viernes, 30 de enero de 2026

ODDITY (2024), de Damian McCarthy

 

Puede que, de alguna manera, se nos haya creado con la virtud de conectar con otra alma. No es muy común, desde luego, pero quizá dos hermanas gemelas puedan poseerla. Una de ellas muere mientras intenta acondicionar una especie de antigua granja que, sin lugar a dudas, tiene su encanto. La otra, ciega y experta en antigüedades, sigue experimentando una cierta conexión con su hermana. Quizá una vez que ha pasado un tiempo prudencial, sea el momento de remover la ciencia de lo oculto para sacar a la luz la verdad de lo que pasó.

Así pues, tenemos algunos elementos que parecen bastante atractivos, aunque estén narrados con una austeridad casi enfermiza. Una especie de mansión, una muerte violenta y una conexión con el más allá por parte de una experta que sólo desea descubrir qué es lo que pasó aquella noche en la que su hermana estaba haciendo un par de chapuzas en la casa y fue brutalmente asesinada. Poco a poco, se va sabiendo algo de aquí y de allá. Un extraño intentó avisarla en la casa y fue quien acabó siendo inculpado del crimen, pero no todo acaba ahí. La extrañeza se instala en cada uno de los rincones de esa casa restaurada y el marido cree que todo es la típica tontería, basada principalmente en la sugestión, de una hermana ciega que cuenta historias que hacen que el escalofrío sea el plato principal de la cena.

Y es que en ese vacío, en ese espacio extraño que se genera en la casa, se hallan todas las respuestas, que irán desfilando una a una por el incauto espectador. No estamos ante una película de sustos, aunque haya un par, sino que es una de esas que ponen los pelos como escarpias, levantando oleadas de estremecimiento, haciendo que la rutina cobre movimiento en la oscuridad, como si lo normal, no lo fuera y, por supuesto, sobrecogiendo con algunas presencias que apenas se intuyen, pero que se sienten en el silencio de esa casa que no tiene música, ni charla, ni comodidad entre la gente que la habita.

Dirigida con sencillez por Damian McCarthy en su segundo largometraje como director, e interpretada con cierta eficacia por Carolyn Bracken en su doble papel de las dos gemelas y por Gwilym Lee, que encarnó espléndidamente a Brian May en Bohemian Rhapsody, esta película resulta una sorpresa porque mantiene las premisas en todo momento, te va descubriendo secretos de acontecimientos pasados según va avanzando la trama y no decae al final, algo muy difícil de ver en los tiempos que corren dentro del cine de terror. El resultado es una película notable, que lleva el escalofrío dentro, que exige su dosis de atención, pero también golpea con inusitada contundencia aunque haya dos o tres flequillos que no están del todo resueltos. Yo que ustedes, si deciden verla, haría lo siguiente: encendería la luz, la vería acompañado y abrazaría con fuerza algún cojín si su pareja está acurrucada en un lado del sofá. Por algún sitio hay que desahogar esta historia de muerte, creencia, más allá y maldición.

jueves, 29 de enero de 2026

HAMNET (2025), de Chloe Zhao

 

Los dioses me envían con la misión de convertirme en el mensajero con alas en los pies para trasladar las sensaciones que se despiertan cuando se abre el corazón tras el terrible martilleo de la desgracia. El dolor es el arma más poderosa del destino y, con él, trata de abrir paso a sus designios como las letras inexorables de la genialidad como instrumento de la catarsis. A vista de halcón, puede que nos hallemos ante una de esas parábolas inciertas que sólo nos traen el consuelo del melodrama, pero si descendemos entre los mortales extasiados por la muestra más fecunda del ingenio entonces caeremos en la cuenta que esa pena tan profunda e indescriptible busca su propio desahogo dependiendo de cómo queramos exorcizarla cada uno de nosotros.

Así que retrocedamos atrás, muy atrás. El camino desandado debe llegar tan lejos que deberemos adentrarnos en los territorios ignotos de la ficción y, en consecuencia, de la fantasía. Para darle un aire de sinceridad, agarraremos por el cuello, como patos nadando en un estanque, a los personajes que un día sí existieron y los haremos y menearemos como si fueran presas de nuestra imaginación hasta que se amolden perfectamente a la emoción que queremos narrar. Introduzcamos esa delicada línea que separa la vida de la muerte con el acompañamiento indispensable del amor y, con un diminuto acento en la brujería, tendremos un retrato bastante aproximado del escape entre líneas, poniendo duelos a espada, traiciones, dudas e incestos para asegurar la atención y subyaciendo, como cuerpos removidos por la infamia, ese sentimiento tan herido, esa certeza de que la vida no ha sido gentil y de que la muerte, por fuerza, ha de venir revestida de rabia y rebeldía.

Sobre el escenario, sueños que mueren en cuanto se representan. Sobre la vida, amores que parten en cuanto mueren. Y si la muerte es representación y, a la vez, final, entonces no nos queda más que tener la seguridad de que el resto es silencio y de que la existencia se reduce a un ser o no ser, o, mejor aún, al desafío permanente de fantasmas que vienen a preguntar a nuestra conciencia si realmente ese es el destino que les correspondía o si es necesario tomarse la revancha con la vida. El resultado es brillante y absorbente, con histriones de altura, aunque el cielo sabe que es para referirnos a la parte más femenina de la farsa que nunca fue verdad, aunque, con el corazón abierto, no podamos evitar en llamar con urgencia a las lágrimas para que el nudo en la garganta pueda desasirse del momento. Puede que la responsable de todo, de letras impronunciables, no esté acertada en su totalidad, pero es que nuestro ánimo sabe que es difícil escaparse del sollozo cuando el más arrebatador de los consuelos se torna mitad arte, mitad caricia como una luna en cuarto menguante.

Al final, como no podía ser menos, el respetable rompe el silencio con aplausos, que resuenan en el interior del alma con tanta intensidad que cuesta coger el impulso para abandonar el asiento, se desea permanecer unos minutos en el consolador silencio para no destrozar la reciente visión y, con los sentidos en retirada, la reflexión se abre paso con dificultad entre el gentío que busca aire y el pensamiento que procura inteligencia. Todo para asistir a una experiencia que, sin caer en la vacilación, requiere instantes de paciencia para que la historia articule todos sus mecanismos y nos envuelva, igual que ese teatro circular que pasa por ser corral de comedias y recipiente de sensaciones que son tan complicadas de describir como difíciles de alcanzar.

