jueves, 30 de abril de 2026

MICHAEL (2026), de Antoine Fuqua

 

Varias son las consideraciones a tener en cuenta antes de analizar con cierto rigor este pretendido biopic de la mayor estrella del pop de todos los tiempos. La primera de ellas es que ésta es sólo una primera parte. La propia película avisa en sus créditos finales de que la historia continuará con lo cual se deja un cierto regusto de que todo se queda a medias y que no es posible hacer un juicio aproximado de los agujeros que se pueden apreciar dado que no se sabe si se van a rellenar en la siguiente entrega. La segunda es que es un proyecto auspiciado, financiado y controlado por la propia familia Jackson, lo cual hace que cualquier espectador se pregunte si la verdad es lo que se está viendo o sólo es una versión edulcorada y apropiadamente parcial aprobada por el clan.

La tercera es que tampoco se puede emitir un juicio objetivo sobre la dirección de Antoine Fuqua, un realizador que ha demostrado su competencia en varias ocasiones, como es el caso de las tres partes de The Equalizer, con ese actor enorme que siempre da lo mejor como Denzel Washington. Fuqua se desenvuelve bien en los terrenos del cine de acción con un fondo interesante (si exceptuamos su penosa visión de Los siete magníficos, más atenta a cumplir con las absurdas cuotas hollywoodenses que en ofrecer un punto de vista nuevo sobre la historia) y aquí acepta este trabajo comisionado por el clan Jackson aunque cabe suponer que lo hace de buen grado dada la trascendencia del retrato de un personaje que ha hecho historia sobre los escenarios y en la música.

Con esos mimbres, vamos con lo que sí se puede concluir. Lo más llamativo es el trabajo de Jafaar Jackson, sobrino de Michael, que consigue imitarle con cierta precisión en esos bailes de pies eléctricos a los que tan acostumbrados nos tenía el cantante. No canta él en ninguno de los temas que ofrece la película y hay que reconocer que Jafaar tiene una mirada más tierna que la de su tío. Aún así, en algunos momentos, parece que sí encarna con acierto en gestos y sombras, en aspiraciones y modos. Por otro lado, Fuqua se esmera mucho en colocar algunos movimientos de cámara muy elegantes para engrandecer momentos del cantante y compositor. Y por otro lado más, tenemos algunos personajes que sí, que aparecen, pero que se quedan algo colgados como lo es una figura fundamental en la carrera artística del gran Michael como lo fue Quincy Jones, enorme músico de jazz, extraordinario compositor y avispado productor que supo darle al gigantesco rey del pop todo lo que necesitaba. También hay un par de apariciones interesantes como son las de Miles Teller y Mike Myers, pero son islas en medio de esa sensación de que esta película, casi exclusivamente, se centra en el proceso de independencia de Michael Jackson de la figura dominante y dominadora de su padre, Joe Jackson, encarnado con cierta fuerza por Colman Domingo.

Así que, por un lado, la película da algo que se espera desde el principio. Un musical con un repertorio de las mejores canciones de los Jackson Five y del propio Michael Jackson, aunque llama la atención la poca relevancia que se presta al mayor éxito de los cinco hermanos como fue Blame it on the boogie y la historia se detiene en el momento en el que el cantante presenta Bad en Londres. Hay un cierto miedo a mostrar al director del mítico vídeo Thriller, John Landis, y el retrato que se hace Michael Jackson es algo timorato, que se centra en esa sensación de su propio convencimiento de ser un elegido, alguien con un talento natural inigualable. Se muestra poco de sus procesos creativos, de una manera muy superficial y, al final, todo queda algo desdibujado, aunque los fanáticos del gran showman se irán contentos, meneando los pies aquejados del mismo alto voltaje que asolaban los de Michael, tarareando sus canciones que van desfilando una tras otra. El espectador, a poco que se pregunte, puede llegar a la conclusión de que, al fin y al cabo, la película no le ha descubierto nada o, en todo caso, muy poco acerca de Michael Jackson. Quizá, cuando llegue esa segunda parte de la que hablábamos, pasaremos del retrato del hombre que poseía unos pies eléctricos al de un hombre que se miraba en el espejo.

miércoles, 29 de abril de 2026

NUNCA PASA NADA (1963), de Juan Antonio Bardem

No, nunca pasa nada en el típico pueblo de provincias de tardes inacabables y cotilleos de tostada. Es un día tras otro, prácticamente el mismo, con todos pendientes de cualquier novedad, por mínima que sea. Y todo se convierte, se subvierte y se pervierte por culpa de una apendicitis. Una compañía de revistas francesa pasa por la localidad y allí se queda una de sus vedettes, aquejada de esa inflamación del apéndice. La compañía, que es de tercera, la deja allí mientras es operada y se recupera. El médico se queda embelesado con ella porque, al fin y al cabo, representa de alguna manera la vida que le hubiese gustado vivir, acabando su carrera en una gran ciudad, disfrutando de sus noches y de sus mesas, de las luces y de las chicas. En cambio, se ha condenado a un pueblo, más o menos grande, en el que las arpías de turno están afilando las uñas pensando en lo que se avecina.

El médico, como no podía ser menos, cae rendido a los pies de la corista. Su mujer, bellísima, pero marchita, es sitiada por el maestro del pueblo, un tipo cortés, elegante, con jovialidad, con ganas…justo lo que no es su marido. Nunca pasa nada en este pueblo. Sólo hay personas que encarnan lo que se quiso ser y es entonces cuando los sueños cabalgan a lomos del aburrimiento y de la rutina, briosos corceles con destino a una posta que siempre será temporal y, a buen seguro, casa de arrepentimiento y penitencia. Lo del médico con la corista…es caldo de cultivo para las cotorras, la voz corre, el pueblo se escandaliza. El médico con la corista. Vaya plan. ¿Ha visto usted? No, si yo ya me había dado cuenta de que ella era una lagarta. ¿Y él? Vamos, un hombre de su edad…a dónde vamos a ir a parar, esto no tiene nombre.

Juan Antonio Bardem hizo otra radiografía tremendamente corrosiva de la burguesía de provincias con la colaboración de una actriz tan maravillosa y gigantesca como Julia Gutiérrez Caba, que es la auténtica personificación del drama de frustración contemplativa que se pone en juego en esa ciudad de lluvia, de nube, de edificios grises, de humo de tabaco en los cafés y de perfume barato en la peluquería. Por supuesto, la producción francesa impuso no solo a Corinne Marchand en el lógico papel de la corista francesa, sino también a Jean Pierre Cassel en la piel del maestro que pretende los favores de la esposa del médico. Y no dejemos de mencionar a Antonio Casas, poseedor de esa voz magnética, como el galeno que aparca, en apariencia, su rectitud y seriedad para hacer realidad el sueño de vivir algo más intenso que el partido de fútbol en la televisión de los domingos.

