

Quizá estamos ante una de las trilogías más prescindibles de toda la historia del cine. Innecesaria, absurda, descaradamente comercial y delirante en su desarrollo, Ridley Scott vuelve a dar una muestra de lo malo que llega a ser cuando se lo propone seriamente. Dan ganas de arrancarle los cables y desenmascararle como el sintético que realmente es. No hay otra explicación para una carrera embargada por la persecución del éxito en taquilla sin atender a nimias pretensiones artísticas.
Por enésima vez, Ridley Scott nos vuelve a poner frente al deus ex machina, intentando ser algo profundo en esta explicación irrelevante de lo que ocurrió antes de Alien, el octavo pasajero, una de aquellas muestras del director que llevó a pensar a algunos que estábamos ante el sucesor del mismísimo Stanley Kubrick. Para asegurar el resultado final que persigue, solo Michael Fassbender se hace cargo de llevar hacia adelante el elenco de actores absolutamente mediocres y poco recordables salvo, quizá, la excepción encarnada por el habitualmente soso Billy Crudrup. Tanto es así, que cuesta traer de nuevo a la memoria algún rasgo de sus caras o alguna secuencia en la que se luzcan dramáticamente. Diablos, si hasta la criatura tampoco es lo que era y se nos cuela un cuento que sugiere una estructura circular con el resto de la saga. Ricemos el rizo espacial y nos saldrá un huevo ponedor de proporciones gigantescas.
Y es que la búsqueda de Dios en la ciencia-ficción, además de harto complicada, tiene que estar muy pensada porque si no se cae en el riesgo de lo grotesco y del ridículo. Ya, ya sé que todo esto a Ridley Scott le da más igual que poner por ahí un bicho que no tiene nada que ver con el enemigo de la Suboficial Ellen Ripley, pero eso no quitará para que se pueda alertar con un nivel de amenaza crítico ante la tomadura de pelo flagrante que nos lleva directamente a la tercera parte de estas precuelas que, además, llegan con ínfulas de inteligentes y novedosas. Nada más lejos del cuadro de mandos. Hay repeticiones, copias de sí mismo, situaciones que ya se han tocado con anterioridad y, eso sí, un par de secuencias de croma espectacular que, al menos, distraen y salvan de atender las llamadas de un sueño profundo en medio de la película.

Así que yo me vuelvo a la Nostromo porque aquella criatura sí que me aterrorizaba, parecía latir detrás de cada recoveco de la tenebrosa nave espacial y se tenía la permanente sensación de que el peligro y el agobio eran dos protagonistas más de la mítica película. Además, por si fuera poco, había un estupendo plantel de actores y actrices que hacían que todo fuera mucho más creíble, más reconocible y más tembloroso. Esto no es más que una copia burda, sin gracia, ni sentido, con una ausencia total de ritmo porque es mucho más aventura que terror y, para más desvergüenza, con explicaciones sobre padres, hijos, sobrinos y demás ancestros de la Humanidad. Ni siquiera se respetan las reglas que tan escrupulosamente se siguieron en la película original donde los tiempos eran otros y, por tanto, el suspense también. Solo resta permanecer en la oscuridad con las típicas linternas marca Scott, con mucho polvo en el ambiente, mucha sensación de que allí hay muy poco contar y mucha cara de decepción incluso en el público menos exigente. Y estoy dispuesto a perder una mano si lo que digo no es verdad. 

martes, 16 de mayo de 2017

DESCALZOS POR EL PARQUE (1967), de Gene Saks

Allí arriba, cerca del cielo, donde antes llega la nieve, hay una pareja de enamorados recién casados que apenas tienen resuello para subir tantas escaleras. Ella es impulsiva, romántica, posesiva, genial. Él es cerebral, ordenado, atractivo, seguro. Los caracteres chocan porque ella es novia de la aventura mientras él solo quiere un romance de papel y máquina de escribir. Ella es la imprevisibilidad de la alegría. Él es la rutina de un mundo perfectamente encajado que condena a sus habitantes a un temprano aburrimiento. Cinco pisos…más el tramo de entrada al portal…no tengo aire.
No hay que olvidar que cuando una madre visita por primera vez el apartamento de su hijo o hija y exclama “¡Qué mono!” es la prueba irrefutable de que lo que está viendo es el mismo horror. La madre de ella es así, también partidaria del orden. Se diría que casi es la madre de él, pero no, es la de ella. No tiene ganas de líos, de salir del plácido arrinconamiento de la madurez serena. No está para salir de cena con tipos bohemios, descubrir el Nueva York más nocturno y alocado. Solo quiere ver a su hija feliz con su marido y no tener que subir nunca más los cinco pisos…más el tramo de entrada al portal. Su corazón va a estallar…y no es precisamente de felicidad. Los escalones son los que aceleran sus latidos…. ¿no hay un ascensor cerca?
Ah, el vecino de arriba. Ese tipo extraño de nacionalidad indeterminada que accede a su piso a través de la ventana de los recién casados y se pone a trepar y a hacer equilibrios por la cornisa. Un gourmet impensable que come una comida albanesa intragable y que lleva a cabo un ridículo ritual para comer lichis. Prueba…no, no, tengo un brazo lesionado. Coma usted, de un trago, sin mordisquearlo. Canciones a las tres de la mañana con el vodka albanés como miembro de la orquesta. Ahora que lo pienso…podría ser la pareja perfecta de ella, no como el aburrido de su marido, un joven gris con un trabajo gris de abogado que se confunde en el gris de un cemento cansado. ¿Cinco pisos? No, señores. Son seis. Al último se accede, siempre que se tenga llave, a través de una escalerilla que no es precisamente lo más cómodo pero… ah, es divertido.
Y es que la vida, a veces, no tiene por qué estar perfectamente cuadriculada, ni planeada, ni en contra de la sorpresa. Puede que un poco de improvisación entre horas sea saludable y simpático y, de paso, puede que refuerce el amor porque si hay algo que no admite planificación previa es precisamente el amor. Es posible que, en algún momento, haya que caminar descalzo por el parque, saltar detrás de un banco, gritarle a la vida que jamás nos va a cazar mientras haya ilusión por las cosas. Eso lo sabía muy bien Neil Simon, que escribió la obra en la que se basa la película. Mientras nos damos cuenta de todo eso, nos abrigaremos hasta las orejas y pasaremos la noche en compañía de Robert Redford y de Jane Fonda, de Mildred Natwick y de Charles Boyer. Verán cómo lo primero que se nos duerme es la nariz y los pies.