Lo sé. Sé que estas líneas pueden parecer arrogantes o, quizá, recargadas de una retórica vacía e inane. Sé que no hago honor a nadie tratando de parecerme a un bardo que estremeció con sus historias y levantó admiración allí donde sus palabras se hacían inmortales…pero estoy seguro de que vuesas mercedes sabrán disculpar el intento al igual que una mujer supo ver cuánto se podía sufrir a través de una representación en unas tablas de verdadero talento.   

miércoles, 28 de enero de 2026

CAYO LARGO (1948), de John Huston

 

Un forastero llega a un hotel de los cayos de Florida sólo para decirle al padre de su compañero en la guerra cuánto le debía. Él había sobrevivido a pesar de que el muchacho no pudo regresar. El hotel está cerrado, pero hay unos cuantos huéspedes alojados, intentando pasar un fin de semana de pesca aunque, más bien, parece que están esperando algo. El forastero ha sido oficial de rango medio y se las sabe todas, pero no se va a creer lo que descubre allí. Un gángster de los viejos tiempos planea su regreso a la arena mafiosa para cobrar las deudas que no ha podido cobrar durante la guerra. Así de sencillo. Todo son rehenes de este caracol sin concha que cree que los mejores tiempos del país son precisamente aquellos en los que la prohibición se hizo la mayor fuente de contrabando de bebidas alcohólicas. El gángster dejó de recibir parte de su tajada y ahora vuelve para cobrar y darle un impulso al negocio. Así, los sedientos habitantes de los Estados Unidos podrán consumir un alcohol barato y que te hace un agujero en el estómago. Y la comunicación con el extranjero se hace muy fácil desde Florida. Son apenas unas millas. Han aterrorizado a todos los que quedan en el hotel y el forastero se deja dominar porque no querría de ninguna manera que hicieran daños a los que fueron padre y esposa de su compañero. Ese mismo que se desangró por unos ideales que ahora parecen puestos en duda.

Al lado del gángster, dos o tres pistoleros se encargan de asaltar el bar y una vieja novia, antigua vedette de revista, que está entregada al alcohol y que sólo le falta un paso para descender la vieja escalera de la humillación, será decisiva a la hora de rebelarse contra ese tipo que sólo ha destilado asco por el resto de la Humanidad y que está seguro, desde una posición ridículamente arrogante, de que va a burlar a todas las fuerzas de la ley y más aún a este forastero. ¿Qué se habrá creído? Les cuelgan un par de galones y ya se creen algo. Para aumentar la sensación de claustrofobia, un huracán se acerca a pasos agigantados al costado del hotel. Mientras tanto, la hoguera que, al principio, sólo tenía ascuas, comienza a disminuir su identidad.

Richard Brooks, guionista de la película y posterior director de grandes títulos como El fuego y la palabra o Los profesionales, dice que escribir esta película fue toda una escuela de aprendizaje para él. A su lado, como director y coguionista, estaba John Huston. En un hotel de los cayos de Florida, precisamente, en el que se alojaron los dos, Brooks se pasaba el día escribiendo mientras Huston mataba el tiempo jugando partidas de billar a diez dólares la apuesta. Brooks escribía unas cuantas páginas y Huston, de vez en cuando, subía, veía, leía y mandaba quitar o poner. Eso fue todo. Y el reparto, desde luego, era extraordinario porque no sólo estaba Humphrey Bogart como ese forastero, casi sin nombre, que debe controlar el guion que todos llevamos dentro. A su lado, un fantástico Edward G. Robinson en la piel de ese gángster que nunca estará satisfecho, Lauren Bacall como la abnegada viuda del compañero de trinchera de Bogart, parece con el gesto más relajado, más nítido. Y uno de los mayores actores del mundo, Lionel Barrymore, encarna al dueño del hotel. Siempre bueno y caritativo con todos los que se acercan a su establecimiento, también guarda un puñado de valor en su interior. Y, por supuesto, una incansable y maravillosa Claire Trevor en la piel de esa antigua chica de night-club, que gana un Oscar a la mejor actriz secundaria en este interpretación, sobre todo, por esa maravillosa escena en la que ella canta a cambio de una copa de whisky porque el alcohol no deja de recordarle el fracaso en el que se ha convertido su vida.

John Huston compone esta galería de perdedores, de seres que han llegado al final de su camino y que no saben si quieren continuar. La película, quizá, se podría definir como un noir teatral que contiene elementos de Tennesse Williams. Ambos elementos fueron acogidos por John Huston manteniendo un equilibrio difícil y casi magistral.

martes, 27 de enero de 2026

NELLY Y EL SEÑOR ARNAUD (1995), de Claude Sautet

 

Dos seres perdidos en medio de una vida que ha sido bastante ingrata para ellos. Nelly está casada con un idiota, que la ha hundido en deudas y que se ve incapaz de pagar. El divorcio es la única salida para ella y, aún así, no es la solución definitiva. Tiene que pagar y pagar y no dejar de pagar. Por aquellas casualidades de la vida, se encuentra con el señor Arnaud. Un viejo vendedor jubilado que, aunque no está divorciado, sí que se encuentra separado de su mujer, que ha preferido irse a vivir con un petimetre suizo a Ginebra. Estas dos almas perdidas encajarán perfectamente en el rompecabezas vital de cada uno. El señor Arnaud, un tipo que ya está de vuelta de todo, le propone a Nelly que sea su secretaria, de alguna manera. Pretende escribir sus memorias y Nelly parece la muchacha perfecta para pasarlas a limpio y mecanografiarlas. Bueno, quizá sea el último gesto de un hombre que ha visto impasible cómo su vida se ha malgastado. O puede que sólo desee un poco de compañía entre tecleo y tecleo. El caso es que el trato es que ella trabaje para él y el señor Arnaud, con mucho gusto, se hará cargo de sus deudas y de su sueldo. Son esos paréntesis que la vida, de vez en cuando, concede. Como una isla en calma en medio de un mar embravecido. Lástima que las cosas perfectas duren muy poco.

