viernes, 19 de julio de 2019

SÓLO DIOS LO SABE (1957), de John Huston


Con este artículo vamos a cerrar el blog hasta el lunes 2 de septiembre. Ya las visitas han bajado mucho y todos estamos deseando desconectarnos un poco. Lo que pase a continuación sólo Dios lo sabe. Felices vacaciones a todos y no dejéis de ver cine. Es el depósito de nuestras grandes aventuras. Un abrazo para ellos y un beso para ellas.

El Cabo Allison no sabe mucho de nada. Quizá sea un experto en sobrevivir desde aquellos días en los que tuvo que buscarse la vida entre las paredes de un orfanato. El ejército para él ha sido su hogar, su paño de lágrimas, su sensación de compañía y su empleo. No ha tenido mucho más. Ahora, la marea le ha traído hasta aquí y comienza a experimentar, por primera vez en su vida, lo que es el amor y cuánto le gusta proteger a quien ama. No duda en arriesgar el pellejo para traer sábanas limpias. Está dispuesto a compartir una noche con ratas y miedos con tal de conseguir algo de comida. Los japoneses ocupan la isla y él debe cuidar a la Hermana Angela que está allí sola, sin nadie que la ayude, poniendo toda su vida en las manos de Dios con la esperanza de que, en ese rincón remoto del océano, haya algún barco que la recoja y la lleve de vuelta a Estados Unidos. Escaso bagaje para librar una batalla con fuego real, bajo la bandera del sol naciente y con el pescuezo en el permanente filo de la muerte. Ella comienza a ser todo para él porque, al fin y al cabo, él ha vivido siempre con lo mínimo. El rancho en el cuartel, la bazofia del orfanato, la bebida en alguna cantina perdida con las risotadas de los amigos. Sabe que su piel vale muy poco si se compara con la de ella y va a arriesgarlo todo con tal de conseguir que salga de esa isla. Palabra de Allison.
La Hermana Angela está muy segura de su vocación. Para ella, el amor no es más que una elevación del espíritu y no podrá nunca ceder a la tentación que le ofrece un soldado bien parecido, valiente y algo desesperado por mucho que le atraiga. No, el amor carnal no está pensado para las monjas aunque sólo Dios sabe lo que sería capaz de hacer en el mismo momento en que se quitara el hábito. Una cueva parece el sitio más confortable del mundo cuando fuera zumban los bombardeos, las voces de mando del invasor, las enfermedades, los mosquitos, el hambre. Y además, junto al Cabo Allison, es el lugar más seguro. Sí, la Hermana Angela se lo piensa aunque nunca lo da a entender porque, dentro de su amor espiritual, sabe que sólo el amor verdadero es capaz de mover a un hombre o a una mujer a hacer cualquier sacrificio por aquello que realmente ama. Amor entre bombas, con los hábitos de por medio. Todo prohibido. Sólo Dios es testigo. Y cada vez queda menos sitio en esa isla en la que los japoneses destruyen y sólo un hombre, un tipo sencillo, sin demasiada cultura ni mundo, sin conocimiento del comportamiento humano, se dedica a construir.
John Huston volvió a su tema preferido sobre los perdedores con esta vuelta al universo de La reina de África y con dos actores que rara vez han estado mejor como Deborah Kerr y Robert Mitchum. En esta película hay arte, hay cariño, hay amor, hay acción, hay valentía, hay humor, hay verdad, hay secreto y también hay un rato de profundo gozo. Estamos atrapados en esa misma isla, señor Allison. Muchos soportamos auténticos bombardeos con tal de proteger a quien realmente amamos.

