miércoles, 28 de junio de 2017

EL ACORAZADO POTEMKIN (1925), de Sergei Mihailovich Eisenstein

Recuerdo que aquel día, bajo un sol abrasador, decidí ir al cine porque me habían hablado de un ciclo dedicado a Sergei Eisenstein en una de esas salas de arte y ensayo fuera de los circuitos comerciales. Fui con las cejas levantadas y las manos vacías y esperé a que se apagaran las luces. Cuando la imagen fue tomando forma en la pantalla comencé a sentir que la emoción se sentaba a mi lado porque ese ruso tan difícil de ver y de sentir, me estaba removiendo las entrañas con la historia de la rebelión de unos soldados que se negaban a comer carne podrida en un barco de guerra. Y Eisenstein prolongaba los sentidos con su montaje exasperado, como queriendo llamar mi atención hacia la injusticia y el dolor. Luego, en un giro que la Historia no concedió, comenzó a introducirme en las protestas del pueblo de Odessa que se solidarizaban con aquellos marineros porque el hambre es el que primero protesta y esa gente estaba pasando hambre. Unas escalinatas que parecían no tener fin, que solo se exhibían en su augusta anchura negándome su altura mientras unos soldados bajaban disparando y la población moría acribillada. Un coche de niño y el primer plano de una madre que moría antes de ser asesinada. Y entonces las cejas se me cayeron porque sabía que estaba viendo lo mejor de un arte joven, la expresión máxima de todo aquello que había buscado durante toda mi vida en una sala de cine. El blanco y negro de los fotogramas me golpeaban como si intentaran dispersarme de una manifestación violenta y no podía gritar porque la oscuridad y la contemplación me lo impedían. El cine encontraba su ritmo y su intención mucho más allá del mero entretenimiento y el mundo se desmoronaba a mi alrededor, en medio de una batalla perdida en la que uno debe ponerse al lado de los más débiles. Eisenstein me había zarandeado y me había vuelto a arrojar con violencia a la butaca y yo seguía allí, impasible, imposible…incapaz de reaccionar aunque los sentimientos se acumulaban a traición. En ese momento, yo también fui un marinero del Potemkin, protestando porque esa no es forma de tratar a los seres humanos. Yo también morí en esas inmensas líneas escalonadas de piedra que los soldados descendían con marcial brutalidad porque parecían no pestañear. Eran como un ente sin alma y corazón que solo atendía a la orden de avanzar. El montaje había nacido como el elemento adictivo de la emoción y yo me había quedado en uno de sus cortes.

Cuando terminó la proyección, salí del cine cabizbajo, con un enorme peso en el pecho, en el silencio que me había envuelto con la película. Salí a la calle y la noche también avanzó sobre mí, implacable e impertérrita. Recuerdo haber mirado las luces de una plaza cercana y haber pensado que tenía suerte de estar allí en aquel momento porque ningún policía obedecería una orden como aquella que se les dio a los soldados de la matanza de Odessa. Me refugié en el Metro y, con mucha discreción, empecé a imaginar las vidas de mis compañeros de vagón y en si merecía estar con ellos, en medio de sus preocupaciones, de sus divagaciones, de sus adormiladas expresiones. Tal vez yo no fuera como el pueblo pero sería el primero que se pondría delante de los fusiles que dispararon sin piedad. Cuando llegué a casa y me fui a dormir supe que esa insensata valentía, se pasaría pero nunca llegaría y se borrarían de mi memoria aquellas imágenes que aún hoy me siguen disparando.

martes, 27 de junio de 2017

EL SIRVIENTE (1963), de Joseph Losey

Barrett es el perfecto mayordomo. Solo tiene un defecto. Es ese gesto, casi imperceptible, que su cara dibuja justo después de recibir una orden. Ahí delata que sus intenciones son aviesas y que, en el fondo y desde su posición de servidumbre, solo quiere invadir espacios, marcar territorios, intercambiar papeles. Es paciente, tiene la tranquilidad del humillador. En su servicio hay siempre un ligero matiz de insulto. Es manipulador, es puro vicio trasladado al otro lado de la puerta de la cocina. Es un terrorista social que ataca por la espalda cuando no se le ve venir. Cree que él merece ser el amo y el amo ser su criado. Va extendiendo su pegajosa tela de araña en silencio, como quien no desea ser notado. Solo hasta el golpe final. Solo hasta que los abismos de la locura se abran en el reducido espacio de la casa de su señor. El desprecio está permanentemente en su ánimo. La sedición es la parte más importante de sus intenciones. Barrett es muy peligroso. No hay que tomarlo a la ligera.
No hay nada más fácil que tender trampas en la sociedad acomodada a través del vicio. Solo hay que abrir puertas y dejarlas bien abiertas para que puedan respirar, desde su distancia, la misma degeneración. En su interior, Barrett sabe que los estúpidos petimetres de la clase alta desean ser golfos de baja estofa y que cuando prueban ese mundo ya no pueden salir. Entre otras cosas porque son débiles. Y Barrett puede fingir, puede retirarse momentáneamente, puede adoptar la forma más discreta pero no es débil. Es implacable. Es un monstruo que se mueve entre plumeros, copas de coñac, platos, ensaladas, comida india, detalles insignificantes…así hasta que llega a aceptar la ventaja añadida de mujeres que, en teoría, están fuera de su alcance. Así, la invasión llega a ser total. Así, la erótica del poder cambia de bando. Y su gesto…su gesto de asco y desprecio llega a ser el preludio de una locura anunciada. Como un visitante inesperado en una casa con mayordomo. Como la certeza de que la vida de los demás importa menos que eso que nos mancha los zapatos en la calle de vez en cuando. Barrett quiere dominar. Y hará todo lo que haga falta para conseguirlo.

