viernes, 30 de septiembre de 2016

FLORENCE FOSTER JENKINS (2016), de Stephen Frears

El entusiasmo es siempre digno de respeto. Puede que no sea arte. Puede que ni siquiera se le parezca pero, de vez en cuando, también merece un aplauso. Ser la peor cantante de ópera del mundo puede ser todo un honor, sobre todo si se tiene el dinero suficiente como para permitírtelo. No hay talento, ni condiciones, ni sacrificio. Solo entusiasmo, emoción por la música, sueño de tomar parte en uno de los mejores inventos de la lógica humana. El resto son habladurías, convenciones sociales de las que no se puede uno salir así como así. Considerar a una soprano de verdad “un pajarito” y creer que uno canta como los ángeles tiende hacia la vanidad. Las lágrimas sí que son obras de arte porque el éxtasis de la belleza es alimento para el espíritu, para el alma y para la carne. Lo demás son solo notas, manchas en un papel pautado que se pueden cantar bien o mal, según haya más o menos capacidad. El mundo sufre, así que no sobra algo de entusiasmo por la vida en un mundo casi perfecto.

Meryl Streep vuelve a dar otra lección de inmensa actriz al darle cuerpo y alma a esta soprano que no tenía ni idea de afinar y que, aún así, quiso cantar por encima de todo. Es muy difícil ser una actriz que domina el arte vocal y convertirse en una señora sin ningún sentido del ridículo que canta el Aria de la Reina de la Noche, de La flauta mágica, de Mozart como si acabara de salir de tomar unos cuantos tragos en una tasca del Bronx. Sus expresiones, sus teatrales fingimientos próximos al divismo de alguien que no se daba cuenta del mundo en el que vivía, sí que son arte en la coda de sus impostadas arrugas. A su lado, Hugh Grant consigue ser tan estirado como impecable, divertido y oportuno, enamorado y tierno. Elegante en su composición de actor frustrado que renuncia a su ración de aplausos con tal de llevar adelante el sueño de su esposa. Y Stephen Frears dirige con sobriedad y cierta retranca una historia que, no por ser real, deja de ser ficción. Florence Jenkins existió, no poseía capacidades para cantar ópera, despilfarró mucho dinero en ganarse el cariño del público que solo iba a sus conciertos para reírse de una situación tan absurda que parece una obra de Ionesco, amó lo que hacía, se movió por los ambientes más selectos de la melomanía neoyorquina, cantó en el Carnegie Hall en un concierto que sonrojaría al más desvergonzado y aún así, es una figura que levanta un aura de respeto porque sintió el arte más que muchos que se han dedicado a él. No está mal para una señora para la que el verbo cantar era tan extraño como un Lied de Brahms. Solo intuido, nada fraseado, sin acierto, ni gracia pero cantado con un entusiasmo que llegó a contagiar.