Nelly es bonita, es detallista y trabajadora. El señor Arnaud ha aprendido a observar y, también, a demostrar que sus intenciones son honestas. No pretende aprovecharse de una belleza como la de Nelly. Un poco rotunda e infantil al mismo tiempo. Sólo desea un epílogo digno, del que pueda sentirse más o menos orgulloso. Sin embargo, las cosas cambian. Nelly intenta una reconciliación. La mujer de Arnaud se presenta de improviso. Lo que parecía perfecto, se vuelve enrarecido. Las cosas no pueden ser como antes. Habrá que cambiar. El señor Arnaud tiene mucha experiencia y ahí se van a agarrar unos cuantos sentimientos.

El director Claude Sautet dirigió esta película en 1995 y se sintió tan satisfecho de ella y de la cálida recepción que obtuvo por parte de la crítica y del público, que no sintió ya ninguna necesidad de volver a dirigir otra película. Una decisión que podría haber tomado sin sonrojo el mismo señor Arnaud. Ah, pero es que esta película contiene más que la satisfacción de su director. Están Emmanuelle Beart y Michel Serrault. Ella aporta presencia, luz en la mirada, deseos irresistibles de abrazarla y hacerle partícipe de tus más profundas confesiones. Él es un actor extraordinario, que dice mucho más con la mirada que con la palabra y que domina la escena como muy pocos han conseguido hacerlo en el cine francés. La película es una auténtica delicia que es difícil de describir porque es un drama que no es demasiado dramático, pero que nunca se inclina por la comedia. En ese terreno ambiguo, casi inexistente, se mueve una película excepcional que, a buen seguro, deja un regusto dulce en el paladar de los que aman el cine.

viernes, 23 de enero de 2026

HÉCTOR ALTERIO: LA MIRADA QUE LO DECÍA TODO

 

                                                                             Dedicado a Malena Alterio, con cariño.

Héctor Alterio me miraba a mí. Yo sé que lo hacía. Daba igual que él estuviera ahí arriba, sobre un escenario o en la pantalla. Sus miradas eran clases de actuación que me llegaban directamente al oído, porque esa mirada hablaba. No importa cuál fuera la naturaleza del papel. Podría ser el malo, o el bueno, o el secundario, o la estrella invitada, daba lo mismo. Sus miradas me las dirigía a mí y yo me sentía directamente interpelado para que mi corazón reaccionase y mi alma se ensanchara un milímetro más. Sabía que ese actor, que siempre tenía la tonalidad justa y el gesto adecuado, era la encarnación misma de la sabiduría. Con él, he reído, me he preocupado, me he puesto nervioso, me ha asaltado la inquietud, me ha atemorizado, porque no actuaba para nadie más que para mí. Y he vivido sus aventuras y sus avatares y también, por qué no decirlo, me he emocionado con una lágrima renuente y un maldito nudo intragable en la garganta. Eso no está al alcance de cualquiera, os lo puedo asegurar. Era uno de esos pocos actores que lo decían todo sin necesidad de mover los labios.

Mi respeto casi reverencial por Héctor Alterio llegaba a los límites del culto. Bastaba que avistara su nombre entre los miembros del reparto de cualquier obra de teatro o de una película para tener la plena seguridad de que iba a ver algo que, al menos, tendría dos o tres momentos que merecerían la pena. Esa voz tan modulada y tan certera, que sabía ser histriónica cuando la ocasión lo requería, que se quebraba de una forma tan particular que nadie más podía imitar…querido Héctor…estoy escribiendo estas líneas y mis manos lloran y mis ojos buscan y mis penas se desatan. Cómo podría yo agradecer tantos instantes de eternidad suspendida con tu voz y tu gesto. Cómo podría yo, siquiera, acercarme a una milésima parte de lo que tú has hecho. Querido Héctor, cómo podría conseguir una entrada en el teatro donde estés ahora mismo haciendo tu representación…

Dicen que los espectadores no somos competentes como para abarcar el tremendo trabajo de los intérpretes entregados a su tarea. Yo sé también que había un trabajo muy duro detrás de todo lo que él mostraba, que su mirada no era algo espontáneo, aunque hubiera tantísimo talento en ella, sino que la ensayaba y sabía lo que hacía a cada minuto en el que la cámara rodaba y el público esperaba en la oscuridad. A todos los que nos gusta ese trabajo que hacen los actores y las actrices, no pude escuchar nunca una palabra en contra del trabajo de Héctor Alterio. Nunca un “qué mal está Héctor”, jamás un “Héctor no me ha convencido”, y ni mucho menos un “bufff…anda que no está pasado de rosca Alterio”. Sólo elogios rendidos, respetuosos, quizá algo breves en alguna ocasión, pero siempre con la admiración en sus signos exclamativos.

Hoy, yo sé que el teatro y el cine han perdido parte de su mirada, pero lo que no sabía nadie, es que Héctor Alterio me miraba a mí, y que esa mirada nunca fue de los demás. No quiero destacar ninguno de sus trabajos porque eso sería decir que unos fueron mejores que otros y no lo pienso. Todos fueron igual de buenos, igual de honrados e igual de asombrosos. Por todo ello, también pienso que su mirada no se va a perder porque en mi memoria están almacenados todos sus pestañeares y todos sus matices. Y escribiré sobre ellos, seguro, como si fuera la primera vez que un actor tan grande me mirase y me hablase sin despegar los labios. Y si, luego, dijese una palabra, también diré que era la manera más adecuada de decirla. E intentaré transmitirlo lo mejor que sepa. 

jueves, 22 de enero de 2026

SI PUDIERA, TE DARÍA UNA PATADA (2025), de Mary Bronstein

 

La vida estira, estira y estira y, a veces, parece que la goma se va a romper. El destino ha dictado sentencia y quizá no es suficiente con hacer todo y más y el devenir de los acontecimientos hace que se exija más porque hay que llegar antes, hay que llegar mejor y hay que llegar más alto. Cuando la situación se prolonga, entonces es cuando se entra en estado de pánico. Sobre todo porque no hay vías de escape lo suficientemente compensatorias y comienza el tonteo con las drogas, con un lingotazo de vez en cuando para disfrutar de una soledad que, prácticamente, acaba por ser un consuelo y con la insistencia de los sueños, que hacen oposiciones al acoso y derribo de la conciencia.

Así es cómo nace el sentimiento irreprimible de culpa. Las presiones se suceden y nadie, absolutamente nadie, echa una mano. La sensación es la de golpearse contra un muro y ninguno de los impactos es suficiente como para echarlo abajo. Eres tú quien se viene abajo. Y el proceso no es repentino y veloz, no. Es una continua excavación del ánimo hasta que ya no queda nada. Ni siquiera la voluntad.