jueves, 18 de julio de 2019

EL CUENTO DE LAS COMADREJAS (2019), de Juan José Campanella



Es cierto que, cuando todo parece guardar un orden, cuando la paz y la tranquilidad aparente se halla alrededor, siempre aparece un villano para estropearlo todo. Y, casi siempre, se acude a la vanidad para embaucar a los incautos que esperan que el pasado se haga de nuevo presente. En un universo apolillado es demasiado fácil sacar a los bichitos para que parezca que el aire corre de nuevo entre las cortinas del olvido, de la sensación de fracaso por la vejez, del regodeo en glorias pretéritas que guardan secretos orillando la locura.
Así que ahí tenemos a unos cuantos ancianos que son felices escuchando su música, jugando al billar, matando comadrejas a zambombazos y urdiendo nuevas maneras de inventar la palabra justa en el momento adecuado. Hace años, muchos, fueron profesionales respetados, pero el tiempo todo lo borra y ya nadie se acuerda de ellos. Y la ilusión de esa memoria que pervive es la mayor de las trampas para ellos. Ya no tienen edad para andar con tonterías de juventud y ambición. Sus años son arrugas de sabiduría y no deja de resultar peligroso espolearles para que saquen todo aquello que, un día, les hizo especiales. Esta vez, la vanidad va a resultar derrotada porque hay unos cuantos hurones dispuestos a defender la cueva. Y tienen todo el tiempo del mundo para hacerlo.
Al otro lado, está el haz de luz que sale de los proyectores y que iluminaron sus vidas. La soberbia se hará presente y el juego será apasionante porque el diálogo punzante se dice con naturalidad, la verdad se hace algo difusa y, en todo momento, hay una especie de certeza de que estas criaturas de jardín y té helado saben más de lo que dan a entender. Todo se basa en establecer un plan milimétrico, destinado a engañar a un engaño, hacer que todas las piezas encajen y volver a esa sensación de que cada cosa ocupa su lugar. Incluso las estatuas que adornan el jardín.
Con humor, con sapiencia, con experiencia y con pericia, el director Juan José Campanella nos regala otra película que no decepciona, con interpretaciones certeras y completas de Graciela Borges, la gran dama del cine argentino, Óscar Martínez y Marcos Mundstock. El resto del reparto luce a gran altura y la diversión se asegura entre sonrisas de complicidad, risas gamberras, contestaciones agudas y preguntas innecesarias. La promesa del oro de un nuevo renacer resulta tentador para quien ya ha probado el éxito fulgurante, pero la edad no perdona. Tanto es así que tampoco se suele olvidar lo que se ha aprendido. Y se utiliza más sabiamente. Por eso, no hay que salir de casa. Es posible que más allá de los setos agujereados por los disparos sólo haya agresiones de tipo económico, humillantes, vergonzantes e iracundas. Y, en ocasiones, hasta los reconocimientos obedecen a una paga acordada. No sólo es cambiar una mano por otra. Es también tener la frase a punto y el cerebro despierto. Por eso, es recomendable que vayan a ver esta película. Es posible que, por esta vez, alguien tome al espectador por alguien inteligente.
Es hora de prepararse una bebida fría mientras se desgranan las razones para el amor a través de los años. Ya sean treinta o cuarenta, quien mantiene ese sentimiento vale más que cualquier propiedad del mundo. Y es la nítida demostración de que se perdonan las desviaciones, se conceden segundas oportunidades y se toma conciencia de que lo que se tiene es aún más importante que todas las promesas de un mañana que, tal vez, no exista.

miércoles, 17 de julio de 2019

UNA MUJER DE PARÍS (1924), de Charles Chaplin



La frivolidad puede ser una insaciable devoradora de la moral. Entregarse a la vida disipada, inútil, ociosa e intrascendente se convierte en un placer cuando dejas atrás todo lo que has querido de verdad. Ahora, en este momento, tienes joyas, vestidos, un piso lujoso, un amante burgués y unas cuantas amigas absurdas y crees que lo posees todo, que has llegado al cénit de tu existencia vendiendo tu cuerpo, tu alma y, también, tu conciencia.
Sin embargo, el pasado siempre regresa para recordarte que un día tuviste un corazón y que supiste lo que era amar. Bien es verdad que te pudo el deseo de salir del agujero y tomaste decisiones repentinas que dieron comienzo a tu nueva vida. De repente, aquello que se había congelado como un bodegón en tu memoria, comienza a ponerse en movimiento, trastocando la facilidad placentera de los días sin problemas, tan sólo con la preocupación de qué ponerte o decidir a qué lugar acudir a cenar esa misma noche. La vida es algo más. Es compromiso. Es relación. Es agarrar con fuerza lo que se ama y no dejarlo partir. Y mucho menos, tolerar la humillación para obligar a alguien a tomar partido con bisoños encajes. París es como una madre que acoge a todos sus polluelos, sean del color que sean y, allí, en la gran urbe, se da todo lo sublime y lo siniestro mientras la ciudad no pierde su latido, no extravía los sentidos por la noche, porque París es fiesta, París es ilusión, París es música…y también corrupción.
Charles Chaplin dirigió su único drama, con su habitual Edna Purviance de protagonista y con un impecable Adolphe Menjou, al que se le siente cómodo y demoledoramente ambiguo, en esta película que delata, ante todo, el gusto por la composición escénica del director. Más allá de un argumento previsible, ingenuamente moralizante y apoyado en unas casualidades repetidamente imposibles, Chaplin deriva hacia el folletín envolviéndolo en imágenes atractivamente artísticas, casi como pinturas costumbristas de la alta sociedad parisiense en blanco y negro. Por otro lado, también parece como si quisiera advertirnos de que nuestras vidas, por muy simples que parezcan, son verdaderos tesoros que hay que salvaguardar frente a los embates de la falsa opulencia que esconde ríos de villanía moral y que, tal vez, sólo se puede recuperar el equilibrio sabiendo a ciencia cierta que hay personas que lo están pasando realmente mal y que ayudarlas debería ser nuestra próxima meta. No importa que estén rodeadas de lujo y halagos. No importa que el rencor y los prejuicios dominen muchas vidas sin importar la clase social. Lo verdaderamente importante es que la palabra justa, el plato lleno, la sonrisa adecuada y el cariño auténtico son los vagones del único tren que todas las personas deberían desear coger. Y, no obstante, seguimos ciegos, deslumbrados por el brillo estúpido de unas perlas, o por la comodidad ganada sin esfuerzo. El siguiente paso será exhibir una irritante mueca de superioridad mientras se toca un saxofón de juguete que entona una melodía que habla de lo poco que valen las vidas ajenas.