jueves, 29 de septiembre de 2016

LOS SIETE MAGNÍFICOS (2016), de Antoine Fuqua

Cuando se aborda una nueva versión de la historia original de Akira Kurosawa de la que ya realizó un estupendo western John Sturges es inevitable que salgan las comparaciones. Lo que pasa es que, cuando se entra en ese juego, olvidamos el devenir de los tiempos, la variación en los gustos del espectador e, incluso, las constantes que hacen que el público acuda a las historias como si fueran nuevas y sorprendentes. Quizá, por eso, es tan importante saber ver cine, conocer el cine bueno de verdad y apreciar que, en muchas ocasiones, se nos intenta colar algún que otro timo como si fuera la reoca.
Con los ojos de espectador avezado, esta nueva versión no llega ni a la altura de los zapatos de aquella otra encabezada por Yul Brynner y Steve McQueen. Los personajes están peor trazados, hay motivaciones que no están suficientemente explicadas, se pierde el idealismo que destilaban esos pistoleros que, a primera vista, carecían de alma y, sin duda, esta nueva mirada se preocupa muchísimo de ser políticamente correcta, no sea que las minorías étnicas y las feministas de turno pongan el grito en el cielo diciendo que ellos y ellas quieren pegar tiros y tiras como el que más.
En su haber podríamos colocar el trabajo de Ethan Hawke, poseedor de las mejores líneas de diálogo en un guión bastante desdibujado, de Vincent D´Onofrio, uno de los talentos más desaprovechados de Hollywood y de ese villano con ganas que interpreta Peter Saarsgard, malvado en todas y cada una de sus miradas y abyecto en todas sus actitudes. Sorprendentemente a Denzel Washington se le aprecia forzado, incómodo, muy encorsetado, como si no hubiera tenido ninguna gana de encarnar al jefe de los siete bandoleros. Todo esto suponiendo que un negro pudiera tener alguna oportunidad de liderar a toda una banda en los tiempos del lejano Oeste, claro. El papel de Chris Pratt resulta absolutamente surrealista, sin dirección concreta, con salidas ciertamente absurdas. Antoine Fuqua, el director, tiene planos de maravillosa elegancia, imprime ritmo, se pasa de efectismos en algún momento y renuncia a complicarse demasiado la vida con escenas de carga dramática. El guión, por supuesto, incluye el elemento de la venganza, tan querido del público actual y modifica ciertos aspectos del original, no todos con acierto. Hay visitas ocasionales a Sergio Leone, como no podía ser menos, a Clint Eastwood, al Richard Brooks de Los profesionales e, incluso, a La primera ametralladora del Oeste, de Andrew McLaglen.
Si nos ponemos la visera de espectador que no se mueve mucho más allá del cine realizado en los años ochenta, habrá quien aplauda con entusiasmo la idea, le parecerá una película de acción estupenda e hasta disculpará su innegable ligereza si alguien comete la osadía de compararla con Sin perdón, de Clint Eastwood o con la incomprendida y maravillosa Open range, de Kevin Costner. Son los pistoleros de hoy en día que no tienen ninguna carta en la manga y caen acribillados por la ignorancia en cuanto la erudición se pone a disparar.
Y es que en nuestras vidas nos han ofrecido mucho pero nunca nos han ofrecido todo. Eso puede ser patrimonio exclusivo de un cine que se hizo con calidad, sentido y con un profundo respeto por lo que se contaba, cómo se contaba y hacia los personajes que intervenían. Eso sí que era magnífico.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS (2016), de Alberto Rodríguez

En un momento de la película Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula, el personaje de Garganta Profunda, interpretado por Hal Holbrook, le daba un consejo bien simple y muy sincero al periodista Bob Woodward al que daba vida Robert Redford:
-Sigue el dinero.
Y es tan fácil como eso. Desentrañar los misterios de los escándalos, de las corrupciones, del comportamiento de deleznables delincuentes de cualquier estrato social tiene una razón tan sencilla como esa. El dinero. Luis Roldán tomó el pelo a todo el mundo para acceder a un sillón. Su único objetivo era el dinero. Pasó de ser el algarrobo bravucón que pretendía llegar a ser ministro del Interior a ser un hombre asediado por la soledad, débil, refugiado en excusas que nadie se ha podido creer nunca. Francisco Paesa espió para el Estado español. Y lo hizo bien porque era endiabladamente listo. Y luego adoptó, con un cinismo casi insultante, todas las caras y caracteres posibles con tal de satisfacer un íntimo deseo de venganza y un desmedido afán por el dinero. Y aún así, después de ver esta película, tienes que escuchar por parte de algún espectador que “fue un tío endiabladamente listo. Yo hubiera hecho lo mismo en su lugar”. ¿Y de verdad la corrupción política está tan lejos de nosotros o forma parte del carácter español?

La historia llega a ser apasionante por momentos porque se ponen en juego intereses de todo tipo y se descubre que los espías tienen el aspecto de hombres de negocios que lo único que hacen es cerrar tratos como intermediarios. Las cloacas del Estado huelen a rata muerta y no resulta agradable comprobar cómo los servicios secretos hacen cosas que ni siquiera podemos imaginar, que la justicia es incapaz de seguir con cierta coherencia el rastro de las operaciones de ingeniería financiera, que la Tierra pertenece a unos pocos que se dedican a amasar verdaderas fortunas amparándose en sentimientos patrióticos, en ilusiones de democracia, en tratos con auténticas mafias o en ambiciones absurdas para escalar a lo más alto cogiendo todos los atajos posibles. Alberto Rodríguez y Rafael Cobos han vuelto a demostrar lo bien que en España se hace cine de género con una estructura original, bien sujeta en todo momento aunque, en alguna secuencia, el espectador impaciente se puede sentir despistado. Soberbio el trabajo de Eduard Fernández y estupendo el de José Coronado, cada vez más atinado, así como creíble el Roldán incorporado por Carlos Santos. Y es que en esta España nuestra anida la corrupción desde siempre y yerra el que cree que es producto de la actualidad. Y tonto el último. Basta con adoptar miles de caras, convenientes todas, para tejer un entramado de intrigas, de apariencias y de mentiras dichas como medias verdades para aparecer como alguien de confianza. Fíate tú de un español. Acabarás en la cárcel, muerto o miserable. 