Rose Byrne realiza una interpretación impresionante. Una mujer sumergida en la más desoladora desesperación en la que todos los aspectos de su vida son una ruina y a la que la cámara sigue obsesivamente, en una discutible decisión de dirección de la realizadora Mary Bronstein, que también hace el papel de una médico que acaba por ser puro acoso. Eso hace que, tal vez, la película sea un cansino repertorio de desgracias que no da ni un solo respiro al público. No hay un momento de comedia, ni de relajación, ni de compensación a la protagonista. Sólo una sucesión de situaciones, a cual más decepcionante y desesperada, que coloca al espectador en una situación tan incómoda que acaba por pedir a gritos el final. Por cierto, sin desvelar nada. Abran los ojos al terminar.

El resultado es una película que apuesta por un falso neorrealismo casi narrado en primera persona. El único que se compadece y acompaña a la protagonista en sus inacabables avatares es el espectador que, por otro lado, es el más incompetente para ayudar. Y puede que, en el fondo, también haya un cierto instinto de identificación porque vivimos una época en la que a todos se nos estira la goma hasta límites casi insoportables, a todos nos invade una sensación de culpa porque creemos que no hacemos lo suficiente cuando estamos al borde del derrumbamiento psicológico, a todos nos aplasta una vida que no hemos elegido por mucho que, en algún lugar de nuestro interior, supiéramos que eso iba en el paquete de la existencia. La rabia se apodera, buscamos obsesivamente una vía de escape porque sabemos que las salidas están selladas, rogamos por el apoyo externo y nos encontramos con puertas herméticamente cerradas que, incluso en alguna ocasión, nos han sonreído y han ofrecido una amistad que no se mantiene a cualquier precio. Y los golpes, como decía la canción, siguen cayendo. ¿Hasta dónde podremos aguantar?

No hay descanso, no hay recompensa. Sólo lo que queda de nuestro equilibrio será capaz de exhalar la idea de que hicimos lo que debíamos y eso, única y exclusivamente, vendrá si podemos distinguir algo de sol entre las nubes. Los seres humanos tenemos un límite, aunque creamos que no. Y, tal vez, ese límite esté en los sueños.

Si deciden verla, ya saben. Arrellánense bien en la butaca, dejen que les muestren el repertorio de contratiempos que va sorteando o aplazando la protagonista y puede que tengan un minuto o dos de reflexión, pero yo, personalmente, si pudiera, le daría una patada a esta película. Soy demasiado viejo y me acosan demasiados problemas para perder una hora y tres cuartos de mi vida asumiendo los apuros de una mujer que no merece tanto olvido.

miércoles, 21 de enero de 2026

EL CLUB DE LOS MILAGROS (2023), de Thadeus O´Sullivan

 

Hay que reparar demasiadas cosas cuando la edad llama con fuerza. Un bulto en el pecho, un niño que no quiere hablar, una pierna averiada…y, quizá, una amistad que se truncó por un amor mal entendido y un cotorreo malsano que provocó un destierro. Por ello, lo mejor es ir a Lourdes y confiar en que la Virgen María se ocupe de los problemas. Sin embargo, eso no funciona exactamente así. Puede que los milagros no existan y sólo haya años encima y que lo que se puede solucionar sea con la base de la fuerza de voluntad. Salir de ese villorrio de Inglaterra, acompañadas del cura, es ya un paso adelante en unas mujeres que lo mejor que han sabido hacer ha sido cuidar a los suyos y que, por el contrario, nadie se ha dedicado a cuidarlas a ellas. Ellas han criado a los niños, han cocinado, han limpiado la casa, han vigilado la vejez de otros, han sido muy amigas, eso sí. Tanto que no tienen ningún inconveniente en cantar una canción sesentera para recaudar fondos para el viaje. Lástima que una de ellas haya preferido ir a encontrarse con Dios un poco antes. Si no, el viaje hubiera sido inolvidable. No importa. La hija aparece después de cuarenta años. Estará representada.

Es verdad que parece como si el reparto de esta película no estuviera muy ajustado. Kathy Bates es amiga de parecida edad a Laura Linney y, no obstante, es decididamente mayor. Al mismo tiempo, ella y Stephen Rea tienen un buen ramillete de hijos…demasiado jóvenes para lo mayores que son ellos. Esto se debe a que fue un proyecto que se gestó hace muchos años y que nunca encontró financiación. Cuando el director Thaddeus O´Sullivan consiguió el dinero suficiente, decidió mantener los nombres de los intérpretes, aunque ya habían pasado unos cuantos años desde que fueron pensados. Además de todo ello, no puede haber más que una sonrisa al ver la última aparición en pantalla de la grandísima Maggie Smith, que pasea su sabiduría oscilando entre la comedia y el drama y en ambos terrenos parece dar unas cuantas bofetadas de superioridad.

El resultado es una película amable, una de esas que te deja buen sabor de boca, aunque no se produzcan los milagros… ¿o sí? Bueno, eso es mejor dejarlo al libre albedrío de cada uno. Lo cierto es que acompañamos a estas buenas señoras hasta Lourdes, nos alojamos en ese hotel coqueto, compartimos esa copa que termina como un trago de vinagre y deseamos fervientemente que el milagro se produzca. En ellas se pueden apreciar las arrugas del sufrimiento, pero también de sus propios errores, y se intuye que sí, que merecen ese don del cielo, esa leve mirada que lo cura todo y que hace que puedan volver un poco más felices a ese villorrio lleno de dimes y diretes y que, en realidad, salvo el privilegio de haberse conocido entre ellas, apenas ha aportado nada a sus vidas. Así que sumérjanse en estas aguas milagrosas. De algún modo, las comprendemos tanto que nosotros también nos subimos a ese autobús que es casi de museo. Y, aunque no seamos creyentes, sabemos que ahí hay actrices que son un auténtico milagro.

martes, 20 de enero de 2026

LA NOCHE ETERNA (2024), de Michiel Blanchart

 

Hay que andarse con mucho cuidado si se trabaja como cerrajero de urgencias. En una ciudad como Bruselas, hay que asegurarse que se va a abrir la puerta de quien realmente vive ahí, pedir el carnet de identidad y el pago en efectivo. Todo en orden. La noche se hace realmente larga yendo y viniendo por las calles húmedas e iluminadas con esa luz cálida e irremediablemente fría de la capital belga. Hasta que una chica que parece que está en apuros llama. A partir de ahí, la noche no es larga. Es eterna. Ella quiere que le abran la puerta y, claro, el bolso está dentro de la vivienda. Con su carnet y su dinero. La chica es más rápida que el cerrajero. Entra, coge unas cosas, sale, dice que no tiene la pasta en efectivo y que va a un cajero y que le ha dejado el documento de identidad encima de la mesa. Limpio, fácil. Lástima que cuando el cerrajero va a coger el carnet, que, evidentemente, no está, es sorprendido por el dueño de la casa.

