viernes, 27 de febrero de 2026

UN SIMPLE ACCIDENTE (2025), de Jafar Panahi

 

Defender los propios derechos en un país que no entiende de eso, acaba por ser una herida que nunca se puede cerrar. Puede que, por una huelga, hayas ido a la cárcel y que, allí, te hayan torturado hasta que tu espalda ya no sea capaz de erguirse igual. Sigues en el país cuando te liberan, pero, por las noches, aquel torturador que hacía sonar el temible chirrido de su pierna ortopédica se te presenta cada vez que cierras los ojos. Los años pasan y las heridas no cicatrizan. Perdiste la inocencia, parte de tu vida, una porción de tu propia dignidad, todos los sueños… Eso no tiene ningún remedio.

Sin embargo, el destino te ofrece una oportunidad para poner unos puntos en la brecha. Por un accidente en una carretera oscura, te topas con un fulano que, casualmente, tiene una pierna ortopédica y suena exactamente igual a como lo recuerdas. No puedes asociarlo a la cara de tu torturador porque nunca se la viste. Te llevaban a una sala con los ojos vendados y allí te sometían a barbaridades. Sólo ese chirrido, esa biela gastada, ese ruido entre metálico y gomoso se te ha quedado en la memoria. Coges al tipo y te lo llevas y lo entierras o le proporcionas una muerte cruel, igual que los terribles padecimientos que te hizo pasar. Punto redondo. Fin del pasado. Los tormentos son lavados.

No puedes estar seguro de que es él. Por supuesto, él lo niega todo. Su pierna cercenada es reciente, es imposible que fuera el verdugo de todas tus esperanzas. Necesitas más testigos que compartieron contigo celdas y torturas para que aquello no sea un crimen sin sentido. Seguro que él, en caso contrario, no se lo pensaría. A ti, aún te queda un pequeño resquicio de moral. Al fin y al cabo, puede que sea lo único que te mantiene vivo.

Sin permisos para rodar y con una economía de medios evidente, Jafar Panahi ha rodado una interesante parábola sobre la dictadura iraní, sobre el derecho a meterse en la espiral de violencia que siempre significa la venganza y sobre nuestros límites como seres humanos. Panahi, por ejemplo, llega a impresionar con ese plano fijo final de larguísima duración en el que los protagonistas se sinceran y precisan cuáles son sus inquietudes, sus miedos, sus rutinas y sus anhelos. El hombre está ahí, atado, indefenso y Panahi se detiene en él porque es el centro de todas las motivaciones y se ha convertido en el objeto de todas las frustraciones. Durante el resto de la película, el director iraní nos lleva por las calles de Teherán, en un eterno vagar divagando sobre si el individuo en cuestión es la persona o no lo es. Los testigos que acompañan al protagonista dudan, o no, pero quieren tener una certeza y esa no es otra que poseer la oportunidad de la humillación, sea en forma de muerte, o sea con los contornos de la dignidad. Da igual. Sus sentimientos y sus heridas han estado demasiado tiempo encerradas en un baúl del interior y ahora es el momento en el que la nada puede estar rellena de algo.

Todos tenemos personas que nos han torturado de una u otra manera y siempre, siempre, deseamos que a esos seres les llegue un buen merecido. Tal vez, tendríamos que plantearnos si eso puede llevar a una espiral que nos condene a la ausencia de bondad, o la corrupción del alma. A veces, lo mejor es olvidar. A veces, no queda más remedio que darle un gusto a la rabia. Es lo que trae la violencia, sea del tipo que sea, que se queda a vivir en nuestro interior y es muy difícil que se vaya. Por mucho que tengamos rasgos de buenas personas, o momentos en los que nuestra auténtica personalidad sale a relucir y hagamos todo lo que se espera de nosotros en el lado más positivo de nuestro ánimo. Puede que no deseemos tanto mal. Puede que sí y que seamos sólo bestias que queremos devolver las dentelladas que se han quedado grabadas en la piel y en el pensamiento. Un simple accidente es capaz de conducirnos a una elección que es realmente complicada y que nadie más puede tomar por nosotros.

jueves, 26 de febrero de 2026

EL AGENTE SECRETO (2025), de Kleber Mendonça Filho

 

En los años setenta se decía que a los brasileños les bastaba el samba, el fútbol y el sexo para ser felices. Era como dar una idea de libertad en un país que estaba asolado por la pobreza, la represión política y la prostitución. Dentro de aquel ambiente sudoroso y enrarecido, había disidentes que luchaban a su manera contra un régimen en el que la corrupción era lo habitual y más aún si se echaba una mirada a los estamentos universitarios. En esta ocasión, un profesor jefe de un departamento de investigación resulta ser un agente secreto sin amo que, en realidad, trabajaba por la libertad, siempre tan escurridiza y, a veces, elemento en fuga de una sociedad que luchaba por encontrar un sitio en el que sobrevivir.

Bajo la mirada reprobatoria de un presidente como Ernesto Geisel, hacía falta mucho valor para sobreponerse a los continuos abusos policiales, encabezados por una serie de agentes que, en realidad, creían con firmeza en la certeza de que eran los dueños de la voluntad popular. No se andaban con tonterías y hacían gala de su fanfarronería que, en muchas ocasiones, lindaba con una actitud circense que no podía ser censurada porque eran de gatillo fácil y justicia volátil. Brasil estuvo muy cerca del caos porque, en su condición de grandeza por la extensión de su territorio, no se podía controlar esa disidencia que, en su mayoría, destacaba por su silenciosa resistencia.

No cabe duda de que, después de la excelente Aún estoy aquí, se vuelve sobre esos mismos apuros que, esta vez, también tiene una mirada de optimismo. Las nuevas generaciones son capaces de hablar de aquella época sin el trauma como guía a pesar de que había razones más que suficientes como para que hubiera desánimos insalvables. Kleber Mendonça dirige esta historia con aires neorrealistas, apelando a la naturalidad y con una ambientación muy fiel a aquellos años de tristeza maquillados por los bailes callejeros y una falsa libertad sexual que no hacía más que emponzoñar cualquier intención democrática. Era caer en la trampa en la que se quería que todo el mundo estuviera preso.

Una de las razones principales para ver esta película es la interpretación de Wagner Moura que, siempre desde la serenidad y sin un gesto de más, incorpora a ese profesor universitario que lo único que desea es salir de allí con su hijo, por mucho que su verdadera intención sea oponerse al régimen injusto y brutal que atenazaba a todo el país. Desde la naturalidad, Moura compone un personaje creíble, atravesado por el dolor, pero muy patriota porque, al fin y al cabo, se puede amar a un país sin necesidad de adorar su sistema político. Más allá de eso, se suceden las conspiraciones, la tela de araña que propone Mendonça, que no huye del planeamiento chapucero, resulta creíble y, desde luego, resulta efectivo y fiel.

Y es que la libertad, en el fondo, también puede ser disfrazada con la creación de una leyenda que acaba por ser popular con una pierna peluda, cercenada y devorada por un tiburón, que se dedica a coser a patadas todo lo que ensucia a un país. Y la gente no lo cree, pero se divierte con las sucesivas noticias de una prensa al servicio de la dictadura. La gente lo cree todo y es fácil atribuir teorías conspirativas al terrible hallazgo de esa pierna que la policía se apresura a hacer desaparecer porque las piernas, no nos engañemos, también son los instrumentos necesarios para salir corriendo por delante de las balas, de los golpes y de la injusticia.