Joseph Losey dirigió esta turbadora película con la colaboración de un Dirk Bogarde en estado de gracia, portador de las peores cualidades del conspirador más abyecto, silencioso manipulador que ofrece sin ofrecer, que enseña sin adoctrinar, que proyecta su sombra desnuda envuelta en humo lanzando una mirada de desafío hacia los que mandan. Todo un compendio de actitudes de prepotencia bajo la máscara del servicio hacia los demás. Y no nos engañemos. Barret, bajo el rostro de Bogarde, quiere ocupar el sitio que le corresponde. Mucho cuidado al mirar en la dirección equivocada.

viernes, 23 de junio de 2017

CRIMEN DE DOBLE FILO (1965), de José Luis Borau

Madrid gris. Madrid lluvioso. Madrid triste. Madrid oscuro. Tras los muros de las casas que aguantan el azote de la lluvia se esconde un músico que tiene miedo a la decisión. No está a gusto en ninguna parte porque siente que el fracaso preside todas sus acciones. El mismo aburrimiento de una tarde interminable hace que descubra un cadáver y que vea el rostro del asesino. Denuncia el asesinato pero no dice nada sobre su autor. Tal vez porque el miedo, una vez más, le paraliza. Teme las consecuencias y no quiere arriesgar el silencio de su hogar. Y, sin embargo, su error va creciendo tanto como su angustia. No se puede concentrar. No puede seguir adelante. Se confía a su mujer. La única que le ha comprendido pero que parece como distante, lejana, ausente. Las nubes no se van y el gris es el color de su vida. Quizá todo asesinato, en el fondo, es una partitura de pasión.
En su tedio claustrofóbico, el músico cree que todo le incrimina a los ojos del asesino. Él no ha dicho nada pero el criminal no lo sabe y, por tanto, puede ser su próxima víctima. Ya no tiene notas que ofrecer salvo una en clave de desolación. La policía se esfuerza por dar carpetazo al caso pero hay algo que no cuadra demasiado. Es el amor que, sin embargo, hace daño cada vez que se acerca. Ese músico sin melodía también merecería estar con los trastos del sótano, donde se halló el cadáver. Es como un arpa arrinconada y con las cuerdas rotas. Es como el ruido de la lluvia sobre las aceras de una ciudad sin ánimo. El melodrama se tiñe de negro y puede que no haya tanta sofisticación en un crimen sin resolver aunque el músico cree haber hallado la solución. Los crímenes de doble filo pueden ser trampas que exhiben una cuchilla incapaz de cortar. Aunque la otra sea mucho, mucho más dolorosa.
Malditos vecinos que siempre asoman la nariz para enterarse de las vidas ajenas. A veces testifican con el chismorreo en la orilla de los labios solo para que taparse las vergüenzas propias. Madrid sucio. Madrid perdido. No hay más entretenimiento en la capital que en cualquier pueblo lleno de indiscretos. El filo cortará tan fuerte que ya no quedará empuje, ni ánimo, ni ganas. Solo un final escrito sobre la espalda del más débil. La tragedia de un hombre ridículo, insignificante, que creció a la sombra de su genial padre solo para dejar bien clara su insultante mediocridad. El polvo entra en el olfato con tanta violencia que ya no se lo podrá quitar nunca. Es como un barco varado en una ciudad hecha de asfalto e inerte. El golpe final escrito sobre el pentagrama vacío será una coda hacia la derrota. Un crimen más. Una vida menos.

José Luis Borau dirigió esta historia con elegantísimos movimientos de cámara y aplicando los principios estéticos del Nuevo Cine Español al cine negro y para ello contó con Carlos Estrada y Susana Campos de protagonistas y, sobre todo, con unos secundarios de tronío e intensidad como Antonio Casas en la piel del comisario encargado del caso y José María Prada como el indiscreto sastre del bajo A. Todo para decir que la pasión puede ser el testigo mudo y pasivo de un crimen que condena a la muerte en vida. 

jueves, 22 de junio de 2017

PARÍS PUEDE ESPERAR (2017), de Eleanor Coppola

Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer (y viceversa, no vaya a ser que los acérrimos defensores de la igualdad de género me arrojen una lluvia de calzoncillos) y, en este caso, esa gran mujer, a sus maravillosos ochenta y un años, ha decidido dar un paso adelante y dirigir su primera película de ficción. Eleanor Coppola ha quedado para la historia del cine por ese documental titulado En el corazón de las tinieblas: El rodaje de Apocalyse now, donde no solo desvelaba los entresijos de la aventura emprendida por su marido, Francis Ford Coppola, sino que también, en un alarde de sinceridad, se atrevía a desnudar parte de su propia realidad conyugal, por otro lado, más bien triste.
Ahora, Eleanor se pone detrás de la cámara de ficción para rodar una road movie con una protagonista femenina que, sin duda, tiene mucho de ella misma. Se trata de la mujer de un productor que tiene que convivir con él y con su móvil y que, por supuesto, recibe muy poca atención. Por aquellas decisiones repentinas que, de vez en cuando, toman las mujeres, realiza un viaje en coche con un productor francés socio de su marido. Un tipo que no llega a ser guapo pero que resulta algo atractivo, elegante, bon vivant, conquistador empedernido, adicto a la comida y al que le gusta que el mero hecho de viajar sea mucho más importante que llegar al destino. Así que, mediante una serie de paradas gastronómicas, el francés intenta por todos los medios iniciar algo, aunque no sabe muy bien el qué, con esa guapa americana, abandonada en medio del país galo, con un buen puñado de frustraciones y otro de ganas de salir de su rutina.
Y ella no sabe a dónde va a parar todo eso. No se fía, da un paso adelante y dos atrás. Se abre a su asediador pero sin dejar que entre del todo, observa mucho y se calla unas cuantas cosas, intentando preservar lo que ella siempre ha creído que es lo correcto. Se desencadena el juego de sí pero no mientras el vino, el chocolate y las miradas cómplices se van sucediendo como si ella, en ese viaje que parece no tener fin, se fuera completando poco a poco. Y de hecho, no ocurre nada pero quizá esa nada sea el principio de todo. ¿Quién sabe?
En el centro de todo, Diane Lane domina la escena con un extenso repertorio de sensaciones hábilmente sugeridas y Eleanor Coppola, sin hacer demasiados alardes, se inclina por la sencillez, por un guión algo corto, que parece faltarle chispa en algún pasaje para que ese romanticismo que quiere destilar tenga su humor, su tasa de complicidad con el espectador que contempla todo con una cierta lejanía. La película es pequeña, rodada con los medios justos y el buen gusto como guía. Se deja ver con un pequeño gesto distendido en la comisura de los labios…pero nada más. Y Eleanor Coppola guarda mucho en algún lugar que ha preferido mantener oculto.
Así que, en esa indecisión alargada, pongámonos cómodos para detenernos en hoteles con encanto, en restaurantes de precio desorbitado, con platos de cantidad pequeña pero de receta complicada, en copas de vino de todo color y sabor…sí, porque quizá todo esto sea un viaje por los sentidos adormilados de dos personas que quieren darle un último sorbo a la vida, y, sobre todo, de una mujer que, de alguna manera, se mira a su interior para decirse a sí misma que ya han sido suficientes todos los sacrificios.