No he desvelado nada. A partir de ahí, todo ocurre en esa noche interminable que debe vivir el incauto cerrajero que ha confiado en una chica más o menos atractiva y que parecía estar en apuros. Hay dinero de por medio, un clan mafioso, un ultimátum, un equívoco y la seguridad de que Bruselas esconde más secretos que verdades. El cerrajero se lanza a la noche. No es ningún novato. Hace algunos años ya tuvo algunos problemas y pagó con la cárcel y, por eso, más o menos, aún recuerda cómo moverse entre las sombras. Sombras que, inevitablemente, van a enseñar el filo del cuchillo, la cinta de carrocero y la resplandeciente verdad sobre el intento de quedarse con el dinero sucio de un negocio innombrable.

Excelente película de producción belga bajo la dirección de Michiel Blanchart, que mantiene con cierta maestría la tensión a lo largo de esa noche en la que el cerrajero tendrá que abrir puertas con rapidez y cerrarlas a la  velocidad del relámpago. El enredo parece que no va a acabar nunca porque el cerrajero nocturno debe arreglar los desaguisados de su exceso de confianza y lo debe hacer rápido, sin pensarse dos veces lo que está haciendo y tratando de racionalizar toda la puñetera locura que se ha desatado porque es demasiado buena persona. Tendrá que juntar piezas, removerse, moverse, verse y luchar. Le van a perseguir por todos los lados y va a actuar como salvador irredento para poner a la chica sobre seguro. Mientras tanto, la noche eterna es cantada por Sylvie Vartan y  nos adentramos cada vez más en una oscuridad que resulta temible porque es el dinero o la vida. Así de sencillo. Y este dilema tiene unas ramificaciones insospechadas cuando se trata de gente que está acostumbrada a plantearlo. A veces, hay que apartar la vista para conseguir la siguiente respiración. A veces, hay que saber reconocer que el mundo no está lleno de buenas personas. En Bruselas, este pobre cerrajero va a tener la prueba fehaciente de que el sacrificio puede hacer que, al menos por dentro, llegues a la satisfacción del deber cumplido.

viernes, 16 de enero de 2026

ROB REINER: UN HOMBRE BUENO


 Rob Reiner era un hombre bueno. Poseía un magnífico sentido del humor, probablemente herencia de su padre, el actor y director Carl Reiner, con el que nadie podía hablar en serio. Como productor, nos dejó unas iniciativas memorables a través de su casa, Castle Rock. Como director, nos ha legado un puñado de películas excepcionales que han dejado huella en todos aquellos que amamos el cine. Era un hombre bueno. Algo más. Era extraordinario.

Comenzó con eso que los americanos llaman “mockumentary”, es decir, un falso documental en clave de comedia, siguiendo los pasos de un imaginario grupo de rock en This is spinal tap, con muchas dosis de humor salvaje e inteligente, a la vez, un caso raro dentro de la historia. Con apenas presupuesto y acudiendo a unos cuantos amigos para incorporar los más diversos papeles, incluso interviniendo él mismo en uno de ellos, la película es divertida, original, con una fuerte carga crítica sobre los falsos mitos y sobre los documentales trascendentes que se sigue viendo en las más diversas filmotecas. Una pequeña joya que, siendo rigurosos, no deja de ser una película de aprendizaje.

De ahí salta a una película como Juegos de amor en la universidad, con unos juveniles John Cusack, Tim Robbins o Daphne Zuñiga en los papeles principales. Otra película sin más ambición que combinar con cierto equilibrio la comedia y la nostalgia por aquellos años de despertar sexual que acaba siendo divertida y preparatoria para esos impresionantes títulos que Rob Reiner nos dejaría después.

Su primera gran película, que se ha instalado por derecho propio en la memoria de todos, es Cuenta conmigo, adaptación de un relato de Stephen King, realizado con un enorme cariño y acierto sobre unos cuantos jóvenes que deciden emprender una aventura para ver el cadáver de un hombre. En la película coexisten con maestría el recuerdo, la nostalgia de unos años irrepetibles, la inocencia, el despertar, la camaradería y, desde luego, la certeza de que nadie ha tenido unos amigos mejores que los que estaban a nuestro lado a los doce años. El tiempo, terrible juez y siempre ausente, se encarga de otorgar perspectiva a todo lo que hemos hecho y que nos ha cimentado como personas. Una excelente película.

El guionista William Goldman no estaba nada convencido con lo que había escrito sobre La princesa prometida, lo veía un cuento ñoño sin gracia que iba a estar dirigido a un público muy segmentado por su naturaleza infantil. Su encuentro con Rob Reiner fue providencial para convertir ese cuento en una comedia inolvidable, en el que se exaltan los defectos de cuento infantil para proyectar un relato para adultos y para niños que es enormemente divertido, paródico, espasmódico y torácico. Su retrato de personajes arquetípicos ha pasado a la historia del cine como una galería de caracteres que no dejan de ser ridículos y legendarios al mismo tiempo. Y háganme caso, cuidado con los RAG.

Reiner se siente cómodo en la comedia y, comedido, se lanza a una historia de amor a través del tiempo (una de las constantes de su obra) en Cuando Harry encontró a Sally, siguiendo la estela de Woody Allen, pero con un toque irremediablemente personal y gamberro y con dos intérpretes maravillosos como Billy Crystal y Meg Ryan. La radiografía de los pensamientos evolucionados de una pareja que no acaba de encontrarse nunca es algo más que el éxtasis fingido en una cafetería o que la consabida ola en las gradas de un estadio. Es imposible ver esta película con la sonrisa caída. Es imposible no enamorarse de Harry y de Sally. Es imposible que, detrás de esta película, no haya un gran director.

