viernes, 1 de junio de 2012

MANSIONES VERDES (1959), de Mel Ferrer

Seamos sinceros. Aunque es un placer ver en escena a alguien del encanto y la dulzura de la gran Audrey Hepburn, Mansiones verdes no fue más que un torpe intento de su, por entonces, marido, Mel Ferrer por controlar la carrera de su hechizante esposa. La historia de amor que surge entre un venezolano que se refugia en la selva del Amazonas para huir de su pasado político y que se encuentra con una “chica-pájaro” en estado salvaje, huérfana y criada por la Naturaleza para vivir una aventura de búsqueda, amor y violencia, resulta floja, inadecuada, anticuada y un poco delirante.
El amor verdadero en el bosque de la lluvia fue, realmente, un filón que intentó encontrar el ínclito Ferrer a raíz del inusitado éxito teatral que resultó ser Ondine y que es una historia que guarda un lejano parecido con ésta. No por casualidad la protagonista de esa obra fue también Audrey Hepburn y fue un título que la llevó por medio mundo de representación en representación. Y hay que alabar, más que el fracaso de Ferrer, la osadía de la actriz que trató de hacer algo en el cine totalmente diferente de lo que había hecho hasta el momento. Y alrededor de ella está Anthony Perkins, bastante acertado en su papel, o Sessue Hayakawa, el recordado Coronel Saito de El puente sobre el río Kwai, liderando a una tribu de cazadores de cabezas en medio de la jungla, mansiones verdes para una pasión que, por imposible, se quedó en algo tan fallido como fracasado; y sobre todo, ese pedazo de actor que era Lee J. Cobb, abuelo de la protagonista y que, incluso sobreactuando, se convierte en uno de los centros de principal atracción.
Tampoco cabe ninguna duda de que algo de encanto kitsch tiene todo el asunto. Su estilo bizarro, casi cercano al cómic, convierten el cuento de inocencia y civilización en algo aislado y remoto, en una isla del cine a la que muy pocos han llegado en calma. Y lo cierto es que todo parte de una novela que resulta casi inadaptable al cine. Aún así, concediéndole valores que sin duda tiene y que radican, sobre todo y ante todo, en la toma de riesgo por parte de todos los que intervinieron en ella, puede que podamos sumergirnos con cierta dificultad en ese espacio de color imaginativo y fantástico que nos brinda el panorama, acompañados por la más dulce de las mujeres que pisaron nunca una pantalla de cine.
Eso sí, el escenario es simplemente maravilloso, espléndidamente fotografiado, paraíso que crece bajo los mismos pies de los protagonistas y que es testigo de una historia de amor que hace vibrar la hoja que da frondosidad al paisaje imposible, el de una mujer que hace tiempo que no está entre el común de los mortales.
Ninfa que corre bajo las sombras del atardecer en la jungla, silencio de belleza apenas esbozado en el espacio de los sueños, etérea visión de cristal roto por la luz que penetra en las rendijas de la espesura, inocencia exhibida ante la ambición que siempre despierta una lujuria que nunca fue merecida…Audrey…Audrey… ¿es que ella no despierta por sí sola todas las ganas del mundo por ver esta película?