miércoles, 21 de junio de 2017

EL SÉPTIMO SELLO (1957), de Ingmar Bergman

“Quiero confesarme y no sé qué decir. Mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo puesto delante de mi rostro. Me veo a mí mismo y, al contemplarme, siento un profundo desprecio de mi ser. Por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas, me he alejado de la sociedad en la que viví. Ahora habito un mundo de fantasmas, prisionero de fantasías sin sueños.
¿Por qué la cruel imposibilidad de alcanzar a Dios con nuestro sentido? ¿Por qué se esconde en una oscura nebulosa de promesas que no hemos oído y de milagros que no hemos visto? Si desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos ¿cómo vamos a fiarnos de los creyentes? ¿Qué va a ser de nosotros, los que queremos creer y no podemos? ¿Por qué no logro matar a Dios en mí? ¿Por qué sigue habitando mi ser? ¿Por qué me acompaña, humilde y sufrido, a pesar de mis maldiciones que pretenden eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo, a pesar de todo, una realidad que se burla de mí y de la que no me puedo librar? Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mí y me hable. Clamo a Él desde las tinieblas y desde las tinieblas nadie contesta mis clamores. Si no hay nadie, la vida perdería su sentido. Nadie puede vivir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada. La mayor parte de los hombres no piensan ni en la vida ni en la nada, pero un día llegan al borde de la vida y tienen que enfrentarse a las tinieblas. Y cuando llegan, el miedo les hace crear una imagen salvadora. Y esa imagen es lo que llamamos Dios.”
Susurros de rejilla que el caballero Antonius Block dice a la muerte confesora. Dudas agitadas en el raciocinio a través de un mundo en el que apenas queda lugar para la belleza. La peste negra acaba con la población y la guerra termina con la fe. Sin embargo, el caballero quiere una última prórroga para poder dejar algo realmente bueno y, por eso, desafía a la muerte a una partida de ajedrez. No quiere salvarse, solo quiere distraerla. Tal vez porque no quiere apagar el llanto de un niño en su interior, o quiere maravillarse una vez más con un cuenco lleno hasta el borde de leche y una fuente de fresas recién cogidas. O quizás desea una última chanza, una débil canción que sale trabajosamente de un viejo laúd. O una lastimera queja de su fiel escudero que ha renegado de todo porque sabe que la vida también es una renegada. Morir al lado de quien amó. Rodeado de gente buena que también extravió alguna de sus actitudes buscando respuestas en un silencio atronador. Con la certeza de que hizo todo lo que pudo aunque no todo lo que debió. Flaco tesoro para un final. Tristeza de muerte, fría e ignorante.
Lamentos de valiente que pronuncia el escudero Juan a través de campos de final elocuente donde la peste devora ojos y deja bocas abiertas de horror y necesidad. Hombre formado que intenta explicar con la razón lo que es una simple cuestión de fe. Penurias que han mellado sus creencias hasta rechazarlas con virulencia, haciendo de él un alma en pena que vaga por los horizontes de su tierra natal con el cinismo como bandera y el escepticismo de viaje de vuelta. Sabe que la muerte está ahí, al otro lado del árbol, o un poco más allá, a lo lejos, en esa llanura de verde y negro. Y ella es paciente e inútil porque tampoco tiene respuestas. Juan busca en la justicia una razón por la que vivir y la emplea con responsabilidad y sabiduría. Tanta que parece que defiende una razón de fe. Mira a los cómicos con benevolencia porque es buena gente que no hace mal, que solo pretende, a cambio de un pago ínfimo, entretener al alma en su espera, sacar al pensamiento de la desgracia, vencer al tiempo siempre renuente. Juan intenta vivir pero no sabe. Perdió en algún lugar del camino una causa por la que vivir.
Y así, uno tras otro, van cayendo los sellos del apocalipsis que todos debemos experimentar. Y no podía ser de otro modo viniendo de ese hombre, manantial de vida, espejo de deformidades, agua de profundidades ignotas de creencias y vivencias que se llamó Ingmar Bergman.


martes, 20 de junio de 2017

EL DIARIO DE NOA (2004), de Nick Cassavettes

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Los vikingos", de Richard Fleischer, podéis hacerlo aquí.

La orografía de la mente es tan escarpada, tan abrupta, tan inútil, que detrás de cada colina puede permanecer el olvido. Instalado como un visitante ingrato, va borrando todos los recuerdos uno a uno. Pero no tiene en cuenta que lo último que pasa al blanco de la memoria son las sensaciones. La sensación de un primer encuentro, de una primera locura, de un primer beso, de la primera vez que se hizo el amor, de ese inigualable momento en el que uno se cree en la cima de la felicidad porque se está con quien realmente se quiere, con quien sabes que nunca te fallará, con quien deseas pasar el resto de su vida en una interminable historia de amor. La mente luchará por borrar eso también y es posible que llegue a conseguirlo en una última noche de tranquilidad y sosiego pero es lo que más le costará. Quizá eso sea la prueba definitiva de que el amor, el auténtico, el de verdad, puede ser eterno.
Entre medias, habrá que esconder en los pliegues del recuerdo las turbulencias del sueño que nunca es fácil de alcanzar. El verano que parece que nunca acaba, la pasión que se desata como gotas de sudor cayendo en la cálida noche, la ira porque el dolor anuncia su llegada con la fuerza de la incomprensión y de las mutuas obligaciones, la sensación de que todo se difumina con los días, que llegan sin remedio y se van, llevándose consigo un pedacito de ternura. La guerra y la pérdida, que arrasan el resto de un corazón que trata de conservarse intacto para quien realmente lo merece, el cariño de los que te quieren, el futuro que se abre como una casa necesitada de reparaciones desde el tejado hasta la entrada. Todo ello descubre formas de luchar en silencio, con una espera ingrata que siempre trae dudas y preguntas sin respuesta. O, tal vez, sí la tienen y no se quieren ver porque la emoción nos desnuda y nos despelleja con la violencia de un adiós. Amor que no acaba ni siquiera cuando la razón abandona. Amor que perdura más allá de la oscuridad de las palabras que pasan de largo sin llegar a agarrarlas…