El resultado es una película desesperanzada y demoledora, que se coloca tan sólo un peldaño por debajo de Calle Mayor, porque, en el fondo, tratan de lo mismo, de esa sociedad adocenada y adormecida que se apolillaba en una dictadura que ya se alargaba más de lo que el alma podía aguantar. Por eso las bromas, las chanzas por un lado, y los cotilleos y los despellejamientos por el otro.

martes, 28 de abril de 2026

LA CHAQUETA METÁLICA (1987), de Stanley Kubrick

La orden es crear asesinos sin compasión. No importa cómo. Si la tortura, el grito soez y tremendo, la inhumanidad bien saboreada son los instrumentos, es lo mismo. De lo que se trata es de fabricar soldados que disparen sin pestañear, que no tengan ni la más mínima duda de que el enemigo sólo entiende el lenguaje de la sangre, de que Vietnam, en el fondo, es otro patio de juegos, prolongación del período de instrucción, en el que van a poder hacer realidad todo lo que han ensayado hasta la hartura en el cuartel. No todos lo aguantan. Probablemente, el más débil se quebrará y se convertirá en el auténtico asesino que ellos desean, sólo que su voluntad de matar se manifestará con toda su violencia antes de marcharse al frente. Ha sido vilmente torturado, salvajemente humillado y violentamente castigado hasta por sus propios compañeros. Vietnam no está en el Sureste Asiático, sino que está aquí, en el patio de armas, en los dormitorios, en la vociferante autoridad del Sargento Hartmann. Y más vale estrenar el fusil con esas balas con chaqueta metálica que dejarán los sesos bien pegados en los azulejos del cuarto de baño.

Llega la hora del fregado y, tal vez, la corresponsalía de la revista oficial del Ejército sea una buena opción. La ofensiva del Tet comienza y hay que ponerse el casco y luchar por ti y por esos compañeros que comparten contigo el hipnotizador avance detrás de un tanque blindado. Un francotirador se encarga de poner las cosas bien difíciles y comienzas a plantearte cosas más profundas que la intensa fantasía sexual de la prostituta de turno. Ellos matan, dejan rastro de sangre y, por tanto, un cebo ideal para el resto de los incautos que intentan tomar una ciudad en ruinas. Tú, yo, él. Cualquiera puede ser el blanco de ese francotirador tan certero que, incluso, encuentra resquicios en las ruinas para colar una bala donde parecía imposible. Mickey Mouse en el regreso. El mundo es una mierda, pero estoy vivo y es lo que cuenta.

La particular mirada desesperanzada de Stanley Kubrick se erige en una película que, en materia de Vietnam, se coloca justo detrás de Apocalypse now, de Francis Ford Coppola, sólo que desde una perspectiva diferente. Aquí no hay selvas que engullen, ni un río cuyo curso lleva inexorable al horror. Aquí hay un lavado de cerebro que engendra psicópatas ya desde el campo de instrucción. Vietnam sólo es el lugar donde esos locos prefabricados ponen en práctica lo aprendido. Y puede que el regreso sea sólo un sueño que jamás se reintegrará en la normalidad porque ha habido demasiada muerte entre los hierros desvencijados de una fábrica en medio de ninguna parte. Lo único que hay que hacer es seguir o morir. Y más vale seguir que morir. Ése es el único acicate de cuantos han ido hasta allí. No vale no saltar una valla, no está permitido ser débil. Aquí mi fusil, aquí mi pistola. El uno dispara, la otra consuela. El horror está en casa. No hace falta irse a una guerra a diez mil kilómetros para comprobar que existe, que está cerca y que sólo hace falta apretar un gatillo para acabar con todo.

viernes, 24 de abril de 2026

GLORIA (1977), de John Cassavettes

 

Gloria es una mujer que pisa fuerte allá por donde va. Ha estado con los peores y algún que otro que le hizo mantener la fe en la Humanidad. Quizá es una de esas que no ha realizado ninguno de los sueños que un día se propuso, aunque no puede negar que ha habido algunos buenos ratos, un par de juergas inolvidables, unas copas por aquí, algún arrumaco agradable. Nunca ha sido madre, a pesar de que ya ha llegado a una edad en la que le gustaría haber dejado algún rastro de su paso por el mundo. O haber llegado al corazón de algún tipo que la quisiera de verdad. No ha sido posible. Lo único que tiene es el convencimiento de que ella vale, de que nadie se ha reído de ella y que, si lo ha hecho, ha acabado pagándolo. Es una mujer de cuidado.

Un día, no es madre, pero casi. Un testigo incómodo para algunos de sus amigos acaba en sus brazos. Y Gloria puede ser muchas cosas, pero no es una asesina. Sólo mata si la atacan, como buena leona. Y eso es lo que va a hacer por ese niño. Se la va a jugar muy en serio para preservar su vida. Si sus amigos de años disipados no han sabido hacer las cosas bien, allá ellos. Gloria va a pisar más fuerte que nunca. Y va a dejar una huella que no se va a olvidar con facilidad. Es una de esas mujeres que aún guarda belleza en sus rasgos de mujer de madura, pero que conserva intacto su atractivo interior.

John Cassavettes dirigió esta película saliéndose de los cánones de su cine para mostrar el inmenso valor de una mujer que decide enfrentarse a todo y a todos con tal de salvar la vida de un niño inocente. En un principio, pensó en Barbra Streisand para el papel protagonista, pero no llegó a un acuerdo porque la actriz quería componer la banda sonora de la película. Cassavettes volvió a terreno conocido y se lo ofreció a su mujer, Gena Rowlands y, sinceramente, no se puede imaginar a nadie más que a ella interpretando a una mujer como Gloria. Es un torbellino de fuerza, de voluntad, de energía, de saber mirar y de saber estar y de saber pasear una belleza ajada con una elegancia inusitada. No es de extrañar que Gena Rowlands fuera nominada al Oscar a la mejor actriz del año por este papel.