jueves, 31 de mayo de 2012

HOMBRES DE NEGRO 3 (2012), de Barry Sonnenfeld

¿Cuántos futuros puede haber? Quizá haya uno en el que la incomunicación con la persona que más aprecias sea una norma de conducta. Imposible ¿verdad? Sí, sí, sí, es imposible. Veamos. A lo mejor es posible que el futuro sea una constante en permanente alteración y quien es tu amigo y tu guía, en realidad, sea algo más, alguien mucho más cercano en el corazón, alguien más próximo a tu forma de ser y a lo que te has convertido. Eso es aún más imposible. Lo cierto es que el futuro, sea cual sea, bueno o malo, mediocre o inexistente, siempre, sin excepción, es un acontecimiento que te deja K.O.
Y es que en la imposible lucha contra los extraterrestres hostiles que, poco a poco, han ido colonizando la tierra como una bandada de inmigrantes ilegales, lo que ha sido, puede que no sea, y lo que es peor, no lo será nunca. La simpatía se desborda en los márgenes de esos impecables trajes de negro de unos hombres que no tienen pasado, ni futuro y apenas tienen presente. Uno de ellos busca respuestas pero lo peor es que no quiere saber las preguntas… ¿o es al revés? Y la única pregunta que hay es: ¿Hacia dónde se ha ido el tiempo?
No cabe duda de que, más allá de los chistes (Lady Gaga es una extraterrestre que figura en el registro de alienígenas de la agencia gubernamental para el control de la vida extra planetaria y se halla al lado de Bill Gates) y de que Will Smith es un consumado actor de comedia que hace que todo, incluso la aventura más intrascendente, parezca una situación divertida, hay un cierto aire de despedida para Tommy Lee Jones, enorme en cada una de sus miradas, que, sin duda, dejará de vestir de negro para lucir solamente sus sabias arrugas. La nostalgia de su personaje se ve compensada por un Josh Brolin que trata de imitarle con cierta habilidad y ya el tiempo, esa incógnita continua que se divide en tantos futuros como opciones, ha caído sobre los personajes haciendo que los extraterrestres de tendencias malvadas sean el pan nuestro de cada día de todos los noticieros del mundo. Con disfraces mediocres, se han apoderado de las realidades de todos y cada uno de nosotros y estas historias de entretenimiento simpático, sin más pretensiones que proporcionar un rato de fantasía y sonrisa, se han quedado atrás, ancladas en una época en la que todavía soñábamos con alcanzar la Luna y el mañana no nos preocupaba. En todo caso, hay un par de momentos con gracia, alguna escena de acción que recuerda a James Bond y a Tiburón, de Steven Spielberg y un intento de hacernos creer que el señor que se sienta al lado en el cine es un extraño procedente de un planeta a unos veinte años luz de la Tierra.
El aparato que hace olvidar funciona antes y después y esta película es un pretexto para ello. No trata de deslizar más mensajes que el de que todo ocurre por una razón y que, si ahora vienen mal dadas, habrá que esperar, con paciencia y algo de ingenio, a que algo bueno ocurra. Es en ese momento cuando, tal vez, haya que tirar de los recuerdos y acudir a una serie de lugares en la memoria que nos hagan sentir cómodos, seguros y a salvo. El mañana es un telón opaco. El ayer, aunque no lo sepamos, es una ovación de todos los que se vieron afectados por nuestras decisiones. Las aventuras de estos hombres de negro se quedan grabadas, ante todo, por su buen humor y por su inventiva y, lentamente, el tiempo se echa encima, como un K.O inevitable que avanza en su cuenta inexorable hasta nuestra extenuación y nuestra capacidad. No hace falta ser gracioso por obligación. Basta con ser gracioso por devoción. De ahí nacen los mejores chistes. Los alienígenas vienen después. Más tarde, se aproximan las decepciones que se ciernen cuando las luces se encienden. Y en el fondo, sin haber visto nada del otro mundo, hay una ligera sonrisa recordando a J, a K y a todo el abecedario secreto que veló por la seguridad del buen humor en este maldito valle de lágrimas.

miércoles, 30 de mayo de 2012

MATAR A UN RUISEÑOR (1962), de Robert Mulligan

"Si no le gusta Matar a un ruiseñor...hágaselo mirar", dice el afamado guionista William Goldman. Sobre todo si no somos capaces de mirar a través de los ojos de una niña que, en medio de sus juegos, nos hace medir la talla de su padre. Un hombre que hace lo correcto y lo justo a pesar de que la derrota es algo evidente. Alguien que tiene la virtud de decir las cosas de forma que ella las entienda. A pesar de que apenas recuerda cómo es su madre (impresionante esa escena en la que ella le pregunta a su hermano cómo era mamá mientras Atticus les escucha sentado en un banco del porche y sentimos...nos damos cuenta del inmenso vacío que deja una persona irremplazable en el corazón de alguien) y de que no puede comprender el racismo y el odio que crece entre sus vecinos contra un hombre de color...y más cuando va con sus hijos al colegio y ella sabe que son buena gente...
Ojalá algún día mi hijo me llegue a mirar como lo hace el hijo de Atticus cuando abate de un sólo disparo, lejano y de frente, a un perro rabioso que camina soltando sus enfermas babas por el centro de la calle. Cree que es un padre aubrrido y timorato. Y es un gran hombre. Como el Maestro Rodríguez Marchante dijo una vez: "Atticus Finch no es tanto el padre que todos hubiéramos querido tener como el padre que todos hubiéramos querido ser". Y es verdad. No en vano es el retrato de la infancia de la escritora Harper Lee y, tangencialmente, el de ese vecino que pasa los veranos con su tía y participa de las travesuras de los niños y que se antoja como un pequeño pedazo de la infancia de Truman Capote que explica, en parte, las razones de su conflictivo carácter.
Los días de la infancia hay que vivirlos para, luego, tener claras las razones de la felicidad. Porque quizá, una de ellas, sea volver a ser niño mientras se sacan de una caja algunos de los recuerdos de aquellos años. Porque, tal vez, es darse cuenta de que tu padre construyó los cimientos de tu ética, de tus sueños, de tu paz. Ser día cuando todo a tu alrededor, salvo un ruiseñor, te empuja a ser noche. Y tener la conciencia, como ellos aprenden, del respeto que se le debe al ser humano, cualquiera que sea su color, raza o creencia.
Pocas películas de la historia del cine han podido ser tan hermosas como ésta de la mano de Robert Mulligan, en cuya obra cobra una vital importancia la mirada de un niño. Esa mirada limpia, sin prejuicios, inocente de infancia, culpable de la próxima madurez, cuyo campo visual es mostrado por un padre, un hombre que, cuando abandona la sala, nos impulsa a ponernos de pie porque sabe decirnos que si no somos capaces de construir esa mirada...sería como...como...matar a un ruiseñor...