Hay que destacar que, en su duración excesiva, hay algún que otro error que, por otra parte, no empaña en absoluto la valoración final de la película. Ese mismo argumento, con múltiples homenajes al cine, ese instrumento de evasión que proporciona la oportunidad de entretenerse y, al mismo tiempo, pensar, es la demostración preclara de que ningún gobierno que quiera perpetuarse está demasiado a favor de que sus ciudadanos tengan criterio propio. Es de primero de dictadura. 

miércoles, 25 de febrero de 2026

ROBERT DUVALL: CHARLIE NO HACE SURF

 

“He hecho muchas cosas malas, pero también he hecho muchas cosas buenas. Siempre desearías que hubiera una cosa buena más. Es como esos jinetes que siempre buscan un caballo. El caballo”.

Así es cómo evaluaba Robert Duvall su propia carrera. Un actor que siempre buscó hacer lo mejor, aunque, a veces, no fuera posible. Con una carrera de más de cien títulos, lo que no alberga ninguna duda es que su presencia elevaba la categoría de la película, fuera cual fuera. Era como un agarradero en el que se enganchaban todas las virtudes de cualquier película en la que intervenía y, alrededor de él, se tejían los elogios, los entramados, el sustento de la historia. Nunca habrá otro como Robert Duvall.

De larguísima experiencia televisiva, su salto al cine fue de todo menos precipitado. Aparecía aquí y allá en papeles de poca importancia aunque, en alguna ocasión, destacaba por derecho propio. Es cierto que su aparición en el medio fue fulgurante interpretando a Boo Radley en unas poquísimas escenas de la maravillosa Matar un ruiseñor, de Robert Mulligan. Y, en esos primeros años, ahí está el timorato empleado de banca, cobarde hasta la médula y falto de personalidad, débil de carácter y cornudo a tiempo completo de la excelente La jauría humana, de Arthur Penn. Consigue un papel protagonista en una película que fue un completo fracaso, muy atípica en la filmografía de su director, como en Cuenta atrás, de Robert Altman y realiza apariciones interesantes aunque breves en El detective, de Gordon Douglas, al lado de Frank Sinatra, o en Bullitt, de Peter Yates, proporcionando información a Steve McQueen. También aparece de malvado enfrentándose nada menos que a John Wayne en Valor de ley, de Henry Hathaway, y es el objeto de una buena retahíla de chanzas y burlas por parte del personal médico de MASH, también de Altman.

George Lucas le proporciona un papel muy interesante en el terreno de la ciencia ficción y ya, aquí, se podría afirmar que Robert Duvall está muy cerca de ser lo mejor de la película. THX1138, es una fábula distópica, con un futuro aséptico que busca anular al ser humano hasta confundirlo con cualquier fondo blanco. La película fue un rotundo fracaso, pero Duvall demostró cómo se podía actuar con el rostro, con el cuerpo y con la mente. Es El padrino, de Francis Ford Coppola, la cinta que hace que Robert Duvall sea un rostro absolutamente familiar para todos los que se acerquen a ver cualquier película en la que él aparece. Ese Tom Hagen, hermano de adopción de la familia Corleone y, en el fondo, el más capacitado para dirigirla aunque esté fuera de cualquier consideración por su ascendencia irlandesa, es el hombre fiel, consejero, hermano de verdad de esos personajes perdidos en la esencia del poder y de la ambición. Tom Hagen, su personaje, ya está entre los papeles más conocidos de la Historia del cine, tanto por su interpretación en El padrino como en El Padrino II.

Fue muy interesante cómo retomó el personaje que Lee Marvin había hecho en A quemarropa, de John Boorman, para volverlo a interpretar a su modo en la notable La organización criminal, dirigida por John Flynn. Trabaja con Peckinpah en Los aristócratas del crimen, una experiencia que no le agradó, y compone un Doctor Watson entregado a su amistad con Sherlock Holmes en la notable Elemental, Doctor Freud, de Herbert Ross. Se transmuta en un ejecutivo sin escrúpulos de una cadena de televisión en Network, de Sidney Lumet, y encarna al Coronel Radl, cerebro de la operación para matar a Winston Churchill en la apreciable Ha llegado el águila, de John Sturges.

Por supuesto, otro de sus personajes más recordados es el demencial Coronel Kilgore de Apocalypse now, obsesionado con el surf, excesivo en sus reacciones, fanfarrón en todas sus afirmaciones y belicista hasta la médula, Oledor de napalm por la mañana y convencido de que Charlie no hace surf, Duvall consigue una merecidísima nominación al Oscar a través de un personaje que, en manos de cualquier otro, hubiera sido un muñeco histriónico, pero que resulta escalofriantemente loco en su piel.

Cuarta nominación con ese retrato del militar inflexible con sus hijos en El don del coraje, una película de la que se sentía particularmente satisfecho y entabla un duelo interpretativo de muchísima altura con Robert de Niro, del cual resulta vencedor, en Confesiones verdaderas, de Ulu Grosbard, encarnando a un policía que investiga un crimen con implicación eclesiástica.

Consigue la estatuilla dorada interpretando a un viejo cantante country retirado por el alcohol en Gracias y favores, de Bruce Beresford. Una película sin pretensiones, de sentimientos y de gestos que no todo el mundo sabe ver. Y resulta extraordinariamente convincente como el periodista que sigue al último fenómeno de las canchas de béisbol en El mejor, de Barry Levinson, con Robert Redford dándole la réplica. Hay que reconocer que el sombrero de ala ancha le sentaba muy, muy bien.

Es el veterano policía que enseña a Sean Penn a andarse por las calles de patrulla en Colors y resulta especialmente rechazable en la única versión cinematográfica de El cuento de la doncella, que dirigió Volker Schlondorff en 1990. A partir de aquí sus apariciones son cada vez más episódicas, dando siempre un maravilloso realce a todas las secuencias en las que interviene. Ahí está el policía al borde la jubilación de Un día de furia, de Joel Schumacher, y que tiene que cazar a un Michael Douglas harto de su vida y del mundo que trata de atravesar Los Ángeles; o el redactor jefe, ya enfermo, de la excelente The paper, de Ron Howard; o esa interpretación fantástica que realiza como abogado resabiado que se enfrenta a John Travolta en la excelente Acción civil, de Steven Zaillian; o tremendo como el ganadero que se halla en paz con la naturaleza y que se juega todo por quien considera su amigo en Open Range, de Kevin Costner; o ese viejo, último resquicio de humanidad que se encuentran los protagonistas de La carretera; o esa grandísima última interpretación que realiza en El juez, en manos de Robert Downey para lo bueno y para lo malo.