Háganme caso y no se entretengan por el camino si encuentran por ahí la segunda versión de esta misma historia protagonizada por Sharon Stone y dirigida por Sidney Lumet. Es imposible mejorar la visión de Cassavettes y la interpretación de Gena Rowlands. Es como si Manhattan, de repente, se vistiera de mujer de negro y comenzara a mirar para todos lados buscando un desafío que todo el mundo rehúye porque, además, es uno de esos personajes a los que los más villanos parecen temer. Fue una muñequita tiempo atrás, pero, por alguna razón que se escapa a los débiles de mente y revólver, es una apisonadora que no tiene ningún problema en asesinar su propio pasado. Cuidadito con ella.

jueves, 23 de abril de 2026

PRIME CRIME (2026), de Gus Van Sant

 

Un hombre normal, de clase baja, harto de tanto engaño, de tanto interés creado contra los más débiles decide que ya ha llegado la hora de cobrar lo que se le debe. La vida no ha sido generosa con él y va a arremeter con todo lo que tiene contra los que cree responsables de su situación, al borde de la nada. Ya está bien de aguantar sin protestar, de que los demás se aprovechen, de no sacar nada cuando lo ha dado todo. Alguien hizo un negocio redondo con él, negándole toda posibilidad de prosperar. Y lo merece, porque ha trabajado duro, porque lo poco que tenía lo puso a disposición de un proyecto que le fue robado literalmente. Para ello, no duda en utilizar el cable del hombre muerto.

Ese pequeño truco cuya finalidad es moverse con un rehén apuntándole continuamente con una escopeta a la cabeza, consiste en atar un cable a su cuello de tal manera de que si cae él, o el rehén se mueve más de la cuenta, la escopeta se dispara. Es simple, puro, práctico y definitivo. Nadie puede hacerle daño. Sólo debe tener la oportunidad para ponérselo al cuello de quien quiere torturar. Así, esos financieros bastardos experimentarán lo que él lleva sintiendo durante años, siempre con el dinero escaso, con los medios menos que justos, con las manos encallecidas y perdedoras.

Sin embargo, él es un buen hombre. Tiene amistades que le avalan. Incluso uno de ellos es un policía con el que se ha tomado un par de copas en un bar mientras veían algún partido de la liga de fútbol americano. Es sorprendente que un tipo normal tome una decisión así, tan extrema, tan absoluta. Lástima que el rehén no es precisamente quien tenía pensado, pero es igual. Es una vida humana y tendrán que hacer uso de una diplomacia exquisita para que al perjudicado no le pase nada. Esa diplomacia es muy sencilla. Se llama mentira.

El director Gus Van Sant vuelve con otra denuncia que hace daño, inspirada en un hecho acaecido en 1977 y que llenó las primicias de todos los informativos mediáticos de Indianápolis. Hasta un afamado locutor de radio, dueño de un gusto envidiable en la elección de los temas musicales de su programa, va a ejercer de mediador para que la gente sepa exactamente qué es lo que quiere el extorsionador. Lo peor de todo es que va a levantar simpatías en todo el país. Es un hombre normal, con problemas normales, reconocibles por todo el mundo, y eso hace que la gente se sienta mucho, mucho más cerca que la víctima.

El resultado es una película que camina en algunos momentos por el área documental, con interpretaciones muy curiosas tanto de Bill Skarsgard, que ya empieza a mostrar su verdadero rostro de excelente actor, como de Carey Elwes, casi irreconocible detrás de una barba llena de experiencia, o de Colman Domingo, dueño de las mañanas de Indianápolis con su selección musical de altura. También anda por ahí Al Pacino, con sólo dos escenas, que resulta totalmente convincente como el hombre que no deja de ser arrogante ni cuando se halla frente a frente con el peligro. En algún momento, la película se detiene en exceso y eso va en contra del posible suspense, aunque se intuye cómo va a ser el final que, por otra parte, no deja de ser rocambolesco, pero totalmente auténtico. Es la locura de los tiempos que vivimos cuando estamos sumergidos en la deuda, elemento principal de cualquier sociedad capitalista que se precie.

Y es que hay que andarse con pies de plomo y escopeta de cañón recortado cuando se trata de hacer algún negocio. Siempre hay algún espabilado que cree que sus cartas son invencibles hasta que llega el hartazgo y se hinchan las narices del personal. Ante eso, no valen los informativos, siempre sesgados, ni las fuentes oficiales, siempre serviles. Sólo la verdad incómoda. Y nadie quiere hacer frente a esa verdad. Es como tener un cable atado al cuello que disparará un gatillo al menor gesto. El dinero vuela. Casi nunca vuelve.

miércoles, 22 de abril de 2026

LA BUENA SUERTE (2025), de Gracia Querejeta

 

Con este artículo sobre la buena o mala suerte, celebramos que el blog ya ha recibido un millón de visitas. Gracias a todos los que habéis entrado y, aún más, a los que habéis leído.

Hay momentos en los que un interruptor se acciona en algún lugar de nuestro interior. Es un instante en el que el cuerpo, la mente y los sentidos te piden dejarlo todo porque se te ha pasado una idea loca por la cabeza y ya está. Es lo mejor. Es un sueño que, tal vez, todos hayamos tenido una vez. Se trata de desaparecer. Se ve un cartel de venta de una casa sin ninguna gracia en medio de un pueblo en medio de la nada y se urge para cerrar la operación allí mismo y al contado. Es lo que se necesita. Un agujero en el que poder meterse…o castigarse…o rumiar una soledad que se necesita como compañera. Una decisión tonta porque la vida irá al encuentro tarde o temprano, pero es como poner la existencia en pausa y todo se detiene. Allí, en ese pueblo riojano que nadie conoce.

Por supuesto, en esa nueva vida de silencio y de vacío, hay una chica en el piso de abajo. Es atractiva y es inteligente, pero está herida. Su mirada parece la de un perro abandonado y, de alguna manera, despierta algo que estaba muy olvidado en ti después de tanto dolor, de tanta violencia y de tanta incomprensión. Es una chica que, cuando sonríe, lo hace de verdad. No se detiene en tonterías. Trabaja en un supermercado y, en sus ratos libres, cuida de un cascarrabias resabiado que vive en el bajo. Un tipo que desconfía de todo porque todo en su vida ha sido pura desconfianza, pero que sabe leer en las personas, por mucho que intuya que el daño está cerca. Es un buen hombre.