En el rostro juvenil de Ryan Gosling se puede apreciar el castigo del tiempo con la madurez de James Garner. En la sonrisa luminosa de Rachel McAdams se adivina la maravillosa actriz que es Gena Rowlands. Y todos nos sumergimos en la seguridad de unos protagonistas que luchan por lo que quieren pero que, en todo momento, se saben amados, poseedores de un don que solo la muerte podrá romper. Nada se puede interponer entre unas líneas que recuerdan el nacimiento del amor de una vida y la maldita demencia senil que trata de arrasar a las personas, como si no hubieran dejado huella, como si todo ese inmenso cariño que vertieron se evaporase. Todo se resume en la noche, en una cama, en un último y sincero deseo de dormir bien para que, al día siguiente, el olvido vuelva a reinar en la mente en blanco. Quizá haya cinco minutos de lucidez…pero para quien ama con todas sus fuerzas, serán suficientes.

viernes, 16 de junio de 2017

LA TÍA TULA (1964), de Miguel Picazo

No todas las mujeres tienen la oportunidad de ser madres sin conocer varón. La desgracia vino de visita y le dejó un regalo a Tula. De repente, tiene que hacerse cargo de tres criaturas desamparadas. Sí, porque el marido de su hermana Rosa, Ramiro, es un niño más. Y ella se afana en que todo esté listo y a punto para esos tres regalos. Ramiro, de momento, accede a ese trato porque, en el fondo, está el dolor y los niños son lo primero. No tienen que sentir la ausencia de su madre y Tula lo hace realmente bien. Pero Ramiro es un hombre… ¿Qué, si no? Y Tula es una mujer joven y atractiva que lleva adelante la casa y se ha convertido en una segunda madre para sus sobrinos. La necesidad avanza y Ramiro cree que Tula es la mujer ideal para ocupar el puesto de Rosa. Pero tiene un problema. Tula es santa, Tula es beata, Tula es seguidora fiel de la moralidad a la que pone por encima de esa molesta sensación que puede ser el deseo sexual. Ella se entrega a la oración, a la apariencia de honestidad, a la memoria de su hermana, porque eso es lo que mandan los cánones. Y no se va a entregar a Ramiro por mucho que él sea padre de esos dos niños que tanto necesitan una familia. Hay que guardar el debido luto, hay que estar por encima de la carne y más aún del amor. Eso son emociones que no hacen sino desnudar el alma humana y el alma pertenece a Dios. Tula, corre, rápido, porque vas a perder el tren.

Así se forma un hogar en el que la felicidad parece algo cogida por los pelos. Ramiro y los niños están viviendo bajo el mismo techo que la tía Tula. Y la gente no tardará en hundirse en maledicencias. Un hombre joven, algo soso y sin enjundia, pero aún atractivo y una mujer elegante, con clase, virgen pero muy deseable, tienen que terminar entendiéndose. Ramiro es débil, además de hombre, y los veranos llegan con sus calores asfixiantes, sus tardes entre sábanas y sombras frescas, sus músicas que recuerdan el aburrido estío de horas largas y planes cortos. Y allí, Tula, es donde perderás toda la oportunidad de seguir siendo madre. Dejarás que el destino pase a tu lado por atenerte a las estúpidas y retrógradas normas de una moralidad que, simplemente, no existe. Solo pertenece a una época que se empeña en agobiar la libertad y confundir en el gris devenir de unos días sin rastro de ilusión. Hasta habrá vergüenza en el deseo irreprimible de Ramiro solo porque ni siquiera hubo una mirada que lo pusiera a tu altura. Has perdido, Tula. Y lo has perdido todo.

jueves, 15 de junio de 2017

LA MOMIA (2017), de Alex Kurzman

La idea de la Universal de volver a revivir los monstruos a los que dieron vida allá por los años treinta no deja de ser una constatación más de la falta de ideas de la fábrica de sueños. La premisa de que el cazador se convierte en lo que persigue se torna en un derrape de proporciones apocalípticas teniendo en cuenta que no es fácil darle al conjunto un mínimo de coherencia por mucho que se cuente con Tom Cruise y con Russell Crowe como atractivos incontestables. El producto es descaradamente comercial y todo deja un regusto de retorcimiento que acaba por decepcionar sin paliativos. Ya no hay monstruos de fantasía. Los tenemos justo al lado.
No cabe duda de que tiene su aquél poner en juego a un héroe que no lo es tanto. Así se puede manipular su desarrollo a lo largo de la trama a conveniencia para que nada chirríe demasiado. Tanto es así que, a lo mejor, el héroe tiene más defectos que unas vendas mal puestas y que resulta, por otro lado, especialmente vulnerable porque el amor abre flancos débiles en las supuestas luchas titánicas. Más allá de eso, las sociedades secretas dirigidas por otros monstruos hacen que la cosa comience a tomar el tono de una burla un poco delirante y lo que parecía prometedor al principio, se torna en una película de acción sin mucha tensión, un par de sustos no demasiado conseguidos y un buen trabajo del equipo de efectos visuales. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas.
Así que nos metemos de lleno en el terreno de las leyendas para que todo tenga una continuidad temporal sin entrar demasiado en disquisiciones sobre los personajes. Al fin y al cabo, todo el mundo conoce la historia del Doctor Jekyll que, intentando erradicar la maldad del ser humano, se convierte en el más malvado de todos. Las enigmáticas esculturas egipcias ponen el escenario adecuado en las consabidas tormentas de polvo y arena y un par de buenas escenas suben algo el listón sin llegar a amortizar el paso por taquilla. En pocos minutos, la película se habrá olvidado. Tanto como un sarcófago sumergido en una imposible piscina de mercurio.