Sí, lo sé, es un repaso somero a la carrera de un grandísimo actor, pero es que he querido que fueran los caballos ganadores para demostrar que siempre, siempre consiguió una cosa buena más. Era un actor impresionante, único e inigualable. Un océano de clase, eterno en su lugar, sin salirse ni un ápice de todo lo que requería su personaje. Él sabía muy bien que Charlie no hace surf.

martes, 24 de febrero de 2026

POR FAVOR, MATEN A MI MUJER (1986), de Jim Abrahams y David Zucker

 

La premisa es fácil. No me digan ustedes que no. Su mujer es una arpía insoportable. No la quieren ni regalada en un puesto callejero. Metijona, malhumorada, estúpida, insidiosa, boba, sin elegancia ninguna…ya saben, una de esas que esconde todos sus complejitos de inferioridad detrás de toneladas de maquillaje de Dior. Un buen día, unos salvadores…digo, unos facinerosos la secuestran y, claro, exigen un rescate. La pregunta es ¿pagarían? Bueno, da la casualidad de que el marido de la interfecta va a decidir que mejor no. Que los tipos estos se la trajinen, la eliminen y borren todos los problemas de un plumazo. Mientras tanto, eso sí, hay que desempeñar el papel de plañidera lo mejor que se puede. Ay, qué pena, no se merece esto, con lo encantadora que ha sido siempre, con lo mucho que la quiere la gente, con lo mucho que la quiero yo…sí, la quiero muerta. A ver si se va con viento fresco y hace la eternidad imposible al diablo. Hay que andarse con mucho cuidado porque el marido va a tener que caminar sobre el filo de una navaja. Por un lado, va a dar muchas largas a los valientes que se la han llevado y por otro tiene que aparentar que hace todo lo posible como para hacerla volver a casa. Con lo mucho que la quiero yo…

Además, hay un par de detallitos sin importancia. El marido ya estaba planeando el asesinato de la esposa. Y, de hecho, la han secuestrado la misma noche en la que pensaba llevar a cabo su siniestro plan. Por otro lado, hay que añadir que uno de los secuestradores es una mujer que, a la vez, tiene su propio lío con otro fulano que también quiere sacar tajada del enredo. Todo muy normal.

A partir de aquí, las cosas se complican exponencialmente. Chantajes, aquí te pillo, aquí te mato, tira de allí que yo suelto de aquí, está muerta, no lo está y las risas, damas y caballeros, están aseguradas. Más que nada porque los responsables de toda la trama son Jim Abrahams y David Zucker, que rebajaron el tono cómico de sus intentos de Aterriza como puedas, para contar una historia con pies y cabeza a la que tampoco le faltan sus momentos brillantes. El resultado es una comedia con cierta gracia, algo alocada en algún pasaje, pero inteligentemente corta. Todo se ventila en una hora y cuarto y el rescate está pagado.

Otro de los alicientes de esta película es el dúo protagonista compuesto por unos divertidos y desatados Bette Midler y Danny de Vito. Son auténticos maestros en el ritmo cómico que dominan a la perfección y que convierten esta farsa en un estupendo ejercicio veloz de enredo repleto de colmillos afilados y leche en mal estado. Así que ya saben, prepárense porque el marido no paga, la mujer no vive, los secuestradores no cobran y aquí nadie se sale con la suya…salvo el espectador, claro está que tiene un rato de sonrisa permanente salpicado con dos o tres carcajadas gamberras de cierta clase. Depositen el dinero en el maletín y su mujer será entregada sana y salva.

viernes, 20 de febrero de 2026

FRANKENSTEIN (2025), de Guillermo del Toro

 

Cualquier intento humano por jugar a ser Dios tiene el peligro como consecuencia inmediata. Es inútil descubrir cuáles son las intenciones detrás de cada una de las adaptaciones del monstruo de Frankenstein que ha realizado el cine y ésta no puede ser menos. El doctor Víctor Frankenstein juega a crear vida y lo que se encuentra no es la derrota de la muerte, sino la muerte en vida. Además de dar a luz a una criatura que jamás podrá tener un lugar en el mundo, también se condena al eterno sufrimiento por cometer el error de querer decidir sobre la vida y sobre la muerte. Y eso es algo que nunca, en la historia de la Humanidad, ha salido bien.

Por supuesto, la criatura, nada más ver sus primeras imágenes de lo que es la vida, no recibe más que hostilidad. Algo que podríamos fácilmente trasplantar a la existencia del propio ser humano. Y sueles dar aquello que recibes. De ahí, su caída en la furia y, sobre todo, en la rabia de no tener ni idea del motivo para el que fue creado. Al igual que cualquiera de nosotros. En su corazón, anida la crueldad porque es lo único que conoce y sólo la instrucción y el cariño es lo que le convierte en un ser capaz de emanar bondad a pesar de que sigue recibiendo los ataques indiscriminados de una humanidad torpe, decidida a destruir todo lo que crea y toca, que, prácticamente, se comporta como una fiera sin razón. Y eso, el monstruo, tampoco lo entiende hasta que llega al convencimiento de que el monstruo no es él.

El director Guillermo del Toro vuelve a sus obsesiones frecuentes para retratar, de nuevo, a una criatura que se mueve en la más absoluta de las marginalidades, algo que ya ha abordado en, prácticamente, toda su filmografía. Antes de pasar a las virtudes, sería bueno enumerar cuáles son los defectos de esta adaptación del clásico de Mary Shelley como, por ejemplo, el hecho de que la manera de abordar la historia no dista mucho de la imaginación de Stan Lee para retratar a un super-héroe. Incluso del Toro no duda en otorgar al monstruo de una fuerza sideral y de una invulnerabilidad que para sí quisiera Superman o Doc Savage. Por otro lado, también hay un abuso literal de efectos generados por ordenador. Seguramente, hay muy pocas escenas que no tenga planos provenientes del todopoderoso CGI y, en algunos momentos, da una impresión falsa de una historia cuya sensibilidad llega al sobrecogimiento. Del Toro también es lobo viejo en esto del cine y no deja de saltarse algunos rincones de lógica para que su poema a la vida y a la muerte llegue a buen término. Por otro lado, la excesiva truculencia de algunas escenas hace que uno se pregunte si el director es Guillermo del Toro o Robert Aldrich aunque me hallo en los terrenos de la certeza al creer que hay muchos que aplauden esta última decisión.

Entre las virtudes, que son muy grandes, y, sin duda la primera de todas, está en esa puesta en escena absolutamente espectacular con la colaboración en la dirección artística de Tamara Deverell. Es cierto que, a veces, llega a un barroquismo algo cargante, pero no cabe duda de que el envoltorio de la película es lujoso y extremadamente efectivo. Jacob Elordi crea una interpretación sensible y cercana para poner en pie al monstruo y Oscar Isaac, un actor excelente que es capaz de transmitir mucho sin acudir al histrionismo, aquí no sabe dar con el interruptor adecuado. Mia Goth aporta poco más que rostro aunque del Toro renuncie a su resurrección, quizá, pensando en que habrá una continuación con otros mimbres y mismos intérpretes.

El resultado final es bueno, aunque podría haber sido sobresaliente. La música está llena de aciertos, el vestuario resulta espectacular, aunque poco creíble en algún modelo, la grandeza está servida aunque sea a través de gráficos. Y la mayor virtud de todas es que del Toro sirve una historia que se conoce hasta la saciedad para ofrecer una nueva visión, demasiado cercana al cómic, eso sí, que se ajusta perfectamente a nuestros tiempos.

Y ahora, maldita creación, vive. Habla. Di mi nombre.

jueves, 19 de febrero de 2026

RUTA DE ESCAPE (2026), de Bart Layton

 

Tres personajes que, por distintas razones, están llegando al final. Uno quiere dejar la vida que lleva siempre y cuando alcance esa cifra dorada que le permita un retiro desahogado. Otra que espera un ascenso definitivo en una carrera que ha esculpido a base de pico y pala y que no ha tenido el reconocimiento necesario. El tercero ha llegado al divorcio, ha perdido algo de olfato en el trabajo, un defecto fundamental y empieza a verlo todo con la distancia del desengaño. Todo gira en torno a un ladrón de guante blanco que planea sus golpes al milímetro, caracterizados por la rapidez, por la ausencia de violencia y por no dejar ni una sola pista a sus perseguidores.