Resulta muy interesante comprobar que en esta película de Gracia Querejeta todos los personajes están perdidos y tratan desesperadamente de encontrarse. Y utilizan los más variados medios para conseguirlo. Desde el cariño hasta la violencia. Desde la cobardía de recluirse en un agujero hasta la seguridad de estar haciendo lo correcto. Desde la tentación del dinero fácil hasta la certeza de que nada en el futuro va a ser sencillo. Para ello, cuenta con tres intérpretes estupendos como Hugo Silva y, sobre todo, Megan Montaner en el que, sin lugar a ninguna duda, es el mejor papel de toda su carrera de largo. Como invitado en silla de ruedas, Miguel Rellán pone el diálogo brillante y la adivinanza definitiva y mucho cariño en su personaje de hombre que vuelve de todo, sólo que en la silla de ruedas que utiliza como descanso.

Así que, si alguna vez creen que es atractiva la vida en un pueblo en el que nunca pasa nada, con su tiempo detenido en las largas tardes finalizadas en una noche fría, piensen siempre que todos tenemos batallas secretas que librar y que no siempre ganamos. A menudo, la culpa viene de visita y, quizá, por eso, algunos se recluyen en algún lugar perdido. A medias para lavar sus pecados. A medias para evitar sus responsabilidades. Y aún a medias para que el mundo, ese bufón incansable que no deja de reírse de nosotros, se olvide de una vez de nuestra existencia.

martes, 21 de abril de 2026

EL SEXTO SENTIDO (1999), de M. Night Shyamalan

 

El miedo suele ser el origen de todos nuestros problemas interiores. Desde pequeños, hemos tenido miedo a muchas cosas. Miedo a que nos quitaran un balón. Miedo a que los compañeros nos dijeran cualquier cosa que nos apartara de la integración. Miedo a que, mañana, el profesor nos dijera algo que nos pusiera en ridículo. Miedo…miedo…sólo miedo. Esa sensación también nos acompaña de adultos. Tenemos miedo a tomar responsabilidad. Miedo a que, si la tomamos, no estemos a la altura. Miedo a que seamos la mitad de personas que soñamos con ser. Miedo a no ser un buen hijo, o un buen marido, o un buen padre. Miedo…miedo…sólo miedo.

El silencio es el mayor compañero del miedo porque es una de esas sensaciones que nos guardamos para nosotros…más que nada porque creemos que, si expresamos las razones y angustias de nuestros miedos, podemos parecer débiles e inútiles. Y puede, incluso, que lo seamos. Aquí tenemos a un niño que tiene mucho miedo y que es incapaz de superarlo hasta que un hombre, que también ha atenazado su vida con el miedo, le ayuda a ver más allá del temblor. Puede que ese miedo pueda transformarse en algo útil para los demás. Puede que no sea tan terrible lo que el niño cree ver y que no puede contar. Puede que…sí, puede que el niño también sea una especie de terapia para ese adulto que ha perdido el rumbo en su vida justo cuando ha sabido lo que era la muerte.

No se puede contar mucho de esta película sin desvelar muchas de las sorpresas que guarda en su interior. Los que la han visto sabrán a lo que me refiero. Los que no la han visto se quedarán, tal vez, con ciertas ganas de agarrarla de algún sitio y verla. Si no es suficiente con el anzuelo que he puesto, pondré un par más. Está primorosamente dirigida por M. Night Shyamalan, un director que ha sido constantemente machacado por la crítica y que, aquí, realiza la que posiblemente sea su mejor película. Está soberbiamente interpretada por Bruce Willis, por el niño Haley Joel Osment y por Toni Collette. Tiene secuencias que son pura emoción y, si nos asomamos, puro miedo. Sí, más miedo. Miedo a descubrir lo que somos realmente. Miedo a que se pierda el amor porque la incomunicación es su mayor enemigo. Miedo…miedo…sólo miedo. De alguna manera mágica, esta película marca el encuentro entre el miedo real, ese que nos agarra de la garganta todos los días, y el miedo sobrenatural que habita en nuestro mundo de percepciones y de sueños. Ambos son igualmente temibles, pero hay que saber manejarlos. En el primer caso, nos hará personas. En el segundo, nos hará seres con experiencia, porque puede que, en algún lugar de nuestro interior, sí que hayamos hablado con alguien con el que no podíamos hablar. No quiero decir más porque no quiero hacer disfrutar de menos. Sólo apuntar, como última idea, que, en ocasiones, el cine nos regala cosas que van más allá de nuestro entendimiento y de nuestra razón y, con una historia de fantasía, el pensamiento vuela en pos de una vida más soportable.


viernes, 17 de abril de 2026

PUNTO DE RESTAURACIÓN (2023), de Robert Holz

En un futuro de un año cualquiera, aunque no muy lejano, en la Europa Central, se ha garantizado un derecho constitucional. Las personas, con la tecnología existente, pueden ser resucitadas si su muerte no ha sido natural. Todo es consecuencia de un incremento masivo de la delincuencia en una sociedad que se mueve insegura por calles de arquitectura imposible y edificios que desafían la lógica y la gravedad. Por supuesto, esto hace que sea muy difícil cometer un asesinato, porque la propia víctima puede delatar a su asesino. No obstante, no todo es maravilloso. Aparte del hecho de vivir en una sociedad en la que todo el mundo está expuesto a la violencia, hay que hacer actualizaciones periódicas de la existencia para que, llegado el caso, se pueda recargar con las experiencias y sensaciones vividas. Y sólo hay un tiempo determinado para poder resucitar. Pasado ese período, la muerte es lo que siempre ha sido.

Una mujer policía, tremendamente eficiente, tiene que vérselas con un crimen difícil. Una pareja ha sido asesinada, pero sólo uno de ellos ha conseguido resucitar y no recuerda quién fue el criminal. Le han devuelto a la vida con una actualización ya caducada seis meses atrás. La investigación se complica cuando se sabe que el tipo en cuestión era el socio preferente de la empresa que se va a hacer cargo de todas las resurrecciones. Tal vez, haya algo por ahí. Y, como siempre, va a estar muy velado, muy vetado, muy votado, porque todo se somete a votación en una democracia que no es tal dado el nivel de vigilancia que se ha desarrollado. El misterio está ahí, en esos puntos de restauración de la vida que son guardados como prueba evidente de quién ha cometido tal cantidad de monstruosidades.

