martes, 12 de mayo de 2026

LA VIDA DE BRIAN (1979), de Terry Gilliam

 

Hay cosas en esta vida que son malas,

que te pueden volver loco.

Otras cosas sólo te hacen maldecir y maldecir.

Cuando estés lidiando con las cosas difíciles de la vida,

no te quejes, silba,

eso ayudará a que las cosas mejoren.

 

Mira siempre el lado positivo de la vida.

Mira siempre el lado luminoso de la vida.

 

Como último chiste no está mal. Un puñado de tipos crucificados, padeciendo el peor de los tormentos y cantando que hay que mirar el lado positivo de la vida. Ya se sabe, los martirios son un poco rollo mientras se pasan, así que lo que hay que hacer es conservar la individualidad y ponerse a reír. Y eso no quiere decir que haya poco respeto, ni que se ponga en ridículo nada. Si no, hagamos una prueba. Esa conversación que el Frente Popular de Judea mantiene en las gradas del circo, sí que pone en ridículo lo que hablan (y pongo este ejemplo por la enorme vigencia del contenido de la discusión), pero aquí no hay risas, ni nada de eso. Podríamos decir que es, simplemente, un deseo de mirar el lado luminoso de la vida, de despojarlo todo de la solemnidad a la que somos tan proclives. Tan ridículos son esos supuestos liberadores que se esconden detrás de unas sábanas, como Poncio Pilatos haciendo ver a sus guardias que su amigo Pijus Magníficus tiene un nombre estupendo, al igual que el de su mujer, Incontinencia Suma. Según eso, también ridiculiza la enseñanza en latín con la pintada de “Romanus ite domus” en los muros de palacio, o las masas informes que desean ser guiadas a través del primer profeta que pillan por la calle. Vamos, vamos, un poco de seriedad, caballeros.

Así pues, tenemos esta película rodada por el quinteto más gamberro que ha podido dar el mundo del espectáculo en la historia reciente. El humor absurdo obtiene carta de naturaleza con la mezcla de anacronismos y costumbres de la época y asistimos a las aventuras y desventuras de Brian, un nazareno que nace en el pesebre que está junto enfrente de otro que, al fin y a la postre, también ha sido bastante famoso. Las hechuras de la película, seamos sinceros, son bastante chapuceras, pero la sucesión de chistes, tanto físicos como verbales, hacen que nos sintamos liberados de cualquier obligación moral autoimpuesta. Los centuriones no destacan por su inteligencia (Roma, ridícula), el asceta es un inútil que se pone a hablar a las primeras de cambio (ascetas, ridículos), la reglamentación de la tortura lapidaria resulta un desahogo para las mujeres (las mujeres, ridículas y violentas), Brian asomándose desnudo sin vergüenza a la ventana invita a pensar que es un liberado (desnudo, ridículo), los resistentes no pueden ser más inútiles (resistencia, ridícula), el mazmorrero es una bestia sin demasiada forma (carceleros, ridículos) y, por supuesto, el tipo que destaca por una educación exquisita en el reparto de cruces para el sacrificio está fuera de lugar (crucifixión, ridícula).

Hay que dejarse de prejuicios, y disfrutar de la vida. Mirar el lado luminoso de la existencia y dejarse de escuadrones suicidas, amores que no lo son, frentes resistentes que apelan a la camaradería de una forma tan ingenua que levantan vergüenza ajena y centuriones que confunden identidades porque el primero que pasa dice que es fulanito de tal. En el fondo… ¿la vida no es un ridículo espectáculo en la que el ser humano sólo tiene la única labor de despojarla de crueldad? Si no, ya saben…atraviesen la puerta, pónganse a la derecha y cojan una cruz cada uno. El camino del calvario estará lleno de carcajadas.

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