martes, 27 de septiembre de 2016

LA DAMA DE SHANGHAI (1947), de Orson Welles

Mil veces muerto por una mujer que me devoraba las entrañas y que hacía de mí un muñeco que manejaba a su antojo. Mil veces muerto por nadar en una piscina llena de tiburones que se lanzaban en busca de la carnaza necesaria para comerse unos a otros haciéndose el mayor daño posible. Mil veces muerto porque tuve que aprender a dejar de amar para hacer justicia y que los tiburones siguieran su instinto. Ella me deslumbró, me agitó, me hizo sentir especial después de tantos años surcando los mares y dejando una botella vacía en cada puerto. Ella era el sueño, la gloria, la verdad, el infinito. Su mirada me desarmaba, sus gestos me hechizaban, sus palabras me atraían. Ella era el todo que yo siempre había ansiado. Hasta que pude ver todo lo que se escondía detrás. Una serpiente que utilizaba sus encantos para atraer a los más incautos y llegar al final de su ambición. Una ambición que había empezado muchos años atrás, en algún burdel de Shanghai. Bien pensado, la trampa era demasiado fácil. Si yo había caído ¿por qué no iban a caer muchos otros de la misma manera? Mil veces muerto. Pero ahora ella ya está agonizando y yo tengo que atravesar la verja para ser libre de nuevo.

Todo empieza con la peor secuencia que nunca dirigió Orson Welles para luego construir una trama apasionante y absorbente, que no deja de ser una confluencia de reflejos en los que no se sabe a quién se apunta. Rita Hayworth aporta toda la inocencia a un personaje que muerde letalmente a todo el que se acerca. Everett Sloane revela al inquietante abogado Arthur Bannister que está rendidamente enamorado de ella, hasta tal punto que matarla a ella es matarle a él pero está bastante harto de los dos. Y a partir de ahí se erige todo un edificio de pasiones soterradas, de frustraciones inquietantes, de engaños fraudulentos y abrumadoramente retorcidos, propios de unos personajes que nadan en el mal y se regodean en él. El marinero al que interpreta Orson Welles es un rudo irlandés que trata de ver claro en medio del bosque de trampas que se le tienden, de las sombras que se mueven, de los besos que se escapan. Y todo es turbio como el agua de los tiburones, donde los ataques no se ven y los oídos siempre escuchan, donde la muerte se aparece con rapidez y la visión se tiñe de lujuria y codicia. Todo está preparado para morir mil veces con heridas en el corazón, en la mente, en el raciocinio, en la locura, en lo grotesco, en el diálogo tan afilado que acaba en punta. No es fácil escapar a los tentáculos de un cerebro diabólico que enfrenta pasiones con deseos, que espera la lucha a muerte entre el amor y la ambición, que sucumbe ante el abandono y el desprecio. Porque esa es la última y única solución. Porque morir, al fin y al cabo, también es un desaire de la vida. Naturalmente matarte a ti es matarme a mí pero ¿sabes? Estoy bastante harto de los dos. Y si hay que romper todos los cristales en los que te reflejas y morir en el intento, no importa. Solo será una vez más.