Interesante película, que plantea una distopía diferente, jugando con ese punto de restauración que consiste en devolver a la vida a quien haya muerto de forma violenta. Sorprende que su nacionalidad sea checa porque, en realidad, es una película que tiene buenas formas, tiene un argumento de cierta convicción, su desarrollo llega a ser notable y, si bien es verdad que su resolución es algo acomodaticia, deja un regusto bueno, aunque algo breve, en el paladar de cualquier cinéfilo. Buena la dirección de Robert Holz, y convincente la interpretación de los principales actores. Música muy absorbente y diseños gráficos para los decorados que resultan irremediablemente novedosos. No es Blade Runner, pero no está mal.

Así que ya saben. No olviden actualizar sus sensaciones, sus recuerdos y sus sentimientos. Todo se puede perder cuando los asesinatos están prohibidos…hasta cierto punto. Todo lo que amenace al sistema podrá ser objeto de reajuste. Y en eso también se incluyen las personas. Mientras tanto, no olviden cumplir con su deber, por mucho dolor que lleven en su mochila. Al fin y al cabo, es sólo un dolor más en una sociedad que apenas mira por nadie, lo cual hace mucho más complicado el trabajo policial. Seamos sinceros. Todo es mucho más subjetivo cuando el cadáver está vivo. También se puede acusar a alguien a quien queremos fastidiar la vida. 

 

jueves, 16 de abril de 2026

INCONTROLABLE (I swear) (2025), de Kirk Jones

 

El doctor George Gilles de la Tourette fue el responsable de encontrar una enfermedad de tipo neurológico que bautizó con su propio nombre y cuyos síntomas presentaban la aparición de movimientos involuntarios y repentinos en cuello, cabeza, hombros y extremidades y la disfunción coprolálica, es decir, exhalar barbaridades de forma totalmente incontrolada. Esta enfermedad fue diagnosticada por primera vez a principios del siglo XIX en una dama de la alta alcurnia francesa, pero, aún así, era una completa desconocida hasta principios de los años ochenta. Incluso había dudas de que fuera una dolencia como tal.

Así pues tenemos a un joven de quince años, bueno en los estudios y brillante en la portería de su equipo de cadetes. Comienza a tener síntomas que, por supuesto, trata de esconder lo más posible en una época de la vida en la que las inseguridades presiden todos y cada uno de sus actos. Cuando el problema se hace evidente, nadie lo comprende. Pierde a los amigos, no puede tener una simple cita con una chica, sus padres creen que sus comportamientos obedecen a su rebeldía. Está condenado por su lengua y sus tics espasmódicos. No tiene muchas salidas.

Y eso es lo más doloroso de esta enfermedad. No menoscaba la inteligencia, no discapacita al paciente, pero sufre el rechazo de todos porque creen que sus insultos procaces, sus nervios a flor de aparato motor son formas de llamar la atención. Sus profesores acuden incluso al castigo físico para tratar de dominar sus exabruptos, se pelea con el primero que pasa porque le suelta un manotazo en la cara. Puede que él tenga algo que pensar y decir, pero… ¿a quién?

El director Kirk Jones, a pesar de haber hecho algunos productos de descarada comercialidad, ya demostró sus dotes para dirigir con brío y acierto en una película de tan agradable recuerdo como Despertando a Ned, con Ian Bannen, excelente actor, llevando el peso de aquella función en busca de un billete de lotería premiado en los bolsillos de un muerto y enterrado. En esta ocasión, vuelve a dirigir con extraordinario acierto a un joven actor llamado Robert Aramayo que realiza una interpretación fantástica, haciendo que acompañemos al protagonista de esta historia a través de estupendos momentos de humor, tremendos instantes de tristeza y maravillosos pasajes de superación. Él es la principal razón para ver esta película que puede llegar perfectamente a la categoría de notable.

Y es que, en una sociedad presurosa, que sólo busca el ocio como forma de desahogo, que apenas presta atención a los problemas ajenos, no es el mejor sitio para alguien que es incontrolablemente diferente, y lo es para siempre porque el Síndrome de Tourette no tiene cura, y que, sin embargo, quiere ser aceptado como uno más, quiere hacer las cosas que los demás hacen y, desde luego, en ese largo y difícil caminar también hay un lugar reservado para el error.

No es fácil ponerse en la piel de John Davidson, personaje en el que se basa toda la película, que, sin desvelar nada, soltó un exabrupto escandaloso en la ceremonia de entrega de la Orden del Imperio Británico en presencia de la reina. No podemos imaginar la cantidad de rechazo que ha acumulado en su corazón y la inmensa capacidad para ser competente en lo suyo y ayudar a todos los que sufren esta lastimosa enfermedad, que arruina vidas antes de ser vividas, que destroza a las familias porque no aceptan que nadie se comporte de una manera tan radicalmente poco educada. Estamos llenos de prejuicios y, a cada día que pasa, estamos dispuestos a conceder muy pocas oportunidades a todos aquellos que realmente lo merecen. John Davidson era uno de ellos. Y Robert Aramayo tendrá una carrera absolutamente brillante si sabe elegir los proyectos en los que intervendrá. Suya es una de las mejores interpretaciones de los últimos años. Maldita sea.

miércoles, 15 de abril de 2026

UN LOCO MARAVILLOSO (1966), de Irvin Kershner

 

A todos los escritores les llega esa terrible hora del bloqueo. Es como si la mente no sólo se quedara en blanco, sino que se ha ocupado, por alguna mágica manera, de colocar un buen montón de sacos de arena en la inspiración para que sea imposible traspasar las puertas de la imaginación. Se intenta todo, desde la distracción hasta la concentración, pero, a menudo, es todo inútil. Ese bloqueo, en apariencia tomado como un descanso de un cerebro cuyo estado normal es la ebullición, va degenerando en otras patologías psicológicas de síntomas más que preocupantes. Una de ellas, es la angustia. Otra, es el complejo de inferioridad. Si vamos sumando, todo se traduce en el temor, casi insalvable, de que se ha acabado la capacidad de creación. Y el escritor comienza a tener pensamientos de suicidio.

Bien, ya hemos establecido un cuadro clínico del paciente. Ahora vamos con su resolución. Quizá, la esposa del poeta tenga la piedra filosofal para vislumbrar una salida. Se trata de algo tan sencillo como visitar a un psiquiatra. Es fácil. Vas allí, cuentas tus problemas, etcétera, etcétera. La cuestión se complica mucho cuando aparece por allí la esposa del psiquiatra. Otro buen montón de paranoias atascadas en la mente. La cosa se complica. Y la inspiración sigue de vacaciones.