Buena la partitura de Brian Tyler mientras van cayendo los golpes y el héroe resiste con estoica apostura. Los actores campan a sus anchas porque esto necesita muy poca dirección más allá de unas terribles frases para que todo sea mucho más misterioso e inquietante cuando, realmente, tiene muy poco de misterio y de inquietud. En algún momento, más vale ir pensando en echarse un buen sueño mientras la película inicia una cuesta abajo muy peligrosa que acaba por dejarla en algo menos que nada. Ni hay movimientos en la oscuridad, ni hay demasiadas ganas de asistir a segundas y terceras partes. La apuesta de la Universal es una muerte vendada, casi parcheada, muy mal cosida y peor realizada. Sobre todo porque hay algo que falta en la película por mucho que en el guión se hallen nombres tan ilustres como David Koepp o Christopher McQuarrie y es el talento. Ni siquiera es una buena película. Es solo un ensayo de un ensayo. En realidad, para eso, uno se envuelve en vendas y deja que transcurran los siglos sin leyendas ni nada parecido. Bastante tenemos con un buen puñado de Historia que está desapareciendo delante mismo de nuestros ojos. 

miércoles, 14 de junio de 2017

BAJO SOSPECHA (1982), de Robert Benton

La mente humana es algo tan difícil de desentrañar que, cuando se esconde bajo una seductora cabellera rubia, resulta imposible resolver los misterios. La fascinación se esconde en la ambigüedad y en el deseo y el paciente de un psiquiatra es asesinado. El asunto no pasaría de la macabra anécdota si no fuera porque el médico no está demasiado centrado. Acaba de pasar por un divorcio traumático y se ha trasladado a un apartamento que aún está sin las huellas de su estancia. Estanterías vacías, una solitaria mesa de despacho, la cocina tan ordenada que parece que no guarda sartenes…Una vida vacía que se ve incapaz de llenar. Y ahora, de improviso, un crimen cuya respuesta tiene que estar en la mente de su paciente, de la víctima. Repasa obsesivamente lo que le dijo en la consulta. Y siempre, al final de cada párrafo, hay un nombre de mujer. Alguien que sorbió sus comportamientos y condicionó sus intenciones. Tal vez porque esa misma mujer tiene algo que esconder. Tiene misterio, tiene encanto, no lo dice todo y en sus ojos hay una cierta sensación de desamparo. El psiquiatra no sabe hacia dónde encaminar sus pasos. Ni siquiera sabe cómo reconstruir su propia vida.
Los acontecimientos son una subasta que se venden al mejor postor. Un extraño sueco con cajas verdes, niñas diabólicas y miedos extraídos resulta ser la llave de muchas cosas aunque todo sea difuso, ilógico y, por supuesto, no deseado. Más que nada porque, en plena desorientación, el médico se enamora de esa mujer que ocupó los pensamientos de la víctima. Ve en ella una salida para su rumbo cercado. No quiere que ella sea la culpable aunque todo apunta a que sí, a que lo es. Y él no puede creerlo. No desea creerlo. Por eso, intenta profundizar en ella, descubrir lo que esconde, adivinar la verdad, besar sus labios llenos de tentaciones y ser lo único que vea en sus ojos huidizos. Ella está bajo sospecha y la muerte ronda en los alrededores de la noche.

Robert Benton dirigió este olvidado intento de homenaje a Alfred Hitchcock con Roy Scheider y Meryl Streep de protagonistas. En la película, aparecen muchas de las constantes del viejo maestro. Las alturas, las madres, las rubias, las apariencias, el falso culpable, los cuchillos, las subastas de arte e, incluso, una casa en Long Island, en Glen Cove, allí donde la muerte pisa los talones. El resultado es una obra con menos tensión, pero muy interesante, donde se da cita el equívoco y la naturalidad al narrar una historia sin aires impostados, sin forzar tuercas con tal de parecerse a Hitchcock. Benton hace su propia película de suspense sin poner demasiado énfasis. Y quizás eso hace que todo sea muy inquietante. Puede que el asesinato, al fin y al cabo, sea algo tan ordinario como una cena a la luz de las velas. 

martes, 13 de junio de 2017

EL SILENCIO DE UN HOMBRE (1967), de Jean-Pierre Melville

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión", de Radiópolis Sevilla a propósito de "La lista de Schindler", de Steven Spielberg, podéis hacerlo aquí.

Un pájaro, un cigarrillo y la soledad absoluta. Un minuto de concentración antes de construirse una coartada y cumplir un encargo. En los ojos de Jeff Costello están todas las respuestas que nadie quiere oír y todos los disparos que nadie quiere dar. El silencio en el que se envuelve no solo es un disfraz, también es una forma de expresarse. En su rostro de hielo se dibujan las crueldades de un mundo que yace por debajo, donde convive la violencia y el asesinato. Recorre las calles de la ciudad como una gota de sangre por el sistema venoso y su profesionalidad está por encima de cualquier duda. No hay demasiados lugares a donde ir, entre otras cosas porque no cree que nadie vaya a hacer algo por él. Demasiadas horas de soledad. Demasiado tiempo encerrado en ese cuartucho sin luz, sin alegría, sin pintura, sin nada más que un pájaro que le avisa de cuándo alguien ha forzado la entrada. Total, para eso, más vale que alguien le encargue que se mate a sí mismo.
Incluso al final, sus ojos parecen llorar porque ha encontrado a alguien que quiere hacer algo por él desinteresadamente. No es que vaya a haber amor. No es que se vaya a iniciar nada mucho más allá de un par de noches. Pero el ser humano siempre sorprende y una mujer le enseña cuál es el camino del jazz improvisado en la vida inesperada. Y el pájaro pía en su soledad, señalando los peligros de un camino que ya no tiene vuelta, que se empeña en retorcerse por el afán de no dejar huellas, que se aprovecha del mismo sentido de la profesionalidad del tipo que dispara. Las cosas hay que llevarlas hasta el final y no importa quién sea la víctima.
El silencio cae sobre el samurái porque tiene que hacer su trabajo sin atender al precio, porque no tiene que preguntarse razones ni responder las sempiternas cuestiones policiales. Solo debe mantener el tipo y dejar que su nombre se extienda por los bajos fondos. La policía será implacable y él se da cuenta del buen profesional que es el hombre encargado de buscarle. Por eso, el final tiene que ser el buscado. No puede haber otro. Un montón de ojos en blanco en el tambor de un revólver que delatan su intención. Ya el silencio será permanente. No habrá que inventarse más coartadas. Ésta será la última.

