Axel Foley es uno de
esos detectives de policía que trabaja en una ciudad sucia, prominentemente
industrial, en la que los delincuentes campan a sus anchas en los callejones,
en las partes traseras de camiones de contrabando, en los robos de aquí te pillo
y aquí te mato de cualquier coche de gama media-alta y en algún que otro
asesinato del que más vale apartar la mirada. En realidad, Foley es un
individuo al que le gusta su trabajo. Le da la oportunidad de desarrollar su
sentido del humor, a pesar de que su tarea tiene poca gracia. Se introduce en
ambientes en los que se ve que disfruta como un pez en el agua. De vez en
cuando, toca las narices a su jefe por puro placer y, sobre todo y ante todo,
sabe lo que hay que hacer en cada momento. La vida transcurre en esa ciudad de
acero y gasolina en la que trabaja y eso ya es suficiente para él.
Sin embargo, alguien
muy querido, probablemente un viejo compañero de correrías que pasaron al
olvido por el fulgor de la placa, es asesinado y Foley no es uno de esos policías
que dejan correr los casos. Las primeras pistas le llevan hasta Beverly Hills y
allí un policía de Detroit destaca tanto como una mosca en una sábana blanca.
Perdonen el chiste fácil. Sí, sí, ya sé, Foley es negro, pero eso no lo
empequeñece ni un milímetro, todo lo contrario, lo hace aún más grande porque
también sabe explotar sus racismos ocultos para montar su espectáculo
particular, que es algo que le gusta más que comer con los dedos. El caso es
que Foley aprovecha un corto período de incógnito para largarse a la tierra de
las estrellas y de los ricos y sus métodos chocan de frente con los atildados
agentes de la comisaría de Hollywood. Ya se sabe. Estos no han visto un perrito
caliente en su vida.
Lo cierto es que esta
película funciona. Ese personaje irremediablemente burlón como Axel Foley puede
que ya esté en el Olimpo de las creaciones universales del cine y más aún con
el rostro de Eddie Murphy adornado por esa ligera carcajada que oscila entre la
inteligencia y lo gamberro. La dirección de Martin Brest es ágil y cargada de
ritmo porque es capaz de articular una comedia de acción que resulta notable
tanto en la comedia como en la acción y eso da lugar a un admirable equilibrio
que se instala en lo trepidante. Es cierto que, en algún momento, puede que se
carguen las tintas con esa pareja de policías trajeados encarnados por John
Ashton y por Judge Reinhold en una especie de remedo de Oliver Hardy y Stan
Laurel, pero se perdona porque se pasa un gran rato. Y lo que es aún mejor, la
película no pretende otra cosa.
Así que no vayan dando el cante, o sí, ustedes verán. Si lo hacen, lo primero que tienen que hacer es asegurarse que conocen el terreno que pisan. Al fin y al cabo, un canalla lo es tanto en Detroit como en Beverly Hills y se mueven por móviles muy semejantes. Puede que la solución pase por un hombre como Axel Foley, que se toma su trabajo muy en serio mientras que todo lo que le rodea es un chiste de cierta calidad.