Su asociación con William Goldman vuelve a dar en el blanco con la adaptación de otro relato de Stephen King como es Misery, con Kathy Bates regalando un recital interpretativo que le valió el Oscar a la mejor actriz y con James Caan como el cordero propiciatorio. El resultado, salpicado con algún que otro momento de comedia, es el de una película tensa y real, que pone al espectador al borde del abismo de un terror que puede ser verdadero y que hace que compartamos el encierro de ese escritor accidentado en la nieve aterrorizados cada vez que hace aparición su devota y fiel enfermera. Un cuento, sí, pero de horror del bueno.

Rob Reiner aún daría una vuelta de tuerca más con su siguiente y extraordinaria película: Algunos hombres buenos, uno de los mejores dramas judiciales de la historia del cine y, desde luego, del cine moderno. Con unos insuperables Tom Cruise, Jack Nicholson, Demi Moore, Kevin Bacon y Kevin Pollak, Reiner construye una película de personajes a la vez que habla sobre herencias, el peso de nuestros padres, conveniencias, justicias impensables y procesos complicados en un ambiente asfixiante como el militar. Una auténtica maravilla a la que, inevitablemente, hay que volver una y otra vez.

Deseoso de hacer un cuento para niños con vocación para ello, pincha en hueso con Un muchacho llamado Norte, aquella película que provocó la reacción furibunda del crítico Roger Ebert (“he odiado, odiado, odiado, odiado, odiado esta película”) que fue contestada con el habitual sentido del humor de Reiner: “Si leemos entre líneas, la crítica no es tan mala”. Así que, a continuación, aún nos deja otra excelente película, heredera directa del espíritu de Frank Capra como es El presidente y Miss Wade, con Michael Douglas, Annette Bening y unos estupendos Martin Sheen y Michael J. Fox como protagonistas. Una cinta que se deja ver con muchísimo agrado, suave y bienintencionada, con una mirada indulgente hacia el lado más humano de los políticos.

Sin embargo, a partir de aquí, el cine de Reiner decae. Carece de esa mordiente espectacular de todas estas primeras películas y es algo realmente sorprendente, porque su siguiente película, Fantasmas del pasado, tiene todos los ingredientes para convertirse en un título fuerte, con un reparto espectacular que incluye a Whoopi Goldberg, Alec Baldwin, un odioso y mal maquillado James Woods, además de una estupenda nómina de secundarios empezando por Virginia Madsen y terminado por William Macy. La película tiene momentos, pero no alcanza las cimas de sus anteriores títulos.

De alguna manera, Reiner pierde fuerza y se dedica a hacer una serie de comedias, más o menos amables, que no tienen ninguna pretensión aunque, en algún caso, pueden llegar a ser eficaces. Historia de lo nuestro, con Bruce Willis y Michelle Pfeiffer es la primera de ellas y la siguen títulos algo inanes como la muy mediocre Alex y Emma, con Kate Hudson y Luke Wilson, o la floja Dicen por ahí, con Jennifer Aniston, Kevin Costner y Shirley McLaine, o la curiosa Ahora o nunca, que prácticamente sólo funciona por juntar en los principales papeles a Jack Nicholson con Morgan Freeman, o la aceptable El verano de sus vidas, también con Morgan Freeman en pleno regreso de la amargura…son películas que se adscriben al género de feelgood movies, pero que no aportan nada nuevo a una carrera que empezó de forma fulgurante, con muchísimo talento y con una dirección de actores fuera de lo común.

Rob Reiner se nos ha ido de manera trágica. Y sólo nos quedan sus películas para llorarle. Es poco para ese hombre bueno que siempre se preocupó de su familia, de tener una sonrisa a punto, de todas las palabras buenas de los actores y actrices a los que dirigió y de la seguridad de que amaba al cine tanto que estoy seguro de que, si hay un cielo, allí está su bromista padre escribiéndole algún guion para hacer reír, o estremecerse, o pensar a un público abarrotado de ángeles.

jueves, 15 de enero de 2026

NOUVELLE VAGUE (2025), de Richard Linklater

 

A finales de los años cincuenta, un grupo de jóvenes revolucionaron el campo de la crítica de cine publicando sus artículos en Cahiers du Cinema sentando las bases de una nueva forma de ver cine. Entre sus preceptos se hallaba el desprecio de, prácticamente, casi toda la cinematografía francesa que se había hecho hasta la fecha, de la que solamente salvaban a Jean Renoir proclamando que el cinema de qualité estaba inspirado en fórmulas demasiado encorsetadas y, para ellos por tanto, falsas. También, y no menos importante, instauraron lo que se dio en llamar “la política de los autores” elevando la figura del director como el máximo responsable de la obra artística que podrían contener las grandes películas, algo que, aunque parezca mentira, no se había hecho hasta ese momento.

El siguiente paso para estos jóvenes turcos que querían renovar el panorama cinematográfico no podía ser otro que el salto a la dirección siguiendo unas pautas muy precisas. El acercamiento al realismo de tal manera que, casi obligatoriamente, luchaban por colocar la cámara en la calle y aprovechar la figuración real de la gente que pasaba por allí en ese momento. A veces, buscaban el momento concreto que diera un paso hacia el aspecto visual, lo cual no deja de ser una trampa para quien desea por encima de todo retratar a la misma vida. El movimiento de todos esos críticos que pasaron a dar órdenes detrás de la cámara tuvo repercusión inmediata en las cinematografías de todo el mundo, con los británicos y su Free Cinema a la cabeza, capitaneados por Tony Richardson, Karel Reisz y John Schlesinger, o el Nuevo Cine Alemán auspiciado por los llamados Chicos de Oberhausen con Werner Herzog, Wim Wenders y Volker Schlöndorff en los primeros lugares. Lo que no cabe duda es que aquellos imberbes franceses hicieron historia.