Alain Delon demostró lo que escondía tras ese rostro perfecto bajo la dirección de Jean-Pierre Melville. Debajo del sombrero de ala ancha de Jeff Costello hierven muchos pensamientos, sabemos cuáles son, pero ninguno será expresado. Y ésa es la verdadera película. 

viernes, 9 de junio de 2017

EL EXTRAÑO VIAJE (1964), de Fernando Fernán-Gómez

El hastío parece posarse en la polvorienta plaza de un pueblo donde solo el baile de los sábados trae algo de animación. A su alrededor, como abejas en una colmena, una serie de personajes tratan de salir de sus mediocres vidas apelando al cariño que nunca han tenido, comprando el atajo que les lleve a una impresión de felicidad. La vieja solterona, sus hermanos cortos de inteligencia y largos de intenciones, el músico guapetón que quiere montar una compañía de zarzuela, la chica ilusionada que vende trapitos en la mercería, la asquerosa cotilla que todo lo critica, todo lo comenta y nada tiene, la jovencita que provoca con sus contoneos y sus vestidos ajustados, los viejos de banco y bastón que miran a su alrededor para convertirse en el servicio de inteligencia popular…Todos ellos conforman un universo en el que se cuecen las ambiciones, las codicias, las ingenuidades, los sueños, la huida como promesa de plenitud en un lugar mejor del que no se conoce nada. El vino está muy bueno y la tinaja es amplia, señor juez. Y no hay nada mucho más allá del chismorreo en este pueblo de miserables, donde se da cita el grand guignol con aires de terror gótico, de ridiculización profunda, de espejo deformante.
Primero, la descripción. Paredes blancas, charcos sempiternos, fuente perpetua, charanga que pasa del twist al pasodoble con la facilidad de una mentira. Luego, la confesión. Una declaración que despierta simpatías hacia un pobre hombre sin escrúpulos que va a la deriva y que se viste de mujer para que una mujer deje de ser un hombre. El miedo al abandono se intuye dentro de ese teatro grotesco e imposible de crimen y desprecio. Muchas veces se ha dicho que el dinero mueve el mundo y no tienen razón. Es el desprecio. Desprecio porque tienen. Desprecio porque no tienen. Desprecio porque son más. Desprecio porque son menos. Desprecio porque matan. Desprecio porque mueren. Todo se queda ahí, en la orilla, sin acariciar ni una brizna de felicidad. Aire opresivo en una España deprimida y deprimente. Charco sucio donde se depositan las miserias que nos atenazan y que nos hacen tan mediocres, tan inútiles, tan provincianos. El asunto tendría gracia si no fuera porque hay muertos.
Y lo del hermano paralítico es para echarse a llorar. Cuento para conquistar a la novia y mantenerla a raya. Mentira para embaucar a la señora de posibles para que suelte dinero a cambio de un poco de amor a deshoras. A este paso, el concierto va a resultar muy desafinado y ya no quedan demasiados caminos por donde tirar. La muerte pondrá las cosas en su sitio en un sitio donde las cosas no quieren estar. Y así todo termina con las esposas en las muñecas y las lágrimas de los sueños desparramadas por toda la plaza. España negra. España pobre. Pobre España.

jueves, 8 de junio de 2017

LA PROMESA (2016), de Terry George

Hace algunos años el director y guionista Terry George realizó una buena película titulada Hotel Ruanda donde narraba con singular destreza la guerra civil entre hutus y tutsis en ese país a través de un personaje neutral interpretado con enorme eficacia por Don Cheadle. En esta ocasión, ha tratado de mostrar el genocidio desconocido, ése que no suele figurar en los libros de historia ni en ningún análisis político, por parte del ejército turco hacia el pueblo armenio. La intención no deja de ser buena y el intento, loable.
Sin embargo, George parece que olvida todo lo que exhibió anteriormente y se pierde en vericuetos que hacen de esta película algo soso, sin gracia, incluso aburrido por momentos. Después de un planteamiento atractivo, con una ambientación excelente ayudado por la fotografía del gran Javier Aguirresarobe, se estanca, deja de contar cosas, tan solo se limita a describir la desesperación de unos cuantos perseguidos que lo único que quieren es abandonar el país y comenzar una nueva vida.
Entre medias, nos cuenta una historia de amor que se antoja imposible, tal vez porque las promesas son inquebrantables. Y, si se ha visto algo de cine, se delata a sí mismo saltando de Doctor Zhivago a El albergue de la sexta felicidad sin ningún rubor, llegando a seguir la misma progresión narrativa de la primera. Lamentablemente, no termina de explicarlo todo, se queda a medias, probablemente obligado por un metraje que, ya de por sí, resulta demasiado largo. Hay un buen trabajo de Oscar Isaac y nuevamente asistimos a la sobreactuación de Christian Bale, más preocupado por mostrar recursos que de dotar de profundidad a un personaje que resulta mal trazado desde el principio, unidimensional, sin dudas, sin respuestas. Por allí, pululan algunos actores españoles como Daniel Giménez-Cacho o Alicia Borrachero y, quizá, hasta se desaprovecha el paisaje abrupto de las montañas del sur turco. Lo que podía haber sido un conjunto lírico se queda en un deslavace épico.
Y es que el amor, ¡qué duda cabe!, guía todos nuestros pasos incluso en los peores momentos de necesidad, haciendo frente a la ingrata existencia en un intervalo histórico equivocado. Cuando la vida humana vale menos que una bala, entonces solo queda agarrarse al amor como única esperanza de un nuevo comienzo que borre tantas lágrimas, tanta tristeza y tanta desolación. Incluso puede que el azar aparezca de improviso y se borre la sensación de la libertad para dejar solo la estela de un recuerdo que, al fin y al cabo, ha construido almas y ha ayudado a olvidar sufrimientos. Nadie ha reconocido nunca que se asesinaron a un millón y medio de armenios en los comienzos de la Primera Guerra Mundial y pocos han llorado por ello. Vergüenza y deshonra para todos. Ojalá el tiempo sea un juez implacable y acabe devorándolos en las entrañas de su propia ambición.