martes, 16 de julio de 2019

PASIÓN DE LOS FUERTES (1946), de John Ford



El humo parece que se eleva por encima del viejo villorrio de Tombstone. Los carruajes pasan a toda velocidad levantando una nube de polvo y el tiempo parece que se detiene porque siempre lo hace cuando la muerte está a la vuelta de la carreta. Un hombre observa todo desde su silla ligeramente inclinada hacia atrás. El desierto, por la noche, quiere abrazarle para no dejarle escapar de tantas tumbas abiertas. El tono es menor, pero los revólveres gritarán bien alto cuando se diriman las diferencias entre la ley y el libertinaje. Mientras tanto, un tísico con sentido de la amistad dirá unos versos en una tasca, una mujer morirá de amor y los coyotes aúllan a la oscuridad, como intentando asustar las balas que ya vienen. Todos los detalles cuentan. Todas las miradas persisten.
Los tiroteos míticos pueden ser realistas y, a la vez, parte de la leyenda que siempre se escribe cuando las armas callan. Quizá el duelo de O.K. Corral nunca ocurrió así, pero así es como nos hubiese gustado que ocurriera. Es el eterno desafío entre la realidad y la ficción, o entre el recuerdo y la imaginación. No siempre ganan los mismos. Por ello, John Ford se atrevió a poner la crueldad de un lado y el respeto a la ley del otro y nos dice que así es como se construyen los países. Henry Fonda realiza una de sus más grandes interpretaciones y nos ofrece un Wyatt Earp creíble, adusto, serio. Quizá la mejor encarnación que se haya hecho nunca del legendario personaje. Victor Mature se hunde en los infiernos de sus propias debilidades y ofrece el mejor trabajo que hiciera nunca. Walter Brennan cambia totalmente el registro al que nos tenía acostumbrados y personifica la maldad con auténtica solidez. Y, al fondo, el paisaje que habla por sí mismo, el asomo del amor que, con timidez, reclama su lugar entre las pasiones de la vida y de la muerte. La poesía surge en cada contraluz de ese blanco y negro que prevalece en el enfrentamiento y la soledad se espanta dentro de aquellos que tenemos el privilegio de ver tanto cine y tanta belleza.
La civilización extenderá sus largas garras y aquellos hombres serán absorbidos por el próximo viento del Este. Sus soledades interiores ya no tendrán razón de ser cuando llegue el ferrocarril, o la motorización, o la desoladora socialización de la llanura. Estarán en su hogar de verdad, aquel que, para ellos, fabricó el destino. Entre pulmones deshechos o placenteras mesas de mantel a cuadros. Las sombras les envolverán y, muchas décadas después, uno de los mejores cineastas de la historia, contará lo que hicieron, con más mentiras que verdades, pero siempre con la seguridad de que merecen tener un lugar en el recuerdo. Dejémonos arrastrar por la emoción que destila la pasión de los fuertes.