viernes, 23 de septiembre de 2016

EL SALARIO DEL CRIMEN (1965), de Julio Buchs

A veces las pasiones humanas pueden con los más elementales instintos del ser humano. Un buen policía que ve cómo matan a un compañero en una redada por tráfico de drogas y que se propone cazar al culpable. La investigación le lleva a husmear por sucios callejones, preguntar a confidentes y todo termina en una mujer. Ella es única, es especial, tiene clase y está acostumbrada a un tren de vida que el policía no puede igualar. Pero la obsesión por tenerla es más fuerte que cualquier bala y entonces el policía se corrompe. Se corrompe por poseerla un minuto más, por poder decir al resto del mundo que esa mujer es suya, por sentirse, por una vez, tan afortunado como el traficante de drogas que se le escapó. Una mezcla de rabia e impotencia le embarga y entonces llega a lo más bajo. Un atraco con víctima, pensado hasta el más mínimo detalle, con elegancia. Solo llegar, coger el dinero y listo. No es suficiente. Todo sale mal y el cerco se estrecha peligrosamente porque también hay un chantaje por medio. Malditas aceras mil veces pisadas, malditos cigarrillos que huelen a rancio dentro del coche de vigilancia, maldita mujer que le roba el alma, la pistola y la placa. Es muy fácil venderse por el salario de un crimen. Mucho más de lo que puede llegar a pensar una conciencia.
Todo se precipita por el abismo de la irresponsabilidad. El compañero quiere ayudarle pero no se deja. La madre quiere ayudarle pero es mejor que no sepa nada. El superior le tiene aprecio porque fue compañero de su padre y, lo que es aún peor, no tiene nada de tonto. Y su rostro de viejo pies planos comienza a dibujar los trazos de la amargura porque sabe que la traición anda por ahí. Y el policía bueno, con buenas intenciones, que solo quería coger al asesino de policías, se va hundiendo poco a poco, en una irremediable locura de perdición que acabará con un último disparo, una última jugada, un último guiño, una última nada.

Arturo Fernández se erigió como el actor más significativo del cine negro español a finales de los cincuenta y principios de los sesenta y aquí consigue trasladar la angustia de ese policía que se tuerce porque, por una vez, quiere ganar. A su lado, Manuel Aleixandre como su compañero y, sobre todo, José Bódalo como su superior dan un par de lecciones sobre cómo llegar al espectador con un gesto, con una mirada o con una profundidad tan nítida que son sus personajes y algo más. Al fondo, una película bien hecha, con aires de Billy Wilder o de Otto Preminger pero sin renunciar a un cierto aire español que delata ese cine de género hecho por buenos profesionales que, sobre todo, amaban el cine. Mientras tanto, hay que tener mucho cuidado, porque puede cruzarse la persona equivocada sobre la senda más recta y entonces todo se vuelve una obsesión, un complejo de inferioridad que pesa como una losa, un reconocimiento del fracaso que se quiere evitar a toda costa, más allá del bien y del mal.

jueves, 22 de septiembre de 2016

LOS HOMBRES LIBRES DE JONES (2016), de Gary Ross

La libertad no es gratis. Nunca lo ha sido. Siempre hay que pagar un alto precio por ella que suele venir cifrada en litros de sangre, en toneladas de convicción, en hectáreas de perseverancia y en ríos de dolor. Nadie dijo nunca que la libertad fuera fácil y que no hubiera que trabajar por ella. Y nadie tampoco osó decir que, cuando viene, lo hace para quedarse. Ella es el amor por el que deberíamos luchar en todas nuestras mediocres vidas. Ella es el agua y el sol, la dulzura del viento y el arpa de hierba. Solo hay que mirar hacia dentro y ver si merece la pena pagar lo que vale.
Es fácil tomar esa decisión cuando el país está sumido en una guerra que manda a combatir a los pobres simplemente para proteger los intereses de los ricos. El sueño de libertad costará muy caro y será solo un espejismo si no viene acompañado de la igualdad. La injusticia no se cura con otra injusticia. En el fondo, todos sabemos lo que es justo. Basta con mirar en ese lugar donde habita la razón y dejarnos de ideologías, honores, intereses espúreos, política y conveniencias puntuales. Nada es más justo que un hombre libre que vive de lo que trabaja sin atender a su piel, sexo, raza, religión o procedencia. Y eso debería ser ley.
Cuando hay demasiada sangre derramada inútilmente, el ánimo se rebela en su propia decepción. Hay que detener el vandalismo de los que se creen caballeros y sorprenderles por la espalda. Quizá un entierro sea una matanza. Tal vez un expolio se convierta en una humillación para el invasor. Incluso es posible que la bandera por la que tantas veces has luchado te devuelva el favor con la indiferencia. Solo la horca encenderá la hoguera. Solo el vencido podrá espolear a los vencedores.