Esta película es una rareza dentro de la filmografía de Sean Connery. El actor, empeñado en salir de la sempiterna etiqueta del más famoso agente secreto del mundo, quiso hacer una comedia loca interpretando, precisamente, a un loco. El resultado fue muy desigual porque Connery, en la comedia, nunca se manejado como pez en el agua. Su encarnación del poeta Samson Sillitoe resulta, a ratos, disparatada, a ratos, cargante y, a ratos, encantadora. La película apenas llega al aprobado y, si lo hace, es por el impresionante reparto que tiene Connery detrás de él y que incluyen nombres como Joanne Woodward, Jean Seberg, Clive Revill o Patrick O´Neal. La dirección de Irvin Kershner es algo…podríamos decir, aséptica y lo que podría haber sido una divertida comedia sobre el bloqueo de ideas se queda en una exhibición de las locuras desatadas y un punto desquiciadas que Connery despliega a lo largo y ancho de Nueva York.

Así que, si ustedes se dedican al mundo de las letras, traten de enfocar el problema como lo harían con una novela. Establezcan los personajes, imaginen sus pasados y describan sus destinos, traten de pensar como lo harían ellos y, luego, dénles formas a través de diálogos y actitudes. La historia irá fluyendo con mucha lentitud al principio, pero luego, las letras saltarán, bromistas y burlonas, del cerebro a los dedos y, de ahí, al teclado y al folio. Todo lo demás es ruido y, precisamente, eso es lo que hay que aislar en algún lugar del cuarto de pensar. Y como ruido podemos enumerar los problemas rutinarios, la cañería que pierde agua, el colegio de los niños, la disputa con el vecino del tercero y, por supuesto, no lo olviden, la mujer del psiquiatra porque ella se convierte en la ventana de fuga y, por ahí, no van a querer pasar…siempre que estén en sus cabales, claro.

martes, 14 de abril de 2026

EL CASO 880 (1950), de Edmund Goulding

 

Muchas veces tenemos la impresión de que los delincuentes son seres perversos, malignos, con caras de pocos amigos, que buscan el retorcimiento de la maldad como pasatiempo preferido y que disfrutan con lo que hacen. Y aquí resulta que tenemos a un viejecito encantador que falsifica moneda como si fueran sellos. No hay ninguna animadversión hacia él y sabe muy bien cómo hacer su trabajo. Sólo que no alberga maldad ninguna. Lo hace, en muchas ocasiones, para ayudar a la gente que le rodea. En realidad, es una persona adorable, que se preocupa por sus vecinos y que sólo tiene el defecto de que, de vez en cuando, imprime moneda de curso ilegal. Lo peor de todo es que la imagen que tiene el FBI del individuo no se corresponde con la realidad. Ellos creen que se trata de un individuo muy listo, sin ningún escrúpulo, que destaca por su inteligencia, que les esquiva a cada paso. Cuando, por fin, le atrapan, quedarán muy sorprendidos de que, en el fondo, el tipo cree que no ha hecho nada malo. Sólo ha procurado la felicidad de los demás y no entiende que eso esté penado por la ley. Incluso, en algún momento, el agente encargado de su caso le defenderá con cierta pasión. Es el mundo al revés en este caso que sólo es un número en los archivos de la Oficina Federal de Investigación.

A medias entre la comedia y el drama social, Edmund Goulding dirigió esta encantadora película con guion de Robert Riskin, el escritor habitual de las comedias de Frank Capra, con Burt Lancaster como el agente del FBI encargado de dar caza al malvado falsificador interpretado con una sabiduría extraordinaria por el gran Edmund Gwenn. La habitualmente poco expresiva Dorothy McGuire (si exceptuamos su excelente interpretación en La escalera de caracol, de Robert Siodmak) pone el toque femenino al asunto y, como no podía ser menos, se halla entre las aguas de la legalidad y de la compasión. Quizá por ahí es por donde más se resiente la película, pero el resultado final es divertido y, sí, puede que algo moralizante, pero tremendamente satisfactorio. Es una película que habla sobre el delito y sobre las buenas personas y cómo no son tan incompatibles una cosa y otra. Es algo bastante difícil de conjugar y más en estos tiempos de descreimiento tan brutal, pero por eso mismo es tan bonito y aleccionador ver una historia como ésta. No dejen que el número de este caso pase de largo. Merece la pena.

Así que ya saben. El fin no siempre justifica los medios, pero si el delito no hace daño a nadie y beneficia a mucha gente es como para pensárselo. Más aún cuando el delincuente es un anciano de mirada bondadosa e intenciones muy pacíficas. Eso es más, mucho más, de lo que pretenden muchas personas que fingen ser honradas. Ejemplos de eso lo tenemos a millares y no nos parece tan incompatible como ser buena persona y, a la vez, un delincuente con propensión a la reincidencia. Las lecciones deben ser tomadas con la explicación completa y no con el consabido resumen de la última página.

viernes, 10 de abril de 2026

PROYECTO SALVACIÓN (2026), de Phil Lord y Christopher Miller

 

El destino de la Humanidad puede recaer en algún que otro héroe que nunca buscó serlo. Puede que encontrara un par de llaves para desentrañar el misterio del sol que se apaga, con todo lo que ello significa, pero eso no quiere decir que esté dispuesto a dejarse la vida para salvar a este pequeño planeta azul. Tal vez haya que forzarle de alguna manera para que ponga en práctica alguna solución para un proyecto tan delicado y, a la vez, tan fundamental para el futuro de la raza humana. Eso sí, el tipo tiene sentido del humor y eso ayuda a que la aventura sea algo más que una hazaña épica con un buen puñado de tópicos típicos. Algo de originalidad en el intento despunta en algún lado de esta historia.

Así que todo estriba en que se descubre que hay una especie celular que devora las estrellas, y el sol, qué duda cabe, lo es. Lo malo es que están devorando también otras estrellas y el mal se expande por un universo que también está al borde del cataclismo. No es un problema baladí, desde luego. Es un viaje de ida sin vuelta y se necesita mucha capacidad de sacrificio para llevarlo a buen término. Puede que la batalla de la inteligencia científica sea algo más apasionante cuando aparece un compañero de desventuras que nadie esperaba. Hasta es posible que, usando esa misma inteligencia que es la mejor y la mayor arma que puede tener la Humanidad, se desarrolle un lenguaje, se llegue a una cierta complicidad y ambos se comprometan a guardar el sueño del otro.