viernes, 12 de julio de 2019

CARRETERA AL INFIERNO (1986), de Robert Harmon



De la nada, un extraño. Largo es el camino que conduce hacia las profundidades del alma. Y aquí hay un joven que tiene que emprender el sendero de la supervivencia al volante de un viejo coche. Entre medias, siempre hay algún obstáculo. Alguna curva mal tomada. Algo de arenilla en el lugar menos oportuno. Un fantasma que se dedica a torturar a los conductores…cualquier cosa puede torcer el interminable y aburrido asfalto a lo largo de los sitios más solitarios del mundo. Porque, pensándolo bien, tal vez una carretera sea el enclave más desolado de todos. Bichos en la cuneta. El pavimento que debería moverse está totalmente parado y en el horizonte sólo se divisa la herida que el mismo camino ha abierto a través del paisaje. Jim Halsey tendrá que crecer de repente y, tal vez, enfrentarse al mismo guardián de las tinieblas.
El suspense está servido en medio de esas líneas blancas y monótonas que señalizan la carretera. El malvado parece tener el aliento del asesinato en todas sus miradas. Más que nada porque su única motivación es causar tanto terror como sea capaz. Disfruta con los ojos abiertos por el pánico. Encuentra auténtico placer en el nerviosismo inquieta de quien se siente amenazado. Incluso cuando pronuncia algún elogio se asemeja al anuncio de todos los infiernos. Ya sabéis, somos buenos chicos. Y eso hace que una ayuda se recompense como se merece.
Lo peor de todo es que el joven Halsey presiente que no hay escapatoria ante un tipo que tan sólo se sacia cuando ve el rojo de la sangre en la calzada. Así también da comienzo un audaz juego de astucias en el que se pasará por el miedo, por el pavor, por la superación, por la valentía, por la inteligencia y, también, por la falsa culpabilidad. Quizá no hay nada más placentero que ver sufrir a alguien a quien se quiere hacer daño porque se le acusa de un crimen que no ha cometido. Y más aún cuando ese alguien no hace más que preguntarse cómo es posible que el mismo diablo siempre dé con él.
Excelente película de serie B, mítica con el tiempo, que hizo que muchos autoestopistas dejaran de enseñar el dedo en las carreteras del mundo porque el miedo se instaló en los coches que pasaban y se negaban a recoger a nadie. Brillante Rutger Hauer en la piel de uno de esos villanos para recordar, convenientemente secundado por un C. Thomas Howell que trataba de despegar desde el brat pack de Rebeldes, de Francis Ford Coppola. Bien dirigida a pesar de los evidentes medios escasos, el mérito principal de esta película corresponde al guión de Eric Red, imaginativo y trepidante, que huye de la trampa del estancamiento para hacer progresar con ritmo y criterio una historia que ha quedado en el subconsciente de muchos cinéfilos que aún esperan en un arcén cualquiera.

jueves, 11 de julio de 2019

YESTERDAY (2019), de Danny Boyle



La búsqueda obsesiva del éxito también es un encuentro con los sueños. Y, por lo general, la realidad nunca se ajusta a la imaginación. Más que nada porque puede que se viva en un mundo que se ha entregado a la interrupción continua, o que es incapaz de reconocer algo realmente bueno porque cualquier cosa que obtenga sus diez minutos de fama ya es considerada como un mérito. Y hemos muerto de tanto mérito porque ya no sabemos dónde se halla. La magia ya no existe. Se nos ha dado e, incluso, puede que, entre otras muchas cosas, fuera escrita en un pentagrama descubriendo que algunas sensaciones nunca se van.
Y entre esas luces devoradoras, esa vorágine continua que trata de alienar el espíritu y convertir cualquier manifestación artística que merezca la pena en un mero producto de consumo, se halla la certeza de la pérdida de la misma esencia del individuo. El éxito lo hemos alcanzado aquellos que sabemos lo que es el amor. Y el zarandeo de la existencia no nos permite darnos cuenta de ello. Creemos que el éxito consiste en el olor de las multitudes, en el reconocimiento que mata la rutina, en las miradas de admiración que despertamos o en los elogios que, demasiado a menudo, nos creemos. Y no es así. El éxito está en hallar a la chica, ir a por ella, hacerlo mejor, ser el recipiente de sus sentimientos y volcar toda tu pasión, incluso la compartida, en los momentos que se pasan juntos.
Y el éxito también se encuentra en no sentirse atraído por los mensajes políticamente correctos que invalidan leyendas, en no adulterar todo aquello que ha tenido un profundo significado para generaciones enteras, en sentir que todo lo que necesitas es amor y que lo demás son sólo adornos que nublan la visión y el entendimiento, en tener la certeza de que el camino puede ser largo y lleno de viento, en no dejar nunca de ser uno mismo para llegar a convertirse en el personaje de tus sueños. Y muchas de estas nimiedades en las que no reparamos están contenidas en el arte que nos dejaron unos cuantos y que, lamentablemente, pronto pasarán a ser unos desconocidos para la mayoría. Así es cómo se perderá la pasión y todo se diluirá en redes absurdas, tecnologías insistentes y egoísmos impertinentes.
No deja de ser una extraña mezcla que se puedan juntar en la misma historia un director como Danny Boyle, habitualmente algo descarnado aunque idealista; y Richard Curtis, un guionista con tendencia al azúcar, amable y, en ocasiones, algo fácil. Sin embargo, la asociación ha dado un cierto resultado de buen sabor y mejor sonido, con una interpretación estupenda de Lily James y algunos momentos de buen humor llevados con clase. La sombra de los cuatro de Liverpool planea sobre toda la película y, desde luego, llega a hacerse presente en la historia porque, sencillamente, son parte de la nuestra aunque, quizá, no por mucho tiempo. Y, al final, un cierto escalofrío de emoción se desliza por el espinazo mientras los títulos de crédito aparecen, una sonrisa de complacencia asoma tímidamente y se tiene la seguridad de que no se ha visto una gran película, pero sí que algo se queda en el interior acompañando a esa voz que trata de no hacerte olvidar en ningún momento que eres tú, que debes decir a quien quieres que la amas, que el ayer se presenta repentinamente y que, tal vez, ella no puede salir de tu vida. 