Con estos mimbres, cualquiera podría pensar que estamos ante una película de acción, persecuciones, tiros y un climax cada dos minutos, pero no es así. Basándose en una novela de Don Winslow, estamos ante una historia negra áspera, narrada desde el lado de la decepción, con unos intérpretes competentes, sin ahorrar en las correspondientes persecuciones o disparos, pero que traza, con suma paciencia, una telaraña de emociones dentro de un mundo que rechaza a los que no son héroes.

Bart Layton dirige con un pulso admirable, sazonando un poco de misterio, otro poco de enredo, un poquito más de reacción e, incluso, algo de emoción. Todo el conjunto está muy bien equilibrado, con unos trabajos muy apreciables por parte del trío protagonista, Chris Hemsworth, Halle Berry y Mark Ruffalo acompañados de un odioso y muy efectivo Barry Keoghan, de una estupenda Monica Barbaro y del venerable Nick Nolte. El resultado es una buena película que no llega a los límites de una obra maestra, pero que acaba por ser efectiva, notable y curiosamente bien cerrada. No es menos cierto que aquellos que esperan la típica ensalada de acción salen decepcionados y rezongando, pero aquí hay mucho más cine que eso.

Y es que todo funciona con más soltura cuando el trabajo es realizado por unos cuantos profesionales que saben lo que hacen, aunque sus recompensas sean exiguas y un tanto tendentes al deseo de cualquiera de querer y ser queridos. En estos tiempos que corren no es poco y parece que es un bien que se escurre entre las manos sin darnos ocasión a sentir nuestros cariños y nuestras inseguridades a buen recaudo. Todo gira en torno al dinero, desde luego, pero una renuncia de vez en cuando sana algunas heridas del alma y otorga la suficiente perspectiva como para que el camino correcto pueda ser el más torcido.

En ese rompecabezas del destino, los movimientos inesperados de terceros ocupan un lugar preminente dentro de las líneas marcadas. Habrá algún desvío que acabará por ser perdonado. Al fin y al cabo, la necesidad manda y el cambio de opinión es algo inherente en cualquier ser humano. Las rutas de escape cada vez son más estrechas y puede que algo de consuelo sea otorgado a través de técnicas de meditación o del yoga, que tenga usted un hermoso día después de sentirse a sí mismo y ser consciente de cuáles son las carencias de la personalidad propia. Eso, al menos, ayuda a seguir con el día a día. O puede que la ilusión que proporciona ser importante para alguien también sea una buena piedra de toque cuando parece que todos los caminos están cortados.

Guarden el botín y salgan rápido. Asegúrense de no dejar ni un minúsculo rastro. Eso les permitirá continuar con una apariencia y una existencia más o menos normal. Todos tenemos secretos. Algunos más grandes, otros más pequeños, pero esos secretos que nunca contamos son el mejor retrato de nuestra personalidad más oscura. En todo eso estamos de acuerdo. Ahora bien, estén a uno u otro lado, no dejen de lado su propia ética privada. Sólo así se podrá ser una persona que valga la pena en medio de un mundo que se esfuerza de veras en aplastarnos y soslayarnos. Tengan un hermoso día.

miércoles, 18 de febrero de 2026

OCEAN´S THIRTEEN (2007), de Steven Soderbergh

 

Cuando una banda organizada de profesionales del timo y el robo han realizado un golpe que ha pasado a la historia, es muy mala idea enemistarse con uno de ellos. Y más aún cuando, a consecuencia de ese robo burocrático, ha tenido un infarto en toda regla que, además, le ha dejado sin ganas de hablar. Danny Ocean vuelve a juntar a su grupo y el objetivo es claro: arruinar al enemigo. Para ello, se vuelve a poner en marcha un juego de ceros para que ese casino que está a punto de inaugurarse se venga abajo en la primera noche. Por supuesto, hay que combinar cerebro, picaresca, listeza, varios frentes, idas, venidas y algún que otro choque para dar veracidad al asunto. Y el toque final es invitar a Terry Benedict, principal damnificado de ese mítico golpe primario, para que también participe. Ni que decir tiene que Danny Ocean está de sobreaviso con este individuo y tiene plena conciencia de que Benedict tratará de buscar su propia jugada. Es un Mike Tyson. Un directo a la mandíbula. Es hacer justicia con un buen amigo que puso el dinero para que las fuentes de Las Vegas siempre estuvieran unidas al Claro de luna, de Debussy.

Nuevamente, hay clase a raudales. Incluso cuando hay que renunciar a ella. Y ese tal Willy Bank que se ha buscado que le quiten hasta sus diamantes de hostelería se va a quedar con tres palmos de narices en pleno desierto luminoso. Ahí están los once de Ocean para llevarlo a cabo. Invitarán a alguno más, en plan técnico, porque el tal Bank ha ideado un sistema de seguridad que parecen las mismísimas puertas de la residencia del diablo, pero no hay problema. Con decisión e imaginación, los once de Ocean saltarán todas las dificultades. Con su contorsionista, con sus mecánicos, con el informático, con el actor, con el croupier, con el jefe y con su segundo. Todos los elementos están ahí. La ganancia será la satisfacción.

Despedida de la saga Ocean que se rodó porque tanto George Clooney como el director Steven Soderbergh supieron desde el principio que Ocean´s twelve no estaba a la altura de lo que se esperaba y querían terminar con un golpe marca de la casa. Quizá no sea un atraco tan divertido y tan pensado como el primero, pero funciona bien porque, además de los once, salen Andy García y Al Pacino como los avariciosos propietarios de casinos y se añade a Ellen Barkin para cubrir el vacío femenino que, en esta ocasión, no pueden llenar ni Julia Roberts, ni Catherine Zeta Jones. Una pena, sí, porque hubiera estado bien verlas en acción y participando del juego, pero el resultado final es bueno, elegante, con sus disfraces, sus calmas de pajarita, sus justicias particulares (especialmente significativo es la compensación que Brad Pitt pone en marcha para el sufrido personaje de David Paymer) y con una dirección sobria y, sobre todo, ágil, se pasa un gran rato de cine entretenido, rodado con sobriedad y sentido y subiendo la apuesta aunque acierta en el manque y en el color. Yo, cuando quiero recordar todo el encanto que no tengo, siempre me pongo ésta a continuación de Ocean´s eleven, obviando la segunda, y me quedo francamente satisfecho. ¿Una manita al blackjack?

martes, 17 de febrero de 2026

PARQUE JURÁSICO (1993), de Steven Spielberg

 

Construir un parque de atracciones con el principal atractivo de unas criaturas que ya tuvieron su oportunidad en la vorágine de la evolución, no deja de tener cierto riesgo. Por supuesto, será algo que maraville a niños y mayores, que les dejará con la boca abierta mientras degustan su pizza en la cafetería del complejo, pero es bastante peligroso colocar a unos cuantos animales desarrollados genéticamente en un mundo donde el hombre ha hecho su irrupción y pretende ser la clase dominante. Sí, convengamos que eso es lo que ha hecho John Hammond y pretende, de alguna manera, jugar a ser Dios. Él decide qué es lo que revive y qué es lo que muere, cuántos machos y cuántas hembras de cada especie, cómo se puede hacer un recorrido atractivo por todo el parque para que se puedan ver esas criaturas depredadoras lo más cerca posible.