A los directores Phil Lord y Christopher Miller se les conoce porque fueron los responsables de aquella tronchante saga de dibujos animados que fue Ice Age, que también despuntaba por una originalidad sorprendente con algunos personajes que eran un verdadero hallazgo. Esta vez nos narran un cuento interestelar efectivo, cuyo único defecto puede ser su excesiva duración que hace pensar que con media hora menos la película podría ser mucho más redonda, especialmente en ese final que parece que se alarga poniendo en evidencia que no tienen muchas ganas de terminar. Y, desde luego, el peso de toda la trama recae en un actor al que muchos tacharon de inexpresivo como Ryan Gosling y que aquí demuestra, una vez más, que tiene la suficiente categoría para ser emocionante, cómico, patético y la encarnación perfecta de ese héroe al que llaman para los más alto deberes en contra de su voluntad. El resultado es una película divertida, simpática, con momentos realmente buenos, con algún que otro atisbo de sentido del humor brillante y con dos o tres pasajes en los que la dirección artística deja algo que desear. Mención especial merece la banda sonora de Daniel Pemberton, dueña de una variedad estupenda, de lo más frívolo o lo más trascendente, usando las más diversas melodías a su alcance y con una predominancia de la percusión utilizada con inteligencia y oportunidad. También merece mencionarse el trabajo de Sandra Hüller, que pasa de aquellos papeles arraigadamente dramáticos que interpretó en La zona de interés y en Anatomía de una caída, a protagonizar instantes verdaderamente interesantes en la piel del lado más feo de una misión que es prácticamente imposible.

Así que no dejen de mirar a su alrededor y de pensar que vivimos en un planeta que es un auténtico Edén, por su situación en nuestro sistema solar, por toda la vida que se ha desarrollado en él y que merece la pena conservarlo porque ha funcionado fielmente como nuestro hogar, por mucho que, en ocasiones, se haya revelado a través de la Naturaleza. El equilibrio universal es tan precario que unas pequeñas células a las que les encanta el calor pueden acabar con la luz, con el alimento, con el calor, con nosotros. Y, desgraciadamente, estamos sitiados por muchísimos individuos que no arriesgarían su vida por salvar a los demás. Tal vez sean esos los auténticos devoradores de soles, tal vez deberíamos ser conscientes de lo importante que son las vidas de los que nos acompañan en este planeta que tanto nos empeñamos en convertir en un lugar invivible. ¿Dentro de nosotros hay un héroe o no? Pregunto.

jueves, 9 de abril de 2026

LAPONIA (2026), de David Serrano

 

Es posible que una de nuestras principales obligaciones como padres sea mantener la magia, aunque eso implique convivir con la mentira. Es lo que se plantean estas dos parejas que se encuentran en Laponia y que, una de ellas, quiere que esa mentira maravillosa que es Papá Noel se mantenga para que la ilusión en los ojos de un niño no desaparezca. Por ahí en medio también está ese sempiterno complejo de inferioridad que nos atenaza a los españoles cuando se nos compara con otras sociedades de comportamientos y maneras más avanzados aunque, también es verdad, rematadamente más gélidos. No es una distancia entre países sino entre caracteres de raza, de educación, de tradición. Ninguna sociedad es perfecta y no es bueno meternos unos con otros. Donde las van a dar, las van a recibir.

Todo es una especie de obra de teatro trasplantada al cine mientras la cámara se mueve por el interior de una de esas mansiones de madera, especialmente preparada para soportar el frío exterior, pero que se halla sorprendentemente a la intemperie con respecto a las bajas temperaturas interiores. Salen los rencores, las naturalidades, las frustraciones, las insolencias revestidas de diálogo cordial. Y, por supuesto, y aquí se encuentra una de las grandes virtudes de la película, el sentido del humor.

David Serrano, reconocido director teatral, se ha puesto detrás de las cámaras para retratar a estos cuatro personajes que tienen mucho que decirse aunque en el arte de la escucha estén bastante retrasados. También en el de la intuición y en el de la empatía. Mentir no implica necesariamente la vileza. Puede que sea una mentira de supervivencia porque, como bien se dice en determinado momento, se trata de mantener a los hijos a salvo en un mundo que no se detiene en la piedad, ni en la misericordia. El mundo es cruel, implacable y reviste el rostro de un cazador sanguinario y queremos que accedan a esas verdades lo más tarde posible. Con la sonrisa en la cara, con la ilusión en los ojos, con esa excitación que envuelve y que pertenece sola y exclusivamente a los niños. Por eso, cuando aparece la aurora boreal, quizá es el mejor momento para mentir y decir de nuevo que eso, ése fenómeno natural y bellísimo, es magia. Y nadie va a poder replicar que no lo es.

Para poner en marcha este artefacto teatral efectivo y muy entretenido, Serrano ha contado con cuatro actores que se han implicado en la construcción de sus personajes y que lo hacen realmente bien, aunque es posible que el más acertado y creíble sea Julián Álvarez como ese profesor de lengua que acaba por ser el hombre que su pareja quiere que sea, anulando todos los rincones de su propia personalidad sólo para complacer. A su lado, excelentes y nada desentonados los trabajos de Natalia Verbeke, de Ángela Cervantes y del finlandés Vebjorn Enger que se ajusta como un guante al retrato del nórdico que desprecia el carácter español a pesar de estar casado con una nativa. El resultado es una comedia inteligente, con algunas réplicas de altura, dichas con una naturalidad impresionante y que no hacen más que elevar la categoría de todo el dilema que se mueve entre el resentimiento, el fracaso y ese juego imposible que, a veces, se plantea entre la verdad y la mentira.