martes, 29 de mayo de 2012

LAS SANDALIAS DEL PESCADOR (1968), de Michael Anderson

Esta película nunca se podrá apreciar sino la vemos con los ojos de su propio contexto histórico. Basada en una novela de política-ficción de Morris West, la historia (algo que por la época se consideró impensable) giraba en torno a la posibilidad de que un cardenal ruso o del este de Europa fuera nombrado como Papa. Para ahondar más en la imposibilidad, ese hombre, en la película Kyril Lakota, fue prisionero en un GULAG soviético y padeció tortura por culpa de sus creencias religiosas. Años más tarde, la realidad hizo que la película quedara, de repente, anticuada y que aquello que nos parecía imposible se nos presentara como una certeza de la historia. Un cardenal polaco de nombre Karol Wojtyla, era nombrado Papa antes de que el Muro de Berlín fuera una ruina del pasado.
Si somos capaces de ponernos en los ojos de los años sesenta, la película presenta indudables valores difíciles de pasar por alto. Se sugiere la posibilidad de que sólo un hombre que ha sufrido en sus propias carnes la incomprensión y la intolerancia de la crueldad es capaz de mediar en un conflicto que puede romper el equilibrio de la paz mundial. Por el camino, asistimos al proceso de elección del Pontífice, entramos, aunque sea sólo de soslayo, en los meandros de la escarlata cardenalicia y en los intereses creados, que desde luego que existen, en todas esas cruces llevadas con cierta ligereza en el cuello de algunos prelados. También nos adentraremos (para mí, la parte más brillante de la película) en algunos de los recuerdos del propio cardenal interpretado con eficacia por Anthony Quinn, sobre todo en lo que se refiere a sus conversaciones con su torturador, Kamenev, al que da vida de manera soberbia e inquietante Laurence Olivier. Todo ello, salpicado con la excelente banda sonora de Alex North, uno de esos genios que nunca han acabado de ser reconocidos por Hollywood, nos da como resultado una película que no deja de tener interés a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de que la historia ha sobrepasado el argumento y a pesar de que algunas secuencias se nos antojan difíciles de digerir.
Además de los dos citados, que sobresalen por sí solos y que son los pilares fundamentales del film, hay un reparto de lujo que secunda toda la intriga político-religiosa integrado por Oskar Werner, David Janssen (muy seguro en su papel de reportero), Vittorio de Sica, Leo McKern, el siempre gozoso John Gielgud, Frank Finlay y el eficaz y también poco reconocido Clive Revill. Todos ellos conforman un puzzle que se mueve entre el rojo soviético y el rojo de la iglesia y que nos conduce a la metáfora de un Calvario ascendido por un hombre que ya subió con su propia cruz.
Ésta película conforma un retrato muy interesante sobre los móviles de una institución que hizo, casi sin querer, que la vida imitara al arte. Tal vez porque los tiempos siempre han sido un cine con el que hemos filmado el rumbo de los acontecimientos, la ruta de las extraordinarias decisiones, el periplo de unas almas que serán más divinas cuanto más humanas sean...