Eso es algo que siempre llama la atención de la naturaleza humana. Acercarse a las bestias lo más posible aunque se tenga plena conciencia de su brutal peligrosidad. Ha ocurrido en zoos, acuarios, animalarios al aire libre y laboratorios de toca-toca. Los animales no son racionales y, por lo tanto, si les ofreces la mano es bastante posible que ellos no vean una mano, sino un filete. Más aún si resulta que esos animales son insaciables, quieren devorar todo lo que se les ponga por delante, por muy niños o muy mayores que sean las personas que se aproximan temerariamente. Una cría de león es maravillosamente hermosa, pero cuidado, sigue guardando esos instintos de fiera salvaje.

No cabe duda de que Steven Spielberg estremeció al público cuando enseñó lo que se podía hacer con gráficos informáticos en un mundo cretácico. Después de la sorpresa inicial, llega la aventura y hay que decir que lo hace con resultados francamente buenos. Después de más de treinta años desde su estreno, es bastante plausible afirmar con cierta rotundidad que lo que hizo Steven Spielberg fue regalarnos un clásico.

Además, quizá con el insuperable referente de la novela de Michael Crichton, se podría decir que el diseño de personajes es creíble y apetecible, con especial mención a ese Ian Malcolm, matemático de altura, que es consciente de la locura que es ir en contra de la evolución para hacer revivir a aquellos animales que no pueden causar otra cosa más que la destrucción. Jeff Goldblum, además, asume el papel con acierto y resulta uno de los principales atractivos de la película. Por supuesto, hay que destacar a Sam Neill, a Laura Dern y a Richard Attenborough como el inefable multimillonario John Hammond, pero Goldblum está en ese escalón que, hace años, el público no dejaba de pedir. El héroe escéptico, algo cínico, dispuesto a ser valiente y, al mismo tiempo, enormemente cabal con respecto a sus opiniones sobre la evolución.

Compren la entrada. Acomódense en el coche-raíl y disfruten del viaje. A su derecha y a su izquierda, todo está repleto de criaturas que parecen sacadas de la imaginación más calenturienta de cualquier ser mítico. Revisen su estado físico. No cambien. Escuchen. Y, háganme caso, comiencen a correr si observan un charco de agua que tiembla ante lo que parecen ser unas pisadas. No miren atrás, por favor.

viernes, 13 de febrero de 2026

WEAPONS (2025), de Zach Gregger

 

Casi no tenemos tiempo de ambientarnos dentro de esta historia de brujas y hechizos. El niño que narra nos pone en situación y, directamente, pasamos al hecho central. Diecisiete niños han desaparecido. Son todos de la misma clase. Y sólo uno asiste al colegio al día siguiente. Todas las sospechas, como no puede ser menos en cualquier civilización supuestamente avanzada, se dirigen hacia la profesora. Una docente nueva, algo extraña, pero competente a primera vista. Y entonces comienza a construirse un mosaico que va desgranando los hechos, personaje a personaje.

Ésa es la gran virtud de esta película. Su estructura a través de los diferentes personajes que terminan su punto de vista cuando ocurre un hecho que se nos explica en el siguiente cuadro referido a otro personaje. Brillante. Sin embargo, hay diversos defectos que afectan a esta película, supuestamente de terror. El primero de ellos es que, como buen relato de terror del cine de los últimos veinte años, no respeta demasiado sus propias reglas en la resolución. Al fin y al cabo, esto no es más que un cuento de brujas y de un pueblecito, aparentemente paradisíaco, que ve turbada su paz porque unos niños desaparecen y comienzan a esparcirse comportamientos inexplicables entre varios miembros. Todo se supone que desaparece al final, cuando el peligro ha pasado, pero no, parece que lo que conviene sí que se esfuma y lo que no, pues ahí se queda, camaradas. Por otro lado, otro acierto es que, en ese testimonio no declarado de cada uno de los personajes que explican la historia, subyace una crítica a algunos comportamientos ocultos de respetables ciudadanos que, sin llegar a ser terribles, sí que son, al menos, reprochables. Eso hace que la película entre en un raro equilibrio de picoteo en la curiosidad del espectador y en la innecesaria truculencia de algunas de sus escenas.

Y es que la intención no es mala. Todo tiene un cierto atractivo que remite a El pueblo de los malditos, de Wolf Rilla, versionada años más tarde por John Carpenter, y la construcción del relato es ciertamente notable. Algún comportamiento que cambia por las buenas, sin hechizo de por medio, hace que tampoco sea convincente en algunos de sus pasajes, pero es evidente que la historia es original, está bien llevada, aunque haya algunos aspectos de crítico tiquismiquis que no consigan convencer al menos avispado de la clase.

En el momento de entrar en las sombras, tenemos que preguntarnos si eso es lo que realmente queremos. Es posible que eso conlleve la posibilidad de que no sintamos, ni padezcamos, y algunos pagarán el precio con gusto. Vender el alma al Diablo (en este caso, a la bruja) acaba por ser un precio asequible si con eso se elimina toda sensación, pero el dolor no se queda en el objeto de la brujería, sino en los que aún quedan con razón. Además de eso, todo se supone que se hace para aliviar una enfermedad y eso no se trasluce en ningún momento. Ni el cómo, ni el por qué. Sólo el qué. Y es curioso comprobar cómo la exigencia del espectador medio, que se preocupa, a veces, con exceso, de que las cosas estén cerradas y bien cerradas, pasa por alto estas trampas narrativas porque, de alguna manera, la película no tiene muchos sustos, pero sí que deja al alma agitada. Todos podemos ser asesinos en nuestra indolencia. En estos tiempos eso es algo que deberíamos tener muy aprendido.

Amy Madigan hace con los ojos cerrados lo que quiere con el papel de la bruja en cuestión, que también es tía del niño que no desaparece. A Josh Brolin no se le ve cómodo como ese padre angustiado, incapaz de concentrarse en el trabajo porque el hecho de la desaparición de su hijo secuestra todo su razonamiento. Sí, hay imágenes buenas, chocantes y hermanadas con la inquietud, y, desde luego, la película mantiene un fútil interés durante todo el metraje porque quieres saber qué es lo que pasa y luego llegas a una solución escueta y bastante poco convincente, aunque, digamos, el morbo tapa cualquier otro defecto. Bien, ahora que ya han leído este artículo sin gracia, déjenme hacer un pequeño conjuro con un mechón de su pelo… 

jueves, 12 de febrero de 2026

TRAIN DREAMS (2025), de Clint Bentley

 

Robert Grainier es un hombre que vive en plena naturaleza. De ella, ha aprendido su hostilidad, su salvajismo y él trata de defenderse de la mejor manera posible porque, en realidad, es lo único que ha conocido. La vida es así. Hostil, salvaje, ofensiva. Es un leñador que trabaja duro en las temporadas de tala y que, luego, vuelve a su casa y se conforma con una pipa, un buen fuego y un buen puñado de paisajes a la vista. A pesar de su aparente tranquilidad, no le encuentra mucho sentido a la existencia. Entre otras cosas porque ella se ha encargado, bien a las claras, de arrebatarle todo lo que le importaba.