martes, 9 de julio de 2019

EL CASO FISCHER (2014), de Edward Zwick



Bobby Fischer fue uno de esos grandes misterios de la Naturaleza que nunca se llegaron a desvelar del todo. Es posible que fuera uno de los más grandes talentos mundiales en el ajedrez y que su excesiva inteligencia fuera la espoleta de su propia locura. También es posible que quedara marcado por la conflictiva relación con su madre o que apenas pudiera aguantar la tensión derivada de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética como uno de sus símbolos. Quizá detrás de ese animal de escaques había un ser humano obsesivo, marginal, diferente y genial, que nunca se encontró a sí mismo porque se dejaba ahí, en el último jaque, en la última jugada magistral de una partida que, al fin y al cabo, nunca llegó a vencer.
Es cierto que en esta película hay hechos que están dramatizados, otros que no son muy exactos y que, tal vez, Tobey Maguire no sea el intérprete más adecuado para dar vida al ex campeón mundial de ajedrez. Tampoco cabe duda de que su trabajo es esforzado, constante y muy intenso, pero queda traicionado por un físico que se queda corto, con muy poca presencia, sin profundidad gestual y dramática. Por otro lado, Liev Schreiber cae de nuevo en uno de sus peores defectos al encarnar a Boris Spassky y es esa sensación de desidia que de vez en cuando desprende. El duelo más apasionante del ajedrez del siglo XX quizá hubiera merecido dos actores con más peso, con más empuje, con más audacia.
Y es que no es fácil describir, siquiera lejanamente, lo que pasaba por la cabeza de Bobby Fischer. En su inmenso pensamiento se mezclaban peligrosamente la autodestrucción, la obsesión, la desubicación, la extravagancia, la conciencia de su propia individualidad, la utilización, la simbolización y la soledad. Todo ello bien remezclado con las suficientes dosis de presión debía desembocar por fuerza en la locura y en el abandono. Por mucho que se quiera disfrazar a Bobby Fischer de leyenda que desaparece en las sombras es más posible que simplemente fuera un hombre que no aguantó el peso de su propia responsabilidad. Y nadie debería culparle por ello.
En la guerra de nervios que se establece en los lados de un tablero, es fácil confundir la concentración con el espejismo y arrojar la toalla es un gesto que no se permite en tales combates. Bobby Fischer intentó quitarse de encima el patriotismo barato que le empujaba a medirse con los soviéticos para fijarse en sí mismo, en ese marionetista que dispone sus tropas para un asedio que solía terminar con el rey contrario abatido. Para él, el duelo era el auténtico desafío y no la demostración infantil e inútil de que un americano podía ser más inteligente que un ruso sobre un tablero de ajedrez. Por eso, se llenó de exigencias absurdas, de condiciones excéntricas, de maniobras de distracción para hacerse notar como ese campeón que, realmente, nunca quiso ser. Él sabía que lo era y eso fue el principio de su fin.