El director Richard Linklater ha buscado, de modo ilustrativo, todos los avatares del rodaje de Al final de la escapada, la primera película de Jean Luc Godard. Y el intento tiene su valor porque, rodando a la misma manera de la que lo hacían aquellos chicos de Cahiers, no hace una hagiografía. Reconoce la audacia de Godard, pero no deja.de ser implacable con su egocentrismo y su conciencia de ser un genio cuando, posiblemente, no lo era. No le deja solo, además. Por allí, también pasan otros compañeros suyos como François Truffaut, mucho más inteligente y con una clara vocación de hacer un cine que llegara al público y no sólo a su arrogancia, o Eric Rohmer, con su tendencia a los diálogos interminables, o Claude Chabrol que, años más tarde, fue repudiado por su clara inclinación por lo comercial. Aquí, Linklater nos recrea el ambiente de aquellos rebeldes que sentían verdadera amistad unos con otros, reproduce con una fidelidad sorprendente algunas de las escenas señeras de la película de Godard, elige cuidadosamente a los actores para que, físicamente, tengan una cercanía con las personalidades que interpretan y el resultado es todo un homenaje a la osadía de todos esos directores que adoptaron el neorrealismo como su cine de cabecera intentando hacer lo que nadie había hecho antes.

También resulta valiosa la relación que establece entre Zooey Deutsch, que encarna con singular acierto a Jean Seberg, y Guillaume Marbeck, que es el vivo retrato del Jean Luc Godard más joven e insolente, capaz de aplazar el rodaje porque no le viene la inspiración para ese día o de imponer jornadas de trabajo inusualmente cortas porque no se le ocurre nada más. Se nos descubre que Seberg no sabía lo que estaba haciendo, no tenía ni idea de lo que quería su director y abominó de su película, ignorante de que, precisamente Al final de la escapada sería la película por la que más sería recordada.

Y es que, de alguna manera, Linklater, con un inmenso respeto por esos jóvenes de atrevimiento valiente e incisivo, también nos dice que ese cine no volverá, que va a ser muy difícil que seamos conscientes de otra generación de directores que estén dispuestos a dinamitar las narrativas convencionales para hacer las películas que realmente querían rodar y que, lamentablemente, no habrá esa capacidad de improvisación en la que lo impensable era un elemento de valor para la película en cuestión. Si se quiere saber cómo trabajaban, cómo pensaban, qué querían y para qué lo querían, la película les gustará. Si no tienen ni idea de cuáles son los cimientos en los que se movían esa serie de cineastas de inigualable valor, probablemente sólo sea un entretenimiento vacío, sin alma y sin más comentario que el de una pérdida de tiempo insultante al ocupar toda una película hablando de unos tipos que ya no están pisando esta Tierra. Total… ¿quién va a querer ver unos títulos que, quizá, fueron importantes, pero que ya no son actuales?

miércoles, 14 de enero de 2026

LA CASA DEL RÍO (House by the river) (1950), de Fritz Lang

 

Cuando no hay conciencia, los peores deseos salen a relucir en plena oscuridad. Stephen es un escritor que no tiene éxito. Muchas frustraciones anidan en su interior. A pesar de todo, él no lo ha dejado de intentar…y ha fracasado una y otra vez. Su mujer va a ausentarse unos días y Stephen no puede desahogar su frustración más que intentando propasarse con la doncella. Y se propasa. Y se pasa…porque la mata. El pánico se apodera de Stephen de una forma contenida, pero debe borrar todo rastro del asesinato. Para ello, se sirve de su hermano, que no parece que tenga muchas luces. Sin embargo, la desaparición del cuerpo de la criada les plantea una serie de problemas de tamaño considerable. Entre otras cosas, la esposa de Stephen está embarazada. Maldito seas, escritorzuelo. Casi lo tienes todo menos el éxito profesional y has ido a estrangular a una pobre chica que servía en tu casa. El río que corre al lado será la tumba de agua de la infeliz sirvienta.

No obstante, la felonía de Stephen no se detiene ahí. Se arma un cierto revuelo con la desaparición de Emily, que así se llamaba la chica. Y un buen escritor no deja de aprovechar ese tipo de oportunidades y, de paso que sale en prensa por la extraña volatilización de una persona que vivía en su casa, Stephen promociona su último libro. Y, en último caso, seamos sinceros, su hermano le ayudó a deshacerse del cuerpo. Si la policía lo encuentra y empieza a husmear, no puede haber un sospechoso más adecuado.

Fritz Lang dirigió esta película para la Republic Pictures, una productora de bajísimo presupuesto. No cabe duda de que esa carencia de fondos puede notarse en el reparto, lleno de nombres de segunda fila que no figuran en ninguna enciclopedia del cine salvo, quizá, el del protagonista Louis Hayward que saltó con capa y espada por allí y por aquí y adquirió cierta fama también de segunda fila. Para compensar, Lang pone en juego un argumento bastante pueril pero rodeado de una magnética puesta en escena que le lleva de nuevo a los tiempos del expresionismo alemán más estilizado. Resultan fascinantes algunas de sus escenas y, de alguna manera, parece que Charles Laughton recordó su estética a la hora de abordar su ópera única La noche del cazador. Luces sobre el agua, ambiente de pesadilla, la soga que se va cerrando, el destino, ese personaje que siempre sale a relucir en todas las películas del maestro alemán…La casa del río no tuvo ningún éxito, fue estrenada en un programa doble y nunca se nombra como una de las mejores obras de Fritz Lang y, sin embargo, está repleta de magia y de sombras, de milagros de luz con la ayuda del director de fotografía Edward Cronjager, que ya había trabajado con Ernst Lubitsch anteriormente.

Así que no desesperen. A menudo, se ha comparado el éxito con el acto sexual, pero no es así. Es una brisa que, a veces, te toca en la cara y luego huye porque es cobarde y no se quiere quedar. En todo caso, si no lo tienen, no se les ocurra navegar por los oscuros estrechos del deseo porque la vida ya no les pertenecerá y estarán sometidos a los continuos vaivenes de un destino que nunca se muestra complaciente.

martes, 13 de enero de 2026

PRIMER AMOR (1970), de Maximillian Schell

 

Sí, primero fue la locura. Una joven de veintiún años se enamora locamente de un chaval de dieciséis. ¿Cómo es posible? Ella se siente atraída hacia él e inician una aventura que debe ser llevada en secreto porque no todo el mundo podría entender una relación así. No, no es suficiente. La locura siempre se muestra insaciable, siempre busca un giro más de tuerca para hacer de lo imposible, lo impensable. La chica se enamora del padre del joven. La tormenta de sentimientos se desata. Todo ocurre en el interior de los personajes porque, a través del rostro, no hay que dejar ver nada de lo que está ocurriendo en las entrañas del alma. Así, de una manera algo tortuosa e irremediablemente elegante, asistimos a la pérdida de la juventud, del amor y de la inocencia. Los desengaños serán otro protagonista más y el destino, cruel y bromista, se encargará de poner el punto final a esta historia de amores que van más allá de lo comprensible. La fotografía de Sven Nykvist es tan exquisita que parece dirigido por Ingmar Bergman, pero no, sorprendentemente, detrás de las cámaras, se halla Maximillian Schell, que también interpreta al padre.