Hubo un momento, demasiado breve, demasiado fugaz, en el que pareció que, entre esa agreste naturaleza en la que se movía con cierta soltura, le daba algo más. Una compañera ideal, que siempre le apoyaba, que siempre estaba ahí para acogerle con una sonrisa cuando volvía de sus largas temporadas de trabajo. Y la naturaleza, incluso, fue un paso más allá, y le dio una hija. Grainier creyó que el cielo estaba en la tierra, porque, entre épocas de leña, era maravilloso descubrir con su hija el simple hecho físico de una taza de metal flotando en el río. Y lo era aún más si su mujer estaba ahí, con su comprensión, con su sonrisa, con su mirada, esa misma que todos hemos sentido alguna vez y que resulta insustituible. Es hora de mejorar, de prosperar un poco, de probar ligeramente los límites, pero él se resiste. No ha conocido mucho más, no necesita mucho más. Es un hombre de pies a cabeza, pero sabe que, más allá del bosque, sólo será uno entre la multitud.

De repente, lo pierde todo. Ya no tiene hija. Ya no tiene esposa. Ya no tiene casa. Y sueña con que, algún día, la misma naturaleza le vuelta a otorgar lo que un día le dio poseer. Reconstruye la casa, de forma más modesta, y pasa largos días y frías noches solo, encerrado en sus pensamientos y en la inmensa culpabilidad de no haber estado cuando más se le necesitaba Son eternos años de hablar unas pocas palabras al día y, en la mayoría de las ocasiones, consigo mismo. Y no le encuentra sentido a nada. Se prolonga por inercia. Se muere sin morir. Sólo cuando obtiene un pequeño y raudo momento de plenitud, consigue encajar el sentido de todo, consigue saber cuál es la verdad de su razón, consigue sonreír de nuevo en un mundo que le está abandonando a la marcha del progreso.

Espléndidamente fotografiada por Adolpho Veloso, Train dreams es una película que pone a prueba la paciencia de los presurosos. El director Clint Bentley imprime un ritmo exasperadamente lento en una historia en la que, prácticamente, no pasa nada y, cuando pasa, resulta fundamental para el personaje, pero no para el espectador porque la misma inercia de la película lleva a una irremediable languidez. Es cierto que Joel Edgerton es un actor superlativo, capaz de expresar un buen puñado de sentimientos sin despegar los labios y que resulta la razón esencial para ver esta historia que parte de ningún lugar para llevarte a ninguna parte. Además, Bentley cae en un estrepitoso error y es en el uso y abuso de una voz en off que resulta prescindible porque el espectador es perfectamente capaz de deducir lo que pasa al protagonista que, por otro lado, no deja de ser en ningún momento. El resultado es una película que pretende tener trasfondo y que lo único que tiene es imágenes bonitas y un gran actor dimensionando un papel que, en manos de otro, habría acabado bastante desdibujado.

Y es que, a veces, la vida cicatera, esa misma que exige que troceemos troncos con una sierra y que los callos nos ardan en las manos para arrancar algún beneficio, da poco y luego, con una burla insultante, te quita ese poquito y te deja a solas contigo mismo. Algunos creen que eso no tiene ningún propósito y otros lo encuentran como único consuelo a una hora y tres cuartos de preciosismo silvestre en un olvido que durará el resto de nuestra miserable existencia.

miércoles, 11 de febrero de 2026

SAIGÓN (1988), de Christopher Crowe

 

Asumir el papel de una pareja de policías en el Saigón de la guerra no deja de ser una tarea bastante absurda. Pensémoslo un momento. ¿Investigar unos crímenes en una guerra que se caracteriza por el asesinato indiscriminado? Digno de Samuel Beckett. En todo caso, ahí está esa pareja de policías que tiene algo de aquella otra que formaron los detectives Doyle y Russo en French Connection sólo que se cambia el Departamento de Narcóticos por el de Homicidios y pónganse a olisquear las pruebas. Se trata de cazar a un asesino en serie en esa ciudad dominada por el caos que ha ido eliminando prostitutas como si fueran soldados del frente. Las primeras pistas no dejan ningún lugar a dudas. El asesino es norteamericano y todo apunta que es un oficial de cierto rango. Para completar la tarta. La peor ciudad del mundo, los peores crímenes del mundo para cazar a un tipo inalcanzable. ¿Se puede soñar con un caso mejor?

El sudor se pega a esas camisas de civiles que lucen los suboficiales McGriff y Perkins en unos barrios en los que nada está claro, la gente se mueve con total libertad de comportamiento. Lo que es legal, no está bien visto. Lo que es ilegal, es la normalidad. Habrá que emplear la violencia en una o dos ocasiones para conseguir la información necesaria. Y sacar el arma reglamentaria si las cosas se tuercen mucho en ese universo de callejas estrechas, puestos de acera y calzada y uniformes que sólo buscan un lugar en el que hundir el vicio de la desesperación del frente. Saigón es la nueva urbe del pecado y McGriff y Perkins lo van a comprobar de primera mano.

Con la mirada más objetiva posible, la intención de la película es original y muy apreciable. La idea de dos policías militares dedicados a la investigación de una serie de asesinatos en una ciudad que se cae a pedazos, en un ambiente en el que todo está en contra, es muy buena. Sin embargo, hacía falta la dirección de alguien con más garra y proyección que Christopher Crowe, mejor guionista que director, en su única incursión tras las cámaras. Si esta misma historia hubiera caído en las manos de otro realizador como, por ejemplo, John McTiernan, estaríamos ante algo auténticamente bueno. Como no es así, crece la desazón en el público porque se espera algún acontecimiento que haga que la historia arraigue y cobre vuelo, pero eso no ocurre en ningún momento. La sensación, al final, es de una cierta decepción y de expectativas defraudadas porque es como si la película prometiera y no cumpliese.

En cualquier caso, cuando caen encargos de este tipo, más vale que llevemos a cuestas el sudor y la conciencia. Habrá que buscar en verdaderos vertederos y la confusión será toda la respuesta. El trabajo consiste en separar el grano de la paja, mantener la mirada firme entre las drogas, el vicio, la degeneración y ese puñado de locos que han decidido hacer una guerra a diez mil kilómetros de su país. Saigón tiene muchísimas preguntas y, prácticamente, ninguna respuesta.

martes, 10 de febrero de 2026

ACCIDENTE (1967), de Joseph Losey

 

Un accidente oportuno y ligeramente turbio. Un profesor cita a dos alumnos suyos en su propia casa para terminar un trabajo y preparar un examen. Cuando van a llegar, sufren un accidente con el coche y el profesor consigue rescatar a la chica. El acompañante muere. Hasta ahí todo bien. O relativamente bien dentro de la desgracia, pero es que todo ha sido una finta del destino. El muerto estaba liado con la chica. El profesor desea a la chica. La chica desea al profesor. Todo se complica de forma casi onírica porque la chica ha salido anteriormente con otro profesor que, para más confusión, también lleva un delirante programa de televisión local. Y todo se entremezcla de tal forma que muy pocos saben cómo descifrarlo. El chico, la chica, el profesor-tutor, su mujer, el profesor mediático, el ambiente enfermizo de la universidad, el accidente, la memoria…Puede que todo sea un flashback, pero será el espectador será el encargado de darse cuenta. No lo sé. ¿Ustedes qué opinan?