La amistad puede que sea el elemento más importante para salvar las vidas inocentes en cualquier guerra. Sin ella, puede que no tengamos ni las letras impresas, ni los sueños a salvo. Mientras tanto, habrá que luchar por aquello que es justo, sobre todo cuando están en juego la paz y la seguridad de muchas personas cuyo único pecado ha sido existir. 

miércoles, 7 de junio de 2017

ATRAPADO EN EL TIEMPO (1993), de Harold Ramis

Buenos días. El maldito despertador. Desperezarme. La ducha que me despierta. El desayuno frugal y rápido. Un beso. Adiós. Adiós. El ascensor. El vecino del tercero, simpático él. La calle. Los coches. Un pensamiento sobre el día que se abre. El camino. La baldosa que sigue rota desde hace cuatro o cinco años. Buenos días, señora Encarna. El autobús 70 que pasa rugiendo. Veinticuatro horas por delante. Vamos a aprovecharlas.
Buenos días. El maldito despertador. Desperezarme. La ducha que me despierta. El desayuno frugal y rápido. Un beso. Adiós. Adiós. El ascensor. El vecino del tercero, simpático él. La calle. Los coches. Un pensamiento sobre el día que se abre. El camino. La baldosa. Buenos días, señora Encarna…Esto lo viví ayer y se parece sospechosamente.
Buenos días. El maldito despertador. Desperezarme. La ducha que me despierta. El desayuno frugal y rápido. Un beso. Adiós, ya, sí. El ascensor. El vecino del tercero… ¿por qué no se calla? La calle. Los coches. Un pensamiento. El camino. La baldosa. Buenos días, señora Encarna…Esto no hay quien lo aguante.
Buenos días. El maldito despertador que me cargo de un puñetero martillazo. Desperezarme no. Mejor no salir de la cama. La ducha de las narices que podría irse por donde amargan los pepinos. El desayuno, vaya leche. Un beso. Adiós, anda y que te ondulen. El ascensor. El vecino del tercero…mañana le doy un puntapié en la cara a ver si así habla. La calle. Los coches. No pienso. El camino. La baldosa. Buenos días, señora Encarna… ¿podría morirse usted un poquitito? ¿Esto es una maldición?
Buenos días. Me pego un tiro.
Buenos días. Vale. Es mejor hacerlo bien. Levantarse con alegría. La ducha hace que cante. El desayuno del bueno, sano, zumito, un poco de café con leche, fruta, una tostadita. Un beso…no, no, no un beso cualquiera, no. Un beso apasionado. Uno de esos que hacen que la mañana sea inolvidable y, a la vez, una promesa para la lejana noche. Adiós. No. Adiós, no. Otro beso. Te quiero. El ascensor. El vecino del tercero, le doy yo conversación esta vez. La calle. Los coches. Un pensamiento hacia todos los que quiero. El camino es de baldosas amarillas y además me paro en la baldosa rota y la reparo. Compro la baldosa y allí que voy con el cemento. Buenos días, señora Encarna ¿cómo está usted? ¿Sus hijos? ¿Su marido? Que tenga buen día. El autobús 70 que pasa rugiendo pero lleno de gente a la que me gustaría conocer. Veinticuatro horas por delante que se me van a hacer muy cortas porque al día siguiente estaré deseando empezar de nuevo. ¿Se puede sacar más provecho?
Buenos días. Salí del bucle. Estoy escribiendo un artículo sobre Atrapado en el tiempo, una de las comedias más divertidas del cine contemporáneo y es uno de los mejores que he escrito en mi vida (mañana lo haré mejor) y aquí estoy, deseando que el día no se agote, que haya menos pamplinadas y más deseos de hacer las cosas bien. El día de la marmota no le ha ocurrido solo a Bill Murray en esta película de Harold Ramis. Nos ha ocurrido a todos. Se llama rutina y, si saca la cabeza, significará que hay algo de miedo al cambio. Tal vez porque no estamos seguro de que al día siguiente vayamos a hacer todo bien.


martes, 6 de junio de 2017

CON LAS HORAS CONTADAS (1950), de Rudolph Maté

Las horas pasan y Frank Bigelow está un instante más cerca de la muerte. Solo quiere averiguar quién le ha asesinado. Su organismo es el enemigo invencible que le va devorando el estómago poco a poco y hace de él un muñeco que recorre la ciudad arriba y abajo intentando esclarecer su propio final. Una escritura legalizada de una venta de iridio, una serie de personajes que, con toda naturalidad, mienten. El amor está esperando una respuesta y él ya no tiene tiempo de contestar. Frank Bigelow se muere y acude a una comisaría para denunciar un asesinato. La víctima es él mismo.
Las horas pasan y Los Ángeles parece un enorme ataúd que se va cerrando. El calor aprieta, el asfalto grita y la rabia inunda los minutos que le quedan. Malditas vacaciones. Tal vez si Frank hubiera sido más hombre habría permanecido al lado de quien realmente le quiere. Pero no. Frank Bigelow tenía que irse a San Francisco a divertirse, a echar una última cana al aire, a beber unas cuantas copas, a descansar de las horas interminables en su despacho haciendo declaraciones de renta, legalizando documentos y sumergido en la vorágine burocrática que ha hecho de él un hombre gris con una vida aburrida. Demasiadas copas la primera noche. La luz se ha hecho visible en su sangre y Frank está abrumado. Solo puede pensar en hallar al culpable. Aunque corra, aunque reciba golpes en su punto más débil, ése que se le está deshaciendo. Aunque al final no haya más recompensa que la justicia, o la venganza, o la utilidad, o concluir con un acto honesto. Frank se muere.