Así que piénsenlo dos veces antes de mantener la falsedad de Papá Noel, de los Reyes Magos, del Ratoncito Pérez o de la existencia de un cielo para los abuelos que irremediablemente han de partir. Puede que la verdad sea demasiado dura para que unos niños sean capaces de asumirla y es mejor tratar de mantener ese entorno seguro en el que debemos, por encima de todo, transmitir la idea de que esta vida tiene un buen puñado de cosas maravillosas a pesar de que el destino se empeñe en poner grandes piedras insalvables y angustiosas por el camino. Puede que se les vea el truco, pero, quizá, eso carece de importancia. Lo verdaderamente importante es intentarlo porque es lo único y lo principal que se debe hacer. Los niños descubrirán todas las cosas feas por sí solos.

miércoles, 8 de abril de 2026

SENTIDO Y SENSIBILIDAD (1995), de Ang Lee

 

Cuando el cabeza de familia fallece, a veces, suele pasar que se destapan situaciones que estaban siendo escondidas para mantener la aparente calma. Más aún en la rígida sociedad victoriana, tan dada a la maledicencia y a pensar equivocadamente sólo por descender unos peldaños en la escalera de la consideración social. Eso es lo que pasa con los Dashwood. El padre muere y hay demasiadas deudas. Su mujer y sus tres hijas van a pasar verdaderas dificultades. Y aquí es donde se plantea la batalla sobre el sentido y la sensibilidad. Dos de las hijas son casaderas. Una de ellas está convencida de que no hay mayor problema en buscarse a un novio con posibles que les saque del atolladero. La otra, por el contrario, aún está anclada en los sentimientos, en la pureza de algo tan noble como el amor. Comienza el juego. Hay que buscar pretendientes. Sin embargo, el destino tiene reservada una broma de bastante buen gusto. Por aquellas cosas de la vida, la que no tiene ningún reparo en buscar un matrimonio de conveniencia, acabará sucumbiendo a las flechas de Cupido. La otra, mucho más romántica, sopesará con fuerza las ventajas de emparejarse con alguien que no tenga problemas en el bolsillo.

Y es que los avatares femeninos tienen estas cosas porque, si ellas mismas son un cúmulo de contradicciones, cómo no van a tener esas mismas contradicciones los vaivenes del hado. A partir de aquí, encontramos un juego brillante de intenciones y de palabras, que acabará en una fiesta porque el amor, en cualquier de sus formas, es algo para celebrar.

Mucho se ha hablado sobre a quién pertenece realmente la autoría de esta película. Es evidente que Ang Lee puso su técnica al servicio de un guion que estuvo trabajado al milímetro por Emma Thompson. Creo que, tal vez, ella tuvo algo más que ver, porque estuvo presente en todas las fases de la producción, porque su impronta se deja ver en todas y cada una de las escenas, porque todo es una exhibición del buen gusto que esta actriz y guionista ha desplegado siempre. Ang Lee, por su parte, impuso la elegancia visual que destila esta película en todas sus secuencias, perfecto acompañamiento de todo ese repertorio de sentimientos sugeridos que están esparcidos a lo largo de la trama. El resultado es una delicia, que nos lleva por los vericuetos del sentido y por los rincones de la sensibilidad, con actuaciones tremendamente ajustadas de todo el reparto, desde la propia Emma Thompson, hasta alguien que, en principio, podría no estar en consonancia como Hugh Grant, pasando por la maravillosa Kate Winslet y el adusto en apariencia Alan Rickman. Es una película que no hay que perderse y, es más, que hay que revisar de vez en cuando porque la comisura de los labios siempre tiende hacia arriba cuando se ve.

Así que no hagan planes, señoras. Todo está en manos de algún jugador celestial que echa los dados y puede salir cualquier cosa. Lo que estaba previsto, no sucede. Lo que ni siquiera estaba pensado, acontece. Y nosotros, pobres mortales sin imaginación, nos quedamos sorprendidos de algo tan simple como es el amor.

martes, 7 de abril de 2026

SU PROPIO INFIERNO (1962), de John Frankenheimer

 

A veces, las cosas están muy descolocadas. Un matrimonio de un pueblo cualquiera en un estado cualquiera de los Estados Unidos vive dentro de su acomodaticia manera de ver las cosas. Y una de esas cosas (el término “cosas” no está usado por capricho) es su hijo al que llaman Berry-Berry. Ellos consideran que ese muchacho no sirve para mucho. Y la deriva del chico no es nada halagüeña. Es violento, iracundo, malhumorado, irrespetuoso, irresponsable y muchas más palabras que empiezan por i. Sus padres consideran que no llegará nunca a ninguna parte y, quizá por eso mismo, Berry-Berry ha llegado a la conclusión que es mejor hacer lo que le apetezca en el momento en el que se presente porque, total, a sus padres no les va a parecer bien. Las cosas están muy descolocadas, sí, pero se van a estropear aún más. Berry-Berry conoce a una mujer más mayor que él y se dedica a conquistarla y, lo que es aún peor, ella no le hace ascos. Saltan las alarmas. El chico ya va a saltar definitivamente al abismo cuando, en realidad, es todo lo contrario. Esa mujer le serena, le asienta, hace que su pensamiento siempre salvaje se calme, que su rebeldía profunda hacia todo y hacia todos se aminore. Sin embargo, los padres del chico van a hacer aquello que todos hemos hecho alguna vez. Van a calentar las cosas porque no aprueban que su hijo termine de perderse por culpa de una señora que, obviamente, tiene más experiencia que él, sabe más de la vida que él y, con toda seguridad, le considera un juguete con el que perder el tiempo mientras se adentra en la madurez. No saben de la misa, la media.

Puede que esta sea una de las películas menos valoradas de su época, principios de los sesenta, cuando, en realidad, es un drama delicado, nacido de la pluma de William Inge, que también escribió dos argumentos inolvidables como Picnic, de Joshua Logan, y Esplendor en la hierba, de Elia Kazan. Quizá, es cierto, un director como John Frankenheimer se entretiene menos en la construcción y se centra más en el nudo gordiano de lo que propone la película, algo que podía ir en consonancia con su naturaleza rebelde dentro de la generación de directores a la que pertenecía, pero es una historia muy apreciable, dirigida con una admirable contención, con unos intérpretes maravillosos como Warren Beatty (puede que el peor de todos ellos), Eva Marie Saint, que ofrece una interpretación exquisita, Karl Malden y Angela Lansbury en la piel de los padres e, incluso, Brandon de Wilde en la piel del hermano pequeño del protagonista. El resultado es una película que merecería ser rescatada del olvido, un drama al mejor estilo sureño, con pasiones intensas, reacciones lógicas y expandidas, con un gran dominio de los sentimientos encendidos por situaciones que creemos manifiestamente injustas cuando, en realidad, son pulsiones humanas que a todos nos sitian. La película merece mucho la pena y no deja de ser una lección para aquellos padres que sienten predilección por ajustar mucho los nudos que atan a sus hijos a los que, en muchas ocasiones, etiquetan de perdedores. Puede que tengan razón, pero no tendrían que intervenir. Ellos deberán vivir su vida para alcanzar el fracaso o el triunfo. Aunque ese triunfo dependerá de lo que cada uno estemos dispuestos a aceptar como tal.