Joseph Losey dirigió con su evidente profundidad una película pequeña que le dejó enormemente satisfecho. El dramaturgo y amigo del cineasta Harold Pinter colaboró en el guion y juntos adaptaron la novela de Nicholas Mosley, vehículo perfecto para mostrar las turbiedades del impoluto ambiente académico inglés. Dirk Bogarde aporta sus habituales dobleces escondidas tras un rostro agradable y que resulta ideal para mostrar el progresivo y tortuoso camino hacia el desastre personal con el que se enfrentan todos los personajes. Aquí no hay triunfadores. No hay más que perdedores. Todos se enfrentan a la derrota de sus propósitos porque no hay ninguna salida moral que les permita llegar a una conclusión satisfactoria. Algunos podrán pensar que el asunto que plantea la película es nimio, pero no lo es si nos adentramos en estos personajes perdidos, presos de la melancolía y del fracaso. Por supuesto, tanto Losey como Pinter aprovechan que el Támesis pasa por todas partes para incluir un retrato aburrido y muy crítico de la burguesía británica, anclada en una vida cómoda e irremisiblemente rutinaria, con predominio de la hipocresía, la envidia y la represión moral. Algo que, si nos fijamos un poco, puede estar posado sobre los inamovibles tomos de cualquier biblioteca sesuda de un profesor universitario sin mañana.

Tengan mucho cuidado al acercarse a esta película. Quiere decir muchas cosas y, en realidad, se abstiene de pronunciar una palabra. Todo hay que deducirlo porque todo está muy sugerido y obliga a trabajar al espectador. La inversión de valores, la comodidad de una posición desahogada (dando rienda suelta a las ideas militantes de Losey), la certeza de que lo que hemos visto no es actual, sino pasado, la cámara se acerca, la cámara se aleja. Hemos entrado, hemos salido. La muerte es sólo un espejo de lo que nos ocurrirá a todos. La tensión se puede cortar en alguna escena porque el deseo es el verdadero motor que mueve todas las pasiones. Puede que acostarse con alguien sea la meta para que todo parezca que está en orden. Igual que ese profesor que, amablemente, invita a unos estudiantes a su casa para terminar un trabajo y preparar un examen. Accidente.

jueves, 5 de febrero de 2026

UNA MUJER EN LA LIGA (1989), de David S. Ward

 

El plan, realmente, es muy sencillo. Los Indians de Cleveland son un equipo deficitario, que nunca ha ganado ningún torneo. Son malos, en dos palabras. Con los resultados paupérrimos que suelen cosechar, la mejor solución es su traslado a otra ciudad, con otro equipo técnico, con otros jugadores, con otra infraestructura. Y Rachel Phelps es lo que pretende con la llegada a la presidencia del club. Sólo hay un problema, no muy grande. Los jugadores, hasta ahora, han jugado con cierta desmotivación, sin ganas, de ahí sus pobres resultados. En cuanto salta el rumor de que el club puede ser trasladado porque no gana ni a las chapas, adivinen qué pasa. Sí, los chicos se alían unos con otros y, de repente, empiezan a jugar como los ángeles. Sólo para fastidiar a esa pretendida ejecutiva brillante que no piensa más que en maximizar beneficios y echar a todos a la calle. Además, los Indians tienen a un lanzador de ensueño, sólo que es un poco irregular. Le llaman “Wild thing” y tiene su sintonía propia cada vez que entra al campo. El lío, el lanzamiento, el bateo y la carrera están servidos. A ver quién gana en esta carrera contra los intereses creados.

David S. Ward dirigió su mejor película en esta ocasión y, curiosamente, es una de las que menos se recuerdan. No es una comedia tronchante, no es, ni mucho menos, un drama, es una curiosa disección del mundo del béisbol, con sus ejecutivos preocupados por llenar estadios y rentabilizar publicidades, con sus jugadores de altos y bajos, que muestran hastío y, a la vez, son capaces de poner a las gradas de pie. Con sus técnicos, que creen tener fórmulas mágicas y dependen, sobre todo, de que los jugadores quieran jugar de verdad. La película es buena, agradable, se deja ver y con algunas líneas de diálogo de cierta agudeza. No en vano David S. Ward fue ese guionista que algunos años antes había ganado un Oscar con El golpe, de George Roy Hill.

En el apartado interpretativo habría que destacar a Charlie Sheen, en una de sus escasas interpretaciones meritorias, al lado de Corbin Bernsen, que por aquel entonces estaba muy de moda, Tom Berenger, que posiblemente sea el actor más mediocre de la época y que sólo se salvó por su prodigiosa interpretación en Platoon, de Oliver Stone, Wesley Snipes, con el que tuvieron serios problemas porque de béisbol sabía tanto como yo de física cuántica, Margaret Whitton en la piel de esa ejecutiva que se pasa de lista, y una René Russo maravillosa y radiante sosteniendo por debajo al plantel femenino.

Así que ya saben, pidan la seña, lancen una bola curva, traten de batear con fuerza y corran, corran como el viento porque las oportunidades pasan de largo y, a veces, es porque nos hemos dejado ir por pereza, desmotivación o vaya usted a saber. Lo cierto es que, cuando hay problemas, es muy bueno tener a un “Wild thing” en el equipo. Saldrá por una de las puertas del césped y la gente se volverá loca porque creerán que las bolas llevan música incorporada.

MARTY SUPREME (2025), de Joshua Safdie

 

Es difícil llegar a diferenciar entre el mediocre y el triunfador. Es posible que un triunfador, en realidad, sea un auténtico mediocre, pero no resulta fácil encontrar que un mediocre sea todo un triunfador. Aquí, se habla de un tal Marty Mauser, que intentó siempre dar la imagen de triunfador y, en realidad, era bastante mediocre en todo lo que hacía y en todo lo que sentía. Entre otras cosas, porque usaba el arma de la mentira para parapetarse detrás de esa nada que él representaba y de la que quería salir a toda costa, aunque no sabía muy bien cómo.

Toda esta enrevesada reflexión lleva a creer que esta historia, de haberse rodado hace cincuenta años, la podría haber dirigido un monstruo sagrado como John Huston, experto en fracasados y perdedores porque, a pesar del único triunfo que se describe en la película, Marty Mauser fue un fracasado legendario. Detrás de un cierto encanto, se escondía un alma cobarde, cicatera, que te daba tanto en un minuto como te lo quitaba en el siguiente, que no le importaba descender a los infiernos si con eso conseguía ascender, supuestamente, un peldaño más en su particular guerra personal. Todo ello conllevaba un buen engrase en su repertorio de mentiras, de fingimientos llevados hasta el último extremo, de engaños, de juegos de buscavidas, de intentar sobrevivir al día siguiente aunque su meta era llegar a los mundiales de ping-pong.

Y el caso es que resulta extraordinariamente triste la vida de este hombre, porque siempre está asido con una mano al embuste como único agarradero dentro de un mundo que le desprecia, le rechaza y le ahoga. Sus objetivos son pequeños y sus bandazos por la vida son errores que casi llegan a la monumentalidad. Y lo peor de todo es que no se arrepiente absolutamente de nada, no desea ser querido por nadie, no quiere ninguna mirada de atención más que para servir a sus propios objetivos de ser campeón de ping-pong. Y todo lo que consigue es un set de un partido no oficial.

Timothée Chalamet ofrece todo un repertorio de sensaciones dentro de una película que llega a ser bastante cansina. Hay pasajes realmente largos en los que todo es palabrería dicha muy aprisa, con frases muy repetidas, acciones atropelladas, pim, pam, pum y fuego y todo es para trasladar la idea de que su personaje es un desastre en todos los aspectos, que es un tipo del que no te fiarías ni para ir con él de aquí a la esquina y que, en el fondo, te da lo mismo que sea campeón de ping-pong o de la taba. El fulano es bastante despreciable porque se cree un manipulador de primera y no es más que un pobre hombre tratando de encontrar un éxito en la vida.