El trabajo de Schell se inclina por la poética, levemente manierista, pero, en ningún momento, se mueve en lo evidente. Aquí hay que suponer lo que está ocurriendo porque Schell no nos cuenta la trastienda, sólo se muestra lo que la gente ve, lo demás se deja al terreno de la imaginación. Un terreno ciertamente resbaladizo porque, por experiencia propia, sabemos que muchas veces lo que imaginamos no es la verdad. Schell se encuentra cómodo dentro de las líneas de Ivan Turgueniev puesto que de ellas sale el original literario en el que se basa la película, pero no se atiene tanto a la letra como al espíritu emanado de ellas. En el fondo, entre tanta turbulencia sentimental que lleva a los personajes a situaciones al límite de su capacidad emocional, también subyace una cierta atmósfera de decepción, como si esa historia de amor imposible fuera consecuencia directa del fin de una época. El paisaje ruso se funde con el alma de los personajes y las lágrimas pueden aflorar en algún que otro insensato que se acerque a esta historia. Schell es un poeta. Y en la poesía siempre aletea con más o menos fuerza el pájaro del dolor. Especialmente si hay algo de adolescencia escondida en el corazón fugitivo del espectador.

Dominique Sanda, el propio Schell, el joven y atractivo John Moulder Brown y una espléndida reata de secundarios encabezados por Valentina Cortese, Marius Göring y Richard Warwick conforman el variopinto reparto de esta producción multinacional aunque con mayoría de capital suizo que estuvo nominada al Oscar a la mejor película extranjera en 1970 y que, desgraciadamente, ha caído en el más lastimoso de los olvidos. No se preocupen. Muchos de nosotros no recordamos bien aquel primer amor, aquel primer roce de los labios, aquella sensación de estar volando sin levantar los pies del suelo. Luego ya la noche, o el tiempo, o el entorno se encargaron de que nunca más volviéramos a sentir igual. Es como si hubiéramos visto esta película y, más tarde, huyéramos de lo que nos ha recordado con insistencia.

miércoles, 7 de enero de 2026

LA ASISTENTA (2025), de Paul Feig

 

Los hechos son siempre escurridizos dependiendo de la versión de unos y de otros. Puede que, un día, una chica que no ha tenido demasiada suerte entre a trabajar como interna en una casa que es lo más parecido a un paraíso en la Tierra. La dueña de la casa es encantadora, el sueldo es apetecible y, a pesar de que la tarea es pesada y continua, todavía queda el aliciente de que el señor también sea el poseedor de una sonrisa irresistible, pero lo principal es que ese trabajo va a proporcionar seguridad para el futuro más inmediato para una chica que se mueve en el alambre.

Los infiernos de la bipolaridad comienzan a manifestarse porque se ve que no es oro todo lo que reluce. Esa familia tiene más secretos de lo que parece a primera vista y el entorno, ese conglomerado de señoras maledicentes, envidiosas, irremediablemente insidiosas y bastante despreciables, proporcionan alguna que otra información. La señora de la casa tiene un pasado psiquiátrico y su comportamiento oscila entre el encanto y la brujería, algo que se debe manejar con un cuidado exquisito, sobre todo si eres alguien que posee un pasado que es más recomendable que permanezca oculto.

Y el caso es que el nudo de la película, y también de la novela en la que se basa, tiene su gracia. El director Paul Feig se cuida mucho de guardar los distintos puntos de vista para que, cada uno, guarde su correspondiente giro de guion que sorprenda al espectador. Sin embargo, el desenlace no puede ser más chapucero. Cuando imaginas una historia que carga sobre sus espaldas la obligación de la sorpresa, debes culminarlo todo con algo que se haga creíble y que, a la vez, también lleve su correspondiente regalo. Y hay que ser muy crédulo para aceptar cómo se resuelve todo el embrollo.

Además de todo eso, hay que reconocer que las hechuras de la película dirigida por Feig se asemejan mucho a las de un telefilme. Y, para rematar la faena, las esperadas escenas de alto voltaje erótico son más bien las de un anuncio de colonia. Y no deja de ser una lástima porque el meollo del asunto tiene su atractivo, algo retorcido, quizás, pero efectivo y agudo. No basta con asomarse al atractivo sexual de las dos protagonistas, Amanda Seyfried y, sobre todo, Sidney Sweeney, sino que hay que dotar de fondo y forma con una resolución convincente que haga que todo encaje y aquí lo que pasa es que se queda todo más desflecado que el corte de pelo de un veinteañero.

Por otro lado, también habría que destacar el descarado comercialismo de una banda sonora que se sitúa en los márgenes de la película más hinchable y modosa. Todos estos defectos hacen que la película no llegue al aprobado porque entre algo de comida de cierta categoría, lo que se sirve contiene restos de basura. Y, claro, a pesar de que el público premia a la historia con unos tímidos aplausos al final, el conjunto está casi vacío y ciertamente es inocuo. La película se olvida con la misma facilidad con la que se ha visto. Es decir, es como la asistenta del título. Limpia, brilla y da esplendor, pero en cuanto se rasca un poquito, salta el polvo de la plata y la mugre de la vajilla.

Así que hay que tener mucho cuidado no sólo con el servicio, sino también con el patrón que contrata. Hay auténticos psicópatas sueltos y, a veces, la unión hace la fuerza o, más bien, es al contrario. La fuerza hace la unión. El caso es que la película se deja ver y se deja inutilizar cuando podría haber sido una brillante disquisición sobre los puntos de vista sobre la repetición de unos hechos, sobre las oportunidades que nunca vienen gratis y sobre el valor que hay que tener para no dejarse avasallar por unas circunstancias que no se pueden prevenir porque el disfraz es consistente y, sobre todo, enormemente atractivo. Ya sé, ya sé, habrá muchos que no estén de acuerdo con todo esto, pero… ¿saben qué? Estoy narrando la opinión desde mi punto de vista y rara es la película que consigue engañarme, aunque, la verdad, alguna sí hay. Esta no es una de ellas.