MANSIONES VERDES (1959), de Mel Ferrer
Seamos sinceros. Aunque es un placer ver en escena a alguien del encanto y la dulzura de la gran Audrey Hepburn, Mansiones verdes no fue más que un torpe intento de su, por entonces, marido, Mel Ferrer por controlar la carrera de su hechizante esposa. La historia de amor que surge entre un venezolano que se refugia en la selva del Amazonas para huir de su pasado político y que se encuentra con una “chica-pájaro” en estado salvaje, huérfana y criada por la Naturaleza para vivir una aventura de búsqueda, amor y violencia, resulta floja, inadecuada, anticuada y un poco delirante.
El amor verdadero en el bosque de la lluvia fue, realmente, un filón que intentó encontrar el ínclito Ferrer a raíz del inusitado éxito teatral que resultó ser Ondine y que es una historia que guarda un lejano parecido con ésta. No por casualidad la protagonista de esa obra fue también Audrey Hepburn y fue un título que la llevó por medio mundo de representación en representación. Y hay que alabar, más que el fracaso de Ferrer, la osadía de la actriz que trató de hacer algo en el cine totalmente diferente de lo que había hecho hasta el momento. Y alrededor de ella está Anthony Perkins, bastante acertado en su papel, o Sessue Hayakawa, el recordado Coronel Saito de El puente sobre el río Kwai, liderando a una tribu de cazadores de cabezas en medio de la jungla, mansiones verdes para una pasión que, por imposible, se quedó en algo tan fallido como fracasado; y sobre todo, ese pedazo de actor que era Lee J. Cobb, abuelo de la protagonista y que, incluso sobreactuando, se convierte en uno de los centros de principal atracción.
Tampoco cabe ninguna duda de que algo de encanto kitsch tiene todo el asunto. Su estilo bizarro, casi cercano al cómic, convierten el cuento de inocencia y civilización en algo aislado y remoto, en una isla del cine a la que muy pocos han llegado en calma. Y lo cierto es que todo parte de una novela que resulta casi inadaptable al cine. Aún así, concediéndole valores que sin duda tiene y que radican, sobre todo y ante todo, en la toma de riesgo por parte de todos los que intervinieron en ella, puede que podamos sumergirnos con cierta dificultad en ese espacio de color imaginativo y fantástico que nos brinda el panorama, acompañados por la más dulce de las mujeres que pisaron nunca una pantalla de cine.
Eso sí, el escenario es simplemente maravilloso, espléndidamente fotografiado, paraíso que crece bajo los mismos pies de los protagonistas y que es testigo de una historia de amor que hace vibrar la hoja que da frondosidad al paisaje imposible, el de una mujer que hace tiempo que no está entre el común de los mortales.
Ninfa que corre bajo las sombras del atardecer en la jungla, silencio de belleza apenas esbozado en el espacio de los sueños, etérea visión de cristal roto por la luz que penetra en las rendijas de la espesura, inocencia exhibida ante la ambición que siempre despierta una lujuria que nunca fue merecida…Audrey…Audrey… ¿es que ella no despierta por sí sola todas las ganas del mundo por ver esta película?