En todo caso, la dirección de Joshua Safdie sería aceptable si no tuviera la brillante idea de obsequiarnos con temas sobradamente conocidos de una época que no corresponde a la película, porque la modernidad es algo a lo que los nuevos cineastas no pueden renunciar. Eso hace que la cinta esté punteada con momentos realmente pesados, con uno o dos aciertos en la música de coro como acompañamiento perfecto a los abismos que se abren a los pies del protagonista. Gwyneth Paltrow, por su parte, compone un papel dramático perfectamente creíble y la sensación, al final de la proyección, es que lo que has visto no tiene demasiado interés, porque el personaje principal, omnipresente en todo momento, es un individuo con menos profundidad que una bañera y con más mentiras en el saco que tiene por cerebro que respiraciones hace al cabo del día. Y pare usted de contar. No hay nada más en la historia.

Cuando mientan, traten de ser creíbles y más aún si consiguen encajar la mentira en un rompecabezas rodeado de piezas verdaderas. Eso hará que la apariencia de honestidad pueda mantenerse incluso en los momentos más complicados. Si no, lo que conseguirán, no es más que una huida hacia adelante que sólo tendrá fin cuando se den perfecta cuenta de sus responsabilidades y algunas de ellas tardan bastante en venir. La mía, en este momento, es terminar el artículo dedicado a una película que no merece más que cinco o seis líneas de escritura.

miércoles, 4 de febrero de 2026

ZAFARRANCHO EN EL CASINO (1961), de Richard Thorpe

 

Esta es una de las películas más desconocidas de todas las que protagonizó Steve McQueen. A ello contribuyó el desprecio del propio actor que consideró que la cinta estaba desfasada, siendo un claro ejemplo de un cine realizado una década antes bajo los auspicios de la Metro Goldwyn Mayer. Lo curioso de todo ello es que, sin ser ninguna obra maestra de la comedia, resulta una película muy aceptable, con unos personajes bien llevados, algunos de ellos realmente graciosos, con un trama llena de enredos en la que, quizá, sí que se nota mucho lo anticuado que resulta el computador de marras que resulta ser el centro de todo el lío, con un protagonista que, en contra de lo que pudiera parecer, estaba muy bien dotado para los registros cómicos. Es, en definitiva, una película muy agradable de ver.

Al lado de Steve McQueen, que lleva todo el peso de la función, destaca la maravillosa y ridícula actuación de Paula Prentiss como la chica más atractiva de la historia…solo que es tan miope que Rompetechos parece un lince ibérico a su lado. Además, hay un plantel de secundarios nada despreciable, encabezado por Jack Weston y seguido por nombres tan ilustres como Dean Jagger, Jim Hutton, como el sempiterno amigo para todo del protagonista y Ben Astar en el papel del perplejo cónsul ruso que ve cómo sus ganancias se esfuman.

Todo se resume con facilidad. Unos muchachos oficiales de la Marina de los Estados Unidos deciden aprovechar que el barco pasa por Venecia para hacer saltar la banca en el casino. El truco no puede ser más sencillo, ni más acorde con los tiempos que vivimos. Se trata de adivinar todas las jugadas con ayuda de un super computador que lleva el buque. Empiezan con poquito y acaban con todo. Y, mientras tanto, chicas de todo tipo y condición, con una miope de libro al frente, la persistente seriedad de los oficiales superiores, las ganancias, las peleas, con una especialmente graciosa, y, señores, recojamos las fichas que la apuesta nos ha salido bien y hay que regresar antes del toque de descanso.

Algunos podrían pensar que esta es una película de McQueen antes de ser la gran estrella que fue, pero no es así. Ya se había estrenado con notable éxito Los siete magníficos y el chico estaba deseando intervenir en películas de calidad. No le gustó lo acartonado de todo lo que tenía preparado la Metro para hacer la historia de estos vivales que se aprovechan de cuanto tienen a tiro, pero hay que reconocer que, teniendo en cuenta que no se prodigó mucho en comedia, McQueen era mejor actor, incluso, de lo que él mismo se consideraba.

Así que hagan sus apuestas, señores. La bola va a girar alrededor de la ruleta, con sus blancos y sus rojos (y su verde), atinen con su predicción, y sospechen, sospechen siempre de cualquier que no hace más que ganar. Seguro que hay truco detrás. Por muy simpáticos que sean, esos tipos quieren llenarse los bolsillos y salir corriendo de una ciudad mágica como Venecia. Ah, el amor, el juego, la risa, los puñetazos…Venecia…

martes, 3 de febrero de 2026

UNA VIDA MARCADA (1948), de Robert Siodmak

Si se comete un crimen, hay que reconocer que nadie estará más interesado en conocer la verdad que un amigo que te ha acompañado toda la vida. El Teniente Candella pateó las calles al lado de Martin Rome y, un buen día, decidió llevar una placa. El destino ha querido que Martin fuera acusado de matar a un policía y que, en la refriega, esté recuperándose en un hospital. Mientras tanto, Candella visita a la familia de su amigo, aquella con la que, de pequeño, compartía pequeñas tartas, juegos en la habitación y saludos en la calle. Quizá las motivaciones de Martin sean distintas de las que se piensan. Quizá sea aún ese amigo de toda la vida que se torció con las malas compañías. Sin embargo, el terror del Teniente Candella es que sea culpable porque, si es así, tendrá que llevárselo del hospital para responder ante la justicia.

Robert Siodmak nos baja a las calles que aún huelen a aquel asfalto recalentado y que guarda la humedad de las bocas de incendios. En esas mismas calzadas en las que se pueden freír unos buenos filetes, jugaron estos dos personajes que se erigen como el centro de una trama que reúne ese pasado que no se quiere borrar porque, muy posiblemente, fue la única época en la que fueron plenamente felices, con ese presente feo en el que hay que buscarse la vida y ya no hay tiempo para juegos, ni para complicidades. La vida se ha encargado de golpear duro a los dos y han ido dando tumbos. Uno en el lado correcto, el otro, en el lado que le han dejado.

La pareja protagonista tiene, eso sí, un claro desequilibrio. Richard Conte, sin ser un adalid indiscutible de la interpretación, es bastante mejor actor que Victor Mature y no faltaron voces para que, en su día, se dijera que el reparto de papeles estuvo muy equivocado, que tendría que haber sido al revés. Conte incorpora a Martin Rome, un tipo que tiene muy clara su frontera ética a pesar de estar coqueteando con el lado más oscuro de las calles. Mature es el Teniente Candella, que trata de rescatar a un viejo amigo de las fauces de la tentación más ignominiosa, pero no sabe muy bien cómo hacerlo. El resultado es una película que hunde sus entrañas en el cine negro, pero con dos héroes inseguros, que tratan de llegar al día siguiente y no siempre lo consiguen. La calle, al fin y al cabo, siempre está ahí. Para bien o para mal. Para recordarnos el niño que fuimos y el adulto en el que nos convertimos. Menos mal que directores como Robert Siodmak fueron capaces de recoger el testigo para contarnos la historia de dos muchachos cualquiera que se han ido del centro de juegos y ya están en el cruce donde termina la calzada. La pregunta es quién se saldrá con la suya, porque la vida sigue apretando por mucho que aquellos niños hayan cumplido ya años y lleven armas en la sobaquera. Es el momento de dejar que uno de los dos viva. Es la vida marcada de los que no tienen muchas más mañanas.