Loable intento por narrar con objetividad y buen gusto, sin ahorrar truculencias, una parte de la historia de la esclavitud en los Estados Unidos superando incluso a la infame Doce años de esclavitud, la película posee momentos brillantes y algún que otro tijeretazo de más que se debió de quedar en el suelo de la sala de montaje. En el centro de todo, otro espléndido trabajo de Matthew McConaughey que aporta intensidad y sabiduría a un papel que podría haber descendido al infierno de los tópicos pero que salva con entusiasmo. Hay irregularidades en la trama, cabos sueltos, falta de desarrollo en algún momento pero se nota la sobriedad de Gary Ross que sorprendió en sus dos primeras películas con Pleasantville y la azucarada pero notable Seabiscuit abandonando el estilo juvenil e impetuoso que dominó la primera de las entregas de Los juegos del hambre. Más allá de todo eso, estupenda la fotografía de Benoit Delhomme que pone de manifiesto el doble gatillo de los rifles en un paisaje de ensueño mientras la moral de los hombres se desdobla entre pantanos, bosques, praderas, campos de batalla y heridas incurables. Tanto es así que esa libertad soñada no encuentra solución ochenta y cinco años después y la intolerancia vuelve a poblar las miserias morales de los de siempre, los que oprimen, los que mienten, los que dejan de lado los derechos para introducir la obligación de odiar. Mientras tanto, en algún lugar, siempre habrá un puñado de hombres y mujeres dispuestos a luchar, a amar y a apretar ese doble gatillo para decir bien alta la palabra libertad. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

LA TELA DE ARAÑA (1955), de Vincente Minnelli

La terapia de los enfermos mentales tiene tanta lógica que, a veces, uno no sabe si el mundo real está lleno de enfermos mentales y dentro de la casa de reposo solo hay personas cuerdas. Todo empieza por unas cortinas y por una serie de egoísmos. La administradora quiere controlarlo todo porque tiene miedo a cualquier elemento que no esté sometido a su concepto de territorialidad. El director administrativo del centro es un hombre en cuesta abajo, que un día fue algo en el terreno del psicoanálisis pero que ya solo se ha convertido en un viejo verde, sin interés por los enfermos, presuntuoso hasta la médula, equivocado en sus apreciaciones. La encargada de la terapia manual es una mujer centrada que tiene demasiado dolor a sus espaldas. Tanto que no puede amar de nuevo a pesar de que es capaz de reconocer el espejismo de la pasión. El director sanitario es un entusiasta psiquiatra que vive por y para curar, que sabe que una de las finalidades de la terapia es estar siempre al lado de los pacientes pero eso le quita demasiado tiempo. No puede estar con sus hijos que, discretos y silenciosos, asisten al derrumbamiento de la familia. No puede estar con su mujer que demanda un poco de atención porque sabe que es tremendamente atractiva y que la vida es algo más que recetas de antidepresivos, que consultas a deshoras, que preocupaciones llenando la casa. Ella quiere vivir y ser vivida. Y por eso también desencadena el seísmo que hace que todo lo que se está construyendo a favor de los enfermos se tambalee, zozobre de forma peligrosa. Y todo por unas malditas cortinas.

Un poco más abajo, en el otro lado del diván, están los enfermos. Ese chico que tiene inquietudes artísticas y que no sabe cómo darles salida. Esa chica que es patológicamente tímida con los chicos porque no tiene ni idea de cómo tratarlos. La mujer del director administrativo es inteligente y comprensiva y se preocupa por él a pesar de que conoce de sobra cuáles son sus defectos. Cortinas, malditas cortinas. La administradora quiere elegir ella los colores, la mujer del director sanitario quiere imponer una solución rápida al problema para demostrar que sabe dar salida a las cosas que se presentan y de forma tan eficaz que su marido vuelva la mirada hacia ella. El director sanitario quiere utilizarlas junto con la encargada de la terapia manual para que sirvan de entretenimiento y orgullo a unos cuantos pacientes que no solo ponen sabiduría sino también toneladas de paciencia. Y así Vincente Minnelli construye un drama sólido que no tuvo ningún éxito en su día con uno de los repartos más convincentes con nombres como Richard Widmark, Charles Boyer, Lillian Gish, Lauren Bacall, Gloria Grahame, Fay Wray, John Kerr, Susan Strasberg…una tela de araña de intereses que siempre atrapará a una víctima inocente en el mismo centro y que solo podrá soltarse si rompe con el no y empieza a decir que sí, que tal vez. La mente teje sola sus entramados y, a veces, hay que taparse con ellos para no llegar a perder la misma razón.