viernes, 25 de mayo de 2012

INTOCABLE (2011), de Olivier Nakache y Eric Toledano

La cárcel del cuerpo impone la ayuda de la inocencia. El estereotipo de la delincuencia se revuelve en sí mismo y se convierte en el ejemplo de la ternura. Una mente romántica y melancólica se atrapa en una carne inútil. La simpatía del encuentro hace pensar en los caprichos de un destino bien humorado. Y cada uno de los protagonistas sabe extraer del otro lo mejor, lo más puro, lo más increíble que puede esconder el ser humano.
En la simplicidad y en la delicia se hallan las virtudes de una película que nació para ser una flecha dirigida al corazón. La magia se produce entre el que empuja y el que se mueve sin moverse. La honestidad hace su aparición y da paso a una vulnerabilidad entrañable. Y la mente, ese mundo tan maravilloso donde todo lo ideal se hace realidad y todos los sueños tienen algo de verdad, se convierte en el escape placentero, de la fuga esperada de unos huesos que forman la prisión del físico.
Ese mismo cerebro, que utiliza la evasión como placer, es el que también es capaz de poner todos los alrededores patas arriba. Metáfora de la verdad que tanto rodea a los que no somos capaces de sacarle todo el jugo a la vida. El humor es el aire que deberíamos respirar. Los chistes, todos ellos, son absurdos y, sin embargo, posibles. La emoción se asoma por una esquina y la sensación de hallarse bien delante de la pantalla comienza a ser el ambiente que rodea nuestras decepciones, las ahogan y las aplazan, aunque sólo sea por unos breves instantes.
Y así, con la sorpresa adherida a la piel de la sonrisa, caminamos por los baches de la misma silla de ruedas, de las mismas manos amigas, de los mismos rechazos y las mismas manías, de todo lo que nos hace ser lo que somos a excepción de lo que nos desnaturaliza y nos limita y nos maltrata. Eso estará ahí siempre pero la verdadera maestría del que sabe mirar es el dominio sobre esos elementos. Nunca hay que dejar que las circunstancias y los errores tomen el mando. Habrá alguien, también, que irá al cine deseando amar esta película y salga con una sensación de impotencia, de que la frustración puede más pero, aún así, todo dependerá de la mirada, del ánimo y de la capacidad de convencimiento y de superación que anida en todos nosotros.
La amistad no necesita de cimientos para ser sólida. El fondo del otro está ahí, al alcance y deseando ser alcanzado. La naturalidad de la sonrisa es la puerta abierta de la felicidad. Dos personas, perdidas en un mundo construido para el rechazo, comienzan a ser cómplices. Y a explorar las necesidades reales que existen para mantener el respeto, el entendimiento, la aceptación y, sobre todo, el amor. Porque al fin y al cabo, la vida es una imposible mezcla de realismo y comedia.

jueves, 24 de mayo de 2012

LA SOMBRA DE LA TRAICIÓN (2011), de Michael Brandt

La traición habita en el interior de todos los hombres. Y si no, hagamos la prueba. Todos los días cometemos actos de deslealtad. Una mentira por allí para no complicarnos demasiado la vida durante diez minutos. Una obligación que se tenía que hacer y que ha sido olvidada por razones de comodidad o de desidia. Un recado que se ha dejado arrinconado porque un aperitivo es mucho más atractivo. Lo malo no es cometer las traiciones. Lo malo es hacer de la traición un estilo de vida.
Y así, cuando la traición se aposenta y toma carta de naturaleza, comienzan las persecuciones de la verdad. Tal vez la traición sea una forma de venganza o la venganza una de las formas de la traición. O, quizás, el felón que ha sido responsable del delito sea causa de admiración para los que vienen detrás, aprendiendo de sus pasos, examinando sus debilidades, acompasando sus maldades. El caso es que en un mundo en que la mentira es algo habitual, la traición es algo que puede ser descrito como una virtud en trance de ambición personal.
Los buenos comienzos son la excusa perfecta para las películas malas y esta es una buena muestra de ello. Un ex agente de la CIA es llamado para colaborar en una investigación que dejó coja algunos años atrás y tiene que enseñar el oficio a un joven impetuoso que trabaja para la otra gran oficina de las miserias americanas como es el FBI. El enfrentamiento está servido, los personajes se van perfilando bastante bien y, de repente, todo se rompe en mil pedazos. La trama enfila una cuesta abajo imparable que llega a hacer que todo se sustente en una debilidad argumental flagrante. Las casualidades son pruebas, se adivina el pretendido misterio a través de un imposible método de reducción al absurdo y la acción cae en el rizo y en la nadería de que todo tiene un móvil más antiguo que la muerte, más evidente que la sangre y más típico que el bombo de Manolo en un partido de la selección nacional.
Tres cuartos de lo mismo ocurre con los intérpretes. Richard Gere parece muy cómodo y muy relajado durante los primeros compases y, cuando el primer acontecimiento se desata, ya parece un poco más forzado, con esa mirada suya de ojitos pequeños y físico discutible. En cuanto al joven Topher Grace no se puede evitar el recuerdo de aquel joven Farley Granger al que Hitchcock torturó con un pacto que nunca tuvo lugar con otro individuo llamado Bruno en Extraños en un tren. La realización de Michael Brandt, por otro lado, es correcta pero carente de fuerza y de convicción y, sobre todo y ante todo, habría que explicar un poco mejor los móviles que fuerzan a las personas a llegar a determinadas conclusiones con razones más poderosas que el tan manoseado arte de birlibirloque.
Así pues, prepárense para la mentira. Es la única arma del hombre corriente contra las continuas agresiones de ese mundo que parece acorralarnos más a cada hora que pasa. Incluso es bastante probable que se encuentren con alguien que ha hecho de la mentira, una forma de vivir. Intercambien mentiras, experiencias, conclusiones, arrebatos y engaños pero dejen a la admiración tranquila. Nadie por mentir mucho y bien es digno de admiración. La traición es solo un atajo para llegar a objetivos que revelan la oscuridad del más blanco de los hombres y no siempre es digna, ni justificable, ni siquiera piadosa. Todos los que la escuchan y la prueban se acercan un poco más al abismo de la imitación. Y así no habrá más premio que la soledad más triturada, más encallecida, más decepcionante. La soledad no es un ingrediente necesario de la tranquilidad. Es el primer paso para acariciar, con dedos de reproche, las largas noches de vacío, de silencio, de egoísmo y de traición. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

