“Se derraman más
lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Esta frase, original de Santa
Teresa de Jesús y resucitada muchos años después por Truman Capote, puede
resumir a la perfección esta película. Se parte de un hechizo muy parecido al
que podemos encontrar en la ya prehistórica Big,
de Penny Marshall y las consecuencias de ese deseo surgido desde la frustración
y la timidez son tan graves que se pasa por el pensamiento, para quedarse, la
idea de que es mejor estar callado que formular lo que se quiere con tanto
ímpetu. El resultado es una supuesta película de terror que parece muy
aplaudida por algunos, pero que, con un poco de frialdad en el razonamiento, se
sostiene menos que la palabra de un político.
Parece que, de algún
modo, se busca desesperadamente la aparición de nuevos cineastas nacidos, cómo
no, del universo de internet y éste es el caso de Curry Barker que consiguió
más de diez millones de visionados en Youtube con uno de sus cortos de terror.
Con esta película da el salto al cine y, si bien es verdad que muestra algunos
momentos interesantes, se pueden encontrar bastantes incoherencias en este
relato sobre un chaval que quiere conquistar a la chica de la que está
platónicamente enamorado a pesar de que es más cortito que una colilla. El
deseo se le concede a través de una rama de sauce comercializada en una tienda
de no se sabe muy bien qué y la chica de sus sueños cae rendida en sus brazos,
pero sacando los peores demonios de su alma, como el acoso, la dominación, la
posesión y, finalmente, el crimen más sangriento.
Uno de los problemas de
la película es que ese chico, retratado como una buena persona, como un tipo
trabajador, ordenado y capaz con algo de talento para la música y para el gusto
gastronómico, aguanta lo que le eche la chica, a pesar de que ella acumula
comportamientos psicopáticos que harían huir a cualquiera con dos deditos de
frente. No, él se queda, se autoengaña un poco, pero permanece fiel aunque,
entre otras lindezas, la chica le cocina carne de gato muerto, le sella la
puerta de su casa con cinta de carrocero para que se quede y no pierda el
tiempo en el trabajo y sea una pesadilla con la que, verdaderamente, da miedo
compartir lecho. Por otro lado, los protagonistas son extremadamente jóvenes,
casi recién salidos de la adolescencia, y ya viven solos, son autosuficientes,
tienen casa propia y no pasan apuros de nada. De ese modo, Barker se quita el
problema de los adultos más maduros, no sea que alguno ponga un pizca de
sentido común en el enredo.
A su favor, sí, hay
alguna secuencia que no está mal planificada, uno o dos chistes bien colocados
y la interpretación de la chica, Inde Navarrette, que se revela como una
experta en transiciones de carácter opuesto con una facilidad que pasa
convincentemente del candor juvenil y enamorado a la siniestralidad de un
monstruo que sólo quiere amordazar a su supuesta pareja.
Y a mí, tonto que soy,
se me ocurre una pregunta estúpida al ver todo esto. ¿Qué diría todo el mundo
que no duda en elogiar esta película de forma perifrástica si en lugar de ser
la chica la acosadora fuera el chico? Sin duda, estaríamos hablando de un rumor
continuo de obra maestra a pesar de que está lejos, muy lejos de serlo.
Es cierto que la película conecta con muchas sensaciones que pueden llegar a ser familiares, como es el hecho de que te guste alguien y jamás te atrevas a decirle una palabra porque tienes miedo al ridículo, a que se vaya y cierre la puerta (aunque no con cinta de carrocero), a que, si tiene algo de mala idea, comente ese paso adelante en su círculo de amigos y todos ellos te miren como si fueras un pobre desgraciado que ha jugado sus cartas de la forma más torpe posible. Y todo, como no podía ser menos en el terror más fácil, termina con profusión bastante cruel de hemoglobina, con una violencia algo exacerbada y con la seguridad de que miedo, lo que se dice miedo, se pasa bastante poco. Llámenme soso, si les place.

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