Las horas pasan y Con las horas contadas resulta trepidante de principio a fin, Edmond O´Brien da vida a Frank Bigelow con energía, con intensidad, con rabia, intentando encontrar respuestas en una muerte absurda e inmerecida. Las palabras resuenan en su cabeza intentando formar un sentido que no tiene y su existencia va a terminar repentinamente. Todos los planes de futuro se quedarán en nada del pasado. Sin más huella que haber dejado un par de besos apasionados, un par de frases bonitas, un par de sentimientos que morirán con él. Rudolph Maté bucea en la negrura de la serie B para regalar una obra maestra del cine de acción que incide en la volatilidad de la vida, en la brevedad de nuestros actos por muy eternos que nos lleguen a parecer y en el empuje que cualquier ser humano puede tener cuando descubre que todo se va a truncar de forma abrupta y repentina. Cuidado con esa copa…o con esa chica…o con lo que se está a punto de descubrir. Es posible que no sea agradable y que todo se reduzca a un acto inocente que se hizo mecánicamente porque mecánico era su trabajo, mecánica era su vida y mecánica será su muerte.

viernes, 2 de junio de 2017

LA INDIA EN LLAMAS (1959), de Jack Lee Thompson

Salvar a un niño que representa la esperanza a través de un país que estalla en llamas. Un tren que es como una bala en medio del desierto, que sigue su camino pase lo que pase, con lentitud o rapidez, pero sin detenerse nunca porque la muerte acecha a cada instante. La traición convive en los vagones y las sorpresas se suceden. Una estación fantasma en la que solo reina la desolación y se arraiga la congoja como una araña dispuesta a devorar a su presa. Quizá es época de heroicidades, de mantener la cabeza fría ante el continuo acoso de los rebeldes que solo entienden de sangre. Todos colaboran para mantener una supervivencia que parece escaparse. La vieja máquina de vapor que maneja el entrañable Gupta escupe sus suspiros de humo por la inmensa llanura india y por el camino habrá asaltos, raíles rotos en puentes vertiginosos, tiroteos en marcha, reparaciones en plena vía bajo fuego enemigo…esto es aventura, señores.
Y la aventura avanza trepidante por la traviesas de madera de un país desangrado, tratando de evitar el fin de una dinastía y la caída de un imperio. El turbio Van Leyden (Herbert Lom) plantará la semilla de la sospecha dentro de ese vagón que corre veloz hacia la seguridad y su ira tratará de acabar no solo con el niño, último descendiente de una familia de maharajás, sino también con todos los ocupantes que tratan, sencillamente, de escapar de un infierno ahogado en odio y rabia. El calor será un enemigo más a batir y más allá de los disparos se adivina un halo de crueldad en ese horno de polvo y violencia. La India está en llamas y nadie debe salvarse. Ni siquiera los hombres buenos.
Estupenda película, llena de acción y de ritmo que solo adolece de la falta de carisma de algunos de sus intérpretes como es el caso del protagonista, Kenneth More, en la piel del Capitán Scott, jefe de ese pequeño convoy que trata de llegar a territorio amigo batallando contra una tempestad de cólera. Solo Lauren Bacall otorga una elegancia magnífica al conjunto que aún desequilibra más al resto del reparto, lejos de su prestancia y encanto. Por lo demás, los episodios se suceden con ligereza, la aventura comienza a ser una compañía constante, todos tienen ocasión de lucirse y de poner algo de tensión mientras, detrás de las cámaras, Jack Lee Thompson demuestra que lo suyo era mantener al público en vilo más allá del puro entretenimiento.

Y es que no es fácil hacer lo correcto mientras el mundo se desmorona. Una rueca de algodón puede convertirse en un arma mortal que gira y gira tratando de ser instrumento de venganza y rencor. La vieja locomotora sigue con su ruido rítmico marchando hacia el horizonte. Y el día se convertirá en poco más de dos horas de memorable persecución, de cine auténtico de trucos falsos, de belleza en el momento y de gozo en la memoria.

jueves, 1 de junio de 2017

WILSON (2017), de Craig Johnson

Wilson es un individuo que se ha situado al margen por elección. No le gusta la gente aunque intenta entablar conversación con todo el mundo. No cree en nadie aunque trata de caer simpático por medios bastante desconocidos. Su gracia consiste en que no tiene ninguna. No se sabe a qué se dedica. Probablemente viva de las rentas… ¿quién sabe? Lo cierto es que todas sus actitudes sociópatas y absolutamente carentes de empatía esconden una enorme frustración. Se llama soledad.
Por eso, el único momento en el que Wilson comienza a sentirse realmente cómodo en la vida es cuando comparte su existencia con otro puñado de marginados por elección. Mientras tanto, trata de volver a ver a la única chica a la que quiso realmente. Ella, en el fondo, era bastante parecida a él. Solo que caminaba sin ayuda ninguna hacia el pozo. Wilson nunca supo entenderla, pero ahora va a ser diferente. Va a intentar por todos los medios que ella tenga una razón para seguir adelante. Y, de paso, él también.
La gente es crédula y cae con facilidad en el engaño. En realidad, Wilson puede ser un dulce misántropo que va rogando cariño por los rincones, pero no tiene maldad. Tiene un puntito de insidia cuando se pone lógico, pero se le disculpa con facilidad. Al fin y al cabo, la vida también tiene que dejar que las risas salgan y la mala sangre se evapore. Wilson es tan ingenuo que ni siquiera sabe cómo hacer que su soledad se convierta en algo que merezca la pena.
Así que allá va Wilson, con su perrita, su ex – novia, su hija y su desprecio continuado hacia la raza humana. En realidad, es toda una aventura sin final. Las cosas encajarán en su momento y Wilson se dará cuenta de que ha merecido la pena pisar este mundo porque también ha hecho un par de cosas bien. Se sentirá acompañado. Se sentirá, por una vez, realmente feliz. Hay otras personas completamente normales que no lo consiguen nunca ¿no? Pues Wilson ya les lleva ventaja.
En tono de comedia sin cargar demasiado las tintas en las salidas de tono de un personaje que se presta a ello, Wilson circula por las venas de sus protagonistas Woody Harrelson y Laura Dern. Ellos le dan forma y cuerpo a toda la historia y el resto destaca por su debilidad de planteamiento, su nudo aflojado y su desenlace previsible. Todo se centra en el personaje principal sin dejar ningún respiro a la perplejidad por sus actitudes porque Craig Johnson, el director, trata de mirar al misántropo con la normalidad de quien mira con los mismos ojos que el resto de los mortales y no encuentra más que motivos de crítica, chanza, burla, desprecio y chascarrillo. Algo así como si cualquier persona normal diera rienda suelta a sus pensamientos más primarios como reacción ante cualquier acontecimiento. Mucha libertad y poco cerebro. Mucha iniciativa y poco resultado. Mucha mordacidad y poca carne.

Y es que no es fácil mantenerse cuerdo hoy en día. Son demasiadas sorpresas, demasiadas cosas nuevas que asumir. Tanto es así que, incluso, el pasado se transforma en una sorpresa que nunca se vivió. Y entonces ya solo queda restañar unas heridas que ni siquiera se sabe cómo se abrieron.