A
veces, es necesario camuflarse con el entorno para darse cuenta de que el mundo
no es exactamente como nos lo habíamos imaginado. Puede que una pareja de
atracadores de medio pelo vean el resquicio para la huida en un autobús que
está esperando a una serie de personas con discapacidad y, por supuesto, uno
finja ser y el otro finja acompañar. Eso da pie a una serie de situaciones
cómicas que nos remiten, como no podía ser menos, a Campeones, de Javier Fesser, sólo que, en esta ocasión, se opta por
una comedia algo más desatada con desarrollo menos refinado. Sin embargo, hay
que reconocerlo, hay momentos desopilantes, otros menos afortunados y un
desenlace que podría haberse trabajado con esmero y cariño, como hacen los
personajes caprianos de esta película.
Así que ahí tenemos a
Antonio Resines y a Quin Gutiérrez, dominador del tono uno, y de las miradas
con significado el otro, movidos por el provecho y por el chantaje a que son
sometidos por una serie de personas maravillosas que se juntan durante una semana
para hacer una obra de teatro en uno de esos lugares a los que a uno le
encantaría irse de vacaciones con relax. En el apartado femenino tenemos a
Megan Montaner, que debería de aplicarse el famoso “menos es más”, y la propia guionista de la historia, Marta
González de Vega, que asume con oficio y sin carne su personaje de psicóloga.
El resultado es una película veraniega, sin ninguna pretensión, que sólo quiere
hacer reír poniendo a los protagonistas en situaciones incómodas, sin demasiado
matiz argumental. Ya se sabe, eso hace que cualquier idea que se le ocurra a la
guionista pueda tener cabida aunque sea con una lógica de canto. No importa. La
película cumple su misión. La gente sale encantada, con la sonrisa puesta y el
aire acondicionado en la piel y en los labios.
Así que ahí estamos,
manejando unos cuantos estereotipos con cierta gracia, haciendo que los actores
no se corten ni una guirnalda en la composición de unos personajes que tienen
que pasar por el rosa, el amarillo, el blanco y el negro para llegar al
convencimiento de que la vida es algo más que unas joyas robadas. Y el viaje es
agradable porque, en algún pasaje, los chistes se suceden con cierta sensación
de amontonamiento y son efectivos. Sin olvidar la apelación a la bondad
ingenua, a los valores que nos definen como seres humanos, a la apreciación de
quien no debería ser diferente, a la verdad interior de las personas, que es la
que realmente cuenta. La vida debería ser un regalo para todos. Incluso para
aquellos con los que nos esforzamos. Paciencia, sí, a raudales. Cariño,
también. Música de moda, que no falte. Discobuses, algo que sorprende en su
concepción, como tramas paralelas. Y la seguridad de que lo que conforma
verdaderamente al ser humano es nuestro sentimiento de buenas personas y no los
malos impulsos. Tal vez porque, si hay más de los segundo que de lo primero,
entonces es que hemos perdido la partida.
Bailen, rían, gocen, actúen, amen, canten, que todo en la vida es sueño y los sueños, sueños son, como diría don Pedro. Un regalo puede ser una simple patata de bolsa. Un gesto puede cambiar el día. Un cariño es el movimiento que hace que el gris se convierta en azul. Una sonrisa es el foco que ilumina la escena. Una mirada es la razón de todo. Pensar en el que está al lado, que seguro que libra sus propias batallas, es una anomalía. Ceder en la ilusión del otro, es una joya intercambiada. Y así todo. Basta con percibir que las cosas tienen muchos lados con los que considerar su finalidad. Y, ante todo y sobre todo, está el amor, que es el auténtico motor de todos nuestros actos. Desde el amor a una canción infantil hasta la pasión más desatada. Desde el aprecio a los más pequeños detalles que son los que proporcionan mucha felicidad, hasta la seguridad de que la vida merece la pena porque los buenos momentos, por pocos que sean, superan siempre a los malos. Sólo por pasar un buen rato perdemos la cabeza y, a menudo, pasamos de largo frente a ellos sin darnos cuenta de la oportunidad que perdemos.

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