PROFESOR LAZHAR (2011), de Philippe Falardeau

Dedicado a todos los profesores de la enseñanza pública, privada y privada concertada, porque todos ellos se dedican a una de las mejores profesiones que existen pero también de las más ingratas. Porque todos ellos sienten la frustración como rutina pero también, todos los días, se levantan diciéndose que esa lección que han preparado para hoy, va a ser útil, va a servir de algo, va a formar librepensadores, va a modelar una brizna del futuro de alguien. Con toda mi admiración hacia todos ellos, prescindiendo de maniqueísmos, amando lo que se enseña.

Mundos que se unen en aras de un conocimiento que no puede enseñar, solo vivir. La sensibilidad y el humor parecen convertirse en las tizas con las que se escribe en una pizarra que exhibe, orgullosa, sus enseñanzas. Cargar con la propia mochila y, además, con la de los alumnos, es una tarea demasiado pesada para un profesor que vive en el riesgo y siente en la temeridad. El silencio y el tabú de la muerte son razones más que suficientes como para renunciar a las propias inquietudes personales porque la mente, ese don maravilloso, no puede perderse en la ignorancia y el profesor quiere guiar en medio de la oscuridad. Quizá solo hasta que brille levemente la luz pero quiere dar la mano a todos los que desean alcanzar un minuto de plenitud, un segundo de magia, un instante de verdad a través de la comprensión de una existencia que, en épocas de uniforme y desorientación, se antoja enormemente complicada e inasible. La negación de la muerte no pasa necesariamente por ignorarla. La muerte es traumática y, sobre todo, incomprensible. Cerrar las cicatrices de la emoción es trabajo para la familia, pero también para los que forman estructuras de pensamiento capaces de resolver los más intrincados problemas. La exploración de la pérdida, de la fe, del exilio y de las verdades que contamos a nuestros hijos es el mejor camino para llegar a la madurez de mentes que, aún en estado letárgico, están deseando saber. Y ahí es donde entra la delicadeza del maestro, la enorme virtud de darse esperando la exigua recompensa de un tornillo más en el mecanismo de la exigencia. Exigencia oficial, exigencia burocrática, exigencia parental, exigencia empresarial, exigencia, exigencia, exigencia…
El viaje por las múltiples personalidades de todos los aprendices es tan apasionante como duro. Y debe ser tan exento de manipulación como eficaz. La emoción es la mejor droga para el alma y ahí es donde el profesor, en muchas ocasiones, se hace dueño de la atención. La película exhibe honestidad y realismo. Un realismo idealizado que se materializa a través del amor, si se quiere, pero realismo al fin y al cabo. El profesor, el auténtico profesor, derrama cariño todos los días de su vida sobre todos los que se sientan en sus pupitres. A veces no le dejan darlo, otras veces el cansancio se lo impide, las más, el desánimo lo ahoga y sale lo peor de la persona. Y ellos, precisamente ellos, los maestros, deberían tener la certeza de que siempre hay alguien que llora lágrimas de agradecimiento por su trabajo, que sonríe en casa cuando comprueban que su hijo ha asimilado bien algo que han enseñado con pasión, que, más allá de los regalos obligados con dinero comunitario, hay una mirada que solo trata de apoyarles en un caminar sobre fuego requemado. Y mientras la sociedad no sea consciente de lo que hacen y de lo que sufren, no habrá nada que enseñar.